Vancouver: atardecer en la bahía al final de la primavera. (Fotografía de Jules Etienne).

jueves, 31 de agosto de 2017

Eclipse: LA CONJURACIÓN DE FIESCO, de Friedrich Schiller

"Y las muchachas parecían enamoradas de mi negro rostro, que es tan oscuro como una luna en eclipse."
 
(Fragmento del acto segundo, escena IV)

Fiesco: Una zorra huele a otra. ¿Qué dicen de mis romancescas relaciones con la condesa Imperiali?
 
El Moro: Algo que de buena gana callaría.
 
Fiesco: Habla con libertad. Cuanto más osado, con mayor gusto te escucharé. ¿Qué se murmura?
 
El Moro: No se murmura; se dice a voz en grito, en tabernas y billares, en posadas y paseos, en el mercado, en la Bolsa...
 
Fiesco: ¿Qué? Te lo mando.
 
El Moro (retirándose.): Que estáis loco.
 
Fiesco: Muy bien. Toma un zequí por tu relato. Por dar qué pensar a los genoveses empuñé el cetro de la locura, y ahora voy a cortarme el pelo para competir con sus arlequines. ¿Cómo recibieron los tejedores de seda mis regalos?
 
El Moro (con tono de broma): Señor loco, parecían pobres reos...
 
Fiesco: ¡Señor loco!... ¿Has perdido el juicio, camarada?
 
El Moro: Perdonadme; me dio el antojo de ganar algunos zequíes más.
 
Fiesco (riéndose, le da otro.): Sigue... pobres reos...
 
El Moro: ...que reciben de golpe el indulto, con la soga al cuello. Están con vos, en cuerpo y alma.
 
Fiesco: Lo celebro, porque son los que disponen del populacho.
 
El Moro: ¡Qué escena!... Faltó poco para que le tomara gusto a la generosidad. Se echaron a mi cuello como locos. Y las muchachas parecían enamoradas de mi negro rostro, que es tan oscuro como una luna en eclipse. Qué poder omnipotente tiene el oro: ¡Hasta a un moro lo puede hacer blanco!
 
Fiesco: Mejor es tu pensamiento que el fango en que germina. Buenas son las noticias que traes, y sólo falta que se concreten en obras.
 
El Moro: Como en horrenda tempestad el ligero rumor del trueno. Ya se buscan, se reúnen y murmuran, apenas acierta a pasar un extranjero. Reina el bochorno en Génova y el descontento se cierne como espesa nube sobre la República... Basta una ráfaga de viento para que estallen los rayos y caiga el granizo.
 

Friedrich Schiller: Johann Christoph Friedrich von Schiller (Alemania 1759-1805).
 
La ilustración corresponde a una puesta en escena de la obra que tuvo lugar en Berlín en 1951,
con Franz Kutschera como Fiesco.

miércoles, 30 de agosto de 2017

Eclipse: EL INGENIOSO HIDALGO DON QUIJOTE DE LA MANCHA, de Miguel de Cervantes

"Eclipse se llama, amigo, que no cris, el escurecerse esos dos luminares mayores..."

(Fragmento del capítulo XII: De lo que contó un cabrero a los que estaban con don Quijote)
 
Y don Quijote rogó a Pedro le dijese qué muerto era aquél y qué pastora aquélla; a lo cual Pedro respondió que lo que sabía era que el muerto era un hijodalgo rico, vecino de un lugar que estaba en aquellas sierras, el cual había sido estudiante muchos años en Salamanca, al cabo de los cuales había vuelto a su lugar, con opinión de muy sabio y muy leído.
 
- Principalmente, decían que sabía la ciencia de las estrellas, y de lo que pasan, allá en el cielo, el sol y la luna; porque puntualmente nos decía el cris del sol y de la luna.
 
- Eclipse se llama, amigo, que no cris, el escurecerse esos dos luminares mayores -dijo don Quijote.

 
Miguel de Cervantes Saavedra (España, 1547-1616).

martes, 29 de agosto de 2017

Eclipse: SONETOS, de William Shakespeare

"La luna mortal su eclipse ha sufrido..."

Soneto 107
 
Ni mis propios temores, ni la profética alma,
Del ancho mundo soñando el porvenir
Tendrán control de mi amor verdadero,
Supuesto objeto de fatal destino.
 
La luna mortal su eclipse ha sufrido
Y los tristes augurios de su presagio se burlan,
Incertidumbres que ahora se coronan
Y la paz proclama olivos sin olvido.
 
Con las gotas de este bálsamo del tiempo,
Mi amor luce fragante y a la muerte ha sometido
A su pesar viviré en esta humilde rima
Mientras insulta a las enmudecidas tribus.
 
