Vancouver: luz de agosto en la bahía. (Fotografía de Jules Etienne).
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domingo, 19 de mayo de 2024

Mirándolas dormir: LA SUERTE ESTÁ ECHADA, de Jean Paul Sartre

"... encuentra el rostro de Eve Charlier; con los ojos cerrados..."

El dormitorio de Eve

Un dormitorio donde las persianas semicerradas solamente dejan pasar un rayo de luz.

Un rayo luminoso descubre una mano de mujer, cuyos dedos crispados arañan una manta de piel. La luz hace brillar el oro de una alianza, y, luego, deslizándose a lo largo del brazo, encuentra el rostro de Eve Charlier; con los ojos cerrados, contraídas las ventanillas de la nariz, parece sufrir, agitada, gimiente.

Una puerta se entreabre y en el espacio libre un hombre queda inmóvil. Elegante- mente vestido, muy moreno, con hermosos ojos oscuros y bigote recortado a la americana, aparenta unos treinta y cinco años. Es André Charlier.

Mira intensamente a su mujer, pero su mirada no tiene más que una atención fría, sin la más mínima ternura.

Entra, cierra la puerta sin ruido, atraviesa el cuarto cautelosamente y se aproxima a Eve, que no le ha oído llegar.

Acostada en su lecho, Eve tiene sobre su camisón una "robe de chambre" muy elegante. Una manta de piel le cubre las piernas.

Por un instante, André Charlier contempla a su mujer, cuyo semblante expresa sufrimiento. Después se inclina sobre ella y la llama con dulzura.

- Eve... Eve...

Eve no abre los ojos. Duerme con expresión tensa.

André se incorpora y se dirige hacia la mesita de noche, donde hay un vaso con agua. Saca de su bolsillo un frasquito gotero que acerca al vaso y lentamente vierte unas gotas.

Como Eve hace un movimiento con la cabeza, rápidamente esconde el frasquito en el bolsillo y observa, con una mirada de aguda dureza, a su mujer dormida.

Jean Paul Sartre (Francia, 1905-1980).
Obtuvo el premio Nobel en 1964.

(Traducido al español por Raúl Navarro).

viernes, 13 de enero de 2023

Enero: LA NÁUSEA, de Jean Paul Sartre

"... como los que se pasean a la orilla del mar con sus trajes de primavera."

(Fragmento)

A las seis de la tarde

No puedo decir que me sienta aligerado ni contento; al contrario, eso me aplasta. Sólo que alcancé mi objetivo: sé lo que quería saber; he comprendido todo lo que me sucedió desde el mes de enero. La Náusea no me ha abandonado y no creo que me abandone tan pronto; pero ya no la soporto, ya no es una enfermedad ni un acceso pasajero: soy yo.

Bueno, hace un rato estaba yo en el Jardín público. La raíz del castaño se hundía en la tierra, justo debajo de mi banco. Yo ya no recordaba que era una raíz. Las palabras se habían desvanecido, y con ellas la significación de las cosas, sus modos de empleo, las débiles marcas que los hombres han trazado en su superficie. Estaba sentado, un poco encorvado, baja la cabeza, solo frente a aquella masa negra y nudosa, enteramente bruta y que me daba miedo. Y entonces tuve esa iluminación.

