Vancouver: luz de agosto en la bahía. (Fotografía de Jules Etienne).
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sábado, 11 de noviembre de 2023

Eclipse solar: EL ECLIPSE, de Augusto Monterroso


Cuando fray Bartolomé Arrazola se sintió perdido aceptó que ya nada podría salvarlo. La selva poderosa de Guatemala lo había apresado, implacable y definitiva. Ante su ignorancia topográfica se sentó con tranquilidad a esperar la muerte. Quiso morir allí, sin ninguna esperanza, aislado, con el pensamiento fijo en la España distante, particularmente en el convento de los Abrojos, donde Carlos Quinto condescendiera una vez a bajar de su eminencia para decirle que confiaba en el celo religioso de su labor redentora.
 
Al despertar se encontró rodeado por un grupo de indígenas de rostro impasible que se disponían a sacrificarlo ante un altar, un altar que a Bartolomé le pareció como el lecho en el que descansaría, al fin, de de sus temores, de su destino, de sí mismo.
 
Tres años en el país le habían conferido un mediano dominio de las lenguas nativas. Intentó algo. Dijo algunas palabras que fueron comprendidas.
 
Entonces floreció en él una idea que tuvo por digna de su talento y de su cultura universal y de su arduo conocimiento de Aristóteles. Recordó que para ese día se esperaba un eclipse total de sol. Y dispuso, en lo más íntimo, valerse de aquel conocimiento para engañar a sus opresores y salvar la vida.
 
- Si me matáis -les dijo- puedo hacer que el sol se oscurezca en su altura.
 
Los indígenas lo miraron fijamente y Bartolomé sorprendió la incredulidad en sus ojos. Vio que se produjo un pequeño consejo, y esperó confiado, no sin cierto desdén.
 
Dos horas después el corazón de Bartolomé Arrazola chorreaba su sangre vehemente sobre la piedra de los sacrificios (brillante bajo la opaca luz de un sol eclipsado), mientras uno de los indígenas recitaba sin ninguna inflexión de voz, sin prisa, una por una, las infinitas fechas en que se producirían eclipses solares y lunares, que los astrónomos de la comunidad maya habían previsto y anotado en sus códices sin la valiosa ayuda de Aristóteles.

Augusto Monterroso
(Guatemalteco nacido en Tegucigalpa, Honduras en 1921; fallecido en la ciudad de México en 2003).

lunes, 4 de septiembre de 2017

Eclipse: UN MILAGRO COMO PRETEXTO


Es muy conocido un relato de Cristóbal Colón cuando se encontraba varado en Jamaica, en 1504, ante la carencia de suministros, una parte de su tripulación se amotinó y tras cometer algunos desmanes entre la población nativa, fueron capturados y sometidos. Los indígenas locales se negaron entonces a seguir proporcionando alimentos a la expedición española.
 
Colón encontró una ingeniosa solución al problema consultando el Almanaque Perpetuo, de Johannes Müller von Königsberg, quien empleaba el seudónimo Regiomontanus, pues en sus tablas astronómicas establecía que por esas fechas tendría lugar un eclipse total de luna. Tres días antes de que esto sucediera, solicitó hablar con el cacique de la región y le amenazó asegurando que su dios los castigaría desapareciendo la luna con todas las calamidades que eso implicaba.
 
Según sus propias palabras: “En la tarde anunciada, cientos de indígenas se congregaron. Cuando salió la Luna ya estaba parcialmente oscurecida y el pánico entre los nativos se extendió al verla menguar.” Su hijo, Fernando Colón, describió lo sucedido: “… con grandes gritos y lamentos comenzaron a correr en todas direcciones cargando los barcos con provisiones y rogando al Almirante que intercediera con su dios en su favor.”
 
Esta anécdota, tan difundida, ha servido como pretexto para algunas páginas en varias novelas de aventuras y un conocido cuento.
 
En 1885, apareció en Inglaterra la primera edición de Las minas del rey Salomón, escrita por Henry Rider Haggard, en donde para rescatar a la doncella Foulata, el protagonista Allan Quatermain aplica la idea de Colón, una vez que ha confirmado la fecha en que estaba anunciado un eclipse.
 
Apenas cuatro años más tarde, en su obra Un yanqui en la corte del rey Arturo, el estadonidense Mark Twain acude al mismo recurso para salvar a su protagonista de la hoguera. Sin embargo, jugando con los anacronismos tiene la prudencia de advertir: “¡El eclipse! Recordé, como en un relámpago, que Colón, o Cortés, o algún otro utilizó esto del eclipse para salir de un apuro, una vez, y asustar a los salvajes. Yo, podía también utilizarlo, ahora, sin riesgo de que me acusaran de plagiario, pues lo hacía cerca de mil años antes del que lo hizo por vez primera.”
 
En 1952, el guatemalteco afincado en México, Augusto Monterroso, escribió un relato breve titulado El eclipse, en que el fraile Bartolomé Arrazola intenta engañar a los indígenas nativos con esa artimaña.
 
