Vancouver: luz de agosto en la bahía. (Fotografía de Jules Etienne).
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martes, 23 de abril de 2024

Mirándolas dormir: LA CASA DE LAS BELLAS DURMIENTES, de Yasunari Kawabata


(
Fragmentos del primer capítulo)

No debía hacer nada de mal gusto, advirtió al anciano Eguchi la mujer de la posada. No debía poner el dedo en la boca de la muchacha dormida ni intentar nada parecido.

(...)

Nada sugería que la habitación albergara secretos insólitos.

- Y le ruego que no intente despertarla, aunque no podría, hiciera lo que hiciese. Está profundamente dormida y no se da cuenta de nada.

La mujer lo repitió-: Continuará dormida y no se dará cuenta de nada, desde el principio hasta el fin. Ni siquiera de quién ha estado con ella. No debe usted preocu- parse. Eguchi no mencionó las dudas que empezaban a acometerle.

- Es una joven muy bonita. Sólo admito huéspedes en quienes pueda confiar.

Cuando Eguchi desvió la vista, la fijó en su reloj de pulsera.

- ¿Qué hora es?

- Las once menos cuarto.

- No me sorprende. Los caballeros ancianos gustan de acostarse pronto y levantarse temprano. Así pues, cuando quiera.

La mujer se puso de pie y abrió la cerradura de la habitación contigua. Utilizó la mano izquierda. No había nada notable en este acto, pero Eguchi retuvo el aliento mientras la miraba. Ella echó una mirada a la otra habitación.

(...)

- ¿Ella está en la habitación contigua?

- Sí, dormida y esperándole.

- ¡Oh!

Eguchi estaba un poco sorprendido. ¿Cuándo había entrado la muchacha en la habitación contigua? ¿Desde cuándo estaría dormida? ¿Acaso la mujer había abierto la puerta para asegurarse de que estaba dormida? Eguchi sabía por un viejo conocido que frecuentaba el lugar que habría una muchacha esperando, dormida, y que no se despertaría; pero ahora que se encontraba aquí parecía incapaz de creerlo.

- ¿Dónde quiere desnudarse? -La mujer parecía dispuesta a ayudarle. Él guardó silencio-. Escuche las olas. Y el viento.

- ¿Olas?

- Buenas noches -la mujer le dejó.
(...)

"... dejó caer la cortina y miró a la muchacha. Ésta no fingía. Su respiración era la de un sueño profundo."

Su curiosidad distaba de ser fuerte, porque ya la tristeza de la vejez se cernía también sobre él.

- Algunos caballeros dicen que tienen sueños felices cuando vienen aquí -había dicho la mujer-. Otros dicen que recuerdan lo que sentían cuando eran jóvenes.

Ni siquiera entonces apareció en el rostro de Eguchi una leve sonrisa. Puso las manos sobre la mesa y se levantó. Se encaminó hacia la puerta de cedro.

- ¡Ah!

Las cortinas eran de terciopelo carmesí. El carmesí era aún más profundo bajo la luz tenue. Parecía como si una delgada capa de luz flotara ante las cortinas, y él se estuviera introduciendo en un fantasma. Había cortinas en las cuatro paredes y también en la puerta, pero aquí estaban recogidas hacia un lado. Cerró la puerta con llave, dejó caer la cortina y miró a la muchacha. Ésta no fingía. Su respiración era la de un sueño profundo. Eguchi contuvo el aliento; era más hermosa de lo que había esperado. Y su belleza no constituía la única sorpresa. También era joven. Estaba acostada sobre el lado izquierdo, con el rostro vuelto hacia él. No podía ver su cuerpo, pero no debía tener ni veinte años. Era como si otro corazón batiese sus alas en el pecho del anciano Eguchi.

Su mano derecha y la muñeca estaban al borde de la colcha. El brazo izquierdo parecía extendido diagonalmente sobre la colcha. El pulgar derecho se ocultaba a medias bajo la mejilla. Los dedos, sobre la almohada y junto a su rostro, estaban ligeramente curvados en la suavidad del sueño, aunque no lo suficiente para esconder los delicados huecos donde se unían a la mano. La cálida rojez se intensificaba de modo gradual desde la palma a las yemas de los dedos. Era una mano suave, de una blancura resplande- ciente.

- ¿Estás dormida? ¿Vas a despertarte?

Era como si lo preguntara con objeto de poder tocarle la mano. La tomó en la suya y la sacudió. Sabía que ella no abriría los ojos. Con su mano todavía en la suya, contempló su rostro. ¿Qué clase de muchacha sería? Las cejas estaban libres de cosméticos, las pestañas bajadas eran regulares. Olió la fragancia del cabello femenino. Al cabo de unos momentos el sonido de las olas se incrementó, porque el corazón de Eguchi había sido cautivado. Se desnudó con decisión. Al observar que la luz venía de arriba, levantó la vista. La luz eléctrica procedía de dos claraboyas cubiertas con papel japonés. Como si tuviera más compostura dé la que era capaz, se preguntó si era una luz que acentuaba el carmesí del terciopelo y si la luz del terciopelo daba a la piel de la muchacha el aspecto de un bello fantasma; pero el color no era lo bastante fuerte para reflejarse en su piel. Ya se había acostumbrado a la luz. Era demasiado intensa para él, habituado a dormir en la oscuridad, pero al parecer no podía apagarse. Vio que la colcha era de buena calidad.