Y encontrarás aquí tu propio monumento
Cuando crestas de tiranos y tumbas de bronce hayan caído.
 
 
 
William Shakespeare (Inglaterra, 1564-1616).
 
(Traducido al español por Jules Etienne).

domingo, 27 de agosto de 2017

Eclipse: ANALECTAS, de Confucio


Por mirar la pequeñez de un gusano podemos perder la grandeza de un eclipse.

(...)
Tzu Kung dijo:

- Las faltas de un hombre sabio y bueno son como los eclipses del Sol y de la Luna: todos ven el fracaso de este, pero cuando lo rectifica, todos lo miran con respeto.
 
 
Confucio (China, 551 a. de C.-479 a. de C.)

sábado, 26 de agosto de 2017

Eclipse: SÁBADO, de Ian McEwan

"Sorprendía aquella abundancia de pelo castaño rojizo -casi hasta la cintura- en un cuerpo tan menudo."
 
(Fragmento del primer capítulo)

Fue una calamidad -sin duda un ataque contra toda la vida de Rosalind- lo que la introdujo en la vida de Henry. La primera vez que la vio fue por detrás, cuando recorría el pabellón neurológico de mujeres a última hora de una tarde de agosto. Sorprendía aquella abundancia de pelo castaño rojizo -casi hasta la cintura- en un cuerpo tan menudo. Por un momento pensó que era una niña muy grande. Estaba sentada en el borde de la cama, todavía totalmente vestida, hablando con el adjunto con una voz que se esforzaba en contener el terror. Perowne captó parte de la historia al detenerse junto a ellos, y conoció el resto más tarde, por las notas de Rosalind.
 
Tenía, en conjunto, buena salud, pero había sufrido cefaleas intermitentes durante el año anterior. Se tocó la cabeza para indicar dónde. Él se fijó en que tenía las manos muy pequeñas. La cara era un óvalo perfecto, y los ojos eran grandes y de un color verde claro. Había habido alguna que otra interrupción de la regla, y en ocasiones los pechos segregaban una sustancia. Aquella tarde, cuando estaba trabajando en la biblioteca de la facultad de derecho, estudiando daños y perjuicios -especificó este punto-, dijo que la vista había empezado, según su propia expresión, a temblequearle. Al cabo de unos minutos ya no veía los números de su reloj de pulsera. Por supuesto, dejó los libros, agarró el bolso y bajó la escalera agarrándose con fuerza a la barandilla. Caminando a tientas por la calle, llegó al servicio de urgencias cuando empezaba a oscurecer.
 
Pensó que había habido un eclipse y le sorprendió que nadie mirase al cielo. Desde urgencias la habían enviado allí directamente y ahora apenas veía las rayas de la camisa del médico adjunto. Cuando él levantó los dedos ella no pudo contarlos.
 
- No quiero quedarme ciega -dijo, con una voz queda y conmocionada-. Por favor, no deje que me quede ciega.


Ian McEwan (Inglaterra, 1948).

viernes, 25 de agosto de 2017

Eclipse: ELOGIO DE LA LOCURA, de Erasmo de Rotterdam

"... cuando nos explican las causas del trueno, de los vientos, de los eclipses..."
 
(Fragmento)

Pongamos en el mismo casillero a los dialécticos y sofistas, gente que mete más ruido que las campanas de una catedral. El menos hablador podría mantener en jaque a las veinte comadres más charlatanas que se pudieran encontrar en toda la tierra. Serían felices sin duda alguna si no hiciesen más que charlar, pero disputan, riñen con obstinación por las cosas más vanas y ridículas y a fuerza de altercados pierden de vista la verdad que buscaban. El amor propio les hace completamente felices. Armados con dos o tres silogismos no temen entrar en liza con toda clase de campeones y disputar sobre cualquier tema conocido. Aunque se enfrenten con el mismo Estentor jamás les veréis ceder; su terquedad les hace invencibles.
 
Después vienen los filósofos, gente muy respetable, a juzgar por la barba y la capa, personas que se vanaglorian de ser los únicos sabios de la tierra y que miran a los demás hombres como sombras vanas que se mueven sobre la superficie de la tierra. Qué placer para ellos cuando en sus delirios filosóficos crean en el universo una cantidad innumerable de mundos diversos. Cuando nos dan el tamaño del sol, de la luna, de las estrellas y de otros astros con tal exactitud como si los hubiesen medido con una cuerda; cuando nos explican las causas del trueno, de los vientos, de los eclipses y otros fenómenos inexplicables, hablando siempre con la misma seguridad que si hubiesen sido los secretarios de la naturaleza cuando se ordenó el universo o acabasen de llegar del Consejo de los dioses.


