Vancouver: luz de agosto en la bahía. (Fotografía de Jules Etienne).
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viernes, 12 de julio de 2024

Mirándolas dormir: CACHONDEOS, ESCARCEOS Y OTROS MENEOS, de Camilo José Cela

"Después expelió un cuesco abacial y se quedó dormida sobre la mesa."

Los amores paganos


(Fragmento)

Mi invitada cenó revuelto de ajos frescos, patatas con angulas en salsa verde (dos raciones), rabo de buey estofado y jamoncitos de zancarrón, y bebió vermú y gaseosa; de postre tomó arroz con leche con chinchón dulce y torrijas con moscatel. Después expelió un cuesco abacial y se quedó dormida sobre la mesa.

¡Criaturita! Llegado que hubimos a su señorial mansión, el sereno del comercio y vecindad (a lo mejor era un bombero de paisano) me ayudó a desnudarla y a soltarle el corsé y, a renglón seguido, mientras yo cantaba la jota de La Dolores bajo la ducha donde me había metido al objeto de refrescar las partes, la enguiló presto y por derecho, quizá para que no se desencuadernara demasiado y desmereciera al tacto y a la vista.

- ¿Qué tal? ¿Qué tal?

¡Vaya! ¡Para lo que se estila, tampoco hay queja! En peores garitas hizo uno guardia y, gracias sean dadas a Dios, aquí sigo sin que se me haya caído nada todavía.

Camilo José Cela
(España, 1916-2002). Obtuvo el premio Nobel en 1989.

lunes, 27 de mayo de 2024

Mirándolas dormir: LA HISTORIA DE O, de Pauline Réage

"... se encontró, pues, con las manos a la altura del cuello como en oración. No quedaba sino encadenarla a la pared..."

(
Fragmento del primer capítulo: Los amantes de Roissy)

Pronto lo comprenderás. Llamaré a Pierre. Mañana por la mañana vendremos a buscarte. Andrée sonrió al salir y Jeanne, antes de seguirla, acarició la punta de los senos de O, quien se quedó de pie, junto a la cama, desconcertada. Salvo por el collar y los brazaletes de cuero que el agua del baño había endurecido y contraído, estaba desnuda.

- Vaya con la hermosa señora -dijo el criado al entrar.

