Vancouver: luz de agosto en la bahía. (Fotografía de Jules Etienne).
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domingo, 21 de abril de 2024

Mirándolas dormir: EL PAPA VERDE, de Miguel Ángel Asturias

"Bajo la sábana blanca, Juambo la vio dormida..."

(
Fragmento final del capítulo VII)

Y la saliva pastosa entre sus dientes, y la pereza de su mano para mover el peine en sus cabellos, y el percutir de las mismas sílabas: «The fatber o'your cbild»... «Al padre de tu niño...»
«Entre los brazos de ella lo trocaron
en un hombre desnudo,
pero encima le echó su manto verde
y entonces ya fue suyo...»

Se tendió en la cama, larga, inválida... El vaho del calor no dejaba lugar al sueño... Igual que recibir en la cara el vapor que suelta una locomotora... Varias veces viajó ella asándose con el maquinista entre las plantaciones y el puerto... Se ahogaba... Púsose en pie para cerciorarse con su mano de lo que estaba cierta, porque lo veía, la ventana abierta de par en par, sólo defendida por el cedazo... Acercó los dedos a la redecilla en que del lado de afuera zumbaban los insectos pugnando por llegar a la luz que ella tenía encendida en su cuarto... ¡Tam Lin se nos ha ido!... ¿Quién era ella sino otro ser minúsculo, volandero, ansioso, detenido a la puerta de la felicidad por el destino?... Se volvió a su cama, el calzoncito celeste, sus senos como los bajo relieves cobrando ya otra dimensión..., desesperada de aquella cama en que no había un trecho que su cuerpo no hubiera caldeado... Era un candente hierro la flor de su deseo... «Le eché mi manto verde y entonces ya fue mío.»

Bajo la sábana blanca, Juambo la vio dormida. Jugó la tiza de las córneas al abrir y cerrar los ojos recordando que la sorprendió con el fulano en el oficio de las lavanderas, sobre la ropa, en la penumbra del domingo. Tras él subieron los perros. Le lamían las manos callosas de manejar el motocar. Por en medio de los pies le pasó una rata. Los perros la siguieron rasguñando el piso. Después se juntaron en la puerta y se durmieron con Sambito que se tendió en su hamaca.

El silencio quedó suelto. Ya todos dormían.

Miguel Ángel Asturias
(Guatemalteco fallecido en España, 1899-1974). Obtuvo el premio Nobel en 1967. 

domingo, 4 de junio de 2023

Tampico: VIERNES DE DOLORES, de Miguel Ángel Asturias


(
Fragmento del primer capítulo)

- ¡Me agarró el luto parrandero, qué culpa tengo yo! ¡Me agarró el luto de la Mujer X… mi mujercita se volvió en México, la Mujer X… la parranda más negra… pobrecita, viva me quiso mucho y muerta ya no me quiere, ya no le gusto, y lo peor es qué ¿qué le va uno a explicar en su descargo a una piedra, a una lápida, a una cruz, a la tiniebla, al vacío…? -tras una pausa limpióse la boca salivosa con la manga del saco y añadió, después de observar atentamente los botoncitos de la bocamanga-, lo que escrito está, escrito se queda… fondear aquí, no… ¡nunca!… aquí vengo a que me mueran…!

- Pues si es para eso -pacientó el cantinero, tomando de un plato un rabanito pelado-, allí enfrente, donde los muertos le hacen el favor. Pregunte por el guardián del cementerio, un verdugo, un tal Tenazón… Vaya, pase, atraviese la calle, pues allí no sólo lo mueren, sino que lo entierran…

- No fondeo, vaya… aquí yo no fondeo… -monólogo de briago, la cabeza colgada sobre el pecho, el pelo en la frente-, tampoco enfrente… -reaccionó, alzando la cabeza, una fúnebre sonrisa entre los dientes-, enfrente, en el cementerio, por baboso! ¡Ni en tan… poco… ni en Tampico… y lo que ahora me está haciendo falta es otro elíxir!

Miguel Ángel Asturias (Guatemalteco fallecido en España, 1899-1974).
Obtuvo el premio Nobel en 1967.

