Vancouver: luz de agosto en la bahía. (Fotografía de Jules Etienne).
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martes, 23 de enero de 2024

Mirándolas dormir: EL HOMBRE QUE RÍE, de Víctor Hugo

"Una mujer desnuda, una mujer dormida."

Libro séptimo: La titana

(Fragmento del capítulo 3: Eva)

La mujer desnuda es la mujer armada.

Ya no respiraba. Se sentía solevantado y empujado. Miraba. ¡Aquella mujer delante de él! ¿Era posible?

En el teatro, duquesa. Allí nereida, náyade, hada. Siempre aparición.

Trató de huir y se dio cuenta de que no podía. Sus miradas se habían convertido en cadenas que lo ataban a esa visión.

¿Era una ramera? ¿Era una virgen? Ambas cosas. Mesalina, presente tal vez en lo invisible, sonreía sin duda, y Diana vigilaba. Había en aquella belleza la claridad de lo inaccesible. No hay pureza que pueda compararse con esa forma casta y altiva. Ciertas nieves que nunca han sido tocadas son reconocibles. Esa mujer tenía las blancuras sagradas de la Jungfrau.* Lo que se desprendía de aquella frente inconsciente, de aquella cabellera bermeja y en desorden, de aquellas pestañas rebajadas, de aquellas venas azules vagamente visibles, de aquellas redondeces esculturales de los senos, de las caderas y las rodillas que modelaban las nivelacio- nes rosadas de la camisa, era la divinidad de un sueño augusto. El impudor se resolvía en irradiación. Aquella criatura estaba desnuda con tanta calma como si tuviera derecho al cinismo divino, tenía la seguridad de una olímpica que se sabe hija del abismo y puede llamar al océano Padre, y se ofrecía, inabordable y soberbia, a todo el que pasa, a las miradas, a los deseos, a las demencias, a los sueños, tan orgullosamente adormecida en aquel lecho de boudoir como Venus en la inmensidad de la espuma.

Había dormido durante la noche y prolongaba su sueño en pleno día; confianza comenzada en las tinieblas y continuada a la luz.

Gwynplaine temblaba y admiraba.

Era una admiración malsana y que interesaba demasiado.

Sentía miedo.

La caja de sorpresas de la suerte no se agota. Gwynplaine creía haber terminado con ella, pero continuaba.

¿Qué eran todos aquellos rayos que caían sobre él sin tregua y, finalmente, esa fulminación suprema que le arrojaba a él, hombre tembloroso, una diosa dormida? ¿«Qué eran todas esas aberturas de cielo sucesivas de las que al final salía, deseable y temible, su sueño? ¿«Qué eran esas complacencias del tentador desconocido que le llevaban, una tras otra, sus aspiraciones vagas, sus veleidades confusas, hasta sus malos pensamientos convertidos en carne viviente, y lo abrumaban bajo una embriagadora serie de realidades sacadas de lo imposible? ¿«Toda la sombra conspiraba contra él, miserable, y qué iba a ser de él con todas aquellas sonrisas de la fortuna siniestra a su alrededor? ¿«Qué era aquel vértigo preparado intencionadamente? ¡Esa mujer estaba allí! ¿Por qué? ¿Cómo? No tenía explicación. ¿Por qué él? ¿Por qué ella? ¿Le habían hecho par de Inglaterra deliberadamente para esa duquesa? ¿Quién los llevaba así el uno al otro? ¿Quién era engañado, quién era víctima? ¿De la buena fe de quién se burlaban? ¿Era a Dios a quien se engañaba? El no precisaba todas estas cosas, sino que las entreveía a través de una serie de nubes en su cerebro. Aquella morada mágica y malévola, aquel palacio extraño, tenaz como una prisión, ¿formaba parte de la conspiración?

Gwynplaine experimentaba una especie de reabsorción. Unas fuerzas oscuras lo agarrotaban misteriosamente. Una gravitación lo encadenaba. Su voluntad, sonsacada, se alejaba de él. ¿A qué podía asirse? Se sentía huraño y encantado. Esta vez se consideraba irremediablemente insano. La sombría caída a pico en el precipicio del deslumbramiento continuaba.

La mujer dormía.

Para él, al agravarse su turbación, ya no era la lady, la duquesa, la dama, sino la mujer.

Las derivaciones se hallan en el hombre en estado latente. Los vicios tienen en nuestro organismo un trazado invisible completamente preparado. Aun siendo inocentes y en apariencia puros, tenemos eso en nosotros. No tener tacha no es no tener defectos. El amor es una ley. La voluptuosidad es una trampa. Existen la embriaguez y la borrachera. La embriaguez es desear a una mujer; la borrachera, desear a la mujer.

Gwynplaine, fuera de sí, temblaba. ¿Qué podía hacer en aquella situación? Nada de oleadas de paños, nada de amplitudes sedosas, nada de atavío prolijo y coqueto, nada de exageración galante que oculta y que muestra, nada de nubes. La desnudez en su concisión temible, una especie de requerimiento misterioso, desvergonzada- mente edénico, hecho a todo el aspecto tenebroso del hombre. Eva es peor que Satán, pues en ella se amalgaman lo humano y lo sobrehumano. Ese éxtasis inquietante termina con el triunfo brutal del instinto sobre el deber. El contorno soberano de la belleza es imperioso. Cuando sale de lo ideal y cuando se digna ser real es para el hombre una proximidad funesta.

De vez en cuando la duquesa se movía blandamente en la cama, con los movimientos vagos del vapor en el cielo, cambiando de actitud como cambia de forma la nube. Ondulaba, componía y descomponía curvas encantadoras. La mujer tiene todas las ductilidades del agua. Como el agua, la duquesa tenía algo de inasible. Cosa extraña, estaba allí, carne visible, y seguía siendo quimérica. Aunque tangible, parecía lejana. Gwynplaine, asustado y pálido, la contemplaba. Oía cómo palpitaba aquel pecho y creía oír una respiración de fantasma. Se sentía atraído y se resistía. ¿Qué podía hacer contra ella? ¿Qué podía hacer contra él?

