Vancouver: luz de agosto en la bahía. (Fotografía de Jules Etienne).
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viernes, 28 de octubre de 2022

Octubre: EL ÁNGEL QUE NOS MIRA, de Thomas Wolfe

"Pensó en los hombres que habían sido enterrados aquel día, y en todas las mujeres que lloraban..."

(Fragmento del capítulo 37)

Era octubre, y las hojas tiritaban. Empezaba el crepúsculo. El sol se había hundido en el horizonte, las montañas del oeste se desvanecían en una fría niebla purpúrea, pero el cielo ardía todavía en melladas franjas de color naranja. Era octubre.

Eugene andaba rápidamente, siguiendo el curso sinuoso y pavimentado de la calle Rutledge. Flotaba un olor a niebla y a cena en el aire: un cálido vapor empañaba los cristales de las ventanas, y se oía el fuerte siseo del yantar puesto a cocer. Había voces confusas y lejanas, y olor a hojas quemadas, y un cálido fulgor amarillo de luces.

Se adentró en un camino sin pavimentar, junto al gran sanatorio rodeado de árboles. Oyó las risas frescas de las negras en la cocina, el mantecoso susurro de la comida en la sartén, las toses secas de los enfermos de los pulmones en la galería.

Caminó vivamente por el camino lleno de hoyos, entre un seco arrastrar de hojas. El aire era frío, perlino, crepuscular; en lo alto, brillaban pálidamente unas pocas estrellas. La villa y la casa habían quedado atrás. Había canciones en los grandes pinos del monte.

Dos mujeres bajaron por el camino y se cruzaron con él. Vio que eran campesinas. Vestían viejas prendas negras, y una de ellas estaba llorando. Pensó en los hombres que habían sido enterrados aquel día, y en todas las mujeres que lloraban. ¿Volve- rán?, se preguntó.

Cuando llegó a la puerta del cementerio la encontró abierta. Entró rápidamente y anduvo a paso vivo por el ondulado camino que serpenteaba alrededor de la cresta de la colina. Las hierbas estaban secas y marchitas; una ajada corona de laurel reposaba sobre una tumba. Al acercarse a la parcela de su familia, su pulso se acele- ró un poco.

Thomas Wolfe (Estados Unidos, 1900-1938).

La ilustración corresponde al detalle de una fotografía de Jolene Hansen.

lunes, 29 de marzo de 2021

Miércoles de ceniza: EL ÁNGEL QUE NOS MIRA, de Thomas Wolfe

"Sólo el Bufón de Lear le parecía admirable; un bufón triste, trágico, misterioso."

(Fragmento del capítulo 23)

Leyó todas las obras menos Timón, Tito Andrónico, Pericles, Coriolano y El rey Juan, pero la única que mantuvo su interés desde el principio hasta el fin fue El rey Lear. Muchos famosos pasajes declamatorios le habían sido familiares durante años, gracias a los recitados de Gant, pero ahora le cansaban. Y todos los juegos de palabras de los bufones, que Margaret reía sumisamente y eran exhibidos como muestra del gran ingenio del maestro, sentía vagamente que eran muy obtusos. Nunca confió en el humor de Shakespeare, pues sus graciosos no eran solo bufones pomposos, sino también insulsos.

«Por mi parte preferiría conllevar contigo a cargar contigo; sin embargo, no llevaría ninguna cruz si cargase contigo, pues creo que no llevas dinero en la bolsa.»

Estas cosas le recordaban desagradablemente a los Pentland. Sólo el Bufón de «Lear» le parecía admirable; un bufón triste, trágico, misterioso. En cuanto a los demás, componía parodias que, con maliciosa sonrisa, se decía que harían desternillarse de risa a la posteridad. Tales como: «Sí, tío, y si el martes de carnaval fuese miércoles de ceniza, yo caparía a tu gallo, como dijo Tom O’Ludgate al pastor cuando vio que ya no había velloritas. ¿Ladras con dos gargantas, Cerbero? Siéntate, muchacho, ¡siéntate!».

Thomas Wolfe (Estados Unidos, 1900-1938).

viernes, 20 de septiembre de 2019

Tu boca: DEL TIEMPO Y EL RÍO, de Thomas Wolfe

"¡Yo te conmoveré, yo fundiré ese hielo, mi amor... por Dios, yo te poseeré!..."
 
(Fragmento del capítulo LXXXVI)

