Vancouver: atardecer en la bahía al final de la primavera. (Fotografía de Jules Etienne).

miércoles, 31 de enero de 2024

Mirándolas dormir: UN ROSTRO Y UN ALMA, de José Selgas

"... encontré a Elisa en una bata magnífica, guarnecida de encajes (...) con una elegante dormilona."

(
Fragmentos de la primera parte: La boda)

Carta segunda
Abril 10 de 1872

Indudablemente, Elisa habría despedido a su doncella, y estaría ya dormida. ¡Dormi- da!... ¡Tan pronto! Esto me pareció inverosímil, y me ocurrió el temor de que le hubiera sobrevenido algún accidente. Mi cara mitad no es una mujer enclenque pero es muy nerviosa, y quién sabe, las agitaciones del día, el mareo de la muchedumbre, las emociones propias del caso, en fin, tener quien la socorriera. Vamos, yo había sido un badulaque deteniéndome tanto tiempo en el salón hecho un pasmarote.

(...)

Has de saber que encontré a Elisa envuelta en una bata magnifica, guarnecida de encajes, una de las batas más ricas del trousseau, su doncella había deshecho el peinado monumental, que había sido como la gigante cúpula de su espléndido vestido de desposada, sustituyéndolo con una elegante dormilona (...) La primera impresión que sentí fue halagüeña, porque inmediatamente pensé, con satisfacción indecible, que Elisa deseaba agradarme.
(...)

Ahí tienes lo que heló mi sangre, lo que paralizó los impulsos de mi corazón, lo que me dejó, en fin, hecho una estatua delante de aquella otra estatua.

- ¿Tienes sueño? -le dije.
- Sí -me contestó.
- El sueño (añadí), es el remedio más eficaz contra la jaqueca.
- Sin duda -me dijo.
- En ese caso (advertí yo casi sonriendo), será casi una imprudencia...

No me dejó concluir, pues arqueando las cejas con aire de majestuoso fastidio, excla- mó:

- ¡Oh!...

Yo proseguí diciendo:

- Casualmente yo también me siento fatigado.
- Lo creo (añadió ella); son ya las tres de la madrugada.

Pronunció estas palabras con mucho trabajo, porque un nuevo bostezo invadió su boca.

No pude hacer frente por más tiempo a tanta impasibilidad. Me hallaba de pie, y no me había invitado a sentarme. ¡Ah! ¿Por qué es la felicidad tan frágil? La dormilona, la bata y las babuchas parecían todavía empeñadas en hacerme creer que era dichoso, pero aquella jaqueca intempestiva, aquel gesto desdeñoso, aquel sueño inoportuno, aquellos bostezos horrorosos, aquellas respuestas lacónicas... Todo... todo me advertía que era el hombre más infeliz de la tierra.

(...)

Entré en mi cuarto, llena la cabeza de los más extraños pensamientos. Me dejé caer en una butaca, apoyé los codos en las rodillas, y oprimí la cabeza entre las manos, como si hubiera querido contener los torbellinos que dentro de ella se agitaban.

Así permanecí algún tiempo, y así hubiera permanecido hasta el día del juicio, si los pasos de Elisa sobre la alfombra no me hubieran sacado del estupor en el que había caído. Casi maquinalmente me acerqué a la puerta, y poco después oí su respiración acompasada; mi cara mitad dormía profundamente. Sin poderme contener, entreabrí la puerta que nos separaba, y penetré con mucho silencio en su estancia. Me pareció distinguir un suave murmullo que se escapaba de sus labios; no solamente dormía, sino que soñaba, y, temblando de pies a cabeza, me acerqué a ella.

(...)

Oía palabras confusas y entrecortadas, cuyo sentido no podía explicarme; no quería oír, y todo era oídos; las más crueles sospechas me asediaban; aún no sabía nada, y ya lo temía todo. Al fin descubrí el secreto que embargaba mi alma. Elisa soñaba con su trousseau..., el trousseau era el objeto de su delicioso sueño...; y yo respiré; pero respiré con amargo desaliento. Yo no era más que un pormenor indispensable, pero un mero pormenor de nuestra boda; el trousseau venía a serlo todo para ella. La imaginación de Elisa estaba llena de cintas, de encajes y batista y seda, y cuando la cabeza de una mujer esta llena de estas cosas, su corazón se halla vacío.

Me retiré en silencio, y me encerré en mi cuarto; cambié mi traje de boda por uno de mañana; esperé el día. Después que amaneció, pedí un caballo, monté en él, y corrí desalado. ¡Infeliz!... Como si me fuera posible huir de mi suerte.

Esta ha sido la noche de mi boda; imagínate cómo será la luna de miel que me espera.

José Selgas Carrasco (España, 1822-1882).

martes, 30 de enero de 2024

Mirándolas dormir: AGUAS PRIMA- VERALES, de Iván Turguéniev

"... permaneció como hechizado; dejando a su alma admirar con todas sus fuerzas el cuadro que ante él se ofrecía."

