Vancouver: luz de agosto en la bahía. (Fotografía de Jules Etienne).
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martes, 19 de diciembre de 2023

Solsticio de invierno: EL RENO Y EL CAMELLO, de Umberto Eco

"... el árbol perenne es una fiesta pagana porque recuerda la fiesta precristiana del solsticio invernal (...) Niños y padres se divierten colgando bolas de colores..."

(
Fragmento)

Lo que hace pensar que el belén es un símbolo apreciado por los laicos, mientras que los que van a misa se han convertido al árbol, poniendo a Papá Noel en el lugar del Niño Jesús o de los Reyes Magos, que en mis tiempos se encargaban de los regalos, y por eso los chicos de entonces celebraban con tanto alborozo al rey del cielo que bajaba de las estrellas para ocuparse de sus juguetes.

Ahora bien, el tema es aún más confuso. Se suele pensar que el árbol y Papá Noel representan una tradición protestante sin recordar, sin embargo, que Santa Claus era un santo católico, san Nicolás de Bari (su nombre nace de un acortamiento de Nicholas o Nikolaus). En cambio, el árbol perenne es una herencia pagana, porque recuerda la fiesta precristiana del solsticio invernal, la Yule, y la Iglesia fijó la Navidad en esa misma fecha precisamente para asimilar y domesticar tradiciones y celebraciones previas. Una última ambigüedad: el neopaganismo consumista ha desacralizado por completo el árbol, que se ha vuelto un mero objeto de decoración de temporada, como la iluminación de las ciudades. Niños y padres se divierten colgando bolas de colores, pero sin duda yo me divertía más cuando ayudaba a mi padre, que empezaba a construir el belén a principios de diciembre, y era una fiesta ver manar fuentecillas y cascadas en virtud oculta de un aparato para hacer enemas.


De hecho, la práctica del belén se está perdiendo porque su preparación cuesta trabajo e inventiva (todos los árboles navideños se parecen, mientras que los belenes son siempre distintos), y si se pasan las veladas haciendo belenes se corre el riesgo de no ver esos espectáculos televisivos que tan importantes son para la protección de la familia, ya que nos avisan siempre de que se requiere la presencia de los padres para que los niños puedan ver mujeres desnudas y sesos desparramados.

Umberto Eco (Italia, 1932-2016).

Texto escrito en 2006 y recopilado en De la estupidez a la locura, que incluye artículos y textos breves del autor.

lunes, 13 de noviembre de 2023

Eclipse solar: LA ISLA DEL DÍA DE ANTES, de Umberto Eco

"Júpiter, Marte, Venus, Mercurius et Saturnus alrededor del sol giran, pero el sol gira alrededor de la Tierra..."
 
(Fragmento del capítulo 24: Diálogo sobre los sistemas del mundo)

Y entre tanto dialogaba sobre los sistemas del mundo.
 
Habían vuelto a hablar del movimiento de la tierra y el padre Caspar lo había preocupado con el Argumento del Eclipse. Quitando la tierra del centro del mundo y poniendo en su lugar el sol, ha de ponerse la tierra o debajo de la luna, o encima de la luna. Si la ponemos debajo no habrá jamás un eclipse de sol porque, al estar la luna encima del sol o encima de la tierra, no podrá interponerse entre la tierra y el sol. Si la ponemos encima, no habrá jamás eclipse de luna porque, al estar la tierra encima de ella, no se podrá interponer jamás entre la luna y el sol. Y además, la astronomía no podría ya, como siempre ha hecho perfectamente, predecir los eclipses, pues regula sus cálculos sobre los movimientos del sol, y si el sol no se moviere su empresa sería vana.
 
