Vancouver: luz de agosto en la bahía. (Fotografía de Jules Etienne).
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lunes, 13 de febrero de 2023

Conejos: LA CARTUJA DE PARMA, de Stendhal


(
Fragmento del capítulo XXIV)

- Suplico a Vuestras Altezas que me dispensen, señora. Mas Vuestra Alteza -añadió la duquesa dirigiéndose al príncipe- lee perfectamente el francés. Para calmar nuestros agitados espíritus ¿querría Vuestra Alteza leernos una fábula de La Fontaine?

La princesa encontró ese nos muy insolente, pero pareció a la vez extrañada y divertida, cuando la mayordoma mayor, que se había dirigido con gran tranquilidad a la biblioteca, volvió trayendo un volumen de las Fábulas de La Fontaine, lo hojeó un instante y dijo al príncipe, ofreciéndoselo:

- Suplico a Vuestra Alteza que lea toda la fábula.

El hortelano y su señor

Cierto hombre a la horticultura aficionado,
Un jardín en su pueblo tenía.
Adquirió la huerta de al lado
Y la cercó de penca y de zarza bravía
La col y la lechuga en la huerta se daban,
En el jardín las flores no sobraban,
Pero había para regalar
Un ramo de clavel, de jazmín y de rosa
A Teresa, la moza más hermosa
De aquel lugar.
Mas habiendo esta dicha una liebre turbado,
Al señor de la aldea nuestro hombre se quejó.
"- El maldito animal, dijo, está en el cercado
Y se harta de comer de lo que Dios creó.
Ni trampa, ni palo, ni piedra
Valen con él; nada le arredra.
Es brujo. -¿Brujo? Vamos, que yo le desafío,
le replicó el señor. Aunque fuera Merlín,
Ten por seguro, amigo mío,
Que mis perros sabrán echar de tu jardín
Al voraz animal. -¿Y cuándo? - Sin demora,
Mañana, a la primera hora."
Llegó el señor con todos sus criados.
“- Almorcemos. ¿Están tus pollos bien cebados?”

Tras del almuerzo, alegres empezaron
A preparar la caza, con un tumulto ingente
De tropas y de perros y de gente,
Que a nuestro buen villano atónito dejaron.
Pero fue lo peor; que el barón y sus perros
En lamentable estado pusieron el jardín.
¡Adiós flores, rosa, jazmín!
¡Adiós coles, lechuga, puerros!
“- Juegos son de señor, suspiraba contrito
El buen hombre, pero la turba cazadora
Destrozó, sin oírle, en menos de una hora
Más que en cien años todas las liebres del distrito."

Resolved, principillos, a solas vuestras guerras.
Fuera locura insigne acudir a los reyes,
No permitáis jamás que os impongan sus leyes
Ni le hagáis entrar en vuestras tierras.

A esta lectura siguió un profundo silencio. El príncipe se paseaba por el gabinete, después de haber ido él mismo a dejar el volumen en su sitio.

Stendhal:
Henri Beyle (Francia, 1743-1842).

La ilustración corresponde a un grabado de Martin Marvie para la edición de las Fábulas de La Fontaine en 1668.

martes, 6 de julio de 2021

Venecia: VICTORIA ACCORAMBONI, de Stendhal

"... con este propósito alquió tres magníficos palacios: uno en Venecia, el palacio Dandolo..."

(Fragmento)

Albano era un puerto muy seguro para él, pues, desde hacía muchos años, la casa Orsini estaba unida a la república de Venecia por servicios recíprocos. Ya en este país seguro, el príncipe Orsini no pensó más que en gozar de los esparcimientos de diversas estancias, y, con este propósito, alquiló tres magníficos palacios: uno en Venecia el palacio Dandolo, en la calle de la Zecca; otro en Padua, el Fostarini, situado en la magnífica plaza llamada la Arena; el terceto lo eligió en Salo, en la deliciosa orilla del lago de Garda; este último palacio había pertenecido tiempo atrás a la familia Sforza Pallavicini.

