Vancouver: luz de agosto en la bahía. (Fotografía de Jules Etienne).
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sábado, 21 de agosto de 2021

Venecia: LOS PAPELES DE ASPERN, de Henry James

"... la luz de la luna en Venecia es famosa..."
 
Capítulo 1: "La góndola se detuvo, el viejo palacio estaba ahí; era una casa de esa clase que en Venecia lleva siempre un digno nombre aún en el más extremado destartalamiento."

Capítulo 4: "No podría haber asunto en Venecia sin paciencia, y puesto que me encantaba el sitio, estaba mucho más en su espíritu por haber acumulado una amplia provisión. Ese espíritu me hacía perpetua compañía y parecía mirarme desde el revivido rostro inmortal -en que brillaba todo su genio- del gran poeta que era mi inspirador. Le había invocado y él había llegado: se cernía sobre mí casi todo el tiempo; era como si su luminoso espectro hubiera vuelto a la tierra a decirme que consideraba el asunto no menos suyo que mío, y que lo vigilaría hasta su conclusión, de modo fraternal y alegre. Era como si hubiera dicho: «Pobrecilla, tómalo con tranquilidad con ella; tiene algunos naturales prejuicios, pero dale tiempo. Por extraño que te parezca, era muy atractiva en 1820. Mientras tanto, ¿no estamos juntos en Venecia, y qué mejor sitio hay para la reunión de buenos amigos? Mira cómo refulge con el verano que avanza; cómo el cielo y el mar y el aire rosado y el mármol de los palacios cabrillean y se funden en unión.» Mi excéntrica misión personal se convertía en parte de la novelería y la gloria de todo; incluso sentía un compañerismo místico, una fraternidad moral con todos los que en el pasado habían estado al servicio del arte. Habían trabajado por la belleza, por una devoción; ¿y qué otra cosa hacía yo? Ese elemento estaba en todo lo que había escrito Jeffrey Aspern y yo no hacía más que sacarlo a la luz."
 
Capítulo 5: "Rara vez me quedaba en casa al anochecer, pues cuando trataba de ocuparme en mis habitaciones, la luz de la lámpara atraía una multitud de insectos molestos, y hacía demasiado calor para cerrar las ventanas. Por tanto, pasaba las últimas horas o bien en el agua (la luz de la luna en Venecia es famosa) o en la espléndida plaza que sirve como vasto atrio a la extraña y vieja basílica de San Marcos."
 
Capítulo 5: "¿Qué podría ser más natural? Somos del mismo país y tenemos por lo menos algo de los mismos gustos, puesto que, como a ustedes, me gusta mucho Venecia."
 
Capítulo 5: "Encontramos un banco menos aislado, menos confidencial, como quien dice, que el del cenador, y todavía estábamos sentados allí cuando oí dar la medianoche en esas claras campanas de Venecia que vibran con una solemnidad única sobre la laguna y se demoran en el aire mucho más que los sones de otros lugares."
 
Capítulo 9: "No sé dónde me llevó mi gondolero; flotamos sin objetivo por la laguna, con golpes lentos, infrecuentes. Al fin me di cuenta de que estábamos cerca del Lido, lejos, a mano derecha, de espaldas a Venecia, y le hice dejarme en la orilla. Quería andar, moverme, para quitarme de encima algo de mi desconcierto. Crucé la estrecha franja y llegué a la playa frente al mar; me encaminé hacia Malamocco."
 
 
Henry James (Estadounidense nacionalizado inglés, 1843-1916).

viernes, 20 de agosto de 2021

La Venecia de Henry James (segunda parte)

"En el centro de la explanada hay una fuente que parece aún más vieja que la iglesia (...) La cara de las chicas venecianas tiene una asombrosa dulzura..."

