Vancouver: luz de agosto en la bahía. (Fotografía de Jules Etienne).
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sábado, 16 de septiembre de 2023

El tequila como símbolo del festejo patrio


"... y podía cuando menos agradecer al tequila tal
honestidad, por breve que fuese su duración."

Malcolm Lowry en Bajo el volcán.
 
Cada año, durante esta temporada septembrina en que se acostumbra a celebrar, con desvelos y tragos, el llamado Grito de la Independencia, el fervoroso ritual gira con frecuencia en torno a una botella de tequila. En ningún momento durante el resto del año ni bajo cualquier otro pretexto, se consume tanto tequila como en estas fechas. Las estadísticas no mienten, los robos de licores se triplican y el principal objetivo suele ser el tequila, la bebida más simbólica para refrendar la condición de mexicano: euforia, patrioterismo ocasional y violencia, que exaltan su intensidad.
 
La literatura no ha sido ajena a su influjo. Tal vez la novela más emblemática sea Nieves, de José López Portillo y Rojas, no sólo porque acontece precisamente en la población de Tequila, en el estado de Jalisco, sino porque además el protagonista desciende de fabricantes de tequila. Los renglones con que da principio ya presagian el entorno en el que acontecerá la acción: "Cierto que Tequila debe su celebridad a ser el centro de producción alcohólica que lleva su nombre." Más adelante un pasaje de la obra se ocupa del proceso para su destilación y se extiende a lo largo de varias páginas. Luego de esa prolija descripción concluye con que: "El líquido que se recoge es el famoso aguardiente de Tequila, que tibio, es dulce y no quema la boca; embria- ga fácilmente y se llama tuba".

El poeta Efraín Huerta recordaba su encuentro con Pablo Neruda en 1942:
 
Tres oradores abrieron el programa, y dos poetas lo cerraron: Pablo Neruda y yo.  Poco antes de empezar el acto, Pablo me invitó a tomar una copa. Lo  que quería era leerme el poema que diría. Era el Canto a Stalingrado.  La cantina donde brindamos con tequila está allí todavía: La Castellana, en Antonio Caso e Insurgentes Centro. Yo sólo le recomendé a Pablo que cierta palabra sucia la suprimiera, o que la pusiera en francés, por sonar más belicosa. Se quedó en francés.”
 
El mismo Huerta que le recomendaría a su amigo, el peruano Hildebrando Pérez, la mejor manera de beberlo, en Para que aprenda a tomar un caballito de tequila.
 
Acerca la mano hacia la ansiosa boca, como a la distancia de más o menos veinte centímetros: abre la boca y con la mano derecha golpea los dedos –tensos– de la mano izquierda. La sal salta hacia la boca y el ritual empieza. Chupa un limón. Bebe.
Un caballito te da de cinco a seis sorbitos
”.
 
Muchos años después, el chileno Roberto Bolaño, quien viviera una larga temporada en México, escribió en su poema Para Efraín Huerta: “… mientras a tus espaldas los poetas/ bebían tequila y hablaban en voz baja.”
 
Carlos Fuentes en Cambio de piel, tras de que el mozo entra con una botella de tequila sobre una bandeja de latón y la deja sobre la mesa, advierte:
 
- Esto no me va a caer bien, Ligeia. Lo sabes de sobra. Los dos se miraron mientras sorbía lentamente el tequila.”
 
El cónsul alcohólico que protagoniza la novela Bajo el volcán, de Malcolm Lowry, exaltaba algunas de sus cualidades: “hasta (y podía cuando menos agradecer al tequila tal honestidad, por breve que fuese su duración) de ser amado.”
 