A los señores de Venecia (el gobierno de la república) les satisfizo mucho la llegada a sus estados de tan insigne príncipe y se apresuraron a ofrecerle una nobilísima condotta (o sea una cantidad muy considerable, pagadera anualmente, que el príncipe habría de emplear en reclutar una tropa de dos o tres mil hombres y asumir el mando de la misma). El príncipe declinó con mucho desparpajo este ofrecimiento, contestando, a través de los emisarios, que aunque, por inclinación natural y hereditaria en su familia, le sería muy grato servir a la serenísima república, dependiendo como dependía en aquel momento del rey católico, no le parecía conveniente aceptar otra obligación. Esta respuesta entibió un tanto la buena disposición de los senadores. Inclinados antes a dispensarle en nombre de todo el pueblo, una recepción muy honorable cuando ra a Venecia, dicha respuesta los determinó a dejar que llegara como un simple particular.

El príncipe Orsini, enterado de codo esto, decidió no ir a Venecia. Estando ya cerca de Padua, dio un rodeo en esta admirable región y se encaminó con toda su escolta al palacio preparado para él en Salo, a orillas del lago de Garda. Allí pasó todo el verano entre los más agradables y variados pasatiempos. Llegada la época de cambiar de residencia, el príncipe hizo algunos pequeños viajes, de los que sacó la conclusión de que ya no podía resistir el cansancio como antes; temió por su salud; por fin pensó ir a pasar unos días en Venecia, pero su esposa, Victoria, le disuadió y le indujo a permanecer en Salo.

Algunos pensaron que Victoria Accoramboni se había dado cuenca de los peligros que corrían los días de su marido y que, después de inducirle a permanecer en Salo, pensaba llevarle más adelante fuera de Italia; por ejemplo, a alguna ciudad libre de Suiza; de este modo, para el caso de morar el príncipe, ponía en seguridad su persona y su fortuna particular.

Stendhal: Henri Beyle (Francia, 1783-1842).

La ilustración corresponde al interior del Palazzo Danndolo en Venecia, en la actualidad Hotal Danieli.

martes, 15 de mayo de 2018

Mayo: LA CARTUJA DE PARMA, de Stendhal

"... ese joven ejército que acababa de pasar el puente de Lodi..."
 
Capítulo I: Milán en 1796
 
(Párrafos iniciales)

El 15 de mayo de 1796, el general Bonaparte hizo su entrada en Milán, al frente de ese joven ejército que acababa de pasar el puente de Lodi y de mostrar al mundo que, después de tantos siglos, César y Alejandro tenían un sucesor.
 
Los milagros de audacia y de genio que Italia presenció, despertaron en pocos meses a un pueblo que dormía; ocho días antes de la entrada de los franceses, aún veían en ellos los milaneses, un atajo de bandidos acostumbrados a huir siempre ante las tropas de Su Majestad imperial y real; al menos así lo repetía tres veces por semana un periodiquillo, no mayor que la palma de la mano, impreso en papel sucio.
 
En la Edad Media eran los milaneses valientes como los franceses de la Revolución, y merecieron que su ciudad fuera enteramente arrasada por los emperadores de Alemania. Pero desde que se habían hecho fieles súbditos, su gran negocio consistía en imprimir sonetos sobre pañuelos de bolsillo de tafetán rosa, cuando se casaba alguna muchacha de familia noble o rica. Dos o tres años después de esta época memorable de su vida, la joven tomaba un caballero acompañante; a veces el nombre del oficioso amigo, elegido por la familia del marido, ocupaba un lugar honroso en el contrato matrimonial. Mucho distaban estas costumbres afeminadas de las profundas emociones que provocó la llegada imprevista del ejército francés. Pronto surgieron costumbres nuevas y apasionadas. Todo un pueblo cayó en la cuenta, el 15 de mayo de 1796, de que cuanto había respetado hasta entonces era soberanamente ridículo y a veces odioso. La salida del último regimiento austríaco fue la señal del derrumbamiento de las ideas viejas; se hizo moda exponer la vida. Se vio que para ser feliz, después de tantos siglos de hipocresía y de sosera en las costumbres, había que amar algo con pasión real y saber, en ocasiones, exponer la vida. La continuación del celoso despotismo de Carlos V y de Felipe II había sumido a los lombardos en una noche obscurísima; echaron por tierra sus estatuas y súbitamente se encontraron inundados de luz. Desde hacia unos cincuenta años, mientras en Francia se oían los estampidos de Voltaire y la Enciclopedia, los frailes gritaban al buen pueblo milanés que aprender la lectura o cualquier otra cosa era trabajo inútil, y que, en pagando muy exactamente el diezmo al cura y contándole todos los pecados, era punto menos que seguro obtener un buen sitio en el paraíso. Y para acabar de arrancarle los nervios a este pueblo, tan terrible antaño, Austria le había vendido barato el privilegio de no dar reclutas a su ejército.
 