Considerárase, luego, el Argumento del Arquero. Si la tierra girare todas las veinte y cuatro horas, cuando se tira una saeta directamente hacia arriba, ésta volvería a caer al occidente, a muchas millas de distancia del tirador. Que sería como decir el Argumento de la Torre. Si se dejara caer un peso por el lado occidental de una torre, éste no debería precipitar a los pies de la construcción, sino mucho más allá, y por tanto, no debería caer verticalmente sino en diagonal, porque, mientras, la torre (con la tierra) habríase movido hacia occidente. Como, en cambio, todos saben por experiencia que ese peso cae en perpendículo, he aquí que el movimiento terrestre se demuestra una majadería.
 
Por no hablar del Argumento de los Pájaros, los cuales, si la tierra girare en el espacio de un día, jamás podrían, volando, mantener el ritmo de su giro, aun cuando fueran infatigables. En cambio, nosotros vemos perfectamente que, si viajamos incluso a caballo en dirección del sol, cualquier pájaro nos alcanza y adelanta.
 
- Está bien. No sé responder a su objeción. Lo que he oído decir es que haciendo girar la tierra y todos los planetas, y teniendo parado el sol, se explican muchos fenómenos, mientras que Tolomeo ha tenido que inventar que si los epiciclos, que si los deferentes, que si otros muchos embustes que precisamente claman al cielo, y a la tierra también.
 
- Yo perdono a ti, si un Witz hacer querías. Pero si tú serio hablas, entonces te digo que yo no soy un pagano como Tolomeo y sé muy bien que él muchos errores cometido había. Et por eso yo creo que el grandísimo Tycho de Uraniburgo una idea muy justa ha tenido: él ha pensado que todos los planetas que nosotros conocemos, es decir, Júpiter, Marte, Venus, Mercurius et Saturnus alrededor del sol giran, pero el sol gira con ellos alrededor de la Tierra, alrededor de la Tierra gira la luna, y la tierra está inmóvil en el centro del círculo de las estrellas fijas. Así explicas tú los errores de Tolomeo et non dices herejías, mientras Tolomeo errores cometía et Galileo herejías decía. Et no estás obligado a explicar cómo hacía la tierra, que es tan pesada, a darse vueltas por el cielo.

Umberto Eco (Italia, 1932-2016).
 
(Traducido al español por Helena Lozano).

martes, 13 de septiembre de 2022

Septiembre: EL CEMENTERIO DE PRAGA, de Umberto Eco

"... al cabo de poco más de un mes, la Comédie-Francaise obtuvo el permiso de dar representaciones para sostener a las familias de los caídos..."

(Fragmento del capítulo 17: Los días de la comuna)

Hasta los días del asedio, en París se seguía viviendo alegremente. En septiembre se decidió el cierre de todas las salas de espectáculos, tanto para acompañar en el drama de los soldados en el frente como para poder mandar a ese mismo frente a los bomberos de servicio, pero al cabo de poco más de un mes, la Comédie-Française obtuvo el permiso de dar representaciones para sostener a las familias de los caídos, aun en condiciones de economía, sin calefacción y con velas en lugar de luces de gas; luego volvieron a empezar algunas funciones en el Ambigu, en el Porte Saint-Martin, en el Châtelet y en el Athénée.

Los días difíciles empezaron en septiembre con la tragedia de Sedan. Con Napoleón prisionero del enemigo, el Imperio se derrumbaba, Francia entera entraba en un estado de agitación casi (todavía casi) revolucionaria. Se proclamaba la República, pero en las mismas filas republicanas, por lo que yo llegaba a entender, se agitaban dos almas: una quería sacar de la derrota la ocasión para una revolución social, la otra estaba dispuesta a firmar la paz con los prusianos con tal de no ceder a esas reformas que -se decía- desembocarían en una forma de comunismo puro y simple.

A mediados de septiembre, los prusianos habían llegado a las puertas de París, habían ocupado los fuertes que habrían debido defenderla y bombardeaban la ciudad. Seguirían cinco meses de asedio durísimo durante los cuales el hambre se convertiría en el gran enemigo.