Me cortó el aliento. Jamás había presentido, antes de estos últimos días, lo que quería decir “existir”. Era como los demás, como los que se pasean a la orilla del mar con sus trajes de primavera. Decía como ellos: “el mar es verde”, “aquel punto blanco, allá arriba, es una gaviota”, pero no sentía que aquello existía, que la gaviota era una “gaviota-existente”; de ordinario la existencia se oculta. Está ahí, alrededor de nosotros, en nosotros, ella es nosotros, no es posible decir dos palabras sin hablar de ella y, finalmente, queda intocada. Hay que convencerse de que, cuando creía pensar en ella, no pensaba en nada, tenía la cabeza vacía o más exactamente una palabra en la cabeza, la palabra “ser” O pensaba... ¿cómo decirlo? Pensaba la pertenencia, me decía que el mar pertenecía a la clase de los objetos verdes o que el verde formaba parte de las cualidades del mar. Aun mirando las cosas, estaba a cien leguas de pensar que existían: se me presentaban como un decorado. Las tomaba en mis manos, me servían como instrumentos, preveía sus resistencias. Pero todo esto pasaba en la superficie. Si me hubieran preguntado qué era la existencia, habría respondido de buena fe que no era nada, exactamente una forma vacía que se agrega a las cosas desde afuera, sin modificar su naturaleza. Y de golpe estaba allí, clara como el día: la existencia se descubrió de improviso. Había perdido su apariencia inofensiva de categoría abstracta; era la materia misma de las cosas, aquella raíz estaba amasada en existencia. O más bien la raíz, las verjas del jardín, el césped ralo, todo se había desvanecido; la diversidad de las cosas, su individualidad sólo eran una apariencia, un barniz. Ese barniz se había fundido, quedaban masas monstruosas y blandas, en desorden, desnudas, con una desnudez espantosa y obscena.

Jean Paul Sartre (Francia, 1905-1980).
Obtuvo el premio Nobel en 1964.

(Traducido al español por Aurora Bernárdez).

lunes, 18 de julio de 2022

Julio: LA NÁUSEA, de Jean Paul Sartre

"Madeleine se echa a reír. Hace girar la manivela y la cosa empieza de nuevo."

(Fragmento)
 
Un día de julio...
 
- Madeleine, ¿quiere poner de nuevo el disco? Una vez más, antes de que me vaya.
 
Madeleine se echa a reír. Hace girar la manivela y la cosa empieza de nuevo. Pero ya no pienso en mí. Pienso en aquel tipo que compuso esta melodía, un día de julio, en el calor negro de su cuarto. Trato de pensar en él a través de la melodía, a través de los sonidos blancos y acidulados del saxofón. Hizo esto. Tenía dificultades, no todo le iba como Dios manda: cuentas que pagar -y además debía de haber por ahí alguna mujer que no pensaba en él como lo hubiera deseado-, y además había esa terrible ola de calor que transformaba a los hombres en charcos de grasa derretida. Todo aquello no tenía nada de muy lindo ni de muy glorioso. Pero cuando oigo la canción y pienso que la hizo aquel tipo, considero... conmovedores su sufrimiento y su transpiración. Tuvo suerte. Por lo demás, no se habrá dado cuenta. Debió de pensar: ¡con un poco de suerte, sacaré unos cincuenta dólares! Es la primera vez desde hace años, que un hombre me parece conmovedor. Quisiera saber algo sobre ese tipo. Me interesaría conocer sus dificultades, si tenía una mujer o si vivía solo. No por humanismo; al contrario. Porque hizo todo esto. No tengo ganas de conocerlo; además quizá haya muerto. Obtener sólo algunos informes sobre él y poder pensar en él, de vez en cuando, al escuchar este disco Eso es. Supongo que a aquel tipo no le haría ni fu ni fa si le dijeran que en la séptima ciudad de Francia, en los alrededores de la estación, hay alguien que piensa en él. Pero yo sería feliz si estuviera en su lugar; lo envidio. Tengo que irme. Me levanto, pero vacilo un instante, quisiera oír cantar a la negra. Por última vez.
 
Jean Paul Sartre (Francia, 1905-1980).
Obtuvo el premio Nobel de literatura en 1964

viernes, 2 de marzo de 2018

Nieve: LA NÁUSEA, de Jean Paul Sartre

"Pero soy como un tipo helado por completo después de un viaje por la nieve..."
 
Miércoles: mi último día en Bouville
 
(Fragmento)
 
La negra canta. ¿Entonces es posible justificar la propia existencia? ¿Un poquitito? Me siento extraordinariamente intimidado. No es que tenga mucha esperanza. Pero soy como un tipo helado por completo después de un viaje por la nieve, que entrara de pronto en un cuarto tibio. Pienso que se quedaría inmóvil cerca de la puerta, frío aún, y lentos temblores recorrerían todo su cuerpo.
 
