Vancouver: luz de agosto en la bahía. (Fotografía de Jules Etienne).
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jueves, 18 de mayo de 2023

Tampico: APUNTES DE UN LUGAREÑO, de José Rubén Romero

"... el dogo inglés rasca las tierras de Tampico y se baña en los tanques de petróleo."

(
Fragmento de Senda tortuosa, capítulo IV)

Nuestra tierra es una res desbarrancada, rica en despojos para los cuervos de otras nacionalidades. Y graznan si no obtienen lugar en el festín.

Intriga y medra el francés, a lo Fouché; aconseja Bismarck por boca del teutón; el italiano primero nos canta y después nos increpa; repantigado en su sillón, el yanqui nos lee la Cartilla de Monroe y extiende las piernas sobre nosotros, como si estuviese cómodamente sentado en su escritorio; el español cobra aún sus lecciones de castellano, a millones de pesetas la hora; el dogo inglés, rasca las tierras de Tampico y se baña en los tanques de petróleo; el turco, de un día para otro trasplanta a nuestras calles el zoco bullanguero de Bagdad. Y nosotros, entre tanto, ciegos y absurdos, seguimos cambiando el oro de los más ricos filones mexicanos, por las cuentas de vidrio que ciñen las gargantas de nuestras mestizas.

José Rubén Romero (México, 1890-1952).

sábado, 26 de noviembre de 2022

Letras de la revolución: MI CABALLO, MI PERRO Y MI RIFLE, de José Rubén Romero

"Mi rifle no se contentaba con herir o matar: insultaba iracundo..."

COMO UN BLASÓN

(Fragmento)

Como por encanto salieron las carabinas y los primeros tiros rasgaron el aire.

¡Viva la revolución! ¡Mueran los asesinos de Ma­dero!

Mientras las maringuías nos despojábamos de nuestras vestimentas, los compañeros se agruparon en el portal, decididos a arremeter a cuantos se les enfrentaran. Los dependientes de la tienda quedá­ronse inmóviles, paralizados por el susto, y al grito de ¡Viva la revolución!, la multitud que invadía la plaza se desgranó como una mazorca, dejando tal reguero de cascarones apachurrados, de frutas y de confeti, que aquello parecía un patio de vecindad, después de romperse la piñata.

Diez, en total, éramos aquellos chiflados que aco­metíamos la locura de caer en la propia madriguera de. sesenta pelones, armados hasta los dientes y provistos de una ametralladora que nos podía hilva­nar a tiros, como una máquina de coser, a los diez juntos; pero éramos diez voluntarios entusiastas, exaltados por las ideas de la Revolución, dispuestos, a morir en la raya, y no sesenta cuerdeados, tibios instrumen- tos de un gobierno de criminales, sin convicción y sin bandera.

Sin convicción y sin bandera, pero, repuestos de la sorpresa, comenzaron a aparecer por las bocaca­lles y a disparar duro y macizo, no precisamente con cascarones. Una bala dio sobre mi cabeza y el vidrio de un aparador saltó hecho añicos; otra vino a paralizar el brazo de uno de los guitarristas, el más distinguido en su breve carrera musical. Un certero disparo tocó el corazón a uno de los nues­tros, deshojándolo como si fuera una rosa.

También nuestros proyectiles abrieron en las car­nes enemigas grifos de sangre y de dolor. Mi rifle no se contentaba con herir, o matar: insultaba ira­cundo y sus estampi- dos parecían fuertes blasfemias que rebotaban en los progenitores de cada pelón.

Pero las carrilleras fueron quedando vacías.

- Hay que subir por la parroquia, antes de que nos corten las retirada -aconsejé a mis compañeros.

Al doblar una esquina vimos a un hombre, único en la calle desierta, que bajaba dando traspiés y blandiendo en el aire un garrote. Mi perro al verlo, corrió a él, agitando alegremente la cola. Aquel hombre era don Ignacio, el ciego, que salía fatalmente al encuen­tro de los tiros federales. Todos le gritamos a la desesperada:

- ¡Tírese al suelo!

José Rubén Romero (México, 1890-1952).

sábado, 3 de junio de 2017

Carnaval: MI CABALLO, MI PERRO Y MI RIFLE, de José Rubén Romero

"Un indio de Opopeo encargó se de conseguir vestidos de mujer y máscaras pintarrajeadas para disfrazarnos..."

