Vancouver: luz de agosto en la bahía. (Fotografía de Jules Etienne).
Mostrando las entradas con la etiqueta Marguerite Yourcenar. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta Marguerite Yourcenar. Mostrar todas las entradas

sábado, 16 de diciembre de 2023

Solsticio de invierno: EL TIEMPO, GRAN ESCULTOR, de Marguerite Yourcenar

"... los días en lo sucesivo se irán acortando hasta el nadir del solsticio de invierno."

(
Fragmento)

Pero al pensar en una fiesta del solsticio, un extraño vértigo se apodera de nosotros, semejante al de un hombre que se mantiene en equilibrio sobre una esfera resbaladiza. Esa plena medida de luz, ese día más largo del año que en el Cabo Norte dura cerca de diez semanas, es también el momento en que reina la noche en la Antártida, iluminada tan sólo por los fuegos lejanos de los astros. Aún más, ese apogeo señala el comienzo de un descenso; los días, en lo sucesivo, se irán acortando hasta el nadir del solsticio de invierno; el invierno astronómico comienza en junio, así como el verano astronómico comienza en diciembre, cuando las horas de luz crecen imperceptiblemente de nuevo hasta llegar a la cúspide que constituye el día de San Juan. Tenemos ante nosotros tres meses de prados verdes, de flores, de cosechas, de arena caliente en las playas, de cantos en las ramas, pero el movi- miento del cielo está preparando ya nuestro invierno, al igual que en pleno invierno prepara el verano. Estamos atrapados en esa doble espiral ascendente y descen- dente. «Detente, ¡eres tan hermoso!», podría decir Fausto al solsticio de junio. Lo diría en vano. Sólo dentro de nosotros, además sin esperarla demasiado ni creer demasiado en ella, es donde tenemos que buscar la estabilidad.

Marguerite Yourcenar
(Escritora en lengua francesa nacida en Bélgica, educada en Francia y afincada en Estados Unidos, donde falleció. Tenía doble nacionalidad, francesa y estadounidense; 1903-1987).

viernes, 25 de marzo de 2022

Día de reyes: OPUS NIGRUM, de Marguerite Yourcenar

"La tarta que Greete dejó en la secretaría el día de Reyes para que se lo entregaran a Zenón..."

(Fragmento del capítulo El acta de acusación)

Gilles no estaba muy seguro de que existiera un Dios bueno, en vista del mal estado en que se hallaba este mundo de aquí abajo. Las desgracias de Idelette le hicieron soltar algunas lágrimas: era una pena que no hubieran permitido vivir a una niña tan hermosa. La aventura de los Ángeles le parecía ridícula, aunque manifestaba que cada cual se divierte como puede y que no hay que juzgar ni sobre gustos, no sobre colores. Por su parte, le gustaban las mujeres, placer menos peligroso, pero caro, y que en ocasiones le costaba más de una pelea en su hogar. En cuanto a los asuntos públicos, le importaban un bledo. Zenón y él jugaban a las cartas; Gilles siempre ganaba. Zenón medicaba a la familia Rombaut. La tarta que Greete dejó en la secretaría el día de Reyes para que se lo entregaran a Zenón le apeteció a aquel bribón, quien lo confiscó en beneficio de los suyos. No le remordía la conciencia, puesto que el prisionero tenía ya demasiado que comer. Zenón nunca se enteró de que Greete le había dado aquella humilde prueba de fidelidad.

Marguerite Yourcenar* (Escritora francesa nacida en Bélgica, educada en Francia y afincada en Estados Unidos, donde falleció; 1903-1987).

* El apellido Yourcenar era un seudónimo literario, anagrama del verdadero apellido: Crayencour.
Su nombre completo fue Marguerite Antoinette Jeanne Marie Ghislain Cleenewerck de Crayencour,
al que podrían añadirse al final Cartier de Marchienne, sus apellidos maternos.

(Traducida al español por Emma Calatayud).

viernes, 10 de julio de 2020

Epidemias: OPUS NIGRUM, de Marguerite Yourcenar


"La peste, procedente de Oriente, entró en Alemania (…) apagando la vela del sabio sentado entre sus libros..."