Erasmo de Rotterdam (Holanda, 1466-1536).

jueves, 24 de agosto de 2017

Eclipse: DICE QUE SU AMOR NO TIENE PARTE TERRESTRE ALGUNA*, de Francisco de Quevedo

"La llama de mi amor, que está clavada en el alto Cénit del Firmamento, ni mengua en sombra ni se ve eclipsada."

Soneto 458
 
Por ser mayor el cerco de oro ardiente
Del sol que el globo opaco de la Tierra,
Y menor que éste el que a la Luna cierra
Las tres caras que muestra diferente,
 
Ya la vemos menguante, ya creciente,
Ya en la sombra el eclipse nos la entierra;
Mas a los seis Planetas no hace guerra,
Ni estrella fija sus injurias siente.
 
La llama de mi amor, que está clavada
en el alto Cénit del Firmamento,
Ni mengua en sombra ni se ve eclipsada.
 
Las manchas de la tierra no las siento,
Que no alcanza su noche a la sagrada
Región donde mi fe tiene su asiento.
 
 
Francisco de Quevedo (España, 1580-1645).
 
* Dice que su amor no tiene parte alguna terrestre.
Seméjale con la causa astronómica de eclipsarse la luna y no otros planetas.
José Antonio González de Salas, editor primigenio de este poema.

miércoles, 23 de agosto de 2017

Eclipse: LA ENEIDA, de Virgilio

"... y canta las mudanzas de la luna y los eclipses del sol..."

(Fragmento del Libro I)

Recordando el precepto de su madre Venus, empieza el dios a borrar poco a poco la imagen de Siqueo, y prueba a inflamar en vivo amor aquel espíritu, por tanto tiempo sosegado, y aquel corazón, ya desacostumbrado de amar. Acabado el primer servicio y levantadas todas las mesas, traen las grandes copas y las llenan de vino hasta los bordes; empieza el estrépito y retumba la gritería por los espaciosos atrios; las lámparas encendidas penden de los dorados artesones, y vencen con sus luces la oscuridad de la noche. Pidió en esto la Reina una copa muy maciza de oro y piedras preciosas, y la llenó de vino: copa de que habían usado Belo y todos sus descendientes; y en medio del silencio general, "¡Oh Júpiter, exclamó (pues es fama que dictas leyes para el ejercicio de la hospitalidad), dispón que este día sea igualmente feliz para los Tirios y para los arrojados de Troya, y que nuestros descendientes celebren su memoria! Asístenos también, ¡Oh Baco, dador de la alegría! y tú, ¡Oh bondadosa Juno! y vosotros, ¡Oh Tirios! regocijaos y favoreced también a nuestros huéspedes!" Dijo, y derramó en la mesa la ofrenda del vino, y la primera acercó apenas la copa a sus labios; luego se la pasó a Bicias, provocándole a beber; él, nada perezoso, apuró la espumante copa de oro y se bañó en vino toda la cara; en seguida bebieron los demás magnates. El crinado Iopas pulsa la áurea cítara, que le enseñó a tocar el grande Atlante, y canta las mudanzas de la luna y los eclipses del sol, el origen del linaje humano y de los brutos; de dónde nacen el agua y el fuego, y Arturo y las lluviosas Hiadas y las dos Osas; por qué el sol en invierno se apresura tanto a ir a bañarse en el Océano, y por cuál causa son entonces tan largas las noches. Prorrumpen en aplausos los Tirios y siguen su ejemplo los Troyanos. También la desventurada Dido pasaba la noche entretenida en varias pláticas, y en ellas bebía raudales de amor, preguntando a Eneas mil cosas de Príamo, mil de Héctor; qué armas llevaba el hijo de la Aurora, por qué eran tan famosos los caballos de Diomedes, cuán grande era el esfuerzo de Aquiles. Al fin le dijo: "Cuéntanos, ¡Oh huésped! tomándolas desde su primer origen, las insidias de los Griegos, las varias fortunas de los tuyos y tus propias aventuras, en que llevas ya siete años de andar errante por todas las tierras y todos los mares."
 

Publio Virgilio Marón: Publius Vergilius Maro (Imperio romano, 70 a. de C.-19 a. de C.)

(Traducido al español por Eugenio de Ochoa, versión en prosa).

