Vancouver: luz de agosto en la bahía. (Fotografía de Jules Etienne).
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jueves, 18 de marzo de 2021

Miércoles de ceniza: ¿QUIÉN ES ULISES?, de Carl Jung


(Fragmento)

Ulises es en Joyce el Dios creador, un verdadero demiurgo, que ha conseguido librarse de la implicación en su mundo, tanto espiritual como físico, y contemplarlo con una consciencia desprendida. Con el hombre Joyce, se comporta Ulises como Fausto con Goethe, o Zaratustra co Nietzsche. Ulises es el más elevado yo que, del ciego barullo universal, retorna al lar divino. Ulises no aparece en todo el libro, el propio libro es Ulises, un microcosmos en Joyce, del mundo del yo y el yo de un mundo hecho uno solo. Ulises sólo puede retornar cuando ha vuelto las espaldas al universo. Aquí reside el fundamento más profundo que hace al espíritu y al mundo, imagen universal del Ulises: el 16 de junio de 1904, un día de la vida cotidiana de todo el mundo, en el que tantos insignificantes seres potenciales han hecho y dicho sin tregua cosas sin principio y sin objeto, en forma fantasmal o ensoñada, irónica, negativa, horrible y diabólica, y, sin embargo, una verdadera imagen del mundo que podría ocasionar una verdadera pesadilla o un humor cósmico de un miércoles de ceniza...

Carl Gustav Jung (Suiza, 1875-1961).

miércoles, 24 de junio de 2020

Epidemias: ULISES, de James Joyce

"... las epidemias diezmadoras: los cataclismos catastróficos que convierten el terror en el fundamento de la mentalidad humana..."

(Fragmento del episodio 18: Penélope)

¿Por qué un fracaso recurrente habría de deprimirle aún más?

Porque en el momento crucial de la existencia humana él quería corregir muchas de las circunstancias humanas, resultado de la desigualdad y de la avaricia y de la animosidad internacional. ¿Creía él entonces que la vida humana era infinitamente perfectible, eliminando esas circunstancias?

Quedaban las circunstancias genéricas impuestas por las leyes naturales, a diferencia de las leyes humanas, como partes integrantes del conjunto humano: la necesidad de destrucción para procurarse la sustancia alimenticia: el carácter doloroso de las últimas funciones de la existencia personal, las agonías al nacer y al morir: la monótona menstruación de las hembras símicas y (especialmente) de las humanas que se prolonga desde la pubertad hasta la menopausia: los inevitables accidentes en el mar, en las minas y en las fábricas: algunas enfermedades particularmente dolorosas y consiguientes operaciones quirúrgicas, la locura innata y la criminalidad congénita, las epidemias diezmadoras: los cataclismos catastróficos que convierten el terror en el fundamento de la mentalidad humana: los levanta- mientos sísmicos cuyos epicentros se localizan en regiones densamente pobladas: el hecho del crecimiento vital, pasando por convulsiones de metamorfosis, desde la infancia pasando por la madurez hasta el deterioro.


James Joyce (Irlandés fallecido en Suiza, 1882-1941).

domingo, 1 de septiembre de 2019

Tu boca: ULISES, de James Joyce

"Blancas tus manos, roja tu boca y tu cuerpo es delicado."

(Fragmento del episodio tercero: Proteo)

Bésala, tíratela en jerga de pícaros, porque ¡Ay, mi linda gachona amorosa! Blancura satánica bajo sus rancios harapos. En Fumbally's Lane aquella noche: los tufos de la curtiduría.
Blancas tus manos, roja tu boca
y tu cuerpo es delicado.
Ven conmigo a la alcoba.
En la noche besoy abrazo.

Morosa delectación llama el Aquino barrigón a esto, frote porcospino. Adán sin mancha cabalgaba sin brama. Llámale déjale: tu cuerpo es delicado. Lengua ni chispa peor que la suya. Palabras frailunas, chirlería de rosarios marianos en sus cordones: picardías, pepitas que se entrechocan en sus bolsillos.
 
Pasan ahora.
 
Ojeada de soslayo a mi sombrero de Hamlet. ¿Si estuviera repentinamente desnudo aquí tal como estoy sentado? No lo estoy. Por las arenas de todo el mundo, seguida por la espada llameante del sol, hacia el oeste, emigrando a tierras del lubrican.
 
 
James Joyce (Irlanda, 1882-1941).

jueves, 21 de julio de 2016

Canícula: SOBRE UN VERSO EXTRANJERO, de Giorgos Seferis

"... una mano encallecida por las jarcias y el timón, con la piel curtida por el cierzo, la canícula y las nieves."

Dichoso quien hizo el viaje de Odiseo.
Dichoso si al marchar sintió firme la coraza de un amor
extendida por su cuerpo, como las venas donde
bulle la sangre.


De un amor con cadencia sin fin, invencible como la
música y eterno
porque nació cuando nacimos y cuando nos muramos, si es
que muere, ni nosotros ni nadie lo sabe.


Pido a Dios que me ayude a decir, en un momento de gran
felicidad, cuál es este amor:
me siento a veces rodeado del exilio y escucho su lejano
bramido como el fragor del mar mezclado con la
borrasca inexplicable.


Una y otra vez surge ante mí el fantasma de Odiseo, con
los ojos arrasados por la sal de las olas
y por el deseo maduro de ver de nuevo el humo que brota
del hogar de su morada y su perro ya viejo
aguardándole a la puerta.


Inmenso él, se detiene musitando tras sus barbas encanecidas
palabras en nuestra lengua, como la hablaban
hace tres mil años.
Extiende una mano encallecida por las jarcias y el timón,
con la piel curtida por el cierzo, la canícula
y las nieves.