(Fragmento del capítulo Los Fugger de Colonia)

El año 1549 se inició con unas lluvias que asolaron los sembrados de los hortelanos; la crecida del Rin inundó los sótanos, en donde manzanas y barriles medio vacíos flotaban en el agua gris. En mayo, las fresas aún verdes se pudrieron en el bosque y las cerezas en los huertos. Martin mandó distribuir sopa a los pobres bajo los portales de Saint-Géréon; la caridad cristiana y el miedo a los motines inspiraron esa especie de limosnas a los burgueses. Pero estos males no fueron más que los precursores de otras calamidades mucho más terribles. La peste, procedente de Oriente, entró en Alemania por Bohemia. Viajaba sin apresurarse, al toque de las campanas, como una emperatriz. Inclinada sobre el vaso del bebedor, apagando la vela del sabio sentado entre sus libros, ayudando a misa junto al sacerdote, escondida como una pulga en la camisa de las mujeres de vida alegre, la peste aportaba a la vida de todos un elemento de insólita igualdad, un áspero y peligroso fermento de aventura. Las campanas que tocaban a muerto difundían por el aire un insistente rumor de fiesta negra: los papanatas que se reunían en torno campanarios no se cansaban de mirar, allá en lo alto, la silueta del hombre que las hacía sonar, tan pronto encuclillas como colgado con todo su peso del enorme badajo. Las iglesias no paraban de trabajar; las tabernas, tampoco.

Martin se atrincheró en su despacho como lo hubiera hecho ante la visita de unos ladrones. Afirmaba que el mejor profiláctico consistía en beber moderadamente un johannisberg de buena cosecha, evitar el contacto de las rameras y de los compañeros de taberna, no respirar el olor de las calles y, sobre todo, procurar no informarse del número de víctimas. Johanna continuaba yendo al mercado o bajando a tirar la basura; su cara surcada de cicatrices y su jerga extranjera le habían atraído desde siempre la antipatía de las vecinas. En aquellos días nefastos, la desconfianza se convertía en franco odio y, cuando ella pasaba, las gentes hablaban de sembradoras de peste y de brujas. Lo confesara o no, la vieja criada se alegraba en secreto de la llegada del azote de Dios; su terrible alegría se le leía en la cara; pese a encargarse a la cabecera de Salomé, que estaba muy grave, de las tareas más peligrosas y a las que se negaban las demás sirvientas, su ama la rechazaba gimiendo, como si la criada, en vez de un jarro, llevara en la mano una guadaña y un reloj de arena.

Al tercer día, Johanna no reapareció a la cabecera de la enferma y fue Bénédicte quien se encargó de darle las medicinas y de poner entre sus manos el rosario que se le caía continuamente. Bénédicte quería a su madre o más bien ignoraba que pudiera no amarla. Pero había sufrido con su beatería tonta y ramplona, con sus cacareos de cuarto de recién parida, con sus alegrías de nodriza que se complace en recordar a sus niños ya crecidos la época de los balbuceos, del orinal y de los pañales. Sentía vergüenza por la irritación inconfesable que tantas veces había sentido, y ello aumentó su celo de enfermera. Martha llevaba las bandejas y los montones de ropa limpia, pero se las arreglaba para no entrar nunca en la habitación. No habían logrado que viniera ningún médico.

La noche que siguió a la muerte de Salomé, Bénédicte, que estaba acostada al lado de su prima, sintió a su vez los primeros síntomas del mal. Una sed ardiente la quemaba por dentro y ella trató de distraerse imaginando al ciervo bíblico que bebía en la fuente de agua viva. Una tosecilla convulsiva le rascaba la garganta; se contuvo lo más posible para dejar dormir a Martha. Flotaba ya, con las manos juntas, dispuesta a escaparse de la cama con dosel para subir al gran Paraíso claro en donde se hallaba Dios. Los cánticos evangélicos estaban olvidados; el rostro amigo de las santas reaparecía por entre las cortinas; María, en lo alto del cielo, tendía los brazos entre pliegues de color azul, ademán que imitaba el hermoso Niño mofletudo, de deditos de color de rosa. En silencio, Bénédicte deploraba sus pecados: una pelea con Johanna por una cofia rota; alguna que otra sonrisa en respuesta a las ojeadas que le echaban los muchachos al pasar por debajo de su ventana; unas ganas de morir, en que entraba la pereza; impaciencia por ir al cielo y deseos de no verse obligada a elegir entre Martha y los suyos, entre dos maneras de hablar a Dios. Al llegar las primeras luces del alba, Martha lanzó un grito al ver el rostro desfigurado de su prima.

Marguerite Yourcenar* (Escritora francesa nacida en Bélgica, educada en Francia y afincada en Estados Unidos, donde falleció; 1903-1987).

(Traducido al español por Emma Calatayud).

* El apellido Yourcenar era un seudónimo literario, anagrama del verdadero apellido: Crayencour. Su nombre completo fue Marguerite Antoinette Jeanne Marie Ghislain Cleenwerck de Crayencourc, al que podrían añadirse al final Cartier de Marchienne, sus apellidos maternos.

domingo, 10 de febrero de 2019

Febrero: MEMORIAS DE ADRIANO, de Marguerite Yourcenar

"Alrededor de la duodécima hora, en un frío amanecer de febrero..."

