Vancouver: atardecer en la bahía al final de la primavera. (Fotografía de Jules Etienne).

viernes, 14 de junio de 2024

Mirándolas dormir: BOMARZO, de Manuel Mujica Láinez

"Y sólo entonces se me ocurrió enrostrarle lo que llamé descaro (...) La niña gentil, la mujer provocante, se convirtió en una diosa agraviada."

(
Fragmento del capítulo VII: Bodas en Bomarzo)

Ella me acariciaba también evitando que sus manos rozaran mi espalda, quizás con asco, quizás con cierta indulgencia, con cierta indiferencia, porque procedía como yo de una vieja casta y, en los linajes muy gastados por el tiempo, muy usados por los artificios decadentes, lo inhabitual, lo que entre otros puede resultar motivo de una ruptura inmediata, es asunto que se considera como entre cómplices, herederos de similares desconciertos, pues en esa atmósfera todo se torna más complejo y más extraño. Era el medio en el cual Julia Gonzaga había acompañado con su virginidad, hasta su muerte, a su marido Vespasiano Colonna; el medio en el cual Guidobaldo de Montefeltro y su mujer habían sobrellevado, sin ser santos, sus nupcias blancas. Pero tal vez yo pensaba así ante el horror de un escándalo que pondría de manifiesto una tara más del duque de Bomarzo. ¿Qué sabía yo de lo que andaba por la cabeza de Julia, en momentos en que me afanaba inútilmente, apretando los dientes, sacudién- dola, torturándola, torturándome, buscando de suplir con mi boca lo que no lograba de otro modo?; ¿qué sabía yo, desarmado, echado sobre aquel cuerpo hermoso y frío? Le hablé groseramente de las victorias que había obtenido en ese campo. Di nombres que para ella nada significaban, a fin de acreditar mi poder. Me porté como un rústico, después de portarme como un deleznable incapaz. Y sólo entonces se me ocurrió enrostrarle lo que llamé descaro. Sólo entonces -y no porque me perturbara esencialmente el atrevimiento de su actitud, sino porque lo utilicé como un pretexto para disculpar la mía- atiné a acusarla de prácticas y conocimientos previos en la materia que nos reunía sobre el lecho tumultuoso. La colera la inflamó, bajo el insulto. La niña gentil, la mujer provocante, se convirtió en una diosa agraviada. Ejercía igual dominio sobre el registro majestuoso y sobre el registro sensual y cuando se le antojaba exteriorizaba hasta qué punto era la sobrina del cardenal Alejandro Farnese. Debo decir que se defendió muy bien, que infundió tal verosimilitud a sus palabras, aludiendo a su inocencia y a su solo deseo de hacerme feliz, brindándome cuanto poseía, que me obligó a excusarme, a apelotonarme, a postrarme a sus pies, pues de repente temí haber empeorado mi situación con un error gravísimo y haberlo perdido todo con un desacierto más. Eso colmó mi humillación. Para reconquistar por lo menos su amistad y obtener una prórroga de su confianza, recurrí a las adulaciones serviles, como si yo no fuera el duque y el gran señor que pretendía y que la había recibido en su castillo con tan noble pompa, entre los próceres de Italia, sino un villano vulgar, un esclavo, hasta que cedió su tensión y reanuda- mos nuestras frustradas caricias. Por fin, rendido, cubierto de sudor, caí en letargo.

"Ella continuaba dormida, abandonada. (...) si no había podido poseer a la mujer viva, en cambio había poseído su imagen."

Soñé que descendía con Julia hasta el bosque de las rocas, el futuro Sacro Bosque. Íbamos ambos apartando ramajes, entre los olmos, las encinas, los tamarindos, los sauces, en medio de cuya trabazón se revelaban los peñascos fantasmales con priápica insolencia. Había allí una numerosa compañía de hombres y mujeres desnudos, semejantes a los seres infernales que pueblan las tumbas etruscas. Nos incorporábamos a sus danzas, a sus manejos eróticos, a sus violentos abrazos, en el vertiginoso aquelarre, y nos desplomábamos, fundidos el uno con el otro, en el centro de esos apilados cuerpos de recios colores, pintados con los ocres del óxido de hierro, con los negros del carbón vegetal, con los azules del lapislázuli, que giraban alrededor de un demonio de cerámica. Yo estiraba las manos, braceando como un nadador presto a hundirse, y tropezaba con un duro pecho femenino, con una pierna, con un sexo de hombre. Era como si nadara en un río espeso de cuerpos policromos, confundidos, entrelazados, en el cual era imposible separar los miembros y las cabezas, porque entre todos componían un solo monstruo inmenso que se desplazaba como un lento río caliente, bogando a la sombra de los árboles luctuosos y de las rocas lascivas. Julia era mía, por fin. Tan agudo fue el espasmo que desperté gritando. Ella continuaba dormida, abandonada. Vi, con amargura, que si no había podido poseer a la mujer viva, en cambio había poseído a su imagen.

Manuel Mujica Láinez
(Argentina, 1910-1984).

jueves, 13 de junio de 2024

Mirándolas dormir: EL MAR DE LAS SIRTES, de Julien Gracq

"... subiéndose siempre la sábana con un rápido gesto de frío (...) parecía alejar de ella la inminencia de una ola enorme."