Prosiguiendo con el tema iniciado ayer sobre las persistentes alusiones a Venecia en las novelas y relatos de Henry James, procede la inclusión de La princesa Casamassima, uno de sus trabajos menos difundidos, publicado en 1886, el mismo año que Las bostonianas. Al capítulo XXX corresponden los siguientes párrafos:

"Tres semanas más tarde estaba en Venecia, desde donde dirigió una carta a la princesa Casamassima de la que reproduzco los principales pasajes:

Ésta será, probablemente, la última vez que le escriba antes de volver a Londres. Como ya ha estado en este lugar, podrá comprender con facilidad por qué aquí, precisamente aquí, siento deseos de hacerlo. Querida princesa, qué ciudad tan maravillosa, qué inefables impresiones y qué revelación tan exquisita. Tengo una habitación en una pequeña explanada y enfrente de una iglesia antigua que tiene la fachada cubierta de losas de mármol; en las hendiduras de las losas crecen florecillas silvestres cuyo nombre no conozco. En la puerta de la iglesia hay colgada una cortina de cuero vieja y oscura, tan gruesa como un colchón y con botones como si fuera un sofá; y no para de ir de un lado a otro mientras entran y salen de la iglesia mujeres y chicas que llevan la cabeza cubierta con un chal y calzan zuecos de madera. En el centro de la explanada hay una fuente que parece aún más vieja que la iglesia; tiene un aspecto muy primitivo, y creo que quienes la pusieron fueron los primeros pobladores, los que pasaron a Venecia desde el continente, desde Aquilea. Verá que he tragado ya mucha información histórica, y supongo que no se sorprenderá porque no ha vuelto a sorprenderse de nada desde el día en que descubrió que sabía algo de Schopenhauer. Puedo asegurarle que hoy no me acuerdo para nada de ese misógino rancio, porque miro con mucha simpatía a las mujeres y a las chicas que van a la fuente haciendo ruido con los zuecos y con el cántaro de cobre en la cabeza. La cara de las chicas venecianas tiene una asombrosa dulzura, y produce un efecto incomparable cuando su óvalo pálido y triste (todas parecen mal alimentadas) está enmarcado por el chal viejo y descolorido. Tienen un pelo precioso, que no ha conocido las tenacillas, y andan juntas de dos en dos o de tres en tres cogidas del brazo y sin mirar nunca a los ojos -así que no importa que las mire uno-, y llevan vestidos baratos de algodón, con unos pliegues sueltos, que tienen una línea tan bonita como todas las cosas de Italia. El tiempo es espléndido y me aso de calor, pero me gusta; por lo visto estaba hecho para que me espetaran como un pollo, y ahora descubro que he pasado frío oda mi vida, hasta cuando creía que tenía calor. No he visto uno solo de los hermosos patricios que posaban para los grandes pintores, aquellos señores gordos con cabellos de oro y perlas entrelazadas; pero estoy estudiando italiano para hablar con las chicas que trabajan en las fábricas de collares, porque estoy decidido a hacer que una o dos de ellas me miren por fin. Cuando han llenado los cántaros en la fuente, da gusto verlas ponérselos en la cabeza y andar otra vez sobre las lustrosas piedras de Venecia. Me encanta estar en un país donde las mujeres no llevan esos odiosos gorritos británicos. Ni siquiera entre las mujeres de mi clase -perdone la expresión que recuerdo que le molestaba- he visto en mi vida una chica joven que asomara las narices a la puerta sin habérselo puesto antes; y si usted las hubiera tratado tanto como las he tratado yo, sabría la degradación a que conduce una imposición semejante. El suelo de mi cuarto está hecho de ladrillos pequeños, y para refrescar el ambiente en esta temperatura, lo rocían, como ya sabrá usted, con agua. Como sigan rociándolo mucho, dentro de poco tiempo podré nadar; las persianas verdes están bajadas y el sitio resulta una buena piscina. La luz ardiente de la plaza entra por las rendijas. Fumo cigarrillos y en los momentos de descanso me tumbo en un sofá descolorido que hay en un rincón. Cuando estoy allí tengo al alcance las obras de Leopardi y un diccionario de segunda mano. Soy muy feliz, más feliz que en toda mi vida, salvo cuando estuve en Medley y no me preocupo por nada sino por el momento presente. No durará mucho, porque estoy casi sin dinero. Cuando termine la carta saldré a dar una vuelta por ahí, en esta espléndida tarde veneciana; y pasaré la noche en esa maravillosa plaza de San Marcos, que parece un gran salón al aire libre, escuchando música y sintiendo la brisa que se cuela entre esas dos extrañas columnas de la piazzetta que parecen formar un pórtico para ella. Casi no puedo creer que soy yo quien cuenta todas estas cosas tan bonitas; me digo más de doce veces al día que no es Hyacinth Robinson el que lo hace, y tengo que pellizcarme las piernas para saber que no estoy soñando. Pero dentro de poco, cuando vuelva al ejercicio de mi profesión en las dulzuras de Soho, tendré pruebas más que sobradas para convencerme; lo notaré en seguida por la vida y la condena que me esperan."