Jack Kerouac, emblema de la generación beatnik, es autor de En el camino, donde define a México como el país de la tierra caliente y el tequila. Tom Robbins lo alude con frecuencia, por ejemplo, en También las vaqueras sienten melancolía, cuando comienza el incendio y la orquesta sigue tocando Allá en el rancho grande: “Sacó la madre a la hija del remolque como si la sacase del Club El Lagarto en llamas. (En el punto culminante del pavoroso incendio una hilera de botellas de tequila sobrecalentadas empezaron a estallar entre las llamas)". Y en Naturaleza muerta con pájaro carpintero se ocupa a su vez del tequila, como “la bebida favorita de los delincuentes” a quienes suele traicionar, y lo define como “líquido geométrico de la pasión”, un “dios majadero que copula en el aire con las almas de las vírgenes moribundas” y también “agua salvaje de la hechicería”.

Relación que viene a coincidir  con la que por su parte establece el británico D. H. Lawrence en La serpiente emplumada, cuando describe: “... las caras verdaderamente terribles de algunos tipos de la ciudad, tumefactas a causa del veneno del tequila y con los ojos un poco vidriosos y como si mirasen a través de un velo de maldad. En ninguna parte había encontrado rostros en los que se pintase el mal con tanta claridad como los que se veían en México.”

Otro inglés, como lo era Lawrence, que se ocupó de México a lo largo de su obra -con una visión a menudo acerba-, fue Graham Greene, quien menciona al tequila en sus novelas El poder y la gloria y Caminos sin ley, además del relato El billete de lotería, las cuales revisaremos en otra ocasión.
 
Debo, por supuesto, mencionar los poemas Ponderación y signo del tequila, del colombiano Álvaro Mutis y Entre la piedra y la flor, de Octavio Paz, pero mejor he optado por  incluirlos completos en los próximos días, lo mismo que las referencias hechas por José Revueltas en sus novelas Los días terrenales y Los errores, por Martín Luis Guzmán en La sombra del caudillo, y Mariano Azuela en Los de abajo, así como unos párrafos del relato Jugando con bombas, del enigmático B. Traven.

Cómo olvidar que el perro del rancho en Como agua para chocolate, de Laura Esquivel, se llamaba precisamente Tequila, y que los personajes gemelos de La zona del silencio, de Homero Aridjis, llevaban por nombre Mezcal y Tequila.
 
Jules Etienne

miércoles, 2 de noviembre de 2022

Día de los muertos: BAJO EL VOLCÁN, de Malcolm Lowry

"Hacia la hora del crepúsculo del Día de Muertos, en noviembre de 1939..."

(Fragmento del primer capítulo)

En las afueras de la ciudad, cerca de la estación del ferrocarril, se yergue, en una colina ligeramente más alta, el Hotel Casino de la Selva. Está situado bastante lejos de la carretera principal y lo rodean jardines y terrazas que, en cualquier dirección, dominan un amplio panorama. Aunque palaciego, lo invade cierta atmósfera de desolado esplendor. Porque ya no es un casino. Ni siquiera se pueden apostar a una partida de dados las bebidas que se consumen en el bar. Lo rondan fantasmas de jugadores arruinados. Nadie parece nadar jamás en su espléndida piscina olímpica.

Vacíos y funestos están los trampolines. Los frontones, desiertos, invadidos de hierba. Sólo dos campos de tenis se mantienen en buen estado durante la temporada. Hacia la hora del crepúsculo del Día de Muertos, en noviembre de 1939, dos hombres, vestidos de franela blanca, estaban sentados bebiendo anís en la terraza principal del Casino. Habían jugado primero al tenis, luego al billar, y las raquetas envueltas en fundas impermeables y cautivas en sus prensas -la del doctor, triangular, la del otro, cuadrangular- descansaban frente a ellos en el parapeto. Mientras se acercaban las procesiones que descendían serpeando por la colina detrás del hotel, llegaban hasta ambos los sonidos plañideros de sus cánticos; se volvieron para ver a los dolientes, a los que sólo pudieron distinguir poco después, cuando las melancólicas luces de sus velas comenzaron a girar entre los lejanos haces de los maizales.