Le tomó las manos y enganchó entre sí las anillas de sus pulseras, obligándola a juntar las manos, y éstas, en la del collar. Ella se encontró, pues, con las manos a la altura del cuello, como en oración. No quedaba sino encadenarla a la pared con la cadena que caía encima de la cama después de pasar por la anilla. El hombre soltó el gancho que sujetaba el otro extremo y tiró para acortarla. O tuvo que acercarse a la cabecera de la cama, donde él la obligó a tenderse. La cadena tintineaba en la anilla y quedó tan tensa que la mujer sólo podía desplazarse a lo ancho de la cama o ponerse de pie junto a la cabecera. Dado que la cadena tiraba del collar hacia atrás y las manos tendían a hacerlo girar hacia delante, se estableció un cierto equilibrio y las dos manos quedaron apoyadas en el hombro izquierdo hacia el que se inclinó también la cabeza. El criado la cubrió con la manta negra, no sin antes haberle levantado las piernas un momento para examinarle el interior de los muslos. No volvió a tocarla ni a dirigirle la palabra, apagó la luz que proporcionaba un aplique colocado entre las dos puertas y salió. Tendida sobre el lado izquierdo, sola en la oscuridad y el silencio, caliente entre las suaves pieles de la cama, en una inmovilidad forzosa, O se preguntaba por qué se mezclaba tanta dulzura al terror que sentía o por qué le parecía tan dulce su terror. Descubrió que una de las cosas que más la afligían era verse privada del uso de las manos; y no porque sus manos hubiesen podido defenderla (y, ¿deseaba ella defenderse?) sino porque, libres, hubieran esbozado el ademán, hubieran tratado de rechazar las manos que se apoderaban de ella, la carne que la traspasaba, de interponerse entre su carne y el látigo. La habían desposeído de sus manos; su cuerpo, bajo la manta de piel, le resultaba inaccesible; era extraño no poder tocar las propias rodillas ni el hueco de su propio vientre. Sus labios mayores, que le ardían entre las piernas, le estaban vedados y tal vez le ardían porque los sabía abiertos a quien quisiera: al mismo criado, Pierre, si se le antojaba. La asombraba que el recuerdo del látigo la dejara tan serena y que la idea de que tal vez nunca supiera cuál de los cuatro hombres la había forzado por detrás dos veces, ni si había sido el mismo las dos veces, ni si había sido su amante, la trastornaba de aquel modo. Se deslizó ligeramente hacia un lado sobre el vientre, pensó que a su amante le gustaba el surco de su dorso y que salvo aquella noche (si realmente había sido él), nunca penetró en él. Ella deseaba que hubiese sido él. ¿Se lo preguntaría algún día? ¡Ah, nunca! Volvió a ver la mano que en el coche le había quitado el portaligas y el slip y le había dado las jarreteras para que se sujetara las medias encima de las rodillas. Tan viva fue la imagen que ella olvidó que tenía las manos sujetas e hizo chirriar la cadena. ¿Y por qué si el recuerdo del suplicio le resultaba tan leve, la sola idea, el solo nombre, la sola vista de un látigo le hacía latir con fuerza el corazón y cerrar los ojos con espanto? No se paró a pensar si era sólo espanto. La invadió el pánico: tensarían la cadena hasta obligarla a ponerse de pie encima de la cama y la azotarían, con el vientre pegado a la pared, la azotarían, la azotarían, la palabra giraba en su cabeza. Pierre la azotaría. Se lo había dicho Jeanne. Le había dicho que era afortunada, que con ella serían mucho más duros. ¿Qué había querido decir? Ya no sentía más que el collar, los brazaletes y la cadena, su cuerpo se iba a la deriva, ahora lo comprendería. Se quedó dormida.

En las últimas horas de la noche, cuando ésta es más fría y más negra, poco antes del amanecer, reapareció Pierre. Encendió la luz del cuarto de baño y dejó la puerta abierta. Un cuadro de luz se proyectó sobre el centro de la cama, en el lugar en el que el cuerpo de O, esbelto y acurrucado, alzaba ligeramente la manta que el hombre retiró en silencio.

"... y le obligó a acariciar los senos de O, que se estremeció al contacto de aquella mano fresca y suave."

(Párrafo final del capítulo IV y último: La lechuza)

Una jovencita, vestida de blanco, con traje de primer baile, los hombros al aire, una gargantilla de perlas, dos rosas de té en la cintura y sandalias doradas en los pies, a instancias del muchacho que la acompañaba, se sentó al lado de O, a la derecha. Luego, él le tomó la mano y le obligó a acariciar los senos de O, que se estremeció al contacto de aquella mano fresca y suave, a tocar el vientre de O, y las anillas, y el orificio por el que pasaba el hierro. La joven obedecía en silencio y cuando el muchacho le dijo que él le haría otro tanto, no esbozó siquiera un movimiento de retroceso. Pero ni aun utilizándola de este modo y tomándola como modelo u objeto de demostración, nadie le dirigió la palabra ni una sola vez. ¿Era acaso de piedra o de cera, o una criatura de otro mundo, o creían que sería inútil hablarle, o tal vez no se atrevían? Cuando se hizo de día y se fueron todos los invitados, Sir Stephen y el Comandante, después de despertar a Natalie que se había quedado dormida a los pies de O, hicieron levantarse a O, la llevaron al centro del patio, le quitaron la cadena y la máscara y, tendiéndola sobre una mesa, la poseyeron uno tras otro.

Pauline Réage:
Anne Desclos, además del seudónimo Pauline Réage, firmaba como Dominique Aury.
(Francia, 1907-1998). 

martes, 7 de mayo de 2024

Mirándolas dormir: LA MAJA, de Anaïs Nin

"... Una española de la que se enamoró porque le recordaba su cuadro favorito, La maja desnuda de Goya."