En 1888 fueron editadas tanto una breve narración titulada en inglés The Liarcomo la novela Los papeles de Aspern. Con esa proclividad que James siempre mantuvo para los contactos epistolares entre sus personajes, en el tercer capítuo del relato El mentirosose puede leer:

"Así que, con este fin, decidió escribirle una carta desde Venecia utilizando un tono amistoso -puesto que no tenía por qué pensar que su amistad había terminado- pidiéndole noticias, narrando sus andanzas, esperando que pudieran verse pronto en Londres y sin decir una sola palabra acerca  del cuadro. Los días fueron transcu- rriendo, pasó el tiempo, y no recibió respuesta alguna."

Tal vez Los papeles de Aspern sea, entre todas sus obras, la que mejor captura la atmósfera de Venecia. Pero eso merece un texto íntegro.

Dos años más tarde, en el cuarto capítulo de La musa trágica, se registra una muy breve alusión veneciana:

"La señora Rooth tenía un viejo pote verde, y oí hablar de su viejo pote verde. Oír hablar de él fue encapricharme del mismo, así es que fui a verlo, en el secreto de la noche. Lo compré, y hace un par de años se me cayó y lo hice añicos. Fue el fin de esa pequeña fase. Sin embargo, como ya habrán notado, no fue el fin de la señora Rooth. La vi posteriormente en Londres, y me la encontré hace uno o dos años en Venecia. Parece ser una gran errabunda."

Maude-evelyn es un relato de fantasmas que apareció en abril de 1900 en las pági- nas de la revista Atlantic Monthly. Al principio del capítulo 2 dice:

"Marmaduke le había escrito, ya que continuaban siendo amigos; y así ella supo que la tía y la prima del joven habían regresado sin él. Marmaduke había prolongado su estancia en Suiza, dirigiéndose después a los lagos italianos y a Venecia; ahora se encontraba en París. La noticia me extrañó un tanto, sabiendo yo como sabía que Marmaduke siempre andaba más bien escaso de dinero y que había podido permitirse ir a Suiza sólo gracias a la generosidad de su tío."

La copa dorada (The Golden Bowl, 1904), en su capítulo VII con el que inicia la se- gunda parte de la novela, propone la siguiente analogía:

"La abominación poco importa, pues eres irremediablemente redondo. Esto en ti es una de esas cosas que se siente, al menos las siento yo, como si se tocasen con la mano. Imagina que hubieras sido formado íntegramente mediante una gran cantidad de pequeños rombos piramidales, como aquella maravillosa parte del Palacio Ducal de Venecia, lo cual es muy bello en un edificio, pero condenadamente desagradable en un hombre con el cual uno se tiene que rozar, principalmente cuando este hombre es un pariente próximo."

Después de esto, sólo quedan pendientes Las Alas de la paloma, publicada en 1902 y adaptada exitosamente al cine en 1997, además de la ya mencionada Los papeles de Aspern, cuya más reciente versión fílmica se exhibió en el festival de Venecia en 2018.

Jules Etienne

Henry James (Estadounidense nacionalizado inglés, 1843-1916).

La ilustración corresponde a Coqueteo (Flirtation, 1894), de Eugene de Blaas.

jueves, 19 de agosto de 2021

Venecia: COMPAÑEROS DE VIAJE, de Henry James

"No hay ninguna Venecia como la de esa hora mágica. Durante ese breve instante regresa a su antigua gloria."