Malcolm Lowry (Inglaterra, 1909-1957).

martes, 6 de noviembre de 2018

Vivir y morir BAJO EL VOLCÁN según Malcolm Lowry

"... se sintió feliz cuando surgió a la vista el Popocatépetl dominando el paisaje por un rato..."
 
En estas fechas resulta inevitable recordar algunos pasajes de Bajo el Volcán, considerada de manera unánime entre las novelas más notables del siglo pasado, cuya acción transcurre en Cuernavaca -a la que Lowry, de modo peculiar, se refiere en la novela como Quauhnáhuac, su nombre en náhuatl-, en esta época del año: "Hacia la hora del crepúsculo del Día de Muertos, en noviembre de 1939...", y lo narrado corresponderá a lo que "había ocurrido hacía hoy exactamente un año." Escuchando con atención "podía percibirse un sonido confuso y remoto -claro y, sin embargo, inseparable del minúsculo murmullo, del sonsonete de los dolientes- como de un cántico que se elevaba para luego caer, y un pisoteo regular -los estallidos y gritos de la fiesta que había durado todo el día."

El título de la novela, como se va haciendo obvio conforme se avanza en la lectura de la misma, proviene del volcán que asume la función de testigo permanente y al que el protagonista observa, imagina y recuerda de manera obsesiva, por eso desde cualquier lugar "aparecían testimonios de la presencia y antigüedad del Popocatépetl", y un pasaje previo describe como su esposa Yvonne "se sintió feliz cuando surgió a la vista el Popocatépetl dominando el paisaje por un rato, mientras ascendían la colina que quedaba más adelante." El siguiente es uno de los párrafos que mejor lo expresa:

"¡Los volcanes! ¡Qué sentimental podía uno ponerse con ellos! Ahora se trataba del volcán; porque en cualquier posición que colocara el espejo no podía ver al pobre Ixtla, el cual, eclipsado, había desaparecido, mientras que el Popocátepetl, el reflejarse en el espejo, parecía más bello aún con su cúspide que brillaba contra un fondo de nubes apiñadas." 

Aun cuando la trama se desarrolla en México durante dicha jornada en particular, Lowry escribió y reescribió la novela durante diez años, la mayor parte de ellos en su cabaña de Dollarton, junto a North Vancouver. Por eso la alusión a Canadá parecería inevitable:

"- ¿Has estado en el Canadá? -le preguntó Hugh.

- Estuve en las Cataratas del Niágara.

Prosiguieron. Hugh seguía sujetándole la rienda.

- Yo nunca he estado en el Canadá. Pero en España, un tipo amigo mío, pescador franco-canadiense que estuvo con los Mac-Paps, me decía que es el lugar más extraordinario del mundo. Cuando menos la Columbia Británica.

- Es lo que también solía decir Geoffrey."

Para terminar, una referencia a la celebración del día de los difuntos en donde se advierte la insólita belleza siniestra que permea la totalidad de la obra:

"Sin que nadie lo viera, el Cónsul tropezó con un puesto (en el que uno podía fotografiarse con su novia, sobre un fondo aterradoramente tempestuoso, verde y espeluznante, con un toro que embestía y el Popócatepetl en erupción) y pasó con el rostro vuelto a otra parte, frente al lastimoso Consulado Británico, cerrado, donde el león y el unicornio desde el escudo de color azul desteñido le contemplaron apesadumbrados. ¡Qué vergüenza! Pero seguimos a pesar de todo, estando a tu servicio, parecían decir. Dieu et mon droit. Los niños lo habían abandonado. Sin embargo, había perdido el rumbo. Iba llegando al límite de la feria. Cerradas, se alzaban allí misteriosas tiendas de lona, y yacían desplomadas o dobladas. Las primeras parecían casi humanas, despiertas, en espera; las otras, tenían el aspecto arrugado y encogido del hombre que, a pesar de estar dormido, anhela, aun en su inconsciencia, estirar los miembros. Más allá, en las lejanas fronteras de la feria, era, de hecho, día de muertos."

