Vancouver: luz de agosto en la bahía. (Fotografía de Jules Etienne).

domingo, 21 de enero de 2018

Nieve: EL VUELO DEL ÁGUILA, de Henrik Pontoppidan

"Por encima de las nubes a la deriva, emerge como una ensoñación el reino sobrenatural de las nieves perpetuas."

Pero más alto, cada vez más alto asciende ella, más y más se aventura por encima de las arreboladas lomas, atrayente, seductora.
 
Han ido a parar a un interminable pedregal donde formidables peñascos yacen caóticamente amontonados unos sobre otros como despojos de una torre de Babel derruida. Entonces, inesperadamente, se despliega el panorama ante ellos. Por encima de las nubes a la deriva, emerge como una ensoñación el reino sobrenatural de las nieves perpetuas, no mancilladas por el paso de ningún ser vivo, morada sólo de las águilas y del inmenso silencio. En las alturas, el último fulgor del día parece dormitar sobre la nieve blanca. Por detrás aparece el cielo azul oscuro cuajado de serenas estrellas.


Henrik Pontoppidan (Dinamarca, 1857-1943).
Obtuvo el premio Nobel compartido con Karl Adolph Gjellerup en 1917.

(Traducción del danés por Rodrigo Crespo, Juan M. Gallardo y Blanca Ostalé)

sábado, 20 de enero de 2018

Nieve: EL PEREGRINO KAMANITA, de Karl Adolph Gjellerup

"La piel de oveja que la cubre se desliza a un lado, y su rica melena dorada cae sobre las mejillas, cuello y pecho."
 
(Fragmento del capítulo XXIX:
El aroma del árbol de Coral)
 
Mas también el país de los cinco ríos desaparece, como antes el valle del Ganges, luego de haberlos albergado varias veces; se aparecen otras comarcas; otros hombres y otras costumbres los rodean. Más rudo todo, más salvaje y más pobre.
 
La estepa sobre la que desfila la comitiva, jinetes, carros y gente de a pie en inacabable hilera, está llena de nieve. En el aire, los blancos copos hacen remolinos. A lo lejos se ven las negras montañas sombrías. De una de las carretas asoma una muchacha tan violentamente, que la piel de oveja que la cubre se desliza a un lado, y su rica melena dorada cae sobre las mejillas, cuello y pecho.


Karl Adolph Gjellerup (Dinamarca, 1857-1919).
Obtuvo el premio Nobel compartido con Henrik Pontoppidan, en 1917.

viernes, 19 de enero de 2018

Nieve: ENDIMIÓN, de Verner von Heidenstam

"Allí, en los países de las gigantescas chimeneas, que eran otra especie de alminares, habría ahora nieve..."
 
(Fragmento del capítulo XVIII)

El nombre de Emin Ibn el-Arabi cruzaba repetidas veces aquel mar de nubes, y a Nelly le parecía sentir todavía sus ardientes besos cada vez que la rociaban con agua caliente. Unas veces le quemaban el brazo, otras el cuello, según las negritas derramaban sobre ella los chorros de agua caliente de sus relucientes ánforas.
 
Se decía entre aquel mar de nubes que la esposa del cadí -censurada y aborrecida por todas- había mandado al paschá que, sin más preámbulos, encarcelara a Emin. El mar de nubes decía también que no era posible pensar que el paschá fuera tan miserable como para cometer tal atropello, aunque era un turco. Emin no había cometido todavía ningún acto criminal. Toda su fama descansaba en la confianza que él había despertado.
 
Cuando Nelly, por fin, después que la secaron y frotaron con agua perfumada, retornó a su asiento del diván en el salón del vestuario, se quedó sumida en el agradable reposo que, según la leyenda, representa el sexto acto en ese baño de hadas que es un baño oriental. La mayoría de sus afables, pero parlanchinas, amigas árabes se habían marchado, y, sin embargo, no estaba triste. Al contrario, comenzó a sentir que su resolución de ser paciente y feliz se iba convirtiendo en realidad. Yacía envuelta en un manto seco blanco y largo, dejando solamente desnudos los brazos. Las negritas habían ceñido su cabeza con una nueva toalla seca, de color azulado, y sobre una mesita baja, incrustada de nácar, que había a su lado, le sirvieron un humeante café en una copa hermosamente tallada. Intentó alejar de sus pensamientos a Emin, ocupándose de otra cosa. Se acordó de su patria. ¡Qué diferente y opuesta era a esta ciudad de Damasco, que ahora la tenía por huésped! Allí, en los países de las gigantescas chimeneas, que eran otra especie de alminares, habría ahora nieve fundida y brumas. Todo se confabulaba allí para inspirar a los hombres un concepto sombrío y pesimista de la vida: el clima, el modo de vivir, las duras condiciones de la existencia, las habitaciones austeramente decoradas y los trajes oscuros. ¿No era bastante con que los hombres usaran sombreros negros, feos y ridículos, que parecían tubos de estufa, aunque mejor sería usar casquetes brillantes para poner un poco de color en el ambiente gris? Los occidentales también marchaban por el polvo de las calles calzando zapatos negros, aunque un gris o un terso amarillo, como los calzados de los musulmanes, hubiera sido, naturalmente, más conveniente y menos feo. Si un árabe intentara describir a los petimetres de Occidente, se expresaría así: «Portan sobre la cabeza las caperuzas de las chimeneas de sus crematorios; sus trajes están hechos de paños funerarios, y tienen encajados los pies en pequeños ataúdes».