El texto íntegro puede leerse en literatura.us.

jueves, 3 de febrero de 2022

Día de reyes: ADORACIÓN DE LOS REYES MAGOS (Fantomima), de Miguel Ángel Asturias

"El oro pudre porque es la lepra de los metales (...) Traigo la mirra de mi pasado (...) anda el incienso ..."

Rey blanco

Ni el oro es nuestro
ni está en el cielo.
Yo te lo ofrendo
para que veas
al Enemigo
desde la cuna.
Cuánto desvelo
causará al mundo
esta materia.
Cuánta amargura,
guerras sin tregua,
pueblos enteros
en la miseria.

El oro pudre,
porque es la lepra
de los metales
que alcanza al hombre.
Son más felices
los animales
que no padecen
bajo su imperio.
Yo te lo ofrendo,
contigo nace
la sepultura
del metal áureo...
Eres la vida
de lo que dura
y el oro pasa.

Rey indio

Aldebarán, Aldebarán,
¡qué albur de signos
sobre tu frente!
Traigo la mirra
de mi pasado
como presente:
piedra de fuego
contra los yugos
de sangre y savia;
labia de Arabia
contra la rabia.

Mirra te traigo,
Señor del día...
la quebradiza
lágrima roja,
la transparente
lágrima pétrea
y la desierta
lágrima humana...
¡Qué albur de signos,
Señor, el mío!

Rey negro

Y yo, Rey Negro,
traigo la estima
del humo blanco,
que se trastorna
cuando el carrizo
del aire gira;
la nebulosa
de los cometas
y el incensario,
espumadera
de Profecías.

La raza negra
forma la noche
la raza blanca
el mediodía,
forman la tarde
los amarillos
y para todos
nace el Mesías,
ruina de muchos
y alma de toda
contradicción.
Lenguas de lenguas
anda el incienso
y yo, Rey Negro,
traigo su estima:
columnas de humo
de sinagogas
de perla blanca.
(Las Sinagogas
son las garrafas
de Salomón...).
Y dos jirafas,
y dos luceros,
y soldaditos
para que jueguen
como en la guerra,
ruina de muchos,
alma de toda
contradicción.

Miguel Ángel Asturias
(Guatemalteco fallecido en España, 1899-1974). Obtuvo el premio Nobel en 1967.

jueves, 18 de octubre de 2018

Otoño: EL PAPA VERDE, de Miguel Ángel Asturias

"... igual que una cascara de caracol vacío, para llevárselo a la oreja y escuchar otro oleaje, otro mar..."

(Fragmento del capítulo XIII)
 
- Madre, padre muerto, enterrado aquí... Juambo hermano. ..
 
Por los ojos castaños del viejo Geo Maker, al sonar el nombre de Juambo en labios de la mulata, pasó una tempestad de días de oro, hoy otoño de hojas secas, y el rumor de la costa atlántica llenó sus oídos y le hizo sacudirse por dentro, como si él mismo hubiera tomado su corazón, igual que una cascara de caracol vacío, para llevárselo a la oreja y escuchar otro oleaje, otro mar, otros tiempos, otros nombres...
 

Miguel Ángel Asturias (Guatemala, 1899-1974), Obtuvo el premio Nobel en 1967.

martes, 6 de marzo de 2018

Nieve: PERFIL EN SONIDO, de Miguel Ángel Asturias

"¿Quién va por la planicie entre el sol y la nieve, entre el oro fugaz y tanta eternidad amontonada?"

Aves de granizo,
aves de vuelo autónomo y caudal,
aves mercuriales, litúrgicas, de hielo,
apenas toleradas en la constelación de los lebreles,
plumaje de humo pétreo, pico con olor metálico de sangre,
centinelas de un lago planetario, ojo de cíclope
en la frente de un país perdido entre las nubes!

Ascendió de las costas de clima de placenta
a las mesetas, de las mesetas a las cumbres,
de las cumbres a lo más alto del planeta.

La atmósfera sin cielo. Los nevados sin párpados.
El altiplano consumido por el viento.
Picachos, cresterías, macizos hacia adentro esculpidos,
sólo visibles cavidades, del otro lado de estas moles,
se mirará el relieve, aquí sólo el vacío de las formas,
el espacio desnudo y el silencio.