(Fragmento de Disciplina augusta)

Aquella misma noche tomé mis precauciones. Nuestro enemigo había vivido demasiado, y yo quería dejar a Lucio una herencia libre de peligros. Alrededor de la duodécima hora, en un frío amanecer de febrero, un tribuno portador de la sentencia de muerte de Serviano y de su nieto se presentó en casa de mi cuñado; tenía la consigna de esperar en el vestíbulo hasta que la orden que llevaba fuese cumplida. Serviano mandó llamar a su médico y todo transcurrió decorosamente. Antes de morir, me deseó que expirara lentamente, atormentado por un mal incurable, sin gozar como él del privilegio de una breve agonía. Sus votos ya se han cumplido.

No había ordenado con alegría aquella doble ejecución, pero más tarde no sentí la menor lástima ni el menor remordimiento. Una vieja cuenta quedaba liquidada; eso era todo. Jamás he creído que la edad sea una excusa para la malignidad humana; ante bien, me parece una circunstancia agravante. La sentencia de Akiba y sus acólitos me había hecho vacilar mucho más; viejo por viejo, prefería el fanático al conspirador. En cuanto a Fusco, por mediocre que fuera y por más que su odioso abuelo lo hubiera prevenido contra mí, era el nieto de Paulina. Pero por más que se diga, los lazos de la sangre son harto débiles cuando no los refuerza el afecto; basta ver lo que ocurre entre las gentes cada vez que hay una herencia en litigio.


Marguerite Yourcenar* (Escritora francesa nacida en Bélgica, educada en Francia y afincada en Estados Unidos, donde falleció; 1903-1987)
 
* El apellido Yourcenar era un seudónimo literario, anagrama del verdadero apellido: Crayencour. Su nombre completo fue Marguerite Antoinette Jeanne Marie Ghislain Cleenewerck de Crayencour, al que podrían añadirse al final Cartier de Marchienne, sus apellidos maternos.

viernes, 21 de diciembre de 2018

Día de muertos: EL TIEMPO, GRAN ESCULTOR, de Marguerite Yourcenar

"... un derroche de papel higiénico sustituye a las tiras de tela o de papel de arroz de otras civilizaciones."

Día de difuntos

(Fragmentos)
 
Un niño nacido en una familia católica de la Europa occidental conserva al menos el recuerdo de algún paseo por el cementerio el Día de Difuntos, en una época que suele ser fría, opaca y gris. La víspera, fiesta de Todos los Santos, es una fiesta de segunda clase, hasta cierto punto, que no se celebra tanto como la Pascua o la Navidad con regalos y banquetes, pero que sabíamos honrar a los difuntos que habían subido oficialmente al cielo. Había, claro está, millares y millares de santos. Pero también había, y el niño ya se daba cuenta, millares y millares de muertos cuya suerte en el otro mundo no era conocida, y esas veinticuatro horas del dos de noviembre parecían demasiado cortas para honrarlos a todos. Muertos que también subieron al cielo, pero sin ceremonia de beatificación y, por tanto, sin que se estuviera nunca completamente tranquilo sobre su destino, muertos de paso por el Purgatorio o definitivamente en el Infierno, muertos de tiempos paganos, muertos de otras religiones en todas partes del mundo o incluso en ésta. Muertos a secas, tan muertos como aquel perro o aquella vaca que no habíamos vuelto a ver durante las vacaciones y de los cuales nos habían contado, sin más, que reventaron. En lo que a mí concierne, confundo esa lejana visita al cementerio con exposiciones de crisantemos -esas gruesas bolas que abundan siempre sobre las tumbas bien cuidadas- ya que son casi las únicas flores que ofrecen en esa estación las floristas, a no ser que se compre una docena de rosas que se marchitan en seguida y no hacen buena impresión durante mucho tiempo.
 
Se encontraban, bien es cierto, algunas personas de luto que parecían tristes de verdad. Pero lo que se veía sobre todo (y los ojos de un niño son en ese caso implacables) era a unas personas muy bien arregladas que aprobaban aquí y criticaban allá las ofrendas florales que en los otros sepulcros vecinos dejaban sus propietarios. Y nunca olvidaré el sobresalto de horror -tantas veces experimentado en los cementerios, en Francia- al ver unas flores clavadas con alfileres a su cucurucho de papel, como un sudario en el que también acabarían por pudrirse, encima la etiqueta de una buena florista, donativo de alguien que no amaba ni a los muertos ni a las flores y que las había dejado allí sin tomarse la molestia de llevar un recipiente con agua, ni de sacarlas del papel y ponerlas amistosamente sobre la misma tierra o el mármol de los muertos. Se habían contentado con adquirir aquella especie de tarjetas-de-visita-ramos (hay que cumplir) y dejarlas allí, con una discreta señal de la cruz -tal vez, y si se seguía permaneciendo fiel a los usos piadosos-, antes de alejarse lo más de prisa posible sin faltar al decoro en esa época de noviembre que no invita a pasar largas horas de pie junto a las tumbas.
 