Verner von Heidenstam (Suecia, 1859-1940). Obtuvo el premio Nobel en 1916.
 
(Traducido al español por Ovidio Fernández Graña).

jueves, 18 de enero de 2018

Nieve: JUAN CRISTÓBAL, de Romain Rolland

"Miraba el cielo de invierno, la ciudad envuelta en nieve y la gente que pasaba haciendo esfuerzos para preservarse de la tormenta."

(Fragmentos del tomo II: La rebelión)

Cristóbal respiraba con entera libertad, sin comprender lo que le había sucedido. Cuando volvió, después de acompañar a Gottfried, entraba por la gran puerta de la ciudad un torbellino de cierzo helado. La gente bajaba la cabeza para protegerse del huracán. Las jóvenes que iban a su trabajo, luchaban a pesar suyo contra el viento que les levantaba las faldas; se paraban un momento para respirar, con la nariz y las mejillas coloradas, y llenas de ira, Cristóbal, en cambio, reía lleno de satisfacción y no pensaba en la tormenta. Pensaba únicamente en la otra de que acababa de librarse. Miraba el cielo de invierno, la ciudad envuelta en nieve y la gente que pasaba haciendo esfuerzos para preservarse de la tormenta; miraba en torno suyo, pero no sentía lazo alguno entre sí mismo y el exterior. Se hallaba solo... ¡Solo! ¡Qué felicidad estar solo consigo mismo! ¡Qué dicha verse libre de las cadenas, de la tortura de los recuerdos y de la alucinación de las caras detestadas o queridas! ¡Qué felicidad vivir al fin sin verse presa de la vida, y dueño por completo de sus acciones!
...
 
Volvió a su casa cubierto de nieve. Se sacudió como un perro y, al pasar junto a su madre, que estaba barriendo el pasillo ,la levantó del suelo, lanzando gritos inarticulados y cariñosos como los que se dirigen a los niños. La anciana Luisa luchaba por desasirse de los brazos de su hijo, que estaba cubierto de nieve que iba derritiéndose, y le llamó: ¡tonto!, riendo al mismo tiempo con risa infantil.


Romain Rolland (Francia, 1866-1944). Obtuvo el premio Nobel en 1915.

miércoles, 17 de enero de 2018

Nieve: EL JARDINERO, de Rabindranath Tagore

"Por no esperar en capullo, entre la nieve eterna del invierno, el loto se abre al sol..."

27

- No cierres tu corazón al amor porque te dé tristeza, y ten esperanza.
 
- ¡Qué oscuro hablas! No te puedo comprender…
 
- El corazón no puede darse sino en lágrima o canción…
 
- ¡Qué oscuro hablas! No te puedo comprender…

- Breve es el placer, como una gota de rocío, y mientras ríe, se muere. La pena, en cambio, es larga y permanece… ¡Que el amor triste despierte en tus ojos!
 
- ¡Qué oscuro hablas! No te puedo comprender…
 
- Por no esperar en capullo, entre la nieve eterna del invierno, el loto se abre al sol y pierde cuanto tiene…
 
- ¡Qué oscuro hablas! No te puedo comprender…


Rabindranath Tagore (India, 1861-1941). Obtuvo el premio Nobel en 1913.

martes, 16 de enero de 2018

Nieve: LOS TEJEDORES, de Gerhart Hauptmann


 
(Fragmento del primer acto)