De las intrigas políticas, de los desfiles que recorrían la ciudad en varios puntos, entendía poco y aún menos me importaba, pues consideraba que en momentos como aquéllos era mejor no callejear demasiado. Ahora bien, la comida, eso era asunto mío, y me mantenía informado diariamente con los tenderos de mi barrio para entender qué nos esperaba. Al recorrer los jardines públicos como el de Luxemburgo, al principio parecía que la ciudad vivía en medio del ganado, pues se habían concentrado ovinos y bovinos dentro del perímetro urbano. Sin embargo, ya en octubre decían que no quedaban más de veinticinco mil bueyes y cien mil carneros, que no era nada para alimentar a una metrópolis.

Umberto Eco (Italia, 1932-2016).

(Traducido al español por Helena Lozano Miralles).
La ilustración corresponde al teatro de la Comedia Francesa de París, en el siglo XIX.

sábado, 23 de mayo de 2020

Epidemias: LA ISLA DEL DÍA DE ANTES, de Umberto Eco

"Sólo en ese punto un hombre de bien (…) puede tomar oficialmente posesión de un navío abandonado..."

(Fragmento del capítulo 1: Daphne)

Debía de haber llegado al galeón casi desnudo: creo que, en primer lugar, sucio como estaba por la espuma marina, se lavó en la cocina, sin preguntarse si esa agua era la única a bordo, y luego encontró en un cofre un buen vestido del capitán, el que había de conservarse para el desembarco final. Quizá hasta se pavoneara en su uniforme de mando; y calzar botas debe de haber sido una manera de sentirse nuevamente en su elemento. Sólo en ese punto un hombre de bien, propiamente vestido -y no un náufrago menoscabado- puede tomar oficialmente posesión de un navío abandonado, y no advertir ya como violación, sino como derecho, el gesto que hizo Roberto: buscó en la mesa y descubrió, abierto y como dejado interrumpido, junto a la pluma de oca y al tintero, el cuaderno de bitácora. Por la primera hoja supo inmediatamente el nombre del navío, pero por lo demás era una secuencia incomprensible de anker, passer, sterre-kyker, roer, y poco útil le fue saber que el capitán era flamenco. Sin embargo, la última línea llevaba la fecha de algunas semanas antes, y a cabo de pocas palabras incomprensibles campeaba bien rayada una expresión en latín: pestis, quae dicitur bubonica.

He aquí una huella, un anuncio de explicación. A bordo del navío se había declarado una epidemia. Esta noticia no inquietó a Roberto: su peste había pasado trece años antes, y todos saben que quien ha sufrido el morbo ha adquirido una suerte de gracia, como si esa sierpe no osare introducirse por segunda vez en el espinazo de quien la había domado una primera.

Por otra parte, aquella alusión no explicaba mucho, y dejaba espacio a otras inquietudes. Así sea, eran todos muertos. Pero entonces se habrían debido encontrar, diseminados sobre el puente, los cadáveres en descomposición de los últimos, admitiendo que éstos hubieran dado piadosa sepultura en el mar a los primeros.

Estaba la ausencia del esquife: los últimos, o todos, se habían alejado del navío. ¿Qué es lo que convierte un bajel de apestados en un paraje de invencible amenaza? ¿Ratones, por ventura? Le pareció a Roberto interpretar en la escritura ostrogoda del capitán, una palabra como rottenest (¿ratas, ratones de albañar?): e inmediatamente se había dado la vuelta levantando el candil, dispuesto a divisar algo deslizándose a lo largo de las paredes y a oír el chillido que le había helado la sangre en el Amarilis. Con un escalofrío recordó una noche en que un ser peludo le había rozado el rostro mientras se estaba durmiendo, y su grito de terror había hecho correr al doctor Byrd.

Todos, luego, se habían reído de él: incluso sin la peste, en un bajel hay tantas ratas como pájaros en un bosque, y con las ratas se ha de tener costumbre si se quiere correr los mares.

Umberto Eco (Italia, 1932-2016).