En 1796, el ejército milanés constaba de veinticuatro faquines vestidos de rojo, que guardaban la ciudad en colaboración con cuatro magníficos regimientos húngaros. La licencia de las costumbres era extremada, pero muy raras las pasiones. Además de la molestia de tenerlo que contar todo a los curas, ocurría a los milaneses de 1796 que no sabían desear con fuerza ninguna cosa. El buen pueblo de Milán estaba, además, sometido a ciertas pequeñas trabas monárquicas que no dejaban de ser vejatorias. Por ejemplo, al archiduque que residía en Milán y gobernaba en nombre de su primo el emperador, se le ocurrió la lucrativa idea de comerciar en trigos. En consecuencia, queda prohibido a los labradores vender sus granos hasta que su Alteza no haya llenado sus depósitos.
 
En mayo de 1796, tres días después de la entrada de los franceses, un joven pintor miniaturista, un poco loco, llamado Gros, célebre más tarde, que había venido en el ejército, oyó contar en el gran café de los Servi (que entonces estaba de moda) las hazañas del archiduque, que era enorme de cuerpo. Gros cogió la lista de los helados, impresa en forma de cuadro sobre una hoja de un feísimo papel amarillo, y, a la vuelta, dibujó al obeso archiduque; un soldado francés le daba en la barriga un bayonetazo, y en lugar de sangre salía un increíble chorro de trigo. Esa cosa llamada broma o caricatura era desconocida en esta tierra de cauteloso despotismo. El dibujo, dejado por Gros encima de la mesa del café Servi, pareció un milagro del cielo; fue grabado aquella noche y al día siguiente se vendieron veinte mil ejemplares.
 
El mismo día se pegaba en las esquinas un aviso, imponiendo una contribución de guerra de seis millones para las necesidades del ejército francés, que habiendo ganado seis batallas y conquistado veinte provincias, carecía de zapatos, de pantalones, de trajes y de sombreros.

 
Stendhal: Marie-Henri Beyle (Francia, 1783-1842).
 
La ilustración corresponde al cuadro La batalla del puente de Lodi (La bataille du pont de Lodi, 1804), obra de Louis-François Lejeune.

jueves, 23 de febrero de 2017

Carnaval: ROJO Y NEGRO, de Stendhal

"El martes de carnaval del año de 1574, se encontraba la corte en Saint-Germain, rodeando al rey Carlos IX..."

(Fragmento del capítulo XL: La reina Margarita)
 
- El día 30 de abril de 1574 cayeron en la plaza de la Grève las cabezas del doncel más guapo de su siglo, Bonifacio de la Mole, y de su amigo Aníbal de Coconasso, caballero piamontés. Era la Mole el amante favorito de la reina Margarita de Navarra, y al mismo tiempo favorito también del duque de Alençon y amigo íntimo del rey de Navarra, Enrique IV, marido de su manceba real. Observe usted que nuestra señorita de la Mole se llama Matilde-Margarita. El martes de carnaval* del año de 1574, se encontraba la corte en Saint-Germain, rodeando al pobre rey Carlos IX, próximo a expirar. La Mole quiso libertar a los príncipes, sus amigos, retenidos prisioneros por Catalina de Médicis, y a este efecto, avanzó al frente de doscientos caballos hasta los muros de Saint-Germain. Tuvo miedo el duque de Alençon, y la Mole pasó a ser propiedad del verdugo.
 