(
Fragmento del capítulo X)

Por fin dijo Frau Lenore que estaba fatigada. Gemma le aconsejó dormirse un poco en el sofá.

Y yo -dijo-, con el caballero ruso, nos estaremos quietos, muy tranquilos, como raton- citos.

Frau Lenore le dirigió una sonrisa por única respuesta, cerró los ojos, respiró hondo dos o tres veces y se adormeció. Gemma se sentó a escape junto a ella en una banqueta, y sosteniendo la almohada donde descansaba la cabeza de su madre, se quedó inmóvil, llevando solamente de vez en cuando a sus labios un dedo de la otra mano, para recomendar silencio, y mirando a Sanin con el rabillo del ojo cada vez que se permitía el menor movimiento. Concluyó éste por inmovilizarse también y permaneció como hechizado; dejando a su alma admirar con todas sus fuerzas el cuadro que ante él se ofrecía.

Iván Turguéniev (Ruso fallecido en Francia, 1818-1883).

lunes, 29 de enero de 2024

Mirándolas dormir: SIESTA, de José Zorrilla

"Duerme: el bosque nos presta su toldo umbrío, susurra la floresta, murmura el río; yo velaré tu siesta: ¡duerme, bien mío!"
 
(
Últimas líneas del preámbulo y los dos primeros de cuatro cantos)

¡Duerme en calma tu siesta, -dulce bien mío!
Duerme entre tanto
Que yo te velo; duerme,
Que yo te canto.

I

Como le canta y mece la madre al tierno niño
Que duerme en su regazo, mi amor te arrullará:
Como para él la madre mil frases de cariño
Inventa, mil cantares mi amor te inventará.
Yo sé que siente, Rosa, tu corazón amante
Los versos que te canto mientras dormida estás.
¿Qué quieres que te cuente? ¿Qué quieres que te cante?
¿Cuál es de mis canciones la que te gusta más?
¿Prefieres aquel cuento del silfo que tenía
En una red de tamo, prisión en un rosal,
Y al cual todas las noches a alimentar venía
La abeja que le amaba, con miel de su panal?
¿Prefieres una historia, como la historia horrenda
De aquél que fue a su dama celoso a degollar,
Cuya cabeza trunca guardó de amor en prenda,
Y la cabeza le iba de noche un beso a dar?
Di cómo hablarte debo cuando tu sueño arrullo,
Porque mi voz anhelo que te parezca tal,
Como la miel que daba posada en un capullo
La abeja de mis cuentos al silfo del rosal.
Mas duerme, vida mía, -mientras te arrullo
Yo de mi poesía -con el murmullo.
Mientras la aura en tus rizos -juega y te orea,
En contar tus hechizos -mi alma se emplea.
Duerme, que te adormece -fiel mi cariño,
Como le canta y mece— -a madre al niño.
Duerme, que yo a millares -pondré en mi empeño
En inventar cantares -para tu sueño.
La enramada nos presta -su toldo umbrío
Susurra la floresta, -murmura el río;
Todo invita a la siesta -¡duerme, bien mío!
Duerme entre tanto
Que yo te velo; duerme,
Que yo te canto.

II

Mis ojos no se sacian de verte y admirarte.
¡Cuán bella estás dormida! ¡Qué hermosa te hizo Dios!
No hay nada con que pueda mi idea compararte.
Dios te hizo así, y no quiso Dios como tú hacer dos.
Mas sé, aunque estás dormida, que escucha tu alma atenta
Los versos que en tu oído depositando voy,
Porque ellos son la copa donde mi amor fermenta,
Y en ellos destilado mi corazón te doy.
Te siento los latidos del tuyo mientras duermes,
Las pausas de tu suave vital respiración,
Tus manos entregadas bajo las mías inermes,
Y tu hálito que absorbe voraz mi inspiración.
Mientras que yo te canto tú sientes cómo te amo:
Mi amor no se lo ha dicho jamás a tu pudor;
Mas sé que tu alma en sueños responde a mi reclamo
Mientras que yo te duermo con mi cantar de amor.
Y acaso sientes, Rosa, cuando tu sueño halago
Con mis palabras, algo de la inmortal pasión
De la cabeza, que iba con su murmullo vago
A dar a su verdugo su beso de perdón.
Yo te amo como el mundo -jamás he amado;
Con un amor profundo -de fe dechado;
Aún más que aquella santa -cabeza fría
Al que de su garganta -la segó un día.
Tu amor se nutre dentro -de mis entrañas
Como el oro en el centro -de las montañas.
Yo te amo y te envío -de mis amores
La voz, como el rocío -la alba a las flores.
Duerme: el bosque nos presta -su toldo umbrío,
Susurra la floresta, -murmura el río;
Yo velaré tu siesta: -¡duerme, bien mío!
Duerme entre tanto
Que yo te velo; duerme,
Que yo te canto.