(Traducido al español por Helena Lozano).

sábado, 12 de enero de 2019

Ultima Thule: EL PÉNDULO DE FOUCALT, de Umberto Eco



(Fragmento del capítulo 6: Tifieret)

- Tranquilo, ¿cuándo hemos inventado? Siempre hemos partido de hechos objetivos, o en todo caso de datos de dominio público.
 
- También ahora. En 1912, nace una Germanenorden que propugna una ariosofía, o sea una filosofía de la superioridad aria. En 1918, un tal barón von Sebottendorff funda una secta derivada de esa orden, la Thule Gesellschaft, una sociedad secreta, enésima variante de la Estricta Observancia Templaria, pero con fuertes componentes racistas, pangermanistas, neoarios. En 1933, este von Sebottendorff dirá que él ha sembrado lo que luego Hitler cultivará. Por lo demás, en la Thule Gesellschaft es donde aparece la cruz gamada. ¿Y quién se adhiere en seguida a la Thule? ¡Rudolf Hess, el ángel malo de Hitler! ¡Y después Rosenberg! ¡Y el propio Hitler!
 
Además, como sabrán por los periódicos, aún hoy, en su cárcel de Spandau, Hess sigue ocupándose de ciencias esotéricas. En 1924, von Sebottendorff escribe un libelo sobre la alquimia, y afirma que los primeros experimentos de fisión atómica demuestran la verdad de la Gran Obra. ¡Y escribe una novela sobre los rosacruces! Además dirigirá una revista de astrología, el Astrologische Rundschau, y Trevor-Roper ha escrito que los jerarcas nazis, empezando por Hitler, no daban un paso sin antes hacerse un horóscopo. Parece que en 1943 se consultó a un grupo de videntes para averiguar dónde estaba preso Mussolini. En suma, todo el grupo dirigente nazi está  vinculado con el neoocultismo teutónico.
 
 
Umberto Eco (Italia, 1932-2018).

martes, 14 de agosto de 2018

Algunos solsticios de novela


Son abundantes las novelas que se ocupan del solsticio, tanto el correspondiente al invierno como el de verano, al que le hemos dedicado estos últimos dos meses en Mitos y reincidencias. La obra más simbólica podría ser el relato Las noches blancas, de Dostievski, cuyo título alude de manera evidente a ese período que se vive en San Petersburgo, en Rusia, entre la segunda quincena de junio y la primera del mes de julio, en que el sol brilla durante la noche y menciona la importancia del sol en esa ciudad tan septentrional:

"Oye uno entre tanto cómo en torno suyo circula ruidosamente la muchedumbre en un torbellino de vida, ve y oye cómo vive la gente, cómo vive despierta, se da cuenta de que para ella la vida no es una cosa de encargo, que no se desvanece como un sueño, como una ilusión, sino que se renueva eternamente, vida eternamente joven en la que ninguna hora se parece a otra; mientras que la fantasía es asustadiza, triste y monótona hasta la trivialidad, esclava de la sombra, de la idea, esclava de la primera nube que de pronto cubre al sol y siembra la congoja en el corazón de Petersburgo, que tanto aprecia su sol. ¿Y para qué sirve la fantasía cuando uno está triste? Acaba uno por cansarse y siente que esa inagotable fantasía se agota con el esfuerzo constante por avivarla. Porque, al fin y al cabo, va uno siendo maduro y dejando atrás sus ideales de antes; éstos se quiebran, se desmoronan, y si no hay otra vida, la única posibilidad es hacérsela con esos pedazos. Mientras tanto, el alma pide y quiere otra cosa. En vano escarba el soñador en sus viejos sueños, como si fueran ceniza en la que busca algún rescoldo para reavivar la fantasía, para recalentar con nuevo fuego su enfriado corazón y resucitar en él una vez más lo que antes había amado tanto, lo que conmovía el alma, lo que enardecía la sangre, lo que arrancaba lágrimas de los ojos y cautivaba con espléndido hechizo."