¿Quién va por la planicie entre el sol y la nieve,
entre el oro fugaz y tanta eternidad amontonada?

La cabellera dulce de una mujer, su risa,
el ámbito amarillo de su falda en corolas.
El grito del que llora su alegría.
Los abuelos cocidos en arena.
Las llamas, sólo ojos, triscando los bigotes
de indios enterrados bajo copas de pino.

Por el arco de dos hombros de piedra,
el vano del arco donde la raza tiene el corazón,
pasa la solar hermosura hacia el mar dulce de los Andes
y pasan sus ejércitos de fuego,
los maizales, ejércitos de lenguas,
los pajales, ceniza de oro frío,
y el telón, y los dedos, y la huella
del Héroe vestido de inmensidad dormida.

Parpadeo y resuello de afilada nariz
hecha al sollozo. Ahora pasan las indiadas
más ágiles que el aire en son de guerra.
Van vestidas de harapos, harapo sobre harapo,
plumaje de miseria, y vuelven más callados,
desnuda libertad vestida de banderas.
Hablar es sólo ruido de chocantes injertos
más antiguos que el hombre: injerto en la garganta
del aullar del lobo, del bramido del toro,
del balar de la oveja y el vuelo de los cóndores
perdidos en el aire que rodea la tierra.

En el lago sagrado, donde se vuelve niebla
de oscuridad el tiempo, flotan islas de breas
caldeadas por canículas de espumas,
son los pasos, las huellas
del Héroe hacia el templo,
peregrino de sueño con reflejo de piedra
que se copia en el agua,
mientras su voz terrestre,
su perfil en sonido,
lo guarda entre los filos de los dientes nevados
la boca de Bolivia.

 
Miguel Ángel Asturias (Guatemalteco fallecido en España, 1899-1974).
Obtuvo el premio Nobel en 1967.
 
La ilustración corresponde al amanecer en la cordillera Huayna Potosí, en Bolivia.

martes, 31 de octubre de 2017

Eclipse: LEYENDAS DE GUATEMALA, de Miguel Ángel Asturias


(Fragmento de la segunda cortina amarilla)

Chinchibirín: Cuác, dices que en el Palacio del Sol todo es mentira, dices que la vida es una ilusión de los sentidos, dices que nada existe fuera de Cuculcán que pasa de la mañana a la tarde, de la tarde a la noche, de la noche a la mañana! ...

Guacamayo: ¡Acucuác, cuác, cuarác!

Blanco aporreador de tambores (Sumerge en el ruido de sus tambores, la voz del Guacamayo): ¡Escucha, primero, lo que se habla, Saliva!

Abuela de los remiendos: ¡Y tú, calla tus tempestades de cuero porque pueden despertar los chupamieles!

Guacamayo: Abuela sublime, ¿qué remedio tienes para el dolor de dientes? ¡Me duelen cuando hay eclipse y cuando veo comer caña!

Abuela de los remiendos: ¡No puede haber eclipse más que en tu saliva, porque la luna se despedazó en tu boca, por eso te llamas Saliva de Espejo, y si hacen merced de creerlo, un guerrero no morirá, caerá aparentemente muerto bajo la tiniebla del sueño, y de su pecho volverá a salir el espejo amarillo del cielo, el comal redondo en que se cocían al fuego lento de las estrellas, las tortillas de los dioses : amarillas y blancas tortillas hechas de maíz amarillo y blanco, los días, y negras tortillas hechas de maíz negro, las noches. (Blanco Aporreador de Tambores, atento al discurso de la Abuela, toca el tambor, mientras ella toma aliento recapacita y sigue.) ¡La Luna, por consejo de Saliva Pluma Amarilla, Pluma Roja, Pluma Verde, Pluma Morada, Pluma Azul! ...

Chinchibirín: ¡El Arcoiris!

Guacamayo: ¡Yo pedí remedio contra el dolor de dientes, y ve con lo que sales, Abuela meñique!
 
