Vancouver: luz de agosto en la bahía. (Fotografía de Jules Etienne).
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domingo, 10 de marzo de 2024

Mirándolas dormir: DIARIO DE UN VIEJO LOCO, de Jun'ichirô Tanizaki

"Comí sin hacer ruido para no turbar el sueño de Satsuko. Cuando acabé de desayunar aún seguía dormida."

(
Fragmento del 16 de noviembre)

Satsuko se había puesto una bata azul acolchada sobre el salto de cama, y chinelas a juego de raso azul con una flor rosa. Traía su almohada. Despreciando la cama de la señorita Sasaki, se tumbó en el sofá, se echó sobre las piernas una vieja bata mía de tela escocesa y se dispuso a seguir durmiendo: cerró los ojos con la nariz apuntanto al techo y haciendo caso omiso de mí. No sé si es que todavía tenía sueño por haber trasnochado en el cabaré o si simplemente fingía para que no la aburriera con mi conversación.

Yo me levanté de la cama, me lavé, pedí té verde y me puse a comer pasteles de arroz. Tres me bastaron como desayuno. Comí sin hacer ruido para no turbar el sueño de Satsuko. Cuando acabé de desayunar aún seguía dormida.

Jun'ichirô Tanizaki (Japòn, 1886-1965).

(Traducido al español por María Luisa Balserio).

lunes, 28 de noviembre de 2022

Letras de la revolución: EL RESPLANDOR, de Mauricio Magdaleno

"Fines de noviembre, ¡qué día tan terrible! (...) y las heladas secaban lo poco que había de milpa..."

(Fragmentos del capítulo Saturnino Herrera)

En el pueblo, Olegario había topado con gentes que anduvieron con él en las bolas, hacía un año. Iban a volver al monte, aretornar a las andadas, con Villa, que andaba levantando rancheros en el Norte. Pensó en el escuincle de los ojos negros y no se comprometió a nada. Las partidas se llevaban ora dos mulas, ora dos burros, y acabaron con las vacas. Cuando se decidió, encontró quemado el jacal y a Graciana en el de una vecina, con su hijo. Habían matado a la vieja y cometido fechoría y media. No dejaron los rebeldes a una mujer como estaba: pasaron sobre Graciana misma, sin respetar siquiera al niño que tenía en el pecho. Bufaba de rabia el indio voluntarioso; pero se aguantó. Salieron con otros rumbo al sur, en una caravana que se bifurcó en Lagos para León y Guadalajara. Comían quelites y nopales, y bebían aguamiel. Las mujeres echaban tortillas con el maíz que la horda iba robando en lo que quedaba de las trojes. Solo tenía una idea fija: llegar a su tierra y dejar seguros a su mujer y a su hijo. Él ya vería lo que haría: se iría a la bola, a ganarse los galones, a matar a los que habían pasado sobre Graciana, o a otros, los que fueran... ¡Desquitarse! En Tula los detuvieron, junto con otra docena de hambrientos. Era tropa de la Federación, y no se apiadaron del estado de las mujeres. Esa noche murió Graciana, y sin detenerse a echarle encima un poco de tierra, Olegario huyó, con dos balazos en el costado.

(...)

Fines de noviembre, ¡qué día tan terrible! Las tolvaneras abrasaban a la tierra de los tlacuaches y las heledas secaban lo poco que había de milpa, retrasado y pobre. Las mujeres declararon que el niño era hermosísimo, y le pusieron el nombre del santo del día, Saturnino. Estaba hambriento, descriado, y a las pocas horas le salió el sarampión. Lugarda se lo apropió, anunciando al vecindario:

- Nos lo mandó San Andrés. ¡Pobrecito! Es el que va a remediar la suerte de los indios.

Mauricio Magdaleno (México, 1906-1986).

viernes, 25 de noviembre de 2022

Letras de la revolución: EL ÁGUILA Y LA SERPIENTE, de Martín Luis Guzmán

"... aquellos cinco hombres llevaban a cuestas sus propios cadáveres, a cuestas hasta el borde de la tumba..."

(Fragmento del Libro quinto: Eulalio Gutiérrez.
Capítulo 3: Un juicio sumarísimo)

- No lo seremos -contestó Eulalio-, porque es claro que así no vamos a seguir: de mi cuenta corre. Pero en este momento no hay más remedio que aguantarse. ¿Qué quiere usted? ¿Que me ponga en ridículo diciendo a esas señoras que no apruebo el fusilamiento de sus hijos, o de sus hermanos, o lo que sean, para que así y todo los fusile Villa en nuestras narices? El mundo está lleno de buenos y malos ratos. A estos desgraciados les ha tocado uno malo, y no habrá Dios que los salve.

Al oír hablar así a Eulalio comprendí que todo esfuerzo resultaría inútil, pues de él sabía, y en parte me constaba, que no era tonto, ni cruel, ni cobarde, sino al revés: un hombre dotado de inteligencia natural agudísima, de excelente corazón y de entereza de carácter a toda prueba, según lo demostró días después al sobrevenir la ruptura con el jefe de la División del Norte.

Quise, sin embargo, ponerme de acuerdo con mis sentimientos y me dirigí al coche de Villa. ¿Sería, en efecto, una ley de Dios, o de la Naturaleza, o de la Historia, que la revolución nuestra estuviese movida por espíritus asesinos o cómplices de asesinos? En el estribo del coche me cerró el paso uno de los dorados. Se asomó después a la plataforma un oficial, que me dijo, bajando la voz:

- Mi general está ya acostado. Ordenó que no lo despertáramos por ningún motivo. Venga usted mañana a las nueve, si desea hablarle.

- Mañana a las nueve no quedará ni rastro de los falsificadores -le repliqué.
- Puede ser, pero no creo que mi general despierte antes.

* * *

El resto de la noche lo pasé en la ciudad de México, y con toda deliberación no volví al campamento de Tacuba hasta bien entrada la mañana del otro día. Serían cerca de las once cuando llegué. La luz gloriosa del sol de noviembre ocultaba la fealdad reseca de la tierra y de las cercanas milpas en rastrojo. ¿Se habría consumado el fusilamiento? ¿A qué hora habrían arrancado de allí al doliente grupo de las mujeres?