Some of these days
You’ll miss me honey.
 
¿No podría yo intentar...? Naturalmente, no se trataría de una música... ¿pero no podría, en otro orden?... Tendría que ser un libro; no sé hacer otra cosa. Pero no un libro de historia; la historia habla de lo que ha existido, un existente jamás puede justificar la existencia de otro existente. Mi error era querer resucitar a M. de Rollebon. Otra clase de libro. No sé muy bien cuál, pero habría que adivinar, detrás de las palabras impresas, detrás de las páginas, algo que no existiera, que estuviera por encima de la existencia. Por ejemplo, una historia que no pueda suceder, una aventura. Tendría que ser bella y dura como el acero, y que avergonzara a la gente de su existencia.
 
 
Jean Paul Sartre (Francia, 1905-1980). Obtuvo el premio Nobel en 1964.

martes, 4 de julio de 2017

Carnaval: EL HOMBRE Y LAS COSAS, de Jean Paul Sartre


(Fragmento)

Somos rebeldes de detrás del espejo. Pues no es eso lo que quiere cambiar el rebelde de este mundo; quiere cambiar la situación presente de los hombres, la que se hace día a día. Relatar el presente como si fuera pasado es emplear un artificio, crear un mundo extraño y bello, coagulado como una de esas máscaras de martes de carnaval que se hacen espantosas cuando verdaderos hombres vivos las llevan en los rostros.


Jean Paul Sartre (Francia, 1905-1980) Obtuvo el premio Nobel de literatura en 1964.

La ilustración corresponde a la serie Sueño lúcido (Lucid Dream), escultura en porcelana de Johnson Tsang.

martes, 7 de marzo de 2017

Carnaval: LA NÁUSEA, de Jean Paul Sartre

"... en Bouville esto no significa gran cosa; apenas hay en toda la ciudad unas cien personas para disfrazarse."

(Fragmento)
 
Martes de carnaval

Maurice Barrès, recibió una buena tunda. Éramos tres soldados y uno de nosotros tenía un agujero en medio de la cara. Maurice Barrès se acercó y nos dijo: “¡Está bien!” y entregó a cada uno un ramillete de violetas. “No sé dónde meterlo”, dijo el soldado de la cabeza agujereada. Entonces Maurice Barrès dijo. “Debe ponérselo en medio del agujero que tiene usted en la cabeza”. El soldado respondió: “Voy a metértelo en el culo”. Y pescamos a Maurice Barrès y le quitamos los pantalones. Debajo del calzoncillo llevaba una vestidura roja de cardenal. Levantamos la vestidura y Maurice Barrès se puso a gritar: “Atención, tengo pantalones con trabillas”. Pero lo azotamos hasta hacerle sangre y en el trasero le dibujamos, con los pétalos de las violetas, la cabeza de Déroulède.
 
Recuerdo mis sueños con gran frecuencia después de un tiempo. Además, he de moverme mucho tiempo mientras duermo porque a la mañana encuentro toda la ropa en el suelo. Hoy es martes de carnaval, pero en Bouville esto no significa gran cosa; apenas hay en toda la ciudad unas cien personas para disfrazarse.
 
 
Jean Paul Sartre (Francia, 1905-1980). Obtuvo el premio Nobel en 1964.

sábado, 28 de noviembre de 2015

Venecia: VENECIA DESDE MI VENTANA, de Jean Paul Sartre

"Veo ya nacer, a derecha, el pálido reflejo del palacio Dario."