(Fragmento)

Regresamos a la laguna bajo el brillo de la puesta de sol en un silencio esplendoroso que me permitía escuchar el lejano murmullo de otras góndolas en la estela que iban dejando. Había una claridad dorada tan perfecta que el rosado rubor de los palacios de mármol parecía ligero y puro como la sangre en la frente de un niño dormido. No hay ninguna Venecia como la Venecia de esa hora mágica. Durante ese breve instante regresa su antigua gloria. El cielo se arquea sobre ella como un vasto dosel imperial repleto de sus apiñados misterios de luz. Su entera apariencia es de un esplendor sin mácula. Ninguna otra ciudad toma la evanescencia carmesí del día con ese magnífico efecto. La laguna se cubre de una alfombra de fuego. Todos los colores pálidos y aletargados del mármol se transmutan en un resplandor dorado. El mortecino tono veneciano se ilumina y se apresura hacia la vida y el esplendor, y la visión hechizada del espectador parece descansar en un sueño perfecto del gran pintor que reflejó sus ensoñaciones inmortales en los techos del Palacio Ducal.

 
 Henry James (Estadounidense nacionalizado inglés, 1843-1916).

miércoles, 18 de agosto de 2021

La Venecia de Henry James (primera parte)


Henry James es, sin duda, el más veneciano entre todos los escritores de habla inglesa. Su obra sería imposible de concebir sin Venecia como escenario. 
Cuando viajó por primera vez a Europa, era un joven neoyorquino de veintiséis años deslumbrado ante su derroche arquitectónico y la atmósfera impregnada de historia a orillas del mar Adriático: "Venecia es en verdad la Venecia de los sueños", aseguraba en una carta a su amigo John LaFargue fechada el 21 de septiembre de 1869.

Y en sus Cuadernos de notas escribió: "De allí me dirigí directo a Venecia, en donde permanecí hasta fin de junio -entre tres y cuatro meses-. Sería muy largo ocuparme ahora de aquello; y, con todo, no puedo evitar detenerme. Fue un período maravilloso; una de esas cosas que no se repiten; tenía la impresión de haber rejuvenecido. La adorable primavera veneciana llegó y se fue, trayendo consigo una infinitud de impresiones, de horas deliciosas. Creció en mí un apasionado amor por el lugar, la vida, la gente, las costumbres. A veces me preguntaba si no sería una idea feliz establecer allí un pequeño pied-à-terre que se pudiera conservar para siempre."

El esplendor de sus palacios, las góndolas, los canales pero, sobre todo, su insólita luminosidad, lo sedujeron a tal grado que se quedó para residir allí durante cuarenta años. La consecuencia de dicha estancia impregna por completo su trabajo literario. Un breve repaso sobre el mismo, así lo corrobora.

En 1870 publicó Compañeros de viaje, desde cuyo principio se suscita un diálogo que ya predice los acontecimientos posteriores:

"- Tiene usted ante sí una gran cantidad de cosas. Van ustedes al sur, supongo.
- Sí, vamos directamente a Venecia. Allí veré los Tizianos.
- Tiziano y Paolo Veronese.
- Sí, apenas puedo creerlo. ¿Ha viajado usted alguna vez en góndola?
- No, esta es mi primera visita a Italia.
- Ah, entonces todo es nuevo también para usted.
- Divinamente nuevo -dije con emoción.

Ella me miró con una sonrisa, un rayo de amistoso placer en mi placer.

- Y, ¿no está usted decepcionado?
- En lo más mínimo. Soy un alemán ejemplar.
- Yo soy una americana ejemplar. Viivo en Araminta, Nueva Jersey."

Poco después, ambos se reúnen con el padre de la joven:

"- Partimos mañana hacia Venecia -dijo-. Estoy deseando respirar el frescor de la brisa marina y comprobar si las góndolas merecen tanto la pena.

Como yo también esperaba estar en Venecia en unos días, estaba seguro de que nos encontraríamos. Previendo esta circunstancia, mi aligo propuso que nos intercam- biáramos tarjetas, cosa que hicimos, allí y entonces, ante el altar mayor, sobre la preciosa capilla que contiene las sagradas reliquias de San Carlos Borromeo."