Dreissiger: No era nada. El pequeño está ya completamente restablecido. (Yendo y viniendo con agitación. Se detiene a veces completamente sofocado). De todos modos, es estúpido el mandar hacer semejantes correrías a un pequeñuelo que no abulta un comino, al que se le tiraría de un soplo. No comprendo que haya gentes... pobres que carezcan de conciencia hasta ese punto. Obligarle a hacer legua y media con dos piezas de fustán al hombro. Es cosa de no creerlo. En adelante, prohíbo que se reciban las piezas tejidas que sean traídas por los niños. (Da algunos pasos en silencio). En todo caso, no quiero que vuelva a suceder semejante cosa. En último término, ¿a quién se hace responsable de ello? ¡A los fabricantes, caramba! Nosotros somos la causa de todo. Que un pobre diablillo como ese vaya un día de invierno a pararse y dormirse en la nieve, y siempre habrá por allí un periodista que llegará, no se sabe de dónde, para enterarse del hecho, y dos días después circulará por todos los periódicos. El padre, los parientes que hayan enviado al niño a la nieve, esos no tienen la culpa; nosotros somos los pérfidos emisarios. A los tejedores se les adula siempre; a nosotros nos vapulean. El fabricante es un hombre sin corazón, duro como una roca, un ser peligroso, tras del cual todos los perros tienen derecho a ladrar. Vive en la opulencia, y no da más que un salario irrisorio a sus obreros. Que semejante hombre tenga sus preocupaciones, sus noches de insomnio; que corra riesgos de los que el obrero ni siquiera puede formarse una idea; que pierda la cabeza a fuerza de calcular; que no pase un día sin contrariedades o decepciones; que deba pensar en mil cosas, cada una de las cuales es para él una cuestión de vida o muerte, todo esto les da igual a los hacedores de frases bellas. ¡Dios sabe, sin embargo, todo lo que depende de los fabricantes y a cuánta gente hacen vivir! ¡Ah! Yo quisiera veros en mi pellejo un poco de tiempo de cuando en cuando; pronto os cansaríais. (Después de reponerse un poco). Y ya veis cómo se conduce ese desalmado, ese bribón de Baecker. Lo que no le impedirá ir a gritar por todas partes que yo soy un ser sin corazón, que por un sí o un no despido a mis obreros. Vamos a ver: ¿es cierto eso? ¿Soy yo un ser sin corazón?
 
Muchas voces: No, no, señor Dreissiger.


Gerhart Hauptmann (Alemán, nacido y muerto en ciudades que hoy forman parte de Polonia, 1862-1946).
Obtuvo el premio Nobel en 1912.
 
La ilustración corresponde a la escenografía para la puesta en escena de Los tejedores (Die Weber), en el teatro Thalia de Hamburgo, bajo la dirección de Kornél Mundruczó. estrenada el 27 de mayo de 2017. 

lunes, 15 de enero de 2018

Nieve: DESEOS INVERNALES, de Maurice Maeterlinck

"Sólo alumbra la luna errante, con su tristeza siempre igual, en la helada hierba invernal..."

Lloro los labios ya gastados
donde los besos no han nacido,
y los deseos abandonados
sobre dolores abatidos.
La nieve cubre el arenal.
Del cielo gris, es duro el ceño.
Y en el alcázar de mis sueños
lobos que rondan el umbral,
y observan en mi alma cansada,
mirando aquello que pasó,
toda la sangre derramada
por el cordero que se heló.
Sólo alumbra la luna errante,
con su tristeza siempre igual,
en la helada hierba invernal,
mis ansias, de hambre agonizantes.


Maurice Maeterlinck (Bélgica, 1862-1949), recibió el premio Nobel en 1911.

La ilustración corresponde a Moonlight Snow, de Keith Mack.

domingo, 14 de enero de 2018

Nieve: LOS CIEGOS, de Maurice Maeterlinck


(Fragmento)

Primer ciego de nacimiento: Oigo el viento del Norte.

La sexta ciega: Creo que ya no hay estrellas. Va a nevar.

Tercer ciego de nacimiento: Si alguno de nosotros se duerme, hay que despertarle.

El ciego más viejo: Yo, sin embargo, tengo sueño. (Una ráfaga de viento hace revolotear las hojas secas).

La ciega joven: ¿Oyen las hojas secas? Creo que alguien viene hacia nosotros...

Segundo ciego de nacimiento: Es el viento: ¡escuchen!

Tercer ciego de nacimiento: ¡No vendrá nadie!

El ciego más viejo: Los grandes fríos van a llegar...

La ciega joven: Oigo andar a lo lejos.

Primer ciego de nacimiento: No oigo más que las hojas secas.

La ciega joven: ¡Oigo andar muy lejos de nosotros!

Segundo ciego de nacimiento: ¡No oigo más que el viento del Norte!

La ciega joven: ¡Digo que alguien viene hacia nosotros!

La ciega más vieja: Oigo un ruido de pasos muy lentos...

El ciego más viejo: ¡Creo que las mujeres tienen razón! (Empiezan a caer grandes copos de nieve).