En una novela comentada previamente, París en el siglo XX, de Jules Verne, la presencia del solsticio de verano es exaltada en el siguiente párrafo:
 
"Debería darle el sol a mediodía; pero las altas paredes de un patio impedían que entrara. Una sola vez en el año, el solsticio del 21 de junio, si hacía buen tiempo, el más alto de los rayos del astro radiante rozaba el techo vecino, se deslizaba velozmente por la ventana, se posaba como un pájaro en el ángulo de un estante o sobre el lomo de un libro, temblaba allí un instante y coloreaba con su proyección luminosa los pequeños átomos de polvo; después, al cabo de un minuto, retomaba vuelo y se marchaba hasta el año siguiente."

Por su parte Umberto Eco, en El péndulo de Foucault, le concede una importancia dramática que lo vuelve esencial como punto de referencia en la trama: "Pero si tenía razón con respecto al Péndulo, quizá también fuera cierto todo el resto, el Plan, la Conjura Universal, y era justo que ahora yo estuviese allí, en la víspera del solsticio de verano. Jacopo Belbo no había enloquecido, sólo había descubierto, jugando, a través del Juego, la verdad."
 
En El último adiós, de la australiana Kate Morton, se lee: "Había pasado casi un año entero desde que lo vio por primera vez. Llegó a Loeanneth el verano de 1932, durante ese glorioso periodo seco en el que, con toda la emoción de la fiesta de solsticio detrás de ellos, no había nada que hacer salvo entregarse al soporífero calor."
 
Por último, en la novela policiaca Casa de verano con piscina, del holandés Herman Koch, inspirada en la detención y arraigo del cineasta Roman Polanski, debido al juicio que dejó inconcluso en los Estados Unidos por la violación de una menor de edad. Aquí el autor reúne en la casa de verano que da título a la obra, propiedad de Ralph Meier, un famoso actor de cine narcisista y arrogante, al doctor Schlosser y su hija Julia, una adolescente de trece años, a un famoso cineasta septuagenario y su joven esposa Emmanuel -casualmente la mujer de Polanski en realidad es la actriz Emanuelle Seigner-. El capítulo 24 se inicia estableciendo desde el primer párrafo: "Ese sábado por la tarde, la aldea estaba celebrando el solsticio de verano con fuegos artificiales y fogatas en la playa. A lo largo de todo el día se escucharon las explosiones."

Estas son apenas unos cuantos títulos que refieren este fenómeno natural que hace sólo unas semanas tuvo lugar en el hemisferio boreal. Para una relación más detallada se puede visitar la etiqueta relativa al solsticio en este mismo blog.

Jules Etienne

jueves, 9 de agosto de 2018

Solsticio: EL PÉNDULO DE FOUCAULT, de Umberto Eco


(Fragmento en que menciona al solsticio de verano)

Yo miraba con temor reverente. En aquel momento estaba convencido de que Jacopo Belbo tenía razón. Cuando me hablaba del Péndulo, su emoción me parecía fruto de un delirio estético, de ese cáncer que lentamente estaba creciendo informe, en su alma, y poco a poco, sin que él se diese cuenta, iba transformando su juego en realidad. Pero si tenía razón con respecto al Péndulo, quizá también fuera cierto el resto, el Plan, la Conjura Universal, y era justo que ahora yo estuvises allí, en la víspera del solsticio de verano. Jacopo Belbo no había enloquecido, sólo había descubierto, jugando, a través del Juego, la verdad.

Es que la experiencia de lo Numinoso no puede durar mucho tiempo sin trastonar la mente.

Traté entonces de apartar la vista siguiendo la curva que, desde los capiteles de las columnas dispuestas en semicírculo, se prolongaba por las nervaduras de la bóveda hasta la clave, repitiendo el misterio de la ojiva, que se apoya en una ausencia, suprema hipocresía estática, y a las columnas les hace creer que empujan hacia arriba las aristas, mientras que a éstas, rechazadas por la clave, las persuade de que son ellas quienes afirman las columnas contra el suelo, cuando en realidad la bóveda es todo y nada, efecto y causa al mismo tiempo. Pero comprendí que descuidar el Péndulo para admirar la bóveda, era como abstenerse de beber en el manantial para embriagarse en la fuente.