(Fragmento)
 
El  agua es demasiado discreta; no se le oye. Asaltado  por una sospecha, me inclino: el cielo ha caído dentro. Ella apenas se atreve a moverse y sus millones de ondas mecen confusamente la apacible reliquia que fulgura con intermitencias… El presente es lo que toco, la herramienta que puedo manejar; es lo que actúa sobre mí o lo que puedo cambiar. Aquellas bonitas quimeras no son mi presente. Entre ellas y yo no hay simultaneidad… Quizás vienen a mí desde el fondo del porvenir; en ciertas mañanas de primavera las he visto avanzar hacia mí, jardín flotante, todavía otras, pero como un presagio, como aquél que yo sería en el futuro. Pero la claridad desapacible de esta mañana ha matado sus colores, los ha amurallado en finitud. Tales quimeras son pobres, inertes; la deriva las aleja de mí. En verdad no pertenecen a mi experiencia; surgen lentamente, en el fondo de una memoria que está a punto de olvidarlas, una extraña memoria anónima, la memoria del Cielo y del Agua. En Venecia, es suficiente una nada para que la luz se transforme en materia. Basta que la luz desenvuelva esta imperceptible memoria insular, este desajuste constante, para que tal luz parezca un pensamiento. Ella atiza o suprime los sentidos esparcidos sobre los flotantes conjuntos de casas. Esta mañana leo Venecia en los ojos de otro… En el fondo de una mirada antigua, mi mirada intenta volver a pescar palacios sumergidos, pero no consigue más que generalidades. ¿Percibo o recuerdo?. Veo lo que sé, o, más bien, lo que otro ya sabe. Otra memoria frecuenta la mía, los recuerdos de Otro surgen frente a mí… He aquí un cuadro para los turistas: La Eternidad cercada por el Devenir, o el Mundo Inteligible planeando por encima de la materia… Bruscamente, todo el cortejo marino se ahoga; el agua es como los sueños: no tiene lógica en las ideas. El agua se aplana, yo me inclino sobre una espesura de embotamiento; se diría que ella envidia la rigidez cadavérica de los palacios que la bordean… Veo ya nacer, a derecha, el pálido reflejo del palacio Dario. Elevo los ojos: todo se ha transformado en algo semejante. Tengo necesidad de pesadas y macizas presencias, me siento vacío frente a esos finos plumajes pintados sobre vidrio. Salgo.
 
 
Jean Paul Sartre (Francia, 1905-1980). Fue designado premio Nobel en 1964, aunque lo rechazó.

La ilustración corresponde a Palazzo Dario (1889), de Willliam W. Sheppard.

viernes, 22 de mayo de 2015

Madeleine: LA NÁUSEA, de Jean Paul Sartre

"Flotaba, me aturdían las brumas luminosas que me penetraban por todas partes a la vez."

(Fragmento del capítulo Las cinco y media)

Sentí una viva decepción en el sexo, un largo cosquilleo desagradable. Al mismo tiempo, sentía que la camisa me rozaba la punta de los pechos, y la impresión de que un lento torbellino encendido me rodeaba, me llevaba, un torbellino de bruma, de luces, en el humo, en los espejos, en las banquetas que brillaban en el fondo, y no veía por qué estaba allí, ni por qué pasaba eso. Me había detenido en la puerta, no sabía si entrar, y entonces se produjo un remolino, pasó una sombra por el techo y me sentí empujado hacia adelante. Flotaba, me aturdían las brumas luminosas que me penetraban por todas partes a la vez. Madeleine vino flotando a quitarme el sobretodo, y observé que se había estirado el pelo y llevaba pendientes: no la reconocí. Yo miraba sus grandes mejillas, que corrían interminables hacia las orejas. En el hueco de las mejillas, bajo los pómulos, había dos manchas color de rosa, bien aisladas, que parecían aburrirse en esa carne pobre. Las mejillas corrían, corrían hacia las orejas, y Madeleine sonreía:
 
- ¿Qué toma usted, señor Antoine?
 
Entonces me dio la Náusea: me dejé caer en el asiento, ni siquiera sabía dónde estaba; veía girar lentamente los colores a mi alrededor; tenía ganas de vomitar. Y desde entonces la Náusea no me ha abandonado, me posee.
 