Robles no estaba en su coche. Me senté en el salón y me puse a mirar, distraído, por las ventanas. A poco vi acercarse por el lindero de una de las milpas una muchedumbre de soldados y curiosos: brillaban los fusiles de una escolta. Como los montículos de los surcos hacían difícil la marcha, los soldados iban en desorden y a gran distancia unos de otros. En medio, tratando de no separarse entre sí, iban cinco hombres con los brazos atados a la espalda por medio de cuerdas que les pasaban de codo a codo. Unos tropezaban en los surcos a cada paso; los otros caminaban con admirable precisión de autómatas. El rostro de todos revelaba extravío, una rara conciencia, desmesuradamente fuerte, o desmesuradamente débil, de cuanto veían en torno: los unos parecían analizar con interés profundo hasta los detalles más nimios de las piedras con que chocaban sus zapatos; los otros parecían no darse cuenta ni del sol deslumbrador que los bañaba en luz. Uno de ellos -rubio, de tez encendida- miró con ojos azorados hacia donde estaba yo: la fuerza de su mirada producía dolor, como si hiriese. Luego siguieron por el camino del cementerio. Se me figuró, al verlos alejarse hacia allá, que aquellos cinco hombres llevaban a cuestas sus propios cadáveres, a cuestas hasta el borde de la tumba en que los iban a enterrar después de meterles en el cuerpo cinco o seis balas.


Martín Luis Guzmán (México,1887-1976).

miércoles, 23 de noviembre de 2022

Letras de la revolución: LA MUERTE DE ARTEMIO CRUZ, de Carlos Fuentes

"Lo despertó la música de un cilindro en la calle y no se preocupó por identificar la canción..."

(Fragmento de: 1927 - Noviembre 23)

Durmió hasta el mediodía. Lo despertó la música de un cilindro en la calle y no se preocupó por identificar la canción, porque el silencio de la noche anterior -o su recuerdo, que era la noche y el silencio- imponía largos momentos muertos que cortaban la melodía y en seguida volvía a comenzar el ritmo lento y melancólico, que se colaba por la ventana entreabierta, antes de que esa memoria sin ruidos volviese a interrumpirlo. Sonó el teléfono y él lo descolgó y escuchó la risa contenida del otro y dijo:

- Bueno.

- Ya lo tenemos en la comandancia, señor diputado.

- ¿Sí?

- El señor Presidente está enterado.

- Entonces...

- Tú sabes. Un gesto. Una visita. Sin necesidad de decir nada.

- ¿A qué horas?

- Cáete por aquí a eso de las dos.

- Nos vemos.

Ella lo escuchó desde la recámara contigua y comenzó a llorar, pegada a la puerta, pero después ya no escuchó nada y se secó las mejillas antes de sentarse frente al espejo.

Le compró el periódico a un voceador y trató de leerlo mientras manejaba, pero sólo pudo echar un vistazo a los encabezados que hablaban del fusilamiento de los que atentaron contra la vida del caudillo, el candidato. Él lo recordó en los grandes momentos, en la campaña contra Villa, en la presidencia, cuando todos le juraron lealtad y miró esa foto del Padre Pro, con los brazos abiertos, recibiendo la descarga. Corrían a su lado las capotas blancas de los nuevos automóviles, pasaban las faldas cortas y los sombreros de campana de las mujeres y los pantalones baloon de los lagartijos de ahora y los limpiabotas sentados en el suelo, alrededor de la fuente de la rana, pero no era la ciudad lo que corría frente a esa mirada vidriosa y fija, sino la palabra. La saboreó y la vio en las miradas rápidas que desde las aceras se cruzaron con la suya, la vio en las actitudes, en los guiños, en los gestos pasajeros, en los hombros encogidos, en los signos soeces de los dedos. Se sintió peligrosamente vivo, prendido al volante, marcado por los rostros, los gestos, los dedos-pingas de las calles, entre dos oscilaciones del péndulo. Hoy debía hacerlo porque mañana, fatalmente, los ultrajados de hoy lo ultrajarían a él. Un reflejo del cristal lo cegó y se llevó la mano a los párpados: siempre había escogido bien, al gran chingón, al caudillo emergente contra el caudillo en ocaso.

Se abrió el inmenso Zócalo, con los puestos entre las arcadas y las campanas de Catedral entonaron el bronce profundo de las dos de la tarde. Mostró la credencial de diputado al guardia de la entrada de Moneda. El invierno cristalino de la meseta recortaba la silueta eclesiástica del México viejo y grupos de estudiantes en época de exámenes bajaban por las calles de Argentina y Guatemala. Estacionó el automóvil en el patio. Subió en el ascensor de jaula. Recorrió los salones de palo-de-rosa y arañas luminosas y tomó asiento en la antesala. A su alrededor, las voces más bajas sólo se levantaban para pronunciar con unción las tres palabras:

- El Señor Presidente.

Carlos Fuentes (Mexicano nacido en Panamá, 1928-2012).

lunes, 21 de noviembre de 2022

Letras de la revolución: CARTUCHO, de Nellie Campobello

"Parecía que jugaban sobre sus caballos. Corrían por las plazas, iban a los cerros, gritaban y se reían."

ABELARDO PRIETO

(Fragmento inicial)

Las gargantas de los soldados, más que cantarlas, gritaban las palabras.

Abelardo Prieto, un joven de veinte años, nacido en la sierra, junto a Balleza, en el mero San Ignacio, pertene­ciente al Valle de Olivos, se había levantado en armas con Guillermo Baca. Fue en el Cerro de La Cruz, una maña­na de noviembre. Un puño de hombres, con el grito de la revolución y la bandera tricolor, quebraban el silencio del pueblo, mandando balazos a todas las rendijas donde es­taban los rurales. Parecía que jugaban sobre sus caballos. Corrían por las plazas, iban a los cerros, gritaban y se reían. Los que vieron el levantamiento cuentan que no parecía un levantamiento.

Don Guillermo Baca fue el primer jefe revolucionario del Norte. Protegía a los pobres de Parral. Se acuerdan de él con mucho cariño. Era comerciante, tenía conocimiento con todos los hombres de la sierra y con ellos formó su tropa.

La noche del 20 de noviembre se subieron al cerro, al otro día bajaron haciendo fuego y gritando vivas. Al bajar del cerro, les mataron al abanderado. Todos salieron rum­bo a la sierra. En Mesa de Sandías combatieron. Desapare­ció don Guillermo Baca. Su caballo apareció solo, la silla tenía manchas de sangre. Nadie lo encontró. Pasaron días y meses, nadie supo nada. En Parral lloraba la gente.

En una cueva hallaron los puros huesos de don Gui­llermo. El pueblo se paró frente a Palacio y allí lo velaron. Cuando lo fueron a enterrar, este Abelardo les gritó a todos que los Herrera eran los causantes de la muerte del jefe. Abelardo se fue a la sierra.

Nellie Campobello:
Nellie Ernestina Francisca Campobello Luna (México, 1900-1986).

domingo, 20 de noviembre de 2022

Letras de la revolución: TROPA VIEJA, de Francisco L. Urquizo


(Fragmento inicial del capítulo VIII)

El día 20 de noviembre estalló la bola formal. Ya desde el día 18 decían que había habido en Puebla una trifulca en que unos pronunciados maderistas, encabezados por un Aquiles Serdán, habían resistido a las fuerzas federales y a la policía matando a mucha gente. Sofocaron aquel motín, pero en Ciudad Guerrero, Chihuahua, y en Gómez Palacio, cerca de Torreón, salieron otros rebeldes atacando a los del gobierno al grito de “¡Viva Madero!”.

