Vancouver: luz de agosto en la bahía. (Fotografía de Jules Etienne).
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viernes, 11 de agosto de 2023

Tampico: DECIR ADIÓS ES MORIR UN POCO (páginas 156 y 157)

"Una canadiense errabunda que encalló en la playa de Miramar. De manera por demás simbólica, se enamoró de un hombre que llevaba el lugar en su apellido: Mar."

(Fragmento del capítulo XV: Las sucias conciencias)

Hacinados en un vagón del metro, zarandeados en cada estación al detenerse y reanudar la marcha, adviertes como aquí se condensa y trivializa la condición estoica de los mexicanos. No en vano Quetzalcóatl proclamaba el autosacrificio voluntario como la más alta expresión de la vida. En cada mexicano pervive, inconsciente, un fragmento de fatalidad histórica. Somos Cuauhtémoc luchando contra el invasor a pesar de que las profecías divinas ya habían determinado su derrota. Somos Santa Anna, vencido y postrado en la Casa Blanca ante el presidente Jackson. Somos Ernesto Zedillo mendigando la ayuda financiera del exterior para superar una crisis, consecuencia de su ineptitud. Celebramos la adversidad porque nos permite enfrentarnos a ella en condiciones de desventaja. Un ejemplo viviente se tambalea frente a ti: un trovador urbano, arrancado al desierto potosino o a la miserable sierra mixteca, en un alarde de equilibrio mantiene su canto mal pagado a pesar de los empellones y los vaivenes del vagón.

"De diario me estás mirando, de diario me miras pobre. Sol que tú eres tan parejo para repartir tu luz, habrías de enseñarle al amo a ser lo mismo que tú". La historia nacional está repleta de heroicidades en batallas perdidas: abundancia de mártires o niños héroes y apenas un cinco de mayo. Tres siglos de saqueo colonial que desembocan en la dictadura de Don Porfirio y la rapiña perversa de nuestro villano predilecto: Salinas de Gortari. Aún seguimos expiando el pecado original de La Malinche, la madre de nuestro mestizaje. Si bien, en tu caso, tanta divagación no se justifica puesto que tu madre ni siquiera es mexicana. Una canadiense errabunda que encalló en la playa de Miramar. De manera por demás simbólica, se enamoró de un hombre que llevaba el lugar en su apellido: Mar. "Dicen que al agua salada tiene varias seducciones, la cosa está comprobada. La cosa está comprobada que mantiene a tiburones y a la sirena encantada." Ella siempre deseó que fueras abogado para honrar entonces el suyo, su last name, Law, que significa ley. Pero cuando estudiabas el segundo año de Derecho te tropezaste con el oficio. Empezaste como aprendiz de reportero y lo dejaste todo, tu familia, la carrera, el puerto, para emigrar a esta ciudad. El ombligo del pedazo de mundo que se extiende del Usumacinta al Bravo. "Qué lejos estoy del pueblo donde he nacido..."
 
Jules Etienne
 
La ilustración corresponde al amanecer en la playa de Miramar en Tampico.
La fotografía es propiedad del Patronato Playa Miramar, A.C..

miércoles, 2 de agosto de 2017

Carnaval: DECIR ADIÓS ES MORIR UN POCO

(Fragmentos del capítulo VIII:
Lejos del mundano carnaval)

Diana te ha llamado por navidad y año nuevo. El plan para llevarse a la niña resultó efectivo, puesto que llegó sin contratiempos. Por su parte, ella ha tenido que trabajar en algo diferente, a su familia no le iba a causar ninguna gracia que se anduviera encuerando enfrente de señores tomados y, como suele suceder en provincia, se practica el pasatiempo del chisme y es muy fácil que todo se sepa. Sugiere que la visites durante el carnaval, aunque sea para pasar unos días juntos.
(...)

En tu tierra también se festeja el carnaval. Cuando eras pequeño, tus padres te llevaban a ver los carros alegóricos y  las comparsas. La gente disfrazada tomaba por asalto las calles. Entonces no comprendiste por qué decían que las familias ya no se podían divertir, y tenían que retirarse cuando algún marido ofendido empezaba el forcejeo con el marciano, Capulina y un médico orate que le decía: "Nomás le sobé su nalguita porque le voy a inyectar unas vitaminas", presumiendo una enorme jeringa de cartón, mientras la mujer procuraba cubrir con un pañuelo las heridas en el rostro doblemente agraviado de su esposo. Tenías seis años entonces y hace tanto que saliste del puerto, que ignoras si todavía hay carnaval en Tampico. Aunque, en realidad, en las circunstancias actuales, unos disfraces más o menos no importan gran cosa.


Jules Etienne

lunes, 11 de mayo de 2015

Tu boca: DECIR ADIÓS ES MORIR UN POCO (Página 53)

"... reclamando respeto al silencio del placer. Con su cara ludiendo tu oreja, susurra: - No digas nada."

(Fragmento del capítulo V: El salario del tedio)

Entre sueños percibes, lejano, un calor salivoso que envuelve tu miembro, es como si algo vivo y cálido lo acariciara con una voluptuosa humedad. Somnoliento, vas regresando a la vigilia y la percepción del placer es paulatinamente más intensa. Entreabres los ojos y descubres la boca de Diana, su lengua exaltando tu virilidad, imposible contenerla más tiempo. La sensación es plena. Recuperas el sentido de la realidad pero ella no te permite hablar. Con el dorso de su mano derecha se limpia los labios y coloca el índice de la izquierda en tu boca, reclamando respeto al silencio del placer. Con su cara ludiendo tu oreja, susurra:

- No digas nada. Tu estás enfermito.

Tiene razón Álvaro. Las mujeres son criaturas tan extrañas.
 
 
Jules Etienne

martes, 14 de enero de 2014

Decir Adiós es morir un poco (página 183)



Más que una consecuencia de la rotación del planeta o un referente lunario, la noche es un estado de ánimo individual. Aun cuando se torna una experiencia colectiva, persiste su esencia íntima. Es el reflejo indiscriminado de la euforia o la angustia, nostalgia o deseo. Espejo cotidiano de cada existencia, la noche es el momento de afrontar el saldo de lo vivido durante el día. Tal vez por eso nos retribuye con el privilegio de soñar.


Jules Etienne

sábado, 2 de junio de 2012

Abejas: DECIR ADIÓS ES MORIR UN POCO (páginas 103 y 104)

"Cuando uno de ellos por fin alcanza a la abeja reina, ésta le arranca los órganos sexuales sin miramiento alguno."
 