Esperaba todo menos eso. Contaba con un guardián feroz atravesado en la puerta, con algún monstruo furioso que actuara de carcelero y con el que tuviera que luchar. Preveía a Cerbero y encontraba a Hebe.

Una mujer desnuda, una mujer dormida.

Víctor Hugo (Francia, 1802-1885).

(Traducido al español por Luis Echávarri).
* Víctor Hugo escribió la palabra Jungfrau en alemán, y el traductor lo respetó. Significa estado de virginidad.

martes, 28 de febrero de 2023

Conejos: EL HOMBRE QUE RÍE, de Víctor Hugo

"Por dos largas orejas peludas que sobresalían del zurrón he visto ahorcar a un padre de seis hijos."

(
Fragmento de la segunda parte: Por orden del rey. Libro segundo, capítulo XI:
Gwynplaine está en lo justo y Ursus en lo cierto)

¿Sabes que con sólo los conejos de los cotos del conde Lindsey se podría alimentar a toda la gentuza de los Cinco Puertos? ¡Con que rózate con eso! Allí imponen el orden. Ahorcan a todo cazador furtivo. Por dos largas orejas peludas que sobresalían del zurrón he visto ahorcar a un padre de seis hijos. Así es el señorío. El conejo de un lord vale más que un hombre. Los señores existen, ¿comprendes, bribón? Y nosotros debemos considerar que está bien. Además, si consideráramos que está mal, ¿qué les importaría? ¡El pueblo haciendo objeciones! A Plauto mismo no se le habría ocurrido nada tan cómico. Sería gracioso que un filósofo aconsejara a esa pobre diabla de multitud que protestara contra el tamaño y el peso de los lores. Sería como si la oruga protestara contra la pata del elefante. Yo vi un día un hipopótamo que caminaba sobre una topinera; aplastó todo, pero era inocente. Ni siquiera sabía que existían los topos aquel mastodonte bonachón. Querido, los topos que se aplastan son el género humano. El aplastamiento es una ley. ¿Y crees tú que el topo no aplasta nada? Es el mastodonte del insecto arador, que es, a su vez, el mastodonte de otros insectos menores. Pero no razonemos. Hijo mío, las carrozas existen. El lord va en ellas y el pueblo está bajo las ruedas. El sabio se aparta. Hazte a un lado y deja pasar.

Víctor Hugo (Francia, 1802-1885).

(Traducido al español por Luis Echávarri).

lunes, 5 de diciembre de 2022

Diciembre: EL HOMBRE QUE RÍE, de Víctor Hugo

"Diciembre lo había despojado con el frío, la medianoche con el espanto..."

(Fragmento de la primera parte: El mar y la noche)

5. El árbol de la invención humana

En este mundo existen realidades que son como salidas a lo desconocido por las que parece posible que salga el pensamiento y por las que se precipita la hipótesis. La conjetura tiene su compelle intrare, si se pasa por ciertos lugares y delante de ciertos objetos no se puede hacer otra cosa que detenerse presa de los sueños y dejar que la mente divague. Hay en lo invisible oscuras puertas entreabiertas. Nadie habría podido encontrar a aquel difunto sin meditar.

La vasta dispersión lo consumía silenciosamente. Había tenido sangre que le habían bebido, piel que le habían comido, carne que le habían robado. Nada había pasado sin quitarle algo. Diciembre lo había despojado con el frío, la medianoche con el espanto, el hierro con el orín, la peste con los miasmas, la flor con los perfumes. Su lenta disgregación era un peaje, el peaje del cadáver a la ráfaga, a la lluvia, al rocío, a los reptiles, a las aves. Todas las manos sombrías de la noche habían excavado a aquel muerto.

Era un habitante extraño, el habitante de la noche. Estaba en una llanura y en una colina y no estaba allí. Era palpable y se había desvanecido. Era una sombra que completaba las tinieblas. Después de la desaparición de la luz del día, en la vasta oscuridad silenciosa, se ponía lúgubremente de acuerdo con todo. Aumentaba, sólo por estar allí, el duelo de la tempestad y la calma de los astros. Lo indecible que hay en el desierto se condensaba en él. Resto de un destino desconocido, se agregaba a todas las feroces reticencias de la noche. Había en su misterio una vaga reverberación de todos los enigmas.

 Víctor Hugo (Francia, 1802-1885).

(Traducido al español por Luis Echávarri).

lunes, 7 de noviembre de 2022

Noviembre: LOS MISERABLES, de Víctor Hugo

"7 de noviembre de 1823. Un presidiario que se hallaba trabajando con su cuadrilla bordo del Orión, al socorrer ayer a un marinero, cayó al mar y se ahogó."
 
(Fragmento del capítulo III, segundo libro, segunda parte:
La cadena de la argolla se rompe de un solo martillazo)

Socorrerle era correr un riesgo fatal. Ninguno de los marineros se atrevía a aventurarse. La multitud esperaba ver al desgraciado gaviero de un minuto a otro soltar la cuerda, y todo el mundo volvía la cabeza para no presenciar su muerte.

De pronto se vio a un hombre que trepaba por el aparejo con la agilidad de un tigre. Iba vestido de rojo, era un presidiario; llevaba un gorro verde, señal de condenado a cadena perpetua. Al llegar a la altura de la gavia, un golpe de viento le llevó el gorro, y dejó ver una cabeza enteramente blanca.