El coro de Saint-Martin-des-Champs sólo existía porque, en virtud de la Ley, podía existir el Péndulo, y éste existía porque existía aquél. No se elude un infinito, pensé, huyendo hacia otro infinito, no se elude la revelación de lo idéntico eludiéndose con la posibilidad de encontrarse con lo distinto.

Sin poder quitar la vista de la clave de la bóveda fui retrocediendo, lentamente, porque en unos pocos minutos, los que habían transcurrido desde que entrara allí, me había aprendido el recorrido de memoria, y las grandes tortugas metálicas que desfilaban a mi lado eran bastante imponentes como para señalar su presencia al rabillo de mis ojos. Retrocedí por la amplia nave, hacia la puerta de entrada, y otra vez pasaron sobre mí aquellos amenazadores pájaros prehistóricos de tela raída y alambre, aquellas malignas libélulas que una voluntad oculta había hecho colgar del techo de la nave. Adivinaba que eran metáforas sapienciales, mucho más significativas y alusivas de lo que el pretexto didascpalico hubiera querido, engañosamente, sugerir. Vuelo de insectos y reptiles jurásicos, alegoría de las largas migraciones que el Péndulo estaba compendiando sobre el suelo, arcontes, emanaciones perversas; y ahora se abatían sobre mí, con sus largos picos de arqueoptérix, el aeroplano de Breguet, el de Bleriot, el de Esnault, el helicóptero de Dufaux.


 Umberto Eco (Italia, 1932-2016).

domingo, 19 de febrero de 2017

Carnaval: EL NOMBRE DE LA ROSA, de Umberto Eco


(Fragmento del séptimo día: Noche)

- No, sin duda. La risa es la debilidad, la corrupción, la insipidez de nuestra carne. Es la distracción del campesino, la licencia del borracho. Incluso la iglesia, en su sabiduría, ha permitido el momento de la fiesta, del carnaval, de la feria, esa polución diurna que permite descargar los humores y evita que se ceda a otros deseos y a otras ambiciones... Pero de esta manera la risa sigue siendo algo inferior, amparo de los simples, misterio vaciado de sacralidad para la plebe. Ya lo decía el apóstol: en vez de arder, casaos. En vez de rebelaros contra el orden querido por Dios, reíd y divertíos con vuestras inmundas parodias del orden... al final de la comida, después de haber vaciado las jarras y botellas. Elegid al rey de los tontos, perdeos en la liturgia del asno y del cerdo, jugad a representar vuestras saturnales cabeza abajo... Pero aquí, aquí... -y Jorge golpeaba la mesa con el dedo, cerca del libro que Guillermo había estado hojeando-, aquí se invierte la función de la risa, se la eleva a arte, se le abren las puertas del mundo de los doctos, se la convierte en objeto de filosofía, y de pérfida teología... Ayer pudiste comprobar cómo los simples pueden concebir, y realizar, las herejías más indecentes, haciendo caso omiso tanto de las leyes de Dios como de las de la naturaleza. Pero la iglesia puede soportar la herejía de los simples, que se condenan por sí solos, destruidos por su propia ignorancia. La inculta locura de Dulcino y de sus pares nunca podrá hacer tambalearse el orden divino. Predicará la violencia y morirá por la violencia, no dejará huella alguna, se consumirá como se consume el carnaval, y no importa que durante la fiesta se haya producido en la tierra, y por breve tiempo, la epifanía del mundo al revés. Basta con que el gesto no se transforme en designio, con que esa lengua vulgar no encuentre una traducción latina. La risa libera al aldeano del miedo al diablo, porque en la fiesta de los tontos también el diablo parece pobre y tonto, y, por tanto, controlable. Pero este libro podría enseñar que liberarse del miedo al diablo es un acto de sabiduría. Cuando ríe, mientras el vino gorgotea en su garganta, el aldeano se siente amo, porque ha invertido las relaciones de dominación: pero este libro podría enseñar a los doctos los artificios ingeniosos, y a partir de entonces ilustres, con los que legitimar esa inversión. Entonces se transformaría en operación del intelecto aquello que en el gesto impensado del aldeano aún, y afortunadamente, es operación del vientre. Que la risa sea propia del hombre es signo de nuestra limitación como pecadores. ¡Pero cuántas mentes corruptas como la tuya extraerían de este libro la conclusión extrema, según la cual la risa sería el fin del hombre! La risa distrae, por algunos instantes, al aldeano del miedo. Pero la ley se impone a través del miedo, cuyo verdadero nombre es temor de Dios. Y de este libro podría saltar la chispa luciferina que encendería un nuevo incendio en todo el mundo; y la risa sería el nuevo arte, ignorado incluso por Prometeo, capaz de aniquilar el miedo. Al aldeano que ríe, mientras ríe, no le importa morir, pero después, concluida su licencia, la liturgia vuelve a imponerle, según el designio divino, el miedo a la muerte.
 