Conforme una relación se torna obligatoria, adquiere visos de rutina para perder su original vocación erótica y sobreviene, sin paliativos, la infidelidad. Los cisnes son fieles porque desconocen otra condición. Su fidelidad es intuida, no deliberada. Nosotros, en cambio, debemos decidir en qué momento y a quién le seremos fieles. Es un acto racional y volitivo. Uno nunca "se enamora de alguien" como un mandato del corazón, sino que decide enamorarse cuando la razón abre la puerta y concede el margen para que esto suceda. Por eso la fidelidad se da pero no se debe impetrar. Es prerrogativa de quien ha decidido entregarla en tanto que resulta inútil exigirla. Sólo podrá recibir a cambio la promesa verbal sin su correspondiente anuencia epidérmica.

La única eternidad posible para la expresión amorosa se obtiene durante la efímera culminación del acto sexual. Por eso hay que gozarlo como si cada orgasmo fuera el último de nuestra vida, cual hipotéticos zánganos a los que la naturaleza sólo les confiere el instinto del placer pero nunca la experiencia del mismo. No hay sementales entre los de su especie, ni pueden ser testigos de su progenie, puesto que su ensayo procreativo es irrepetible, evocan aquella canción de Lara: "Solamente una vez". Cuando uno de ellos por fin alcanza a la abeja reina, ésta le arranca los órganos sexuales sin miramiento alguno. La crueldad de la campamocha, la rezadora, María Palito, llega aún más lejos: devora al macho, literalmente, en pleno acto sexual. "Doña campamocha -diría Octavio Paz- se come en escamocho el miembro mocho de don campamocho." Si las relaciones sexuales entre los seres humanos se merecieran un capítulo de Animal Planet, ¿cómo nos presentarían? ¿Asegurando que macho y hembra copulamos como cualquier mamífero? ¿O que ellas, cual voraces campamochas, nos devoran por completo? Hasta dejarnos exprimidos, vacíos. Sin fuerza ni energía, sin casa ni automóvil, porque después del divorcio cargan con todo. Como si por el sólo hecho de ser detentadoras del monopolio vaginal tuviéramos que recompensarlas aun a costa de lo que nos ha remunerado nuestro trabajo, el talento desplegado a lo largo de una trayectoria. Éramos antes de que aparecieran en nuestra vida y seguiremos siendo cuando se vayan. Entonces, ¿por qué pagar un precio tan alto por su ausencia?

Y todo este circunloquio para evadir una certeza sobre Diana: admites su infidelidad y tu falta de argumentos para impedirla. En el fondo, es porque tu peor enemigo, ese implacable católico que llevas en tu interior, ha expoliado un sentimiento de culpa por lo que todavía no sucede entre Karina y tú. No es motivo de orgullo, pero debes aceptar que el deseo sexual es lo que te mantiene vivo. Resulta tan claro, que cualquier sicoanalista freudiano te reconocería como paradigma de las teorías de su maestro.


Jules Etienne

sábado, 19 de mayo de 2012

Decir Adiós es morir un poco (página 86)



¿Desde cuándo la ciudad de México decidió no reconocer el invierno? Tal vez desde el momento en que dejó de ser "la región más transparente del aire". Decides comer en algún lugar alejado del periódico puesto que aún es temprano y tienes que asistir a la junta. Aunque sueles entregarte de lleno al vicio de cavilar, llevas tanto tiempo dándole vuelta al asunto de Publincor que por esta ocasión prefieres evadirlo. Mejor te ocupas de ubicar un buen sitio al aire libre para ejercitar tu cuello observando caminar a las mujeres, con la misma levedad con la que han pasado por tu vida.


Jules Etienne

lunes, 16 de enero de 2012

EL DÍA MÁS TRISTE: propósitos y despropósitos del año nuevo



Me despertó el silencio de la nieve. El pronóstico del clima había anunciado una nevada durante la noche pero al acostarme ya de madrugada, aún no había iniciado. Especulé con la posibilidad de que hubiese fallado, después de todo la meteorología debe estar más emparentada con la aeromancia que con la ciencia. Sin embargo, por la mañana ahí estaban cayendo los copos de nieve que José Emilio Pacheco describiera en Noche y nieve:
 
Me asomé a la ventana y en lugar de jardín hallé la noche
enteramente constelada de nieve
La nieve hace tangible el silencio y es el deplome de la
luz y se apaga
La nieve no quiere decir nada: Es sólo una pregunta que
deja caer millones de signos de interrogación sobre el
mundo.
 Fue la primera nevada de este invierno, y por lo tanto del año que recién acaba de comenzar. Coincidió justo con el denominado Blue Monday: el día más triste del año. Si bien es una designación por demás discutible, gracias a una fórmula desarrollada por el sicólogo Cliff Arnall, profesor de la Universidad de Cardiff, en el año 2005, en la que mediante una ecuación matemática que incluye media docena de elementos: el clima, las deudas, el lapso transcurrido después de los festejos navideños, el índice de motivación, la sensación de que ha llegado el momento de tomar decisiones y -lo que a mí me parece más sombólico-, el tiempo de confrontar lo que se suele denominar propósitos de año nuevo y que, a estas alturas, ya empezaron a ceder ante la realidad de las costumbres y vicios propios. Hace unos días lo expresaba de esta manera en mi poema Brindis:
 
Amanece enero con su resaca,
despropósitos de la imaginación
ya la rutina se encargará
de recuperar los viejos hábitos.
 La estructura de mi novela Decir adiós es morir un poco se divide en tres actos, al estilo de las obras teatrales. Esto es lo que dice en su capítulo octavo, justo al principio del segundo acto:
 "A finales del año, en México, nadie conoce lo que es una cruda. Es una misma borrachera prolongada que provoca la sensación de que hasta la crisis se ha ido de vacaciones. Eufemismos etílicos porque la crisis ha pasado a ser el estado permanente de las cosas, la normalidad es su excepción. Como quiera que sea, todo es pura nugacidad decembrina que en enero expía su penitencia. Al margen de las creencias religiosas, es el momento de conocer el purgatorio. Pero tú y los demás, todos, saben que siempre se sobrevive. Es tan sólo el precio a pagar por los derroches y con ello se cumple otro de los ciclos típicos de la vida nacional."
Para los chinos radicados en países occidentales esta fecha no tiene ningún sentido, ellos festejarán la llegada del año nuevo el próximo lunes, 23 de enero. Aunque conozco a muchos que lo celebran por partida doble, tanto el último de diciembre como el de su propio calendario. Tal vez eso les permita deprimirse menos ya que pueden tratar de engañarse una vez más. Para cuando les llegue la supuesta depresión a la que se refiere el profesor Arnall, ya serán mediados de febrero y para entonces, como quiera que sea, la vida va.