Se deslizó quedamente bajo ella, temeroso de que la muchacha, aunque sabía que seguiría durmiendo, se despertara. Parecía estar totalmente desnuda.

Yasunari Kawabata
(Japón, 1899-1972). Obtuvo el premio Nobel en 1968.

(Traducido al español por Pilar Giralt).

martes, 2 de enero de 2024

Año nuevo: HAIKÚ, de Yasunari Kawabata


En el cielo de Año Nuevo
mil grullas vuelan o así
me parece.

Enero de 1953

Yasunari Kawabata (Japón, 1899-1972).
Obtuvo el premio Nobel en 1968.

(Traducido al español por Amalia Sato).

sábado, 7 de enero de 2023

Enero: EL MAESTRO DE GO, de Yasunari Kawabata

"Nuestro maestro se ha vuelto un poco senil. Comete errores con más frecuencia que antes. En verdad ya no puede jugar más."

(Fragmento del capítulo 41)

Era el 7 de enero. Y veía al Maestro por primera vez desde el certamen.

Jugó dos partidas de práctica, pero parecieron aburrirlo. Ningún sonido se producía cuando lanzaba las piedras con ligereza, incapaz de retenerlas entre sus dedos. Durante el segundo juego sus hombros se agitaban con la respiración. Sus párpados estaban hinchados. La hinchazón no era particularmente evidente, pero me hizo recordar cómo se veía en Hakone. No se encontraba todavía bien.

Siendo sus adversarios aficionados y los juegos de mera práctica, el Maestro no debería haber tenido problema ninguno en ganar. Sin embargo, como se había vuelto habitual, casi resultaba derrotado. Teníamos reservas para cenar en un restaurante a la orilla del mar y el segundo juego fue detenido en Negro 130. El contrincante del Maestro era un aficionado avezado del primer rango, a quien se le habían otorgado cuatro piedras de ventaja. Negro mostró fortaleza desde la mitad del juego y empujaba hacia el lado de Blanco pero en una posición endeble.

- ¿Negro está llevando la mejor parte? -le pregunté a Takahashi.

- Sí -me contestó-. El tablero se ha oscurecido. Negro tiene densidad. Blanco se encuentra en problemas. Nuestro Maestro se ha vuelto un poco senil. Comete errores con más frecuencia que antes. En verdad, ya no puede jugar más. Se ha derrumbado en una medida aterradora desde el último juego.

- Sí, ha envejecido muy de golpe.

- Se ha convertido en un dulce caballero anciano. No sé qué habría pasado si hubiera ganado el último juego.

Yasunari Kawabata (Japón, 1899-1972).
Obtuvo el premio Nobel en 1968.

(Traducido al español por Amalia Soto).

jueves, 22 de septiembre de 2022

Equinoccio: PRIMERA NIEVE EN EL MONTE FUJI, de Yasunari Kawabata

"Mañana estaremos en mitad del Higan, en pleno equinoccio de otoño."

(Fragmento inicial)

- Ya hay nieve en el monte Fuji. Eso es nieve, ¿verdad? -dijo Jiro.

También Utako miró al Fuji desde la ventana del tren.

- ¡Cierto! ¡La primera nieve!

- No son nubes, ¿verdad? Es nieve -insistió Jiro.

El Fuji estaba envuelto en nubes. La nieve de la cumbre tenía en el cielo encapotado un color semejante al de una nube blanca.

- ¿Qué día es hoy? ¿Veintidós de septiembre?

- Sí. Mañana estaremos en mitad del Higan, en pleno equinoccio de otoño.

- Me pregunto si todos los años por esta época cae nieve en el monte Fuji. Tal vez la primera nevada… -después de decir esto, Jiro, como si se hubiera dado cuenta de algo, añadió-: Un momento, no podemos saber si ésta es la primera nevada. Es la primera vez que vemos en este año al monte Fuji. Pero es probable que antes haya nevado.

Yasunari Kawabata (Japón, 1899-1972).
Obtuvo el premio Nobel en 1968.

jueves, 7 de enero de 2021

Año nuevo: LO BELLO Y LO TRISTE, de Yasunari Kawabata

"Keiko llevaba el mismo kimono de la noche anterior: una prenda de satén estampado en el que predominaban los tonos de azul..."

(Fragmento del capítulo Primavera temprana)

Al día siguiente, cuando estaba por subir al tren, mientras se repetía que era inútil esperar que Otoko lo despidiera en la estación, apareció su discípula Sakami Keiko.

- ¡Feliz Año Nuevo! La señorita Ueno tenía intenciones de venir a despedirlo, pero tuvo que hacer algunas llamadas de Año Nuevo que le ocuparán toda la mañana y por la tarde recibirá visitas. Por eso he venido en su lugar.

- Muy amable de su parte –replicó Oki.

La belleza de la muchacha atraía la atención de las pocas personas que viajaban aquel día de fiesta.

- Es la segunda vez que usted se incomoda por mí.

- Es un placer. Keiko llevaba el mismo quimono de la noche anterior: una prenda de satén estampado en el que predominaban los tonos de azul, con un motivo de pájaros que revoloteaban entre copos de nieve. Los pájaros ponían una nota de color, pero el conjunto era bastante sombrío para ser la vestimenta festiva de una muchacha tan joven.

- Muy elegante su quimono. ¿El estampado es obra de la señorita Ueno?- No –dijo Keiko y se ruborizó un poco–. Es obra mía, pero no resultó como esperaba.