José Zorrilla y Moral (España, 1817-1893).

domingo, 28 de enero de 2024

Mirándolas dormir: JANE EYRE, de Charlotte Brontë

"Un enamorado divisa en el campo a su amante dormida y desea contemplarla de cerca sin interrumpir su sueño."

(
Fragmento del capítulo XXXVI)

Un enamorado divisa en el campo a su amante dormida y desea contemplarla de cerca sin interrumpir su sueño. Avanza, cauteloso; se para creyendo que ella se mueve; se retira, temiendo que le vea... Pero todo está tranquilo y entonces vuelve a avanzar. Se inclina sobre ella lentamente, gozando de antemano con la visión de la belleza que va a admirar. Y de pronto se sobresalta, se precipita, sujeta fuertemente entre sus brazos a la que un momento antes no osaba tocar con un dedo. Pronuncia su nombre a gritos, la mira con desesperación. ¡Porque ella no puede contestarle! El enamorado había creído dormida a su amada y la encuentra fría e inmóvil como una piedra.

Charlotte Brontë (Inglaterra, 1816-1855).

sábado, 27 de enero de 2024

Mirándolas dormir: ROLLA, RONDÓ y PORCIA, tres poemas de Alfred de Musset

"¡Ay!, aquella desnuda cortesana, del sueño mal velada..."

Rolla: pequeño poema

(Fragmento)

¡Amar y siempre amar! frase armoniosa
que gime el viento en su postrer vagido,
frase feliz que agita voluptuosa
al ave tierna en el calor del nido.
Frase por las estrellas murmurada,
frase de ritmo mágico y diverso,
y a cuya dulce música adorada
por la esfera azulada
se ve girar sin fin el universo.

Santiago en tanto, inmóvil contemplaba
a la dormida y celestial María,
y un no sé qué en sus formas encontraba
que en otra parte contemplado había.
Tal vez por eso, triste y receloso
de aquel sueño ante el blando desvarío
del fondo de su pecho proceloso
se escapaba un suspiro yerto y frío.
¡Ay!, aquella desnuda cortesana,
del sueño mal velada por el manto,
era tal vez la desdichada hermana
de su vil abyección y de su llanto.
Y aquella estancia lúgubre y sombría
testigo mudo del placer gozado
dentro de algunas horas, no sería
más que la tumba fría
que encerrase su cuerpo ensangrentado.

En ti, criatura tierna y delicada,
la fiel resignación marca su huella,
es tu dolor de mi dolor hermano,
la luz de tu candor en mí destella,
tú eres la estatua pálida y yacente
que en mi tumba dormida
espera dulcemente
que nos una en la sombra eternamente
el hilo roto de mi frágil vida.
No te despiertes, no. Tu vida impura
es de la tierra, pero no tu sueño;
tu sueño celestial es casto y puro,
Dios en velar por ti pone su empeño.
Tú, desdichada niña, no has manchado
el manto virginal de tu pureza,
tú digna de mi amor serás y has sido,
tú que ocultando un ser en ti escondido
no tienes de ti más que tu belleza,
déjame que en los párpados te bese
que sólo a ti, niña inocente, quiero
con un beso abrasado de mi boca
dar antes de morir mi adiós postrero.

(Traducción rimada de Ángel R. Chaves).

Rondó

¿Hubo alguna vez tanta dulzura de corazón
para ver a Manon durmiendo en mis brazos?
Su frente coqueta perfuma la almohada;
En su hermoso pecho escucho su corazón mirando.
Un sueño pasa y viene a alegrarlo.

Así se duerme una flor de rosa mosqueta,
encerrando en su cáliz a una abeja.
La balanceo: una profesión más encantadora
¿Ha existido alguna vez?

Pero llega el día y la aurora rojiza florece
con el viento su ramo primaveral.
Peine en mano y perla en oreja
Hacia su espejo Manon corre para olvidarme.
¡Pobre de mí! Amor sin despertar ni mañana
¿Lo fue alguna vez?

"... al contemplar a una mujer dormida, no hay un alma que mantenga su dureza,..."

Porcia

(Fragmento)

¿Quién no sabe que la noche tiene tales poderes
que, como las flores, más bellas son las mujeres.
Y que el viento de la tarde se puede llevar
el más dulce aroma para respirar?
Por eso, sin ruido alguno que sorprenda su cura
Luigi, que admira su floreciente frescura
tan tranquila, tan pura, ojos moribundos, frente inclinada
igual que un joven cervatillo en el alto trigal recostada
entonces siente que, al contemplar a una mujer dormida,
no hay un alma que mantenga su dureza bien establecida
quién no encuentra algo que ver cuando su pena más dura 
se funde como en el fuego de una llama el bronce
porque, ¡en quien se puede confiar, Dios mío! Si natura
nos hace ver en su rostro tal impostura
que necesita partir en dos a la criatura
¡y defender su corazón del amor de sus ojos!