Jules Etienne

viernes, 16 de septiembre de 2011

Decir Adiós es morir un poco (página 48)



Ésta es una actividad restringida a las mujeres atractivas. Prohibida para adefesios. A una mujer hermosa no sólo se le perdona, sino que se le agradece el descaro de la golfería, su afán exhibicionista para saberse deseada, su apetito por subastarse para comprobar hasta cuánto estaría dispuesto a pagar un hombre por disfrutar unos momentos de su intimidad. En materia de sexo las leyes de la física son falibles: El camino más corto entre dos cuerpos no es la línea recta, sino el cachondeo de los egos.

Reconoces lo fácil que sería para cualquiera deshacerse de Dianita en una situación como ésta, encerrada con un desconocido. En eso, el tipo vuelve a la mesa con sus amigos. Ella viste -¿será mejor decir desviste?- un corpiño azul con un liguero sujetando unas medias negras. Puede reconocerte a la distancia y te saluda con su mano, un gesto al que ya empiezas a acostumbrarte. Alegre, se acerca. Se ha peinado con un par de coletas que sugieren una expresión adolescente. Una soberbia Lolita con lencería.

viernes, 22 de julio de 2011

Imagen que se repite: RETRATO DE UN MÉXICO CORRUPTO



Es de comprenderse que no sean muy abundantes los títulos en español que aparecen como novedades en la biblioteca pública de Vancouver. La curiosidad me ha llevado a leer algunos, lo que me permite explorar la obra de autores que desconozco. Las sorpresas gratas han sido unas cuantas mientras que los chascos, más bien frecuentes. Hace un par de semanas me encontraba en plena búsqueda de novelas o poemas que mencionaran el exilio y fue así como me topé con La última hora del último día, de Jordi Soler, escritor afincado en Barcelona pero originario de La Portuguesa, una comunidad de republicanos catalanes ubicada en plena selva veracruzana, en México. Se trata de una novela con marcados tintes autobiográficos, puesto que está narrada en primera persona y acontece precisamente en La Portuguesa, lugar de nacimiento del autor. Ya no tuve oportunidad de leerla en aquel momento para poder incluir alguna referencia suya relacionada con el exilio. Sin embargo, me quedé con la inquietud de hacerlo, y ahora que estoy emprendiendo su lectura, casi al principio, apenas rebasadas las primeras treinta páginas, me topé con el siguiente párrafo, cuya acción corresponde a 1974:

"... no querían exponerse a discutir mucho el tema y simplemente aceptaban las multas preventivas que establecía el alcalde, unas multas cuyo pronto pago volvía sordos a los oídos de los funcionarios, los hacía incapaces de enterarse de las quejas exageradas, cuando no inventadas, de los trabajadores, y evitaban que los soldados republicanos y sus familias tuvieran que marcharse a un nuevo exilio. Aquellas multas preventivas eran un primor, iban desde la donación para pavimentar o alumbrar la calle, hasta la compra de una furgoneta para la querida del alcalde o del predio donde el gobernador de Veracruz, una vez terminada su legislatura, planeaba construirse una casa para retirarse, un primor aquellas multas de las que no quedaban ni actas, ni comprobantes, ni recibos, y que se establecían en aquellas comidas periódicas en La Portuguesa, a la hora que llegaban a la mesa los habanos y los tragos fuertes." (Páginas 32 y 33)

Lo cual me remitió de inmediato a uno de los diálogos en La silla del águila, de Carlos Fuentes:

"- Es peligroso ser de verdad honesto en este país. La honestidad puede ser admirable , pero acaba por convertirse en vicio. Hay que ser flexible ante la corrupción. Sé honesto tú, Tomás, pero cierra los ojos -como la justicia divina- ante la corrupción de los demás. Recuerda, primero, que la corrupción lubrica al sistema. La mayoría de los políticos, los funcionarios, los contratistas, etcétera, no van a tener otra oportunidad para hacerse ricos, más que esta, la de un sexenio. Luego vuelven al olvido. Pero precisamente quieren ser olvidados para que nadie los acuse, y ricos, para que nadie los moleste. Ya vendrá otra camada de sinvergüenzas. Lo malo es cerrarle el camino a la renovación del pillaje." (Página 280)

Esto lo escribí al final del capítulo 15 de mi novela Decir adiós es morir un poco:

"En efecto, es como si el honor patrio estuviera en juego una vez más. Otra deshonra, una raya más al tigre. Pero permitir que escapara sería seguir hundiéndonos en este círculo vicioso. Si Rosa Ríos y todos los poderosos que disponen a sus anchas del presupuesto siguen gozando de su libertad, ¿por qué un jodido no les puede robar unos cuantos dólares a esos gringos? Recuperar una infinitésima parte de lo que ellos nos despojaron. Vamos a ser coruptos todos, pero parejo. Deshonestos por antonomasia. Lo que no se vale, como dice la chiclera, es ser ojetes con unos y tolerantes con otros. Si esto va a ser una jungla, sin ley y sin respeto, más te valdría irte preparando para ser caníbal. La realidad es una sobredosis de crueldad." (Página 164)

Malcolm Lowry siempre mantuvo una relación de pasión y odio por México, Bajo el volcán sería su mejor muestra. Sólo dos de sus novelas fueron publicadas en vida, las demás han sido rescatadas con el paso de los años. El archivo personal de Lowry fue donado por su viuda Marguerite a la universidad de la Columbia Británica, aquí en Vancouver. En numerosas ocasiones los académicos y expertos en su obra, han tratado de ordenar los apuntes y borradores de otras novelas suyas, mismas que han sido editadas de manera póstuma. Es el caso de Ferry de octubre a Gabriola, de la que ya me he ocupado en este espacio, Oscuro como la tumba donde yace mi amigo, y otro trabajo inacabado, que se publicó a pesar de que algunos fragmentos son todavía inconexos entre sí y con sus respectivos apuntes al margen incluidos. Su título original es una expresión en español: La mordida, por eso es que los responsables de su edición en inglés -en este caso la universidad de Georgia-, explican en la solapa el significado de su título ("the little bite"): una expresión coloquial mexicana para describir esa pequeña estafa que los oficiales pueden requerir con el fin de hacer expedita la solución de algún asunto. La novela, el borrador inconcluso más extenso dejado por Lowry, recoge una de sus experiencias personales. De viaje por Oaxaca se embriagó, como solía hacerlo siempre, por lo que unos oficiales de la policía le pidieron sus documentos. Como había dejado su pasaporte en el hotel, trató de explicárselos pero el idioma les impidió entenderse. Los policías exigieron cincuenta pesos para dejarlo ir, él no lo comprendió y acabó en la cárcel. El asunto llegó hasta el juzgado, las acusaciones resultaron más severas y Lowry fue finalmente deportado del país que tanto le gustaba y que era el tema predilecto de sus obras. La mordida representa un ejercicio catártico en el que expone lo que percibía como una gran injusticia:

"- ... acerca de ser deportado. Especialmente de México, que es ampliamente conocido como el país más corrupto del mundo.

