Vancouver: luz de agosto en la bahía. (Fotografía de Jules Etienne).
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viernes, 29 de abril de 2011

Palabras bastardas: consecuencia de la globalización



Cuando me ocupaba del texto relativo a la novela ¿Quién censuró a Roger Rabbit?, acudí al empleo de un anglicismo en su traducción literal: bastardización, porque si bien la Real Academia acepta el verbo en español bastardear, el vocablo no es muy común en nuestra lengua, ya que nosotros recurrimos más bien otras expresiones como sería el caso de adulterar, deformar, falsificar o pervertir, por citar sólo algunas. Pero en inglés, debido a que bastard es un insulto de uso cotidiano, la palabra se vuelve más coloquial e incluso conlleva una cierta dosis de agresividad.

Hará unos tres años que mi amigo Raúl Herrera y yo solíamos reunirnos semanalmente en un café y antes de iniciar nuestras conversaciones sobre cualquier tema, discutíamos alguna palabra en inglés cuya grafía era similar a la del español, pero su significado diferente, lo cual suele crear confusiones entre los hispanos que radicamos en países angloparlantes. Estuvimos creando durante una época lo que yo denominaba nuestro diccionario de hominimias bilingües.

Tal vez el ejemplo más claro sea el de la palabra library, que significa biblioteca, pero que a fuerza de leerla tan parecida a librería en español, es muy común encontrarse con personas que se refieren a la biblioteca pública como "la librería", cuando en realidad el equivalente sería bookstore: un lugar en el que se venden libros.

Una de las palabras de uso común, sobre todo entre los locutores de la radio y la televisión en español, es la traducción de la palabra success, que significa éxito. Ya que no dicen "resultó un éxito", sino "resultó un suceso", por un traslado incorrecto de la palabra desde su idioma original. Un amigo mexicano me decía hace poco: "me invitaron a ver sus facilidades". Cuando en realidad se refería a instalaciones, que es el significado en español de facilities. También conozco a varios centroamericanos que le llaman "carpeta" a la alfombra, debido a que en inglés se dice carpet.

El caso de la palabra bizarre, es muy interesante. Su constante empleo en inglés ha provocado que también en español se aplique con la connotación de fantástico y hasta grotesco, cuando según la Real Academia, el significado correcto de bizarro es valiente y esforzado, y en segundo término también puede ser generoso y ¡lúcido!, lo cual vendría a resultar casi un antónimo de lo que es el término en lengua inglesa.

La lista es mucho más amplia de lo que uno se imagina a primera vista, y sólo a través del habla cotidiana lo va descubriendo. Desafortunadamente nos ganaron otras ocupaciones y hasta dejamos de reunirnos como lo hacíamos -este fin de semana, por ejemplo, optamos por ver alguna película-, y nuestro proyecto se ha ido perdiendo en el olvido, aunque todavía conservamos una lista con más de cincuenta palabras.

El internet también ha aportado abundantes barbarismos como puede ser, por ejemplo, "accesar", que se toma de la indicación en inglés access, y que en español puede ser "tener acceso" o "acceder", pero nunca "accesar". Y lo mismo podría decirse de "checar", puesto que el verbo correcto es "chequear", un anglicismo que proviene del verbo to check, que a su vez significa comprobar. Pero al menos con dichos términos el sentido sigue siendo el mismo y no como sería el caso de otras palabras, por ejemplo argument, que no es argumento, sino discusión, o exit, que lejos de significar éxito, como uno podría imaginarse, quiere decir salida. Como la que estoy haciendo ahora.


En la ilustración correspondiente se aprecia se manera muy clara la palabra lemon, en inglés, que en realidad significa lima y no limón. En cambio lime es un limón. Por lo tanto lo que en español es una limonada, en inglés es limeade y no limonade.

miércoles, 24 de noviembre de 2010

La nueva ortografía: ¿el precio de la globalización?



Desde el pasado 5 de noviembre en que me enteré, a través de una nota en el diario El País, que algunas reglas ortográficas habían sido modificadas por la Real Academia Española, tenía la intención de escribir algo al respecto. Un correo electrónico que recibí ayer, con una breve plegaria irónica de un viejo conocido, a quien no he visto desde hace muchos años, me obsequió el pretexto.

La primera novedad radica en que ya no existirá la llamada "y griega" y desde ahora, como en las matemáticas, se le llamará "ye". Esto lleva como consecuencia que la "i latina", se denominará en el futuro simplemente "i". De tal manera que el alfabeto que nos enseñaron en la escuela a los niños de mi generación -hace ya medio siglo-, es obsoleto: la "b" labial es solamente "be", mientras que la "v" labiodental, es "uve". Para la "w" no se dice "doble u", sino "doble uve". Se supone que todo esto mejora el aprendizaje y facilita su uso cotidiano. Tal vez así sea.