«Pero lo que conmueve a la señorita Matilde, lo que ella misma me confesó hará siete u ocho años... cuando contaba doce de edad, lo que ha herido su imaginación más profundamente que la misma catástrofe política, es que la reina Margarita de Navarra, oculta en una casa del parque de la Grève, se atrevió a pedir al verdugo la cabeza de su amante, y la noche que siguió a la ejecución, a las doce en punto, se metió en una carroza con aquella querida cabeza, y fue a enterrarla en persona en una capilla situada al pie de la colina de Montmartre.
 
- ¡Será posible!- exclamó Julián, vivamente afectado.
 
- La señorita Matilde desprecia a su hermano porque no piensa, como usted ve, en esta historia antigua, ni conmemora el día triste en que la desgracia tuvo lugar. Desde la fecha de la ejecución, para recuerdo eterno de la amistad íntima que ligó a un la Mole con un Coconasso el cual Coconasso se llamó Aníbal, todos los varones de la familia llevan el nombre de Aníbal. Hay que tener presente que el tal Coconasso fue, según testimonio del propio Carlos IX, uno de los asesinos más feroces del día 24 de agosto de 1572... Pero, la verdad, mi querido Sorel; no me cabe en la cabeza que usted, siendo comensal de la casa, ignore estas cosas.
 
 
 
Stendhal: Henri Beyle (Francia, 1783-1842)
 
* El martes de carnaval de 1574 se celebró el 23 de febrero, de acuerdo con el calendario juliano.
 
La ilustración corresponde a un baile del duque d'Alençon.

sábado, 28 de junio de 2014

Espejos (58): ROJO Y NEGRO, de Stendhal

"¡Porque su luna refleja el cieno, se revuelven contra el espejo!"

(Fragmento del capítulo XLIX: La ópera bufa)

Tampoco es el amor el que se encarga de proporcionar una fortuna a los jóvenes dotados, como Julián, de algún talento: tienen éstos necesidad de aliarse con lazos estrechos a una camarilla, y si ésta tiene la suerte de hacer fortuna, sobre los que la componen llueven todos los beneficios sociales. ¡Pobre del hombre estudioso y sabio que no forma parte de un grupo, partido o camarilla! Con dificultad obtendrá triunfos insignificantes, y en cuanto a los grandes y ruidosos, puede dar por descontado que le serán robados. No olviden nuestros lectores que las novelas son espejos que pasean por la vía pública, que tan pronto reflejan el purísimo azul del cielo, como el cieno de los lodazales de la calle. Y si así es, ¿se atreverían a acusar de inmoral al hombre que lleva el espejo en su canasto? ¡Porque su luna refleja el cieno, se revuelven contra el espejo! ¡No! A quien se debe acusar es a la calle o al lodazal, y mejor aún, al inspector de limpieza que consiente que se forme el lodazal.


Stendhal: Henri Beyle (Francia, 1783-1842)

miércoles, 20 de febrero de 2013

AMOR A PRIMERA VISTA, según Nabokov, Carlos Fuentes, Stendhal, Pacheco y García Márquez


Cuando el profesor Humbert Humbert, -"el curioso apellido de su autor es invención suya", aclara el irónico prólogo de Lolita-, protagonista y narrador de la novela, se encuentra recorriendo la casa de la viuda Haze con el fin de tomar en alquiler una habitación, no puede ocultar su desagrado, y eso se lo debemos a la narración introspectiva:

«Veo que no se siente usted favorablemente impresionado», dijo la dama apoyando un instante su mano sobre mi manga. Combinaba un frío atrevimiento -el exceso de lo que se llama «aplomo»- con una timidez y una tristeza que hacían tan artificial la nitidez con que elegía sus palabras como la entonación de un profesor de «dicción». «Confieso que ésta no es una casa muy... pulcra -continuó la condenada-, pero le aseguro (y me miró los labios) que estará usted muy cómodo, muy cómodo en verdad... Permítame que le muestre el jardín» (dijo estas últimas palabras con más ánimo y con una especie de atracción simpática en la voz).