- No tanto como debería -dijo Sigbjorn-, aunque por ahora estamos casi dispuestos a ser parte de esa corrupción.

- ¿Lo estás tú?

- Si te refieres a que voy a pagarles un asqueroso centavo a esos puercos después de todo lo que nos han hecho, no." (Página 239)

Sin embargo, lo que podría ser dicho como una autocrítica al propio país, jamás se acepta de buen grado que un extranjero lo señale. Así lo experimentaron Vargas Llosa -al referirse al sistema político como una "dictadura perfecta"-, y Arturo Pérez Reverte -cuando en una feria del libro en Guadalajara dijo que esta era "una mala época para nacer en México"-, a lo que yo siempre me he preguntado, desde esta confortable distancia de cuatro mil kilómetros, ¿y no?, ¿en algún momento Pérez Reverte exageró, mintió o calumnió? Lo que me lleva entonces suponer, de acuerdo con aquellos que reaccionaron indignados ante lo aludido, que esta debe ser una gran época para nacer y vivir en México.

Bien lo advertía Octavio Paz hace ya más de medio siglo en El laberinto de la soledad, respecto a esa delicada condición idiosincrática: "una mirada puede desencadenar la cólera de estas almas cargadas de electricidad. Atraviesa la vida como desollado; todo puede herirle, palabras y sospecha de palabras". El mexicano es, sin duda, un pueblo intenso. Tal vez demasiado.


La ilustración corresponde a Yanga, en el estado de Veracruz, denominado el "primer pueblo libre de América", cercano a la plantación cafetalera La Portuguesa.

(La traducción del inglés del diálogo en La mordida, es de J. Etienne)

lunes, 27 de junio de 2011

El retorno al origen



Tal vez porque al haber cortado las raíces con el país en el que nací he tratado de sustituirlas con experiencias más recientes, o porque en aspectos emocionales siempre procuramos ocupar los vacíos aunque sea con sucedáneos, pero el caso es que por estas fechas en las que me encuentro en el proceso de mudarme al departamento que ocupaba hace algunos años, y que estuve rentando durante todo este tiempo, primero a mexicanos, luego a unos jóvenes chilenos y actualmente a una pareja irlandesa que regresa a su patria dentro de un par de días, me provoca cierta nostalgia. Entrar de nuevo al mismo espacio en el que terminé de escribir Decir adiós es morir un poco, me deja la sensación de que hubiese transcurrido más tiempo de lo que en realidad ha sido este último lustro. Pensé entonces en aquellos que todavía tienen la posibilidad de regresar al lugar en el que nacieron. Cuando algunas amigas muy queridas de la infancia y juventud, como Clara Martha o Elvia, intentan entusiasmarme con la idea de visitar nuevamente Tampico -a donde no voy desde hace ya casi veinte años-, siempre me detiene el pensamiento de que con mis padres fallecidos, no tengo una casa familiar que visitar, y las fotografías que me hacen llegar a través de los correos electrónicos me muestran una ciudad ajena, tan diferente de la que recuerdo, que prefiero conservarla intacta, para expresarlo aprovechando la frase conclusiva de uno de mis epigramas: "en el glaciar de la memoria".

No existe en la historia de la literatura, una obra que exprese mejor el retorno al origen que La Odisea homérica. Todo el trayecto de veinte años, en el que Ulises y sus marinos enfrentan cíclopes, lestrigones, a la hechicera Circe, el canto de las sirenas y la ira de Poseidón, no tenía otra finalidad que el regreso a Ítaca, en donde había nacido en el monte Nérito, durante una tormenta -y por eso el significado de su nombre era "Zeus llovió sobre el camino"-, y en el que le esperaba su esposa Penélope, epítome de la fidelidad.

Un autor que me provoca la sensación de que hay para quienes la búsqueda de las raíces puede ser el sentido mismo de la vida, es Le Clézio. Ya me he ocupado con anterioridad de El buscador de oro, y tanto el hecho de que la narración en primera persona sea introspectiva, como su reiterado viaje a la isla Mauricio en busca de la casa familiar, así como también Viaje a Rodrigues, La cuarentena y Revoluciones, constituyen todo un ciclo del autor que aborda el mito intemporal del retorno al origen.

En Decir adiós es morir un poco, el protagonista -que según establece Manuel Rodríguez Lozano en su análisis de la novela, es "casi un alter ego de Etienne"-, se la pasa añorando su puerto natal: "No sería mala idea aprovechar estas vacaciones para ir unos días a tu tierra, a comer jaibas y camarones, a beber sin culpa, a mirar el amanecer desde la playa. Si allá tenías el mar, ¿con qué fin lo abandonaste para venir a sufrir al altiplano?".

Cuando visité por primera vez el departamento que ahora estoy a punto de volver a ocupar en unos cuantos días, recuerdo que al bajar por la calle de Thurlow y llegar a la esquina donde se encuentra ubicado, frente a la bahía, percibí el olor del mar, el mismo de mi infancia, del edén extraviado en los avatares de la vida. No lo dudé ni un momento y antes de haber entrado al edificio yo ya había decidido que era el lugar en que quería vivir. Concluyo con uno de mis epigramas.

Pienso permanecer fiel a mi instinto

ya no regresaré al camino andado

prefiero la aventura de lo inexplorado:

la vida no es itinerario, es laberinto.



Esta es la entrada correspondiente a El buscador de oro, de Le Clézio: http://mitosyreincidencias.blogspot.com/2010/09/le-clezio-el-buscador-de-oro.html


La ilustración es una fotografía del Palacio Municipal de Tampico, donde trabajé cuando era muy joven, como director de servicios culturales a principios de la década de los ochenta.

miércoles, 22 de junio de 2011

Decir Adiós es morir un poco (página 155)



(Fragmento inicial del capítulo XV: Las sucias conciencias)

En uno de los noticieros nocturnos, Kellog se apresuró a descalificar a Moreno Salado. Aseguró que era un hombre emocionalmente inestable y con serios problemas de adicciones. Luce avejentado. Hay cierta fatiga en su forma de hablar que denota el hartazgo de tener que justificar el fraude con falacias. Pura retórica de la inmoralidad: Al margen de que mi deshonestidad se demuestre ante la opinión pública, denuncio a mis acusadores de ser peores que yo. La imprecisión tramposa de las adicciones convierte de inmediato al testigo en drogadicto. El café, el tabaco, el sexo o el futbol también pueden ser adicciones. Pero después de infamado el testigo, nadie supone que es cafetómano. Como si la inmoralidad ajena reivindicara de golpe la propia. Un espejo embustero en el que las sucias conciencias pretenden difuminar su reflejo. Kellog es, sin duda, un hombre astuto. Si no lo fuera, no habría obtenido semejante recompensa de un sistema que le retribuye más a la audacia que a la verdad, sin estancarse en la futilidad de las consideraciones éticas. Pero eso no le quita lo corrupto. Para ese tipo de suciedad aún no se ha inventado ningún jabón que la pueda limpiar.