La ilustración corresponde a Encuentro de Dido y Eneas, de Nathaniel Dance-Holland, 1766.

sábado, 19 de agosto de 2017

Eclipse: EL RAMAYANA, de Valmiki

 
El libro del bosque
 
(Fragmento del capítulo 7: La ira de los Rakshasas)
 
Cuando Rama vio a los demonios atacando por todos lados, nuevamente disparó miles de flechas, las cuales como rayos seccionaron sus miembros. Pronto el campo de batalla se convirtió en una pesadilla, quedando cabezas decapitadas esparcidas por todo el bosque; hachas, lanzas de hierro, cimitarras, espadas, flechas y arcos, inclusive grandes peñascos quedaron hechos añicos por las flechas demoledoras del hijo de Dasarath.
 
Incapaces de avanzar más, los rakshasas huyeron del campo de batalla. Sri Rama disparó una flecha que partió el arco de Dushana, con otras cuatro mató a sus cuatro caballos y con una flecha en forma de media luna decapitó a su auriga. Después hirió el cuerpo del rakshasa con tres flechas. Éste, enfurecido al ver su carroza destrozada, herido como estaba, cogió un garrote y se precipitó contra Rama, tal como el oscuro planeta Rahu* se abalanza hacia el muy alto y refulgente Sol. Cuando Dushana se lanzó contra Rama, el Señor le disparó dos flechas que lo hicieron caer muerto luego de cercenar sus decorados brazos.
 
Valmiki (India, siglo V a. de C.)
 
* Este planeta sutil, invisible a simple vista, es el que provoca los eclipses anteponiéndose a los astros, según la cosmología Védica. Se conoce en terminología moderna como el nodo norte de la Luna.

martes, 15 de agosto de 2017

El eclipse no tiene la culpa

 
"¿Cuál es la causa de un eclipse?", se preguntaba Aristóteles en su Metafísica. "¿Cuál su materia? Ninguna, sino que la Luna es la que lo padece. Y ¿cuál es la causa eficiente que destruye la luz? La Tierra." De este argumento se valió para establecer que un enunciado es oscuro si no lo acompaña la causa. "¿Qué es un eclipse?" -se vuelve a preguntar-. "Privación de luz. Pero, si se añade «por la interposición de la Tierra», este enunciado implica la causa."
 
Algunas civilizaciones primitivas desarrollaron conocimientos astronómicos muy avanzados. Sin embargo, con frecuencia atribuían a los eclipses poderes excepcio- nales. Decía Voltaire en su Diccionario filosófico que "Durante mucho tiempo los pueblos consideraron los fenómenos extraordinarios como presagios de sucesos prósperos o adversos. Los historiadores romanos observaron que un eclipse de sol acompañó el nacimiento de Rómulo, que otro anunció su muerte y un tercero precedió la fundación de Roma."
 
En torno a los eclipses se acumulan creencias y leyendas que forman parte de diversas mitologías. Por ejemplo Robert Graves en Los mitos griegos menciona que:
 
"La «sangre de los corazones» de las Erinias con la que estaba amenazada el Ática parece ser un eufemismo por la sangre menstrual. Un encantamiento inmemorial utilizado por las hechiceras que quieren maldecir una casa, un campo o un establo, consiste en correr desnudas a su alrededor, en sentido contrario al del movimiento del sol, nueve veces, mientras tienen la menstruación. Esta maldición es considerada más peligrosa para las cosechas, el ganado y los niños durante un eclipse lunar, y completamente inevitable si la hechicera es una virgen que tiene la menstruación por primera vez."

No muy lejanas se encuentran las explicaciones en torno a la Luna que describe Jacques Soustelle en El universo de los aztecas:
 
"La Luna representa el lado femenino de la naturaleza, la fecundidad, la vegetación y también la embriaguez. Cuando se producía un eclipse, pensábase que la luna moría; si una mujer encinta salía de su casa durante un eclipse lunar, debía llevar en la cintura una hoja de obsidiana, sin la cual su hijo nacería con labio leporino, pues su rostro se parecería al del conejo lunar. Todavía hoy en el campo, los indígenas dicen que «la Luna ha muerto» cuando se produce un eclipse, y las mujeres encintas sólo salen de su casa llevando un cuchillo o unas tijeras a la cintura."

Un sapo, afirma Arthur Waley, era considerado entre los chinos como responsable de los eclipses lunares. Según las antiguas creencia chinas, se trataba de una mujer hechizada que tras haberse robado el elíxir de la inmortalidad, como castigo fue desterrada a vivir para siempre en la luna. Debido a sus fuerzas demiúrgicas podía tragársela, provocando cada vez que lo hacía, su desaparición en la forma de un eclipse total o parcial.
 