Pero lo cierto era que ese quimono oscuro hacía resaltar la perturbadora belleza de Keiko. Además había algo juvenil en la decorativa armonía de colores y en las variadas formas de los pájaros. Hasta los copos de nieve parecían estar danzando.

La muchacha le entregó varias cajas de bocadillos típicos de Kyoto para que comiera en el tren y le señaló que se las enviaba Otoko. Durante los minutos que el tren permaneció en la estación, Keiko estuvo de pie junto a la ventanilla. Al verla así, enmarcada por la ventanilla, Oki pensó que quizás aquel fuera el período en que la belleza de aquella mujer había llegado a su esplendor. Él no había visto a Otoko en el apogeo de su belleza juvenil. Tenía dieciséis años cuando se separaron.

Oki comió temprano; alrededor de las cuatro y media. En las cajas encontró una variedad de comidas de Año Nuevo, entre las que figuraban algunas bolitas de arroz de forma perfecta. Parecían expresar las emociones de una mujer. Sin duda la propia Otoko las había preparado para el hombre que, mucho tiempo atrás, había destruido su tierna juventud.

Al masticar aquellos bocadillos de arroz, sintió el perdón de la mujer en su lengua y en sus dientes. No, no era perdón, era amor. Estaba seguro de que era amor, un amor que aún ardía en lo más hondo de su ser. Todo lo que él sabía de la vida de Otoko en Kyoto era que ella se había abierto camino como pintora sin ninguna ayuda. Quizás hubieran existido en su vida otros amores, otras historias sentimentales. Pero sabía que ella sentía por él el desesperado amor de la adolescencia. Él, por su parte, había tenido relaciones con otras mujeres; pero nunca había vuelto a amar con la misma intensidad.

Yasunari Kawabata (Japón, 1899-1972). Obtuvo el premio Nobel en 1968.

(Traducido al español por Nélida M. de Machain).

domingo, 15 de marzo de 2020

Marzo: PRIMERA NIEVE EN EL MONTE FUJI, de Yasunari Kawabata


Con naturalidad

(Fragmento)

Sin saber por qué la frente de Uryu se oscureció.

- He oído decir que el viejo tenía la manía de decir: "¡Me voy a morir en marzo! ¡Me voy a morir en marzo!" Las personas de la casa no le hacían caso, diciéndole con una sonrisa: "Abuelo, en marzo todavía cae nieve y hacen unos días espantosamente fríos. Alargue el día de su muerte un mes más. Deje que llegue el tiempo en que se abren las flores de los cerezos". El abuelo ponía una cara seria y decía: "Me voy a morir en marzo". Y fue así como en marzo de ese año repentinamente se quedó sin fuerzas después de una gripa maligna y comenzó a decir cosas extrañas. Todos se decían: "La vejez es la vejez" o "¿Habrá llegado el momento?" o "¿Será cierto que era en marzo?" Y se preparaban para el funeral. Los que cuidaban de él se desanimaron. Pero entonces, sin saber cómo, recuperó por completo la vida. Dicho por el propio médico. Parecía un cuento de nunca acabar. Fue entonces cuando mi padre y yo fuimos al campo a hacerle una visita... Pero después de esa grave recaída en marzo, desapareció por completo la manía de andar diciendo que se iba a morir en ese mes... No ha vuelto a hablar de su muerte. ¿Habrá que decir que se le olvidó morirse? ¿Será que está yendo con naturalidad hacia el fin? Me dicen que no hace sino dormir profundamente. Pero lo que es comer, come muy bien. Puesto que se queda moviendo la boca como masticando algo, la gente piensa que dulces finos y cosas así son veneno para él y que más que calidad hay que darle cantidad. Pero si le dejan galletas o galguerías baratas, abre los ojos sorpresivamente y se queja: "¿Es que no me pueden dar algo mejor?" Reconoce los sabores, ¿sabe? En los pueblos del campo, cuando un viejo se vuelve senil y tiene que confiar en la ayuda de otros porque manos y pies no le responden, dicen que se ha vuelto nidoaka. Nidoaka es alguien que volvió a ser bebé de nuevo.


Yasunari Kawabata (Japón, 1899-1972). Obtuvo el premio Nobel en 1968.

(Traducido al español por Jaie Barrera).

viernes, 14 de febrero de 2020

Febrero: PAÍS DE NIEVE, de Yasunari Kawabata


(Fragmento que alude al Festival de los Pájaros, el 14 de febrero)

Lo primero que había atraído la atención de Shimamura al bajar del tren era ese manto plateado que cubría las laderas de la montaña. A lo lejos parecía un espejo de agua que reflejaba la luz de la tarde. Ya estoy aquí, había pensado él al contemplarlo. Pero los manojos que cargaban aquellas campesinas parecían de una clase completamente diferente. Los largos tallos bamboleantes casi ocultaban a sus portadoras y sus penachos parecían peinar las rocas que se alzaban a la vera del camino. En la luz exangüe de la recepción, vio una polilla enorme desovando en el perchero de laca negra y oyó el repiquetear de los insectos contra las paredes de papel de los faroles. Ése era el sonido del atardecer en aquella época del año.

Komako llegó tarde y lo contempló largamente desde la entrada de la habitación.

- ¿Para qué has vuelto?

- He venido para verte.

- No es cierto. Por eso me disgusta la gente de Tokio: porque siempre está mintiendo. -Cuando se sentó pareció suavizarse un poco. - Nunca más despediré a alguien. No puedo explicarte lo que fue para mí verte partir.