El individuo, perteneciente a un grupo de presidiarios empleados a bordo, había corrido en el primer instante a pedir al oficial permiso para arriesgar su vida por salvar al gaviero. A un signo afirmativo del oficial, rompió de un martillazo la cadena sujeta a la argolla de su pie, tomó luego una cuerda, y se lanzó a los obenques. Nadie notó en aquel instante la facilidad con que rompió la cadena.

En un abrir y cerrar de ojos estuvo en la verga; llegó a la punta, ató a ella un cabo de la cuerda que llevaba, y dejó suelto el otro cabo; después empezó a bajar deslizán- dose por esta cuerda y se acercó al marinero. Entonces hubo una doble angustia; en vez de un hombre suspendido sobre el abismo había dos.

Pero el presidiario logró atar al gaviero sólidamente con la cuerda a que se sujetaba con una mano. Subió sobre la verga, y tiró del marinero hasta que lo tuvo también en ella; después lo cogió en sus brazos y lo llevó a la gavia, donde le dejó en manos de sus camaradas. Se preparó entonces para bajar inmediatamente a unirse a la cuadrilla a que pertenecía. Para llegar más pronto, se dejó resbalar y echó a correr por una entena baja. Todas las miradas lo seguían. Por un momento se tuvo miedo; sea que estuviese cansado, sea que se mareara, lo cierto es que se le vio tambalear. De pronto la muchedumbre lanzó un grito; el presidiario acababa de caer al mar.

La caída era peligrosa. La fragata Algeciras estaba anclada junto al Orión, y el pobre presidiario había caído entre los dos buques. Era muy de temer que hubiera ido a parar debajo del uno o del otro. Cuatro hombres se lanzaron en una embarcación. La muchedumbre los animaba, y la ansiedad había vuelto a aparecer en todos los semblantes. El hombre no subió a la superficie. Había desaparecido en el mar sin dejar una huella. Se sondeó, y hasta se buscó en el fondo. Todo fue en vano; no se halló ni siquiera el cadáver.

Al día siguiente, el diario de Tolón imprimía estas líneas: "7 de noviembre de 1823. Un presidiario que se hallaba trabajando con su cuadrilla a bordo del Orión, al socorrer ayer a un marinero, cayó al mar y se ahogó. Su cadáver no ha podido ser hallado. Se cree que habrá quedado enganchado en las estacas de la punta del arsenal. Este hombre estaba inscrito en el registro con el número 9,430, y se llamaba Jean Valjean".

Víctor Hugo (Francia, 1802-1885).

domingo, 26 de junio de 2022

Junio: NOCHE DE JUNIO, de Víctor Hugo


Muere el día en verano. De sus flores cubierto,
el campo vierte a lo lejos un perfume embriagante.
Con los ojos cerrados y el oído entreabierto,
dormimos en un sueño más claro y fascinante.

Es más grata la sombra y el lucero es más puro.
Una luz imprecisa los espacios colora,
y el alba dulce y pálida, esperando su hora,
vaga toda la noche al pie del cielo oscuro.


Víctor Hugo (Francia, 1802-1885).

(Traducido al español por Andrés Holguín).

jueves, 13 de enero de 2022

Día de reyes: NUESTRA SEÑORA DE PARÍS, de Víctor Hugo

"... la doble celebración, ya de tiempos inmemoriales, del día de Reyes y la fiesta de los locos."

(Fragmento)

De aquel 6 de enero de 1482 la historia no ha guardado ningún recuerdo. Nada destacable en aquel acontecimiento que desde muy temprano hizo voltear las campanas y que puso en movimiento a los burgueses de París; no se trataba de ningún ataque de borgoñeses o picardos, ni de ninguna reliquia paseada en proce- sión; tampoco de una manifestación de estudiantes en la Viña de Laas ni de la repentina presencia de Nuestro muy temido y respetado señor, el Rey, ni siquiera de una atractiva ejecución publica, en el patíbulo, de un grupo de ladrones o ladronas por la justicia de París. No lo motivaba tampoco la aparición, tan familiar en el París del siglo XV, de ninguna atractiva y exótica embajada, pues hacía apenas dos días que la última de estas cabalgatas, precisamente la de la embajada flamenca, había tenido lugar para concertar el matrimonio entre el Delfín y Margarita de Flandes, con gran enojo, por cierto, de monseñor el Cardenal de Borbón.que, para complacer al rey, hubo de fingir agrado ante todo el rústtco gentío de burgomaestres flamencos y hubo de obsequiarles en su palacio de Borbón con una atractiva representación y una entretenida farsa, mientras una fuerte lluvia inundaba y deterioraba las magníficas tapicerías colocadas a la entrada para la recepción de la embajada.

Lo que aquel 6 de enero animaba de tal forma al pueblo de París, como dice el cronista Jehan de Troyes, era la coincidencia de la doble celebración, ya de tiempos inmemoriales, del día de Reyes y la fiesta de los locos.

Víctor Hugo (Francia. 1802-1885).

La ilustración corresponde a la tradición medieval llamada la fiesta de los locos.

lunes, 19 de julio de 2021

Venecia: LUCRECIA BORGIA, de Víctor Hugo

"Estamos en Venecia, señora, y aquí tenéis enemigos..."

(Fragmento del primer acto, escena II)

Entra Lucrecia disfrazada. Ve a Genaro dormido y le contempla extasiada y con respeto.
 
Lucrecia: (¡Duerme! La fiesta le habrá fatigado. ¡Qué hermoso es!) ¡Yubeta! (Llamándole).
 
Yubeta: Hablad más bajo, señora. Aquí no me llamo Yubeta, sino conde de Belve- rana, y soy gentil-hombre español, así como vos sois la marquesa de Pontecuadrato, dama napolitana. Debemos hacer como si no nos conociéramos, obedeciendo las órdenes de vuestra alteza; no estáis en vuestra corte, estáis en Venecia.
 