En el cuartel todo era barullo entre los jefes y los oficiales; caras pálidas y pláticas acaloradas leyendo los periódicos. Los de tropa nomás los veíamos y nos dábamos cuenta de que la cosa se ponía color de hormiga y pensábamos que se acercaba una zurra de golpes en los que seguramente iban a sobrar muchos chacós. El servicio de vigilancia se redobló y todos los superiores se pusieron más pesados de como ya lo eran.

Francisco Luis Urquizo (México, 1891-1969).

jueves, 17 de noviembre de 2022

La novela de la revolución mexicana


Existen definiciones académicas de lo que se pudiera considerar la denominada novela de la revolución mexicana, como la de Antonio Castro Leal que, en mi ciriterio, son taxativas. Rescato de ella el hecho de que "se ocupan de las acciones militares y populares", aunque no tanto del lapso en el que transcurren: "del 20 de noviembre de 1910 hasta el 21 de mayo de 1920, con la caída y muerte de Venustiano Carranza." Eso dejaría fuera de la clasificación a obras como La sombra del caudillo, de Martín Luis Guzmán o Los relámpagos de agosto, de Jorge Ibargüengoitia, ya que en ambos casos se trata de militares surgidos de la revolución dedicados a una actividad política posterior, aunque no exenta de rebeliones y ejecuciones. Lo que Martín Luis Guzmán llamaba: "la revolución hecha gobierno". Carlos Monsiváis, en cambio, es bastante más enfático en cuanto a su esencia al señalar la visión pesimista que impregna lo mismo Los de abajo, de Mariano Azuela, que La muerte de Artemio Cruz, de Carlos Fuentes.

No es el objetivo en este breve texto, una enumeración acuciosa de las novelas que se incluyen dentro de este tema, de manera arbitraria se pueden mencionar algunas de las más notables, como sería el caso de los relatos El compadre Mendoza, de Mauricio Magdaleno y Vámonos con Pancho Villa, de Rafael F. Muñoz, que resultaron ambas dos de las películas más significativas en la filmografía de Fernando de Fuentes. También sería posible elaborar una extensa lista de autores que incluiría a Francisco L. Urquizo, José Vasconcelos, José Rubén Romero, Gregorio López y Fuentes, o Nellie Campobello, entre otros. Sin pasar por alto la novela de Clifford Irving, escrita originalmente en inglés, Tom Mix y Pancho Villa.

Pero quisiera referirme, de manera muy breve, a tres novelas: El águila y la serpien- te, de Martín Luis Guzmán; Los relámpagos de agosto, de Jorge Ibargüengoitia; y Gringo viejo, de Carlos Fuentes.

Se encontraba Martín Luis Guzmán en su destierro en Madrid -tras haberse opuesto a la elección de Plutarco Elías Calles como presidente de la república, ya que decía que un "clan de asesinos" se había adueñado del poder-, escribiendo para El Debate, cuando inició en 1928 las entregas de Bajo la sombra de Pancho Villa (episodios de la revolución mexicana), a la manera de los folletines del siglo XIX, que al publicar ya en forma de libro quiso llamar A la hora de Pancho Villa, pero fue Vicente Blasco Ibáñez quien lo convenció de modificar el título por el de El águila y la serpiente, dividida en dos partes: Esperanzas revolucionarias y En la hora del triunfo, que reflejaban sobre todo sus propias vivencias en la lucha armada, al lado de Carranza y de Pancho Villa. La novela apareció al mismo tiempo que Obregón fue reelecto presidente, en 1928, y se dice que Calles la quiso prohibir. Por cierto, de acuerdo con Carlos Fuentes en La silla del águila: "Obregón, el vencedor de Pancho Villa, el brillante estratega político, asesinado en un banquete por un fanático religioso en el momento en que alargaba la mano pidiendo, - Más totopos..." (página 380).

Probablemente no existe otra novela sobre el tema que derroche tanto sentido del humor como lo hace Los relámpagos de agosto. Con una visión plena de ironía cuenta las memorias del ficticio general revolucionario José Guadalupe Arroyo. El origen de su título, por cierto, resulta muy simpático: contaba Ibargüengoitia, originario de Guanajuato, que en esa región del Bajío, los relámpagos siempre aparecen por el mismo punto cardinal, excepto durante el mes de agosto. De ahí que cuando alguien se desorienta dicen que "anda como los relámpagos de agosto, a lo pendejo". Y es que, según el autor, así es como andaban los revolucionarios, desorientados.

Gringo Viejo tiene el mérito de ser la primera novela mexicana en figurar en la lista de los diez libros más destacados del New York Times -para tener una idea, sólo otras dos novelas originalmente escritas en español han figurado en dicha lista en los últimos treinta años: La tía Julia y el escribidor, de Vargas Llosa, y El amor en los tiempos del cólera, de García Márquez-. Se inspira en la experiencia real del escritor Ambrose Bierce, desaparecido a finales de 1913, después de unirse a las tropas villistas. En una de sus cartas postreras, Bierce decía que: "Ser un gringo en México, ¡ah!, eso es eutanasia".

Nada más adecuado para concluir que unas palabras de Artemio Cruz -junto con Demetrio Macías-, uno de los personajes literarios más representativos de la revolución: "Y la guerra sin acabarse. Claro que éstas eran las últimas operaciones. Cruzó los brazos sobre el pecho y trató de respirar regularmente. Una vez que dominaran al ejército desbaratado de Pancho Villa, habría paz. Paz."

Jules Etienne

miércoles, 16 de noviembre de 2022

Noviembre: GUERRA Y PAZ, de León Tolstói

"... vio desfilar a los cosacos, al primer y segundo escuadrón de húsares, a los batallones de infantería, junto con la artillería..."

(Fragmento del capítulo VI de la primera parte)

El día l6 de noviembre de l805, al despuntar el alba, el escuadrón de Denisov, al cual pertenecía Nicolás Rostov y que formaba parte del destacamento del príncipe Bagration, dejó el campamento para marchar a la línea de fuego, como se decía. Se paró en medio de la carretera, a una versta de distancia aproximadamente de los otros escuadrones, que le precedían. Rostov vio desfilar a los cosacos, al primer y segundo escuadrón de húsares, a los batallones de infantería, junto con la artillería; vio luego pasar a caballo a los generales Bagration y Dolgorukov, ayudantes de campo. Todo el miedo que había pasado en el frente la otra vez, toda la lucha interior por dominarse, todos los sueños de distinguirse como húsar habían sido vanos. Su escuadrón quedaba en reserva y Nicolás Rostov pasó el día aburrido y adormilado.