Respetando el orden cronológico, su novela El americano, la cual apareció editada en 1877, establece una referencia inicial: "Ah, quiero ver el Mont Blanc -dijo Newman-, y Amsterdam y el Rin, y muchos sitios. Sobre todo, Venecia. Me imagino cosas magníficas de Venecia." Se establece en el diálogo con el que concluye el segundo capítulo. Más adelante, cuando el mismo personaje ya ha logrado llevar a cabo ese viaje, relata: "Newman hacía su vida habitual, conocía a gente nueva, estaba a sus anchas en las galerías y en las iglesias, invertía un tiempo desorbitado en pasearse por la Piazza de San Marcos, compraba muchísimos cuadros malos y durante dos semanas disfrutó de Venecia a lo grande."

Retrato de una dama corresponde a 1881 y en el prólogo de una edición posterior, aseguraba James que "Hay lugares, como Venecia, que a veces no sirven de ayuda a la creación, porque expresan quizá demasiado, más de lo que en un caso concreto puede resultarnos útil." Durante su estancia veneciana Henrietta, protagonista de la novela, contrasta la vida en el continente con la que tiene en Inglaterra. "Había estado estudiando Venecia durante dos meses y desde allí envió al Interviewer una serie de brillantes crónicas acerca de las góndolas, de la Piazza, del puente de los Suspiros, de las palomas de San Marcos y del bello gondolero cantando, mientas rema, poemas de Tasso. Tal vez el Interviewer sufriera con ello una decepción, pero, por lo pronto, ella estaba conociendo Europa."

En Washington Square, publicada también en 1881, el capítulo 23 establece: "Y en Europa, entre tantas cosas bellas y tantos notables monumentos, quizás el anciano se conmoviese; las obras de arte tenían una influencia humanizadora. El doctor podía conmoverse mediante la paciencia de Catherine, y su buena voluntad para hacer cualquier cosa que le complaciese; si esta supiese hablarle en algún lugar famoso -en Italia, una noche; en Venecia, en una góndola iluminada por la luna-, si ella era lista y sabía tocarle la cuerda sensible, quizás su padre le abriese los brazos y le dijese que le perdonaba."

Como el fragmento que he seleccionado de La princesa Casamassima resultaría demasiado extenso para añadirlo a este mismo texto, más adelante lo incluiré en una segunda parte del recorrido sobre la presencia de Venecia a lo largo de la obra de Henry James.

Jules Etienne

Henry James (Estadounidense nacionalizado inglés, 1843-1916).

lunes, 3 de junio de 2019

Tu boca: LAS BOSTONIANAS, de Henry James

"¡Abundan los caballeros que estarían felices de cerrar tu boca besándola!"

(Fragmento del capítulo XVII)

Ningún hombre que haya visto le interesa una pizca en su corazón nuestra causa y lo que estamos tratando de lograr. La odian, la desprecian; tratarán de dificultarla siempre que puedan. Oh sí, sé que hay hombres que pretenden que les importa, pero esos no son realmente hombres, ¡y ni siquiera de ellos estoy segura! Cualquier hombre que uno mire, la verdad sea dicha, emprende una guerra a cuchillo en contra nuestra. No pretendo negar que también hay algunos seres del género masculino que estarían dispuestos a respaldarnos un poco; a darnos una palmadita en la espalda y recomendar ciertas concesiones moderadas; para decir que en efecto hay dos o tres pequeños puntos en los que la sociedad no ha sido justa con nosotras. Pero cualquier hombre que pretenda aceptar por su propia voluntad nuestro programa en su totalidad, como tú y yo lo entendemos, antes de que se vea forzado a hacerlo, esa persona lo único que estaría tramando es traicionarnos. ¡Abundan los caballeros que estarían felices de cerrar tu boca besándola! Si algún día te vuelves peligrosa para su egoísmo, para sus disimulados intereses, para su inmoralidad -¡Tal y como rezo todos los días al cielo, mi querida amiga, que tú lo seas!- será un gran triunfo para alguno de ellos si logra persuadirte de que te ama. Entonces verás de lo que es capaz de hacer contigo, ¡y qué tan lejos lo puede llevar su amor! Será un día triste para ti y para mí, y para todas nosotras, si creyeras algo así. Puedes ver ahora que estoy en calma, cuánto he reflexionado al respecto.