La sigue más por cortesía que por interés, pensando en terminar el recorrido y salir para abordar el próximo tren, cuando de pronto su mirada descubrirá, por fin, a  Lolita, confirmando lo que expresa Vargas Llosa sobre Humbert, "no es un libertino ni un sensual: es apenas un obseso". Este es el párrafo que corresponde a la visión inicial de la adolescente que se convertirá en obsesión y tormento del narrador por el resto de su vida.

Aún seguía a la señora Haze por el comedor cuando, más allá del cuarto, hubo un estallido de verdor –«la galería» entonó la señora Haze– y entonces sin el menor aviso, una oleada azul se hinchó bajo mi corazón y vi sobre una estera, en un estanque de sol, semidesnuda, de rodillas, a mi amor de la Riviera que se volvió para espiarme sobre sus anteojos negros. Era la misma niña: los mismos hombros frágiles y color de miel, la misma espalda esbelta, desnuda, sedosa, el mismo pelo castaño. Un pañuelo a motas anudado en torno al pecho ocultaba a mis viejos ojos de mono, pero no a la mirada del joven recuerdo, los senos juveniles. Y como si yo hubiera sido, en un cuento de hadas, la nodriza de una princesita (perdida, raptada, encontrada en harapos gitanos a través de los cuales su desnudez sonreía al rey y a sus sabuesos), reconocí el pequeño lunar en su flanco. Con ansia y deleite (el rey grita de júbilo, las trompetas atruenan, la nodriza está borracha) volví a ver su encantadora sonrisa, en aquel último día inmortal de locura, tras las «Roches Roses». Los veinticinco años vividos desde entonces se empequeñecieron hasta un latido agónico, hasta desaparecer.

Me es muy difícil expresar con la fuerza adecuada aquella llamarada, ese estremecimiento, ese impacto de apasionada anagnórisis. En el brevísimo instante durante el cual mi mirada envolvió a la niña arrodillada (sobre los severos anteojos negros parpadeaban los ojos del pequeño Herr Doktor que me curaría de todos mis dolores), mientras pasaba junto a ella en mi disfraz de adulto –un buen pedazo de triunfal virilidad–, el vacío de mi alma logró succionar cada detalle de su brillante hermosura, para cotejarla con los rasgos de mi novia muerta. Poco después, desde luego, ella, esa nouvelle, esa Lolita, mi Lolita, habría de eclipsar por completo a su prototipo. Todo lo que quiero destacar es que mi descubrimiento fue una consecuencia fatal de ese «principado junto al mar» de mi torturado pasado. Entre ambos acontecimientos, no había existido más que una serie de tanteos y desatinos, y falsos rudimentos de goce. Todo cuanto compartían formaba parte de uno de ellos.

Se podría considerar como la influencia principal de Aura al relato La cena, de Alfonso Reyes -quien devino en mentor literario de Carlos Fuentes a partir de que coincidieron en Brasil, siendo éste todavía un niño, debido a los cargos diplomáticos que desempeñaban tanto Reyes como el padre de Fuentes en la embajada mexicana-. Sin embargo, hubo quienes, como fue el caso de Ricardo Garibay, le adjudicaron el estigma de ser una copia de Los papeles de Aspern, novela de Henry James (aseveración que concita varias objeciones, aunque de momento no es este el espacio oportuno para expresarlas). De manera que no deja de ser estimulante ocuparme ahora de procurar establecer una similitud entre la Lolita de Nabokov y una obra permeada por la fantasía sobrenatural como Aura.