(
Fragmento de Nochebuena)

A veces la observaba durmiéndose a mi lado, apartándose insensiblemente de mí como de una orilla, alejándose mar adentro con una respiración más amplia y como arrollada por una ola de fatiga dichosa; se distanciaba de mí, subiéndose siempre la sábana con un rápido gesto de frío; el hombro, por el que se escurría su cabellera de ahogada, levantaba la sábana y parecía alejar de ella la inminencia de una ola enorme; la sepultaba la gran extensión solemne de la cama, se la llevaba con todo su caudal silencioso; junto a ella, apoyado en un codo, tenía la impresión de ver emerger de ola en ola, entre dos aguas, el derivar de aquella cabeza cada vez más pesada, más perdida y lejana. Miraba a mi alrededor con una sensación repentina de frío y soledad, bajo la luz cenicienta de claraboya triste que flotaba en la estancia con la reverberación del canal; me parecía que el flujo que me llevaba acababa de retirarse hasta su límite más bajo y que la habitación se vaciaba poco a poco por el agujero negro de aquel sueño poblado de pesadillas. Vanessa, con su impudor altivo y su despreocupación de princesa, nunca cerraba las altas puertas de su cuarto; en la semioscuridad que caía como una fina ceniza del rescoldo de aquellas breves jornadas, quebrantados los miembros y lleno de congoja el corazón, me parecía sentir en la piel desnuda como un soplo frío que atravesaba todas aquellas salas altas y destartaladas; era como si nos hubiera dejado allí el torbellino de un saqueo, agazapados en un rincón, como si, a pesar mío, escucharan mis oídos en la oscuridad, intentando sorprender a lo lejos, desde el fondo de aquel silencio vigilante de ciudad sitiada, la ráfaga de una cacería salvaje. Un malestar me obligaba a ponerme en pie en mitad del cuarto; me parecía sentir entre los objetos y yo algo así como un imperceptible incremento de distancia y el leve retroceso de una hostilidad insalvable y triste; buscaba a tientas un apoyo familiar que le fallaba de pronto a mi equilibrio, así como se abre un vacío ante nosotros en medio de amigos enterados ya de una mala noticia. Mi mano, a pesar suyo, estrechaba el hombro de Vanessa, que despertaba amodorrada de su sueño; debajo de mí, en su rostro inclinado hacia atrás, veía flotar sus ojos de un gris más pálido, como acurrucados al fondo de una curio- sidad oscura y dormida -aquellos ojos me aprisionaban, me arrastraban como a un buceador hacia sus reflejos viscosos de aguas profundas-; se abrían sus brazos y me asían a tientas en la oscuridad; y yo me hundía con ella en el agua plomiza de un estanque triste con una piedra atada al cuello.

Julien Gracq: Louis Poirier
(Francia, 1910-2007).

(Traducido al español por José Escué).

miércoles, 12 de junio de 2024

Mirándolas dormir: PUEDO MIRAR y SONETOS A LA VIRGEN, de José Lezama Lima

"Si se acerca dormida, extensa y prolongada, entre sábanas que su gloria envuelven..."

Puedo mirar

Puedo mirar tus manos preferidas
y el acanto de tus sienes redoradas.
Puedo mirar las aves sepultadas
por las frías guirnaldas otoñales.
Quiero mirar láminas de arena
y sus precisos fuegos rodadores.
Estoy mirando tu pregunta preferida.

Vuelan guirnaldas y más arenas ruedan,
mejor que en esa pregunta diferente
-carroza de mariscos y delfines-
que corría entre consejos de oro,
tibia, vuelta y renacida,
iris tan terco,
que me obligaba a señalar los ríos
en el mapa de tu recuerdo,
frío, desordenado por el viento.

Si se acerca, dormida,
extensa y prolongada,
entre sábanas que su gloria envuelven
y dulces la proclaman,
abstrayéndose en blanco, prolongándose
en celeste llamada a tu blancura.
Si despierto, tropiezo,
en el halo que tu respiración empaña
y en aquella nueva humedad
que pervierte el encantado
tacto y es la caricia al fervor.

Si dormido,
esa reciente concha y medialuna,
flecha de tu pregunta adormilada,
ni divierte ni extiende,
sillar semimoviente y hojas despedidas
hacia el centro de tu ciudad
rendida, golpeada
por tu fuga y mi fuga.

Estoy mirando tu pregunta preferida.

Sonetos a la virgen

I

Deípara, paridora de Dios. Suave
a giba del engañado para ser
tuvo que aislar el trigo del ave, el ave
de la flor, no ser del querer.

El molino, Deípara, sea el que acabe
la malacrianza del ser que es el romper.
Retuércese la sombra, nadie alabe
la fealdad, giba o millón de su poder.

Oye: tú no quieres crear sin ser medida.
Inmóvil, dormida y despertada, oíste
espiga y sistro, el ángel que sonaba,

la nieve en el bosque extendida.
Eternidad en el costado sentiste
pues dormías la estrella que gritaba.

José Lezama Lima
(Cuba, 1910-1976).

martes, 11 de junio de 2024

Mirándolas dormir: EL CIELO PROTECTOR, de Paul Bowles

"... se detuvo un momento delante de la puerta del cuarto, sin ánimo de entrar. «Es una cárcel», pensó.»"

(Fragmentos del capítulo XXII)

- ¿Quiere algo, madame?

- Necesito que alguien venga conmigo al mercado y me ayude a comprar unas mantas.

- Ah, je regrette, madame. No hay nadie en el destacamento que pueda hacerle ese servicio y no le aconsejo ir sola. Pero si quiere, puedo mandarle algunas mantas de mi casa.