- La próxima vez me iré sin avisarte.

- No me refiero a eso. Me refiero a ir a la estación.

- ¿Qué pasó con Yukio?

- Murió, qué te pensabas.

- ¿Mientras estabas despidiéndome?

- Pero ésa no fue la causa. No tenía idea de que podía detestar tanto las despedidas.

Shimamura asintió en silencio.

- ¿Dónde estabas el 14 de febrero? Te estuve esperando. La próxima vez sabré no dar crédito a tus palabras.

El 14 de febrero se celebraba el Festival de los Pájaros, una fiesta infantil tradicional en los pueblos de montaña. Durante los diez días anteriores al festival, los niños de cada aldea tallaban pequeños bloques de nieve y construían con ellos un palacio de seis metros de lado y casi cuatro metros de alto. Como el Año Nuevo se festejaba allí a comienzos de febrero, los ornamentos tradicionales seguían colgando de todas las puertas de la aldea. El día 14 los niños los retiraban y los quemaban en una gran hoguera delante del palacio de hielo. Se deslizaban desde el resbaladizo techo, saltaban, jugaban y cantaban la Canción de los Pájaros, y luego pasaban la noche dentro del palacio. La celebración terminaba a la mañana siguiente, cuando volvían a trepar al techo y cantaban la Canción de los Pájaros otra vez.

Era la época de más nieve y Shimamura le había prometido a Komako estar para el festival.

- Me tomé una pequeña vacación para esas fechas. Estaba segura de que vendrías, al menos para el 14, y volví expresamente. Podría haberme quedado a cuidar mejor de ella si hubiese sabido que no venías.

- ¿Quién se enfermó?

- La maestra de música. Se pescó una neumonía en la costa. En cuanto me llegó el telegrama partí a cuidarla.

- ¿Y se curó?

- No.

- Lo lamento —dijo Shimamura ambiguamente. Sus palabras podían aludir a la enferma o a su promesa incumplida, y no hizo nada para aclararlo.

Komako sacudió la cabeza con un movimiento ausente y luego pasó su pañuelo por la mesa. Una nube de minúsculos insectos muertos cayó al piso. Varias polillas aleteaban en torno a la lámpara y muchos insectos más cargaban el aire nocturno afuera.


 Yasunari Kawabata (Japón, 1899-1972). Obtuvo el premio Nobel en 1968.

(Traducido al español por Juan Forn).

La ilustración corresponde a Yukinori en la prefecura de Niigata, conocida como "la  espalda de Japón".

jueves, 12 de septiembre de 2019

Tu boca: LO BELLO Y LO TRISTE, de Yasunari Kawabata

"- Sírveme un poco de té –susurró. Él levantó la taza y se la tendió. - De tu boca."

(Fragmento del capítulo El lago)

- ¿No te parece que es una vista hermosísima?
- Sí. Es hermosísima. Pero yo estaba pensando en lo hermosa que eres tú. Tu nuca, tu obi...
- ¿Recuerdas cuando me tenías en tus brazos, allá en el templo?
- ¿Que si recuerdo... eso?
- Supongo que estás enfadado conmigo. Estás escandalizado Lo sé.
- Quizá, sí.
- Yo también. Es terrible que una mujer se entregue en forma tan completa.
 
Bajó la voz:
 
- ¿Así que por eso no te acercas a mí?
 
Taichiro se puso de pie y se acercó a ella. Le apoyó una mano sobre el hombro y la guió dulcemente hasta el sofá. Ella permaneció sentada cerca de él, pero mantuvo los ojos bajos.
 
- Sírveme un poco de té –susurró.
 
Él levantó la taza y se la tendió.
 
- De tu boca.
 
Taichiro tomó un sorbo de té y lo dejó filtrar poco a poco por entre los labios de ella. Keiko bebió el té con los ojos cerrados y con la cabeza echada hacia atrás. Su cuerpo estaba inerte, con excepción de los labios y de la garganta.
 
- Más -dijo, sin moverse.
 
Taichiro tomó otro sorbo de té y se lo dio boca a boca.
 
- ¡Ay, qué lindo! -exclamó Keiko, abriendo los ojos-. Me gustaría morir ahora. ¡Por qué no habrá sido veneno!... Estoy acabada. Acabada. Y tú también.
 
Tras una pausa dijo:
 
- Vuélvete.
 
Empujó a Taichiro para que se volviera y apretó el rostro contra su hombro. Luego buscó sus manos. Taichiro tomó una de las manos de la muchacha y la contempló mientras acariciaba un dedo tras otro.
 
- Lo lamento -dijo Keiko-. ¡Qué desconsideración de mi parte! Seguramente estás deseando bañarte. ¿Qué te parece si lleno la bañera?
- Muy bien.
- A no ser que prefieras tomar una ducha.
- ¿Te parece que la necesito?
- Me gustas tal cual estás. Nunca me había gustado tanto un aroma, como el de tu piel -hizo una pausa-. Pero supongo que preferirás refrescarte.
 
 
Yasunari Kawabata (Japón, 1899-1972). Obtuvo el premio Nobel en 1968.
 
(Traducido al español por Nélida M. de Machain)

viernes, 19 de octubre de 2018

Otoño: PAÍS DE NIEVE, de Yasunari Kawabata

"... había pensado sin cesar en Komako; ahora que estaba tan cerca, esa nostalgia por la piel humana..."