A las nueve de la mañana oyó las descargas, los gritos de triunfo, vio heridos -no muchos- que eran retirados, y, por fin, a un centenar de cosacos que conducían a un destacamento entero de caballería francesa hecho prisionero. Evidentemente, la acción había terminado. No tuvo una gran importancia, pero resultó feliz para los rusos. Los soldados y los oficiales que volvían hablaban de una brillante victoria, de la toma de Vischau, de la captura de un escuadrón entero. Después de la ligera helada de la noche, el tiempo se había aclarado y el radiante brillo de aquel día de otoño coincidía con la nueva de la victoria, que confirmaban no solamente el relato de los que habían tomado parte en la acción, sino también la expresión alegre de las caras de todos los demás soldados, de los oficiales, de los generales, de los ayudantes de campo, que pasaban y volvían a pasar ante Rostov. Para Nicolás, la cosa era tanto más dolorosa cuanto que había sentido el miedo que precede a las batallas sin haber recogido luego ninguna de las alegrías del triunfo.

León Tolstói:
Lev Nikoláievich Tolstoi (Rusia, 1828-1910).

martes, 15 de noviembre de 2022

Noviembre: OTOÑO TARDÍO, de Tudor Arghezi

"... y la sangre de las viñas y los castaños flota sobre la superficie cobriza del agua."

En la soledad de noviembre,
y en cuanto alcanza la vista, el parque se hunde
envuelto en el sueño fúnebre
de los espejos humeantes.

Y es que entre los árboles, milenariamente enfermo,
oscuro en sus profundidades, se extiende un lago,
y la sangre de las viñas y los castaños
flota sobre la superficie cobriza del agua.

Por entre los árboles, mi tristeza mira el horizonte
como un cuadro que no entendiera:
¿Detiene el sendero en lo hondo la arboleda o la espera?
El silencio es el eco de las ramas peregrinas.

Hospital de la tristeza, del remordimiento,
donde lloras tu amor incumplido
y recuerdas, con nostalgia y sufrimiento,
su imagen jamás encontrada.

Algunos alerces se han reunido a lo lejos,
mientras el parque reza en un murmullo…
Se cierra el anochecer como un libro
y el alma queda en prenda entre sus hojas.
 
 
Tudor Arghezi (Rumania, 1880-1967).
 
(Traducido al español por Darie Novacèanu).

lunes, 14 de noviembre de 2022

Noviembre: EL CERROJO, de Guy de Maupassant

"... se retorcía, y agitaba pies y manos para cubrirse con una sábana, una cortina..."

(Fragmento)

Pues bien, lo que quiero contarles es mi primera mujer de tono, la primera mujer de tono que he seducido. Perdón, quiero decir que me ha seducido. Pues, al principio, somos nosotros quienes nos dejamos cazar, mientras que más tarde..., ocurre lo mismo. Era una amiga de mi madre, una mujer encantadora por lo demás. Esas mujeres, cuando son castas, lo son comúnmente por necedad, y cuando se enamoran, son furiosas. ¡Y nos acusan de corromperlas! ¡Ya,ya! Con ellas, es siempre el conejo el que comienza, y jamás el cazador. ¡Oh, sí, tienen aspecto de no tocarlo, lo sé, pero lo tocan; hacen de nosotros lo que quieren sin que lo parezca! Y luego ellas nos acusan de haberlas hecho unas perdidas, de haberlas deshonrado y envilecido, ¿qué sé yo? La mujer de quien les hablo, alimentaba sin duda unos deseos furiosos de hacerse envilecer por mí. Tendría unos treinta y cinco años; yo apenas contaba veinte. Pensaba en seducirla tanto como en hacerme trapense. Pero un día fui a visitarla, y me quedé mirando con asombro su vestido, un peinador extremadamente abierto, tan abierto como la puerta de una iglesia cuando tocan a misa; me cogió la mano, me la estrechó como suelen la estrecharlas ellas en esos momentos, y dando un suspiro medio desmayado, uno de esos suspiros que vienen de lo más hondo, me dijo: "¡Oh, no me mires así, hijo mío!" "Me puse más rojo que un tomate y me quedé más tímido que de costumbre, naturalmente. Sentí deseos de marcharme pero seguía reteniendo con fuerza mi mano. La colocó sobre su pecho, un bien desarrollado pecho, y dijo: "Mira. ¿sientes cómo late mi corazón?" Ciertamente, lo sentía latir y comenzaba a asirlo, pero no sabía cómo cogerlo, ni por dónde empezar. Después he cambiado. Como seguía con la mano apoyada en la redonda curvatura de su pecho, mientras con la otra sostenía mi sombrero. y como continuaba mirándola con una sonrisa confusa, necia y tímida, se levantó de repente y, con voz irritada, dijo: "¡Oh! ¿Pero qué hace usted, joven? ¡Es usted un indecente y un mal educado!" Retiré mi mano de inmediato, dejé de sonreír, balbucí unas excusas, me levanté y me fui con las orejas calientes y la cabeza trastornada. Pero ya me había atrapado. Soñaba con ella; me parecía encantadora, adorable, y me imaginaba que la quería, que la había amado siempre. ¡Y resolví ser atrevido, temerario incluso! Cuando la volví a ver, tuvo para mí una sonrisita de medio lado. ¡Cómo me trastornó esa sonrisita! Su apretón de mano fue largo y tenía una insistencia significativa. A partir de ese día le hacía la corte, al parecer. Por lo menos ella me afirmó después que la había seducido, cautivado, deshonrado con un extraño maquiavelismo, una habilidad consumada, una perseverancia de matemático y unas astucias de apache. Pero había algo que me molestaba sobre manera. ¿Dónde, en qué lugar iba a realizar mi triunfo? Yo vivía con mi familia, y a este respecto eran intransigentes. Yo no tenía la audacia de franquear la puerta de un hotel en pleno día con una mujer del brazo; y tampoco sabía a quién pedir consejo. Mas, en cierta ocasión, hablando conmigo en tono burlón, mi amiga me dijo que todo joven debía tener una habitación en la ciudad.

