Vancouver: la nieve en otoño como preludio del invierno.

martes, 3 de enero de 2023

ENERO, de Hilaire Belloc

"Está helando; y las ramitas talladas permanecen quietas."

Está helando- todo a través de un cielo silencioso
Los pájaros se van a su hogar. El gobierno de la oscuridad ha comenzado:
La oscuridad constante que no espera un sol;
La última oscuridad en que la raza morirá.
La muerte, con el dedo malvado en su labio,
Asoma por las ventanas humanas, tornándose espía
Para conocer el pais donde establecerá su dominio
Cuando asuma el mando perpetuo.

El enemigo invicto, el frío
Que al fin entumecerá la voz de la tierra,
Es dueño de nuestro momento, y ha atado
Al viento invisible. No hay sonido.
Está helando. Cada flujo amistoso es fugaz.
Está helando; y las ramitas talladas permanecen quietas.

(January
It freezes- all across a soundless sky
The birds go home. The governing dark's begun:
The steadfast dark that waits not for a sun;
The ultimate dark wherein the race shall die.
Death, with his evil finger to his lip,
Leers in at human windows, turning spy
To learn the country where his rule shall lie
When he assumes perpetual generalship.

The undefeated enemy, the chill
That shall benumb the voiceful earth at last,
Is master of our moment, and has bound
The viewless wind it-self. There is no sound.
It freezes.  Every friendly stream is fast.
It freezes; and the graven twigs are still.)

Hilaire Belloc (Inglés nacido en Francia, 1870-1953).

(Traducido del inglés por Jules Etienne).

lunes, 2 de enero de 2023

Enero: EL PALACIO DE LOS SUEÑOS, de Ismail Kadaré

"El primero de enero. El segundo de enero. Ah, por fin el que buscaba (...) Lo leyó con dificultad, como si tuviera los ojos tapados con un trapo blanco..."

(Fragmento del capítulo: La aproximación de la primavera)

Un día, movido por un impulso repentino, se levantó de la mesa de su despacho y con paso lento descendió al Archivo. Reinaba el mismo olor pesado a carbón que había respirado tiempo atrás. Los funcionarios permanecían a su lado como sombras, dispuestos a servirle. Pidió el cartapacio de los Sueños Maestros de los últimos meses y, cuando se lo trajeron, después de ordenar a los funcionarios que lo dejaran trabajar tranquilo, comenzó a hojearlo con calma. Sus dedos le transmitían un creciente desasosiego a medida que pasaba las hojas. Los latidos de su corazón se habían tornado extremadamente lentos. En la cabecera de las hojas, a la derecha, estaban escritas las fechas y otras anotaciones de referencia. El último viernes de diciembre. El primero de enero. El segundo de enero. Ah, por fin el que buscaba, el Sueño Maestro fatal que había llevado a su tío a la tumba y lo había elevado a él a la dirección del Tabir. Lo leyó con dificultad, como si tuviera los ojos tapados con un trapo blanco que dejara pasar apenas ramalazos de luz lechosa. Era justo aquel sueño del vendedor de verduras de la capital que había pasado dos veces por sus manos, acompañado de la interpretación aproximativa que ya conocía: Puente-Koprü-Qyprilli. Instrumento musical-epopeya albanesa. El toro rojizo que, incitado por ella, embestía contra el Estado. ¡Oh, Dios!, se dijo. Conocía de sobra todo aquello, sin embargo el hecho de verlo escrito lo hizo estremecerse de la cabeza a los pies. Cerró el cartapacio y se marchó con el mismo paso parsimonioso.

Ismail Kadaré (Albania, 1936).

(Traducido al español por Ramón Sánchez Rizarralbe).

domingo, 1 de enero de 2023

Año nuevo: EL CONCIERTO DE LOS PECES, de Halldór Laxness

"... le avisara cuando hubiera ya luz suficiente para que alguien que gozara del don de la vista fuese capaz de hallar el camino hasta la ciudad."

(Fragmento del capítulo 9: Las autoridades)

No tengo intención de relatar todos los paseos de año nuevo en que visité a las autoridades acompañando a Hogensen, en los días en que yo aún usaba pantalones cortos, sino que me limitaré a contar un par de cosas sobre la primera de tales ocasiones, pues aunque aquella visita es en realidad muy parecida a las que haríamos posteriormente con idéntico propósito, le asiste el beneficio de la novedad.

Supongo que tendría unos seis años de edad cuando me mandaron por primera vez a hacer de lazarillo del Capitán Hogensen en su visita a aquella gente, con la intención de expresarles sus mejores votos de que Dios estuviera siempre con ellos durante todo el año siguiente. He de señalar de antemano que aquel paseo a ver a las autoridades no es memorable, en absoluto, porque en el transcurso de tal expedición se me revelaran las glorias del mundo, sino que lo recuerdo ahora porque no deja de proporcionar un tono algo inesperado a la historia que aquí estoy relatando.

Empezaré contando que el Capitán Hogensen, en primer lugar, hace que le corte el pelo un buen hombre a quien se consideraba habilidoso en tales menesteres; además, le retocó la barba para que se pareciera lo más posible al Rey Cristian IX. El capitán se despertaba en las tempranas horas de la madrugada del día de Año Nuevo y se vestía sentado aún en la cama, despacio y con gran cuidado, envuelto en la oscuridad que le había regalado nuestro Redentor, y a la que no eran capaces de derrotar luz de candela ni luz de aceite, ni el orto del mismo sol, ni cosa alguna que no fuera la luz de su propio espíritu.

Aunque estuviera tan completamente ciego como puede llegar a estarlo persona alguna, se bastaba él solo para sacar brillo a los botones de su uniforme. Si alguna vez he visto oro de verdad, era el de aquellos botones. Cuando los demás se levantaban de la cama en la mañana del Año Nuevo, el capitán estaba ya sentado en su cama, muy estirado, con su uniforme azul de la marina de guerra y sus botones de oro, esperando. La visera del quepis resplandecía como un espejo. No podía dar crédito a sus oídos cuando le decíamos que por las ventanas estaba empezando a asomar el primer débil resplandor del amanecer, y pedía a su joven acompañante que se acercara a él y le avisara cuando hubiera ya luz suficiente para que alguien que gozara del don de la vista fuese capaz de hallar el camino hasta la ciudad.

Halldór Laxness (Islandia, 1902-1998).
Obtuvo el premio Nobel en 1955.

(Traducido al español por Enrique Bernárdez).
La ilustración corresponde a Reykjavik a principios del siglo XX,
cuando acontece la acción de la novela. La fotografía es de Egill Jacobsen.