(Qui ne sait que la nuit a des puissances telles,
Que les femmes y sont, comme les fleurs, plus belles.
Et que tout vent du soir qui les peut effieurer
Leur enlève un parfum plus doux à respirer?
Ce fut pourquoi, nul bruit ne frappant son cure,
Luigi , qui l’admira it si fraîche épanouie,
Si tranquille, si pure, oeil mourant, front penché,
Ainsi qu’un jeune faon dans les hauts blés couché,
Sentit ceci, qu’au front d’une femme endormie,
Il n’est âme si rude et si bien a affermie
Qui ne trouve de quoi voir son plus dur chagrin
Se fondre comme au feu d’une flamme l’airain.
Car, à qui s’en fier, mon Dieu! si la nature
Nous fait voir à sa face une telle imposture,
Qu’il faille séparer la créature en deux,
Et défendre son coeur de l’amour de ses yeux!)

Alfred de Musset (Francia, 1810-1857).

(La traducción rimada de Rolla, es de Ángel R. Chaves y Porcia fue traducida del francés por Jules Etienne). 
La ilustración superior corresponde al cuadro Rolla, de Henri Gervex, quien lo pintó inspirado por el poema,
la otra es obra del pintor ruso hiperrealista Serge Marshennikov. 

viernes, 26 de enero de 2024

Mirándolas dormir: EL DIABLO MUNDO, de José de Espronceda

"... una mujer dormida sobre un lecho riquísimo allí está, los brazos fuera; palpítale desnudo el blanco pecho, vaga suelta su cabellera negra..."

(
Fragmento del canto VI)

Bella como la luz de la serena 
tarde que a la ilusión de amor convida, 
el alma acaso de amarguras llena, 
hermosa en el verano de la vida, 
una mujer dormida sobre un lecho 
riquísimo allí está, los brazos fuera; 
palpítale desnudo el blanco pecho, 
vaga suelta su negra cabellera; 
la almohada a un lado, la cabeza hermosa 
en un escorzo lánguida caída, 
turbios ensueños a su frente ansiosa 
vuelan tal vez desde su alma herida. 
Una velada lámpara destella 
su tibia luz en rayos adormidos. 
En desorden brillando en torno de ella 
mil lujosos adornos esparcidos, 
aquí un vestido de francesa blonda, 
la piocha allí de espléndidos brillantes, 
la diadema de piedras de Golconda, 
sobre el sofá los aromados guantes; 
de flores ya marchita la guirlanda, 
allí sortijas de oro y pedrería, 
arrojada en la alfombra rica banda 
bordada de vistosa argentería. 
Bandas, sortijas, trajes, guantes, flores, 
no os quejéis si os arroja con desdén. 
¡El placer, la esperanza y los amores 
ella arrojó del corazón también! 
¡Ay!, que los años de la edad primera 
pasaron luego y la ilusión voló, 
y al partirse dejó la primavera 
al sol de julio que agostó la flor. 
Y al alma sólo le quedó un deseo 
y un sueño le quedó a su fantasía, 
loco afán y engañoso devaneo 
que en vano en este mundo hallar porfía. 
Y el corazón que palpitaba ufano 
henchido de esperanza y de ventura, 
donde placer halló lo busca en vano, 
perdida para siempre su frescura. 
Y en vano en lechos de plumón mullidos, 
en rica estancia de dorado techo, 
se reclinan sus miembros adormidos 
mientras despierto le palpita el pecho. 
Y en él inquieto el corazón se agita, 
y un tropel de deseos y memorias 
su mente a trastornar se precipita 
volando ansiosa tras mentidas glorias. 
Y en vano busca con avaro empeño 
paz para el corazón en sus rigores; 
sus ojos cerrará piadoso el sueño, 
pero no el corazón a sus dolores.

José de Espronceda
(España, 1808-1842).

jueves, 25 de enero de 2024

Mirándolas dormir: LAS CONFIDEN- CIAS DE NICOLÁS, de Gérard de Nerval

"... la imagen del joven Denesvre desafiando el peligro para ver a Marguerite..."

(
Fragmento del capítulo V: Marguerite)

Era cerca de las nueve cuando la gobernanta y Nicolás llegaron al curato. Se acostaron a las diez. La imaginación del joven bordaba en torno a todo lo que había escuchado, un tropel de pensamientos incoherentes que alejaban el sueño. Dormía en la misma habitación que el abate Thomas, en la planta baja; estaban además los dos pequeños baldaquines de Huet y Melin, los monaguillos. El cuarto de Margue- rite, situado en la otra ala de la casa, daba por una ventana baja al jardín. De pronto la imagen del joven Denesvre desafiando el peligro para ver a Marguerite se dibuja vivamente en el pensamiento de Nicolás. Supone en el espíritu que es él mismo aquel joven, que hay algo hermoso en verter la propia sangre por una conversación de amor, y, despierto a medias, a medias sometido a una alucinación febril, se desliza fuera de su cama, luego logra pasar al jardín por la puerta de la cocina. Ya lo tenemos delante de la ventana de Marguerite, que la había dejado abierta debido al calor. Dormía con su larga melena suelta sobre los hombros; la luna lanzaba un reflejo en el que se recortaba su rostro regular, bello y joven como antaño en esa favorable media luz. Nicolás hizo ruido al saltar por el marco de la ventana. Marguerite soñando murmuró entre los labios:

- ¡Déjame, querido Denesvre, déjame!