Lucrecia: Es verdad, Yubeta; pero aquí estamos solos, porque ese joven duerme y podemos hablar unos instantes.

Yubeta: Como plazca a vuestra alteza, pero debo aconsejaros que no os quitéis la mascarilla, porque pudieran conoceros.
 
Lucrecia: No me importa: si no saben quién soy, no debo temer; si lo saben, los que deben temblar son ellos.
 
Yubeta: Estamos en Venecia, señora, y aquí tenéis enemigos, y enemigos libres. Indudablemente la República de Venecia no permitirá que se os atropelle, pero podrían insultaros.
 
Lucrecia: Tienes razón; sé que mi nombre horroriza.
 
Yubeta: Aquí no solo hay venecianos, sino también romanos, napolitanos y lombar- dos; hay hijos de todos los pueblos de Italia.
 
Lucrecia: ¡Y me odia Italia entera! Es preciso que esto no suceda de hoy en adelante. Ahora más que nunca conozco que yo no nací para hacer daño á nadie, pero el ejemplo de mi familia me arrastró á ser lo que he sido. ¡Yubeta!
 
 
Víctor Hugo (Francia, 1802-1885).

La ilustración corresponde a la puesta en escena de La Comédie-Française
dirigida por Denis Podalidès, que se presentó por primera vez en Canadà
en el Teatro del Nuevo Mundo de Montreal, en  julio de 2017.

martes, 11 de mayo de 2021

Miércoles de ceniza: ESTROFAS DE CENIZA EN EL TINTERO


El poeta inglés Lionel Johnson (1867-1902) se convirtió al catolicismo en 1891, tal como lo hiciera T. S. Eliot casi cuarenta años después, aunque a diferencia de éste, fue la muerte de un amigo el motivo que le impulsó a escribir su poema también titulado Miércoles de ceniza.

¡Memento, homo, quia pulvis es!
Hoy la cruz de cenizas marca mi frente:
Ayer, durmiendo solemne yacías tú,
¡Oh de antaño querido para mí, y más querido ahora!
¡Memento, homo, quia pulvis es!

(Memento, homo, quia pulvis es!
Today the cross of ashes mark my brow:
Yesterday, laid to solemn sleep wert thou,
O dear to me of old, and dearer now!
Memento, homo, quia pulvis es!)

Como nota al calce cabe señalar que fue él quien introdujo a Lord Alfred Douglas con Oscar Wilde, cuya intimidad escandalizó a la rígida sociedad victoriana, relación que criticó sin piedad en El destructor de un alma (The Destroyer of a Soul, 1892).
Estas son un par de estrofas con tono un tanto necrófilo, del poema dedicado al miércoles de ceniza escrito por Louise Levêque de Vilmorin (Francia, 1902-1969):

Iré gustoso, el Miércoles de Ceniza,
Borrando de tu frente el anuncio de la muerte,
Para traerte la muerte lenta al abrigo de mis brazos.

Con mucho gusto iré, el miércoles de ceniza, a
darte esa muerte que el amor sigue esperando.

(J’irai bien volontiers, le Mercredi des Cendres,
Effaçant de ton front l’annonce du trépas,
Te porter la mort lente à l’abri de mes bras.

J’irai bien volontiers, le Mercredi des Cendres,
Te donner cette mort que l’amour fait attendre.)

Contemporáneo y de notoria raigambre religiosa es Marcado por cenizas, incluido en Oraciones para gente privilegiada (Prayers for a Privileged People, 2008), de Wal- ter Brueggemann, más bien una plegaria con aliento poético:

Este miércoles está muy lejos del miércoles de ceniza,
pero todos nuestros miércoles están marcados por las cenizas -
comenzamos este día con ese sabor a ceniza en la boca:
de esperanza fallida y promesas rotas,
de niños olvidados y mujeres temerosas,
nosotros mismos somos cenizas a las cenizas, polvo al polvo:
podemos saborear nuestra mortalidad mientras hacemos rodar la ceniza en nuestras lenguas.

(Marked by Ashes
This Wednesday is a long way from Ash Wednesday,
but all our Wednesdays are marked by ashes -
we begin this day with that taste of ash in our mouth:
of failed hope and broken promises,
of forgotten children and frightened women,
we ourselves are ashes to ashes, polvo al polvo:
we can taste our mortality as we roll the ash around on our tongues.)

En cuanto a nuestra lengua, en 1928, el argentino Raúl González Tuñón publica un poemario que lleva por título Miércoles de ceniza, y al mismo autor también corresponde «Aquí yacen ceniza y polvo y nada», que figura en Morir en Madrid.

Aunque la referencia al miércoles de ceniza se limita a una breve estrofa, no deja de ser importante mencionar el Poema del otoño, de Rubén Darío, que apareciera publicado por primera vez en El Cojo Ilustrado, de Caracas, en 1908. Tras mencionar el Eclesiastés bíblico procede:

El domingo de amor te hechiza;
mas mira como
llega el miércoles de ceniza;
Memento, homo...

Jules Etienne

Las traducciones del inglés tanto de Lionel Johnson como de Walter Brueggemann,
lo mismo que del francés, de Louis Levêque de Vilmorin, son de mi responsabilidad. 

martes, 2 de marzo de 2021

Miércoles de ceniza: LOS MISERABLES, de Víctor Hugo

"En la primera berlina iba Cosette con el señor Gillenormand y Jean Valjean."

(Fragmento del quinto libro: La noche en blanco)

Todo fue normal ese día, salvo un incidente que se produjo cuando los novios se dirigían a la iglesia. Debido a arreglos en el pavimento, la comitiva nupcial hubo de pasar por la avenida donde se desarrollaba el Carnaval. En la primera berlina iba Cosette con el señor Gillenormand y Jean Valjean. En la segunda iba Marius.