Las letras "ch" y "ll" -"doble ele"- ya no son letras del alfabeto, primero fueron degradadas a la condición de dígrafos, es decir, signos ortográficos de dos letras, hasta su supresión. Se seguirán utilizando y pronunciando igual, sólo que ya no aparecerán en los diccionarios como letras. Quienes los publican estarán preguntándose qué hacer con los ejemplares que todavía tienen en bodega y planearán recuperarse anunciando nuevas ediciones con las modificaciones ya incluidas. Para quienes radicamos en países que no son hispanoparlantes, es una comodidad la supresión de esas dos letras, exclusivas de la lengua española. En cambio, para aquellos que hablan de manera cotidiana nuestro idioma, no estaría tan seguro.

Cuando impartía la materia de redacción, en mi tierra natal, Tampico, hace ya un largo trecho, recuerdo que algunos de mis alumnos tenían que esforzarse mucho para aprender a usar correctamente el acento diacrítico. Buenas noticias para los perezosos, se ha suprimido. Antes se decía: "Sólo quiero estar solo", y ahora se escribe sin acento en ambos casos. Es decir, el uso adverbial y el adjetivo serán la misma cosa. Lo mismo sucederá con los demostrativos como "éste" y "este". Si se toma en cuenta que muchos tienen computadoras con programas que no incluyen el español, ya tendrán menos acentos de los cuales preocuparse (como si de veras alguna vez hubiese sido motivo de su inquietud). En términos generales, para quienes hablan como primera lengua otro idioma, el aprendizaje del español se les facilitará un poco más.

La letra "o", cuando va entre números para evitar confusiones con el signo numérico cero, tampoco se acentuará. Con eso sí estoy plenamente de acuerdo, siempre me pareció ridículo aquello del "5 ó 6".

Por último, aquellas palabras que se escribían con la letra "q" pero sin estar acompañadas por la "u" muda, como es requisito en el idioma español, habrán de sustituirse por la "k" o la "c". Ejemplos: "Iraq" será "Irak" (o, más bien, lo que quede de Irak una vez que las fuerzas pacificadoras concluyan su noble tarea después de haber arrasado Bagdad con todo y el ladrón de las Mil y una noches), tampoco será más "quórum", sino "cuórum" (aunque no incluye sanción alguna para los legisladores cuando no lo completen). Si se prefiere seguir escribiéndolo con grafía latina, entonces será sin acento y en cursivas, como si fuese un extranjerismo: quorum.

El mantenerse al día en aspectos ortográficos hará, sin duda, que por estas fechas los correctores de estilo sean más requeridos. Y es aquí donde quisiera referirme a Héctor Carreto. Lo conocí a través de un querido amigo, Alfonso López, cuando ambos trabajábamos en Cotsa (la desaparecida Compañía Operadora de Teatros), y entre otras tareas, programábamos una sala de cine que se llamaba Pecime, allá por la avenida Universidad en la ciudad de México. Una época divertida, sin duda. Más tarde ingresé a trabajar en la Dirección de Cinematografía, primero como asesor, y al poco tiempo me designaron al frente de la Cineteca Nacional, a finales de los años ochenta. Entonces tuve la oportunidad de rodearme de amigos muy valiosos gracias a quienes, sin duda, les debo el que mi gestión haya resultado positiva. En programación nos asesoraba el entrañable Seth Vázquez (supongo que es correcto seguir acentuando su apellido), y Alfonso nos recomendó a Héctor Carreto para la supervisión de las publicaciones. Lo recuerdo como alguien muy inteligente y siempre de buen humor. Como ya lo he señalado, ayer me llegó un correo de Paco, otro amigo, que reproduce un texto irreverente de él, a manera de oración (me parece que la palabra jaculatoria, ya en desuso, podría ser la adecuada):
 
"Señor:
Bendice a los redactores improvisados,
bendice también los dedos de las tipógrafas
que bailan sobre las teclas;
bendice, especialmente, a los escritores sin ortografía,
porque gracias a ellos existimos los correctores.
 
Señor, hiciste un mundo apresurado.
Ninguna obra maestra, debes saberlo,
se escribe en siete días.
 
Por si decides corregir tu creación
te dejo mi tarjeta."
 