(No man that I have ever seen cares a straw in his heart for what we are trying to accomplish. They hate it; they scorn it; they will try to stamp it out whenever they can. Oh yes, I know there are men who pretend to care for it; but they are not really men, and I wouldn't be sure even of them! Any man that one would look at--with him, as a matter of course, it is war upon us to the knife. I don't mean to say there are not some male beings who are willing to patronise us a little; to pat us on the back and recommend a few moderate concessions; to say that there are two or three little points in which society has not been quite just to us. But any man who pretends to accept our programme in toto, as you and I understand it, of his own free will, before he is forced to -such a person simply schemes to betray us. There are gentlemen in plenty who would be glad to stop your mouth by kissing you! If you become dangerous some day to their selfishness, to their vested interests, to their immorality -as I pray heaven every day, my dear friend, that you may! -it will be a grand thing for one of them if he can persuade you that he loves you. Then you will see what he will do with you, and how far his love will take him! It would be a sad day for you and for me and for all of us, if you were to believe something of that kind. You see I am very calm now; I have thought it all out.)

Henry James (Estadounidense nacionalizado inglés, 1843-1916).

(Traducido del inglés por Jules Etienne).

domingo, 3 de diciembre de 2017

Eclipse: EL RETRATO DE UNA DAMA, de Henry James

"... como se ve el disco de la Luna cuando queda tapado en parte, durante un eclipse, por la sombra de la Tierra."

(Fragmento del capítulo 42)

Cuando se conocieron, ella quiso borrarse casi del todo, empequeñecerse, incluso pretendiendo que era más pequeña de lo que realmente era. Ello se debía a que sucumbió al encanto extraordinario que, por su parte, se había esforzado él en mostrar. Osmond no había cambiado, y, durante el año que duró su cortejo, no se distinguió en nada por encima de ella. Pero la verdad es que ella no vio más, no logró ver más que la mitad de su verdadero carácter, como se ve el disco de la Luna cuando queda tapado en parte, durante un eclipse, por la sombra de la Tierra. Ahora, en cambio, veía toda la Luna, al hombre completo tal cual era. Sin embargo, había permanecido en silencio a fin de dejarle el campo libre, y a pesar de ello había tomado la parte por el todo. ¡Ah! No cabía la menor duda de que había sucumbido al hechizo, y éste no se había desvanecido, continuaba actuando.


Henry James (Estadounidense nacionalizado inglés, 1843-1916).

domingo, 12 de febrero de 2017

Carnaval: VACACIONES EN ROMA, de Henry James


(Fragmento inicial)
 
Sin duda es agradable sentirse alegre en el momento preciso, pero ese momento preciso difícilmente me parecen los diez días del carnaval romano. Sospecho cínicamente que no fueron capaces de mantener en mi imaginación, la brillante promesa que implicaba su leyenda; luego, los acontecimientos me permitieron corroborar que he tenido menos conciencia de las influencias festivas características de la temporada que de la inalienable gravedad del lugar. Hubo un tiempo en que el carnaval era un asunto serio -esto es, auténticamente disfrutable; mas, gracias a las botas de siete leguas que el reino de Italia viene usando en su marcha hacia el progreso en otras direcciones, la moda del jolgorio público ha caído en plena decadencia-. Dudo que un americano pueda concebir con exactitud el estado de ánimo en que el carnaval se llevaba a cabo como una expresión general impulsada por la buena fe; sólo puede decirse a sí mismo que durante un mes del año debe haber cosas -cosas que tienden a verse como una humillación- que es más cómodo tratar de olvidar. Pero ahora que Italia está hecha, el carnaval está deshecho.
 
 
Henry James (Estadounidense nacionalizado inglés, 1843-1916).
 