Kit le agradeció efusivamente. Volvió al patio interior y se detuvo un momento delante de la puerta del cuarto, sin ánimo de entrar. «Es una cárcel», pensó. «Soy una prisionera, ¿y por cuánto tiempo? Sabe Dios.» Entró, se sentó en una maleta junto a la puerta y se quedó mirando el suelo. Después se levantó, abrió una maleta, sacó una gruesa novela francesa que había comprado antes de salir para Boussif y trató de leer. Cuando llegó a la quinta página oyó a alguien que atravesaba el patio. Era un joven soldado francés que traía tres espesas mantas de pelo de camello. Se puso de pie y haciéndose a un lado para dejarlo entrar, dijo: «Ah, merci. Comme vous etes aimable!» Pero el soldado se quedó en la puerta, con los brazos tendidos para alcanzarle las mantas. Ella las tomó y las dejó en el suelo, a sus pies. Cuando levantó la mirada, el soldado se había ido. Lo siguió un instante con los ojos y después se puso a reunir entre sus ropas varias prendas que podían servir de base para poner encima las mantas. Finalmente se hizo una yacija, se tendió y descubrió con agra- dable sorpresa que era confortable. Sintió de golpe un deseo invencible de dormir. Faltaba una hora y media para que Port tomara su medicamento. Cerró los ojos y por un instante estuvo de vuelta en el camión que la llevaba de El Ga'a a Sbâ. Arrullada por la sensación de movimiento, se durmió en seguida.

(...)

"«¿Sí?», dijo Kit con los ojos dilatados. Pero él no contestó. Al cabo de un largo rato Kit se deslizó subrepticiamente bajo las mantas y se quedó dormida."

En la luz pálida, enfermiza del alba, Kit oyó que Port empezaba a sollozar. Electri- zada, se sentó y miró al rincón donde estaba la cabeza de él. El corazón le latía muy rápido, activado por una extraña emoción que no podía identificar. Escuchó un rato, decidió que lo que sentía era compasión, e inclinándose se le acercó. Los sollozos salían mecánicamente, como hipos o eructos. Poco a poco la excitación se desvane- ció, pero se quedó sentada, escuchando atentamente los dos sonidos al mismo tiempo: los sollozos dentro del cuarto y el viento afuera. Dos sonidos impersonales, naturales. Después de un silencio repentino, breve, le oyó decir claramente: «Kit, Kit.» «¿Sí?», dijo Kit con los ojos dilatados. Pero él no contestó. Al cabo de un largo rato Kit se deslizó subrepticiamente bajo las mantas y se quedó dormida. Al despertar ya era la mañana. Los rayos inflamados de un sol distante caían a través del polvo fino del aire; el viento insistente parecía a punto de llevarse la poca luz que llegaba.

Se levantó y anduvo por la habitación entumecida de frío, tratando de remover lo menos posible el polvo mientras se lavaba. Pero todo estaba cubierto por una espesa capa de arena. Tenía conciencia de que algo le fallaba, como si toda una parte de su cerebro estuviera inerte. Sentía la falta: una enorme mancha ciega en su interior, pero no podía localizarla. Y veía como desde lejos los torpes gestos de sus manos en contacto con los objetos y las ropas. «Esto tiene que terminar», se dijo. «Esto tiene que terminar.» Pero no sabía exactamente qué quería decir. Nada podía terminar; todo seguía, siempre.
(...)

No apareció nadie. Entró tropezando en varias habitaciones como nichos vacíos, pero descubrió un pasillo que llevaba a la cocina. Zina estaba acurrucada en el suelo, pero Kit no consiguió hacerle entender lo que quería. La vieja le indicó con gestos que iría a buscar al Capitán Broussard. De vuelta en la semioscuridad, Kit se tendió en su jergón, tosiendo y frotándose los ojos para quitarse la arena. Port seguía durmiendo.

Ella misma estaba dormida cuando llegó. El Capitán se retiró la capucha del albornoz de pelo de camello, lo sacudió y cerró la puerta, tratando de ver en la oscuridad. Kit se puso de pie. Intercambiaron las preguntas y respuestas de rigor sobre el estado del paciente, pero cuando ella le habló de la leche, el Capitán se limitó a mirarla compasivamente. Toda la leche en lata estaba racionada y era sólo para las mujeres con niños pequeños.

Paul Bowles (Estadounidense fallecido en Marruecos, 1910-1999).

(Traducido al español por Aurora Bernárdez).
La ilustración inferior corresponde a Debra Winger y John Malkovich en un fotograma de la adaptación
al cine de la novela: Refugio para el amor  (The Sheltering Sky, 1990), dirigida por Bernardo Bertolucci.

lunes, 10 de junio de 2024

Mirándolas dormir: EL MUNDO ES ANCHO Y AJENO, de Ciro Alegría

"Casiana se fue tranquilizando y un sueño cada vez más pesado la envolvió hasta sumergirla en una completa paz."

(
Fragmento del capítulo 8: El despojo)

Casiana se encogió en su lecho y la llama de la hoguera fue dejada a su suerte. Pronto se terminaron los ya exiguos leños y solamente quedó el resplandor de las brasas. El hombre arregló sus cobijas y se tendió. Casiana tenía miedo. ¿Y si ese criminal asqueroso le hacía algo? Pero pasaban los minutos y el hombre no daba ninguna señal de inquietud. Casiana se fue tranquilizando y un sueño cada vez más pesado la envolvió hasta sumergirla en una completa paz. El hombre, entre tanto, pensaba en Casiana o mejor dicho la deseaba. Al resplandor de las brasas se veía el perfil de su cuerpo, la curva amplia y voluptuosa de la cadera, la espalda ancha, la mata del cabello. Estaba de costado, de cara a la pared de la caverna. Respiraba lentamente y el hombre, al pensar que se había dormido ya, la deseaba más todavía. Ese retiro al sueño le acicateó el deseo de posesión. ¡Pero Valencio! ¡Pero el Fiero Vásquez! Lo matarían. O tendría que matarlos primero. Y él era manco y no parecía muy seguro de que ocurriera así. No tenía revólver y con puñal cambia la cosa. Pero la mujer acaso no iba a permitir, pues debía querer al Fiero, y entonces tendría que dominarla. La mujer era fuerte, se veía, y con un sólo brazo no la podría sujetar. Qué inmensa desgracia la de ser manco. La mujer llenaba y vaciaba el aire de su pecho, de ese pecho de relieve incitante, que él había contemplado durante todo el día. Mas estaba seguro de que no iba a permitir y tampoco la podría dominar. Quizá amena- zándola de muerte, pero entonces, ¿no se lo diría a Valencio y al Fiero? Su sexo le dolía y lo torturaba. Por su cuerpo corría una llama roja que comenzó a fustigarlo y hacerle dar vueltas en el lecho. Ella seguía dormida, extraña a su mudo reclamo, a la angustiada espera de su carne, a la vigilancia enconada de su sexo despierto. La odiaba y la deseaba. La cadera henchía su amplitud propicia y sin embargo negada para él, que era un desgraciado, acaso el más desgraciado de todos, manco y sin poder tomar, así fuera a malas, su presa de voluptuosidad, de ese goce entrañable que hace del hombre un ser eternamente vencido y vencedor.