Nosotros vivíamos en París. Aquello fue un rayo de luz: me hice de una habitación, y fui a verla un día de noviembre. Pero esta visita que yo había querido diferir, porque no tenía fuego en la casa, me causó mucho trastorno. Y no tenía fuego porque la chimenea despedía humo; precisamente la víspera le había promovido un altercado a mi propietario, un antiguo comerciante, quien me había prometido ir él mismo con el fumista, antes de dos días, para examinar atentamente los trabajos que había que realizar. En cuanto ella entró en la habitación le manifesté: "No tengo fuego porque no sale bien el humo por la chimenea." Pareció no escucharme, y musitó: "No importa, yo tengo..." Y como me quedé sorprendido, se paró muy confusa; luego añadió: "Ya no sé ni lo que digo..., estoy loca..., pierdo la cabeza... ¡Qué estoy haciendo, señor! ¡Por qué he venido aquí, desdichada! ¡Oh, qué vergüenza!". Y se dejó caer sollozando en mis brazos. Creí en sus remordimientos y le juré que la respetaría. Entonces ella se desplomó en mis rodillas gimiendo: "¡Pero no ves que te amo, que me has conquistado, que estoy loca por ti!" En seguida juzgué que era oportuno comenzar a acariciarla. Pero se estremeció toda, se levantó y huyó hacia un armario pera esconderse, gritando: "¡Oh, no me mires, no, no! Me da vergüenza. Si al menos no me vieses, sí estuviésemos a la sombra, si fuese por la noche, los dos solos. ¿Te das cuentas? ¿Piensas en ello? ¡Qué sueño! ¡Oh, ese día!" Me lancé corriendo hacia la ventana, cerré las contraventanas, corrí las cortinas, colgué un abrigo sobre un hilillo de luz que pasaba entre ellas y, luego, con el corazón palpitando y las manos extendidas para no tropezar con las sillas, la busqué, la encontré. A tientas, abrazándonos y besándonos, llegamos al otro rincón, donde se encontraba la alcoba. No íbamos derechos, sin duda, pues primero dimos con la chimenea, luego con la cómoda y, al fin, con lo que buscábamos. Entonces olvidé todo en un éxtasis frenético. Fue una hora de locura, de arrebato, de alegría sobrehumana; después, nos invadió una deliciosa lasitud, y, abrazados, nos dormimos. Y tuve un sueño. Pero he aquí que, en mi sueño, creí oír que me llamaban, que gritaban socorro, y después recibí un golpe violento. ¡Abrí los ojos...! ¡Oh...! El sol poniente, rojo, magnífico, que entraba por completo a través de la ventana abierta, parecía mirarnos desde el confín del horizonte, iluminaba con un resplandor apoteósico la cama toda revuelta y en la que una mujer acostada gritaba desesperadamente, se debatía, se retorcía, y agitaba pies y manos para cubrirse con una sábana, una cortina, no importaba qué, en tanto que, el dueño, en el centro de la habitación acompañado del conserje y de un fumista negro como un diablo, nos contemplaba con unos ojos estúpidos. Me levanté furioso, dispuesto a saltarle al cuello, y grité: "¿Qué hace usted en mi casa, voto a...". El fumista, de quien se había apoderado una risa irresistible, dejó caer la placa de hierro laminado que llevaba en la mano. El conserje parecía que se había vuelto loco; y el propietario balbució: "Pero, señor, era..., era... que la chimenea..., la chimenea.. ." Le grité: "¡Lárguese, imbécil!" Entonces se quitó el sombrero con aire confuso y cortés, y, mientras iba retrocediendo, murmuró:"¡Perdón, señor, dispénseme usted, si hubiera sabido que le molestaba, no hubiese venido! El conserje me había dicho que usted había salido. Dispénseme." Y se fueron. Desde entonces, como comprenderán. no cierro jamás las ventanas pero echo siempre el cerrojo.

Guy de Maupassant (Francia, 1850-1893).

domingo, 13 de noviembre de 2022

NOVIEMBRE, de José Hierro


Frente a la playa desierta
oyendo caer la lluvia,
es como si hubiera vuelto  
a llorar sobre mi tumba.  
Baten las alas (las olas).  
Arden sus llamas de espuma.  
Aprisionan en sus dedos  
la plata que las alumbra.  
Todo está fuera del tiempo.  
Pasan las nubes oscuras.  
La arena, como una carne  
sin tiempo, llora desnuda.  
Los ojos ya no ven: sueñan.  
No atinan con lo que buscan.  
Las cosas están enfrente,  
mas tienen el alma muda.  
Se vertió el vino del ánfora  
celeste de la aventura.  
Ay alma, por qué volaste  
con alas que no eran tuyas.

José Hierro (España, 1922-2002).

La ilustración es una fotografía de Centerville Beach de Sally Dolfini.

sábado, 12 de noviembre de 2022

Noviembre: EL AMANTE DE BOLZANO, de Sándor Márai

"¡Tú, rubia y blanda! ¿Conoces estos dedos? (...) pero además sus yemas conocen tan bien la ternura, saben tocar con tanta ternura que gritarías de placer..."

(Fragmento del capítulo Despertar)

¡He estado en la prisión durante dieciséis meses, encerrado en nombre de la moral y de la decencia! ¿Sabéis lo que es eso? Dieciséis meses, cuatrocientos ochenta y ocho días con sus cuatrocientas ochenta y ocho noches encima de un jergón de paja, en medio del hedor de la miseria humana, víctima de los piojos y las pulgas, en compañía de las ratas, durante dieciséis meses, cuatrocientos ochenta y ocho días en la oscuridad, sin poder ver la luz del sol, sin tener ni siquiera una lámpara decente, como los topos, como las ratas, a solas con mi juventud, a solas con las intenciones y los deseos de un hombre, a solas con los recuerdos, con los recuerdos de la vida, los recuerdos de brillantes despertares y de dulces acostares, completamente a solas, expulsado del mundo en nombre de la moral y de la decencia, de las cuales soy enemigo... Por lo menos así me lo hizo saber el Messer Grande cuando me detuvo. Cuatrocientos ochenta y ocho días robados y arrancados de mi vida, cuatrocientas ochenta y ocho noches durante las cuales habría podido contemplar la luna y el mar en el puerto, el rostro de los hombres bajo las farolas, el rostro de las mujeres en el momento en que las luces se apagan y las caras sólo quedan iluminadas por el resplandor de los ojos de los amantes. -Estaba como borracho; hablaba muy alto, como alguien que hubiese estado callado durante demasiado tiempo-. ¿Por qué retroceden? -preguntó gritando y abriendo los brazos-. ¡Si yo estoy aquí! ¡Si ya he llegado! Tú, anciana, ¿por qué te escondes detrás de la puerta? Tú, vanidosa y tonta, la morena, ¿por qué no te acercas? ¡Mira mis manos, mira mis brazos, que han tenido entre ellos a tantas mujeres! ¿No querías verlos? ¡No tendrás miedo de estas manos!... Saben usar la espada y los naipes, pero también acariciar. ¡Tú, rubia y blanda! ¿Conoces estos dedos? Saben encontrar las picas y los tréboles hasta en la oscuridad, pero además sus yemas conocen también la ternura, saben tocar con tanta ternura que gritarías de placer, y hasta como abuela desdentada les contarías a tus nietos los recuerdos de los momentos en que estos dedos te acariciaron la nuca. ¡Damas de Bolzano! ¡Vayan a la ciudad y anunciad que he llegado, que estoy aquí, que ha empezado la función! ¡Ha llegado el caballero de las faldas, el consuelo de las damas, el médico de los corazones desengañados, el que conoce el arcano de los dolores de corazón, y el que sabe preparar las cocciones que hay que darles a los amantes lánguidos a la hora de comer para que por la noche estén otra vez vigorosos y divertidos en la cama! Cuenten que han conseguido irrumpir en mi habitación, que han visto con sus propios ojos que estoy aquí, que no me he atrofiado en la prisión, que mis brazos, mi corazón, mis hombros y todo lo demás, absolutamente todo, está en su sitio. ¡Damas! ¡Hagan correr buenas noticias sobre mí! Hablen a los hombres en los instantes de intimidad, cuando desatan sus cinturones y se despojan de sus faldas, cuenten que ha llegado Giacomo, el que había sido condenado a prisión, al infierno y a la oscuridad en nombre de la moral y la decencia, y que se ha vuelto totalmente decente y se ha corregido por completo, y que ahora suplica perdón, generosidad y protección. Pidan clemencia por mí, bellas damas, a los poderosos y a los decentes, a quienes nunca han cometido ningún error y se atreven a condenar a los culpables. ¡Porque yo soy culpable! Vayan a contar que Giacomo se ha arrepentido de sus pecados. Soy culpable porque lo sé todo sobre las mujeres y sobre los hombres, y porque tengo fama de apreciar la vida por encima de todo. Vayan a contar que he llegado.