El día asoma por la ventana exaltando con crudeza el resplandor del inminente verano. Entre lo bebido y lo que acontece, el dolor de cabeza te ubica de vuelta en la realidad. Los eventos se han convertido en una bola de nieve que continúa expandiéndose sin que alguien sepa hasta cuándo o dónde se va a detener. Una abundante dosis de jugo de naranja helado y un par de aspirinas te ayudan a recuperar la brújula de las obligaciones. Afuera percibes el sol y el ruido más agresivos que de costumbre.
 
 
Jules Etienne

miércoles, 18 de mayo de 2011

Mayo: DECIR ADIÓS ES MORIR UN POCO (Páginas 122 y 123)

"... nada se equipara a una noticia con sabor a café por la mañana."

Capítulo 12: Mayo es el mes más cruel

(Fragmento)

En esta ciudad, mientras no llegue la temporada de lluvias, abril y mayo resultan más cálidos que cualquier mes del verano. Es lunes, la fecha prevista para publicar la noticia con el fin de que tenga cuerda durante toda la semana. Te aseguraron que enviarían temprano un ejemplar del periódico a tu domicilio y deberás presentarte a una junta a las doce, una vez que hayan calculado el impacto de la información, para decidir el manejo que se le dará en los días subsecuentes. Alguien toca el timbre, abres la puerta y es un mensajero del periódico, quien te lo entrega. La nota ocupa las ocho columnas de la edición. Fotos del edificio de Publincor junto a los contratos. Preparas una taza de café colombiano del que te trajo Septién de Cartagena, a donde va cada año para asistir al festival de cine. Puedes decir que la disfrutas debidamente aromatizada. Por más que la televisión y la radio se empecinen, nada se equipara a una noticia con sabor a café por la mañana. Es la mejor expresión de la Galaxia Gutenberg. Si bien a un periodista ese placer de saborear un suceso le está vedado. Desde el momento de leerlas impresas, son las noticias de ayer y hay que salir a la calle para buscar las nuevas.

El sol se ha apoderado por completo del escenario. Es el protagonista de una mañana reverberante. Una de las ventajas de este clima es la ropa ligera que ostentan las mujeres, para dejar al descubierto generosos retazos de piel y que la libido masculina sospeche el resto del cuerpo con la libertad de la imaginación. Aunque en algunos casos habría que reconocerlo como una desventaja, porque esa gorda que zangolotea sus adiposidades frente a ti, con una ombliguera que deberían prohibirle portarla en lugares públicos bajo el cargo de faltas a la moral, y unos pantalones blancos tan ajustados, que resaltan las pantaletas rojas incapaces de disimular sus desbordados glúteos morenos. Paradigma de la ausencia de estética, a eso no se le puede considerar una mujer, sino una masa de lonjas en movimiento.
 
Jules Etienne

martes, 10 de mayo de 2011

Palos de ciego



En La quimera del loro -que es el título del capítulo 19 de mi novela Decir adiós es morir un poco-, el epígrafe es un fragmento del poema Palos de ciego, de Marco Antonio Montes de Oca: "Y de repente, sin que la desdeñada magia/ Lo sueñe o lo pretenda,/ Un palo de ciego/ Parte en dos el anciano castillo de la realidad". Venía al caso porque en un párrafo de dicho capítulo escribí:

Diógenes buscaba con su lámpara un hombre, en plena luz del día. Atenas era un pueblo iluminado. Aquí usamos anteojos oscuros para tratar de descubrir la verdad durante la noche. Llevamos tantos años, sexenios, que es nuestra medida temporal, haciendo lo mismo, que ya somos expertos en seguir dando palos de ciego. Eso es nuestra política, nuestra justicia, nuestro futuro: palos de ciego.

En realidad, el texto de Montes de Oca es un poema de amor, pero el fragmento que elegí funciona a la medida para lo que expresa la novela. Una estrofa posterior dice: "Palos de ciego el ciego lanza/ En la noche total;/ Mas de pronto da en el blanco/ Y una resplandeciente niña,/ Con un solo monosílabo de fuego/ Doma los bullientes hemistiquios del amor".

Cada vez que el nombre de un poeta es Marco Antonio me remite a Marco Antonio Campos, buen amigo con quien la vida no me permitió la oportunidad de coincidir de nuevo. Recuerdo que cuando se despedía porque viajaba para ocupar un cargo diplomático en Austria, en la casa del entrañable maestro Edmundo Valadez, ya fallecido, me obsequió un ejemplar de La alegría, de Giuseppe Ungaretti, traducida del italiano por él. Siempre he mantenido una gran inclinación por los poetas italianos: Pavese, Montale, Quasimodo, Saba. A Vincenzo Cardarelli lo conocí gracias a las traducciones de otro querido amigo, también extraviado en el tiempo y la distancia, Alfonso López García de Alba. De manera que no puedo menos que recordar unas líneas de Campos, en Sankt Peter Kirche. "En la iglesia, tras la rubia muchacha/ y el Cristo en la penumbra, la locura/ a la muerte mordía ciega", y más adelante prosigue: "Sobre la iglesia,/ el pequeño cementerio de San Pedro/ ensombrecía de pájaros; el ciego,/ cubierto de pájaros, saludaba/ al monte en su oscuridad verde".

Hace algunos años escribí un poema que se titulaba precisamente Ciego. Incluso cuando inicié el blog en que intento reunir mi poesía, Mitología del Olvido, así aparecía, en su versión original, pero después decidí modificarlo hasta que se convirtió en Lejanía. La única referencia a la ceguera que aún conserva es esta: Los misterios del sol/ son desvelos de la luna ebria/ entre sombras de aves nocturnas/ incapaz de emprender el vuelo,/ lejos de la tierra de los ancestros/ busco a ciegas la respuesta.