Si él consiguiera expresar todas estas cosas. Si Casiana le pudiera entender. Ella se negaría y, a lo peor, se ponía a dar gritos llamando a Valencio. El perro se había marchado con Valencio. Tendría que matarla, que matarlos acaso. Y al Fiero también, No era hombre de torturas el Fiero, pero podía comenzar con él ahora. ¡Forzarle o matarle la mujer! Era mucho. Él había dicho, precisamente, que no llevaba mujer para sufrir igual que todos. Por eso les daba licencia cada quince días, cada mes. Los bandidos tenían sus mujeres por los poblachos, por las haciendas. El Manco no aprovechaba la licencia porque no tenía mujer. ¿Quién iba a querer a un manco? Sobraban hombres enteros para abrazarse y amarse. Ya no lo llevaban a los asaltos por inútil y no tenía oportunidad ni siquiera de amedrentar a una mujer. Y la mujer era una buena cosa que encerraba en su entraña una torrencial alegría. Ella continuaba durmiendo y hubiera querido despertarla bajo el dominio de su brazo y poseerla y huir. Pero no, no podría dominarla. Y cada vez más la idea de Valencio y el Fiero se borraba, desaparecía y sólo quedaba el hecho de un cuerpo de mujer y de su salvaje y neto deseo, de ese anhelo metido en la carne como una llama fustigante, alerta, ávida. Si le oponía resistencia tendría que amedrentarla. Sacó su cuchillo y comenzó a resbalarse: ¡Qué largo era el tiempo de la espera! Ya sentía más próxima su respiración. Mas en ese mismo largo tiempo un ruido sordo, repetido, se arrastró cerro abajo y pasó junto a la cueva y se perdió en el fondo. Era una galga. Sin duda Valencio pisó una piedra floja y la desprendió. Y avenía, pues. Quién sabe se encontraba muy arriba todavía. Acaso. Pero la nueva impresión se había cruzado en el camino de las anteriores, amortiguándolas. Ahora surgían de nuevo las figuras vengadoras de Valencio y el Fiero. Y sobre todo, la duda de no poder dominarla y perderlo todo sin haber logrado nada. Presa de una súbita resolución, el Manco guardó el cuchillo y salió de la cueva. El viento le golpeó el cuerpo y se fue calmando. Ahora le parecía ya que estuvo a punto de cometer una locura. Pero tampoco deseaba volver a la caverna mientras no llegara el hermano; temía, odiaba y deseaba aún el cuerpo dormido frente a su soledad. Al poco rato llegó Valencio.


Ciro Alegría (Perú, 1909-1967).

domingo, 9 de junio de 2024

Mirándolas dormir: AL MARGEN, de André Pieyre de Mandiargues

"¿Acaso no iba, sin que ella supiera nada a ciudades con calles como corredores...? (...) deseaba que su viaje fuera igual a perder el conocimiento al lado de su esposa somnolienta."

(
Fragmento)

«Lista de correos - Barcelona (España)», esto es lo que fue colocado por el viejo Féline en el sobre, tal como Segismundo lo había escrito en una hoja de papel rosa que deslizó, antes de irse, bajo el marco del espejo de Sergine. Podría, si lo hubiera pensado, dejar la dirección del hotel en el que, por recomendación del piadoso hipócrita, había decidido hospedarse. Sin embargo, no tuvo la intención de ocultarlo con dicho acto, en el verdadero sentido de la palabra. Además de Sergine, dormida, ¿no iba a lugares insólitos por medio de sueños o ensueños? ¿Acaso no iba, sin que ella supiera nada a ciudades con calles como corredores y plazas como habitaciones de amantes o celdas de condenados? De otra manera, deseaba que su viaje fuera igual a perder el conocimiento al lado de su esposa somnolienta, y que ella permane- ciera ignorando el lugar al que podría ser llevado a la deriva.

Pero colocó la sábana rosa pensando en que su color encajaría junto al reflejo de la imagen de Sergine cuando contemplaba el óvalo puro de su rostro moreno agitando cortos rizos castaños sobre sus ojos con el iris verde nublado y la pequeña nariz aguileña, cuando sonreía con su hermosa boca de labios pálidos, con dientes no muy blancos a causa del tabaco del que abusaba, y al distorsionar su imagen ante el pausado movimiento oscilante del espejo.

André Pieyre de Mandiargues
(Francia, 1909-1991).

sábado, 8 de junio de 2024

Mirándolas dormir: EL ÁLBUM, de Juan Carlos Onetti

"Qué importa que esté lloviendo, aunque llueva así cien años esto no es lluvia. Agua que cae, pero no lluvia."