Los carruajes tuvieron que detenerse en la fila que se dirigía a la Bastilla; casi al mismo instante en el otro extremo, la otra fila que iba hacia la Magdalena, se detuvo también. Había allí un carruaje lleno de máscaras que participaban en las fiestas.

La casualidad quiso que dos máscaras de aquel carruaje, un español de descomunal nariz con enormes bigotes negros, y una verdulera flaca, aún en la flor de la edad, y con antifaz, quedaran al frente del coche de la novia.

- ¿Ves a ese viejo? -dijo el hombre.

- ¿Cuál?

- Aquel que va en el primer coche, a este lado.

- ¿El que lleva el brazo metido en un pañuelo negro?

- El mismo. ¡Que me ahorquen si no lo conozco! ¿Puedes ver a la novia inclinándote un poco?

- No puedo.

- No importa. Te digo que conozco al del brazo vendado.

- ¿Y qué ganas con conocerlo?

- Escucha.

- Escucho.

- Yo, que vivo oculto, no puedo salir sino disfrazado. Mañana no se permiten ya máscaras como que es miércoles de Ceniza, y corro peligro de que me echen el guante. Fuerza es que me vuelva a mi agujero. Tú estás libre.

- No del todo.

- Más que yo al menos.

- Bien. ¿Qué es lo que quieres?

- Que averigües dónde viven los de esa boda.

- ¿Adónde van?

- Sí, es muy importante, Azelma, ¿me entiendes?

Se reinició el fluir de los vehículos, y el carruaje de las máscaras perdió al de los novios.

Víctor Hugo (Francia, 1802-1885).

domingo, 3 de mayo de 2020

Epidemias: NUESTRA SEÑORA DE PARÍS, de Víctor Hugo


(Fragmento del Libro Cuarto, capítulo II: Claude Frollo)

Fue por aquel entonces cuando los excesivos calores del verano de 1466 provocaron aquella gran peste que se llevó a más de cuarenta mil criaturas en el vizcondado de París, entre los que hay que contar, dice Jean de Troyes, a «maese Arnoul», astrólogo del rey, que era un hombre de bien, conocedor y muy agradable». Había corrido el rumor por la Universidad de que la calle Tirechappe había sido particularmente devastada por la enfermedad, y era allí precisamente en donde residían, en su feudo, los padres de Claude. Acudió alarmado el joven estudiante a la casa paterna y se encontró con que los dos habían muerto la víspera. Un hermanito que tenía, todavía de pañales, vivía aún y estaba llorando abandonado en su cuna. Era la única familia que le quedaba, así que cogió al niño en brazos y salió cabizbajo y pensativo pues hasta entonces sólo había vivido inmerso en la ciencia y en adelante tendría que ocuparse de la vida.

Esta catástrofe provocó una profunda crisis en la existencia de Claude; huérfano, hermano mayor, cabeza de familia a los diecinueve años, se sintió muy bruscamente arrancado de sus fantasías de estudiante a la realidad de la vida. Entonces, lleno de piedad, se consagró apasionadamente a su hermano; circunstancia extraña y dulce esta de los afectos humanitarios en alguien que, como él, sólo se había hasta entonces preocupado por los libros.

Aquel afecto se desarrolló de una manera singular y, por tratarse de un alma nueva, fue casi como un primer amor. Separado desde la infancia de sus padres, a quienes apenas si había conocido, enclaustrado, emparedado casi entre sus libros, ávido sobre todo de estudiar y de aprender, pendiente hasta entonces de su inteligencia, que se dilataba con los conocimientos y atento a su imaginación que crecía con las lecturas, el pobre estudiante no había tenido tiempo de sentir su corazón y así, ese hermanito sin padre ni madre, ese niño caído bruscamente del cielo en sus brazos, hizo de él un hombre nuevo. Se dio cuenta de que existía en el mundo algo más que las especulaciones de la Sorbona y los poemas de Homero; de que el hombre necesita afectos, de que la vida sin ternura y sin amor es un engranaje seco y chirriante y llegó a figurarse, sólo a figurarse, pues estaba aún en esa edad en la que las ilusiones sólo son reemplazadas por otras ilusiones, que los vínculos de la sangre y de la familia eran los únicos indispensables y que un hermanito bastaba para colmar toda una vida.

Víctor Hugo (Francia, 1802-1885).

viernes, 22 de noviembre de 2019

Tu boca: PLENITUD, de Víctor Hugo

"El vaso en que ahora bebo y todavía tengo lleno. Mi alma tiene más fuego que ceniza."

Ya que he acercado mis labios a tu copa aún llena;
Ya que puse entre tus manos mi pálida frente;
Puesto que he respirado el dulce aliento
De tu alma, perfume soterrado en la sombra.
 
Puesto que me fue concedido escuchar lo que dices:
Las palabras donde se derraman los misterios del corazón;
Puesto que te he visto llorar y te he visto sonreír,
Tu boca sobre mi boca y tus ojos en mis ojos
.
 
Ya que he visto brillar sobre mi testa encantada
Un rayo luminoso de tu astro, ¡ay!, siempre velado.
Puesto que he visto caer en las ondas de mi vida
Un pétalo de rosa arrancado a tus días;
 
Puedo ahora decir a los años fugaces:
- ¡Pasen! ¡Sigan pasando! ¡Yo no envejeceré más!
Váyanse con todas las flores marchitas,
Tengo en el alma una flor que nadie puede cortar;
 
Ni con sus alas al chocar harán que derrame
El vaso en que ahora bebo y todavía tengo lleno.
Mi alma tiene más fuego que ceniza.
Mi corazón tiene más amor que olvido.