Lo que el niño vagamente aburrido y vagamente asqueado no sabía era que aquellos ritos otoñales se encuentran entre los más antiguos celebrados en la tierra. Parece ser que, en todos los países, el día de los difuntos se sitúa a finales de otoño, después de las últimas cosechas, cuando el suelo desnudo se supone deja paso a las almas que duermen debajo. Desde la China a Europa septentrional, el difunto enterrado, a menudo bajo un túmulo lleno de hierba, pasaba por asegurar la fecundidad de los campos y protegerlos al mismo tiempo de las incursiones del enemigo, como los huesos del viejo Edipo en su Tholos de Colona. No obstante, su retorno anual en esos momentos en que la subida hacia el mundo de los vivos  es más fácil, es tan temido como deseado por sus descendientes. Todo rito posee dos vertientes: se ofrecen de buen corazón las ofrendas destinadas a asegurar la supervivencia del muerto y al mismo tiempo para neutralizar lo nocivo que él haya adquirido al convertirse en un difunto, pero se espera de él que, una vez haya pasado la fiesta del nuevo encuentro con los vivos, se vuelva a meter juiciosamente en su morada de tierra. Los ritos del Día de Difuntos son los del espanto tanto como los del amor. En Finlandia ponen unos postes indicadores y unas placas con el nombre de casas o granjas aisladas, fuera de su lugar o cubiertos con una tela opaca, con el fin de que los espíritus, desorientados, no volvieran a instalarse en sus antiguos hogares. Es un hecho, inconfesado y  casi inconfesable, que los muertos más queridos, al cabo de unos años e incluso unos meses serían unos intrusos, si volvieran en la existencia de los vivos cuyas condiciones han cambiado. Así lo quiere no tanto el egoísmo o la frivolidad de los hombres como las exigencias de la vida misma. Esta regla de las conmemoraciones fúnebres otoñales tiene sus excepciones. Una de las fiestas más bellas de difuntos, el festival Bon que es budista, se celebra en verano y consiste en mandar a alta mar centenares de minúsculos esquifes en donde arde una lámpara pequeña, imagen de nuestro precario e inmenso viaje hacia la eternidad.
(...)

No obstante, el verdadero Día de Difuntos es, en los Estados Unidos, la burlesca y, en ocasiones, siniestra mascarada de los niños y adolescentes: Halloween, otra fiesta otoñal que se sitúa la víspera de Todos los Santos, la víspera también del primero de mes de Athyr del antiguo Egipto, aniversario de la muerte de Osiris asesinado por las potencias del Mal y convertido de esa suerte en Dios de los muertos. Hallowed Hall: todas las almas santificadas. Nadie, salvo algunos eruditos, conoce el antiguo sentido etimológico desordenado con una fiesta de difuntos, pero las verdaderas fiestas, las más hondamente enraizadas dentro del inconsciente humano son las que se celebran sin saber por qué.
 
 No se trata, en Halloween de decorar los cementerios ni siquiera de ir a visitarlos. Día de alegría infantil, durante el cual las madres confeccionaban para sus retoños ingenuos y a veces lúgubres disfraces: pocos americanos debe de haber que no recuerden el encanto de llevar ese día el gorro con las llamas del diablo, los bigotes y la cola de un gato, o las blancas trencillas formando el dibujo de los huesos hilvanadas sobre un trozo de tela negra, cándido anticipo de las metamorfosis. Así emperifollados -a menos de hacerlo disfrazados de bruja, de Drácula, de fantasma envuelto en una sábana, o de Supermán, pero siempre con las máscaras apropiadas- van a mendigar caramelos de puerta en puerta fingiendo una voz muy gruesa y amenazando a los habitantes que no le den golosinas o que sólo les ofrezcan unas pocas. Hay niños de más edad y adolescentes que se unen a ellos o forman otros grupos, rivales, igualmente ataviados y disfrazados, con la máscara puesta, y a menudo abundan los delitos tales como cristaleras rotas o pintarrajeadas, huevos que vienen a estrellarse contra las ventanas o las hojas de las puertas, bancos y muebles de jardín rotos, cristales hechos añicos al tratar de entrar  a la fuerza y apoderarse de la botella de whisky codiciada. A veces también se dan atroces bromas por parte de los adultos a quienes irritan estas intrusiones: me han hablado de trozos de pastel embadurnados de espuma de jabón o de excrementos, e incluso, en una ocasión, salpicados de cristal machacado. Es también la noche en que las chicas, al alegrarse al final de un baile, corren más peligro que de costumbre de ser violadas o, a veces, estranguladas detrás de un seto.