El pintor Novalis acababa de casarse con María, una española de la que se enamoró porque le recordaba su cuadro favorito, la 
Maja desnuda de Goya.

Fueron a vivir a Roma. María hizo palmas con infantil alegría cuando vio el dormitorio, admirada de los suntuosos muebles venecianos con hermosas incrustaciones de perlas y ebonita.

Sobre el monumental lecho construido para la esposa de un dux, la primera noche María temblaba de placer, estirando el cuerpo antes de esconderlo bajo las delicadas sábanas. Los dedos sonrosados de sus gordezuelos piececitos se movían como si reclamaran a Novalis.

Pero ni una sola vez se había mostrado desnuda a su marido. En primer lugar, era española; además, católica; y absolutamente burguesa. Antes de hacer el amor había que apagar las luces.

De pie junto a la cama, Novalis la miraba con los ojos apretados, dominado por un deseo que dudaba si manifestar; quería verla, admirarla. No la conocía completa- mente a pesar de aquellas noches en el hotel, cuando oían voces extrañas al otro lado de los finos tabiques. Lo que pedía no era un capricho de amante, sino el deseo de un pintor, de un artista. Sus ojos estaban hambrientos de la belleza de la mujer.

María se resistió, acalorándose, algo enfadada, ofendida en sus profundos prejuicios.

- No seas tonto, querido Novalis -dijo-. Ven a la cama.

Pero él insistió. Debía superar sus prejuicios burgueses, le dijo. El arte se mofa de semejante modestia, la belleza humana debe exhibirse en toda su majestad y no permanecer escondida, despreciada.

Las manos del hombre, coaccionadas por el temor a herirla, apartaron suavemente sus dulces brazos que estaban cruzados sobre el pecho.

Ella se rió.

- Eres tonto. Me haces cosquillas. Me estás haciendo daño.

Pero, poco a poco, adulado el femenino orgullo por el culto de que era objeto su cuerpo, se fue entregando, dejándose tratar como una niña, con mansas protestas, como si estuviera sufriendo una agradable tortura.

Libre de velos, el cuerpo brilló con la blancura de las perlas. María cerró los ojos como si quisiera escapar a la vergüenza de su desnudez. Sobre las tensas sábanas, las graciosas formas embriagaban los ojos del artista.

- Eres la fascinante y pequeña maja de Goya -dijo él.

Durante las semanas siguientes, nunca posó para él ni le permitió tener modelos. Se metía inesperadamente en el estudio y charlaba mientras él iba pintando. Una tarde que entró de repente en el estudio, vio sobre la plataforma de los modelos a una mujer desnuda tendida sobre pieles, mostrando las curvas de su marfileña espalda.

Más tarde, María hizo una escena. Novalis le rogó que posara para él y ella capituló. Agotada por la vehemencia, se quedó dormida. Él trabajó durante horas sin pausa.

Con franca inmodestia, se admiró en el cuadro lo mismo que lo hacía en el gran espejo del baño. Deslumbrada por la belleza de su propio cuerpo, por unos instantes perdió la vergüenza. Además, Novalis había puesto al cuerpo una cara distinta, para que nadie pudiese reconocerla.

"Novalis había puesto al cuerpo una cara distinta, para que nadie pudiese reconocerla."

Pero después María recayó en sus viejos hábitos mentales, negándose a posar. Hacía una escena cada vez que Novalis contrataba a una modelo, escuchando y espiando detrás de las puertas, y discutiendo a todas horas.

Casi enfermó de ansiedad y temores morbosos, y comenzó a padecer insomnio. El doctor le dio unas píldoras que le provocaban un sueño profundo.

Novalis se dio cuenta de que cuando tomaba las píldoras no lo notaba levantarse, moverse alrededor ni derribar los objetos de la habitación. Una mañana en que se despertó temprano con ánimos de trabajar y la vio dormida, tan dormida que casi no se movía, tuvo una extraña ocurrencia.