Jules Etienne

La ilustración corresponde a Diógenes en busca de un hombre honesto (1642), del pintor holandés Jacob Jordaens.

lunes, 4 de abril de 2011

Abril bien vale una canción


Como este es un blog sobre literatura, lo predecible sería que emprendiera un recuento antológico de los poemas que hacen referencia al mes de abril, o de novelas que lo mencionan en sus títulos. Me temo que los voy a decepcionar. En el momento en que intentaba redactar este texto, no me fue posible evadir el estribillo de una canción de Joaquín Sabina: ¿Quién me ha robado el mes de abril? Pero de pronto lo que viene a mi memoria son canciones y no poemas. Tal vez por eso se dice que la primavera es la estación más musical del año y si no, que se lo pregunten a Vivaldi, que entre Las cuatro estaciones siempre ha sido la que mejor se recuerda. De manera que me permitiré, entonces, hacer una excepción, tratando de recordar las letras de canciones que en algún momento se ocupen de este mes, que en el hemisferio boreal anuncia la llegada de la primavera. Después de todo, quienes hayan tenido la oportunidad de leer mi novela Decir adiós es morir un poco, pueden constatar que tengo la costumbre de intercalar fragmentos de canciones. Como para subrayar la musicalidad de la vida misma.

Por obvias razones las tonadas que mejor recuerdo son aquellas que estuvieron ligadas a mi juventud. Por ejemplo, De cartón piedra, de Joan Manuel Serrat: "No era como esas muñecas de abril, que me arañaron de frente y perfil, que se comieron mi naranja a gajos, que me arrancaron la ilusión de cuajo". Canción que conmovía mucho a Gabriela Pumarejo, mi primera esposa, por la locura de aquel hombre enamorado del maniquí al cual veía en un aparador.

Todavía era niño cuando un grupo mexicano, los hermanos Carrión, cantaba Las cerezas, que dice: "Para abril o para mayo, veré, que me ofrezcas la primera prueba de amor. Para abril o para mayo, tendrás, un poquito de coraje y me besarás". Ahora que lo escribo me parece bastante cursi. Todo lo contrario de Tú y yo, que cantaba La oreja de Van Gogh, y que más bien denota desamor: "Somos dos novios que no tienen mes de abril, que no se miran porque sí, que no se hacen reir".

Imposible ignorar Como esperando abril, del trovador cubano Silvio Rodríguez: "Mucho más allá de mi ventana, algodones jugaban a ser un jardín en espera de abril". Otro cubano, aunque nacionalizado mexicano, Francisco Céspedes, canta Te soñé lluvia de abril: "Quise ser como niño otra vez echando a correr bajo la lluvia de abril y llegar empapado a tus brazos". Fito Páez tiene su Bello abril, con esa típica manera de conjugar de los argentinos: "Dios santo que bello abril. Dios santo que bello abril sos vos".

Me gusta mucho Ana Belén, cuando viajaba de la ciudad de México a Vancouver sabiendo que iba a ser por una larga temporada -nunca imaginé que tanto, dentro de unos meses ya serán diez años-, me vi en la necesidad de seleccionar los discos que más me interesaba conservar, entre ellos estaba precisamente Rosa de amor y fuego. Y aunque Se detuvo abril no se encuentra incluido en dicha grabación, tratándose de ella no lo podría pasar por alto: "Se detuvo abril, el cielo rojo y gris; desangrándose la tempestad va empapándome en felicidad", y luego añade: "Se detuvo abril y el tiempo en el jardín, podría morir así". De nuevo es Ana Belén quien repite en el estribillo de Quién eres tú: "Como pesa el calendario sin ti, en la cruz que hay en tu mano lo vi, esta tumba que es mi cama aún conserva restos de ti, ¡llueve maldito abril! ¡es primavera una vez más, maldito abril!".

Presuntos Implicados incluyó Un día de abril en su disco El pan y la sal. Tanto la letra como la música son de Soledad Sole Giménez, cuya voz es una de mis favoritas en español. Su versión de A la sombra de un león, de Sabina, me parece espléndida. Pero regresando a nuestro tema, el mes de abril: "Eres para mí buenaventura, promesa que abril sembró en este lugar... Tú eres el bien que me dibujará un día de abril con veinte años más".

Ahora recuerdo una canción de Maná que no me agrada porque la considero algo así como una paráfrasis de la Penélope de Serrat, sin embargo, por no dejar, también la mencionaré. Se llama En el muelle de San Blas: "Su cabello se blanqueó, pero ningún barco su amor le devolvía y en el pueblo le decían la loca del muelle de San Blas y una tarde de abril la intentaron trasladar al manicomio, nadie la pudo arrancar y del mar nunca jamás la separaron". La imagen me remite a Meryl Streep, muy joven, cubierta por una capucha, de pie en un nebuloso muelle inglés, en la película La amante del teniente francés.

Si alguno de los lectores que se haya detenido en este recuento de abril, puede añadir títulos a la lista, serán siempre bien recibidos. Después de todo, como ya lo he advertido en el título, no hay duda de que abril se merece unas canciones.

jueves, 31 de marzo de 2011

Decir Adiós es morir un poco (página 128)


De regreso a tu casa, vuelves a pensar en lo que podrían estar ideando los involucrados en "el colchoncito" para su defensa. Eliot, el poeta, debió equivocarse cuando afirmó que "abril es el mes más cruel". Para todos ellos, sin duda, será mayo. Un mes o el otro, qué más da. Cuando éramos niños nos aseguraban que, si actuábamos mal, tarde o temprano recibiríamos el castigo correspondiente. Más debido a la justicia divina que a la humana. Pero de ésta, con todos sus defectos, al menos tienes la certidumbre de que existe e incluso en algunas ocasiones hasta se aplica. Como se plantea en la novela que estás leyendo, la ley es un mecanismo imperfecto que no siempre logra establecer la justicia. Pero la otra, la celestial, ¿de veras existirá? Porque sólo de imaginar por un momento que no... prácticamente toda la moral de la sociedad sería un desatino.
 
 
Jules Etienne

lunes, 28 de marzo de 2011

Juan Rulfo: páginas del purgatorio


Había leído por primera vez Pedro Páramo como una encomienda escolar durante mi adolescencia. No fue, sin duda, la mejor manera de ingresar al universo de ánimas atormentadas de Juan Rulfo. Recuerdo que por aquella época Javier Herrera, uno de mis compañeros y amigo inseparable, se quejaba no sólo de que no le había gustado, sino de que su lectura había sido una auténtica condena. Sería justo aclarar que Javier no era un mal lector -mucho menos si se toma en cuenta nuestra edad-, e ignoro si habrá mantenido su fobia hacia la obra o la habrá modificado con el tiempo, como me sucedió a mí, que había expresado mi solidaridad incondicional con su opinión.