Jules Etienne

sábado, 5 de octubre de 2013

Ciudadanos del mundo: VOCACIÓN ERRANTE, NI DE AQUÍ NI DE ALLÁ


Ya en otras ocasiones me he referido al concepto de ciudadano del mundo que, al parecer, tuvo su origen en una frase de Sócrates: "No soy ni de Atenas ni de Corinto, soy un ciudadano del mundo". Al margen de las ocupaciones cuya esencia es viajera -como los exploradores, marinos, pilotos aviadores y azafatas o transportistas-, en ese aspecto uno de los oficios más paradójicos es el de escritor. Y es que para serlo se requieren largas jornadas de aislamiento que supondrían una naturaleza sedentaria, sin embargo, es bien sabido que entre los individuos más inquietos se cuentan los escritores. Es raro aquel que nace y muere en el mismo lugar. Casi todos han radicado en distintas naciones en determinada época de sus vidas. Algunos con motivo de sus estudios, otros porque tampoco les es ajeno el desempeño de encomiendas diplomáticas, la mayoría por la mera inquietud de conocer el mundo, y desafortunadamente muchos -más de los que sería deseable-, lo hacemos en un exilio forzoso.

Esto último se debe al papel que los escritores asumen con frecuencia como la voz de una sociedad o de ser también quienes llevan el recuento histórico de una nación. Sabido es que para quienes ejercen el poder siempre resulta incómodo afrontar los juicios sobre su desempeño, la enumeración de sus abusos y hasta recibir las propuestas para enmendar los errores cometidos. El escritor, por esencia, no puede ni debe permanecer en silencio, a reserva de convertirse en cómplice de los políticos y dejar de merecer su condición de conciencia crítica.

Jean-Marie Gustave Le Clézio, francés que recibió el premio Nobel de literatura en 2008, sería el epítome del trotamundos: su infancia transcurrió entre la Francia ocupada de la segunda guerra y Nigeria, luego vivió en Tailandia, México (tradujo Las profecías del Chilam Balam al francés y escribió una tesis sobre la conquista de Michoacán), Panamá, Estados Unidos y, sobre todo, en la remota isla de Mauricio, en busca de sus raíces genealógicas. Por si no fuera suficiente, se casó con una mujer originaria de Marruecos, de nombre Jemia, con quien tuvo dos hijas. Esta es una de sus reflexiones sobre nuestro mundo globalizado:

La condición de extranjero hoy nos define como humanos, pese a que vivimos en sociedades en las que el hogar, las fronteras y las leyes sociales son importantes. Lo que se llama mundialización es el invento de un ser humano nuevo que supera las fronteras y se comunica de diversas maneras nuevas. Un extranjero es alguien que puede imaginar los otros mundos y puede trasladarse a otras civilizaciones. En el mundo actual no existe choque de culturas. Hay un poder central del mundo industrial y tecnológico, pero las culturas se resisten a ese poder y se afirman en su medio. Ese enfrentamiento responde al esfuerzo por sobrevivir.

Francia no tuvo la suerte de países como los de América Central o del Sur, que aceptaron una inmigración sin prejuicios. Alemania, España, Italia y Francia se congelaron en un autorrespeto de su historia, y eso es ilusorio. Ahora construyen murallas mentales para impedir la mezcla, pero ésta es una corriente natural. Son sociedades que se vuelven más racistas, más xenófobas.”

Y así nos encontramos con que entre los españoles que llegaron a México durante la guerra civil, estaban Luis Cernuda, Max Aub, Ramón Xirau y Tomás Segovia -estos dos últimos todavía adolescentes-, mientras que León Felipe decía: "Tú te quedas con todo y me dejas desnudo y errante por el mundo..." A Rafael Alberti no le permitieron desembarcar en Tampico, de otra manera su nombre seguramente se habría unido a los mencionados, en cambio, junto con Gómez de la Serna y Francisco Ayala, se exilió en Argentina. También Antonio Machado tuvo que salir de España, aunque el prefirió permanecer en Europa y quedó enterrado en el poblado francés de Coilloure: "Murió el poeta lejos del hogar/ le cubre el polvo de un país vecino."