¡Oh momento terrible, doble ilusión que tal vez hubiera tenido un triste mañana!

- ¡La muerte, si es preciso! -exclamó Nicolás apoderándose de los brazos extendidos de la durmiente… No le faltaba a la peripecia más que el escopetazo del tío celoso. Otra catástrofe sustituyó su efecto. El abate Thomas había seguido a Nicolás en su escapada; con un pie brutal, lo arrancó en un instante de toda la poesía de la situación. Durante ese tiempo, la pobre Marguerite, toda despavorida, creía ver renovarse, a veinte años de distancia y bajo otra forma, el siniestro desenlace del drama amoroso que acababa de soñar. Los dos monaguillos, oyendo ruido, venían a completar el cuadro. El abate Thomas los despidió con furor, luego, agarrando a Nicolás por una oreja, lo volvió a llevar a su cuarto, le hizo vestirse de inmediato y, sin esperar al día, se puso en camino con él hacia la casa paterna. El escándalo fue tal, que se celebró al día siguiente un consejo de familia en el que se decidió que Nicolás sería colocado en aprendizaje en casa del señor Parangon, impresor de Auxerre. Marguerite fue a su vez sospechosa de haber dado lugar, por su indulgencia y su coquetería, a la escena que había ocurrido, y la sustituyeron en el presbiterio por una devota de talle robusto que se llamaba sor Pilon.

Gérard de Nerval (Francia, 1808-1855).

(Traducido al español por Tomás Segovia).

miércoles, 24 de enero de 2024

Mirándolas dormir: SERENATA, de Henry Wadsworth Longfellow

"Luna estival de la noche callada (...) esconde ya tu claridad plateada..."

Estrella de la noche sosegada
En lo más hondo del azul prendida,
Apaga el brillo de tu luz dorada,
Que está dormida,
Mi amada está dormida,
Dormida.

Luna estival de la noche callada,
Sobre el lejano monte suspendida,
Esconde ya tu claridad plateada,
Que está dormida,
Mi amada está dormida,
Dormida.

Céfiro de la noche perfumada,
Sobre la madreselva retorcida,
Suspende ahora tu carrera alada,
Que está dormida,
Mi amada está dormida,
Dormida.

Ensueños de la noche enamorada,
Decidle quedo que mi amor la cuida,
Cuando en su lecho cálido acostada,
Está dormida,
Mi amada está dormida,
Dormida.

Henry Wadsworth Longfellow
(Estados Unidos, 1807-1882).

(Traducido al español por José Coronel Urtecho).

martes, 23 de enero de 2024

Mirándolas dormir: EL HOMBRE QUE RÍE, de Víctor Hugo

"Una mujer desnuda, una mujer dormida."

Libro séptimo: La titana

(Fragmento del capítulo 3: Eva)

La mujer desnuda es la mujer armada.

Ya no respiraba. Se sentía solevantado y empujado. Miraba. ¡Aquella mujer delante de él! ¿Era posible?

En el teatro, duquesa. Allí nereida, náyade, hada. Siempre aparición.

Trató de huir y se dio cuenta de que no podía. Sus miradas se habían convertido en cadenas que lo ataban a esa visión.

¿Era una ramera? ¿Era una virgen? Ambas cosas. Mesalina, presente tal vez en lo invisible, sonreía sin duda, y Diana vigilaba. Había en aquella belleza la claridad de lo inaccesible. No hay pureza que pueda compararse con esa forma casta y altiva. Ciertas nieves que nunca han sido tocadas son reconocibles. Esa mujer tenía las blancuras sagradas de la Jungfrau.* Lo que se desprendía de aquella frente inconsciente, de aquella cabellera bermeja y en desorden, de aquellas pestañas rebajadas, de aquellas venas azules vagamente visibles, de aquellas redondeces esculturales de los senos, de las caderas y las rodillas que modelaban las nivelacio- nes rosadas de la camisa, era la divinidad de un sueño augusto. El impudor se resolvía en irradiación. Aquella criatura estaba desnuda con tanta calma como si tuviera derecho al cinismo divino, tenía la seguridad de una olímpica que se sabe hija del abismo y puede llamar al océano Padre, y se ofrecía, inabordable y soberbia, a todo el que pasa, a las miradas, a los deseos, a las demencias, a los sueños, tan orgullosamente adormecida en aquel lecho de boudoir como Venus en la inmensidad de la espuma.