La cuestión es que cuando Felipe Montero visita la vieja casa en la calle de Donceles, donde vive la anciana viuda del general Llorente, tampoco tiene mucho interés en quedarse para trabajar en la redacción de las memorias del difunto. Será sólo la repentina visión de Aura, la sobrina, lo que le impedirá irse. Tal y como le ha acontecido al profesor Humbert -colega, por cierto, de Montero-: 

La señora se moverá por la primera vez desde que tú entraste a su recamara; al extender otra vez su mano, tú sientes esa respiración agitada a tu lado y entre la mujer y tú se extiende otra mano que toca los dedos de la anciana. Miras a un lado y la muchacha esta allí, esa muchacha que no alcanzas a ver de cuerpo entero porque esta tan cerca de ti y su aparición fue imprevista, sin ningún ruido -ni siquiera los ruidos que no se escuchan pero que son reales porque se recuerdan inmediatamente, porque a pesar de todo son mas fuertes que el silencio que los acompañó-.
- Le dije que regresaría...

- ¿Quien?
- Aura. Mi compañera. Mi sobrina.
- Buenas tardes.
La joven inclinará la cabeza y la anciana, al mismo tiempo que ella, remedará el gesto.
- Es el señor Montero. Va a vivir con nosotras.
Te moverás unos pasos para que la luz de las veladoras no te ciegue. La muchacha mantiene los ojos cerrados, las manos cruzadas sobre un muslo: no te mira. Abre los ojos poco a poco, como si temiera los fulgores de la recámara. Al fin podrás ver esos ojos de mar que fluyen, se hacen espuma, vuelven a la calma verde, vuelven a inflamarse como una ola: tú los ves y te repites que no es cierto, que son unos hermosos ojos verdes idénticos a todos los hermosos ojos verdes que has conocido o podrás conocer. Sin embargo, no te engañas: esos ojos fluyen se transforman como si te ofrecieran un paisaje que sólo tú puedes adivinar y desear.
- Sí. Voy a vivir con ustedes.

Y para ahondar un poco más en el tema, también resulta pertinente referir la situación opuesta, el joven ante la mujer madura, al momento en el que Julián Sorel, cuando reniega ante la posibilidad de ser el preceptor de los hijos del alcalde y verse obligado a residir en su mansión, se encuentra por primera vez con Madame de Rênal, en Rojo y negro, de Stendhal:

Giró con rapidez sobre sus talones Julián, quien ante la mirada dulce y llena de gracia de la señora de Rênal, perdió buena parte de su timidez. La belleza de la dama que tenía delante fue parte a que lo olvidara todo, incluso el objeto que a la casa le llevaba. La señora de Rênal hubo de repetir su pregunta.

-Vengo para ser preceptor, señora- pudo responder al fin, bajando avergonzado los ojos, llenos de lágrimas que procuró secar como mejor pudo.

La señora de Rênal quedó muda de asombro. Julián no había visto en su vida una criatura tan bien vestida, y mucho menos así de hermosa, hablándole con expresión tan dulce.
Experiencia similar a la que narra José Emilio Pacheco en sus Batallas en el desierto, cuando describe el momento en el que Carlitos visita por primera vez el departamento en el que vive su amigo de la escuela: Nunca pensé que la madre de Jim fuera tan joven, tan elegante y sobre todo tan hermosa. No supe qué decirle. No puedo describir lo que sentí cuando ella me dio la mano. Me hubiera gustado quedarme allí mirándola.

Imposible olvidar que también Emilio Sinclair se enamoraba de Eva, la madre de su condiscípulo Max, en Demián, de Hermann Hesse.

No sólo en Lolita y Aura se repetirá esa situación en que la fuerza de la presencia femenina de una joven es capaz de retener al protagonista. En Memoria de mis putas tristes, de García Márquez, el anciano que ha decidido obsequiarse una virgen al cumplir los noventa años, se topa con el cuerpo indefenso de la adolescente a quien más tarde decidirá bautizar como Delgadina: 

No había escapatoria. Entré en el cuarto con el corazón desquiciado, y vi a la niña  dormida, desnuda y desamparada en la enorme cama de alquiler, como la parió su madre. Yacía de medio lado, de cara a la puerta, alumbrada desde el plafondo por una luz intensa que no perdonaba detalle. Me senté a contemplarla desde el borde de la cama con un hechizo de los cinco sentidos. Era morena y tibia.