Apartó las sábanas que la tapaban y, lentamente, fue levantando el camisón de seda. Pudo subirlo por encima de los pechos sin que ella diera la menor muestra de despertar. Cuando estuvo descubierto todo el cuerpo de la mujer, lo contempló tanto rato como quiso. Los brazos estaban desprendidos del cuerpo; los pechos se extendían ante sus ojos como una ofrenda. Le excitaba el deseo pero no se atrevió a tocarla. En lugar de eso, trajo papel y lápices, se sentó junto a la cabecera y estuvo tomando apuntes. Mientras trabajaba, tenía la sensación de estar acariciando cada una de las líneas perfectas del cuerpo de la mujer.

Pudo proseguir durante un par de horas. Cuando observó que cedía el efecto de las píldoras somníferas, estiró el camisón, la cubrió con la sábana y salió del dormitorio.

Más tarde, María se sorprendió al notar un nuevo entusiasmo de su marido por el trabajo. Se encerraba en el estudio durante días enteros, pintando sobre los apuntes a lápiz que hacía por las mañanas.

De este modo le hizo varios cuadros, siempre tendida, siempre durmiendo, tal como había estado el primer día que posó. María estaba pasmada por la obsesión. Creía que eran simples repeticiones de la primera pose. Novalis siempre alteraba el rostro. Dado que la actual expresión de la mujer era adusta y severa, nadie que viera aquellos cuadros se imaginaría nunca que el voluptuoso cuerpo era el de María.

Novalis ya no deseaba a su esposa cuando estaba despierta y lucía la expresión puritana y la mirada ceñuda. La deseaba cuando estaba dormida, abandonada, opulenta y apacible.

La pintaba sin respiro. Cuando estaba solo en el estudio con un nuevo cuadro, se tendía frente al cuadro en el sofá y una corriente cálida le recorría todo el cuerpo, mientras sus ojos reposaban en los pechos de la maja, en el valle de su vientre o en el vello que nacía entre las piernas. Notaba una incipiente erección. Le sorprendía el violento efecto del cuadro.

Una mañana estuvo delante de María mientras ella estaba durmiendo. Había conseguido separarle ligeramente las piernas, para ver en medio. Observando la pose sin limitaciones, las piernas abiertas, se tocó el sexo con los dedos haciéndose la ilusión de que era ella quien lo hacía. Cuántas veces le había conducido la mano hacia el pene, con el propósito de arrebatarle esta caricia, pero ella siempre se había negado y alejado la mano. Ahora empuñó el pene con su propia mano.

María comprendió pronto que había perdido el amor del pintor y no supo cómo recuperarlo. Se daba cuenta de que estaba enamorado de su cuerpo, pero solo cuando lo pintaba.

Se fue al campo, a pasar una semana con unos amigos. A los pocos días cayó enferma y regresó a casa para que la viera su médico. Cuando llegó, la casa parecía desierta. Fue de puntillas al estudio de Novalis. No había el menor ruido. Entonces se imaginó que estaría haciendo el amor con otra mujer. Se acercó a la puerta. Lenta y silenciosamente como un ladrón, la abrió. Y esto es lo que vio: en el suelo del estudio había un cuadro de ella; y encima, restregándose contra el cuadro, estaba su marido desnudo, desnudo y con el pelo alborotado, como ella no lo había visto nunca, y con el pene erecto.

Se restregaba contra la pintura, lascivo, besándola y acariciándola entre las piernas. Se revolcaba como nunca lo había hecho sobre María. Parecía presa del frenesí y a todo su alrededor tenía los demás cuadros de ella, desnuda, voluptuosa y bellísima. Les dirigía miradas apasionadas y luego proseguía el imaginario abrazo. Lo que estaba viviendo era una orgía con la esposa que en realidad no había conocido. Ante este espectáculo, la propia sensualidad contenida de María se incendió, libre por primera vez. Al quitarse las ropas, le reveló una María nueva, una María iluminada por la pasión, abandonada como en los cuadros, que ofrecía su cuerpo sin pudor y sin dudarlo a todos los abrazos del hombre, esforzándose por arrebatar sus emociones a los cuadros, por sobrepasarlos.