(Fragmento de la segunda parte)

“La mariposa, la luciérnaga, el grillo”, oyó que cantaba una geisha a la distancia cuando se sentó a cenar, temprano, con su guía como única compañera. El libro sólo ofrecía la más somera información sobre rutas, atracciones, hospedajes y costos, dejando el resto librado a la imaginación del lector. De esas mismas cumbres había bajado, en pleno estallido del verdor primaveral, cuando vio a Komako por primera vez. Ahora, que era el comienzo del otoño y de la temporada de montañismo, sintió añoranza de aquellas alturas en donde había dejado su huella. Si bien era un diletante que podía perder el tiempo allí como en cualquier otra parte, consideraba el montañismo un ejemplo flagrante del esfuerzo inútil. Y ése era precisamente el atractivo que ejercía sobre él: el encanto de lo irreal.
 
Mientras estuvo lejos, había pensado sin cesar en Komako; ahora que estaba tan cerca, esa nostalgia por la piel humana le producía el mismo efecto onírico que la atracción que le despertaban las montañas. Quizás era debido al exceso de familiaridad e intimidad que le había despertado el cuerpo de ella. Habían pasado la noche juntos; estaba seguro de que ella acudiría sin necesidad de que él la llamara. Sentado a solas en el comedor, esperándola, mientras oía el bullicio de un grupo de niñas de la escuela descendiendo por el camino, se preguntó por qué no venía. Y comenzó a invadirlo el cansancio. Antes de dormirse en la silla, subió a su habitación y se acostó.
 
Esa noche llovió. Uno de esos chaparrones de otoño que llegan y se van sin dejar rastro.
 
Yasunari Kawabata (Japón, 1899-1972). Obtuvo el premio Nobel en 1968.
 
(Traducido al español por Juan Forn).

miércoles, 7 de marzo de 2018

Nieve: PAÍS DE NIEVE, Yasunari Kawabata

"Se hilaba en la nieve, se tejía en la nieve, se lavaba en la nieve y se blanqueaba en la nieve."
 
(Fragmento de la segunda parte)

A la mañana siguiente lo despertaron voces que recitaban una pieza teatral. Permaneció en la cama escuchando hasta que Komako dejó de arreglarse frente al espejo y le sonrió.
 
- Buenos días. Son los huéspedes del Cuarto de los Ciruelos. Estuve con ellos después de la primera fiesta, anoche. ¿Recuerdas?
 
- ¿Es un grupo de teatro Nô?
 
- Así es.
 
- ¿Ha nevado?
 
- Así es -dijo ella, y se puso de pie y abrió de par en par la ventana-. Se acabaron las hojas de arce.Los copos de nieve flotaban como peonías contra el cielo gris. No parecían caer sino mecerse perezosamente en el aire como si colgaran de hilos invisibles. Shimamura contempló la escena con el ensimismamiento de los insomnes y recordó aquella mañana invernal en que había contemplado el reflejo de la nieve enmarcando el rostro de Komako en ese mismo espejo. Los copos ahora eran mayores; sin embargo, flotaban con más levedad en el aire. Las montañas, que parecían más lejanas cada día, a medida que las hojas de los árboles se marchitaban, habían recuperado la vida con la nieve.
 
Los recitadores usaban ahora un tambor.
 
Komako se había abierto el cuello del kimono y se pasaba una toalla húmeda por la garganta y la nuca. Su piel era tan límpida como la seda flamante. No parecía en absoluto la clase de mujer que se ofendiera de tal manera por un comentario tan inofensivo. Que lo fuera le daba un aura de congoja irresistible.
 
Se hilaba en la nieve, se tejía en la nieve, se lavaba en la nieve y se blanqueaba en la nieve. Desde el inicio del proceso hasta sus toques finales, todo se hacia en la nieve. “Existe la seda Chijimi porque existe la nieve”, escribió alguien hace mucho tiempo. “La nieve es la madre del Chijimi”.
 
La seda vegetal Chijimi procedía de aquella región y era fruto del trabajo artesanal de las tejedoras de montaña durante los prolongados e inclementes inviernos. Shimamura solía buscar esa tela legendaria en negocios de ropa antigua para mandarse hacer kimonos de verano. A través de conocidos del mundo de la danza, había encontrado un sastre espe- cializado en vestuario de teatro Nô, con quien había hecho un arreglo para que le reservara toda pieza de Chijimi que cayera en sus manos. En los viejos tiempos, se realizaba en la región una feria artesanal a comienzos de la primavera, en cuanto comenzaba a derretirse la nieve y se retiraban las protecciones de las ventanas. La gente venía de todas partes a comprar seda Chijimi, a pesar de lo accidentado del acceso. Incluso llegaban mayoristas de Osaka, Edo y Nagoya, que tenían sus lugares reservados de por vida en las posadas de la región. Las jóvenes solteras de las diferentes aldeas de montaña aprovechaban la ocasión para exhibirse junto con el trabajo del invierno y el mercado adquiría el aspecto de un festival. Se premiaban las mejores piezas y también se competía por marido. Las muchachas aprendían a hilar desde muy niñas, y realizaban su mejor trabajo entre los catorce y los veinte años. A partir de esa edad perdían el toque que daba justa fama a la exquisita textura del Chijimi. En su afán por destacarse, las muchachas dedicaban todos sus desvelos a tal actividad a lo largo de los tediosos y recluidos meses desde que caían las primeras nieves de octubre hasta que la reaparición del sol permitía concluir la tarea de blanqueado, a fines de febrero.
 