Primer ciego de nacimiento: ¡Oh! ¡Oh! ¿Qué es este frío que cae sobre mis manos

El sexto ciego: ¡Nieva!

Primer ciego de nacimiento: ¡Apretémonos unos contra otros!

La ciega joven: Pero ¡escuchen el ruido de pasos!

La ciega más vieja: ¡Por Dios! ¡Un momento de silencio!

La ciega joven: ¡Se acercan! ¡Se acercan! ¡Escuchen! (Aquí el Niño de La ciega loca se echa a llorar súbitamente en la oscuridad).

El ciego más viejo: ¿Llora el niño?

La ciega joven: ¡Ve! ¡Ve! ¡Puesto que llora, es que ve algo! (Coge en brazos al Niño y adelanta en la dirección de donde parece venir el ruido de pasos; las otras mujeres la siguen ansiosamente y la rodean). Voy a su encuentro.

El ciego más viejo: ¡Tengan cuidado!

La ciega joven: ¡Oh! ¡Cómo llora! ¿Qué tiene? No llores. No tengas miedo; no hay nada que temer; estamos aquí; estamos en derredor tuyo. ¿Qué ves? No temas nada. ¡No llores así! ¿Qué ves? Di, ¿qué ves tú?

La ciega más vieja: El ruido de pasos se acerca por aquí. ¡Escuchen! ¡Escuchen!

El ciego más viejo: Oigo el roce de un vestido contra las hojas secas.

El sexto ciego: ¿Es una mujer?

El ciego más viejo: Es ruido de pasos!

Primer ciego de nacimiento: ¿Será acaso el ruido del mar en las hojas secas?

La ciega joven: ¡No, no! ¡Son pasos! ¡Son pasos! ¡Son pasos!

La ciega más vieja: Vamos a saberlo; escuchad las hojas muertas.

La ciega joven: ¡Los oigo, los oigo casi a nuestro lado! ¡Escuchen! ¡Escuchen! ¿Qué ves tú? ¿Qué ves tú?

La ciega más vieja: ¿Hacia qué lado mira?

La ciega joven: ¡Sigue el ruido de los pasos! ¡Miren! ¡Miren! Cuando le vuelvo del otro lado, se vuelve para ver... ¡Ve! ¡Ve! ¡Ve! ¡Es seguro que ve algo extraño! ...

La ciega más vieja: (Se adelanta.) Levántenlo por encima de nosotros para que pueda ver.

La ciega joven: ¡Apártense! ¡Apártense! (Levanta al Niño por encima del grupo de ciegos). ¡Los pasos se han detenido entre nosotros!...

La ciega más vieja: ¡Están aquí! ¡Están en medio de nosotros!

La ciega joven: ¿Quiénes son? (Silencio).

La ciega más vieja: ¡Tengan piedad de nosotros! (Silencio. El Niño llora desesperadamente).


Telón

 
 
Maurice Maeterlinck (Bélgica, 1862-1949). Obtuvo el premio Nobel en 1911.
 
La ilustración corresponde a la puesta en escena de Los ciegos por parte del grupo Toneelhuis,
bajo la dirección de Guy Cassiers en 2014.

sábado, 13 de enero de 2018

Nieve: NERINA, de Paul Heyse

 "... se nos fundió y desapareció ante el primer rayo de sol, como la nieve en los canchales."
 
(Fragmento)

Cuando pisó de nuevo su habitación en Recanati, se sintió harto cobarde para abrir las puertas del balcón y echar una mirada hacia la ventana de abajo. Pasó aquella noche ahogado en una sorda pena. Pero a la siguiente mañana, apenas había recobrado algunas fuerzas con un breve sueño, alguien golpeó en su puerta como aquella vez, y otra vez entró por ella Luigi, su vecino. Tal era su aspecto, que parecía hubiesen transcurrido diez años, entre entonces y hoy: el honrado rostro estaba surcado por hondas arrugas, encanecidos los hirsutos cabellos, desaliñado y descuidado el traje.
 
Se disculpó, con una voz que sonó huraña y fatigada, por incomodar otra vez al señor conde. Tenía un encargo para él y era su deber cumplirlo.
 