En las carreteras, más de una señal de tráfico se ve desplazada o trastocada, igual que lo hacen, por razones que ellos conocen, los supersticiosos campesinos finlandeses. Debido a otro retorno inconsciente a uno de los más antiguos ritos del mundo, un árbol, siempre el mismo, en el centro del pueblo donde yo vivo, es cubierto por los chicos de tiras estrechas colgando de todas sus ramas y que se mueven al viento pero, por comodidad, porque tienen a mano esa clase de producto, o tal vez con intenciones escatológicas, un derroche de papel higiénico sustituye a las tiras de tela o de papel de arroz de otras civilizaciones. Lo que antes era fervor se ha convertido en irrisión. En este gran país que se cree materialista, esos vampiros, esos fantasmas y esos esqueletos del carnaval de otoño no saben lo que son: espíritus de los difuntos desenfrenados a los que se consiente alimentar para echarlos después con una mezcla de jolgorio y de temor. Los ritos y las máscaras son más fuertes que nosotros.
1982

Marguerite Yourcenar
(Escritora en lengua francesa nacida en Bélgica, educada en Francia y afincada en Estados Unidos, donde falleció. Tenía doble nacionalidad, francesa y estadounidense; 1903-1987).

jueves, 30 de agosto de 2018

Agosto: ALEXIS O EL TRATADO DEL INÚTIL COMBATE, de Marguerite Yourcenar

"Estaba demasiado oscuro para que yo pudiera distinguir tus facciones; sólo me di cuenta de que estabas muy tranquila."

(Fragmento que acontece a finales del mes de agosto)

Llegaste a Wand un día, a finales del mes de agosto, a la hora del crepúsculo. No recuerdo exactamente los detalles de esa aparición; no sabía que entrabas, no sólo en aquella casa alemana, sino también en mi vida. Recuerdo solamente que ya había oscurecido y que las lámparas del vestíbulo aún no estaban encendidas. No era la primera vez que ibas a Wand, así que las cosas tenían para ti algo familiar; también ellas te conocían. Estaba demasiado oscuro para que yo pudiera distinguir tus facciones; sólo me di cuenta de que estabas muy tranquila. Amiga mía, las mujeres son raras veces tranquilas: son plácidas o bien febriles. Tú eras serena a la manera de una lámpara. Conversabas con tus huéspedes, decías sólo las palabras que había que decir y hacías sólo los gestos que había que hacer; todo era perfecto. Aquella tarde estuve más tímido aún que de costumbre; hubiera descorazonado hasta a tu bondad. Sin embargo, no sentía antipatía hacia ti. Tampoco te admiraba: estabas demasiado lejos. Tu llegada me apreció simplemente un poco menos desagradable de lo que yo había temido al principio. Ya ves que te digo la verdad.
 
 
Marguerite Yourcenar
(Escritora en lengua francesa nacida en Bélgica, educada en Francia y afincada en Estados Unidos, donde falleció. Tenía doble nacionalidad, francesa y estadounidense; 1903-1987).

lunes, 2 de julio de 2018

Noche de San Juan: EL TIEMPO, GRAN ESCULTOR, de Marguerite Yourcenar

"Pero ya nadie en Sicilia acecha al amanecer el día 24 de junio a Salomé desnuda bailando al sol naciente..."
 
FUEGOS DEL SOLSTICIO

La fiesta del solsticio de invierno es la Navidad; Pascua, en el equinoccio de la primavera, ocupa por sí sola el lugar de las otras festividades de la estación florida, como esos Mayos que las mozas y mozos de la Edad Media celebraban cabalgando por el bosque o bailando sobre la hierba, o esas Rogativas casi olvidadas hoy, ya que el hombre de nuestra época no ama lo suficiente a la tierra, ni al cielo para pedir para la primera las bendiciones del segundo. El día de San Juan, fiesta del solsticio de verano, ha apagado casi por todas partes sus fogatas, salvo quizá en los países escandinavos, en donde pueden verse, reflejadas en el agua de los lagos, sus esbeltas llamas. Pero ya nadie en Sicilia acecha al amanecer el día 24 de junio a Salomé desnuda bailando al sol naciente, y llevando en una bandeja de oro, que es una imagen solar, la cabeza cortada del Precursor.
 
Y cierto es que el hombre del desierto, que se alimentaba con miel y saltamontes, el profeta abrasado por la reverberación del mediodía sobre las rocas, el predicador de palabras de fuego, podría simbolizar en Oriente la ardiente estación, e incluso el contraste refrescante del agua del Jordán haría más sensible su intensidad. Pero parece ser que el elemento de esplendor y de serena claridad, tan unidos en nuestras regiones templadas a la idea misma del solsticio de junio, se halla ausente de esta historia de ascetismo y de sangre. Otras fiestas cristianas como la de Pentecostés con sus llamas místicas, y el Corpus, con su profusión floral y rústica en torno a la custodia, son también fiestas de verano; pero jamás fueron sentidas como las fiestas del Verano. La estación que por sí misma es una fiesta no posee, para hablar con propiedad, ninguna fiesta propia.
 
