Vancouver: luz de agosto en la bahía. (Fotografía de Jules Etienne).
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jueves, 23 de marzo de 2023

Conejos: MOBY DICK, de Herman Melville

"¿... un cetáceo vea el mundo por un ojo diminuto y oiga el trueno por un oído más pequeño que el de una liebre?"

(
Fragmento del capítulo LXXIV: La cabeza del cachalote, vista contrastada)

Será un antojo caprichoso, pero siempre me ha parecido que las extraordinarias vacilaciones de movimiento mostradas por ciertos cetáceos al ser atacados por tres o cuatro lanchas, y la timidez y la propensión a extraños espantos, tan comunes en tales animales, todo ello, a mi juicio, procede de la inevitable perplejidad de volición en que deben situarles sus potencias separadas y diametralmente opuestas. Pero el oído del cetáceo es por completo tan curioso como el ojo. Si no se ha tenido el menor trato con su especie, se podrían seguir rastros en esas cabezas durante horas y horas sin descubrir jamás tal órgano. El oído no tiene pabellón externo en absoluto, y en el propio agujero apenas sería posible introducir una pluma de ave, de tan menudo como es. Está asentado un poco detrás del ojo. Respecto a sus oídos, se ha de observar esta importante diferencia entre el cachalote y la ballena franca: mientras el oído de aquél tiene una abertura externa, el de ésta queda recubierto por completo y de modo parejo por una membrana, de modo que desde fuera es del todo inobser- vable.

¿No es curioso que un ser enorme como lo es un cetáceo vea el mundo por un ojo diminuto y oiga el trueno por un oído que es más pequeño que el de una liebre? Pero si sus ojos fueran tan anchos como las lentes del gran telescopio de Herschel, y sus oídos fueran tan capaces como los atrios de las catedrales ¿tendría por ello más capacidad de visión o sería más agudo de oído? De ningún modo. Entonces ¿por qué tratar de «ensanchar» la mente? Es mejor perfeccionarla.

Herman Melville (Estados Unidos, 1819-1891).

sábado, 7 de agosto de 2021

Venecia: Entre Moby Dick y los poemas de Herman Melville

"Cuando Venecia se eleva en arrecifes de palacios."

Es bien sabido que Herman Melville pasó buena parte de su vida, desde muy joven, como marinero. Y ese espíritu errante fascinado por el mar, por supuesto que habría de verse reflejado en su obra. De manera que las menciones a Venecia resultan inevitables, aunque sólo sea como figura literaria, como es el caso de la siguiente analogía que aparece al principio de su novela Benito Cereno:

"Maltrecho y enmohecido, el almenado castillo de proa parecía un antiguo torreón, tomado por asalto en el pasado y más tarde abandonado. Hacia la popa, dos galerías laterales elevadas, las balaustradas cubiertas aquí y allá de musgo marino seco como yesca, abriéndose desde la desocupada cabina de mando, cuyas claraboyas, a causa del clima templado se hallaban herméticamente cerradas y calafateadas; estos balcones sin inquilino colgaban por encima del mar como si fuera el Gran Canal de Venecia."

Sin embargo, las referencias que llaman la atención son aquellas que se relacionan entre sí a pesar de tratarse de dos géneros distintos: poesía y narrativa. En su obra más conocida, Moby Dick, en el capítulo que lleva por título La historia del Town-Ho (según se contó en la Posada de Oro), aparece una referencia a Venecia.

"- Un momento, ¡perdón! -dijo otro del grupo-. En nombre de todos nosotros los limeños, deseo expresarle, señor marinero, que no hemos pasado por alto de ningún modo su delicadeza al no haber puesto la presente Lima en lugar de la lejana Venecia en vuestra corrupta comparación. ¡Ah! No se incline ni parezca sorprendido: ya conoce el proverbio que se repite por toda esta costa: "corrompidos como Lima". No hace sino confirmar lo que usted dice, también: la iglesias son más abundantes que las mesas de billar, y siempre abiertas... y "corrompido como Lima". Así también Venecia; yo he estado allí; ¡la sagrada ciudad del santo Evangelio, San Marcos!... ¡Santo Domingo, púrgala! ¡Deme su vaso! Gracias; lo volvemos a llenar; ahora, que nos escancien otra vez."

Lo que sin duda resulta familiar con algunas estrofas del segundo poema de Fruto del viaje hace largo tiempo, que da principio estableciendo:

Un desmayo del mediodía, un trance de marea,
La silenciosa siesta meditabunda
Como calma lejos del Perú (...)

Prosigue poco más adelante:

Un impulso lánguido del remo
Plegado por mi indolente gondolero
Tintineos contra un castillo de palacio (...)