Y para concluir, esta reflexión que André Maurois incluye en El arte de pensar, y que recurre al eclipse como un ejemplo de axioma falso:
 
"Hay observaciones que sugieren algunas hipótesis sobre la interconexión de fenómenos. Para verificar tales hipótesis, el sabio provoca nuevas observaciones más rigurosas. «El observador, dice Cuvier, escucha a la naturaleza; el experimentador la interroga y la obliga a manifestarse». Por ejemplo, hace variar las causas y anota las variaciones del efecto. Si observa una relación fija entre causa y el efecto, la relación parecerá confirmada. Sin embargo, el error aún es posible. «Después de esto, luego a causa de esto», es a menudo un axioma falso. Que haya estallado una guerra después de un eclipse no significa que el eclipse sea su causa. En Oxford se cuenta la historia de un estudiante que tomaba todas las noches una buena cantidad de whiskies and soda, y enseguida se le confundían las ideas. Abandonó el whisky y tomó brandy and soda; nuevamente se embriagaba. Probó un gin and soda. «No hay duda, concluyó, es la soda». Si hubiese sido un experimentador más sabio, habría intentado una contraprueba: suprimir la soda manteniendo el whisky, el brandy y el gin, y así habría descubierto el error."
  
 Jules Etienne
 
La ilustración corresponde a una fotografía de Eugen Kamenev.

domingo, 13 de agosto de 2017

Agosto: MIREYA (poema provenzal), de Frédéric Mistral

"... las nieblas de agosto..."
 
(Fragmento del Canto VII)
 
Conocía la influencia de la luna, cuándo es favorable, cuándo es dañosa, cuándo hace circular la savia, o cuándo la detiene. Y si la luna tiene un círculo en derredor, o está pálida, o blanca, o rojiza, sabía lo que esto anunciaba y las mudanzas del tiempo que predecía. Para él los pajaritos, el pan enmohecido, los días infaustos de la Vaca, las nieblas de agosto, los parelios y las albas de San Cler, eran otras tantas señales de cuarentenas húmedas, o de sequías ruinosas, o de temporadas de escarchas, o de cosechas abundantes.

Frédéric Mistral (Poeta francés en lengua occitana, 1830-1914).
Obtuvo el premio Nobel compartido con José Echegaray en 1904.
 
(Traducido al español en prosa por Celestino Barallat y Falguera).

viernes, 11 de agosto de 2017

Agosto: LOS RELÁMPAGOS DE AGOSTO, de Jorge Ibargüengoitia


(Párrafo inicial)

¿Por dónde empezar? A nadie le importa en donde nací, ni quiénes fueron mis padres, ni cuántos años estudié, ni por qué razón me nombraron Secretario Particular de la Presidencia; sin embargo, quiero dejar bien claro que no nací en un petate, como dice Artajo, ni mi madre fue prostituta, como han insinuado algunos, ni es verdad que nunca haya pisado una escuela, puesto que terminé la Primaria hasta con elogios de los maestros; en cuanto al puesto de Secretario Particular de la Presidencia de la República, me lo ofrecieron en consideración de mis méritos personales, entre los cuales se cuentan mi refinada educación que siempre causa admiración y envidia, mi honradez a toda prueba, que en ocasiones llegó a acarrearme dificultades con la Policía, mi inteligencia despierta, y sobre todo, mi simpatía personal, que para muchas personas envidiosas resulta insoportable. Baste apuntar que a los treinta y ocho años, precisamente cuando se apagó mi estrella, ostentando el grado de General Brigadier y el mando del 45° Regimiento de Caballería, disfrutaba yo de las delicias de la paz hogareña, acompañado de mi señora esposa (Matilde) y de la numerosa prole que entre los dos hemos procreado, cuando recibí una carta que guardo hasta la fecha y que decía así:... (Conviene advertir que todo esto sucedió en el año de 28 y en una ciudad que, para no entrar en averiguatas, llamaré Vieyra, capital del Estado del mismo nombre, Vieyra, Viey.) La carta, digo, decía así:
 
Querido Lupe:
 
Como te habrás enterado por los periódicos, gané las elecciones por una mayoría aplastante. Creo que esto es uno de los grandes triunfos de la Revolución. Como quien dice, estoy otra vez en el candelero. Vente a México lo más pronto que puedas para que platiquemos. Quiero que te encargues de mi Secretaría Particular.

Marcos González, General de Div. (Rúbrica.)

Como se comprenderá me desprendí inmediatamente de los brazos de mi señora esposa, dije adiós a la prole, dejé la paz hogareña y me dirigí al Casino a festejar.
 