Cuando la leí de nueva cuenta, bajo la perspectiva ávida de mi formación posterior, en la universidad, quedé deslumbrado. Claro, para entonces ya intentaba escribir mis primeros cuentos -incluso con uno de ellos había obtenido un premio en Argentina-, y estaba mucho más consciente de las dificultades que implicaba la creación literaria, con mayor razón una novela tan compleja con esa atmósfera onírica que oscila entre la realidad, la culpa y los empeños del olvido. Recuerdo que en alguna ocasión Hugo Gutiérrez Vega, en una de sus clases, nos señalaba que hay libros fáciles y libros difíciles. Se me quedó muy grabado. Creí comprenderlo y con el tiempo elaboré mi propia teoría al respecto suponiendo que dicha denominación tendría que referirse a los dos aspectos, tanto al proceso creativo como a su lectura posterior. Lo cual nos permitiría separar entre el concepto del esfuerzo que exigen a su autor o el que requieren de su correspondiente lector. Por ejemplo, Bajo el volcán, de Malcolm Lowry, fue una obra muy difícil de escribir: las primeras versiones fueron rechazadas por los editores y le tomó alrededor de una década concluirla. Su correspondiente lectura resulta, a la vez, muy demandante. En cambio Pedro Páramo no me parece, a pesar de su intrincada naturaleza, una obra de lectura difícil. Tratar de analizarla, en cambio, sí lo es.

Sin embargo, una forma esquemática de abordarla sería considerando que sus personajes han muerto y son ánimas en el purgatorio de sus propios recuerdos. Fue precisamente esto lo que inspiró un párrafo de mi novela Decir adiós es morir un poco:

Otras mitologías como la griega y la alemana, están pobladas por personajes ficticios para explicar el génesis de su propia raza. Los mexicanos hemos poblado la nuestra con muertos reales: héroes sacrificados y villanos traidores. Morelos e Iturbide, Sierra y Díaz, Madero y Huerta, todos juntos por un solo boleto, con el deambular cotidiano de sus almas en pena entre los vivos, como páginas de Pedro Páramo en este purgatorio colectivo en que hemos convertido la patria. Somos un rencor vivo por el olvido en que nos tuvo... y todavía nos tiene. Olvidados. Los Olvidados ¿de Dios? ¿Un pueblo con tanta fe?

Lo dramático y a la vez exasperante de los personajes en la novela de Rulfo es que ya han perdido la fe:

- ¿Verdad que la noche está llena de pecados, Justina?

- Sí, Susana.

- ¿Y es verdad?

- Debe serlo, Susana.

- ¿Y qué crees que es la vida, Justina, sino un pecado? ¿No oyes? ¿No oyes cómo rechina la tierra?

- No, Susana, no alcanzo a oir nada. Mi suerte no es tan grande como la tuya.

Para más adelante concluir ese mismo diálogo:

- ¿Tú crees en el infierno, Justina?

- Sí, Susana. Y también en el cielo.

- Yo sólo creo en el infierno -dijo. Y cerró los ojos.

Tal vez el fragmento más explícito, es cuando Juan Preciado dice: "Por eso es que ustedes me encontraron muerto (...) Ya te lo dije desde un principio. Vine a buscar a Pedro Páramo, que según parece fue mi padre. Me trajo la ilusión." A lo que Dorotea le responde:

- ¿La ilusión? Eso cuesta caro. A mí me costó vivir más de lo debido. Pagué con eso la deuda de encontrar a mi hijo, que no fue, por decirlo así, sino una ilusión más; porque nunca tuve ningún hijo. Ahora que estoy muerta me he dado tiempo para pensar y enterarme de todo. Ni siquiera el nido para guardarlo me dio Dios. Sólo esa larga vida arrastrada que tuve, llevando de aquí para allá mis ojos tristes que siempre miraron de reojo, como buscando detrás de la gente, sospechando que alguien me hubiera escondido a mi niño. Y todo fue culpa de un maldito sueño...

martes, 22 de marzo de 2011

Un lugar que comunica mi infancia con mi muerte


Me asumo un lector voraz de la obras de Manuel Vázquez Montalbán en las que el detective Pepe Carvalho es su protagonista. Mi novela Decir adiós es morir un poco está dedicada a la memoria de dos escritores fallecidos: a Edmundo Valadez, quien fuera mi maestro en un taller literario que tuvimos hace muchos años, y a Vázquez Montalbán: "por su muerte en Bangkok, con los aviones a manera de pájaros y para agradecer el viaje a los mares del sur al que me invitara la tarde de un domingo en la ciudad de México". Esa tarde a la que me refiero, me acompañaba un entrañable amigo a quien la distancia ha desvanecido de mi vida pero no de mis afectos, escritor, guionista de cine, autor de un excepcional ensayo sobre Buñuel, pero sobre todo un cálido ser humano: Pancho Sánchez. En dicha ocasión también iba con nosotros el cineasta Mario Hernández. Adquirí un ejemplar de Los pájaros de Bangkok y otro de Los mares del sur, editadas en pasta dura por Planeta, y Vázquez Montalbán me los dedicó.

Esos dos ejemplares los dejé, junto con el resto de mi biblioteca, encomendados a Beatriz Maupomé, cuando tuve que salir de México para venirme a radicar a Canadá. Estando ya aquí me hizo lo que al personaje de Kafka en El proceso, me acusó de algo muy serio que nunca he sabido que fue, hasta la fecha. Pero cuando conversábamos por teléfono me subrayaba con la proverbial indignación femenina: "Tú bien sabes a que me refiero". Y no, lamento confesar que casi una década después, todavía desconozco la gravedad de aquello que se supone fue mi responsabilidad. Durante algún tiempo me angustió, hasta que logré convencerme de que -como diría Arturo de Córdova-: "no tiene la menor importancia". Se le atribuye a Séneca la frase de que el tiempo cura lo que la razón no es capaz de curar, acepté la pérdida de quien había sido una persona muy cercana y por la que mantenía un afecto muy especial y ahora, de manera por demás mezquina, ya no extraño tanto a los seres que dejé en México, anclados en una etapa que cada vez me parece más lejana de mi historia individual. En cambio, sigo lamentando haber perdido los dos ejemplares que me había dedicado Vázquez Montalbán, así como uno de La muerte tiene permiso, en el que Edmundo Valadez había dejado un testimonio de nuestra amistad y que, lo tengo muy claro, lo hizo cuando ambos coincidimos en un congreso de escritores en Zacatecas.