Para insistir después con el mismo personaje:

"¡Hey! Gondolero, estás dormido, hombre;
¡Despierta!" Y, disparando, corrimos; (...)

Casi de inmediato concluye esa estrofa:

Sirenas, verdaderas sirenas,
Sirenas asaltantes en el mar.

El poema previo, es decir, el primero de esta segunda parte denominada Fruto del viaje hace largo tiempo, en el poemario Timoleón y otras empresas en versículo menor, se llama precisamente Venecia.


Con una fuerza de voluntad panteísta
El pequeño artesano del Mar de Coral
Extenuado en el abismo azul
Edifica su maravillosa galería
Y una larga arcada,
Construcciones insólitas al margen
De marmóreas galerías,
Evidencia lo que un gusano es capaz de hacer.

Laborioso en olas menos profundas,
Avanzado en arte afín
Un orgulloso agente ha demostrado el poder del dios Pan
Cuando Venecia se eleva en arrecifes de palacios.

Cabe la acotación de que este volumen de poesía fue la última obra publicada en vida del autor. Apareció en mayo de 1891.

Jules Etienne

Herman Melville (Estados Unidos, 1819-1891).
Es posible leer aquí el poema original en inglés Venecia (Venice).

miércoles, 13 de mayo de 2020

Epidemias: MOBY DICK, de Herman Melville

"... poco antes habían visto un barco con seis casos de peste por llevar una ballena roñosa al costado."

(Fragmento del capítulo XIV)

Pronto estuvo en cubierta, donde descubrió un extraño espectáculo. Los marineros, con gorros de punto encarnado, aprestaban los grandes aparejos de cuadernales para las ballenas, pero trabajaban despacio y hablaban de prisa, y todos con las narices hacia arriba. De vez en vez alguno dejaba el trabajo y se iba hacia el palo mayor para respirar un aire algo más puro.

Sorprendió a Stubb una serie de maldiciones y gritos que procedían de popa, y al mirar vio una cara furibunda que asomaba a la puerta del camarote del capitán. Stubb, astutamente, se fue a charlar con el primer oficial, quien le dijo que detestaba a su capitán, porque era un ignorante vanidoso que les había metido en aquel asunto repugnante. Haciéndole algunas preguntas capciosas, comprendió que aquel tipo no sabía nada del ámbar gris. Se calló, por tanto, pero en todo lo demás se mostró amable y confiado. Luego le preguntó si quería que su capitán abandonase tan repugnante faena. El otro asintió y Stubb le dijo algunas palabras en voz baja. En ese momento salió el capitán del camarote y el primer oficial le presentó a Stubb, adoptando el papel de intérprete.

- ¿Qué le digo primero? -preguntó el primer oficial.

- Dile que es una especie de tonto, un niño tonto y grande -lo que el primer oficial tradujo como que el americano le contaba que poco antes habían visto un barco con seis casos de peste por llevar una ballena roñosa al costado.

El capitán pidió más detalles.

- Dile -agregó Stubb-, que me parece un mico y que no tiene ni idea de lo que hay que hacer en un buque.

- Afirma, monsieur, que la otra ballena, la seca, es aún más peligrosa que la roñosa, y que si valoramos en algo nuestras vidas, debemos soltarlas inmediatamente o pereceremos de peste.

El capitán salió corriendo y ordenando que desenganchasen los cadáveres de las ballenas.

La conversación continuó en términos parecidos. A las barbaridades de Stubb, el piloto de Guernesy agregaba algunos detalles que convencieran al capitán de que debía cuanto antes librarse de sus huéspedes. Ambos rieron mucho al ver la cara del capitán cuando éste volvió a su camarote. Stubb le dijo al primer oficial que enviarían un cable desde el Pequod para remolcar la ballena y separarla del buque francés.


Herman Melville (Estados Unidos, 1819-1891).

domingo, 24 de julio de 2016

Canícula: MOBY DICK, de Herman Melville

"¡... cuando la tempestad te devore con trabillas, botones y todo lo demás!"

 (Fragmento del capítulo VI: La calle)

Ningún elegante de ciudad se puede comparar con uno de campo -me refiero al verdadero patán-: un tipo que, durante la canícula, es capaz de arar sus dos acres con guantes de gamuza para no tostarse las manos. Ahora bien, cuando a un elegante de campo como éste se le mete en la cabeza conseguir reputación de distinguido, y se alista en las grandes pesquerías de ballenas, habría que ver las cosas tan ridículas que hace al llegar al puerto. Al encargar su indumentaria marina, pide botones de bronce para su chaleco y trabillas para sus pantalones. ¡Ah, pobre retoñito, qué amargamente estallarán al primer ulular de la borrasca, cuando la tempestad te devore con trabillas, botones y todo lo demás!
 
Herman Melville (Estados Unidos, 1819-1891).