En su novela El arpa y la sombra, el cubano Alejo Carpentier emprende una acuciosa exploración de los viajes del almirante con la peculiaridad de que concede la voz de la narración al propio Colón. Explicaba el autor lo que le animó a escribir su obra: “En 1937, al realizar una adaptación radiofónica de El libro de Cristóbal Colón, de Claudel, para la emisora Radio Luxemburgo, me sentí irritado por el empeño hagiográfico de un texto que atribuía sobrehumanas virtudes al Descubridor de América. Más tarde me topé con un increíble libro de Léon Bloy, donde el gran escritor católico solicitaba nada menos que la canonización de quien comparaba, llanamente, con Moisés y San Pedro.El arpa y la sombra fue publicada en 1978 y en sus páginas se incluye el citado episodio.
 
En los días subsecuentes me ocuparé en Mitos y reincidencias, de cada uno de los cuatro títulos aquí mencionados.

Jules Etienne

martes, 9 de abril de 2013

Conejos: un par de fábulas sobre el conejo y el león

 
EL CONEJO Y EL LEÓN
 
Un celebre Psicoanalista se encontró cierto día en medio de la selva, semiperdido.
 
Con la fuerza que dan el instinto y el afán de investigación logró fácilmente subirse a un altísimo árbol, desde el cual pudo observar a su antojo no sólo la lenta puesta del sol sino además la vida y costumbres de algunos animales, que comparó una y otra vez con las de los humanos.
 
Al caer la tarde vio aparecer, por un lado, al Conejo; por otro, al León.

En un principio no sucedió nada digno de mencionarse, pero poco después ambos animales sintieron sus respectivas presencias y, cuando toparon el uno con el otro, cada cual reaccionó como lo había venido haciendo desde que el hombre era hombre.
 
El León estremeció la selva con sus rugidos, sacudió la melena majestuosamente como era su costumbre y hendió el aire con sus garras enormes; por su parte, el Conejo respiró con mayor celeridad, vio un instante a los ojos del León, dio media vuelta y se alejó corriendo.
 
De regreso a la ciudad el celebre Psicoanalista publicó cum laude su famoso tratado en que demuestra que el León es el animal más infantil y cobarde de la selva, y el Conejo el más valiente y maduro: el León ruge y hace gestos y amenaza al universo movido por el miedo; el Conejo advierte esto, conoce su propia fuerza, y se retira antes de perder la paciencia y acabar con aquel ser extravagante y fuera de sí, al que comprende y que después de todo no le ha hecho nada.
 
 
Augusto Monterroso (Escritor guatemalteco nacido en Honduras y radicado en México;1921-2003)
 
 
 
EL RUGIDO DEL CONEJO

Cansado de su temor ancestral, harto de que él y todos los de su especie tuvieran que huir para ocultarse cada vez que aparecía un león hambriento, un conejo decidió desafiar las leyes de la naturaleza: aprendería a rugir igual que sus depredadores. Si mediante ese recurso los atemorizaban primero, para luego someterlos sin mayor dificultad, él respondería con otro rugido igualmente feroz. Tendría, además, la ventaja de la sorpresa, puesto que un león nunca esperaría escuchar el eco de su estruendo reflejado en la fiera imagen de un conejo. El desconcierto de aquél, a su vez, le permitiría retirarse apelando a un cierto aire de dignidad que hasta entonces estaba vedado para sus congéneres.

Le llevó años. Ensayaba sin descanso día tras día, desde el amanecer hasta que se ocultaba el sol, buscando perfeccionar su propio rugido. Miraba su imagen distorsionada en el reflejo del agua para convencerse de que parecía tan salvaje como su enemigo. Los demás conejos comenzaron a establecer distancia con él, temerosos de que se los fuera a almorzar en uno de sus desplantes, de que en algún momento traicionara su propia naturaleza pacífica, herbívora, y le diera por practicar el canibalismo. Nada le importó. Se había empecinado en que ése sería el objetivo primordial de su vida y así prosiguió hasta que un día se sintió convencido de que ya estaba listo para la gran confrontación. Rugió con todas sus fuerzas y los demás animales que lo escucharon huyeron despavoridos, temerosos de ser devorados por esa bestia a la que no alcanzaban a ver, pero les bastaba su intuición para advertir el peligro.

El conejo se paseaba orondo por la selva cuando, por fin, se suscitó el inevitable encuentro con el león. Éste emitió uno de sus habituales rugidos. El conejo se le quedó mirando a los ojos sin temor, su rostro se empezó a deformar hasta que de su hocico salió un estrépito insospechado. Confundido, el felino respondió con un bostezo y se replegó discretamente un par de pasos. ¡Lo había logrado! Había conseguido amedrentar ni más ni menos que al rey de la selva. Ahora podía dar media vuelta e irse. Los demás animales tendrían que aprender desde ese momento a respetarlo.

Antes de irse volvió a rugir, en tanto que el león permaneció en silencio. Arrogante, el conejo se fue acercando para obligarlo a retirarse. Rugió una vez más y el león parecía inhibido, aunque también respondió. El conejo iba imponiéndose hasta que por fin quedaron uno frente al otro. El león entonces tiró un zarpazo y devoró al conejo de un solo bocado.
 
 
Jules Etienne