La ilustración corresponde a El carnaval de Roma (1881), de José Benlliure y Gil.

miércoles, 14 de octubre de 2015

Venecia: LAS ALAS DE LA PALOMA, de Henry James


(Fragmento que alude al 14 de octubre)

- Entonces es también lo que yo quiero. Pero, en verdad, a pesar de que el tiempo se ha portado decentemente hasta ahora, tendría que viajar en seguida. -A continuación de lo cual, luego que ella le hubo explicado rápidamente que la partida (primero hacia el Tirol y más tarde hacia Venecia) estaba irrevocablemente fijada para el catorce de ese mes, él agregó con entusiasmo-: ¿A Venecia? Eso es ideal porque entonces podremos encontrarnos. Espero tomarme tres semanas de vacaciones en octubre y supongo que iré allí. Son tres semanas durante las cuales, si consigo verme libre, mi sobrina, una jovencita que me maneja a su antojo, me llevará a donde se le ocurra. Ayer casualmente le escuché decir que tal vez se le ocurriría Venecia.

- Sería maravilloso. Estaré allí esperándolo. Y si hay algo que por anticipado, o de cualquier otro modo, yo pueda hacer por usted...

- Oh, gracias. Mi sobrina, tengo la impresión, se ocupará de todo. Pero es importante que nos veamos allá.

Henry James (Estadounidense nacionalizado inglés, 1843-1916).

lunes, 21 de septiembre de 2015

Venecia: LOS PAPELES DE ASPERN (Otoño en Venecia), de Henry James

"Empezaba el otoño y el fin de los dorados meses."
 
(Fragmento del capítulo IX) 

La mañana era magnífica, y algo en la atmósfera advertía el fin del largo verano de Venecia: una suave brisa marina agitaba las flores del jardín y extendía su soplo agradable hasta el palacio, menos cerrado y sombrío ahora que en vida de Juliana. Empezaba el otoño y el fin de los dorados meses. Con ellos terminaba también mi experimento, o terminaría al cabo de media hora, cuando tuviera la certeza de que en realidad mis sueños habían quedado reducidos a cenizas. Después de eso, sólo me restaría encaminarme a la estación; porque no podía considerar siquiera la posibilidad de quedarme allí, para actuar de guardián de una desvalida solterona. Si no había salvado los papeles, ¿qué obligación tenía yo hacia ella? Un poco perplejo, me pregunté hasta qué punto tendría que agradecer y en qué forma recompensar su gentileza, en el caso de que los hubiera salvado. ¿No me obligaría un servicio tal a su custodia? Si la perspectiva no me inquietó demasiado fue por considerar sumamente improbable tal eventualidad. En el caso de que Juliana no hubiera destruido ya su tesoro la noche que me sorprendió frente a su escritorio, lo habría hecho sin duda al día siguiente.
 
 
 Henry James (Estadounidense nacionalizado inglés, 1843-1916).

miércoles, 2 de septiembre de 2015

Henry James, Oscar Wilde y Virginia Woolf en Venecia: helados en el Florian


El caffè Florian fue fundado en Venecia en 1720, es decir, hace casi trescientos años. No resulta extraño, entonces, que se cuenten anécdotas de clientes tan célebres como Lord Byron, Goethe o Henry James, entre la nutrida población de escritores que han habitado durante alguna época en dicha ciudad a orillas del mar Adriático. Éste último, en el quinto capítulo de su novela Los papeles de Aspern, ubica al protagonista-narrador en una de sus mesas al calor del verano:
 
"Rara vez me quedaba en casa al anochecer, pues cuando trataba de ocuparme en mis habitaciones, la luz de la lámpara atraía una multitud de insectos molestos, y hacía demasiado calor para cerrar las ventanas. Por tanto, pasaba las últimas horas o bien en el agua (la luz de la luna en Venecia es famosa) o en la espléndida plaza que sirve como vasto atrio a la extraña y vieja basílica de San Marcos.
 
Me sentaba ante el café de Florian, tomando helados, oyendo música, hablando con conocidos: el viajero se acordará de cómo la inmensa acumulación de mesas y sillas se extiende como un promontorio penetrando en el liso lago de la Piazza. La plaza entera, en anochecer de verano, bajo las estrellas y con todas las lámparas, todas las voces y leves pasos sobre el mármol (los únicos sonidos de las arquerías que la rodean), es como un salón al aire libre dedicado a bebidas refrescantes y a una degustación aún más fina -la de las exquisitas impresiones recibidas durante el día-. Cuando no prefería quedarme las mías para mí, siempre había un turista errante, desembarazado de su Baedeker, con quien comentarlas, o algún pintor naturalizado que se regocijaba con el retorno de la estación de los efectos fuertes. La maravillosa iglesia, con sus bajas cúpulas y erizada de ornamentos, el misterio de su mosaico y esculturas, parecía fantasmal en la templada sombra, y la brisa marina pasaba entre las columnas gemelas de la Piazzetta, jambas de una puerta ya no custodiada, tan suavemente como si se meciera allí una rica cortina.
 