Se acercó a la ventana y la abrió de par en par. La luz de noviembre, penetró en la habitación, llenándola con una luminosidad fría y abundante, como una cascada de los Alpes. Permaneció con los brazos abiertos, sujetando las hojas de la ventana, con la cabeza echada hacia atrás bajo la luz, dejando que la claridad le bañara el pálido rostro, recibiendo la caricia del sol con los ojos cerrados, sonriendo.

Sándor Márai (Húngaro nacionalizado estadounidense, 1900-1989).

viernes, 11 de noviembre de 2022

Noviembre: UNA NOCHE DE NOVIEMBRE, de Thomas Hardy

"Una de esas hojas tocó mi mano y pensé que eras tú..."

Percibí cuando cambió el clima,
Y los cristales comenzaron a estremecerse,
Y los vientos se levantaron y se extendieron,
Esa noche, acostado en duermevela.

Las hojas muertas entraron en mi habitación
y se posaron sobre mi cama,
y ​​un árbol declaró a la penumbra
su pena por haberlas derramado.

Una de esas hojas tocó mi mano,
Y pensé que eras tú
Allí estabas como solías estar,
¡Y diciendo que por fin lo sabías!

(I marked when the weather changed,
And the panes began to quake,
And the winds rose up and ranged,
That night, lying half-awake.

Dead leaves blew into my room,
And alighted upon my bed,
And a tree declared to the gloom
Its sorrow that they were shed.

One leaf of them touched my hand,
And I thought that it was you
There stood as you used to stand,
And saying at last you knew!)

Thomas Hardy (Inglaterra, 1840-1928).

(Traducido del inglés por Jules Etienne).

jueves, 10 de noviembre de 2022

Noviembre: EL ARPA Y LA SOMBRA, de Alejo Carpentier

"Con el creciente frío, aparecieron dos ballenas al paso del paralelo de Valdivia. El 10 de noviembre..."

(Fragmento del capítulo I: El arpa)

Se afirmó, en letras de molde, que el mantenimiento de su inoperante misión venía a costar 50,000 pesos al erario público. Se les calificó de espías de la Santa Alianza. Y, para colmo, se anunció, ya en firme, la secularización inminente del clero chileno, con la cual se nacionalizaría la iglesia de aquí, eximiéndosela de toda obediencia a Roma. Ante tales realidades, Muzi hizo saber al gobierno que regresaría inmediatamente a Italia, considerando que su confianza y buena voluntad habían sido defraudadas. Y, al cabo de nueve meses y medio de una vana actividad, el prelado, su joven auditor y Don Salustio, tomaron el camino de Valparaíso, que era entonces un destartalado villorrio de pescadores, situado en el regazo de un circo de montañas donde tanto se hablaba el inglés como el español, por haber allí prósperos almacenes británicos que comerciaban con las naves fondeadas tras de largas y difíciles navegaciones por el Pacífico meridional, y, sobre todo, con los esbeltos y veloces clippers norteamerica- nos, cada vez más numerosos y que, para pasmo de las gentes, ostentaban ya arboladuras de cuatro palos. Mastaï, algo afligido por el fracaso de la misión, conoció los estremecimientos telúricos de dos terremotos que, sin causarle daños, le hicieron padecer la indecible angustia de sentir perdida su estabilidad -como atolondrado el equilibrio de su cuerpo- admirándose ante la ecuanimidad de unos músicos ciegos que, durante los breves seísmos, no dejaron de tocar alegres danzas -más atentos a sus limosnas que a furias volcánicas- y en una fonda portuaria fue invitado a apreciar los gloriosos sabores del piure, el loco, el cocha-yuyo y el monumental centollo de la Tierra de Fuego. Y, por fin, se hicieron a la mar los eclesiásticos, a bordo del “Colom- bia”, velero de buena andana y sólido casco, acostumbrado a afrontar las furias oceánicas de la siempre ardua circunnavegación del cono sur de América. Con el creciente frío, aparecieron dos ballenas al paso del paralelo de Valdivia. El 10 de noviembre, se estaba en la latitud de la isla de Chiloé. Y, el 17, se prepararon los navegantes a arrostrar la temible prueba de pasar el Cabo de Hornos.

Alejo Carpentier
(Cubano nacido en Suiza y fallecido en Francia, 1904-1980).

miércoles, 9 de noviembre de 2022

Noviembre: LA MONTAÑA MÁGICA, de Thomas Mann

"Reinó un frío sereno, un esplendor invernal puro y tenaz en pleno noviembre..."

(Fragmento del capítulo Investigaciones)

Había cesado de nevar. El cielo aparecía, en parte, descubierto. Nubes de un gris azul, desgarradas, dejaban filtrar los rayos del sol, que coloreaban el paisaje. Luego el tiempo se hizo completamente despejado. Reinó un frío sereno, un esplendor invernal puro y tenaz en pleno noviembre, y el panorama a través de los arcos de la galería: las selvas empolvadas, los barracones llenos de nieve blanda, el valle blanco soleado bajo el cielo azul y resplandeciente, era magnífico. El brillo cristalino, el resplandor diamantino reinaban por todas partes. Muy blancas y muy negras, las selvas estaban inmóviles. En la noche, los parajes del cielo alejados de la luna se hallaban bordados de estrellas. Sombras agudas, precisas e intensas, que parecían más reales e importantes que los objetos mismos, caían de las casas, los árboles y los postes telegráficos sobre la llanura resplandeciente. Unas horas después de la puesta del sol, la temperatura descendía a siete u ocho grados bajo cero. El mundo parecía envuelto en una pureza helada, su suciedad natural aparecía oculta y hundida en el ensueño de una fantasía casi macabra.