 
Umberto Eco (Italia, 1932-2016)

Con motivo de que hoy se cumple el primer aniversario luctuoso de Umberto Eco, este párrafo de El nombre de la rosa, su novela más célebre, se inscribe en la serie de textos sobre el carnaval, que he venido recopilando durante las últimas semanas. Bajo la etiqueta con su nombre es posible leer varias referencias a su obra:
Umberto Eco 

jueves, 10 de julio de 2014

Espejos (70): EL NOMBRE DE LA ROSA, de Umberto Eco


(Fragmento del segundo día, noche)

- Realmente ingenioso. ¡Un espejo!
 
- ¿Un espejo?
 
- Sí, mi audaz guerrero -dijo Guillermo-. Hace poco, en el scriptorium, te has arrojado con tanto valor sobre un enemigo real, y ahora te asustas de tu propia imagen. Un espejo, que te devuelve tu propia imagen, agrandada y deformada.
 
Cogiéndome de la mano me llevó hasta la pared situada frente a la entrada de la habitación. Ahora que la lámpara   estaba más cerca podía ver, en una hoja de vidrio con ondulaciones, nuestras dos imágenes, grotescamente deformadas, cuya forma y altura variaba según nos acercásemos o nos alejásemos.
 
- Léete algún tratado de óptica -dijo Guillermo con tono burlón-. Sin duda, los fundadores de la biblioteca lo han hecho. Los mejores son los de los  árabes. Alhazen compuso un tratado De aspectibus donde, con rigurosas demostraciones geométricas, describe la fuerza de los espejos. Según la ondulación de su superficie, los hay capaces de agrandar las cosas más minúsculas (¿y qué hacen si no mis lentes?), mientras que otros presentan las imágenes invertidas, u oblicuas, o muestran dos objetos en lugar de uno, o cuatro en lugar de dos. Otros, como éste, convierten a un enano en un gigante, o a un gigante en un enano.
 
- ¡Jesús! -exclamé-. Entonces, ¿son éstas las visiones que algunos dicen haber tenido en la biblioteca?
 
- Quizá. La idea es realmente ingeniosa. -Leyó la inscripción situada sobre el espejo: Super thronos viginti quatuor-. Ya la hemos encontrado, pero en una sala sin espejo. Además, ésta no tiene ventanas, y tampoco es heptagonal. ¿Dónde estamos? -Miró alrededor y después se acercó a un armario-. Adso, sin aquellos benditos oculi ad legendum no logro comprender lo que hay escrito en estos libros. Léeme algunos títulos.
 