(Fragmento)

Pero todo esto es un prólogo, porque la verdadera historia sólo empezó una semana después. También es prólogo mi visita a Díaz Grey, el médico, para conseguir que me presentara al viajante de un laboratorio que se había establecido, con media docena de valijas llenas de muestras de drogas, en el primer piso del hotel, en el mismo corredor del hotel donde estaba la habitación de la mujer; y mi entrevista con el viajante, y cómo su reposado cinismo, su arremangada camisa de seda, su pequeña boca húmeda humillaron sin dolor, un mediodía, en su cuarto en desorden, las frases aprendidas de memoria que traté de repetir con indolencia. Antes de decirme que sí se estuvo riendo, casi sin ruido, en calcetines, tirado en la cama, chupando un cigarro, contándome recuerdos sucios. Bajamos juntos y explicó al gerente que yo iría todas las tardes a su habitación para ayudarlo a copiar a máquina unos informes; “Déle una llave”; me apretó la mano con fuerza, serio, como a un hombre de su edad, con un extraño orgullo en los ojos pequeños y felices.

No quise inventar otra mentira para mis padres; repetí el cuento de los informes a máquinas que me había encargado el viajante, despreocupándome del dinero que tendría que cobrar y mostrar. Todas las tardes, en cuanto terminaban las clases -y a veces antes, cuando me era posible escapar- entraba en el hotel, saludaba con una sonrisa a quien estuviera de turno atrás de la caja registradora y subía por el ascensor o la escalera. El viajante -Ernesto Maynard decían las chapitas de los muestrarios- estaba recorriendo las farmacias de la costa; durante los primeros días gasté mucho tiempo en examinar los tubos y los frascos, en leer las promesas y las órdenes de los prospectos en papel de seda, subyugado por su estilo impersonal, a veces oscuro, mesuradamente optimista. Arrimado a la puerta, escuchaba después el silencio del corredor, los ruidos del bar y la ciudad. Sucedió.

La mujer fingía siempre estar dormida y despertaba con un pequeño sobresalto, con cambiantes nombres masculinos, deslumbrada por los restos de un sueño que ni mi presencia ni ninguna realidad podrían compensar. Yo estaba hambriento y mi hambre se renovaba y me era imposible imaginarme sin ella. Sin embargo, la satisfacción de este hambre, con todas sus pensadas o inevitables complicaciones, se convirtió muy pronto, para la mujer y para mí, en un precio que necesitábamos pagar.

La verdadera historia empezó un anochecer helado, cuando oíamos llover y cada uno estaba inmóvil y encogido, olvidado del otro. Había una barra estrecha de luz amarilla en la puerta del baño y yo reconstruía la soledad de los faroles en la plaza y en la rambla, los hilos perpendiculares de la lluvia sin viento. La historia empezó cuando ella dijo de pronto, sin moverse, cuando la voz trepó y estuvo en la penumbra, medio metro encima de nosotros:

- Qué importa que esté lloviendo, aunque llueva así cien años esto no es lluvia. Agua que cae, pero no lluvia.

Había estado, también antes, la gran sonrisa invisible de la mujer, y es cierto que ella no habló hasta que la sonrisa estuvo totalmente formada y le ocupó la cara.

- Nada más que agua que cae y la gente tiene que darle un nombre. Así que en este pueblucho o ciudad le llaman lluvia al agua que cae; pero es mentira.

No pude sospechar, ni siquiera cuando llegó la palabra Escocia, qué era lo que se estaba iniciando: la voz caía suave ininterrumpida encima de mi cara. Me explicó que sólo es lluvia la que cae sin utilidad ni sentido.

Juan Carlos Onetti
(Uruguayo fallecido en España, 1909-1994).

El relato íntegro es posible leerlo en Ciudad Seva.

viernes, 7 de junio de 2024

Mirándolas dormir: EL GENERAL DE LA ROVERE, de Indro Montanelli

"... permaneció un instante escuchando la respiración de su mujer. Convencido de que estaba dormida..."

(
Fragmento del capítulo II: Fabio Grimaldi o el general de la Rovere)

Entró en el dormitorio sin hacer ruido, y permaneció un instante escuchando la respiración de su mujer. Convencido de que estaba dormida de nuevo, comenzó a hurgar con circunspección primero en la cómoda y luego en los cajones.

- Es inútil que busques -le advirtió una voz-. Los he escondido.

- Gorrioncito, es por un par de días -respondió él acercándose a la cama-. Te juro que los desempeñaré enseguida.

- ¿Como los pendientes?

- Escúchame, Valeria. Quiero ser sincero. Se trata de una cuestión de vida o muerte, no de una deuda de juego. Si durante el día de mañana no entrego cincuenta mil liras a Walter, mandarán a Alemania al hijo de Borghesio.

- ¿Y a mí qué me importa?

- No seas inhumana, gorrioncito. Me bastaría con aquel collarcito…

- Y con aquel espejito y aquella cadenita… No. Si quieres algo, coge, entonces, el anillo que me regalaste el mes pasado: ése con el zafiro oriental. Está ahí, sobre la cómoda.

El hombre titubeaba con aire avergonzado.

- Creíste habérmela dado con queso, ¿eh? ¡Pobre atontado! Todavía ha de nacer quien se la dé con queso a Valeria… No dije nada porque soy una señora.

Indro Montanelli
(Italia, 1909-2001).

(Traducido al español por Domingo Pruna y Leo Caro Calvo).

jueves, 6 de junio de 2024

Mirándolas dormir: OSCURO COMO LA TUMBA EN LA QUE YACE MI AMIGO, de Malcolm Lowry

"... si vamos al caso, cerca de Vancouver hay toda clase de parajes agrestes."