 
 
(Puisque j'ai mis ma lèvre à ta coupe encor pleine;
Puisque j'ai dans tes mains posé mon front pâli;
Puisque j'ai respiré parfois la douce haleine
De ton âme, parfum dans l'ombre enseveli;

Puisqu'il me fut donné de t'entendre me dire:
Les mots où se répand le coeur mystérieux;
Puisque j'ai vu pleurer, puisque j'ai vu sourire
Ta bouche sur ma bouche et tes yeux sur mes yeux;

Puisque j'ai vu briller sur ma tête ravie
Un rayon de ton astre, hélas ! voilé toujours
Puisque j'ai vu tomber dans l'onde de ma vie
Une feuille de rose arrachée à tes jours;

Je puis maintenant dire aux rapides années:
- Passez! passez toujours! je n'ai plus à vieillir!
Allez-vous-en avec vos fleurs toutes fanées ;
J'ai dans l'âme une fleur que nul ne peut cueillir!

Votre aile en le heurtant ne fera rien répandre
Du vase où je m'abreuve et que j'ai bien rempli.
Mon âme a plus de feu que vous n'avez de cendre!
Mon coeur a plus d'amour que vous n'avez d'oubli!
)
 
 
Víctor Hugo (Francia, 1802-1885).
 
(Traducido del francés por Jules Etienne).

domingo, 31 de marzo de 2019

Tu boca: EL HOMBRE QUE RÍE, de Víctor Hugo

"Y esa boca que hace tu fortuna, esa cara que hace tu riqueza, no te pertenecen. No naciste con ese rostro."

Segunda parte: Por orden del rey

(Fragmento del capítulo 11: Gwynplaine está en lo justo y Ursus en lo cierto)

Un filósofo es un espía. Ursus, acechador de sueños, estudiaba a su alumno. Nuestros monólogos tienen en nuestro rostro una reverberación clara para la mirada del fisonomista. Por eso lo que sucedía en Gwynplaine no pasaba inadvertido para Ursus. Un día en que Gwynplaine meditaba Ursus le tiró de la ropa y le dijo:

- ¡Me causas la impresión de que observas, imbécil! Ten cuidado, eso no es cosa tuya. Tú sólo tienes que hacer una cosa: amar a Dea. Eres feliz con dos dichas; la primera es que la gente ve tu hocico; la segunda, que Dea no lo ve. No tienes derecho a esa dicha que posees. Ninguna mujer, viendo tu boca, aceptaría tu beso. Y
esa boca que hace tu fortuna, esa cara que hace tu riqueza, no te pertenecen. No naciste con ese rostro. Lo tomaste de la mueca que está en el fondo del infinito. Le has robado la máscara al diablo. Eres horrible; conténtate con esa quina. Hay en este mundo, que es una cosa muy bien hecha, los dichosos por derecho y los dichosos por chiripa. Tú eres dichoso por chiripa. Estás en una cueva donde se halla presa una estrella. La pobre estrella te pertene- ce. No trates de salir de la cueva y cuida tu astro, ¡araña! Tienes en tu tela el carbúnculo Venus. Hazme el favor de sentirte satisfecho.


Víctor Hugo (Francia. 1802-1885).

(Traducido al español por Luis Echávarri).

Las ilustraciones corresponden a Dave Droxler personificando a Gwynaplane en una puesta en escena que adapta la novela y a Christa Theret y Marc-André Grondin en la versión cinematográfica de L'homme qui rit, dirigida por Jean-Pierre Améris en 2012.

jueves, 14 de septiembre de 2017

Eclipse: LOS MISERABLES, de Víctor Hugo

"Punto de partida: la materia; punto de llegada: el alma. La hidra al principio, el ángel al fin."
 
Quinta parte: Jean Valjean; Libro primero: La guerra entre cuatro paredes
 
(Fragmento del capítulo XX: Los muertos tienen razón y los vivos no se equivocan)

No hay nada que decir. Los pueblos, como los astros, tienen el derecho al eclipse. Y todo está bien, con tal de que vuelva la luz y el eclipse no degenere en noche. Alba y resurrección son sinónimos. La reaparición de la luz es idéntica a la persistencia del yo.
 
Hagamos constar estos hechos con calma. La muerte en la barricada o la tumba en el exilio es un recurso aceptable para la abnegación. El verdadero nombre de la abnegación es desinterés. Que los abandonados se dejen abandonar, que los exiliados se dejen exiliar, y limitémonos a suplicar a los grandes pueblos que no vayan demasiado lejos cuando retrocedan. No se debe, so pretexto de volver a la razón, descender demasiado. La materia existe, y el minuto y los intereses y el vientre existen; pero no se deben oír los consejos del vientre. La vida momentánea tiene su derecho, lo admitimos, pero la vida permanente tiene el suyo. ¡Ay! El haber subido no impide caer. Ejemplos de esto, más de los que se quisieran, se encuentran en la historia. Una nación es ilustre, toma el gusto al ideal, y luego se revuelve en el fango, y le sabe bien; y si se le pregunta cómo es que deja a Sócrates por Falstaff, responde: «Porque me gustan más los hombres de Estado». Unas palabras más antes de volver a la refriega.
 
Una batalla como la que referimos en este momento no es otra cosa que una convulsión hacia lo ideal. El progreso con trabas es enfermizo y padece epilepsias trágicas. Esa enfermedad del progreso, la guerra civil, hemos debido encontrarla a nuestro paso. Es una de las fases fatales, a la vez acto y entreacto, de ese drama cuyo pivote es un condenado social, y cuyo título verdadero es: El Progreso. ¡El Progreso! Este grito que lanzamos a menudo es todo nuestro pensamiento; y en el punto del drama al que hemos llegado, teniendo que experimentar aún más de una prueba la idea que contiene, quizá nos sea permitido, si no descorrer el velo, al menos dejar entrever claramente la luz.
 