- Su niña (el señor conde la recordará aún, de seguro, ya que le tenía afecto), su niña –dice-. Dios se ha dado cuenta de que era demasiado buena para este mundo y se la ha llevado con Él a su paraíso eterno. Todos los esfuerzos y cuidados humanos fueron inútiles; en realidad, no se echó de ver ninguna enfermedad en ella; pero se nos fundió y desapareció ante el primer rayo de sol, como la nieve en los canchales. Tan pura como ella fué la niña, sólo que no tan fría. Si hubiera visto el señor conde cómo se esforzó por ser todo cariño y bondad para con su madre y él conforme se acercaba su fin… Ah, fue de veras sobrehumano el dolor que soportaron por causa de su niña del alma, su niña, que se volvía cada vez más tranquila y serena. La última noche llamó a su madre a la cama y le rogó que, cuando estuviera ya muerta y volviera el conde Giacomo por la ciudad, le diese este bolsillito y le saludase de parte de Nerina. Su madre tuvo que prometérselo por lo más sagrado; ellos sabían ya, desde luego, cuánto respeto y confianza había sentido siempre la niña por el señor conde. A ruego suyo, se había depositado el librito con sus Cantos bajo la almohada sobre la que dormiría ella su último sueño hasta la resurrección de los muertos. Y aquí estaba el bolsillo; su pobre mujer no se había decidido a traérselo ella misma al señor conde. ¡Era tan duro para ella hablar de su niña!
 
Desenvolvió un paño de lino que traía en el bolsillo del pecho y sacó de él un pequeño bolsillito cuadrangular, que entregó al hondamente conmovido Leopardi. Estaba primorosamente entretejido y bordado con hebras de seda negra, y un dorado cordoncillo remataba sus bordes. En uno de sus lados había bordada una verde corona de hojas de laurel, con una L en el centro, hecha con hilos dorados. Y dentro, cuidadosamente doblada y cuidada pulcramente, estaba la hoja en la que escribiera Leopardi aquella noche, el poema que compuso en el altozano. La última estrofa estaba subrayada tres veces con un fino trazo de lápiz, como si con esto hubiese querido ella indicarle cuántas veces había repetido estas palabras: «E il naufragar m’è dolce in questo mare*».

 
Paul Heyse: Paul Johann Ludwig von Heyse (Alemania, 1830-1914).
Obtuvo el premio Nobel en 1910.
 
* La traducción de Rafael de la Vega consigna el poema completo en el propio relato:
"... tras esta inmensidad naufraga el pensamiento mío: ¡Oh, qué dulce es para mí anegarme en este mar!"

viernes, 12 de enero de 2018

Nieve: EL MARAVILLOSO VIAJE DE NILS HOLGERSSON, de Selma Lagerlöf

"La nieve había dejado de caer..."

(Fragmento del capítulo 32: En torno de las iglesias)

Domingo, 1 de mayo

Cuando despertó a la amañana siguiente no pudo Nils contener la risa. Durante la noche había caído gran cantidad de nieve y aún continuaba nevando; el viento arrastraba tales copos de nieve que dijérase eran las alas de las palomas muertas de frío, lo que caía. Sobre el lago Siljan la nieve formaba una capa de varios centímetros de espesor; las riberas también estaban nevadas, y los patos silvestres tenían tanta sobre sus espaldas que presentaban el aspecto de montoncitos de nieve.

De tiempo en tiempo, Okka, Yksi y Kaksi despertaban un poco; pero viendo que la nieve no cesaba de caer, hundían de nuevo su cabeza bajo el ala. Estaban convencidas de que ante un tiempo semejante no había cosa mejor que dormir, y Nils no opinaba de otro modo.

Algunas horas más tarde se despertó de nuevo; las campanas de Rattvik llamaban a los fieles a los oficios divinos. La nieve había dejado de caer; pero el viento del norte soplaba muy fuerte, y en el lago hacía un frío terrible. Nils experimentó mucha alegría al ver que los patos se sacudían la nieve y volaban hacia tierra en busca de alimento.


Selma Lagerlöf (Suecia, 1858-1940). Obtuvo el premio Nobel en 1909.

jueves, 11 de enero de 2018

Nieve: KIM, de Rudyard Kipling

"Se hundieron en el lecho de blanda nieve y pizarra pulverizada por las heladas y se refugiaron de la tempestad en un campamento de tibetanos..."

(Fragmento)

Cruzaron a la fría luz de la luna un puerto lleno de nieve, y el Lama, jugando y bromeando con Kim, cayó de rodillas como un camello Bactriano -esos camellos de pelo áspero que se alimentan en la nieve y se ven a menudo en el Rashmir Serai-. Se hundieron en el lecho de blanda nieve y pizarra pulverizada por las heladas y se refugiaron de la tempestad en un campamento de tibetanos que hacían descender apresuradamente sus pequeños carneros cargados cada uno con un paquete de bórax. Llegaron a lomas cubiertas de hierba, manchadas todavía de nieve y atravesaron bosques y praderas. Durante todo el camino, Kedernath y Badrinath permanecieron impasibles; y únicamente, al cabo de muchos días de viaje, pudo Kim vislumbrar desde lo alto de un insignficante mogote de diez mil pies de altura, que algún apéndice o cuerno de los grandes señores había -aunque muy ligeramente- cambiado de silueta.