 
Miguel Ángel Asturias (Guatemala, 1899-1974), Obtuvo el premio Nobel en 1967.

sábado, 14 de junio de 2014

Espejos (44): EL SEÑOR PRESIDENTE, de Miguel Ángel Asturias

 "... iguales en el espejo de la muerte, como desiguales en la lucha que reanudarían al salir el sol."

Capítulo III: La fuga del Pelele
 
(Fragmento)

El Pelele huyó por las calles intestinales, estrechas y retorcidas de los suburbios de la ciudad, sin turbar con sus gritos desaforados la respiración del cielo ni el sueño de los habitantes, iguales en el espejo de la muerte, como desiguales en la lucha que reanudarían al salir el sol; unos sin lo necesario, obligados a trabajar para ganarse el pan, y otros con lo superfluo en la privilegiada industria del ocio: amigos del Señor Presidente, propietarios de casas -cuarenta casas, cincuenta casas-, prestamistas de dinero al nueve, nueve y medio y diez por ciento mensual, funcionarios con siete y ocho empleos públicos, explotadores de concesiones, montepíos, títulos profesionales, casas de juego, patios de gallos, indios, fábricas de aguardiente, prostíbulos, tabernas y periódicos subvencionados.

La sanguaza del amanecer teñía los bordes del embudo que las montañas formaban a la ciudad regadita como caspa en la campiña. Por las calles, subterráneos en la sombra, pasaban los primeros artesanos para su trabajo, seguidos horas más tarde por los oficinistas, dependientes, artesanos y colegiales, y a eso de las once, ya el sol alto, por los señorones que salían a pasear el desayuno para hacerse el hambre del almuerzo o a visitar a un amigo influyente para comprar en compañía, a los maestros hambrientos, los recibos de sus sueldos atrasados por la mitad de su valor. En sombra subterránea todavía las calles, turbaba el silencio con ruido de tuzas el fustán almidonado de la hija del pueblo, que no se daba tregua en sus amaños para sostener a su familia -marranera, mantequera, regatona, cholojera- y la que muy de mañana se levantaba a hacer la cacha; y cuando la claridad se diluía entre rosada y blanca como flor de begonia, los pasitos de la empleada cenceña, vista de menos por las damas encopetadas que salían de sus habitaciones ya caliente el sol a desperezarse a los corredores, a contar sus sueños a las criadas, a juzgar a la gente que pasaba, a sobar al gato, a leer el periódico o a mirarse en el espejo.

Medio en la realidad, medio en el sueño, corría el Pelele perseguido por los perros y por los clavos de una lluvia fina. Corría sin rumbo fijo, despavorido, con la boca abierta, la lengua fuera, enflecada de mocos, la respiración acezosa y los brazos en alto. A sus costados pasaban puertas y puertas y puertas y ventanas y puertas y ventanas... De repente se paraba, con las manos sobre la cara, defendiéndose de los postes del telégrafo, pero al cerciorarse de que los palos eran inofensivos se carcajeaba y seguía adelante, como el que escapa de una prisión cuyos muros de niebla a más correr, más se alejan.

En los suburbios, donde la ciudad sale allá afuera, como el que por fin llega a su cama, se desplomó en un montón de basura y se quedó dormido. Cubrían el basurero telarañas de árboles secos vestidos de zopilotes, aves negras, que sin quitarle de encima los ojos azulencos, echaron pie a tierra al verle inerte y lo rodearon a saltitos, brinco va y brinco viene, en danza macabra de ave de rapiña. Sin dejar de mirar a todos lados, apachurrándose e intentando el vuelo al menor movimiento de las hojas o del viento en la basura, brinco va y brinco viene, fueron cerrando el círculo hasta tenerlo a distancia del pico. Un graznido feroz dio la señal de ataque. El Pelele despertó de pie, defendiéndose ya... Uno de los más atrevidos le había clavado el pico en el labio superior, enterrándoselo, como un dardo, hasta los dientes, mientras los otros carniceros le disputaban los ojos y el corazón a picotazos. El que le tenía por el labio forcejeaba por arrancar el pedazo sin importarle que la presa estuviera viva, y lo habría conseguido de no rodar el Pelele por un despeñadero de basuras al ir reculando, entre nubes de polvo y desperdicios que se arrancaban en bloque como costras.

