Vancouver: luz de agosto en la bahía. (Fotografía de Jules Etienne).
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miércoles, 1 de marzo de 2023

Conejos: VEINTE DÍAS CON JULIÁN Y CONEJITO, de Nathaniel Hawthorne

"Sin alegría, tan silencioso como un pez, inactivo, la vida de Conejito transcurre entre un medio sueño tórpido...""

(
Fragmentos)

Para un compañero de juegos en el interior, estaba Conejito, que no resulta ser un compañero muy interesante, y me causa más problemas de lo que vale. Debería haber dos conejos, para resaltar las notables cualidades del otro, si es que las hay. Sin lugar a dudas, tienen la menor prominencia característica de cualquier criatura que Dios haya hecho. Sin alegría, tan silencioso como un pez, inactivo, la vida de Conejito transcurre entre un medio sueño tórpido y el mordisquear tapas de trébol, lechuga, hojas de plátano o amaranto y migajas de pan. A veces, de hecho, muestra un leve impulso de juguetear; pero no parece ser deportivo, sino nervioso. Conejito tiene un semblante singular, como el de alguien que he visto, pero a quien olvido. Es bastante imponente y aristocrático, a simple vista; Pero examinándolo más de cerca, se encuentra que es risiblemente vago. Julián le presta muy poca atención por ahora y me deja la tarea de recoger hojas para él, de lo contrario la pobre bestia probablemente moriría de hambre. Estoy bastante tentado por el Maligno de matarlo en privado, y deseo con todo mi corazón que la señora Peters lo ahogue.

(...)

"... se mantuvo lo más cerca que pudo en un rincón de la caja, y no respondió a mis avances..."

Le dije a Julián que lo iba a enviar a buscar a Conejito después del desayuno. La expresión en la cara del hombrecillo brillaba de deleite, pero aún así parecía confundido. "¿Por qué, papá?", dijo él, ya ves que dejé a Conejito allí para que fuera de Ellen; así que no puedo llevármelo, a menos que lo envíen de regreso. Tranquilicé sus escrúpulos repitiéndole lo que la señora Tappan había dicho; e inmediatamente se puso muy deseoso de ir a buscar a Conejito.
A eso de las nueve lo dejé ir; y en media hora más o menos Conejito estaba de regreso en su pequeña casa. El pobre conejito parecía haber perdido gran parte de su confianza en la naturaleza humana, se mantuvo lo más cerca que pudo en un rincón de la caja, y no respondió a mis avances, ni quiso tomar una hoja de lechuga que le ofrecí. Más bien creo que ha vivido en gran tormento durante su ausencia.

Nathaniel Hawthorne (Estados Unidos, 1804-1864).

(Traducido del inglés por Jules Etienne).

jueves, 4 de abril de 2019

Tu boca: EL SILLÓN DEL ABUELO, de Nathaniel Hawthorne

"¡Ah, Charley, acaba de hablar el espíritu de nuestros antepasados por tu boca!"
 
(Fragmento del capítulo 7)

- Algunas veces me pregunto -dijo el abuelo cuando les estaba contado estas cosas a los pequeños-, algunas veces me pregunto, si hubo más de un solo hombre entre nuestros ancestros que considerara que los indios poseían un corazón, una mente y un alma inmortal. Yo creo que ese único hombre fue John Eliot. El resto de los primeros colonos, al parecer, pensaban que los indios eran una raza inferior de seres, a los cuales el Creador simplemente les había permitido cuidar de este magnífico país, hasta que los blancos llegaran para reclamarlo.
 
- ¿Los colonos más piadosos de aquellos días nunca intentaron evangelizarlos? -preguntó Lauren.
 
- En algunas ocasiones, es posible que algunos ministros -respondió el abuelo-, hablaran de civilizar y evangelizar a los nativos, pero en el fondo de su corazón querían civilizar los enmarañados bosques para hacer de ellos un lugar lo más parecido que fuera posible al paraíso. Ellos no tenían fe en el éxito de una misión como la de la evangelización porque no sentían ningún aprecio por los pobres indígenas. Eliot, por su parte, estaba lleno de amor por ellos, y no le faltó ni la fe ni la esperanza necesarias para gastar toda su vida en beneficio de estas gentes.
 
- Yo primero los habría conquistado y después los habría convertido -dijo Charley.
 
- ¡Ah, Charley, acaba de hablar el espíritu de nuestros antepasados por tu boca! -replicó el abuelo-. Pero Mr. Eliot tenía un espíritu mejor. Él los trataba como si fueran sus hermanos. Persuadió a tantos como pudo para que dejaran sus costumbres desordenadas y se dedicaran a construir casas y a cultivar la tierra, tal como lo hacían los ingleses. Mr. Eliot montó escuelas para ellos y enseñó a muchos a leer. Igualmente les enseño a orar, hasta tal punto que ya los conocían como los indios rezanderos. Finalmente, habiendo dedicado los mejores años de su vida en beneficio de los indígenas, Mr. Eliot decidió emplear sus últimos días en una labor que los beneficiaría aún más.


Nathaniel Hawrhorne (Estados Unidos, 1804-1864).