No vaya a pensarse que el mejoramiento de mi posición era el motivo de mi alegría (aunque hay que admitir que de Comandante del 45° Regimiento a Secretario de la Presidencia hay un buen paso), pues siempre me he distinguido por mi desinterés. No, señor. En realidad, lo que mayor satisfacción me daba es que por fin mis méritos iban a ser reconocidos de una manera oficial. Le contesté a González telegráficamente lo que siempre se dice en estos casos, que siempre es muy cierto: "En este puesto podré colaborar de una manera más efectiva para alcanzar los fines que persigue la Revolución."

¿Por qué de entre tantos generales que habíamos entonces en el Ejército Nacional había González de escogerme a mí para Secretario Particular? Muy sencillo, por mis méritos, como dije antes, y además porque me debía dos favores. El primero era que cuando perdimos la batalla de Santa Fe, fue por culpa suya, de González, que debió avanzar con la Brigada de Caballería cuando yo hubiera despejado de tiradores el cerro de Santiago, y no avanzó nunca, porque le dio miedo o porque se le olvidó, y nos pegaron, y me echaron a mí la culpa, pero yo, gran conocedor como soy de los caracteres humanos, sabía que aquel hombre iba a llegar muy lejos, y no dije nada; soporté el oprobio, y esas cosas se agradecen. El otro favor es un secreto, y me lo llevaré a la tumba.
 
 
Jorge Ibargüengoitia (México, 1928-1983)

Aquí es posible la lectura de Los relámpagos de agosto

jueves, 10 de agosto de 2017

Agosto: LAS LUCES DE AGOSTO EN LA OBRA DE WILLIAM FAULKNER

 
Animado por el hecho de que nos encontramos en pleno mes de agosto y para establecer la relación con la novela Luz de agosto, de William Faulkner, emprendí una breve exploración procurando establecer la constante presencia de este época del año y, de manera más específica el mes de agosto, en la obra de William Faulkner.
 
Algunos hallazgos han sido interesantes y otros, de plano, afortunados -como el hecho de que la dedicatoria en la fotografía del relato Evangeline, tuviera la fecha del 12 de agosto de 1860-, y así ha quedado consignado a lo largo de la semana en cuatro textos: Las diferentes voces de William Faulkner, un par de párrafos de su novela Luz de agosto, Otros agostos de William Faulkner, y un fragmento de Evangeline. Para quienes estén muy interesados en el tema, les invito a remitirse directamente a la etiqueta William Faulkner.
 

Jules Etienne

miércoles, 9 de agosto de 2017

Agosto: EVANGELINE, de William Faulkner

"A mi marido. Siempre. 12 de agosto, 1860."
 
(Fragmento)

- Hablé con ella anoche. Me contó la historia, me lo contó todo. No creo que haya problema -me miraba, observaba mi cara-. Te la compraré, entonces.
 
- No puedo vender lo que no es mío.
 
- Déjame mirarla, entonces. Te la devolveré. Hablé con ella anoche. No será nada incorrecto.
 
Me la entregó. La caja se había fundido un tanto; la cerradura que Judith había cerrado a golpes para siempre se había reducido a una fina línea a lo largo de la juntura: podría abrirse tal vez con una hoja de un cuchillo. Pero fue precisa un hacha.
 
La fotografía estaba intacta. Miré la cara y pensé tranquila, estúpidamente (somnoliento, empapado y sin haber desayunado, estaba un poco alelado); la contemplé sereno: "Vaya, creía que era rubia..." Entonces desperté, volví a la vida. Miré con calma aquel rostro suave, oval, sin mácula; la boca carnosa, llena, un tanto flácida, los ojos ardientes, adormilados, sigilosos, el pelo de tinta con su casi imperceptible aunque inequívoca tiesura: el sello trágico e indeleble de la sangre negra. La dedicatoria estaba en francés: "A mon mari. Toujours. 12 Août 1860".
 
Y volví a mirar aquella malhadada y apasionada cara con su calidad intensa y saciadora de pétalo de magnolia -la cara que inintencionadamente había destruido tres vidas-, y entendí entonces por qué el tutor de Charles Bon le había enviado a estudiar tan lejos, al norte del Mississippi, y qué era lo que para Henry Sutpen, fruto de generaciones, nacido ya con lo que era y lo que creía y lo que pensaba, era peor que el matrimonio y agravaba la bigamia hasta el punto de que la pistola no era sólo justificable, sino inevitable.
 
- Eso es todo lo que hay dentro -dijo la negra.


William Faulkner (Estados Unidos, 1897-1962). Obtuvo el premio Nobel en 1949.

martes, 8 de agosto de 2017

Agosto: OTROS AGOSTOS DE WILLIAM FAULKNER

"... la idea fue suya; primero se le ocurrió lo del ferrocarril..."