Al fin penetraron en un pequeño mundo aparte -un valle de muchas leguas, donde las elevadas laderas estaban formadas por rocas que se destacaban de las curvas de las montañas. Aquí un día de marcha, no les hacía avanzar, al parecer, a mayor distancia de la que puede recorrer un hombre soñando durante una pesadilla. Durante muchas horas faldearon penosamente un contrafuerte, y al terminar se encontraron con que ¡no era más que una lejana joroba de otro enorme contrafuerte destacado de la montaña principal! Una praderita redonda, se convirtió cuando llegaron a ella, en una vasta meseta que avanzaba enormemente hacia el valle. Tres días más tarde, no era más que una confusa arruga de tierra que se esfumaba hacia el sur.

- Aquí indudablemente deben vivir los Dioses -dijo Kim impresionado por el silencio y la rápida dispersión de las nubes, después de la lluvia-. ¡Este no es lugar a propósito para los hombres!


Rudyard Kipling (Británico nacido en la India, 1865-1933). Obtuvo el premio Nobel en 1907.

miércoles, 10 de enero de 2018

Nieve: MEDIODÍA ALPINO, de Giosué Carducci

"Pinos y abetos blancos sin el aliento de los vientos se elevan al sol que sereno los mira..."

En el círculo de los Alpes
sobre el granítico retorcido y desangrado
entre las nieves candescentes
reina parado
intenso e infinito en su amplio silencio el mediodía.
Pinos y abetos blancos
sin el aliento de los vientos
se elevan al sol que sereno los mira
y un pájaro canta
con frágiles sonidos de lira
el agua que lentamente entre las rocas camina.
 

Giosué Carducci (Italia, 1835-1907). Obtuvo el premio Nobel en 1906.

(Traducción del italiano por María Dolores Sartorio).

martes, 9 de enero de 2018

Páginas ajenas: EL ORGANISTA DE PONIKLA, de Henryk Sienkiewicz

"Por el desierto camino, desprovisto de árboles, entre praderas heladas y cubiertas por la nieve..."

(Fragmentos)

La nieve estaba seca y crujiente, y era poco profunda; y como Klen tenía las piernas largas, avanzaba raudo por el camino de Zagrabie a Ponikla. Avanzaba tanto más raudo cuanto que se avecinaba una buena helada y él llevaba puesta poca ropa: una levita corta y encima, una chaqueta de piel vuelta, más corta todavía, unos pantalones de paño negros y unas botas finas, llenas de remiendos. Aparte de esto, en la mano llevaba un oboe, en la cabeza un mísero sombrero, liviano como el viento, en el estómago varias copas de arac, alegría en el corazón y en el alma, sobrados motivos para sentirla. Es que aquella misma mañana había firmado con el canónigo Krajewski, un contrato por el cual sería el futuro organista de Ponikla. Él, quien hasta ese día -cosas que pasan-, había vagado cual un gitanillo de posada en posada, de boda en boda, de feria en feria, de romería en romería, y todo con tal de ganarse unas cuantas monedas con su oboe o algún órgano, instrumento que, la verdad sea dicha, tocaba mejor que cualquier otro organista de la comarca; él ahora estaba a punto de sentar cabeza, instalarse en Ponikla y empezar una vida estable bajo un techo propio.
...

Se avecinaba una buena helada pero a él no le importaba; caminaba cada vez más raudo y mientras lo hacía reememoraba todo aquel día, pensaba en Olka y no sentía el frío. Simplemente, no había tenido día más feliz en toda su vida. Por el desierto camino, desprovisto de árboles, entre praderas heladas y cubiertas por la nieve que centelleaba en rojo y azul en la hora vespertina, llevaba su alegría como una linterna luminosa que había de disiparle la oscuridad. Recordaba y rememoraba todo lo que había sucedido, tanto la conversación con el canónigo y la firma del contrato como todas y cada una de las palabras del ladrillero y dela señorita Olka. Ella, cuando se habían quedado a solas por unos instantes, le había dicho lo siguiente: "¡A mí me da igual! Aun sin esto, ¡yo le seguiría a usted, Antoni, incluso más allá del mar!, pero por papá, así es mejor".
...

Pasado un tiempo se sintió canasado, por algo que no había calculado: que la nieve era más profunda en los prados que en el camino, aplanado, y que no resultaba nada fácil sacar de ellas unas piernas tan largas. Aparte de esto, en algunos lugares los prados formaban hondonadas que ahora parecían niveladas por las ventiscas recientes, pero que para atravesarlas había que hundirse en la nieve hasta las rodillas. Klen ahora empezaba a arrepentirse de haber abandonado el camino, donde tal vez habría podido encontrar algún carro que se dirigiera a Ponikla.