Había dormido durante la noche y prolongaba su sueño en pleno día; confianza comenzada en las tinieblas y continuada a la luz.

Gwynplaine temblaba y admiraba.

Era una admiración malsana y que interesaba demasiado.

Sentía miedo.

La caja de sorpresas de la suerte no se agota. Gwynplaine creía haber terminado con ella, pero continuaba.

¿Qué eran todos aquellos rayos que caían sobre él sin tregua y, finalmente, esa fulminación suprema que le arrojaba a él, hombre tembloroso, una diosa dormida? ¿«Qué eran todas esas aberturas de cielo sucesivas de las que al final salía, deseable y temible, su sueño? ¿«Qué eran esas complacencias del tentador desconocido que le llevaban, una tras otra, sus aspiraciones vagas, sus veleidades confusas, hasta sus malos pensamientos convertidos en carne viviente, y lo abrumaban bajo una embriagadora serie de realidades sacadas de lo imposible? ¿«Toda la sombra conspiraba contra él, miserable, y qué iba a ser de él con todas aquellas sonrisas de la fortuna siniestra a su alrededor? ¿«Qué era aquel vértigo preparado intencionadamente? ¡Esa mujer estaba allí! ¿Por qué? ¿Cómo? No tenía explicación. ¿Por qué él? ¿Por qué ella? ¿Le habían hecho par de Inglaterra deliberadamente para esa duquesa? ¿Quién los llevaba así el uno al otro? ¿Quién era engañado, quién era víctima? ¿De la buena fe de quién se burlaban? ¿Era a Dios a quien se engañaba? El no precisaba todas estas cosas, sino que las entreveía a través de una serie de nubes en su cerebro. Aquella morada mágica y malévola, aquel palacio extraño, tenaz como una prisión, ¿formaba parte de la conspiración?

Gwynplaine experimentaba una especie de reabsorción. Unas fuerzas oscuras lo agarrotaban misteriosamente. Una gravitación lo encadenaba. Su voluntad, sonsacada, se alejaba de él. ¿A qué podía asirse? Se sentía huraño y encantado. Esta vez se consideraba irremediablemente insano. La sombría caída a pico en el precipicio del deslumbramiento continuaba.

La mujer dormía.

Para él, al agravarse su turbación, ya no era la lady, la duquesa, la dama, sino la mujer.

Las derivaciones se hallan en el hombre en estado latente. Los vicios tienen en nuestro organismo un trazado invisible completamente preparado. Aun siendo inocentes y en apariencia puros, tenemos eso en nosotros. No tener tacha no es no tener defectos. El amor es una ley. La voluptuosidad es una trampa. Existen la embriaguez y la borrachera. La embriaguez es desear a una mujer; la borrachera, desear a la mujer.

Gwynplaine, fuera de sí, temblaba. ¿Qué podía hacer en aquella situación? Nada de oleadas de paños, nada de amplitudes sedosas, nada de atavío prolijo y coqueto, nada de exageración galante que oculta y que muestra, nada de nubes. La desnudez en su concisión temible, una especie de requerimiento misterioso, desvergonzada- mente edénico, hecho a todo el aspecto tenebroso del hombre. Eva es peor que Satán, pues en ella se amalgaman lo humano y lo sobrehumano. Ese éxtasis inquietante termina con el triunfo brutal del instinto sobre el deber. El contorno soberano de la belleza es imperioso. Cuando sale de lo ideal y cuando se digna ser real es para el hombre una proximidad funesta.

De vez en cuando la duquesa se movía blandamente en la cama, con los movimientos vagos del vapor en el cielo, cambiando de actitud como cambia de forma la nube. Ondulaba, componía y descomponía curvas encantadoras. La mujer tiene todas las ductilidades del agua. Como el agua, la duquesa tenía algo de inasible. Cosa extraña, estaba allí, carne visible, y seguía siendo quimérica. Aunque tangible, parecía lejana. Gwynplaine, asustado y pálido, la contemplaba. Oía cómo palpitaba aquel pecho y creía oír una respiración de fantasma. Se sentía atraído y se resistía. ¿Qué podía hacer contra ella? ¿Qué podía hacer contra él?

Esperaba todo menos eso. Contaba con un guardián feroz atravesado en la puerta, con algún monstruo furioso que actuara de carcelero y con el que tuviera que luchar. Preveía a Cerbero y encontraba a Hebe.

Una mujer desnuda, una mujer dormida.

Víctor Hugo (Francia, 1802-1885).

(Traducido al español por Luis Echávarri).
* Víctor Hugo escribió la palabra Jungfrau en alemán, y el traductor lo respetó. Significa estado de virginidad.

lunes, 22 de enero de 2024

Mirándolas dormir: JOSÉ BÁLSAMO, MEMORIAS DE UN MÉDICO, de Alexandre Dumas

"... siguió Gilberto contemplando la belleza de Andrea en su negligente y graciosa postura; mas se sorprendió cuando (...) conoció que dormía."