A veces, cuando recorría su guardarropa, Shimamura se decía que alguno de sus kimonos de verano estaba confeccionado con una seda de casi un siglo de antigüedad. Cada año, enviaba todos sus kimonos a blanquear en la región, con el mismo procedimiento. Era toda una tarea el traslado de aquellas prendas hasta las montañas donde habían sido hilados originariamente, pero a Shimamura le gustaba la idea de que sus kimonos estuvieran en manos tan confiables, extendidos en la nieve al sol hasta eliminar el menor rastro de impureza acumulado durante cada verano. Al ponérselos de nuevo, se sentía él mismo blanqueado de toda impureza. Y, de todas maneras, un negocio de Tokio se encargaba de retirarlos, enviarlos a la montaña y traerlos de regreso, impecables y a todas luces sometidos al proceso a la manera tradicional.
 
Desde tiempos inmemoriales había casas dedicadas exclusivamente al blanqueado. Muchas tejedoras preferían no hacerlo. El Chijimi blanco se tendía directamente sobre la nieve luego de ser hilado; el Chijimi de color era blanqueado en los mismos marcos en que se lo hilaba. La temporada de blanqueado comenzaba a fines de enero y se extendía hasta fines de febrero, mientras hubiera nieve en los prados de la región.
 
La tela era sumergida durante la noche en agua con lejía y un puñado de ceniza. Por la mañana se la enjuagaba una y otra vez, se la escurría y se la ponía a secar al sol. El proceso se repetía sin variaciones ni desmayos hasta el momento indescriptible en que los rayos del sol comenzaban a tornar el blanco de la seda en rojo sangre. Ese momento señalaba el fin de las tareas invernales y el comienzo de la primavera, según había leído emocionado Shimamura en un libro antiguo. Un fenómeno tan desconocido como impactante para los que venían de regiones más cálidas.


Yasunari Kawabata (Japón, 1899-1972). Obtuvo el premio Nobel en 1968.

sábado, 2 de agosto de 2014

Espejos (93): PAÍS DE NIEVE, de Yasunari Kawabata

 
(Fragmentos)

La luz fue invadiendo el lugar hasta que él alcanzó a verle las mejillas rosadas, o quizás era que sus ojos se habían acostumbrado tanto a la oscuridad que ahora podía distinguir un detalle como ése.
 
- Tus mejillas arden de frío. Aléjate de la ventana.
 
- No es el frío. Es que me quité el maquillaje. Siempre entro en calor en un suspiro, de la cabeza a los pies, en cuanto me meto en la cama. Debo irme. Ya es de día -dijo echándose un último vistazo en un espejo que había junto a la cama. Shimamura levantó la cabeza pero desvió los ojos de inmediato. El espejo reflejaba el blanco de la nieve enmarcando el rostro de arreboladas mejillas. El pelo era de un negro levísimamente diluido, con destellos púrpura. ¿Ya había amanecido? Shimamura no supo si lo que lo había encandilado era el primer brillo del sol contra la nieve o la belleza increíble de aquel contraste entre mujer y naturaleza.
...

Incluso cuando hubo salido de la casa, Shimamura seguía obsesionado por esa mirada, que le ardía en la cara con la misma belleza inexpresable que el atardecer anterior, cuando el destello que venía de las montañas se unió con el reflejo del rostro de ella en la ventanilla del tren. Apuró el paso, mientras su memoria convocaba una tercera imagen, la del reflejo de la nieve enmarcando las mejillas de Komako en el espejo donde ella verificaba su maquillaje, aquella misma mañana.

Sus piernas no estaban acostumbradas a ese paso pero él no reparó en ello, absorto en sus pensamientos y el paisaje de aquellas montañas que tanto le gustaban. Siempre dispuesto a dejarse llevar por sus ensoñaciones, se preguntó cómo era posible que aquel espejo espontáneo de la tarde anterior y el que reflejó la nieve esa mañana fueran realmente obra del hombre y no de la naturaleza, una naturaleza perteneciente a un mundo distante y remoto, tan distante y remoto como la habitación que acababa de abandonar.


 Yasunari Kawabata (Japón, 1899-1972). Obtuvo el premio Nobel en 1968.

(Traducido al español por Juan Forn)

jueves, 1 de mayo de 2014

Escribiendo sobre el espejo: la literatura especular

 
Ya en la antigua Roma, el poeta Marcial, protegido de Séneca, en uno de sus versos se refirió al espejo como un "consejero de la hermosura". José Saramago emprende una reflexión de raíces borgianas en su novela El evangelio según Jesucristo, cuando propone: "El espejo y sus sueños son cosas semejantes, son como la imagen del hombre ante sí mismo". Por su parte, Octavio Paz en el Laberinto de la soledad establece que "La muerte es un espejo que refleja las vanas gesticulaciones de la vida".
 
Para Xavier Villaurrutia el mar es el espejo del cielo, mientras que Paul Éluard se refería al espejo de un instante y James Joyce recordaba a los que a medianoche se hablan ante el espejo. Allen Ginsberg, símbolo de la denominada generación beat, con su marcada óptica existencialista hablaba de un "espejo vacío". Más sencillo era Luis Alcaraz, quien en su canción Bonita le pedía a la bella que hiciera pedazos su espejo para ver si así él dejaba de sufrir, a la manera de Pierre de Ronsard en su Madrigal: "¡Que se rompa el espejo en que se mira llenándose de orgullo tu hermosura!". Y Manuel Machado inicia el poema Chouette dando por hecho que: "En cualquier parte hay un espejo..."

