Vancouver: luz de agosto en la bahía. (Fotografía de Jules Etienne).
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martes, 25 de septiembre de 2018

Septiembre: RECUERDO DE MARIE A., de Bertolt Brecht


1

En aquel día de luna azul de septiembre
en silencio bajo un joven ciruelo
estreché a mi pálido amor callado
entre mis brazos como un sueño bendito.
Y por encima de nosotros en el hermoso cielo estival
había una nube, que contemplé mucho tiempo;
era muy blanca y tremendamente alta
y cuando volví a mirar hacia arriba, ya no estaba.

2

Desde aquel día muchas, muchas lunas
se han zambullido en silencio y han pasado.
Los ciruelos habrán sido arrancados
y si me preguntas ¿qué fue de aquel amor?
entonces te contesto: no consigo acordarme,
pero aun así, es cierto, sé a qué te refieres.
Aunque su rostro, de verdad, no lo recuerdo,
ahora sé tan sólo que entonces la besé.

3

Y también el beso lo habría olvidado hace tiempo
de no haber estado allí aquella nube;
a ella sí la recuerdo y siempre la recordaré,
era muy blanca y venía de arriba.
Puede que los ciruelos todavía florezcan
y que aquella mujer tenga ya siete hijos,
pero aquella nube floreció sólo algunos minutos
y cuando miré a lo alto se estaba desvaneciendo en el viento.


Bertolt Brecht (Alemania, 1898-1956).

(Traducido al español por Jesús Munárriz y Jenaro Talens).

lunes, 4 de diciembre de 2017

Eclipse: GALILEO GALILEI, de Bertolt Brecht


1616: El colegio romano, instituto de investigaciones del Vaticano, confirma los descubrimientos de Galilei.
 
(Fragmento)
 
El segundo astrónomo: ¡Principiis obsta! Todo comenzó cuando nosotros empezamos a calcular la duración del año solar, las fechas de los eclipses de sol y luna, las posiciones de los astros en años y días según las tablas de Copérnico, que es un hereje.
 
Un monje: Yo me pregunto: ¿qué es mejor, presenciar un eclipse de luna tres días más tarde que lo indicado por el calendario o no alcanzar nunca la bienaventuranza eterna?
 
Un monje muy delgado (se adelanta con una Biblia abierta en la mano y señala fanáticamente un fragmento con el dedo): ¿Qué es lo que dicen las Sagradas Escrituras? "Sol no te muevas de encima de Gabaón ni tú Luna de encima del valle de Ayalón." ¿Cómo puede detenerse el Sol si no se mueve en absoluto, como sostienen esos herejes? ¿Mienten acaso las Sagradas Escrituras?
 
El segundo astrónomo: Hay apariciones que a nosotros, los astrónomos, nos provocan dificultades, ¿pero acaso es necesario que el hombre comprenda todo? (Los dos astrónomos se retiran.)
 
El monje: ¡La patria del género humano convertida en una estrella errante! Al hombre, animal, planta y toda la demás naturaleza los meten en un carro y al carro lo hacen dar vueltas en un cielo vacío. Para ellos no hay más ni cielo ni tierra. La Tierra no existe porque sólo es un astro del cielo y tampoco el cielo porque está formado por muchas tierras. No hay más diferencia entre arriba y abajo entre lo eterno y lo perecedero. ¡Que nosotros nos extinguimos ya lo sabemos, que también el cielo se extingue nos lo dicen ahora ésos! Sol, luna, estrellas y nosotros vivimos sobre la tierra. Así se dijo siempre y así estaba escrito. Pero ahora la tierra es también una estrella, según ése. ¡Sólo hay estrellas! Llegará el día en que éstos dirán: tampoco hay hombres ni animales, el hombre mismo es un animal, sólo hay animales.
 
El primer erudito (a Galilei): Ahí abajo se le ha caído algo.
 
Galilei (que entretanto había sacado una piedrecilla del bolsillo, jugando con ella y dejándola caer. Mientras se agacha para recogerla): Arriba, Monseñor, se me ha caído hacia arriba.
 
El prelado gordo (dándole la espalda): ¡Desvergonzado! (Entra un Cardenal muy viejo apoyándose en un monje. Se le hace lugar con mucho respeto.)
 
El cardenal muy viejo: ¿Están todavía adentro? ¿No pueden terminar más rápido con esas nimiedades? ¡Ese Clavius podría entender un poco más de su astronomía! He oído que ese señor Galilei trasplanta al hombre desde el centro del orbe a un borde cualquiera. Por consiguiente y sin ninguna duda es un enemigo de la naturaleza humana y como tal debe ser tratado. El hombre es la corona de la creación, eso lo sabe cualquier niño. La criatura más sublime y bienamada del Señor. ¿Cómo puede colocar él esa maravilla, ese magnífico esfuerzo en un asteroide minúsculo, apartado y que dispara continuamente? ¿Acaso él mismo mandaría a su propio hijo así, a un lugar cualquiera? ¿Cómo puede existir gente tan perversa que tenga fe en estos esclavos de sus tablas numéricas? ¿Qué criatura del Señor puede tolerar una cosa así?
 