(Fragmento del capítulo VIII: Asombro de Gilberto)

Mientras, Gilberto, inmóvil y oculto tras de un árbol, respirando apenas, observó todos los movimientos y ademanes de la doncella. Cuando ésta desapareció, y hubo visto luz por las ventanas de la buhardilla, cruzó de puntillas el espacio vacío, llegó hasta la ventana, y protegido por la oscuridad, devoró con su vista a Andrea que estaba sentada con pereza delante del clave; esperó sin siquiera saber lo que esperaba. En este momento José Bálsamo penetró en la sala.

Se estremeció, y su ardiente mirada se fijó en los dos personajes de la escena que anteriormente hemos referido.

Creyóse que Bálsamo cumplimentaba a Andrea por su habilidad, que ésta le contestaba con su acostumbrada indiferencia, que insistía él sonriendo, y que ella suspendía su tocata para despedir a su huésped.

Miró la gracia con que éste se retiraba; pensó comprenderlo todo, y no había entendido nada, porque la realidad de aquella escena era el silencio. Tampoco pudo escuchar nada: sólo percibió la gesticulación de los labios y los ademanes de los brazos. ¿Y cómo había de venir, por buen observador que fuese, en conocimiento de un misterio, cuando aparentemente todo pasaba con naturalidad?

En cuanto salió Bálsamo, siguió Gilberto contemplando la belleza de Andrea en su negligente y graciosa postura; mas se sorprendió cuando después de algunos segundos de observación, conoció que dormía. Se detuvo algunos minutos más en aquella actitud para convencerse si era el sueño quien ocasionaba su inmovilidad, y, convencido de ello, levantóse estrechando con ambas manos su cabeza, como si temiera que estallase por la multitud de pensamientos que le acosaban, y dirigiéndose hacia la joven, en un ímpetu de voluntad semejante a un vértigo de furor, exclamó:

- ¡Sólo una vez... acercar a mis labios su mano... y después... la muerte! ¡Sí, Gilberto, sí!... ¡yo la quiero!...

Y obediente a su propio mandato, se precipitó a la antesala y llegó a la puerta, que se abrió tan silenciosa para él como para Bálsamo.

Pero al verla abierta, y hallarse ante la joven, conoció cuan temeraria e imprudente era la acción que comenzaba a ejecutar. ¡Él!... ¡Gilberto!... ¡el hijo de un labrador y de una aldeana!... ¡él!... ¡tímido y respetuoso que apenas osara alzar los ojos delante de la altanera y desdeñosa joven, iba a tocar con sus labios la extremidad del vestido o las punta de los dedos de aquella majestad dormida, que pudiera al despertar confundirle con su mirada!... Los engañosos y enloquecedores rayos de esperanza que un momento extraviaron su imaginación y trastornaron su cerebro, se disiparon con este recuerdo. Recostado en el dintel de la puerta, sintió sus rodillas vacilar, y temió caer al suelo.

Pero la meditación o el sueño de Andrea era tan profundo, que ignorando Gilberto a cual de estas dos cosas estaba entregada, ni se movió siquiera aun cuando pudiera escuchar fácilmente los latidos de su corazón, inútilmente comprimidos en su pecho.

La admiró tan bella, con la frente apoyada en la mano, los largos cabellos, sin polvos, esparcidos por su cuello y espalda, que su deseo adormecido pero no apagado por el temor, ardió en su corazón con mayor violencia. Se apoderó de él un nuevo vértigo, parecido a una embriagadora locura, y una poderosa necesidad de tocar algo que estuviese en contacto con la joven, le impulsó a dar un paso más hacia ella.

Alexandre Dumas (Francia, 1802-1870).

domingo, 21 de enero de 2024

Mirándolas dormir: LA SIESTA, de José Joaquín Pesado

"Quizá descuidada duerme, llena de ilusiones dulces en sus floridos vergeles."

(
Fragmento)

La primavera galana
Vida y esperanzas vierte:
Todos los seres se gozan;
Menos yo de Elisa ausente
.
Del tormento que me causa,
Quizá descuidada duerme,
Llena de ilusiones dulces
En sus floridos vergeles

Gozando la grata sombra
Que sobre la yerba ofrecen
Los frondosos naranjales
Y los erguidos cipreses.

Donde yedras y jazmines
Formando frescos doseles
Entre perfumes y flores
Del sol la guardan corteses.

Donde corriendo sonora
Por entre lirios la fuente,
Copia su beldad dormida
Que muda deidad parece.

¡Amor, que bella a mis ojos
Haces que su faz se muestre!
¡Cómo al mirar su hermosura
mi seno en fuego se enciende!

¿Do vas, atrevido amante?
Suspende al paso, detente,
No profanes atrevido
Ese misterioso albergue,

Si en él el amor se anida
Es el amor inocente;
El recato lo custodia,
Y la virtud lo defiende.