Thomas Mann
(Alemán primero nacionalizado checoslovaco y más tarde estadounidense, 1875-1955).
Obtuvo el premio Nobel en 1929.

martes, 8 de noviembre de 2022

Noviembre: CAMINOS, de Antonio Machado

"Lejos, los montes duermen envueltos en la niebla, niebla de otoño..."

De la ciudad moruna
tras las murallas viejas,
yo contemplo la tarde silenciosa,
a solas con mi sombra y con mi pena.

El río va corriendo,
entre sombrías huertas
y grises olivares,
por los alegres campos de Baeza.

Tienen las vides pámpanos dorados
sobre las rojas cepas.
Guadalquivir, como un alfanje roto
y disperso, reluce y espejea.

Lejos, los montes duermen
envueltos en la niebla,
niebla de otoño, maternal; descansan
las rudas moles de su ser de piedra
en esta tibia tarde de noviembre,
tarde piadosa, cárdena y violeta.

El viento ha sacudido
los mustios olmos de la carretera,
levantando en rosados torbellinos
el polvo de la tierra.
La luna está subiendo
amoratada, jadeante y llena.

Los caminitos blancos
se cruzan y se alejan,
buscando los dispersos caseríos
del valle y de la sierra.
Caminos de los campos...
¡Ay, ya no puedo caminar con ella!

Antonio Machado (Español fallecido en Francia, 1875-1939).

lunes, 7 de noviembre de 2022

Noviembre: LOS MISERABLES, de Víctor Hugo

"7 de noviembre de 1823. Un presidiario que se hallaba trabajando con su cuadrilla bordo del Orión, al socorrer ayer a un marinero, cayó al mar y se ahogó."
 
(Fragmento del capítulo III, segundo libro, segunda parte:
La cadena de la argolla se rompe de un solo martillazo)

Socorrerle era correr un riesgo fatal. Ninguno de los marineros se atrevía a aventurarse. La multitud esperaba ver al desgraciado gaviero de un minuto a otro soltar la cuerda, y todo el mundo volvía la cabeza para no presenciar su muerte.

De pronto se vio a un hombre que trepaba por el aparejo con la agilidad de un tigre. Iba vestido de rojo, era un presidiario; llevaba un gorro verde, señal de condenado a cadena perpetua. Al llegar a la altura de la gavia, un golpe de viento le llevó el gorro, y dejó ver una cabeza enteramente blanca.

El individuo, perteneciente a un grupo de presidiarios empleados a bordo, había corrido en el primer instante a pedir al oficial permiso para arriesgar su vida por salvar al gaviero. A un signo afirmativo del oficial, rompió de un martillazo la cadena sujeta a la argolla de su pie, tomó luego una cuerda, y se lanzó a los obenques. Nadie notó en aquel instante la facilidad con que rompió la cadena.

En un abrir y cerrar de ojos estuvo en la verga; llegó a la punta, ató a ella un cabo de la cuerda que llevaba, y dejó suelto el otro cabo; después empezó a bajar deslizán- dose por esta cuerda y se acercó al marinero. Entonces hubo una doble angustia; en vez de un hombre suspendido sobre el abismo había dos.

Pero el presidiario logró atar al gaviero sólidamente con la cuerda a que se sujetaba con una mano. Subió sobre la verga, y tiró del marinero hasta que lo tuvo también en ella; después lo cogió en sus brazos y lo llevó a la gavia, donde le dejó en manos de sus camaradas. Se preparó entonces para bajar inmediatamente a unirse a la cuadrilla a que pertenecía. Para llegar más pronto, se dejó resbalar y echó a correr por una entena baja. Todas las miradas lo seguían. Por un momento se tuvo miedo; sea que estuviese cansado, sea que se mareara, lo cierto es que se le vio tambalear. De pronto la muchedumbre lanzó un grito; el presidiario acababa de caer al mar.

La caída era peligrosa. La fragata Algeciras estaba anclada junto al Orión, y el pobre presidiario había caído entre los dos buques. Era muy de temer que hubiera ido a parar debajo del uno o del otro. Cuatro hombres se lanzaron en una embarcación. La muchedumbre los animaba, y la ansiedad había vuelto a aparecer en todos los semblantes. El hombre no subió a la superficie. Había desaparecido en el mar sin dejar una huella. Se sondeó, y hasta se buscó en el fondo. Todo fue en vano; no se halló ni siquiera el cadáver.

Al día siguiente, el diario de Tolón imprimía estas líneas: "7 de noviembre de 1823. Un presidiario que se hallaba trabajando con su cuadrilla a bordo del Orión, al socorrer ayer a un marinero, cayó al mar y se ahogó. Su cadáver no ha podido ser hallado. Se cree que habrá quedado enganchado en las estacas de la punta del arsenal. Este hombre estaba inscrito en el registro con el número 9,430, y se llamaba Jean Valjean".

Víctor Hugo (Francia, 1802-1885).

domingo, 6 de noviembre de 2022

Noviembre: 6 DE NOVIEMBRE DE 1928, de Cesare Pavese


Luces mudas enjoyan la noche
los collares, en las avenidas, de las farolas.

La larga soledad agotadora
del día vil entre las casas altísimas
se enciende otra vez en toda mi sangre
y se me sube a los ojos hasta el cielo.
Luces blancas, en las avenidas de vértigo,
serpentean distantes y sin un sonido,
sin un ser vivo.
Estoy solo en medio del universo
de todas estas luces.
De cada parte se me abren en las avenidas
los polvos azulados.
Los recuerdos vilísimos
se callan por un momento.
Y el cielo es deslumbrado, desaparecido.

Mañana, bajo el suicidio del sol,
recomenzará la vida solitaria.

(Luci mute ingioiellano la notte
le collane, nei viali, dei lampioni.

La lunga macerante solitudine
del giorno vile tra le case altissime
si riaccende di tutto il mio sangue
e mi sʼaderge agli occhi fino al cielo.
Luci bianche, nei viali di vertigine,
si snodano lontano e senza un suono,
senza un essere vivo.
Io sono solo in mezzo allʼuniverso
di tutte queste luci.
Da ogni parte mi sʼaprono nei viali
le polveri azzurrine.
I ricordi vilissimi
tacciono per un attimo.
Ed il cielo è abbagliato, scomparso.