El prelado gordo (a media voz): El señor está presente.
 
El cardenal muy viejo (a Galilei): ¿Así que es usted? Pues mire, yo ya no veo muy bien, pero sí puedo decirle que usted se parece muchísimo a esa persona que condenamos en su tiempo a la hoguera. ¿Cómo se llamaba?
 
El monje: Vuestra Eminencia no debe alterarse, el médico...
 
El cardenal muy viejo (rechazándolo, a Galilei). —Usted quiere degradar a la tierra, a pesar de que viva sobre ella y que de ella todo lo recibe. ¡Usted ensucia su propio nido! ¡Ah, pero no lo consentiré! (Deja a un lado al monje y comienza a pasearse con orgullo.) Yo no soy un ser cualquiera que habita un astro cualquiera que da vueltas por algún tiempo. Yo camino sobre la tierra firme, con pasos seguros. Ella está inmóvil, ella es el centro del Todo y yo estoy en su centro y el ojo del Creador reposa en mí, solamente en mí, giran, sujetas en ocho esferas de cristal, las estrellas fijas y el poderoso Sol que ha sido creado para iluminar a mi alrededor. Y también a mí, para que Dios me vea. Así viene a parar todo sobre mí, visible e irrefutable, sobre el hombre, el esfuerzo divino, la criatura en el medio, la viva imagen de Dios, imperecedera... (Se desploma).


Bertolt Brecht (Alemania, 1898-1956).

La ilustración corresponde a la puesta en escena dirigida por Joseph Discher con Sherman Howard como Galileo.

miércoles, 14 de junio de 2017

Carnaval: GALILEO GALILEI, de Bertolt Brecht


 
10.

En el decenio siguiente, se difunde la doctrina de Galileo. En todos lados, los panfletistas y baladistas se hacen eco de las nuevas ideas. Durante el carnaval de 1632 muchas ciudades de Italia toman la astronomía como tema para sus comparsas.
 
(Una pareja de comediantes semihambrientos, con una chiquilla de cinco años y un niño de pecho, llegan a una plaza donde un gentío, en parte disfrazado, espera el desfile de carnaval. Los dos arrastran atados de ropa, un tambor y otros utensilios.)
 
El cantor de baladas (con redobles de tambor): ¡Honorables vecinos, damas y caballeros! Antes de que comiencen a desfilar las comparsas de los gremios en esta noche de carnaval, ejecutaremos la última canción florentina que todo el norte de Italia canta y que nosotros hemos importado hasta aquí a pesar de los enormes costos! Se titula "La horrible teoría y dictamen del señor físico real don Galileo Galilei" o "Una prueba de lo que vendrá". (Canta):
 
El Todopoderoso con don creador
dar vueltas a la tierra al sol ordenó
y una lámpara grande a su vientre colgó
para que girara como un buen servidor.
Porque era su deseo más ferviente
que en torno al señor rodara el sirviente.
Y así comenzaron los menesterosos tras los poderosos,
los traseros tras los delanteros,
así en la tierra como en el cielo.
Y en torno al Papa los cardenales.
Y en torno al Cardenal los arzobispos.
Y en torno al Obispo los tribunales.
Y en torno al Tribunal los secretarios.
Y en torno al secretario los artesanos,
y en torno al artesano los servidores.
Y en torno al servidor los ganapanes, las gallinas, los pobretes y los canes.
 
Éste es, distinguido público, el orden consumado, ordo ordinum, como dicen los señores teólogos: regula aeternis, la regla de las reglas. ¿Pero, apreciado público, qué sucedió? (Canta):
 
Y ahí viene el doctor Galilei (tira la Biblia, sacude su anteojo y lo dirige al gran universo)
 
ordena al astro rey detenerse
porque toda la inmóvil creatio dei
debe dar vueltas, girar y moverse,
correrá entonces la rica señora
y el aya actuará de espectadora.
 
¿Qué decís de esto? es tremendo, pero no hay broma. La servidumbre cada día está más insolente, pero una cosa es cierta, hablemos en nuestro idioma: ¿quién no sueña con ser su propio señor para siempre?
 
El criado, holgazán; la criada, fresca.
El perro del matarife engordará.
El monaguillo marchará a la pesca.
El aprendiz en la cama quedará.
 