(Fragmentos del primer capítulo)

- ¿Cómo se llama su aldea? -le estaba preguntando su compañero-. Quizá la conozca. He estado cazando en la Columbia Británica en una o dos ocasiones.

- Eridanus. Está en una ensenada del mismo nombre bastante cerca de Vancouver. Pero eso no quiere decir nada, pues, si vamos al caso, cerca de Vancouver hay toda clase de parajes agrestes.

- En mis tiempos navegué un poco. ¿No es Eridanus el nombre de una estrella? ¿O me equivoco?

- Es el nombre de una constelación, la que está al sur de Orión. Parece un río y los antiguos la identificaron con la Estigia. Eso es casi todo lo que sé sobre ella, excepto que también se le ha llamado el río de la Juventud, posiblemente porque se asociaba con Faetón, quien desobedeciendo a su padre, se empeñó en conducir el carro del sol y, a consecuencia de ello, quemó la Tierra. Por eso se le ha llamado al mismo tiempo río de la Muerte y río de la Juventud. Desde el norte, donde estamos, no se puede ver la constelación completa, por lo que esperamos ver el resto de ella en México. La ensenada recibió su nombre de otro buque de vela perteneciente a una compañía que gustaba de bautizar sus barcos con los nombres de las constelaciones y, al parecer, fue arrojado a la costa en cierta ocasión en que soplaba con vioencia el chinook. Algunos de los habitantes más veteranos recordaban haber visto restos del naufragio en la playa y se decía que el barco transportaba una agradabilísima carga de mármol, cerezas en salmuera y vino de Portugal.

- ¿Cómo se incendió su primera casa? -le estaba preguntando aquel tipo persistente, cuando Sigbjørn se disculpó y volvió a sentarse junto a Primrose, que ahora estaba profundamente dormida y respiraba con tanta suavidad como un niño, con la cabeza apoyada en un brazo. Dios mío, ¡qué expresión tan inocente y bella, casi angelical, tenía, con los labios entreabiertos y bañada por la luz de la lámpara! Era como para pensar que no había sufrido nunca y que tenía por lo menos quince años menos que él, cuando en realidad era un poco mayor: treinta y nueve años. No era un efecto de la luz. A la luz del día parecía aún más joven.

"... Primrose que ahora estaba profundamente dormida (...) ¡qué expresión tan inocente y bella, casi angelical, tenía, con los labios entreabiertos y bañada por la luz de la lámpara!"

(Párrafo inicial del capítulo 8)

Sigbjørn se quedó junto a Primrose, dormida. Qué hermosa estaba, y apacible, como absorta en un sueño de flores silvestres en primavera. La luz de la luna entraba a bañarla. Tenía ojos rasgados y francos, de grandes pestañas, que cambiaban de color, como los de un cachorro de tigre; era una persona vivaz y estimulante. Una muchacha como una llama. En otro tiempo, la desesperación había grabado la inquietud en su rostro, pero en los últimos años las señales casi habían desaparecido. Tal vez Sigbjørn le hubiera hecho algún bien. A veces le parecía que ella podía hacerlas aparecer o desaparecer a voluntad. Nunca estaban visibles cuando estaba "viva", y Primrose tenía una forma muy particular de estar "viva". Tenía la capacidad de asombro de una niña: su rostro podía convertirse en un caos de ceños.

Malcolm Lowry (Inglaterra, 1909-1957).

(Traducido al español por Carlos Manzano).
El paisaje corresponde a la Isla Quadra en la provincia de la Columbia Británica, Canadá.

miércoles, 5 de junio de 2024

Mirándolas dormir: TRES POEMAS de Leopoldo Panero

"Tus dos brazos cruzas, y el peso levantas, de tu pecho confiado."

Hasta mañana dices, y tu voz...

Hasta mañana dices, y tu voz
se apaga y se desprende
como la nieve. Lejos, poco a poco,
va cayendo, y se duerme,
tu corazón cansado,
donde el mañana está. Como otras veces,
hasta mañana dices, y te pliegas
al mañana en que crees,
como el viento a la lluvia,
como la luz a las movibles mieses.
Hasta mañana, piensas; y tus ojos
cierras hasta mañana, y ensombreces,
y guardas. Tus dos brazos
cruzas, y el peso leve levantas, de tu pecho confiado.
Tras la penumbra de tu carne crece
la luz intacta de la orilla. Vuela
una paloma sola y pasa tenue
la luna acariciando las espigas
lejanas. Se oyen trenes
hundidos en la noche, entre el silencio
de las encinas y el trigal que vuelve
con la brisa. Te vas siempre
hasta mañana, lejos. Tu sonrisa
se va durmiendo mientras Dios la mece
en tus labios, lo mismo
que el tallo de una flor en la corriente;
mientras se queda ciega tu hermosura
como el viento al rodar sobre la nieve;
mientras te vas hasta mañana, dulcemente
por esa senda pura que, algún día,
te llevará dormida hacia la muerte.

Canción con tu humildad

¡Cómo apagas mi sed
con tu humildad! ¡Tu mano
estremece en mi pecho
la sombra del dolor, igual que un pájaro
entre las ramas verdes, junto al cielo!
¡Cómo traes a mis labios
con tu humildad la luz sobre tu frente
lo mismo que la nieve sobre el campo,
y me apagas la sed de haber llorado
de humildad, al tenerte,
dormida, como un niño, entre mis brazos!

Lejana como Dios, pero más cerca...