Stéphane Mallarmé, en Herodías lo describía así: "¡Oh espejo! Agua fría que el tedio logró ver congelada..." Lo cual me remite a una frase de Yasunari Kawabata que proviene de su espléndida novela País de nieve, en la que el espejo adquiere un papel preponderante a lo largo de la misma: "Aquella blancura que habitaba en las profundidades del espejo era la nieve".

Ambrose Bierce, en su Diccionario del Diablo, definía de esta manera a los espejos: “Cristal plano sobre el que aparece un espectáculo efímero que produce desilusión al hombre”. Jorge Luis Borges, en un poema que le dedicó a María Kodama, decía que la luna, colmada por el llanto de largos siglos de vigilia humana, es nuestro espejo.

El primer espejo fue un obsequio de la naturaleza, en el momento en que el ser humano pudo ver el reflejo de su propia imagen sobre la superficie del agua. Los primeros espejos eran de metal brillante como la plata y el bronce. La historia ubica la invención del espejo en Sidón. Se cuenta que el sabio Arquímedes, cuando tenía 73 años de edad, utilizando unos espejos ustorios para provocar el fuego en las naves romanas, logró evitar la invasión de Siracusa. Antes de que eso ocurriera, la mitología griega le asignaba a Perseo la leyenda de haber vencido a la Medusa utilizando su escudo como un espejo en el que ella vio reflejado su rostro, lo que ocasionó su destrucción.

En Mesoamérica, los espejos se hacían con pirita -un mineral metálico de color amarillo- y se les concedían cualidades adivinatorias ya que les permitían comunicarse con los dioses y sus ancestros, por lo que poseían un valor de oráculos llenos de presagios y conocimientos ocultos, además de que se les consideraba una puerta de acceso a otro mundo.

Los espejos fueron objeto del primer caso de espionaje industrial de que se tenga memoria y de ese modo el rey Luis XIV, de Francia, pudo llenar con espejos el Palacio de Versalles, robando a unos venecianos de la isla de Murano la fórmula que amalgama el metal con mercurio. El proceso de fabricar espejos con plata fue descubierta en el siglo XIX y se le atribuye su invención al alemán Justus von Liebig, en 1835.

Según Bertolt Brecht, el arte refleja la vida con espejos especiales, y Karl Marx afirmaba: "El espejo era defectuoso porque el hombre es una parte interesada de la realidad que observa. No existe ojo ideal posible en una sociedad dividida por la lucha de clases."

Imposible pasar por alto que don Quijote venció al caballero de los espejos, ni tampoco que después de visitar el país de las maravillas la nueva aventura de Alicia era: "Juguemos a que existe alguna manera de atravesar el espejo; juguemos a que el cristal se hace blando como si fuera una gasa, de manera que pudiéramos pasar a través de él", en A través del espejo, de Lewis Carroll. "Los héroes clásicos reflejados en los espejos cóncavos dan el Esperpento... Las imágenes más bellas en un espejo cóncavo son absurdas", diría Max Estrella, el personaje teatral de la obra Luces de Bohemia, de Ramón del Valle Inclán, y que después refiere José Hierro en su poema Lear King en los claustros: "... reflejo mío en los espejos cóncavos y convexos que inventó Valle-Inclán."

Julio Cortázar describe en un texto titulado El otro Narciso, la manera como una minúscula ave tropical, más pequeña que un gorrión, se encuentra con su propia imagen en el espejo retrovisor de un automóvil estacionado "enfrentando el espejo y viéndose, reconociendo al otro pájaro idéntico a él, y entonces salta agitado en el aire frente a su imagen, se precipita contra el espejo, y otra vez rechazado tiene que subir hasta posarse perplejo en el borde". Continúa observándolo y reflexiona: "Bruscamente vuela hacia los árboles y se pierde en el follaje; es nuestro turno de comentar enternecidos esa ilusión, ese diminuto teatro del artificio donde hemos visto representarse una vez más el drama de Narciso." En contraste con "el adolescente enamorado que se buscará hasta la muerte en el cruel espejo engañoso del estanque, el pajarito habrá olvidado ya su ansiedad y su deseo, sin duda porque en el no hay ansiedad ni deseo y mucho menos memoria."
 
El párrafo con el que concluye su reflexión, tras enumerar una serie de personajes míticos y la respectiva metamorfosis del deseo que se procuran a través de los espejos del sueño y del inconsciente, advierte que el pájaro ha regresado para insistir en un encuentro imposible:
 
"Sólo entonces sentimos, sólo entonces sabemos que eso no era un simulacro en el que buscábamos una analogía con nuestra condición solitaria de humanos, de narcisos aislados y excepcionales; ahora comprendemos que eso que estamos viviendo puede decirse con las palabras que nos han parecido solamente las de nuestro lado, y que Narciso puede tener alas o escamas o élitros o ramas y también memoria y deseo y amor. De pronto estamos menos separados del latir del día; nuestros espejos  llaman y devuelven otras imágenes; juegan con otros deseos, sostienen otras esperanzas; no somos la excepción. Narciso pajarito repite el mismo juego interminable en su pequeño estanque de azogue, en su engaño de amor que abraza la totalidad del mundo y sus criaturas."
 