Parece querer arrojar de nosotros mismos al Cíclope
sobrehumano que mira por un único ojo, a las Sirenas
que te imponen el olvido, si las escuchas,
a Escila y Caribdis:
a tantos monstruos extraños que nos impiden pensar que
también él fue un hombre que luchó en el mundo
con cuerpo y alma.


Es el gran Odiseo: aquel que sugirió construir el caballo
de madera con el que los aqueos conquistaron
Troya.


Sueño que viene a enseñarme cómo construir yo un caballo
de madera con el que conquistar mi propia Troya.
Habla quedo y tranquilo, sin esfuerzo, parece conocerme
como un padre
o como uno de esos viejos marineros que apoyados en sus
redes -cuando había tormenta y bramaba el viento-

me decían, en mis años infantiles, la canción de Erotócrito
con lágrimas en los ojos
-temblaba yo en medio de mi sueño al escuchar la triste
suerte de Areti al bajar los peldaños de mármol.


Me dice el penoso esfuerzo de sentir las velas de tu
nave henchidas de nostalgia y de tu alma
convertida en timón.
Y también que estás solo, inmerso en la tiniebla de la
noche y a la deriva como la parva en la era.


La amargura de ver naufragar a tus amigos entre los
elementos dispersos: uno a uno.
Y qué vigor extraño sientes al hablar con los muertos
cuando los vivos que quedaron ya no bastan.


Habla… Aún veo sus manos que sabían comprobar si estaba
bien tallado, a proa el mascarón
que me den un sereno mar azul en el corazón del invierno.




Giorgos Seferis: Giorgios Stylianou Seferiadis
(Griego nacido en la actual Turquía, en 1900, murió en 1971). Obtuvo el premio Nobel en 1963. 

(Traducido del griego por Pedro Bádenas de la Peña)

viernes, 8 de agosto de 2014

Espejos (99): ULISES, de James Joyce

"Ahí, como en sucesión retrospectiva, espejo dentro de un espejo (¡y listo!), se contempla a sí mismo."

(Fragmento del capítulo 14)

¿Qué edad tiene el alma del hombre? Así como tiene la virtud del camaleón para cambiar su tinte con todo lo que se le acerca, de ser alegre con el divertido y triste con el abatido, del mismo modo su edad es cambiable de acuerdo con su humor. Leopoldo ya no es, sentado como está ahí, rumiando el bolo de la reminiscencia, aquel sensato agente de publicidad y poseedor de una modesta fortuna en fondos. Veinte años han pasado. Ahora es el joven Leopoldo. Ahí, como en sucesión retrospectiva, espejo dentro de un espejo (¡y listo!), se contempla a sí mismo. Se ve aquella figura joven de entonces, precozmente varonil, caminando en una mañana de escarcha desde la vieja casa en Clanbrassil Street hasta el instituto, la cartera llena de libros en bandolera, y en ella un buen trozo de pan de trigo, una idea de la madre. O quizás sea la misma figura, pasado ya un año más o menos, con su primer sombrero hongo (¡ah, aquél sí que fue un gran día!), ya en la calle, un viajante hecho y derecho de la empresa familiar, equipado con un libro de pedidos, un pañuelo perfumado (no sólo para lucirlo), un estuche de relucientes artículos de bisutería (¡ay, ya algo del pasado!) y una pilada de complacientes sonrisas para esta o aquella ama de casa medio conquistada calculando con los dedos o para una doncella en flor, agradeciendo tímidamente (¿y el corazón? ¡dime!) sus estudiados cumplidos. El perfume, la sonrisa, pero, más que todo eso, los ojos oscuros y los modales untosos, volvían a casa a la caída de la tarde con sus buenas comisiones junto al cabeza de la empresa, sentado con la pipa de Jacob después de idénticas tareas en el rincón de la chimenea destinado al padre (la comida de fideos, con toda certeza, se está recalentando) leyendo a través de lentes de concha algún periódico de Europa de hace un mes. Pero ah, y listo, el espejo se enturbia y el joven caballero errante se evapora, se consume, queda convertido en un punto diminuto en la niebla. Ahora él es el padre y los que están a su alrededor podrían ser sus hijos. ¿Quién podría decirlo? El padre sabio que sabe quién es su propio hijo. Él piensa en una noche de llovizna en Hatch Street, muy cerca de los almacenes, allí, la primera. Juntos (ella es una pobre niña abandonada, hija de la vergüenza, tuya y mía y de todos por sólo un chelín y su penique de la suerte), juntos oyen los pasos cansinos de la guardia mientras dos sombras engabardinadas cruzan por la nueva universidad real. ¡Bridie! ¡Bridie Kelly! Nunca olvidará el nombre, siempre recordará la noche: la primera noche, noche de bodas. Están entrelazados en la más profunda oscuridad, el deseoso con la deseada, y en un instante Wat.) la luz inundará el mundo. ¿Daba vuelcos el corazón por el otro corazón? No, amable lector. En un solo suspiro se hubo consumado pero -¡Espera! ¡Atrás! ¡No puede ser! Espantada la pobre muchacha se escapa a través de las sombras. Es la novia de las tinieblas, hija de la noche. Incapaz de arrostrar la carga del niño sol áureo del día. No, Leopoldo. El nombre y el recuerdo no son consuelo para ti. Aquella ilusión juvenil de tu fuerza te fue arrebatada, y por nada. No habrá hijo de tus lomos a tu lado. Nadie hay ahora que sea para Leopoldo, lo que Leopoldo fue para Rudolph.
 
 
James Joyce (Irlanda, 1882-1941)