"Verás al cielo encima de ti, hojas y briznas de hierba te caerán sobre el rostro, quiero que saborees el aroma de una tarde de otoño..."
La hierba con olor de otoño...
Capítulo 4
... voces claras unas veces, graves, dulces y ásperas otras; cantaban sencillamente la alegría elemental de la víspera de fiesta; llegaba hasta mí como un canto fúnebre: amor en la sala de baile, felicidad dolorosa junto al muro del cementerio, en la hierba que olía a otoño; lágrimas de madre anciana como presagio de alegrías de madre joven, melancolía del orfanato, donde una joven valiente decidió permanecer pura; pero el amor se apoderó también de ella, la hirió en la sala de baile; felicidad dolorosa junto al muro del cementerio, en la hierba que olía a otoño...
(...)
Mañana sabría mi nombre: ¿echaba de menos a una mujer, fuera quien fuese, o precisamente a ella? No podría soportar más el estar siempre entre hombres, todos me parecían ridículos: los piadosos y los no piadosos, los que contaban chistes ; y los que se los dejaban contar, los jugadores de billar, los oficiales de la reserva, los cantores del coro, el portero y los camareros; estaba harto de ellos, esperaba las horas de la tarde, de cinco a seis, me gustaba ver los rostros de las operarias, a cuyo río me juntaba en el portal; me gustaba la sensualidad de sus rostros que pagaban serenamente su atributo a la caducidad, y hubiera querido ir con una de ellas a bailar, a tumbarme con ella en la hierba que olía a otoño, junto al muro del cementerio.
(...)
Hasta arriba llegaba el griterío de la calle; hacía diez minutos que había dejado de vibrar el alféizar de la ventana, y las operarias sonrientes trasponían el portal llevando consigo su orgullosa sensualidad en la tarde de víspera de fiesta; tarde cálida de otoño, en la que la hierba olería bien junto al muro del cementerio; Gretz, hoy no había podido vender su jabalí; el hocico ensangrentado estaba negruzco y seco; en el marco caleidoscópico, el terrado del otro lado de la calle: la mesa blanca, el banco de madera verde, la pérgola con las perezosas capuchinas.
Capítulo 5
... no soy un artista; no te hagas ilusiones; no podré ofrecerte demonios falsos ni verdaderos y aquello de lo cual te han contado tus amigos historias de miedo, no lo haremos en la alcoba, sino al aire libre: verás al cielo encima de ti, hojas y briznas de hierba te caerán sobre el rostro, quiero que saborees el aroma de una tarde de otoño y no tengas la impresión de participar por obligación en un desagradable ejercicio gimnástico; quiero que sientas el olor de la hierba otoñal; nos echaremos sobre la arena, allá abajo en la orilla del río, entre las rosas silvestres, un poco más arriba de la huella que dejó la riada; cañas, tapones, cajas de crema de zapatos, un grano de rosario que perdió la mujer de un marinero y, en una botella de limonada, una carta; en el aire el humo amargo de las chimeneas de los barcos; chirriar de cadenas de anclas; y no lo convertiremos en seriedad sangrienta, por muy serio y sangriento que sea en realidad.
Heinrich Böll (Alemania, 1917-1985).
Obtuvo el premio Nobel en 1972.
(Traducido al español por Margarita Fontseré).

No hay comentarios.:
Publicar un comentario