En esas ocasiones pensaba en las señoritas Bordereau y en la lástima de que estuvieran encerradas en habitaciones que, en el julio veneciano, ni siquiera la vastedad de Venecia conseguía evitar que estuvieran sofocantes. Su vida parecía estar a millas de distancia de la vida de la Piazza, y sin duda ya era realmente tarde para hacer cambiar de costumbres a la austera Juliana. Pero la pobre señorita Tita, estaba seguro de que habría disfrutado con un helado de Florian; a veces incluso pensaba llevarle uno a casa. Afortunadamente, mi paciencia dio fruto y no me vi obligado a hacer nada tan ridículo."
 
Por supuesto, Henry James no era el primero ni sería el último en referirlo. Oscar Wilde emprende una seria reflexión estética sobre la relación entre el arte y la vida a la manera platónica, esto es, a través de un diálogo entre Cyril y Vivian, únicos personajes en La decadencia de la mentira -de la que suele asegurarse era la favorita del propio Wilde entre sus obras-. Aunque la alusión sea sólo tangencial, en el siguiente parlamento de Vivian se menciona el Florian:
 
"Un día empezó a publicarse una novela en una revista francesa. En aquella época leía yo esa clase de literatura, y recuerdo mi gran sorpresa al llegar a la descripción de la heroína. Era tan parecida a mi amiga, que le llevé la revista. Ella misma se reconoció al momento y pareció fascinada por la semejanza. Debo decirle de paso que la obra estaba traducida de un escritor ruso fallecido, de modo que el autor no habría podido tomar a mi amiga por modelo. Abreviando: algunos meses después, hallándome en Venecia, vi la revista en el salón del hotel y la abrí para conocer cuál era la suerte de la heroína. Se trataba de una historia lamentable. La joven había acabado por fugarse con un hombre de clase inferior, social, moral e intelectual. Escribí aquella misma noche a mi amiga, dándole mi opinión sobre Giovanni Bellini, los admirables helados del Florian y el valor artístico de las góndolas, y añadí una posdata para decirle que su «doble» del relato se había comportado muy neciamente. No sé por qué añadí aquellas líneas; pero recuerdo que me obsesionaba el temor de verla imitar a la heroína. Y antes que mi carta le llegase, se fugó con un hombre, que la abandonó seis meses después. La volví a ver en mil ochocientos ochenta y cuatro, en París, donde vivía con su madre, y le pregunté si aquella narración era responsable de su acto. Me confesó que se había sentido impulsada por una fuerza irresistible a seguir paso a paso a la heroína en su marcha extraña y fatal, y que fue presa de un auténtico terror mientras esperaba los últimos capítulos. Cuando se publicaron, le pareció que estaba obligada a copiarlos, y así lo hizo. Este es un eje clarísimo y extraordinariamente trágico de ese instinto imitativo del que hablaba hace un momento. Pero, no quiero insistir más en esos ejemplos individuales y aislados. La experiencia personal es un círculo vicioso y limitado. Todo lo que deseo demostrar es este principio general: La Vida imita al Arte mucho más que el Arte a la Vida. Y estoy seguro de que si reflexiona usted sobre ello, verá que tengo razón."
 
También Virginia Woolf en su cuento El legado, que se publicó en 1944 como parte del volumen La casa encantada y otros relatos, evoca la visita al Florian de sus personajes:
 
"Fueron a Venecia. Recordó aquellas felices vacaciones después de la elección. «Comimos helados en Florian.» Sonrió; todavía era como una niña, le gustaban los helados. «Gilbert me hizo un relato interesantísimo de la historia de Venecia. Me dijo que los Dogos...», y su esposa lo escribió todo, con su caligrafía de colegiala."
 
 
Jules Etienne