El libro que el lector tiene ante los ojos en este instante, en su conjunto y en sus pormenores, cualesquiera que sean las intermitencias, las excepciones o las debilidades, es la marcha del mal al bien, de lo injusto a lo justo, de lo falso a lo verdadero, de la noche al día, del apetito a la conciencia, de la podredumbre a la vida, de la bestialidad al deber, del infierno al cielo, de la nada a Dios. Punto de partida: la materia; punto de llegada: el alma. La hidra al principio, el ángel al fin.


Víctor Hugo (Francia, 1802-1885).
 
(Traducido al español por Aurora Alemany).

viernes, 17 de febrero de 2017

Carnaval: LOS MISERABLES, de Víctor Hugo

 
(Fragmento del quinto libro: La noche en blanco)

16 de Febrero de 1833

 
La noche del 16 de febrero de 1833 fue una noche bendita. Sobre sus sombras estaba el cielo abierto. Fue la noche de la boda de Marius y Cosette.
 
La fiesta del casamiento se efectuó en casa del señor Gillenormand.
 
A pesar de lo natural y trillado que es el asunto del matrimonio, las amonestaciones, las diligencias civiles, los trámites en la iglesia ofrecen siempre alguna complicación; por eso no pudo estar todo listo hasta del 16 de febrero. Ahora bien, ese 16 de febrero era martes de Carnaval, lo cual dio lugar a vacilaciones y escrúpulos, en particular de la señorita Gillenormand.
 
- ¡Martes de Carnaval! -exclamó el abuelo- Tanto mejor. Hay un refrán que dice: 

Si en Carnaval te casas 
no habrá ingratos en tu casa.
 
Unos días antes del fijado para el casamiento, Jean Valjean tuvo un pequeño accidente. Se lastimó el dedo pulgar de la mano derecha; y sin ser cosa grave, como que no permitió que nadie lo curara ni que nadie viera siquiera en qué consistía la lastimadura, tuvo que envolverse la mano en una venda y llevar el brazo colgado de un pañuelo, por lo cual no le fue posible firmar ningún papel. Lo hizo en su lugar el señor Gillenormand, como tutor sustituto de Cosette.
 
Todo fue normal ese día, salvo un incidente que se produjo cuando los novios se dirigían a la iglesia. Debido a arreglos en el pavimento, la comitiva nupcial hubo de pasar por la avenida donde se desarrollaba el Carnaval. En la primera berlina iba Cosette con el señor Gillenormand y Jean Valjean. En la segunda iba Marius.
 
Los carruajes tuvieron que detenerse en la fila que se dirigía a la Bastilla; casi al mismo instante en el otro extremo, la otra fila que iba hacia la Magdalena, se detuvo también. Había allí un carruaje lleno de máscaras que participaban en las fiestas.
 
 
Víctor Hugo (Francia, 1802-1885).

viernes, 30 de enero de 2015

Enero: VIDA Y OBRA DE WILLIAM SHAKESPEARE (sobre Calígula), de Víctor Hugo

"Drusila, muere, y él exclama: Que se decapiten a aquellos que no la lloren, pues es mi hermana..."
 
 (Fragmento del capítulo II)

Calígula, el hombre que tuvo miedo; el esclavo que llegó a ser amo, tembloroso bajo Tiberio, terrible después de Tiberio, transformando su espanto de ayer en atrocidad. Nada iguala a este loco. Un verdugo se puede equivocar y matar a un inocente en lugar de un culpable; Calígula sonríe y dice: El culpable no lo merecía más. Hace despedazar a una mujer por los perros, por el simple gusto de ver el espectáculo. Se acuesta, en público, sobre sus tres hermanas desnudas. Una de ellas, Drusila, muere, y él exclama: Que se decapiten a aquellos que no la lloren, pues es mi hermana, y que se crucifique a quienes la lloren, pues es una deidad. Designa pontífice a su caballo, así como más tarde Nerón hará dios a un mono. Ofrece al mundo este espectáculo siniestro: el menoscabo de la inteligencia ante el poder omnímodo. Prostituido, tramposo en el juego, ladrón, destructor de los bustos de Homero y de Virgilio, coronado con rayos de sol como Apolo, con alas en los pies como Mercurio; frenéticamente dueño del mundo, deseando el incesto a su madre, la peste a su imperio, el hambre a su pueblo, la derrota a su ejército, su propia semblanza con los dioses y una sola cabeza al género humano para poder cortársela, tal es Cayo Calígula. Obliga al hijo a presenciar el suplicio del padre y al esposo la violación de la esposa y, a ambos, a reír de ello. Claudio es un embrión que reina. Es un cuasi hombre convertido en tirano. Es una tachuela coronada. Se oculta, lo descubren, lo sacan de su cueva y lo arrojan, atemorizado, sobre el trono. Ya emperador sigue temblando, en posesión de la corona pero dudando si conservará la cabeza. Por instantes la tantea, como si la buscara. Nace su confianza y decreta tres letras más al alfabeto. Semejante idiota ya es sabio. Estrangulan a un senador, y dice: No lo había ordenado, pero ya que lo han hecho, está bien. Su mujer se prostituye en su presencia; la mira y dice: ¿Quién es esa mujer? El apenas existe; es una sombra; pero esta sombra aplasta al mundo. Finalmente, llega su hora de marcharse. Su mujer lo envenena; su médico termina con él. Dice: Estoy salvado, y muere*. Después de su muerte acuden a ver su cadáver; mientras vivió sólo había sido visto su fantasma.
 
 
Víctor Hugo (Francia, 1802-1885)
 
* Cayo Julio César Augusto Germánico fue asesinado el 24 de enero en el año 41 de la era cristiana.

miércoles, 4 de junio de 2014

Espejos (34): LOS MISERABLES, de Víctor Hugo


Cuarta parte. Capítulo VI: Espejo indiscreto
 
(Fragmento)
 
¿Qué son las convulsiones de una ciudad al lado de los motines del alma? El hombre es más profundo que el pueblo. Jean Valjean en aquel momento sentía en su interior una conmoción violenta. El abismo se había vuelto a abrir ante él, y temblaba como París en el umbral de una revolución formidable y oscura. Algunas horas habían bastado para que su destino y su conciencia se cubrieran de sombras.
 