Anaïs Nin:
Ángela Anaïs Juana Antolina Rosa Edelmira Nin Culmell
(Francesa nacionalizada estadounidense, 1903-1977).

viernes, 12 de abril de 2024

Mirándolas dormir: HISTORIA DEL OJO, de Georges Bataille

"Simone dormía (...) la mano detenida todavía sobre el vello del pubis y el rostro apacible y casi sonriente,"

(
Fragmento del capítulo II: El armario normando)

Simone dormía tranquilamente, con el vientre al aire, la mano detenida todavía sobre el vello del pubis y el rostro apacible y casi sonriente.

Marcela, que se había precipitado a través del cuarto tambaleándose y gritando como si gruñera, me miró de nuevo: retrocedió como si yo fuera un espectro espantoso que apareciera en una pesadilla, y se desplomó dejando oír una secuela de aullidos cada vez más inhumanos.

Cosa curiosa; ese incidente me devolvió el valor. Alguien iba a venir, era inevitable; pero no pensé ni un instante en huir o en acallar el escándalo. Al contrario, con resolución abrí la puerta. ¡Oh, espectáculo y gozo inusitados! ¡Es fácil imaginar las exclamaciones de horror, los gritos desesperados, las amenazas desproporcionadas de los padres al entrar en la habitación! Con gritos incendiarios e imprecaciones espasmódicas mencionaron la cárcel, el cadalso y los tribunales; nuestros propios camaradas se habían puesto a gritar y a sollozar hasta producir un ruido delirante de gritos y lágrimas: se diría que los habían incendiado y que eran antorchas vivas. Simone gozaba conmigo.

Y sin embargo, ¡qué atrocidad! Nada podía dar fin al delirio tragicómico de esos dementes; Marcela, que seguía desnuda, expresaba, a medida que gesticulaba, y entre gritos de dolor, un sufrimiento moral y un terror imposible de soportar; vimos cómo mordía a su madre en el rostro y se movía entre los brazos que intentaban dominarla en vano.

En efecto, la irrupción de los padres había acabado de destruir lo que le quedaba de razón; para terminar se llamó a la policía y todos los vecinos fueron testigos del inaudito escándalo.

Georges Bataille (Francia, 1897-1962).

(Traducido al español por Margo Glantz).

martes, 20 de febrero de 2024

Mirándolas dormir: LAS CANCIONES DE BILITIS, de Pierre Louÿs

"Duerme con su cabello despeinado..."

La durmiente

Duerme con su cabello despeinado y las manos entrelazadas bajo la nuca. ¿Sueña? Su boca está entreabierta y respira suavemente.

Con un poco de cisne blanco enjugo, sin despertarla, el sudor de sus brazos, la fiebre de sus mejillas. Sus párpados cerrados son dos flores azules.

Muy suavemente me levantaré; iré a traer agua, ordeñaré la vaca y pediré fuego a los vecinos. Quiero estar rizada y vestida cuando abra los ojos.

Duerme, permanece un largo rato entre sus bellas pestañas curvadas y continúa dichosa la noche con un sueño de buen augurio.

(Elle dort dans ses cheveux défaits, les mains mêlées derrière la nuque. Rêve-t-elle? Sa bouche est ouverte; elle respire doucement.
Avec un peu de cygne blanc, j'essuie, mais sans l'éveiller, la sueur de ses bras, la fièvre de ses joues. Ses paupières fermées sont deux fleurs bleues.
Tout doucement je vais me lever; j'irai puiser l'eau, traire la vache et demander du feu aux voisins. Je veux être frisée et vêtue quand elle ouvrira les yeux.
Sommeil, demeure encore longtemps entre ses beaux cils recourbés et continue la nuit heureuse par un songe de bon augure.)

"Y repite una vez tras otra mi nombre: Bilitis... Bilitis... Y me roza con la punta de sus dedos temblorosos."

Palabras en la noche

Reposamos con los ojos cerrados; el silencio es un gran alrededor en torno a nuestra cama.¡Inefables noches de estío! Pero ella, que me cree dormida, posa su cálida mano sobre mi brazo.