Lejana como Dios, pero más cerca,
más cerca, más dormida entre las horas
más alta tras la noche, como el viento
más concreta en el pecho o más remota
o más dulce en la orilla;
lejana como Dios, pero más cerca
dentro del corazón, pero más cerca
de mi voz al hablar cuando te nombra;
más secreta en mi sueño;
donde mi vida brota;
allegada a mi sangre de repente
con un inmenso aroma
de algo que está en la noche todavía,
tu pureza me arrastra hacia la honda
soledad imposible, donde el alma
es sólo tuya, como Dios; es toda
un camino vehemente
de claridad, de sombra...

Leopoldo Panero
(España, 1909-1962).

martes, 4 de junio de 2024

Mirándolas dormir: SINUHÉ, EL EGIPCIO, de Mika Waltari

"... estoy cansada y temo quedarme dormida (...) Se desnudó y me abrió los brazos."

Libro primero: La cesta de cañas

(Fragmento del capítulo 5)

- Me llamo Tabubué. Ahora que lo sabes, vete y no vuelvas nunca más a fin de que no te pueda hacer daño. Pero si te quedas no podrás reprocharme nunca los contra- tiempos que te puedan ocurrir.

Me dejó tiempo para reflexionar, pero no me marché. Entonces lanzó un leve suspiro como si estuviese cansada de este juego y dijo:

- De acuerdo. Debo, ciertamente, darte lo que has venido a buscar. Pero no seas demasiado ardiente, porque estoy cansada y temo quedarme dormida en tus brazos.

Me llevó a su dormitorio. Su lecho era de marfil y madera negra. Se desnudó y me abrió los brazos. Yo tenía la sensación de que mi cuerpo y mi corazón y todo mi ser estaban reducidos a cenizas. Pero no tardó en bostezar y dijo:

- Estoy verdaderamente cansada y creo realmente que no has tocado mujer, porque eres muy inhábil y no me causas el menor placer. Pero un hombre que viene por primera vez a casa de una mujer le hace un don irremplazable. Por esto no te pido nada más. Vete ahora y déjame dormir, porque has recibido ya lo que viniste a buscar.

Quise besarla de nuevo, pero ella me rechazó, de manera que regresé a mi casa. Pero mi cuerpo estaba inflamado; en mí bullía todo, y sabía que no podría olvidarla jamás.

"Le di un calmante y acabó durmiéndose, pero yo velé a su lado hasta el alba..."

Libro séptimo: Minea

(Fragmento del capítulo 4)

Así me era imposible contentarla, a pesar de mi esfuerzo, y aquella noche no acudió a mi lado como de costumbre, sino que se llevó su alfombra a otra habitación y se cubrió la cabeza para dormir. Entonces la llamé y dije:

- Minea, ¿por qué no calientas mi cuerpo como antes, puesto que eres más joven que yo y la noche es fría y tiemblo bajo mi alfombra?

- No dices la verdad, porque mi cuerpo está ardiendo como si estuviese enferma, y no puedo respirar con este calor asfixiante. Por esto prefiero dormir sola, y si tienes frío pide una estufa o ponte un gato al lado y no me molestes más.

Me acerqué a ella y le toqué el cuerpo y la frente, y estaba verdaderamente febril y temblaba bajo su alfombra, de manera que le dije:

- Quizás estés enferma; déjame que te cuide. Pero ella rechazó su manta con el pie y dijo con cólera:

- Vete; no dudo de que mi dios curará mi enfermedad.

Pero al cabo de un momento dijo:

- Dame de todos modos un remedio, Sinuhé, porque me ahogo y tengo ganas de llorar.

Le di un calmante y acabó durmiéndose, pero yo velé a su lado hasta el alba, cuando los perros comenzaron a ladrar en el crepúsculo lívido. Y llegó el día de la marcha y le dije a Kaptah:

- Recoge todos nuestros efectos, porque embarcamos hacia la isla de Keftiú, que es la patria de Minea.

Mika Waltari (Finlandia, 1908-1979).

lunes, 3 de junio de 2024

Mirándolas dormir: ALGODÓN EN HARLEM y EL FIN DE UN PRIMI- TIVO, de Chester Himes

"Cerró la puerta, se acercó al teléfono y marcó un número."

Algodón en Harlem

(Párrafo del capítulo 6)

Esperó hasta que sintió que estaba dormida y abrió la puerta sin hacer ruido. Escuchó el murmullo uniforme de su respiración. Luego encendió la luz de la sala para poder verla mejor. Si ella se hubiera despertado, él habría fingido que estaba buscando el baño, pero ella dormía profundamente con la mano izquierda apretada entre las piernas y la derecha sobre los pechos expuestos. Cerró la puerta, se acercó al teléfo- no y marcó un número.

"Ella parecía estar dormida. Él se movió hacia ella. «Quizá no se despierte», pensó esperanzado."

El fin de un primitivo

(Fragmento del capítulo 6)

Ella parecía estar dormida. Él se movió hacia ella. «Quiza no se despierte», pensó esperanzado. Medio riendo evocó una parodia burlesca, de un individuo que en un hotel escuchaba secretamente a una pareja en su luna de miel que en la habitación de al lado estaba intentando cerrar una maleta demasiado llena.

- No, así no -decía él cuando ella intentaba cerrarla con las manos-. La pondremos en el suelo y tú te subirá encima.

Las orejas del espía se aguzaron. Pero aún así no se cerraba, de manera que ella dijo:

- ¡Oh, Dios mío, todavía no, prueba a ponerte tú encima!

El oído del escucha se aguzó más. Pero aún así no se cerraba, de manera que él dijo:

- Subamos los dos.

Fue entonces cuando el espía derribó la puerta.

- ¡Esto tengo que verlo! -gritó...

Pero en eso Kriss lo empujó maliciosamente y dijo con una voz fría y dictatorial:

- Jesse, tengo que ir a trabajar. Tú no tienes otra cosa que hacer entodo el día sino rondar por los bares de Harlem o dormir.