(Fragmentos de El sonido y la furia, Los invictos, Las palmeras salvajes y Desciende Moisés, en los que se hace referencia al mes de agosto)

"Las farolas de la calle bajaban por la colina luego subían hacia el pueblo pisé el vientre de mi sombra. Si extendía la mano sobresaldría. sintiendo a mi padre a mi espalda más allá de la estridente oscuridad del verano y de Agosto las farolas de la calle Padre y yo protegíamos a las mujeres unas de otras de ellas mismas nuestras mujeres. Así son las mujeres no adquieren conocimiento de otras personas para eso estamos nosotros ellas nacen con una práctica fertilidad para la sospecha que da fruto de vez en cuando y normalmente con razón tienen una cierta afinidad con el mal para procurarse aquello de lo que el mal carezca para rodearse instintivamente de ello como tú te arropas entre sueños fertilizando la mente hasta que el mal logra su propósito tanto si existía como si no Venía entre dos de primer curso. No había acabado de recuperarse del desfile, porque me saludó, como si fuera un oficial de alto rango." (El sonido y la furia, página 40).

"En que otra cosa puedo pensar en qué otra cosa he pensado El muchacho salió de la calle. Saltó una cerca de estacas sin volver la mirada y cruzó la pradera hasta un árbol y dejó la caña y trepó hasta las primeras ramas y se sentó allí de espaldas a la carretera y el sol moteando inmóvil su camisa blanca. En que otra cosa he pensado ni siquiera puedo llorar morí el año pasado te lo dije pero entonces no sabía lo que quería decir no sabía qué estaba diciendo Algunos días a finales de agosto son en casa como éste, el aire fino y anhelante como éste, habiendo en él algo triste y nostálgico y familiar. El hombre la suma de sus experiencias climáticas, dijo Padre. El hombre la suma de lo que te dé la gana. Un problema de propiedades impuras tediosamente arrastrado hacia una inmutable nada: jaquemate de polvo y deseo. Pero ahora sé que estoy muerta te lo aseguro" (El sonido y la furia, página 53).

"Era el verano pasado, en agosto, y padre acababa de derrotar a Redmond para la legislatura del Estado. El ferrocarril ya estaba acabado, y la asociación entre padre y Redmond se había disuelto hacía tanto tiempo que la mayoría de la gente habría olvidado que fueron socios alguna vez si no fuera por la enemistad que existía entre ellos. Habían tenido un tercer socio, pero apenas recordaba nadie su nombre; él y su nombre se habían esfumado en la furia del combate que se entabló entre padre y Redmond casi antes de que empezaran a ponerse los rieles, entre el implacable autoritarismo y la voluntad de dominio de padre (la idea fue suya; primero se le ocurrió lo del ferrocarril, y luego metió a Redmond en el asunto), y aquella cualidad de Redmond (como decía George Wyatt, no era un cobarde, o padre jamás se habría asociado con él) que le permitía soportar todo lo que padre le hacía, aguantando, aguantando, aguantando hasta que algo (ni su voluntad ni su valor) se rompió en él." (Del episodio Un olor a verbena*, en Los invictos).

"Era el anochecer, en el cálido agosto, los anuncios de neón brillaban parpadeando entre cadavéricos e infernales sobre los rostros en la calle y también sobre los de ellos mientras caminaban, ella todavía cargando las dos costillas envueltas en el grueso y pegajoso papel de la carnicería. Antes de llegar a la esquina se toparon con McCord." (Las palmeras salvajes, página 88).

"Así que el viajante se apoyó sobre la cerca de la finca, en la luminosa mañana de agosto, mientras Lucas caminaba colina arriba y subía los gastados escalones, al lado de los cuales se hallaba una potranca de brillante pelaje, con tres patas calzadas y una mancha en la frente y una pesada y cómoda silla sobre el lomo, y entraba en el economato. Allí, en un escritorio de tapa corrediza situado junto al ventanal frontal, en medio de hileras de estantes con latas de tabaco y de comida y específicos médicos, de ganchos de los que pendían cadenas para tirantes de caballerías y colleras y horcates, el amo escribía en un libro mayor. Lucas permaneció de pie, en silencio, mirando la nuca del hombre blanco; al cabo, éste miró en torno y Lucas dijo: -Ha venido." (Desciende Moisés, página 41).

"... y en su suelo, en su polvo de agosto claro, liviano y seco como harina, la larga huella semanal de cascos y de ruedas había sido borrada por los pausados zapatos de paseo del domingo, bajo los cuales, en alguna parte, eclipsadas pero no idas, fijas y contenidas en el polvo apelmazado, se hallaban las delgadas huellas, de dedos gruesos y planos, de los pies descalzos de su esposa..." (Desciende Moisés, página 56).