- Dime -requirió con voz ahogada, mientras la zarandeaba-. ¡Dime algo!... ¡Haz algo!... ¡No te quedes parada como una esfinge!... ¿Quién diablos crees que eres, al fin de cuentas?... ¿Por qué has de ser mejor que los demás?... ¡Ann! ¡Ann! ¡Mírame!... ¡Habla! ¿Qué te pasa?... ¡Ah, maldita seas! -susurró, salvaje e inconsciente-. ¡Te quiero!... Mujerzuela de Boston, grande, tonta, hermosa -susurró amorosamente-, vuelve la cara hacia mí... mírame... ¡Por Dios! ¡Basta ya! -murmuró agitadamente, y por primera vez, con una especie de desesperación, la besó en la boca, y mirando hacia su alrededor como un loco, sin saber lo que hacía, empezó a tirar de ella y a arrastrarla hacia la cama, susurrando-: ¡Por Dios, lo haré! ¡Mujerzuela de Boston, grande, tonta, hermosa!... ¡Ann! -exclamó con exaltación-. ¡Yo te conmoveré, yo fundiré ese hielo, mi amor... por Dios, yo te poseeré!... ¡Ah, tu brazo! -comenzó a decir ávidamente, mientras levantaba el brazo esbelto de la muchacha en un éxtasis gradual y desgarrador y mordía su hombro- y tu cuello, y tu rostro cálido y tu boca hosca y tu perfume, y tu vientre precioso; ese vientre blanco, hermoso, fecundo de mi muchacha de Boston... ese vientre como para tener doce hijos... y las caderas anchas, y los muslos torneados, y las ancas de la cintura a las rodillas... ¡ah, tierra salvaje, virgen, mansa, fértil, yo te fecundaré! -exclamó triunfante-... y tus ojos mansos y tus manos largas y tus dedos finos... ¿de dónde has sacado esas manos graciosas, delicadas, preciosas...? ¡Ven! -dijo lleno de un suave deseo asesino, y de pronto sintió temblar los largos dedos de la muchacha sobre su brazo, los tomó entre sus manos y los sintió allí, y sintió temblar todo su cuerpo grande y pesado bajo su abrazo. Y súbitamente se sintió invadido por una situación intensa, indescriptible, de compasión y arrepentimiento.


Thomas Wolfe (Estados Unidos, 1900-1938).

domingo, 23 de diciembre de 2018

Día de los muertos: DEL TIEMPO Y EL RÍO, de Thomas Wolfe

"El Hudson penetra lentamente en la tierra; es como (...) la víspera del día de Todos los Santos..."

(Fragmento inicial del capítulo cincuenta y ocho)

Después de recorrer el puerto, el río Hudson desemboca en el mar. Los ríos jamás se detienen.
 
El Hudson penetra lentamente en la tierra; es como una tina rebosante de púrpura y vino dulce. Es como las profundidades de la noche; como las llamas sobre el farallón; como los ecos de los duendes; y la vieja Holanda, y la víspera del día de Todos los Santos. Es como el jinete fantasma, las ramas agitadas y los vientos enloquecidos, y es como la sidra y las grandes fogatas invernales de los holandeses.
 

Thomas Wolfe (Estados Unidos, 1900-1938).
 
(Traducido al español por Marga Gómez Segalés).
La ilustración corresponde a Amanecer sobre el río Hudson, de Malerie Yolen-Cohen. 

miércoles, 19 de julio de 2017

Carnaval: EL ÁNGEL QUE NOS MIRA, de Thomas Wolfe

"... y el gran espectáculo del carnaval en la calle Canal; las carrozas engalanadas, las sonrientes bellezas..."
 
(Fragmento del capítulo seis)
 
El invierno siguiente fue a Nueva Orleans para las fiestas de carnaval llevándose también a su hijo menor. Eugene recordaba las enormes cisternas en el patio de atrás de la casa de la tía Mary, los fuertes ronquidos de Mary, que hacían temblar las ventanas por la noche, y el gran espectáculo del carnaval en la calle Canal; las carrozas engalanadas, las sonrientes bellezas, los desfiles y los soldados, las máscaras grotescas y fantásticas. Y volvió a ver barcos anclados al pie de la calle Canal, y sus altas proas asomándose sobre la calle desde detrás del malecón; y, en los cementerios, las tumbas elevadas sobre el suelo, «porque -decía Oll, el sobrino de Gant- el agua de mar los corrompe más de prisa».
 
Y recordaba los olores del mercado francés, el fuerte aroma del café que tomaba allí, y la vida exótica de la alegría dominguera de la ciudad, con los teatros abiertos, el ruido de martillos y de sierras, y el aire festivo de la muchedumbre. Visitó a los Boyle, antiguos huéspedes de Dixieland, que vivían en el barrio viejo francés, y durmió por la noche con Frank Boyle en una gran habitación oscura, débilmente iluminada con candelas. Tenían como cocinera a una vieja negra que solo hablaba francés y que volvía del mercado por la mañana, temprano, trayendo una enorme cesta llena de verduras, frutas tropicales, aves y carne. Cocinaba platos extraños y deliciosos que él nunca había probado: fuerte quimbombó, filetes con guarnición, aves con salsa.
 
Y contemplaba la enorme serpiente amarilla del río, soñando en sus lejanas playas, en los innumerables estuarios rebosantes de vegetación tropical, en la vida romántica de las plantaciones y de los campos de caña que lo flanqueaban, en la luz de la luna, en los negritos que bailaban en el malecón, en las luces lentas del dorado barco fluvial y en la carne perfumada de mujeres de negros cabellos, espectros musicales al pie de unos árboles que, con sus ramas caídas, parecían fantasmas.
 
Hacía poco que habían regresado del carnaval cuando, una ventosa noche de invierno en que Eugene dormía en casa de Gant, los terribles gritos de su padre despertaron a toda la casa. Gant había estado bebiendo desaforadamente, día tras día. Eugene tenía que ir por las tardes a buscarlo al taller y, al ponerse el sol, con la ayuda de Jannadeau, lo traía a casa, detrás del derrengado caballo del negro y lanzando gritos de borracho.


Thomas Wolfe (Estados Unidos, 1900-1938).
 
(Traducido al español por José Ferrer Aleu)