Con el ascenso de Hitler al poder, en 1933, Thomas Mann se trasladó a Suiza –donde le había precedido Hermann Hesse-, y después a Estados Unidos, durante la guerra. Adquirió la ciudadanía checoeslovaca, primero, y la estadonidense más tarde, por lo que le retiraron la nacionalidad alemana. Años después de concluida la guerra se le restituyó en forma honoraria en Lübeck, su ciudad natal. Murió, al igual que Hesse, en Suiza. Su hermano Heinrich fue declarado persona non grata por los nazis y logró huír a Francia, para después encontrarse con Thomas en Estados Unidos.

Al igual que los hermanos Mann, el ruso Vladimir Nabokov llegó a radicar en los Estados Unidos durante la guerra, cuando tenía cuarenta años de edad. Y si bien su biografía indica que nació en San Petersburgo y murió en Suiza, su novela más conocida, Lolita, fue escrita en idioma inglés cuando vivía en Ashland, Oregon.

En su discurso de agradecimiento al recibir el premio Nobel de literatura ante la Academia Sueca, en 1971, Pablo Neruda narraba la forma en que tuvo que atravesar los Andes a caballo, para poder salir de Chile rumbo a Argentina. Vivió su exilio primero en París y, sobre todo, en Italia.

Cuando T. S. Eliot obtuvo ese mismo premio en 1948, su nacionalidad era la británica -nació en St. Louis Missouri, en Estados Unidos-. En cambio, Saul Bellow era originario de Lachine, en la provincia canadiense de Québec, pero al recibir el Nobel en 1976, era ciudadano estadounidense.

El colombiano García Márquez se había establecido en México y el peruano Vargas Llosa en Barcelona, cuando a su vez también recibieron el Nobel. Julio Cortázar nació en Bruselas y falleció en París, sin embargo, es uno de los escritores argentinos más destacados del siglo 20. Otro argentino, Jorge Luis Borges, pasó los últimos años de su vida en Suiza -como Chaplin-, donde murió en 1986. El mexicano Carlos Fuentes radicó en Venecia por una corta temporada, después en París cuando ocupaba el cargo de embajador, más tarde se estableció en Londres para finalmente regresar a morir en México, que tampoco era su país natal, puesto que nació en Panamá, lugar en el que su padre desempeñaba un cargo diplomático en 1928. Sus restos reposan en un cementerio parisino al igual que los de Julio Cortázar.

Malcolm Lowry era un inglés que vivía en North Vancouver -al otro lado de la bahía-, durante la época en la que escribió su célebre novela Bajo el volcán, que transcurre durante un día de muertos en la ciudad de Cuernavaca, en México. Por su parte, William Gibson es un estadounidense que reside desde la década de los años setenta en una de las pequeñas islas del estrecho de Georgia (el mismo al que José Emilio Pacheco le dedicó un poema con ese título, ya que radicó en Vancouver en una época de su vida), en esta provincia canadiense de la Columbia Británica –desde la que también escribo la presente crónica-. A él se debe la creación del término hoy de uso común ciberespacio, en su obra de ciencia ficción Neuromante (Neuromantic), la gran ironía del asunto estriba en que tan avanzado futurismo fue creado en una antigua máquina de escribir todavía mecánica.

Y como los anteriores hay numerosos ejemplos más. Es como si los escritores hubiesen venido repitiendo la expresión socrática con la que inicia este texto, a lo largo de todos estos siglos, frase a la que Facundo Cabral parecería haberle puesto música: "No soy de aquí, ni soy de allá".

 
Jules Etienne