 
Umberto Eco (Italia, 1932)

domingo, 13 de octubre de 2013

Exilio: LAS POÉTICAS DE JOYCE, de Umberto Eco

 
(Fragmento de El catolicismo de Joyce)
 
«Te voy a decir lo que haré y lo que no haré. No serviré por más tiempo a aquello en lo que no creo, llámese mi hogar mi patria y mi religión. Y trataré de expresarme de algún modo en vida y arte, tan libremente como sea posible, tan plenamente como me sea posible, usando para mi defensa las solas armas que me permito usar: silencio, destierro y astucia.» Con la confesión de Stephen a Cranly, el joven Joyce presenta su propio programa de exilio: los supuestos de la tradición irlandesa y de la educación jesuítica pierden su valor de regla creída y observada. El camino que acabará en las últimas páginas del Work in Progress continúa bajo el signo de una absoluta disponi- bilidad espiritual.
 
Umberto Eco (Italia, 1932)

sábado, 17 de agosto de 2013

Páginas ajenas: EL CEMENTERIO DE PRAGA, de Umberto Eco

"... donde los esperaban trescientos fantasmas envueltos en sudarios y armados con espadas de dos filos..."

(Fragmento del capítulo 4. Los tiempos del abuelo)
 
Sobre Alexandre Dumas y las logias masónicas.
 
Quizá para evocar a mi padre, me paso largas horas en la buhardilla con las novelas que ha dejado, y consigo interceptar el José Bálsamo de Dumas, que llega por correo cuando él ya no lo podrá leer.
 
Este libro prodigioso cuenta, como todo el mundo sabe, las aventuras de Cagliostro y cómo urdió la trama del collar de la reina, logrando en una sola tanda arruinar moral y financieramente al cardenal de Rohan, comprometer a la soberana y exponer al ridículo a toda la corte, hasta el punto que muchos consideraban que el fraude de Cagliostro contribuyó a minar el prestigio de la institución monárquica de tal manera que preparó ese clima de descrédito que llevaría a la Revolución del 89.
 
Pero Dumas hace mucho más, y ve en Cagliostro, esto es, en José Bálsamo, a un hombre capaz de organizar de forma consciente no sólo una estafa sino un complot patriótico a la sombra de la masonería universal.
 
Me fascinaba la ouverture. Escena: el mont Tonerre, el monte del Trueno. En la orilla izquierda del Rhin, a pocas leguas de Worms, empiezan a elevarse las primeras cordilleras de una serie de lúgubres montañas, la silla del Rey, la roca de los Halcones, la cresta de la Serpiente, y la más elevada de todas, el monte del Trueno. El día 6 de mayo de 1770 (casi veinte años antes del estallido de la fatídica Revolución), en el momento en que se ocultaba el sol tras la aguja de la catedral de Estrasburgo, dividiéndolo casi en dos hemisferios de fuego, un Desconocido que venía de Maguncia, al subir las laderas de esa montaña, en cierto momento abandonaba a su caballo y le capturaban unos seres enmascarados que, tras haberlo vendado, lo llevaban más allá del bosque a un claro donde los esperaban trescientos fantasmas envueltos en sudarios y armados con espadas de dos filos, los cuales inmediatamente lo sometían a un prolongado interrogatorio.
 
¿Qué deseas? Ver la luz. ¿Estás dispuesto a jurar? Y lo sometían a una serie de pruebas, como beber la sangre de un traidor que acababan de matar, dispararse a la sien con una pistola para experimentar el propio sentido de la obediencia, y paparruchas semejantes, que evocaban rituales masónicos de ínfimo rango, bien conocidos también por los lectores populares de Dumas, hasta que el viajero decidía cortar por lo sano y dirigirse altanero a la congregación, aclarando que conocía todos sus ritos y trucos y que, por lo tanto, dejaran de hacer teatro, porque él era algo más que todos ellos, era el jefe por derecho divino de aquella congregación masónica universal.
 

Umberto Eco (Italia, 1932)