Como un blasón
 
(Fragmento)

- Mi Coronel, ¿nos deja ir a Ajuno, a cortar la vía?
 
- No, porque el General dice que eso de asaltar trenes es de bandidos y no de revolucionarios.
 
- Entonces, ¿vamos a Jesús del Monte a quitar el agua a los de Morelia?
 
- Somos pocos...
 
- Ese es el chiste, jefe. Si no se hace algo 'hora que andamos bien parqueados, acabarán por decir que tenemos miedo.
 
- ¿Miedo yo? -repuso Aurelio, pelando tamaños ojos y abriendo de par en par el portón de su boca, para lucir los dientes orificados. Me juego la vida con cualquiera a que entro en un pueblo hasta la mera plaza y los jinco un susto  a los pelones.
 
- ¿En un pueblo que tenga guarnición?
 
- En Ario, pongo por caso.
 
- ¿Y cómo?
 
- Ya les diré cómo, a los que quieran acompañarme.
 
Días después Aurelio nos llamó para confiamos su secreto. El plan era bien sencillo: había que preparar un  torito de petate, y unos tocando guitarras, otros los violines y otros disfrazados de maringuías, caer en Ario como una de tantas comparsas en los festejos del Carnaval, ya muy cercano. Aurelio iría metido dentro del animal y llevaría las armas escondidas en la panza del torito. Un indio de Opopeo encargó se de conseguir vestidos de mujer y máscaras pintarrajeadas para disfrazarnos; otro agente secreto compró en Paracho dos guitarras y otros tantos violines. Pero había que ensayar el son que se toca en estos pasos y don Ignacio nos pudo comprobar, por la pericia con que sacó la tonada, que ya era un ciego definitivo. El sirvió de maestro a los músicos improvisados que, a decir verdad, aprendieron muy pronto los compases precisos para dar cima a aquella empresa, harto arriesgada por cierto.
 
Don Ignacio estaba en sus glorias a la hora de los ensayos, y nosotros parecíamos una banda de chiquillos traviesos que preparan una diablura. Las cananas, bien surtidas de parque, habían hecho que los espíritus recobraran su brío.
 
Para músicos se eligieron a individuos de rumbos distantes, a fin de que no los conocieran al andar por las calles del pueblo con las caras descubiertas, y el papel de maringuías lo aceptamos Nazario y yo, con otros dos mocetones valerosos y fornidos.
 
- No te pongas tanta 'nagua que a la hora de los cocolazos te estobarán hasta para correr -decíame Aurelio, quien hacía veces de director de escena. Y tú, Nazario, quítate la pistola del cuadril, que parece que trais polizón.
 
- Yo voy con ustedes -dijo resueltamente don Ignacio.
 
- Quédese, viejo: mire que nos estorbará.
 
- Déjenme ir siquiera hasta la orilla del pueblo. Me quedaré con los otros cuidando los caballos.
 
Nos emperifollamos con miles de desfiguros: faldas rojas, amarillas, llenas de holanes y de cintas; blusas de color solferino, con la pechuga abullonada para dar cabido a aquello que el hombre coge en la lactancia y viene a abandonar en la vejez. Nos rellenamos con las carrilleras para fingir morbideces que no existían...
 
Descendimos de la sierra y en un lugar espeso, que llaman El Pinalito, se organizó la mascarada. Aurelio revelóse allí como un buen capitán y como un férreo atleta, pues además de no olvidar detalle y de hacernos oportunas recomendaciones, cargó con nuestros rifles acomodados dentro de la barriga del toro, sin que denotara torpeza alguna en los movimientos que hacía para embestirnos.
 
- De aquí no pasa usted -dijo Aurelio a don Ignacio-, y ustedes a bailar y a cantar hasta que estemos en la plaza.
 
Con el barullo y la emoción, el pobre don Ignacio parecía más nervioso que otras veces.
 
Era el martes de Carnaval y, por seguir los pasos de  nuestra comparsa, la tarde se revistió también con todos sus colorines.
 
Bajamos, tocando un son, por la calzada de Canitzio, bordeada de árboles añosos que, al desplegar su ramaje, parecían abanicos gigantescos.

¡Upa!, tonto, ¿quién le torea?
Doña Juanita con su zalea...
 