Murmura: «Bilitis ¿duermes? Mi corazón late, pero, sin responder, respiro como una mujer entregada a sus sueños». Entonces, comienza a hablar:

«Ya que no me escuchas, dice, ¡cómo te quiero! Y repite una vez tras otra mi nombre: “Bilitis… Bilitis…”. Y me roza con la punta de sus dedos temblorosos».

«¡Esta boca es mía! ¡Sólo mía! ¿Existe otra más hermosa en el mundo? ¡Ay, mi felicidad, mi felicidad! Son míos estos brazos desnudos, este cuello y esta  cabellera…».

(Nous reposons, les yeux fermés; le silence est grand autour de notre couche. Nuits ineffables de l'été! Mais elle, qui me croit endormie, pose sa main chaude sur mon bras.
Elle murmure: « Bilitis, tu dors? » Le cœur me bat, mais sans répondre, je respire régulièrement comme une femme couchée dans les rêves. Alors elle commence à parler:
«Puisque tu ne m'entends pas, dit-elle, ah! que je t'aime! » Et elle répète mon nom. « Bilitis... Bilitis... » Et elle m'effleure du bout de ses doigts tremblants:
«C'est à moi, cette bouche! à moi seule! Y en a-t-il une plus belle au monde? Ah! mon bonheur, mon bonheur! C'est à moi ces bras nus, cette nuque et ces cheveux... »)

Pierre Louÿs
(Francés nacido en Bélgica, 1870-1925).

(Traducido del francés por Jules Etienne).

miércoles, 29 de enero de 2020

Tu boca: LA HISTORIA DE O, de Pauline Réage

"... tu boca, tu vientre y tu dorso están abiertos para nosotros. En presencia nuestra, nunca tocarás tus senos: el corsé los levanta para indicar que nos pertenecen."
 
(Fragmento del capítulo I: Los amantes de Roissy)
 
- Aquí estarás al servicio de tus amos. Durante el día, harás las labores que te ordenen para la buena marcha de la casa, como: barrer, ordenar los libros, arreglar las flores o servir a la mesa. No serán más pesadas. Pero, a la primera palabra o a la primera señal, dejarás de hacer lo que estés haciendo para cumplir con tu primera obligación, que es la de entregarte. Tus manos no te pertenecen, ni tus senos, ni mucho menos ninguno de los orificios de tu cuerpo que nosotros podemos escudriñar y en los que podemos penetrar a placer. A modo de señal, para que tengas siempre presente que has perdido el derecho a rehusarte, en nuestra presencia, nunca cerrarás los labios del todo, ni cruzarás las piernas, ni juntarás las rodillas (como habrás observado que se te ha prohibido hacerlo desde que llegaste), lo que indicará a tus ojos y a los nuestros que tu boca, tu vientre y tu dorso están abiertos para nosotros. En presencia nuestra, nunca tocarás tus senos: el corsé los levanta para indicar que nos pertenecen. Durante el día, estarás vestida, levantarás la falda si se te ordena y podrá utilizarte quien quiera a cara descubierta -y como quiera- pero sin hacer uso del látigo. El látigo no te será aplicado más que entre la puesta y la salida del sol. Pero, además del castigo que te imponga quien lo desee, serás castigada por la noche por las faltas que hayas cometido durante el día: es decir, por haberte mostrado poco complaciente o mirado a la cara a quien te hable o te posea: a nosotros nunca debes mirarnos a la cara. Si el traje que usamos por la noche deja el sexo al descubierto no es por comodidad, que también podría obtenerse de otra manera, sino por insolencia, para que tus ojos se fijen en él y no en otra parte, para que aprendas que éste es tu amo, al cual están destinados, ante todo, tus labios.
 
 
Pauline Réage: Anne Cécile Desclos (Francia, 1907-1998).

martes, 7 de agosto de 2018

Solsticio: TRÓPICO DE CAPRICORNIO, de Henry Miller

"¿... o es que me había convertido en un muñeco tan maravillosamente amaestrado, que interpretaba el pensamiento antes de que llegara a los labios?"