Trabajando como voluntario en Inland Refugee Society, a lo cual me dediqué casi tres años, me vi forzado a aceptar que no debemos aferrarnos a los objetos que tienen un valor sentimental, aunque sean el símbolo de algo que consideramos importante en nuestra vida. Después de todo, son meros referentes. Lo esencial permanece en nuestra memoria. Mi tarea en ese lugar era abrir el expediente de los clamantes de refugio recién llegados. Tuve la oportunidad de tratar con personas que provenían de la guerra de Kosovo, en la que habían perdido a la totalidad de su familia; chinos que eran víctimas de la cacería racial en Indonesia; o africanos que eran los últimos sobrevivientes de alguna tribu -entre ellos un par de adolescentes que habían escapado a pie a través de las montañas y estaban esperando que sus padres las alcanzaran, tal y como lo habían acordado, aquí en Vancouver. ¿Cómo decirles que era muy probable que jamás llegaran?-. Muchos de ellos viajaban, huían más bien, con las manos vacías, sin siquiera una chamarra para cubrirse durante el implacable invierno canadiense. De manera que mis novelas autografiadas me parecieron tan poca cosa en aquellos momentos. Lo único que me resta por desear es que Beatriz, quien al ser filóloga tenía un gran respeto por los libros, no se haya deshecho de ellos. Poco importa que hayan dejado de pertenecerme.

Mi intención original era ocuparme de La rosa de Alejandría, para relacionarla de alguna manera con el cuento Glaciar, incluido en el volumen La locura juega al ajedrez, de Enrique Anderson Imbert, incitado por el contacto que he podido recuperar con los antiguos compañeros preparatorianos en mi natal Tampico. Una suerte de equivalencia personal del Bósforo al que alude Ginés Larios en La rosa de Alejandría, como el lugar que "comunica mi infancia con mi muerte".

He agotado el espacio de hoy y mañana planeo dedicarlo a un fragmento de La tregua, de Mario Benedetti. Será en otra ocasión cuando por fin concluya esto que he iniciado con la recién llegada primavera.


La ilustración corresponde a una fotografía
de pájaros volando en un parque de Bangkok, Tailandia.

lunes, 21 de febrero de 2011

Novela negra y el seudónimo de Nil Barral



La semana pasada, leyendo las crónicas de lo acontecido en el encuentro de novela negra de Barcelona, BCNegra, del que ya con anterioridad había comentado algo, me encontré con que uno de los títulos que provocó mayor curiosidad es El hombre que dormía en el coche, escrito originalmente en catalán y publicado con seudónimo: Nil Barral. Lo original del asunto es que Nil Barral es también el nombre del protagonista. El hecho no dejó de provocarme cierta envidia impregnada de nostalgia.

Cuando me encontraba escribiendo Decir adiós es morir un poco, había decidido su título desde un principio, tanto por el hecho de que intentaba un homenaje a Raymond Chandler como porque esa sería su frase culminante, "tal y como en la novela que acabas de leer: Decir adiós es morir un poco." Sin embargo, siempre tuve la tentación de firmarla con seudónimo, el del propio Felipe Mar Law. Esa fue la razón por la que elegí la narración en segunda persona, porque pretendía que fuese como un espejo en el que la creación hablaba con su creador, el personaje con el autor, que al final de cuentas serían el mismo. Lo que modificó el plan, cuando ya la había concluido y estaba a punto de publicarse, era que plantea en términos de reelaboración ficiticia un hecho real de la política mexicana: el fraude que cometió Rosario Robles en contubernio con Luis Kelly, propietario de la agencia de publicidad Publicorp, y que en los medios se le conoció como "el cochinito". Por un lado, no quise que esto le restara seriedad -no podría decir credibilidad, puesto que se trata de una novela, con todo lo de imaginario que eso implica-, a la propuesta literaria y, sobre todo, que se me acusara de cobardía al ni siquiera tener el valor de firmarla con mi propio nombre: ya se sabe que la burocracia mexicana es muy proclive a tratar de desviar la atención sobre sus propias irresponsabilidades acusando de todo lo que sea posible a los demás, como si el desprestigio ajeno implicara su propia absolución.

Y entonces, me quedé con las ganas. A mí me parecía una propuesta literaria divertida poder jugar con esa duplicidad autor-personaje, sobre todo, al establecer el relato hablando de tú, en el singular de la segunda persona.

A ver si más adelante tengo la oportunidad de leer a Nil Barral, los comentarios sobre la obra coinciden en su entusiasmo, y no dejaré de evocar algo que me hubiera gustado hacer y no se dieron las condiciones para que así fuese. Tal y como lo escribí en el prólogo de Una serenata para Lupe: "Es preferible pecar por haber inventado las cosas que por no haber imaginado nada".


Nota: para una relación más amplia de seudónimos empleados por los autores de novela negra, basta consultar las etiquetas correspondientes a novela negra o seudónimos literarios.

viernes, 28 de enero de 2011

Decir Adiós es morir un poco (páginas 206 y 207)


Una lluvia de ceniza se derrama sobre la ciudad. Quizás ése sea su justo destino. Hastiado de ser testigo inmóvil, el mítico volcán decidió actuar sumergiendo al valle bajo una redentora capa de ceniza que nos obligue a emprender otro peregrinaje de las Siete Tribus para fundar una nueva capital, sin renegar del pasado y aceptándolo como una aleccionadora fábula de lo que fuimos y no debemos seguir siendo.

"Corazón de cemento, corazón, corazón, corazón de hormigón..." La voz rasgada de Gurruchaga parece el humo que acompaña a la ceniza: "Corazón enfermo de polución". No sería mala idea aprovechar estas vacaciones para ir unos días a tu tierra, a comer jaibas y camarones, a beber sin culpa, a mirar el amanecer desde la playa. Si allá tenías el mar, ¿con qué fin lo abandonaste para venir a sufrir al altiplano? Aunque bien sabes que no podrías volver a vivir allá. Una temporada no te vendría mal, pero ¿quedarte? Acá ya hiciste tu vida. Aquí están tus amigos y tus enemigos. "La ciudad donde vivo es mi cárcel y mi libertad".


Jules Etienne

La ilustración es una fotografía de un típico amanecer en la playa de Miramar,
en Tampico. Fue tomada en 2008 por Javier Badillo.

viernes, 24 de diciembre de 2010

Decir Adiós es morir un poco (página 79)


A finales del año, en México, nadie conoce lo que es una cruda. Es una misma borrachera prolongada que provoca la sensación de que hasta la crisis se ha ido de vacaciones. Eufemismos etílicos, porque la crisis ha pasado a ser el estado permanente de las cosas, la normalidad es su excepción. Como quiera que sea, todo es pura nugacidad decembrina que en enero expía su penitencia. Al margen de las creencias religiosas, es el momento de conocer el purgatorio. Pero tú y los demás, todos, saben que siempre se sobrevive. Es tan sólo el precio a pagar por los derroches y con ello se cumple otro de los ciclos típicos de la vida nacional.
 
Jules Etienne