Domani, sotto il suicidio del sole,
riprenderà la vita solitaria.)

Cesare Pavese (Italia, 1908-1950).

(Traducido del italiano por Mariarosa Masoero).

viernes, 4 de noviembre de 2022

Noviembre: LA VUELTA AL MUNDO EN OCHENTA DÍAS, de Jules Verne

"Durante los días 3 y 4 de noviembre fue aquello una especie de tempestad. La borrasca batió el mar con vehemencia."

(Fragmento inicial del capítulo XVIII)

Durante los primeros días de la travesía, el tiempo fue bastante malo. El viento arreció mucho. Fijándose en el Noroeste, contrarió la marcha del vapor, y el "Rangoon", demasiado inestable cabeceó considerablemente, adquiriendo los pasajeros el derecho de guardar rencor a esas anchurosas oleadas que el viento levantaba sobre la superficie del mar.

Durante los días 3 y 4 de noviembre fue aquello una especie de tempestad. La borrasca batió el mar con vehemencia. El "Rangoon" debió estarse a la capa durante media jornada, manteniéndose con diez vueltas de hélice nada más, y tomando de sesgo a las olas. Todas las velas estaban arriadas, y aun sobraban todos los aparejos que silbaban en medio de las ráfagas.La velocidad del vapor, como es fácil concebirlo, quedó notablemente rebajada, y se pudo calcular que la llegada a Hong-Kong llevaría veinte horas de atraso y quizá más si la tempestad no cesaba.

Phileas Fogg asistía a aquel espectáculo de un mar furioso que parecía luchar directamente contra él, sin perder su habitual impasibilidad. Su frente no se nubló ni un instante, y sin embargo, una tardanza de veinte horas podía comprometer su viaje, haciéndole perder la salida del vapor de Yokohama. Pero ese hombre sin nervios no experimentaba ni impaciencia ni aburrimiento. Hasta parecía que la tempestad estaba en su programa y estaba prevista. Mistress Aouda que habló de este contratiempo con su compañero, lo encontró tan sereno como antes.

Fix no veía las cosas del mismo modo. Antes al contrario. La tempestad le agradaba. Su satisfacción no hubiera tenido límites si el "Rangoon" se llegase a ver obligado a huir ante la tormenta. Todas estas tardanzas le cuadraban bien, porque pondrían a mister Fogg en la precisión de permanecer algunos días en Hong-Kong. Por último, el cielo, con sus ráfagas y borrascas, estaba a su favor. Se encontraba algo indispuesto; ¡pero qué importa! No hacía caso de sus náuseas, y cuando su cuerpo se retorcía por el mareo, su ánimo se ensanchaba con satisfacción inmensa.

En cuanto a Picaporte, bien se puede presumir a que cólera se entregaría durante ese tiempo de prueba. ¡Hasta entonces todo había marchado bien! La tierra y el agua parecían haber estado a disposición de su amo. Vapores y ferrocarriles, todo le obedecía. El viento y el vapor se habían concertado para favorecer su viaje. ¿Había llegado la hora de los desengaños? Picaporte, como si debieran salir de su bolsillo, no vivía las veinte mil libras de la apuesta ya. Aquella tempestad lo exasperaba, la ráfaga lo enfurecía, y de buen grado hubiera azotado a aquel mar tan desobediente. ¡Pobre mozo! Fix le ocultó cuidadosamente su satisfacción personal, e hizo bien, porque, si Picaporte hubiera adivinado la alegría secreta de Fix, éste lo hubiera pasado mal.

Picaporte, durante toda la duración de la borrasca, permaneció sobre el puente del "Rangoon". No hubiera podido estarse abajo. Se encaramaba a la arboladura y ayudaba las maniobras con la ligereza de un mono, asombrando a todos. Dirigía preguntas al capitán, a los oficiales, a los marineros, que no podían menos de reírse al verle tan desconcertado. Picaporte quería a toda costa saber cuánto duraría la tempestad, y le designaban el barómetro que no se decidía a subir. Picaporte sacudía el barómetro, pero nada obtenía, ni aun con las injurias que prodigaba al irresponsa- ble instrumento.

Por fin la tempestad se apaciguó; el estado del mar se modificó en la jornada del 4 de noviembre. El viento volvió dos cuartos al Sur y se tornó favorable.


Jules Verne (Francia, 1828-1905).

jueves, 3 de noviembre de 2022

Día de los muertos: TODA LA BELLEZA DEL MUNDO, de Jaroslav Seifert

"De niño, cuando veía un crisantemo, no sé por qué, sentía ganas de llorar."

Cuatro paradas en la tumba de un poeta

III

Cuando Hrubín hubo cumplido sesenta años, la editorial Albatros celebró en la sala de conferencias de su palacio un homenaje al poeta. Era a mediados de septiembre y estaba lleno. Mucha gente quería estrecharle la mano.

Al final Hrubín se liberó de la muchedumbre y, un poco cansado, vino a sentarse a mi mesa. De esta forma tuvimos un momento, durante la celebración, para recordar otra cosa: los cuarenta años de nuestra amistad. Cuarenta años bajo su cielo azul, sin ninguna nube. Un poco ceremoniosamente, como no lo acostumbrábamos a hacer nunca, brindé a la salud de Hrubín. ¡Cómo podía sospechar que aquellas serían las últimas gotas de vino que beberíamos juntos!

Hemos bebido mucho vino durante esos largos cuarenta años. Dulce y áspero, caprichoso y lleno de tribulaciones, amargo y turbio, tal como eran nuestros caminos a través de la vida checa y las dos guerras.

¡Cómo podía sospechar que estábamos sentados allí por última vez! Pero sí que podía. Tenía que haberle mirado mejor a la cara. Cuando después de su muerte me enviaron a la editorial las fotos de Hrubín y una de ellas era la de la mesa donde estuvimos sentados juntos, me espanté al ver su rostro. Parecía ya tres veces besado por la muerte. En la foto, Hrubín miraba a alguna parte indefinida. Pero no, miraba como detrás de la vida. Y como desde dentro de su rostro, mal cubierto por una piel grisácea y transparente, me miraba otra cara, esa cara tan conocida de la decadencia humana, la sonriente calavera.

En septiembre, los días de sol están endulzados por las manzanas que maduran. Septiembre es tan bello como mayo. Pero noviembre se pone agrio de putrefacción y la mesa está vacía.

El día de la fiesta de los muertos, la primera después del fallecimiento del poeta, su sepulcro estaba cubierto de velas. En medio de ellas había un florero con un ramo de crisantemos.

De niño, cuando veía un crisantemo, no sé por qué, sentía ganas de llorar.

Jaroslav Seifert (República checa, 1901-1986).
Obtuvo el premio Nobel en 1984).