Parece, sin embargo, como si en Francia nuestros farolillos y nuestros fuegos artificiales del 14 de julio, y en los Estados Unidos el derroche de cohetes y de bengalas del 4 de julio yanqui, respondiesen a la misma antigua necesidad del hombre de reproducir en la tierra el gran episodio solar, y añadir algo más, si es posible, a ese calor y a esa luz que bajan del cielo. Y no sentimos demasiado que aquellas antiguas hogueras que se escalonaban de pueblo en pueblo y de cima en cima, amenazando incendiar bosques y altas hierbas, se hayan apagado definitivamente, por muy pintorescos que fueran los brincos de los bailarines saltando en torno a las llamas o por encima de ellas. Nuestros bailes por las calles o en locales populares, que también se han pasado casi de moda, perpetuaron la tradición aunque quitándole su matiz trascendente, salvo quizás en lo referente a ciertos sorbos de patriotismo motivados únicamente, en la conciencia clara de los bailarines, por unos pocos cromos de nuestra historia. Y es posible también que el enorme y casi temible éxodo estival sea en nuestros días un rito solar que ignora su nombre.
 
Pero al pensar en una fiesta del solsticio, un extraño vértigo se apodera de nosotros, semejante al de un hombre que se mantiene en equilibrio sobre una esfera resbaladiza. Esa plena medida de luz, ese día más largo del año que en el Cabo Norte dura cerca de diez semanas, es también el momento en que reina la noche en la Antártida, iluminada tan sólo por los fuegos lejanos de los astros. Aún más, ese apogeo señala el comienzo de un descenso; los días, en lo sucesivo, se irán acortando hasta el nadir del solsticio de invierno; el invierno astronómico comienza en junio, así como el verano astronómico comienza en diciembre, cuando las horas de luz crecen imperceptiblemente de nuevo hasta llegar a la cúspide que constituye el día de San Juan. Tenemos ante nosotros tres meses de prados verdes, de flores, de cosechas, de arena caliente en las playas, de cantos en las ramas, pero el movimiento del cielo está preparando ya nuestro invierno, al igual que en pleno invierno prepara el verano. Estamos atrapados en esa doble espiral ascendente y descendente. «Detente, ¡eres tan hermoso!», podría decir Fausto al solsticio de junio. Lo diría en vano. Sólo dentro de nosotros, además sin esperarla demasiado ni creer demasiado en ella, es donde tenemos que buscar la estabilidad.

 
Marguerite Yourcenar* (Escritora en lengua francesa nacida en Bélgica, educada en Francia y afincada en Estados Unidos, donde falleció. Tenía doble nacionalidad, francesa y estadounidense; 1903-1987).
 
* El apellido Yourcenar era un seudónimo literario, anagrama del verdadero apellido: Crayencour. Su nombre completo fue Marguerite Antoinette Jeanne Marie Ghislain Cleenewerck de Crayencour, al que podrían añadirse al final de Cartier de Marchienne, sus apellidos maternos.
 
La ilustración corresponde a Danza de Salomé ante el rey Herodes (1887), de Georges Rochegrosse.

jueves, 21 de junio de 2018

Solsticio de verano: EL DÍA MÁS LUMINOSO


Las menciones al solsticio en la literatura, tanto en novelas y relatos como en la poesía, suelen darse de manera indistinta entre el invernal y el que corresponde al estío. Llegado el momento preciso, en diciembre, me ocuparé del primero de ellos con la amplitud que se merece, pero ahora, por tratarse de la época en que estamos al norte del planeta, me referiré únicamente al que nos concierne en el inicio del verano.

Robert Graves explicaba en Los mitos griegos que “En Atenas las muchachas salían a la luz de la luna llena en el solsticio de verano para recoger rocío —la misma costumbre sobrevivió en Inglaterra hasta el siglo pasado— para fines sagrados. El festival se llamaba las Herseforias, o «recolección de rocío».”

Resulta difícil encontrar a otro experto en el tema de los solsticios más calificado que el rumano Mircea Eliade. En Tratado de historia de las religiones establece su importancia: “Muchas hierofanías arcaicas del sol se han conservado en las tradiciones populares, integradas en mayor o menor grado en otros sistemas religiosos. Las ruedas en llamas que se hacen rodar montaña abajo en los solsticios, sobre todo en el solsticio de verano; las procesiones medievales en las que llevaban ruedas montadas en carros o en barcas, de las que se conocen antecedentes prehistóricos; la costumbre de atar hombres a las ruedas (en “la caza fantástica”, por ejemplo)…”

El propio Eliade es autor de las novelas Isabel y las aguas del diablo y La noche de San Juan, en las que el solsticio de verano se erige como un elemento dramático esencial en su estructura narrativa. Por ese motivo, antes de agotar este tema, más adelante incluiré un texto dedicado exclusivamente a comentar dicho autor.