Mira dormidos sus ojos;
Mira por su linda frente
Vagar el dorado rizo,
Que el soplo del aura mueve.

Una posesión tan alta,
¿Quién es el que la merece?
Basta que tu amor conozca
Para que premiado quedes.

Basta que Elisa no ignore
Tus afectos reverentes,
Y que en su memoria ilustre
Alguna vez le recuerde.

José Joaquín Pesado (México, 1801-1861).

sábado, 20 de enero de 2024

Mirándolas dormir: NOCHES FLORENTINAS, de Heinrich Heine

"... ante la mujer dormida, contemplando los bellos miembros que el liviano vestido más descubría que ocultaba (...) Esta estatua blanca sobre fondo verde."

(
Fragmento de la primera noche)

La negra Deborah, con su finísimo oído, había reconocido por el andar al recién llegado y le abrió suavemente la puerta. A una señal, abandonó la estancia silencio- samente, y Maximiliano se encontró solo con su amiga. La habitación se hallaba en una penumbra, iluminada tan sólo por una luz, que lanzaba de cuando en cuando temerosos reflejos, como miradas curiosas sobre el rostro de la enferma. La signora María, vestida de muselina blanca, estaba tendida sobre un sofá forrado de seda verde y dormía tranquilamente.

Maximiliano permaneció algún tiempo de pie, con los brazos cruzados, ante la mujer dormida, contemplando los bellos miembros que el liviano vestido más descubría que ocultaba; y cada vez que caía una franja de luz sobre el rostro pálido, se estremecía en su corazón.

- ¡Dios mío! -dijo en voz baja para sí-. ¿Qué es esto? ¿Qué recuerdos despiertan en mí? Sí, ya sé. Esta estatua blanca, sobre fondo verde; sí ya...

Heinrich Heine
(Alemán fallecido en Francia, 1797-1856).

viernes, 19 de enero de 2024

Mirándolas dormir: EL TRIUNFO DE LA VIDA y EL ÚLTIMO HOMBRE, de Percy Bysshe y Mary Shelley

"Como una enamorada que dormida (...) Como una enamorada que se eleva en el sueño..."

El triunfo de la vida

(Fragmento)

Como una enamorada que dormida
se eleva sobre lagos de nenúfares-
niebla de plata, música extasiada-
así la forma parecía andar
besando con sus pies la bailarina
espuma, deslizándose en el aire
que encrespa la amatista a flor de agua
o en los rayos oblicuos del albor
que caen entre los bosques o sus sombras.

(Traducido al español por Luis Castellvi Laukamp).

Como una enamorada se eleva en el sueño
Sobre lagos cubiertos de lirios en una niebla plateada
Con una música prodigiosa, así podría parecer esta forma.
En parte para pisar las olas con pies que mueven
La espuma danzante, en parte para deslizarse
Por los aires raspando a la húmeda amatista,
O los rayos oblicuos de la mañana que caen entre
Los árboles, o las suaves sombras de los árboles.

(Traducido al español por Jules Etienne).

(As one enamoured is upborne in dream
O'er lily-paven lakes mid silver mist
To wondrous music, so this shape might seem
Partly to tread the waves with feet which kist
The dancing foam, partly to glide along
The airs that roughened the moist amethyst,
Or the slant morning beams that fell among
The trees, or the soft shadows of the trees).

Percy Bysshe Shelley (Inglés fallecido en Italia, 1792-1822).

"Idris dormía (...) Dudé un instante si debía despertarla..."

El último hombre

(Fragmento del capítulo VII)

El sueño, bálsamo soberano, consiguió sumergir sus ojos llorosos en el olvido.

Idris dormía. La quietud invadía el castillo, cuyos habitantes habían sido conminados a reposar. Yo estaba despierto, y durante las largas horas de aquella noche muerta, mis pensamientos rodaban en mi cerebro como diez mil molinos rápidos, agudos, indomables. Todos dormían -toda Inglaterra dormía-; y desde mi ventana, ante la visión del campo iluminado por las estrellas, vi que la tierra se extendía plácida, reposada. Yo estaba despierto, vivo, mientras el hermano de la muerte se apoderaba de mi raza. ¿Y si la más poderosa de aquellas deidades fraternales dominara a la otra? En verdad, y por paradójico que resulte, el silencio de la noche atronaba en mis oídos. La soledad me resultaba intolerable. Posé la mano sobre el corazón palpitante de Idris y acerqué el oído a su boca para sentir su aliento y cerciorarme de que seguía existiendo. Dudé un instante si debía despertarla, pues un terror femenino invadía todo mi cuerpo. ¡Gran Dios! ¿Habrá de ser así algún día? ¿Algún día todo, salvo yo mismo, se extinguirá, y vagaré solo por la tierra? ¿Han sido éstas voces de aviso, cuyo sentido inarticulado y premonitorio debe hacerme creer?

Mary Shelley (Inglaterra, 1797-1851).

(Traducido al español por Juanjo Estrella).