Vancouver: luz de agosto en la bahía. (Fotografía de Jules Etienne).
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martes, 1 de noviembre de 2022

Día de los muertos: EL ZUECO, de Marcel Schwob

"La víspera de la fiesta de Todos los Santos, el sol cubría las hojas de los árboles con una franja de sangre y oro..."

(Fragmento inicial)
 
Doce caminos importantes atraviesan el bosque de Gávre. La víspera de la fiesta de Todos los Santos, el Sol cubría aún las hojas de los árboles con una franja de sangre y oro cuando por el camino del Este apareció, errante, una niñita. Llevaba un pañuelo rojo a la cabeza, anudado bajo el mentón, una camisa de algodón gris con un botón de cobre, una deshilachada falda, un par de pequeñas pantorrillas doradas, redondas como husos, que se hundían en unos zuecos claveteados. Al llegar a la gran encrucijada, sin saber hacia dónde ir, se sentó junto al mojón indicador de kilómetros y se echó a llorar.
 
La pequeña lloró durante mucho tiempo, tanto que la noche lo fue cubriendo todo mientras las lágrimas corrían entre sus dedos. Las ortigas inclinaban sus racimos de granos verdes. Los grandes cardos cerraban sus flores violetas, el camino gris se obscurecía aún más, allá a lo lejos, en la bruma. Por el hombro de la pequeña subieron de pronto dos garras y un hocico fino; luego todo un cuerpo aterciopelado, seguido de una cola en forma de penacho, se acurrucó entre sus brazos, y la ardilla puso su nariz en la corta manga de algodón. La niñita se incorporó y penetró bajo los árboles, bajo la bóveda de ramas entrelazadas, con espinosos matorrales salpicados de ciruelos silvestres, donde de pronto surgían, rectos, hacia el cielo, algunos avellanos. En el fondo de una de esas obscuras enramadas vio dos llamas muy rojas. La pelambre de la ardilla se erizó. Algo rechinaba los dientes y el animal saltó al suelo. Pero tanto había andado la pequeña por los caminos, que no sentía miedo, y avanzó hacia la luz.

Marcel Schwob (Francia, 1867-1905).

viernes, 24 de septiembre de 2021

Venecia: EL ARTE, de Marcel Schwob

"Y el pintor Jan van Scorel reconoció que estaba en la antigua Vía Latina..."

(Fragmento final del diálogo en el que intervienen: Dante Alighieri, Cimabue, Guido Cavalcanti, Cino da Pistoia, Cecco Angioleri, Andrea Orgagna, Fra Filippo Lippi, Sandro Botticelli, Paolo Uccello, Donatello, Jan van Scorel)

Y ahora la noche se aclaraba. Y Dante volvió a hablar con Jan van Scorel, y le dijo:

- Júzganos.

Y Jan van Scorel respondió:

- Me ha guiado el amor y lo seguiré dondequiera que me lleve. Nací junto a un mar gris, en un pueblo en las dunas, y trabajé en Amsterdam con mi maestro Jacob Kornelisz. Tenía una niña modesta y blanca, de doce años. La amaba y me fui a ganar dinero para casarme con ella. Y vi Speyer, Estrasburgo y Basilea. En Nurem- berg visité a Alberto Durero, y pasé por Estiria y Carintia. Ahora bien, había en esta región un gran barón que se enamoró de mi pintura. Tenía una hija ardiente y hermosa. Me ofreció que la casaría conmigo. Pero tenía en mi corazón la imagen de la niña de mi país, tan dulce, tan pura. Rechacé a la tentadora. Y fui a Venecia, donde un padre de las beguinas me llevó a Jerusalén para ver el Santo Sepulcro. Allí llegué a conocer la religión. Luego regresé vía Rodas y Malta otra vez a Venecia. De ahí viajé a Roma, donde el Papa me apoyó. Y sufro, porque mi amor se siente atraído por mi tierna niña; pero mi deseo es la tentadora de Carintia. Pero no podía pintar a la Virgen sin hacerla a semejanza de mi prometida; y sólo puedo imaginarme a Eve y Madeleine en el parecido de aquella cuyos ojos solicitantes me invitaron a romper mi juramento. Esta es mi historia: pero, oh Maestro, extiendo mi mano a mi amor.

Y Dante le dijo:

- Por lo tanto, nos has juzgado, porque no has abandonado a tu guía. Y te llevará más alto de lo que piensas, tal como el mío me ha llevado a mí. ¡Oh, Jan van Scorel, te sentirás miserable y decepcionado! La que amas está casada con un comerciante de oro; y tampoco encontrarás a la tentadora. Entonces entrarás en la religión y procla- marás tu arte a través de ella y en ella. Porque religión es el término del amor, o que la guía nos tome de la mano para subir la escalera sagrada, o que nos abandone frente al primer escalón.

Y Dante , alzando los ojos al cielo, vio una constelación límpida como agua temblo- rosa:

- Beatriz nos está llamando -dijo-, y tenemos que regresar. Recuerda las palabras divinas: "Busca y encontrarás".