La víspera de aquel día, por la noche, acompañado de Cosette y de Santos, se instaló en la calle del Hombre Armado. Jean Valjean estaba tan inquieto que no veía la tristeza de Cosette. Cosette estaba tan triste que no veía la inquietud de Jean Valjean.
 
Apenas llegó a la calle del Hombre Armado disminuyó su ansiedad y se fue disipando poco a poco. Durmió bien. Dicen que la noche aconseja, y puede añadirse que tranquiliza.
 
Al día siguiente se despertó casi alegre y hasta encontró muy bonito el comedor, que era feo. Cosette dijo que tenía jaqueca y no salió de su dormitorio.
 
Por la tarde, mientras comía, oyó confusamente dos o tres veces el tartamudeo de Santos que le decía:
 
- Señor, hay jaleo; están combatiendo en las calles.
 
Pero, absorto en sus luchas interiores, no hizo caso.
 
Más tarde, cuando se paseaba de un lado a otro, meditando, su mirada se fijó en algo extraño. Vio enfrente de sí, en un espejo inclinado que estaba sobre el aparador, estas tres líneas que leyó perfectamente:
 
"Amor mío: Mi padre quiere que partamos en seguida. Estaremos esta noche en la calle del Hombre Armado, número 7. Dentro de ocho días iremos a Londres. Cosette, 4 de junio"

Jean Valjean se detuvo aturdido.

¿Qué había sucedido? Cosette al llegar había puesto su carpeta sobre el aparador, delante del espejo, y en su dolorosa agonía la dejó olvidada allí sin notar que estaba abierta precisamente en la hoja de papel secante que había empleado para secar la carta. Lo escrito había quedado marcado en el secante. El espejo reflejaba la escritura.

Jean Valjean se sintió desfallecer, dejó caer la carpeta y se recostó en el viejo sofá, al lado del aparador, con la cabeza caída, la vista vidriosa. Se dijo entonces que la luz del mundo se había apagado para siempre, que Cosette había escrito aquello a alguien, y oyó que su alma daba en medio de las tinieblas un sordo rugido.
 
Cosa curiosa y triste, en aquel momento, Marius no había recibido aún la carta de Cosette y la traidora casualidad se la había dado ya a Jean Valjean.
 
El pobre anciano no amaba ciertamente a Cosette más que como un padre; pero en aquella paternidad había introducido todos los amores de la soledad de su vida. Amaba a Cosette como hija, como madre, como hermana; y como no había tenido nunca ni amante ni esposa, este sentimiento se había mezclado con los demás, vagamente, puro con toda la pureza de la ceguedad, espontáneo, celestial, angélico, divino; más bien como instinto que como sentimiento. El amor, propiamente tal, estaba en su gran ternura para Cosette, y era como el filón de una montaña, tenebroso y virgen.
 
Entre ambos no era posible ninguna unión, ni aun la de las almas, y, sin embargo, sus destinos estaban enlazados. Exceptuando a Cosette, es decir, a una niña, no tenía en su larga vida nada que amar. Jean Valjean era un padre para Cosette; padre extrañamente formado del abuelo, del hijo, del hermano y del marido que había en él.
 
Así, cuando vio que todo estaba concluido, que se le escapaba de las manos; cuando tuvo ante los ojos esta evidencia terrible -otro es el objeto de su corazón, otro tiene su amor y yo no soy más que su padre- experimentó un dolor que traspasó los límites de lo posible. Sintió hasta la raíz de sus cabellos el horrible despertar del egoísmo, y lanzó un solo grito: ¡yo!
 
Jean Valjean volvió a coger el secante, y quedó petrificado leyendo aquellas tres líneas irrecusables. Sintió que se derrumbaba toda su alma. Su instinto no dudó un momento.
 
 
Víctor Hugo (Francia, 1802-1885) 

miércoles, 2 de octubre de 2013

Exilio: EL EXILIO, de Víctor Hugo

"Se puede arrancar un árbol de raíz, no se arrancará el día del cielo. Mañana, la aurora."
 
(Fragmento)
 
II

El exilio es la desnudez del derecho. Nada más terrible. ¿Para quién? ¿Para aquel que sufre el exilio? No, para aquel que lo inflige. El suplicio se vuelve y muerde al verdugo. Un soñador que se pasea solo sobre la arena; un desierto en torno de un meditabundo; una cabeza vieja y tranquila en torno de la cual giran las aves de la tempestad, atónitas; la asiduidad de un filósofo al alba tranquilizadora de la mañana; Dios tomado por testigo, de tiempo en tiempo, en presencia de peñascos y árboles; una caña que no solamente piensa, sino medita; cabellos que de negros se tornan grises y de grises se vuelven blancos en la soledad; un hombre que siente, cada vez más, que se convierte en una sombra; el largo pasar de los años sobre aquel que está ausente, pero que no está muerto; la pesadumbre de este desheredado, la nostalgia de este inocente: nada más redituable para los malhechores coronados. Hagan lo que hagan los momentáneos todopoderosos, el fondo eterno se les resiste. Ellos no tienen más que la superficie de la certeza. El fondo pertenece a los pensadores. Se exilia a un hombre. Sea; ¿y después? Se puede arrancar un árbol de raíz, no se arrancará el día del cielo. Mañana, la aurora.
 
 
Víctor Hugo (Francia, 1802-1885)
 
Es posible escuchar el texto completo en un audio de cuatro partes en descargacultura.unam.mx