¡No, no, no! Con la Biblia, señores, no hagáis bromas, ¡al cogote del gañán la cuerda bien resistente! Pero una cosa es cierta, hablemos en nuestro idioma: ¿quién no sueña con ser su propio señor para siempre? Mis buenos vecinos: mirad un poco en ese futuro que anuncia el doctor Galileo Galilei:
 
Dos amas de casa en el mercado
no se explicaban lo que veían:
la pescadera cogió un pescado
y sola, con pan se lo comía.
El albañil, los hoyos ya cavados,
busca la piedra y mampostería
del señor y ya todo terminado
se mete adentro con sabiduría.
 
¡Oh! ¿Es posible esto? No, no, no, aquí no hay broma, ¡al cogote del gañán la cuerda bien resistente! Pero una cosa es cierta, hablemos en nuestro idioma: ¿quién no sueña con ser su propio señor para siempre?
 
El campesino pega en el trasero
a su señor sin consideración.
Y ahora, la leche que daba al clero
sus niños beberán con fruición.
 
¡No, no, no! Con la Biblia, señores, no hagáis bromas, ¡al cogote del gañán la cuerda bien resistente! Pero una cosa es cierta, hablemos en nuestro idioma: ¿quién no sueña con ser su propio señor para siempre?
 
La mujer:
En el pecado caí
y a mi marido dejé
por ver si un astro fijo
encontraba por ahí.
 
El cantor de baladas:
 
¡No, no, no, Galilei, no, no! Termina la broma, Atended:
el perro sin bozal muerde a la gente.
Pero una cosa es cierta y bien lo sabe Roma:
¿quién no sueña con ser su propio señor hoy y siempre?
 
Ambos:
Los que en la tierra sufrís, ¡ay! Reuníos todos juntos
y aprended de Galilei
a poner la raya y punto
a lo que ya es suficiente.
¿quién no sueña con ser su propio señor para siempre?
 
El cantor de baladas: Vecinos, mirad el fenomenal descubrimiento de Galileo Galilei. ¡La tierra gira alrededor del sol! (Bate fuertemente el tambor. La mujer y la chiquilla se adelantan. La mujer sostiene un tosco dibujo del sol. La chiquilla con una calabaza en la cabeza imagen de la tierrada vueltas alrededor de la mujer. El cantor indica con grandes gestos a la chiquilla, como si ésta fuera a realizar un peligroso salto mortal, ya que camina hacia atrás, al compás de los redobles del tambor. Luego, se oyen desde atrás otros tambores.)
 
Una voz profunda: ¡Las comparsas! (Entran dos hombres con harapos, tirando un pequeño carro. Sobre el mismo está sentado, en un ridículo trono, una figura con una corona de cartón y vestida de arpillera que espía por un telescopio. Sobre el trono, un letrero: "Buscad el disgusto". Más atrás vienen cuatro hombres enmascarados que llevan un gran lienzo, donde paran y arrojan un muñeco que representa un cardenal. Un enano se ha colocado a un lado con un letrero: "La nueva era". De la multitud sale un pordiosero que levanta en alto sus muletas y se pone a bailar pataleando en el suelo hasta que cae con gran ruido. Luego, entra un enorme muñeco que hace reverencias al público: Galileo Galilei. Delante de él un niño con una enorme Biblia abierta, con las páginas tachadas.)
 
El cantor de baladas: ¡Galileo, el triturador de la Biblia!


Bertolt Brecht (Alemania, 1898-1956).

viernes, 4 de octubre de 2013

Exilio: SOBRE LA DENOMINACIÓN DE EMIGRANTES, de Bertolt Brecht

"Cada uno de los que vamos con los zapatos rotos entre la multitud..."
 
Siempre me pareció falso el nombre que nos han dado:
emigrantes.
Pero emigración significa éxodo. Y nosotros
no hemos salido voluntariamente
eligiendo otro país. Ni inmigramos a otro país
para en él establecernos, mejor si es para siempre.
Nosotros hemos huido. Expulsados somos, desterrados.
Y no es hogar, es exilio el país que nos acoge.
Inquietos estamos, si podemos junto a las fronteras,
esperando al día de la vuelta, a cada recién llegado,
febriles, preguntando, no olvidando nada, a nada renunciando,
no perdonando nada de lo que ocurrió, no perdonando.
¡Ah, no nos engaña la quietud del Sund! Llegan gritos
hasta nuestros refugios. Nosotros mismos
casi somos como rumores de crímenes que pasaron
la frontera.
Cada uno de los que vamos con los zapatos rotos entre la multitud
la ignominia mostramos que hoy mancha nuestra tierra.
Pero ninguno de nosotros
se quedará aquí. La última palabra
aún no ha sido dicha.
 
 
Bertolt Brecht: Eugen Berthold Friedrich Brecht (Alemania, 1898-1956)