Precedíanos mi perro, saltando alegremente. Mi perro, que ya había conquistado dos timbres entre los hombres de la Revolución: su cariño y un nombre, Centinela, porque velaba con amor nuestro sueño, y con sus ladridos, nos daba siempre el toque de alerta. De los tendajones salían las gentes para vernos pasar, y los chiquillos nos rodeaban brincando y palmoteando con regocijo.
 
¡Epa!, tonto, ¿quién te agasaja?
Doña Chepita con su sonaja...
 
Dos soldados, a medios chiles, se detuvieron en una esquina y, con señales indecorosas y groseras palabras, comenzaron a azuzar al toro: ora, ca... bresto, ensarta una puta de esas.
 
Al oírlo. Aurelio echósele encima y nosotros creímos por un momento que allí terminaba la farsa, pero contentóse con ponerles los cuernos en la barriga, simulando un fiero derrote.
 
En la Plazuela de Jesús María hubimos de detener-
nos para bailar el son y cantarlo:
 
¡Alza, tonto color de canela
sube a la canta y apaga la vela!
 
Pasamos frente a la cárcel. Los presos, apiñados detrás de las rejas, reían al vernos brincar y sacudir en los cuernos del toro las rojas frazadas, desteñidas por la lluvia y el polvo de todos los caminos.
 
  José Rubén Romero (México, 1890-1952).  

sábado, 13 de mayo de 2017

Carnaval: CADÁVERES SIN DISFRAZ


"... se presenta un asesinato ocurrido en el carnaval de Huejotzingo..."
 
«Van a asesinarme.» Besos, besos, a través del cartón humedecido. Labios fríos -sin vida, deduce ella-. No se entregará, si de esto se trata. Pierde el gorro de almirante, su novio no regresa con las copas. Se sofoca, la ahogan. Y comprende que su vida está en peligro.” En su relato La semana escarlata, que forma parte del volumen de cuentos fantásticos Tapioca Inn, mansión para fantasmas, publicado en 1952, Francisco Tario ubica la muerte de una joven de nombre Laura, en un baile de carnaval, como otro más de los crímenes cometidos por un asesino en serie, cuya búsqueda atormenta al detective Galisteo.
 
Mas he aquí que en el curso del duodécimo día que siguió a la Semana Escarlata, el cartero llamó violentamente a la puerta de la oficina de Galisteo. Un agente recibió el mensaje y lo trasladó sin demora a su jefe. Sobre una pesada mesa roble, rodeado de innumerables papeles, Galisteo examinaba lo que en términos penales se denomina el cuerpo del delito: la trágica máscara gris del suceso de Carnestolendas. Galisteo apartó su vista de las dos cuencas vacías que lo miraban y sostuvo entre sus dedos el sobre, en el cual aparecía una breve caligrafía femenina. Dudó, hizo señas a alguien de que se retirara y se dispuso a leer. Concluido el primer renglón, se detuvo. En seguida, se puso en pie. Aproximó la carta a la luz amarilla, tornó a sentarse echando atrás su cuerpo y se limpió el sudor de la frente.
 
Nunca se especifica el lugar preciso en que esto acontece y el autor describe su escenario urbano:
 
La Semana Escarlata implicaba, pues, de hecho algo especialmente importante que expresaba a maravilla el terror e incertidumbre en que vivía la ciudad por aquellos días. Incluso, en el extranjero llamaría la atención el asunto. Y eso estaba bien, desde luego. Como que aligeraba la angustia, exhibiendo abierta la herida por donde una ciudad de noventa mil habitantes respiraba ahogadamente, con los dedos helados de frío.
 
A esa misma época pertenece también La muerte se divierte, de María Luisa Bermúdez, que es descrito por Jorge Palafox Cabrera en Letras asesinas: Historia de la literatura policial mexicana (1930-1960):
 
"La siempre defensora del policial clásico, critica y teórica del género en México, María Elvira Bermúdez, es quizá, quien mayor espacio tuvo en otros medios, no solo con sus textos serios (que no eran más que relatos de carácter fantástico, dramas románticos o judiciales en que se maneja un poco la psicología del protagonista, así como una notoria critica al sistema judicial que muchas veces no es tan justo o imparcial como se quiere mostrar), sino con sus narraciones policiales. De esa manera encontramos que en la Revista Mexicana de Cultura (suplemento dominical de El Nacional) del 4 de febrero de 1951 publicó el cuento La muerte se divierte. Narración que se desarrolla en el Puerto de Veracruz, en tiempo de carnaval y nos muestra como Teodoro Escobedo planea y ejecuta (al menos así cree durante todo el relato) el asesinato de su primo Alejandro, todo ello encubierto por los disfraces de carnaval, el gentío y una coartada que parecía perfecta. Sin embargo, poco después ve a su primo con vida y al enfrentarlo, Alejandro le demuestra el error que cometió, pues asesinó a otra persona, dejándole como única salida, el entregarse a la policía.”
 