Atardeció. Cielo verde. Campo verde. En los cuarteles soñaban los clarines de la seis, resabio de tribu alerta, de plaza medieval sitiada. En las cárceles empezaba la agonía de los prisioneros, a quienes se mataba a tirar de años. Los horizontes recogían sus cabecitas en las calles de la ciudad, caracol de mil cabezas. Se volvía de las audiencias presidenciales favorecido o desgraciado. La luz de los garitos apuñalaba en la sombra.

El idiota luchaba con el fantasma del zopilote que sentía encima y con el dolor de una pierna que se quebró al caer, dolor insoportable, negro, que le estaba arrancando la vida.

La noche entera estuvo quejándose quedito y recio, quedito y recio como perro herido...

... Erre, erre, ere... Erre, erre, ere...

... Erre-e-erre-e-erre-e-erre... e-erre..., e-erre...

Entre las plantas silvestres que convertían las basuras de la ciudad en lindísimas flores, junto a un ojo de agua dulce, el cerebro del idiota agigantaba tempestades en el pequeño universo de su cabeza.

- ...E-e-err... e-e-eerrr... E-e-eerrr...

Las uñas aceradas de la fiebre le aserraban la frente. Disociación de ideas. Elasticidad del mundo en los espejos. Desproporción fantástica. Huracán delirante. Fuga vertiginosa, horizontal, vertical, oblicua, recién nacida y muerta en espiral...
 
 
Miguel Ángel Asturias (Guatemala, 1899-1974). Obtuvo el premio Nobel en 1967.

sábado, 27 de abril de 2013

Páginas ajenas: EL SEÑOR PRESIDENTE, de Miguel Ángel Asturias


(Fragmento de la segunda parte, que transcurre entre el 24 y el 27 de abril*)

Capítulo XXIV. Casa de mujeres malas

El surtido de mujeres de El Dulce Encanto ocupaba los viejos divanes en silencio. Altas, bajas, gordas, flacas, viejas, jóvenes, adolescentes, dóciles, hurañas, rubias, pelirrojas, de cabellos negros, de ojos pequeños, de ojos grandes, blancas, morenas, zambas. Sin parecerse, se parecían; eran parecidas en el olor; olían a hombre, todas olían a hombre, olor acre de marisco viejo. En las camisitas de telas baratas les bailaban los senos casi líquidos. Lucían, al sentarse despernancadas, los caños de las piernas flacas, las ataderas de colores gayos, los calzones rojos a las veces con tira de encaje blanco, o de color salmón pálido y remate de encaje negro.
 
La espera de las visitas las ponía irascibles. Esperaban como emigrantes, con ojos de reses, amontonadas delante de los espejos. Para entretener la nigua, unas dormían, otras fumaban, otras devoraban pirulíes de menta, otras contaban en las cadenas de papel azul y blanco del adorno del techo, el número aproximado de cagaditas con lentitud y sin decoro.
 
Casi todas tenían apodo. Mojarra llamaban a la de ojos grandes; si era de poca estatura, Mojarrita, y si ya era tarde y jamona, Mojarrona. Chata, a la de nariz arremangada; Negra, a la morena; Prieta, a la zamba; China, a la de ojos oblicuos; Canche, a la de pelo rubio; Tartaja, a la tartamuda. Fuera de estos motes corrientes, había la Santa, la Marrana, la Patuda, la Mielconsebo, la Mica, la Lombriz, la Paloma, la Bomba, la Sintripas, la Bombasorda.
 
Algunos hombres pasaban en las primeras horas de la noche a entretenerse con las mujeres desocupadas en conversaciones amorosas, besuqueos y molestentaderas. Siempre lisos y lamidos. Doña Chón habría querido darles sus gaznatadas, que veneno y bastante tenían para ella con ser gafos, pero los aguantaba en su casa sin tronarles el caite por no disgustar a las reinas. ¡Pobres las reinas, se enredaban con aquellos hombres —protectores que las explotaban, amantes que las mordían— por hambre de ternura, de tener quién por ellas!
 