Las estrellas emitían destellos cada vez más agudos, el frío se volvía cada vez más intenso, y Klen, sin embargo, estaba empapado de sudor. No obstante, en los ratos en que se levantaba el viento para dirigirse a través de los prados hacia el río, se sentía helado. Intentaba volver a tocar pero con la boca tapada se cansaba más todavía.
...

Y una vez sentado empezó a tocar y la tenue voz del oboe volvió a oirse en medio de la noche oscura y de las nieves profundas. Pero a Klen se le pegaban los párpados cada vez más y las notas de Mi jarrón, debilitándose por momentos, sonaban cada vez más quedas, haasta que acabaron por extinguirse del todo. Él, sin embargo, aún se defendía del sueño, todavía conservaba la consciencia, todavía pensaba en Olka, sólo que al mismo tiempo creía hallarse rodeado de un vacío cada vez más grande, se sentía cada vez más solo, como olvidado, y empezó a embargarlo una sensación de asombro porque ella no estuviese a su lado en medio de aquel desierto nevado, de aquella noche profunda.


Henryk Sienkiewicz (Polonia, 1946-1916). Obtuvo el premio Nobel en 1905.

lunes, 8 de enero de 2018

Nieve: BODAS TRÁGICAS, de José Echegaray

"... todo con el sudario al fin se viste de escarcha y nieve en el invierno frío."

Escena IV: monólogo de La dama
 
(Fragmento final de la escena)

Perdona, Laura hermosa, mi desvío,
y sé conmigo lo que siempre fuiste:
un ángel de bondad. Nada resiste
en cuanto alumbra el sol al tiempo impío.
La alegre primavera y el estío,
y el abundoso otoño ya mas triste,
todo con el sudario al fin se viste
de escarcha y nieve en el invierno frío.
¡Murió mi amor! La realidad impura
le arrastró a mi pesar al desencanto.
Dale en tu seno, Laura, sepultura,
sus despojos bañando con tu llanto,
y en invierno de amor, nieve más pura
no habrá cubierto tumba con su manto.
(Con arranque desesperado).
¿Qué es más? ¿cobarde?... ¿o cruel?
¿o miserable?... ¿o traidor?
¡Si ya no le tengo amor!


José Echegaray (España, 1832-1914).
Obtuvo el premio Nobel en 1904 compartido con Frédéric Mistral.

domingo, 7 de enero de 2018

Nieve: MIREYA (poema provenzal), de Frédéric Mistral

"... como una piara en desorden: el uno chilla, el otro ladra, el otro gruñe, el otro relincha…"

(Fragmento del Canto VI)
 
Al propio tiempo sintieron correr por el suelo a toda prisa una bandadad de animales gruñendo y resollando como una piara en desorden: el uno chilla, el otro ladra, el otro gruñe, el otro relincha… Asimismo cuando duerme la naturaleza bajo una sábana de nieve, si en una noche ventosa y clara van los cazadores a la caza nocturna con fuego y sacuden los zarzales en la orilla de los arroyos, despiertan sobresaltados en el nido gorriones y mochuelos, y azorados huyen a engolfarse en las redes produciendo un sordo rumor como los fuelles de las fraguas.


Frédéric Mistral (Poeta francés en lengua occitana, 1830-1914).
Obtuvo el premio Nobel compartido con José Echegaray en 1904.

sábado, 6 de enero de 2018

Nieve: UN MUCHACHO DE BUEN TEMPLE, de Bjørnstjerne Bjørnson

"De las granjas desparramadas sobre la nieve en la sombra de la tarde de invierno, brotaban (...) reflejos de luz..."

(Fragmento del capítulo IV)

Era un anochecer entreclaro del invierno, y no molestaba el frío. No se veían estrellas, lo que parecía indicar lluvia para el día siguiente. Un viento suave pasaba a ras de la nieve que cubría parte de la vegetación a manchas desiguales. Donde no había nieve el camino se veía recubierto de hielo, que relucía en tonos de un negro azulado, y así hasta donde alcanzaba la vista. La nieve se acumulaba en altos montones al pie de los peñascos, y sus bordes lucían bajo el manto blanco, excepto en los sitios donde los apretados abedules daban una tonalidad oscura. No se veían los espejos del agua, y sí solamente brezales areniscos medio desnudos y charcos en copiosas manchas alternando hasta el pie de los peñascos. De las hoscas granjas desparramadas sobre la nieve en la sombra de la tarde de invierno, brotaban, ora de una ventana, ora de otra, reflejos de luz que se proyectaban en la extensión de los campos; por su movilidad estas luces daban a entender el ajetreo del interior de los hogares.
 