En 2006 apareció Quizá otros labios, novela de Juan Hernández Luna, a la que se refiere  Manuel Rodríguez Lozano en su ensayo Huellas del relato policial en México:
 
El modo en que abre Quizá otros labios, parece un guiño a las novelas de Raymond Chandler o James Ellroy, por citar dos referencias importantes del desarrollo del policial duro en Estados Unidos, que ubican su obra en Los Ángeles, ya que en la primera página se describen los hechos en «Los Ángeles 1955», y se hace presente la figura de James Dean. En el siguiente capítulo, y ya en el presente, se presenta un asesinato ocurrido en el carnaval de Huejotzingo, mientras el protagonista Enrique Mejía «alias el Cuervo», chofer de un taxi, medita sobre su vida y su separación de Eloísa. Todo ello en Puebla. Estos dos momentos se convierten en el pivote desde el cual la narración toma un impulso con acciones más ad hoc al tipo de texto propuesto. Las persecuciones por la ciudad de Puebla, la aparición de figuras del circo –unos enanos, un payaso, etcétera–, la presencia de personajes femeninos inmersos en la pasión, son medios que logran un mosaico social en el que sobresalen héroes como Enrique Mejía que resuelven el caso.”
 
Aunque ni en Balas de plata, publicada en 2008, de Élmer Mendoza ni en Decir adiós es morir un poco, de mi autoría, se comete un crimen en pleno carnaval, incluyo su referencia porque ambas pertenecen al género de la novela negra y se menciona al carnaval. El siguiente diálogo tiene lugar en la primera:
 
Mendieta caminó hacia el interior, Robles, un joven policía, cubría de momento la recepción. ¿Llegó Ortega? No, señor, la que está es su acople, qué linda, ¿no? ¿Votarías por ella para reina del carnaval de Mazatlán? Hasta recolecto dinero si quiere, sonrieron.”
 
En tanto que en Decir adiós es morir un poco el personaje de Diana ha tenido que huir de la ciudad de México y llama al protagonista, Felipe Mar Law, desde Mazatlán, “Sugiere que la visites durante el carnaval, aunque sea para pasar esos días juntos” y eso le remite al recuerdo de su infancia en Tampico: “En tu tierra también se festeja el carnaval. Cuando eras pequeño tus padres te llevaban a ver los carros alegóricos y las comparsas”.
 
Y para cerrar esta breve antología de narraciones que refieren algún crimen durante el festejo del carnaval en diferentes lugares de México, me permitiré una breve alusión a Mi caballo, mi perro y mi rifle, de José Rubén Romero, ya que aun cuando es ajena al género que nos ocupa y se inscribe en la llamada literatura de la revolución, sus personajes elaboran un plan bien sencillo: había que preparar un  torito de petate, y unos tocando guitarras, otros los violines y otros disfrazados de maringuías, caer en Ario como una de tantas comparsas en los festejos del Carnaval”, cuando: “Era el martes de Carnaval y, por seguir los pasos de  nuestra comparsa, la tarde se revistió también con todos sus colorines”. Ignacio, quien se ha quedado ciego, se encamina a una muerte inevitable en el enfrentamiento con los federales.
 
Los tiros agujereaban el traje blanco de las paredes, silbando a nuestro rededor, con su trágica sirenita. Don Ignacio descendía con lentitud, la cabeza descubierta, los ojos inmóviles, como los de las esculturas, y un grito quebrado y ronco en la boca:
 
- ¡Abajo los ricos! ¡Vivan los pobres, los po...!
 
De pronto se detuvo, abrió los brazos y cayó de espaldas sobre las piedras de la calle.
 
Estos han sido, entonces, unos cuantos muertos en los carnavales de Veracruz, Mazatlán, Huejotzingo y Ario de Rosales, en el estado de Michoacán. De tal manera que no sólo se entierra al mal humor en esas fechas.
 

Jules Etienne