(Fragmento)

Vivíamos pegados al techo, y el tufo caliente y repugnante de la vida diaria ascendía y nos sofocaba. Vivíamos con el calor del mármol, y el ardor ascendente de la carne humana caldeaba los anillos como de serpiente en que estábamos encerrados. Vivíamos cautivados por las profundidades más hondas, con la piel ahumada hasta alcanzar el color de un habano gris por las emanaciones de la pasión mundana. Como dos cabezas llevadas en las picas de nuestros verdugos, girábamos lenta y fijamente sobre las cabezas de hombros de abajo. ¿Qué era la vida en la tierra sólida para nosotros que estábamos decapitados y unidos para siempre por los genitales? Éramos las serpientes gemelas del Paraíso, lúcidas en celo y frías como el propio caos. La vida era un joder perpetuo y negro en torno a un poste fijo de insomnio. La vida era escorpión en conjunción con Marte, en conjunción con Mercurio, en conjunción con Venus, en conjunción con Saturno, en conjunción con Plutón, en conjunción con Urano, en conjunción con el mercurio, el láudano, el radio, el bismuto. La gran conjunción se producía todos los sábados por la noche, Leo fornicando con el Dragón en la casa de los hermanos. El gran malheur era un rayo de sol que se filtraba por las cortinas. La maldición era Júpiter, que podía fulgurar con mirada benévola.

La razón por la que es difícil contarlo es porque recuerdo demasiado. Recuerdo todo, pero como un muñeco sentado en las rodillas de un ventrílocuo. Me parece que durante el largo e ininterrumpido solsticio conyugal estuve sentado en su regazo (incluso cuando ella estaba de pie) y recité el parlamento que ella me había enseñado. Me parece que debió de ordenar al fontanero jefe de Dios que mantuviera brillando la negra estrella a través del agujero en el techo, debió de mandarle que derramase una noche perpetua y, con ella, todos los tormentos reptantes que van y vienen silenciosamente en la oscuridad, de modo que la mente se convierte en un punzón que gira y horada frenéticamente la negra nada. ¿Imaginé simplemente que ella hablaba sin cesar, o es que me había convertido en un muñeco tan maravi- llosamente amaestrado, que interpretaba el pensamiento antes de que llegara a los labios? Los labios estaban entreabiertos, suavizados con una espesa pasta de sangre oscura: los veía abrirse y cerrarse con suma fascinación, tanto si silbaban con odio viperino como si arrullaban como una tórtola. Siempre estaban en primer plano, como en los anuncios de las películas, por lo que ya conocía cada grieta, cada poro, y, cuando empezaba la salivación histérica, veía espumear la saliva como si estuviera sentado en una mecedora bajo las cataratas del Niágara. Aprendí lo que debía hacer exactamente como si fuera parte de su organismo; era mejor que un muñeco de ventrílocuo porque podía actuar sin que tirasen de mí violentamente por medio de hilos. De vez en cuando improvisaba, lo que a veces le agradaba enormemente; desde luego, hacía como que no notaba las interrupciones, pero yo siempre sabía cuándo le gustaba por la forma como se pavoneaba. Tenía el don de la transformación; era casi tan rápida y sutil como el propio diablo. Después de la de pantera y la de jaguar, la transformación que mejor se le daba era la de ave: la de garza salvaje, la de ibis, la de flamenco, la de cisne en celo.Tenía una forma de bajar en picado de repente, como si hubiera avistado un cadáver maduro, lanzándose derecha a las entrañas, arrojándose de inmediato sobre los bocados preferidos -el corazón, el hígado, o los ovarios- y remontando el vuelo de nuevo en un abrir y cerrar de ojos. Si alguien la descubría, se quedaba quieta como una piedra en la base de un árbol, con los ojos no del todo cerrados pero inmóviles con esa mirada fija del basilisco. Si la aguijoneaban un poco, se convertía en una rosa, una rosa intensamente negra con los pétalos más sedosos y de una fragancia irresistible.