El impacto que provoca en los personajes el descubrimiento del ser que los deslumbra es la constante de estos encuentros aquí mencionados. Eso mismo que el habla popular denomina "amor a primera vista".

Jules Etienne

(La traducción al español de Lolita es de Enrique Tejedor, y la de Rojo y Negro es de Consuelo Berges).

jueves, 2 de diciembre de 2010

Páginas ajenas, a propósito de los carbonarios: VANINA VANINI, de Stendhal (fragmentos)


 
Aquel día tuvo suerte en su convite; los hombres estaban deslumbrados. Entre tantas mujeres destacadas, hubo que decidir cuál era la más bella: la elección no fue fácil, pero al fin quedó proclamada reina del baile la princesa Vanina, aquella joven de pelo negro y ojos de fuego. Inmediatamente los extranjeros y los jóvenes romanos abandonaron los demás salones y se aglomeraron en el que estaba ella.
(...)
 
A medianoche se difundió por el baile una noticia que suscitó bastante interés. Un joven carbonario que estaba encarcelado en el fuerte de Sant'Angelo acababa de fugarse, disfrazado, esa misma noche y, en un alarde de audacia novelesca, al llegar al último cuerpo de guardias de la prisión, había atacado a los soldados con una daga; pero resultó herido, los esbirros le seguían por las calles siguiendo el rastro de su sangre por lo que se esperaba su captura.

Mientras se comentaba esa anécdota, don Livio Savelli, deslumbrado por la gracia y la belleza de Vanina, con quien había estado bailando, le decía, al acompañarla a su lugar y deslumbrado por ella:

- Pero, por Dios, ¿quién puede conquistar su agrado?

- Ese joven carbonario que recién acaba de fugarse -le respondió Vanina-. Por lo menos, ha hecho algo más que tomarse el trabajo de nacer.
(...)
 
Sus dos hijos se hicieron jesuitas y luego murieron locos. El padre los ha olvidado pero le contraría mucho que su hija única, Vanina, no quiera casarse. Tiene ya diecinueve años y rechaza partidos brillantísimos. ¿Por qué razón? Por la misma que tuvo Sila para abdicar: su desprecio por los romanos.
(...)
 
- Pues bien, tú tienes valor; no te falta más que una elevada posición: te ofrezco mi mano y doscientas mil liras de renta. Yo me encargo de obtener el consentimiento de mi padre.

Pietro se arrojó a sus pies; Vanina estaba radiante de gozo.

- Te amo con pasión -le dijo el carbonario-, pero soy un pobre servidor de la patria, y cuanto más desgraciada es Italia, más obligado estoy a serle fiel. Para obtener el consentimiento de don Asdrúbal tendría que desempeñar un triste papel durante años. No te acepto, Vanina.

Missirilli se apresuró a comprometerse con estas palabras. Iba a faltarle el valor.

- Para mi desgracia -exclamó-, te amo más que a la vida y dejar Roma es para mí el peor de los suplicios.
(...)
 
- Pero -le dijo- me hice de una llave del despacho de mi tío, por los papeles que encontré allí, me he enterado de que una comisión compuesta por los cardenales y los prelados más importantes, se reúnen en el mayor secreto para deliberar sobre la cuestión de si conviene juzgar a esos carbonarios en Ravena o en Roma. Los nuevos carbonarios detenidos en Forli, y su jefe, un tal Missirilli, que cometió la tontería de entregarse, están en este momento detenidos en el castillo de San Leo.*
(...)
 
- Si yo amara algo en el mundo, sería usted, Vanina; pero, gracias a Dios, ya no tengo más que una finalidad en la vida: moriré encarcelado o intentando dar la libertad a Italia.

Stendhal: Henri Beyle (Francia, 1783-1842)
 
* El castillo de San Leo es el mismo en el que murió Cagliostro, se dice que estrangulado.