De las obsesiones metafísicas a la expresión romántica o el delirio surrealista, incluidas las fobias de la fantasía vampírica, del lejano Oriente al sur del continente americano, el espejo ha sido un tema recurrente para los poetas desde antes de que Narciso -tema que aborda Lezama Lima en su poema La muerte de Narciso- se enamorara de su propia imagen y de quien también se ocupa Sor Juana Inés de la Cruz en la pieza teatral El divino Narciso, "Serpiente ponzoñosa no llega a tus espejos: lejos, lejos", establece la Naturaleza Humana para culminar luego:
 
Mi imagen representa
si Narciso repara,
clara, clara,
porque al mirarla sienta
del amor los efectos,
ansias, deseos, lágrimas y afectos.

Jules Etienne

sábado, 26 de abril de 2014

El testamento literario de García Márquez

"De tal manera que si En agosto nos vemos permaneciera inédita, su último trabajo de ficción publicado vendría a ser Memoria de mis putas tristes, que se dio a conocer hace diez años."
 
En alguna ocasión, hace ya una respetable cantidad de ayeres, discutía con un grupo de amigos acerca del trabajo que colocaba el punto final en la obra de un creador, ya sea literario o cinematográfico. Con excepción de aquellos que por razones de edad o salud están plenamente conscientes de la que será su última creación, por ejemplo: Los muertos, de John Huston, que la dirigió en silla de ruedas recibiendo oxígeno, casi la tuvo que concluir su hijo Tony -quien además escribió el guión adaptando a James Joyce-, y aunque alcanzó a terminarla, como era de suponerse murió meses antes de que la película se estrenara. Pero en la mayoría de los casos, lo más probable es que ignore el hecho de que determinado libro o película será su firma póstuma.

La discusión se enriqueció por considerar que los grandes autores, responsables de un acervo abundante en títulos interesantes, a veces rematan con una obra maestra y en otras con un trabajo apenas menor. En ese sentido podríamos establecer el contraste entre Franz Kafka y Fiódor Dostoyevski. Mientras que el primero corregía en su lecho de muerte un cuento breve casi desconocido, Un artista del hambre, a diferencia de La metamorfosis o El proceso, por citar sólo un par de títulos suyos entre los más reconocidos, Dostoyevski, en cambio, logró terminar Los hermanos Karamazov. Había emprendido el proyecto en abril de 1878 y la novela fue publicada en noviembre de 1880. Falleció ese invierno, el 9 de febrero.

Sigmund Freud siempre fue uno de sus lectores más entusiastas al grado de calificarla como la mejor de todos los tiempos, en tanto que el propio Kafka admitía la influencia que había tenido sobre su creación. En todo caso, es frecuente que se le considere la más completa en una lista en la que figuran otras quince novelas del mismo autor, entre ellas Crimen y castigo. Ése sería el paradigma de un testamento literario.

El asunto viene al caso tras el reciente deceso de García Márquez, quien había estado trabajando en varios relatos independientes con una misma protagonista: Ana Magdalena Bach, mujer atractiva y culta al borde de la vejez -que hoy se trata de ocultar bajo el disfraz de un eufemismo de uso común: la tercera edad-, quien cada agosto acostumbra a viajar al pueblo en el que está enterrada su madre para llevar un ramo de flores a su tumba y platicar con ella sobre los acontecimientos en su vida. El conjunto se integraría en una novela que llevaría como título En agosto nos vemos. Sin embargo, con su muerte, el proyecto que suma alrededor de ciento cincuenta páginas, quedó inconcluso. Este es el párrafo con que da principio la narración:
 
"Volvió a la isla el viernes 16 de agosto en el transbordador de las dos de la tarde. Llevaba una camisa de cuadros escoceses, pantalones de vaquero, zapatos sencillos de tacón bajo y sin medias, una sombrilla de raso y, como único equipaje, un maletín de playa. En la fila de taxis del muelle fue directo a un modelo antiguo carcomido por el salitre. El chofer la recibió con un saludo de antiguo conocido y la llevó dando tumbos a través del pueblo indigente, con casas de bahareque y techos de palma, y calles de arenas blancas frente a un mar ardiente. Tuvo que hacer cabriolas para sortear los cerdos impávidos y a los niños desnudos, que lo burlaban con pases de toreros. Al final del pueblo se enfiló por una avenida de palmeras reales, donde estaban las playas y los hoteles de turismo, entre el mar abierto y una laguna interior poblada de garzas azules. Por fin se detuvo en el hotel más viejo y desmerecido."
 
Los editores de García Márquez lamentan que no hubiese sido posible concluirla lo cual, según sus palabras, se debió a su afán perfeccionista. Sin embargo, estarían dispuestos a publicarla como una obra inacabada si sus herederos así lo decidieran. En ese caso, sería la novela póstuma del autor de Cien años de soledad, El amor en los tiempos del cólera y Crónica de una muerte anunciada. No hay probabilidades de que pudiera alcanzar la importancia de aquellas.
 
En 2010 apareció Yo no vengo a decir un discurso, que incluye 22 textos del autor, aunque ninguno de ellos es narrativa. De tal manera que si En agosto nos vemos permaneciera inédita, su último trabajo de ficción publicado vendría a ser Memoria de mis putas tristes, que se dio a conocer hace diez años. Esta breve paráfrasis de La casa de las bellas durmientes del japonés Yasunari Kawabata, también merecedor del premio Nobel, permanecería como el testamento literario de uno de los autores más importantes en nuestra lengua.


Jules Etienne