- ¡Estupendo! -dijo él volviéndose como si quisiera dormirse de nuevo.

- ¡No puedes dormir aquí! -dijo ella, tratando de sacarle de la cama a empujones-. Esta mañana tiene que venir la mujer de la limpieza -le mintió; entonces, para hacerlo rabiar añadió:

- Vuelve con tu esposa, ella te dejará dormir todo el día. Además, siempre lo hace.

Y cuando él se levantó diciendo «¡Vete al infierno!», ella se rió.

Chester Himes
(Estadounidense fallecido en España, 1909-1984).

domingo, 2 de junio de 2024

Mirándolas dormir: CASAS MUERTAS, de Miguel Otero Silva

"... se salía del cuadro cuando yo estaba dormida y me tapaba con sus alas y me besaba en la boca..."

(
Fragmento del capítulo IV: La iglesia y el río)

- ¿Soñar es pecado, padre? -comenzó sin rodeos desde la rejilla del confesionario.

- Por lo general, no -respondió el cura displicente. Siguió ella sin tomar aliento para no quebrantar el impulso inicial-. Soñé que el arcángel ese que está en el cuadro del Purgatorio, el catire que tiene la espada en la mano, se salía del cuadro cuando yo estaba dormida y me tapaba con sus alas y me besaba en la boca...

- Pero si fue un sueño, tú no tienes la culpa de haberlo soñado, hija.

- Es que -ahora sí titubeó- me gustaba, padre.

- ¿Te gustaba cuando lo soñaste o te sigue gustando después? -preguntó el padre Pernía comenzando a preocuparse.

- Me gustó cuando lo soñé, padre. Ahora no me gusta. Me parece una cosa horrible, un sacrilegio...

(Fragmento del capítulo XII: Casas Muertas)

Cuatro hombres zafios, de pantalones arremangados hasta la rodilla, hediondos a aguardiente, arrancaban las puertas de una desvalida casa sin dueño y dejaban apenas un boquete por donde se miraban desde la calle los verdes del patio abando- nado. A la sombra de los airosos túmulos blancos del viejo cementerio lloraba Martica cuando le mostraron una calavera. El arcángel de la espada llameante se escapaba del Purgatorio para besarla en la boca mientras dormía. No, no era el arcángel, era Sebastián quien la besaba al pie del cotoperí, quien la apretaba contra su pecho, quien le ponía a latir el corazón locamente, como el corazón de los conejos.

Miguel Otero Silva (Venezuela, 1908-1985).

sábado, 1 de junio de 2024

Mirándolas dormir: EL CLAVEL ROJO, de Elio Vittorini

"No encontré nada más que manzanas, y tomé tres. Pero pensé que ella tal vez también tendría hambre (...) así que guardé dos más en mi bolsillo..."

(Fragmentos del capítulo XIII)

Nos quedamos así un rato y ella se puso una chaquetilla y encendió la luz.

No había terminado de secarse. Su cabello aún estaba húmedo sobre su frente y escurrían gotas de agua por su pequeño rostro, dirigiéndose a sus ojos.

- ¿Has estado aquí todo el tiempo? -preguntó con dureza.

No le respondí, pero sonreí, sintiéndome querido a pesar de su mirada furiosa.

- ¿No has ido a comer? -inquirió.

Tampoco le respondí esta vez y me pasó una mano por la mejilla.

- ¿Por qué te quedaste? -dijo al fin.

Lágrimas indescriptibles llenaron mis ojos. Y mudo, sin pestañear, lloré contra su rostro, silencioso en mi llanto como un niño que despierta de una pesadilla.

Creo que me dijo:

- ¡Fíjate, es tiempo de que aprendas a ser un hombre!

Estaba viva en mis manos y yo era como un chamaco curioso, feliz de sentirla viva entre mis manos. Me reía de felicidad sin que nada me consumiera. Y reía feliz de permanecer entero e intacto cada vez que se retiraba. Y no sabía cómo expresarle lo feliz que me sentía.

- Era por esto, era por esto -dije.

Con el tiempo me dijo que se había convertido en una “mujer de mala reputación” para que yo pudiera conocerla.

- No entendía por qué… -dijo-. Siempre me cuestioné, pero ¿por qué me encuentro viviendo esta vida? Y ahora lo entiendo y estoy feliz.

Me preguntó:

- Y tú, ¿estás contento?

No supe cómo responderle, estaba feliz y ella quería percibir mi aliento, me dijo:

- ¡Qué bueno es! Fresco, de muchacho.

Entonces me di cuenta de que se había quedado dormida y me levanté para dejarla dormir. Tenía mucha hambre. Lentamente, me puse los calzones y la chaqueta sobre mi piel desnuda y salí de la habitación descalzo. Me dije: “Tengo hambre”, y era como si estuviera feliz de sentirlo. Y de que fuera tanta, porque era feliz.

(...)

No encontré nada más que manzanas, y tomé tres. Pero pensé que tal vez ella también tendría hambre y que le gustaría comer algunas, así que guardé dos más en mi bolsillo. Apenas pude evitar ponerme a silbar. También comí terrones de azúcar, bebí agua del grifo y mordiendo una manzana subí en la oscuridad, esta vez saltando los escalones de tres en tres.

Ella dormía acurrucada.

- ¡Oh! -la llamé inclinándome para besarle el pelo, aún con la boca llena de manzana-. Pero seguía durmiendo y dudé en insistir de nuevo. La idea de dejarla dormir me llenó de ternura. La cubrí para que no pasara frío y me dirigí a masticar las manzanas junto a la ventana, hasta donde llegó el canto de un gallo.

Elio Vittorini (Italia, 1908-1966).