Bjørnstjerne Martinius Bjørnson (Noruego fallecido en Francia, 1832-1910).
Obtuvo el premio Nobel en 1903.

viernes, 5 de enero de 2018

Nieve: HISTORIA DE ROMA, de Theodor Mommsen


Paso de los Alpes
 
(Fragmento)
 
Ninguno, a excepción del jefe y de sus allegados, veía ya en la empresa más que una quimera; pero jamás llegó a flaquear la confianza de Aníbal. Además encontraron numerosos soldados que habían rodado por las laderas; los galos aliados se hallaban muy próximos, y estaban en el punto de partida de las aguas. Tenían ante sí la bajada, cuya vista alegra siempre al que viaja por las montañas. Después de haber descansado un poco, el ejército recobró su valor y comenzó la última y más difícil operación, que debía conducirlo a la llanura. El enemigo no lo incomodaba ya mucho, pero el mal tiempo había llegado, era ya comienzos de septiembre, y reemplazó en la bajada las molestias que los bárbaros les habían hecho sufrir en la subida. Por las pendientes resbaladizas y heladas de las orillas del Duria, donde la nieve había borrado toda huella y todo camino, se extraviaban hombres y animales, perdían la tierra y caían en los abismos. Al anochecer del primer día llegaron a un sitio de unos doscientos pasos de extensión, por donde se precipitaban a cada momento enormes avalanchas que se desprendían de los escarpados picos del Cramont, cubiertos casi perpetuamente por las nieves. La infantería pudo pasar, aunque con dificultad; pero no sucedió lo mismo con los elefantes y los caballos, que se resbalaban en las masas de hielo ocultas bajo una nueva y tenue capa de nieve. Aníbal acampó más arriba con los elefantes y la caballería. A la mañana siguiente rompieron la capa de hielo a fuerza de trabajo, e hicieron practicable el camino para los mulos y los caballos. Sin embargo, se necesitaron tres días de grandes esfuerzos, en los que los soldados se iban relevando sin cesar, para que pudiesen pasar los elefantes. Al cuarto día se había ya reunido por fin todo el ejército; el valle se iba ensanchando y era más fértil cada vez. Por último, después de otros tres días de marcha, llegaron al territorio de los salasas, ribereños del Duria y clientes de los insubrios, que recibieron a los cartagineses como amigos y salvadores.
 

Theodor Mommsen (Alemania, 1817-1903). Obtuvo el premio Nobel en 1902.

jueves, 4 de enero de 2018

Nieve: EL CISNE, de Sully Prudhomme

"En sus flancos, su plumón se asemeja a las nieves de abril, que hace ceder el sol..."

Sin ruido, en el espejo de hondos y calmos lagos,
el cisne impulsa la ola, y con sus largos remos
se desliza. En sus flancos, su plumón se asemeja
a las nieves de abril, que hace ceder el sol;
pero firme y de un blanco que brilla bajo el céfiro,
su gran ala lo arrastra como a un lento navío.
Alza su hermoso cuello sobre el cañaveral,
lo hunde, lo pasea, y estirado en el agua,
lo curva con donaire, como un perfil de acanto,
y oculta en su garganta brillante el negro pico.
A veces, junto a pinos que albergan paz y sombra,
serpentea, y dejando que los herbajes densos
se arrastren en pos de él como una cabellera,
avanza, con andar desmayado y tardío.
La gruta, en la cual oye su sentir el poeta
y la fuente que llora una ausencia infinita,
le placen: vaga allí y una hoja de sauce
al caerse le roza los hombros en silencio.
A veces, en alta mar, lejos del bosque oscuro
se llega y, timoneando, soberbio, en el azur,
elige, al celebrar su blancura que admira,
el sitio deslumbrante donde el sol se refleja.
Luego, cuando la costa del agua no distingue,
a la hora en que todo forma un confuso espectro,
cuando ya no se mueven ni un junco ni un gladiolo,
y hacen ruido las ranas en el sereno bosque
y en el claro de luna la luciérnaga luce:
en el lago sombrío, que bajo ella copia
una espléndida noche lacteada y violeta,
el ave, como un vaso de plata entre diamantes,
la cabeza en el ala, se duerme entre dos cielos.


 
Sully Prudhomme: René François Armand Prudhomme (Francia, 1839-1907).
Obtuvo el premio nobel en 1901.
 
La ilustración corresponde a un detalle de Cisne, de Tore Eide H.