Henry Miller (EUA, 1891-1980).

(Traducido al español por Carlos Manzano).

martes, 26 de diciembre de 2017

Eclipse: TRÓPICO DE CÁNCER, de Henry Miller

"Estaba escondida en la faz del sol, como la luna en eclipse..."
 
Interludio
 
(Fragmento)

En la tumba que es mi memoria la veo ahora enterrada a ella, a la que amé más que a nadie, más que al mundo, más que a Dios, más que mis propias carne y sangre. La veo pudrirse en ella, en esa sanguinolenta herida de amor, tan próxima a mí que no la podría distinguir de la propia tumba. La veo luchar para liberarse, para limpiarse del dolor del amor, y sumergirse más con cada forcejeo en la herida, atascada, ahogada, retorciéndose en la sangre. Veo la horrible expresión de sus ojos, la lastimosa agonía muda, la mirada del animal atrapado. La veo abrir las piernas para liberarse y cada orgasmo es un gemido de angustia. Oigo las paredes caer, derrumbarse sobre nosotros y la casa deshacerse en llamas. Oigo que nos llaman desde la calle, las órdenes de trabajar, las llamadas a las armas, pero estamos clavados al suelo y las ratas nos están devorando. La tumba y la matriz del amor nos sepultan, la noche nos llena las entrañas y las estrellas brillan sobre el negro lago sin fondo. Pierdo el recuerdo de las palabras, incluso de su nombre que pronuncié como un monomaníaco. Olvidé qué aspecto tenía, qué sensación producía, cómo olía, mientras penetraba cada vez más profundamente en la noche de la caverna insondable. La seguía hasta el agujero más profundo de su ser, hasta el osario de su alma, hasta el aliento que todavía no había expirado de sus labios. Busqué incansablemente aquella cuyo nombre no estaba escrito en ninguna parte, penetré hasta el altar mismo y no encontré... nada. Me enrosqué en torno a esa concha de nada como una serpiente de anillos flameantes, me quedé inmóvil durante seis siglos sin respirar, mientras los acontecimientos del mundo se colaban y formaban en el fondo un viscoso lecho de moco. Vi el Dragón agitarse y liberarse del dharma y del karma, vi a la nueva raza del hombre cociéndose en la yema del porvenir. Vi hasta el último signo y el último símbolo, pero no pude interpretar las expresiones de su rostro. Sólo pude ver sus ojos brillando, enormes, luminosos, como senos carnosos, como si yo estuviera nadando por detrás de ellos en los efluvios eléctricos de su visión incandescente.
 
¿Cómo había llegado a dilatarse así, más allá del alcance de la conciencia? ¿En virtud de qué monstruosa ley se había esparcido por la faz del mundo, revelando todo y, sin embargo, ocultándose a sí misma? Estaba escondida en la faz del sol, como la luna en eclipse; era un espejo que había perdido el mercurio, el espejo que refleja tanto la imagen como el horror. Al mirar la parte posterior de sus ojos, la carne pulposa y translúcida, vi la estructura cerebral de todas las formaciones, de todas las relaciones, de toda la evanescencia. Vi el cerebro dentro del cerebro, la máquina eterna girando eternamente, la palabra Esperanza dando vueltas en un asador, asándose, chorreando grasa, girando sin cesar en la cavidad del tercer ojo. Oí sus sueños musitados en lenguas desaparecidas, los gritos ahogados que reverberaban en grietas diminutas, los jadeos, los gemidos, los suspiros de placer, el silbido de látigos al flagelar. Le oí gritar mi nombre que todavía no había pronunciado, le oí maldecir y chillar de rabia. Oí todo amplificado mil veces, como un homúnculo aprisionado en el vientre de un órgano. Percibí la respiración apagada del mundo, como si estuviera fija en la propia encrucijada del mundo.
 
Así caminamos, dormimos y comimos juntos, los gemelos siameses a quienes Dios había juntado y a quienes sólo la muerte podría separar.

 
Henry Miller (Estados Unidos, 1891-1980).