También caían en las primeras horas de la noche muchachos inexpertos. Entraban temblando, casi sin poder hablar, con cierta torpeza en los movimientos, como mariposas aturdidas, y no se sentían bien hasta que no se hallaban de nuevo en la calle. Buenas presas. Al mandado y no al retozo. Quince años. «Buenas noches.» «No me olvides.» Salían del burdel con gusto de sabandija en la boca, lo que antes de entrar tenía de pecado y de proeza, y con esa dulce fatiga que da reírse mucho o repicar con volteadora. ¡Ah, qué bien se encontraban fuera de aquella casa hedionda! Mordían el aire como zacate fresco y contemplaban las estrellas como irradiaciones de sus propios músculos.
 
Después iba alternándose la clientela seria. El bien famado hombre de negocios, ardoroso, barrigón. Astronómica cantidad de vientre le redondeaba la caja torácica. El empleado de almacén que abrazaba como midiendo género por vara, al contrario el médico que lo hacía como auscultando. El periodista, cliente que al final de cuentas dejaba empeñado hasta el sombrero. El abogado con algo de gato y de geranio en su domesticidad recelosa y vulgar. El provinciano con los dientes de leche. El empleado público encorvado y sin gancho para las mujeres. El burgués adiposo. El artesano con olor de zalea. El adinerado que a cada momento se tocaba con disimulo la leopoldina, la cartera, el reloj, los anillos. El farmacéutico, más silencioso y taciturno que el peluquero, menos atento que el dentista...


Miguel Ángel Asturias (Guatemala,  1899-1974)
 
* Aun cuando la novela está dividida en tres partes, la segunda de las cuales según el índice transcurre el 24, 25, 26 y 27 de abril, el final del capítulo XXIII. El parte al señor Presidente está fechado el 28 de abril y precede al de Casa de mujeres malas. La tercera y última parte da principio hasta el capítulo XXVIII. Habla en la sombra.

miércoles, 7 de noviembre de 2012

Páginas ajenas: EL SEÑOR PRESIDENTE, de Miguel Ángel Asturias


(Fragmento del capítulo IV: Cara de ángel,
en el que se hace referencia a los fieles difuntos)

Los árboles se cubrían de zopilotes ya para salir del barranco y el miedo, más fuerte que el dolor, hizo callar al Pelele; entre tirabuzón y erizo encogióse en un silencio de muerte.

El viento corría ligero por la planicie, soplaba de la ciudad al campo, hilado, amable, familiar...

El aparecido consultó su reloj y se marchó deprisa, después de echar al herido unas cuantas monedas en el bolsillo y despedirse del leñador afablemente.

El cielo, sin una nube, brillaba espléndido. Al campo asomaba el arrabal con luces eléctricas encendidas como fósforos en un teatro a oscuras. Las arboledas culebreantes surgían de las tinieblas junto a las primeras moradas: casuchas de Iodo con olor de rastrojo, barracas de madera con olor de ladino, caserones de zaguán sórdido, hediendo a caballeriza, y posadas en las que era clásica la venta de zacate, la moza con traido en el Castillo de Matamoros y la tertulia de arrieros en la oscuridad.

El leñador abandonó al herido al llegar a las primeras casas; todavía le dijo por dónde se iba al hospital. El Pelele entreabrió los párpados en busca de alivio, de algo que le quitara el hipo; pero su mirada de moribundo, fija como espina, clavó su ruego en las puertas cerradas de la calle desierta. Remotamente se oían clarines, sumisión de pueblo nómada, y campanas que decían por los fieles difuntos de tres en tres toques trémulos: ¡Lás-tima!... ¡Lás-tima!... ¡Lás-tima!...

Un zopilote que se arrastraba por la sombra lo asustó. La queja rencorosa del animal quebrado de un ala era para él una amenaza. Y poco a poco se fue de allí, poco a poco, apoyándose en los muros, en el temblor inmóvil de los muros, quejido y quejido, sin saber adónde, con el viento en la cara, el viento que mordía hielo para soplar de noche. El hipo lo picoteaba...


Miguel Ángel Asturias (Guatemala, 1899-1974)

La ilustración corresponde a una fotografía antigua de la calle del santuario, en Gutemala.