La obra más simbólica al respecto podría ser el relato Las noches blancas, de Dostoievski, cuyo título alude de manera evidente a ese período que se vive en algunas regiones de Rusia, como en San Petersburgo, entre la segunda quincena de junio y la primera del mes de julio, en que la luz brilla durante la noche y menciona la importancia del sol en esa ciudad tan septentrional:

"Oye uno entre tanto cómo en torno suyo circula ruidosamente la muchedumbre en un torbellino de vida, ve y oye cómo vive la gente, cómo vive despierta, se da cuenta de que para ella la vida no es una cosa de encargo, que no se desvanece como un sueño, como una ilusión, sino que se renueva eternamente, vida eternamente joven en la que ninguna hora se parece a otra; mientras que la fantasía es asustadiza, triste y monótona hasta la trivialidad, esclava de la sombra, de la idea, esclava de la primera nube que de pronto cubre al sol y siembra la congoja en el corazón de Petersburgo, que tanto aprecia su sol. ¿Y para qué sirve la fantasía cuando uno está triste? Acaba uno por cansarse y siente que esa inagotable fantasía se agota con el esfuerzo constante por avivarla. Porque, al fin y al cabo, va uno siendo maduro y dejando atrás sus ideales de antes; éstos se quiebran, se desmoronan, y si no hay otra vida, la única posibilidad es hacérsela con esos pedazos. Mientras tanto, el alma pide y quiere otra cosa. En vano escarba el soñador en sus viejos sueños, como si fueran ceniza en la que busca algún rescoldo para reavivar la fantasía, para recalentar con nuevo fuego su enfriado corazón y resucitar en él una vez más lo que antes había amado tanto, lo que conmovía el alma, lo que enardecía la sangre, lo que arrancaba lágrimas de los ojos y cautivaba con espléndido hechizo."

Es muy frecuente que se haga referencia al solsticio de verano en la noche de San Juan, aunque no coincidan sus fechas, puesto que el día más luminoso suele ser el 21 de junio, como lo establecen Jules Verne en su novela Robur, el conquistador: “Se aproximaba el solsticio de junio, el día más largo del año en el hemisferio boreal…” y James Joyce en el capítulo 17 –se dice que era su favorito-, de Ulises: “… durante las noches cada vez más largas que seguían gradualmente al solsticio de verano en el día siguiente más tres, a saber, el martes, 21 de junio (San Luis Gonzaga), el sol sale a las 3.33 de la mañana, se pone a las 8.29 de la tarde.”

En tanto que la noche de San Juan tiene lugar tres días después, como aclara Marguerite Yourcenar en Los fuegos del solsticio: “El día de San Juan, fiesta del solsticio de verano, ha apagado casi por todas partes sus fogatas, salvo quizá en los países escandinavos, en donde pueden verse, reflejadas en el agua de los lagos, sus esbeltas llamas. Pero ya nadie en Sicilia acecha al amanecer el día 24 de junio a Salomé desnuda bailando al sol naciente, y llevando en una bandeja de oro, que es una imagen solar, la cabeza cortada del Precursor.” Por eso es que en algunas de las versiones al español del Sueño de una noche de verano, de Shakespeare, prefieren llamarlo Sueño de una noche de San Juan, como sería el caso de la traducción de Luis Astrana Marín.

Y a propósito de Marguerite Yourcenar, el siguiente es un párrafo de su novela Memorias de Adriano: “Días alciónicos, solsticio de mi vida… Lejos de embellecer mi dicha distante, tengo que luchar para no empalidecer su imagen; hasta su recuerdo es ya demasiado fuerte para mí.”
 
Por su parte, la costarricense Yolanda Oreamuno, autora de La ruta de su evasión, escribió: ".... fue en el solsticio de un verano...viajaban hacia la ciudad unas mujeres de largas crines, rizadas...oscuras como el azabache... con atuendos vivaces y conspicuos atributos....acarreaban gigantescos frutos....soñé que llegaban desde Canaán... pero respondieron con voces altaneras que procedían de Fanzara....la otra tierra de promisión..."
 
Para no dejar a los autores en nuestra lengua, habría que mencionar Los pasos perdidos del cubano Alejo Carpentier: “Yo había visto a las parejas ascender, en noches de solsticio, al Monte de las Brujas para encender viejos fuegos votivos, desprovistos ya de todo sentido.” El otro, menos conocido, es el uruguayo Francisco Piria, a su novela El socialismo triunfante corresponde “Nuestros años no tienen fechas: hoy estamos en el solsticio de verano."