William Faulkner (Estados Unidos, 1897-1962). Obtuvo el premio Nobel en 1949.

* Un olor a verbena es el único de los siete episodios que se reunieron en Los invictos que no había sido editado previamente y fue escrito por Faulkner para conformar la novela. Los demás aparecieron publicados entre 1934 y 1936; cinco de ellos en el Saturday Evening Post mientras que el otro restante en Scribner's.

lunes, 7 de agosto de 2017

LUZ DE AGOSTO: las diferentes voces de William Faulkner


La obra de Faulkner se distingue, entre otros atributos, por su polifonía narrativa. Son varios los personajes que van construyendo el relato con una diversidad de voces. Aun cuando Joe Christmas (el origen de su apellido proviene de que lo abandonaron en un orfanato en plena nochebuena) puede parecer el eje sobre el que giran y se enlazan las diferentes historias: "Joe creía que trataba de escapar de la soledad, no de sí mismo."

No será él, sino Lina Grove, durante su trayecto de Alabama a Tennessee en busca del padre de su hijo por nacer, el Virgilio que nos conducirá por el infierno y purgatorio del profundo sur estadounidense, con la guerra de secesión todavía fresca en el paisaje, la violencia intransigente del racismo, la proclividad al chisme, el fanatismo religioso y la obsesión por el pecado con su inevitable sentimiento de culpa, como cuando Hightower le dice a Byron: "Puedo leerlo en usted. Me dirá que acaba de conocer el amor; y yo le diré que acaba de conocer la esperanza. Eso es todo; esperanza. El objeto no importa, ni para la esperanza y ni siquiera para usted. Sólo hay un final para esto, para el camino que ha emprendido: pecado o matrimonio. Y usted rechazará el pecado. Así es, que Dios me perdone."
 
La memoria cree antes de que el conocimiento recuerde. Cree mucho más tiempo que recuerda, mucho más tiempo del que tarda el conocimiento en preguntarse", afirma la voz del narrador por encima de todas las voces incidentales que se escuchan durante el intrincado trayecto entre el principio y el fin de la memoria.
 
Cuando inicia la novela, Lena lleva un mes de viaje y se encuentra en Mississippi, a través de alternancias temporales nos enteraremos de lo que ha sido su vida y cuál será su destino, así como el de los demás protagonistas, para desembocar en el párrafo final al llegar a Tennessee: "¡Dios mío, Dios mío!¡Cuánto camino se puede hacer! Sólo hace dos meses que salí de Alabama y ya estoy en Tennessee." El círculo se cierra, Faulkner concluye una elipse perfecta.
 
 
Jules Etienne 

domingo, 6 de agosto de 2017

Agosto: LUZ DE AGOSTO, de William Faulkner

"En la luz de agosto rezagada que la noche está a punto de invadir..."

(Fragmentos del capítulo 20)

Es la hora en que la tarde muere con un último reflejo color de cobre. Es la hora en que, más allá de los arces enanos y del bajo rótulo, la calle está disponible y vacía, encuadrada por la ventana del escritorio, como un escenario.
(...)

En la luz de agosto rezagada que la noche está a punto de invadir, la rueda parece engendrar un resplandor pálido, envolverse en él como en un halo. El halo está lleno de rostros. Los rostros no están moldeados por el sufrimiento. No están moldeados por nada: ni por el horror, ni por el dolor. Ni siquiera por el reproche. Son apacibles, como si acabasen de escaparse de una apoteosis. Entre ellos está su propio rostro.


William Faulkner (Estados Unidos, 1897-1962). Obtuvo el premio Nobel en 1949.

(Traducido del inglés por Enrique Sordo)

sábado, 5 de agosto de 2017

Carnaval: OQUEDAD (del poemario Mitología del olvido)

"... bajo las máscaras vacías nunca se oculta la música del carnaval..."

 Lenta avanza la noche
en busca del espectro perdido,
difuso perfil de la oscuridad
que vierte el licor de las ausencias
sobre el vasto reflejo del insomnio
y palpita febril en las pupilas,
entonces, en muda confesión
inventará la nostalgia o algo parecido.
Afuera se escucha la algarabía,
impertinente comedia de evocaciones:
bajo las máscaras vacías
nunca se oculta la música del carnaval
sino la obscena terquedad del desamor,
pentagrama en clave de no
que abraza las omisiones
para dejar un hueco entre las manos.
Lenta avanzará la noche
cuando al fin cese de buscar.
Jules Etienne