 
Jean Paul Sartre (Francia, 1905-1980). Obtuvo el premio Nobel de literatura en 1964.

miércoles, 16 de julio de 2014

Espejos (76): LA NÁUSEA, de Jean Paul Sartre


Viernes
 
(Fragmento)

Enciendo la lámpara sobre la mesa; quizá su claridad pueda combatir la del día. Pero no: la lámpara forma alrededor de su pie un charco lastimoso. Apago; me levanto. En la pared hay un agujero blanco, el espejo. Es una trampa. Sé que voy a dejarme atrapar. Ya está. La cosa gris acaba de aparecer en el espejo. Me acerco y la miro; ya no puedo irme.
 
Es el reflejo de mi rostro. A menudo en estos días perdidos, me quedo contemplándolo. No comprendo nada en este rostro. Los de los otros tienen un sentido. El mío, no. Ni siquiera puedo decidir si es lindo o feo. Pienso que es feo, porque me lo han dicho. Pero no me sorprende. En el fondo, a mí mismo me choca que puedan atribuirle cualidades de ese tipo, como si llamaran lindo o feo a un montón de tierra o a un bloque de piedra.
 
Sin embargo hay algo agradable a la vista, encima de las regiones blandas de las mejillas, sobre la frente: la hermosa llamarada roja que me dora el cráneo, mi pelo. Es agradable de mirar. Por lo menos es un color definido: estoy contento de ser pelirrojo. Ahí, en el espejo, se hace ver, resplandece. Tengo suerte: si mi frente llevara una de esas cabelleras que no llegan a decidirse entre el castaño y el rubio, mi cara se perdería en el vacío, me daría vértigo.
 
Mi mirada desciende lenta, hastiada, por la frente, por las mejillas; no encuentra nada firme, se hunde. Evidentemente, hay una nariz, ojos, boca, pero todo eso no tiene sentido, ni siquiera expresión humana. Sin embargo Anny y Vélines opinaban que tenía una expresión vivaz; es posible que esté demasiado acostumbrado a mi cara. Cuando era chico, mi tía Bigeois me decía: “Si te miras largo rato en el espejo, verás un mono”. Debí de mirarme más todavía: lo que veo está muy por debajo del mono, en los lindes del mundo vegetal, al nivel de los pólipos. Vive, no digo que no; pero no es la vida en que pensaba Anny; veo ligeros estremecimientos, veo una carne insulsa que se expande y palpita con abandono. Sobre todo los ojos, de tan cerca, son horribles. Algo vidrioso, blando, ciego, bordeado de rojo; como escamas de pescado.
 
Me apoyo con todo mi peso en el borde de loza, acerco mi cara al espejo hasta tocarlo. Los ojos, la nariz y la boca desaparecen, ya no queda nada humano. Arrugas morenas a cada lado del abultamiento febril de los labios, grietas, toperas. Un sedoso vello blanco corre por los grandes declives de las mejillas; dos pelos salen por los agujeros de la nariz; es un mapa geológico en relieve. Y a pesar de todo, este mundo lunar me resulta familiar. No puede decir que reconozco sus detalles. Pero el conjunto me da una impresión de algo ya visto que me embota: me deslizo dulcemente hacia el sueño.
 
Quisiera recobrarme: una sensación viva y decidida me libertaría. Aplico mi mano derecha contra la mejilla, tiro de la piel; me hago una mueca. Toda una mitad del rostro cede, la mitad izquierda de la boca se tuerce y se hincha descubriendo un diente, la órbita se abre sobre un globo blanco, sobre una carne rosada y sanguinolenta. No es lo que yo buscaba; nada fuerte, nada nuevo; ¡es algo suave, esfumado, ya visto! Me duermo con los ojos abiertos, el rostro crece, crece en el espejo, es un inmenso halo pálido que se desliza en la luz ...
 
 
Jean Paul Sartre (Francia, 1905-1980) Obtuvo el premio Nobel de literatura en 1964