Ya que he abordado el tema de los correctores de estilo, en un futuro quisiera ocuparme de nuevo de su labor y compartir con quienes tienen la paciencia de visitar este blog, mi lamentable experiencia en ese terreno, cuando apareció publicada la primera edición de mi novela Decir Adiós es morir un poco. Espero poder hacerlo esta misma semana.

Creo que la mayoría de las medidas comentadas, tienden a volver al español un idioma más sencillo para quienes intentan aprenderlo. No podemos olvidar que el nuestro es ya el mundo que pronosticaba Marshall McLuhan en La aldea global (War and Peace in the Gobal Village, 1968). Como quiera que sea, el caso es que me siento nostálgico por el español que aprendí en la escuela y que me ha permitido comunicarme a lo largo de mi existencia. Por eso, cuando mi querida amiga de la infancia Clara Martha, me envía sus mensajes escribiendo todavía "obscuro" y no ese prosaico oscuro que se acostumbra ahora, me siento incapaz de elaborar algún argumento congruente como sustento de que obscuridad, en sí misma, implica algo poético. La oscuridad, en cambio, espanta.

 
Jules Etienne

viernes, 17 de septiembre de 2010

¿Acción o descripción? ¿Verbo o adjetivo?



Me encuentro leyendo El Buscador de oro, de Jean-Marie Gustave Le Clézio. Confieso que cuando recibió el premio Nobel, hace un par de años, desconocía su obra. De manera que todo lo que ahora leo es un descubrimiento personal. Cuando concluya la lectura de esta novela me ocuparé de comentarla, pero por lo pronto quisiera dejar establecida una primera observación.

Hace muchos años, formaba parte de un taller literario coordinado por el entrañable Edmundo Valadés. Durante una de nuestras sesiones semanales surgió la discusión. El maestro, quien era gran admirador de Marcel Proust, apreciaba la minuciosidad descriptiva de su prosa. Y en alguna ocasión previa, Rafael Ramírez Heredia nos había dicho que en la literatura actual a la primera frase debe corresponder una acción. Es decir, la estructura clásica de las novelas que iniciaban con adjetivos en su primera línea, habría sido desplazada por la fuerza del verbo.

Hoy me topo, con sorpresa, que Le Clézio emprende la narración en tono descriptivo para desembocar en una extensa introspección: "Por mucho que retroceda en mi memoria, siempre oigo el mar. Mezclado con el viento en las agujas de los filaos, con el viento que no cesa, ni siquiera cuando te alejas de las costas y te adentras por los campos de caña, es el ruido que ha arrullado mi infancia. Lo oigo ahora, en lo más profundo de mí, me lo llevo adondequiera que voy. El ruido lento, incansable, de las olas que rompen a lo lejos en la barrera de coral y que vienen a morir en la arena..."

Traté de hacer un rápido recuento al azar, basado en mi memoria, de las primeras líneas de los autores que acostumbro a leer y me topé, en efecto, con un predominio del verbo. Por ejemplo, nadie tan contundente comoArtemio Cruz cuando dice: "Yo despierto..." para comenzar la novela de Carlos Fuentes. El párrafo inicial de El Amor en los Tiempos del Cólera, de García Márquez, es de una gran belleza, "Era inevitable: el olor de las almendras amargas le recordaba siempre el destino de los amores contrariados."

Imposible dejar de mencionar La Metamorfosis, de Franz Kafka: "Cuando Gregorio Samsa se despertó una mañana después de un sueño intranquilo, se encontró sobre su cama convertido en un monstruoso insecto." El Extranjero, de Albert Camus, es un paradigma de la capacidad para sintetizar el espíritu que permea la totalidad de la obra: "Mamá ha muerto hoy. O tal vez fue ayer, no lo sé. He recibido un telegrama desde el asilo..."

"¿Encontraría a la maga?", se pregunta Julio Cortázar en el arranque de Rayuela. Es probable que el inicio más famoso de las letras mexicanas corresponda a Juan Rulfo: "Vine a Comala porque me dijeron que acá vivía mi padre, un tal Pedro Páramo."

Sin embargo, mantengo mi admiración por Crónica de una Muerte Anunciada, una breve obra maestra que da principio anunciando lo que sucederá al final: "El día en que lo iban a matar, Santiago Nassar se levantó a las 5:30 de la mañana para esperar el buque en que iba a llegar el obispo." La justificación del propio García Márquez para hacerlo de ese modo obedece a que decidió despojar al texto de la incertidumbre sobre si se cometería el crimen o no, para que los lectores se despreocuparan por la intriga y pudieran concentrarse en la lectura de sus pormenores.



Jules Etienne