El prado secreto desapareció con sus formas en la noche blanca. Y el pintor Jan van Scorel reconoció que estaba en la antigua Vía Latina; y, con la mirada baja, regresó a Roma.

Marcel Schwob (Francia, 1867-1905).

La ilustración corresponde al Parque del Acueducto en la Vía Latina de Roma, al atardecer.

viernes, 9 de octubre de 2020

Epidemias: LA PESTE, de Marcel Schwob

"Me quedé en una habitación seca y polvorienta, tendido sobre un costal de paja..."

(Fragmento)

Recorrimos los caminos de Padua a Verona, luego regresamos a Padua para abastecernos de más lana, y continuamos nuestro viaje hasta Venecia. De allí, cruzamos el mar, entramos en Eslavonia, visitamos bellas ciudades y llegamos hasta los límites de Croacia. En Buda me enfermé de fiebre y Mateo me dejó solo en el hostal, con doce ducados, y volvió a Florencia, donde lo requerían ciertos negocios, y donde se suponía que debía encontrarme con él. Me quedé en una habitación seca y polvorienta, tendido sobre un costal de paja, sin médico, y con la puerta abierta a la taberna. La noche de San Martín, llegó una compañía de pífanos y flautistas, y con ella, unos quince o dieciséis soldados venecianos y tudescos. Después de beber una buena cantidad de jarros, aplastar las tazas de estaño y arrojar los cántaros contra la pared, comenzaron a bailar al son de un pífano. Sus caras rojas y regordetas pasaron delante de mi puerta, y, cuando me vieron recostado sobre el costal, decidieron arrastrarme por la taberna, gritando «¡Oh bebes, o mueres!», tras lo cual me lanzaron al aire repetidas veces con la manta, mientras la fiebre me martillaba la cabeza, y terminaron por meterme en el costal y cerrarme la abertura alrededor del cuello.

Sudé mucho, por lo qué, sin duda, me bajó la fiebre, aunque aún ardía en cólera. Tenía los brazos trabados y me habían quitado el alfanje, con el cual me hubiera arrojado sobre los soldados, incluso cubierto de paja. Pero en la cintura, debajo de las calzas, tenía un cuchillo corto envainado; logré deslizar la mano y con él pude cortar la tela del costal.

Quizá la fiebre aún me enardecía la cabeza, pero el recuerdo de la peste que habíamos dejado atrás en Florencia, y que luego se expandió por Eslavonia, se unió en mi mente a una idea que me había hecho del rostro de Sila, el dictador latino del que habla Cicerón. Según decían los atenienses, el dictador parecía una mora espolvoreada de harina. Decidí aterrorizar a los soldados venecianos y tudescos, y como estaba en medio de un cuartucho donde el hotelero guardaba sus provisiones y las frutas en conserva, rompí rápidamente un saco de harina de maíz. Me froté el rostro con el polvo, y cuando adquirí un color entre amarillo y blanco, me hice una pequeña herida en el brazo con el cuchillo y me embadurné con sangre para manchar la capa de harina en forma irregular.

Luego esperé en el costal y esperé a la banda de borrachos. Por fin llegaron, riéndose y tambaleándose; en cuanto me vieron la cara blanca y sangrienta empeza- ron a chocarse entre ellos y a gritar: «¡La peste, la peste!».

No había recuperado las armas, y el hostal ya estaba vacío. Me sentía curado, gracias a la transpiración que me causaron aquellos rufianes, así que emprendía el viaje a Florencia, donde debía reunirme con Mateo.

Lo encontré vagando por la campiña florentina, y muy maltrecho. No se atrevía a entrar en la ciudad, pues la peste seguía causando estragos. Cambiamos de rumbo y nos dirigimos, en nuestra búsqueda de fortuna, hacia los estados del papa Gregorio.


Marcel Schwob (Francia, 1867-1905).

miércoles, 17 de julio de 2019

Tu boca: EL LIBRO DE MONELLE, de Marcel Schwob

"Respira el hálito de tu boca y no aspires los alientos muertos."

(Fragmento del capítulo I: Palabras de Monelle)

No te resistas a la naturaleza. No apoyes contra las cosas los pies de tu alma. Que tu alma no de vuelta la cara como el niño malo.
Anda en paz con la luz roja de la mañana y el resplandor gris del anochecer. Sé el alba mezclada al ocaso.
Mezcla la vida con la muerte y divídelas en momentos.
No esperes la muerte: ella está en ti. Sé su camarada y tenia contra ti; es como tú mismo.
Muere de tu muerte; no codicies las muertes antiguas. Varía los géneros de muerte con los géneros de vida.
Ten por viva toda cosa incierta, y toda cosa segura, por muerta.

Y Monelle dijo: Te hablaré de las cosas muertas.

Quema cuidadosamente a los muertos, y desparrama sus cenizas a los cuatro vientos del cielo.
Quema cuidadosamente las acciones pasadas, y apisona las cenizas; pues el fénix que renacería de ellas sería el mismo. No juegues con los muertos y no acaricies sus rostros.
No te rías de ellos y no llores sobre ellos: olvídalos.
No te fíes de las cosas pasadas. No te ocupes para nada en construir bellos ataúdes para los momentos pasados: piensa en matar los momentos porvenir.
Desconfía de todos los cadáveres.
No abraces a los muertos: ellos asfixian a los vivos.
Consagra a las cosas muertas el respeto que se debe a las piedras de construcción.
No manches tus manos en la extensión de las líneas gastadas. Purifica tus dedos en aguas nuevas.
Respira el hálito de tu boca y no aspires los alientos muertos.
No contemples las vidas pasadas más que tu vida pasada. No colecciones sobres vacíos.
No lleves en ti ningún cementerio. Los muertos producen pestilencia.


Marcel Schwob (Francia, 1867-1905).

(Traducido al español por Ariel Dilon).
La ilustración corresponde a un trabajo visual de Adam Martinakis.

sábado, 24 de mayo de 2014

Espejos (23): EL LIBRO DE MONELLE, de Marcel Schwob


(Fragmento de La predestinada)

No bien tuvo altura suficiente, Ilsée tomó la costumbre de ir todas las mañanas ante su espejo y decir: "Buen día, mi pequeña Ilsée". Después besaba el vidrio frío y fruncía los labios. La imagen parecía venir solamente. Pero estaba muy lejos en realidad. La otra Ilsée, más pálida, que se alzaba de las profundidades del espejo, era una prisionera con la boca helada. Ilsée sentía pena por ella, porque parecía triste y cruel. Su sonrisa matinal era un alba desvaída teñida aún del horror nocturno.
 
Sin embargo Ilsée la quería, y le hablaba así: "Nadie te dice buen día, pobre pequeña Ilsée. Vamos, abrázame. Hoy iremos a pasear, Ilsée. Mi enamorado vendrá a buscarnos. Ven con nosotros". Ilsée se volvía, y la otra Ilsée, melancólica, se escabullía hacia la sombra luminosa.
 
Ilsée le mostraba sus muñecas y sus vestidos. "Juega conmigo. Vístete conmigo." La otra Ilsée, celosa, también levantaba hacia Ilsée unas muñecas más blancas y vestidos descoloridos. No hablaba, tan sólo movía los labios al mismo tiempo que Ilsée.
 
A veces Ilsée se irritaba, como los niños, contra la dama muda, que a su vez se irritaba también. "¡Mala, mala, Ilsée!", gritaba. "¡Respóndeme, abrázame!" Golpeaba el espejo con la mano. Una mano extraña, que no pertenecía a ningún cuerpo, aparecía delante de la suya. Ilsée jamás pudo alcanzar a la otra Ilsée.
 
La perdonaba por la noche; feliz de volver a encontrarla, saltaba de su cama para abrazarla y le murmuraba: "Buen día, mi pequeña Ilsée".
 
Cuando Ilsée tuvo un verdadero novio, lo llevó ante su espejo y dijo a la otra Ilsée: "Mira a mi enamorado, y no lo mires demasiado. Es mío, pero quiero mostrártelo. Después de que nos hayamos casado, le permitiré abrazarte conmigo, todas las mañanas". El novio se puso a reír. Ilsée en el espejo sonrió también. "¿Verdad que es bello y que yo lo amo?", dijo Ilsée. "Sí, sí", respondió la otra Ilsée. "Si lo miras demasiado, no te abrazaré más", dijo Ilsée. "Soy tan celosa como tú. Adiós, mi pequeña Ilsée."
 
A medida que Ilsée aprendió el amor, Ilsée en el espejo se fue poniendo más triste. Pues su amiga ya no venía a besarla por la mañana. La tenía en el olvido. Era más bien la imagen de su novio la que acudía, después de la noche, para el despertar de Ilsée. Durante la jornada, Ilsée ya no veía a la dama del espejo, mientras que su novio sí se fijaba en ella. "¡Ah!, decía Ilsée, ya no piensas más en mí, malvado. A la otra es a quien miras. Es una prisionera; jamás vendrá. Está celosa de ti; pero yo soy más celosa que ella. No la mires más, mi amado; mírame a mí. Ilsée del espejo, mala, te prohibo que respondas a mi novio. No puedes venir; no podrás venir jamás. No me lo quites, mala Ilsée. Después de que nos hayamos casado, le permitiré abrazarte conmigo. Ríete, Ilsée. Estarás con nosotros."

Ilsée se puso celosa de la otra Ilsée. Si el día caía sin que el amado viniese: "Tú lo echas, tú lo echas, gritaba Ilsée, con tu mala cara. Mala, vete, déjanos".

E Ilsée ocultó el espejo bajo una tela blanca y fina. Alzó un lado a fin de clavar el último clavito. "Adiós, Ilsée", dijo.
 
Marcel Schwob (Francia, 1867-1905).