Knut Hamsun, premio Nobel de literatura en 1920, hace una de las descripciones más logradas sin tener siquiera que mencionar la palabra solsticio en su novela Pan:

“Comenzó a no haber noche, el sol apenas sumergía su disco en el mar para volver a emerger, rojo y renovado, como si se hubiera sumergido a beber. Por la noches se me ocurrían las cosas más extrañas; ningún ser humano podría creerlas. ¿Pan estaba sentado en un árbol observando mi comportamiento? ¿Tenía el estómago abierto, y estaba tan encogido que bebía de su propio estómago? Hacía todo eso sólo para espiarme, y el árbol entero temblaba con su risa callada cuando veía que mis pensamientos se desbordaban. El bosque entero estaba ajetreado: animales que husmeaban, pájaros que se llamaban los unos a los otros y cuyos reclamos llenaban el aire. Era el año del vuelo del abejorro, sus zumbidos se mezclaban con los de las mariposas nocturnas, parecían susurros, susurros que recorrían el bosque. ¡Cuántas cosas podían escucharse! No dormí en tres noches pensando en Diderik e Iselin."
 
Para Jules Verne, quien era miembro de algunas sociedades secretas, el solsticio tenía un gran valor simbólico. Por eso es frecuente que se encuentren referencias a dicho fenómeno en varias de sus novelas, además de la ya citada Robur, el conquistador, como sería el caso de Veinte mil leguas de viaje submarino, París en el siglo XX o Los náufragos del Jonathan, entre otras. Pero ese es un tema que también estaré abordando en su momento.
 
Esos serían algunas autores notables. La lista podría ampliarse incluyendo a Tim Powers, escritor estadounidense considerado como el alumno más destacado de Philip K. Dick -autor del relato que dio origen a la película de culto Blade Runner-, y en La fuerza de su mirada (The Stress of Her Regard), ubica el acontecimiento en determinado momento de la narración: “Aquella noche era el solsticio de verano, y los dos se quedaron levantados hasta una hora más tardía que cualquiera de los demás ocupantes de la casa, aunque podían oír a Ed Williams hablando en voz baja en su habitación, seguramente con su esposa.”

También la novela policiaca Casa de verano con piscina, del holandés Herman Koch, inspirada en la detención y arraigo del cineasta Roman Polanski, debido al juicio que dejó inconcluso en los Estados Unidos por la violación de una menor de edad, acontece durante la celebración del solsticio de verano. Aquí el autor reúne en la casa de verano que da título a la obra, propiedad de Ralph Meier, un famoso actor de cine, al doctor Schlosser y su hija Julia, una adolescente de trece años, a un famoso cineasta septuagenario y su joven esposa Emmanuel -casualmente la mujer de Polanski en realidad es la actriz Emanuelle Seigner-. Y al llegar a este punto me he topado con una curiosa coincidencia, porque en la pieza escénica La señorita Julia, del dramaturgo sueco August Strindberg, la protagonista no sólo se llama igual que la adolescente de Casa de verano con piscina, sino que la acción da principio durante el mismo festejo, como queda establecido en uno de sus parlamentos: “¿Se trata quizás de algún filtro mágico que las señoras preparan en la noche de San Juan? ¿Algo con que poder leer en las estrellas propicias del nombre de nuestra prometida?”.

Y a propósito de teatro, en La noche de San Juan, obra de Lope de Vega, el personaje de Pedro asegura que: “Extrañas cosas suceden una noche de San Juan”.

Desde Cervantes en Don Quijote y Dante en la Divina Comedia hasta Henry Miller en Trópico de Capricornio, pasando por La montaña mágica, de Thomas Mann o El péndulo de Foucault, de Umberto Eco, relatos de Rudyard Kipling, Hermann Hesse y Julio Cortázar, el solsticio siempre ha estado presente en la literatura, como lo podremos corroborar en los días subsecuentes.
 
Este es el archivo correspondiente al solsticio aquí en Mitos y reincidencias:
 

Jules Etienne

martes, 22 de mayo de 2018

Mayo: MEMORIAS DE ADRIANO, de Marguerite Yourcenar

"En Tíbur, desde lo profundo de un ardiente mes de mayo..."

Patientia
 
(Fragmento)

Arriano me ofrece algo mejor. En Tíbur, desde lo profundo de un ardiente mes de mayo, escucho en las playas de la isla de Aquiles la prolongada queja de las olas; aspiro su aire puro y frío, vago sin esfuerzo por el atrio del templo envuelto en humedad marina; veo a Patroclo... Ese lugar que no conoceré jamás se convierte en mi residencia secreta, mi asilo supremo. Allí estaré sin duda en el momento de mi muerte.
 
Hace años, di mi permiso al filósofo Eufrates para que se suicidara. Nada parecía más simple; un hombre tiene el derecho de decidir en qué momento su vida cesa de ser útil. Yo no sabía entonces que la muerte puede convertirse en el objeto de un ciego ardor, de una avidez semejante al amor. No había previsto esas noches en que arrollaría mi tahalí en mi daga para obligarme a pensar dos veces antes de servirme de ella. Sólo Arriano ha entrado en el secreto de ese combate sin gloria contra el vacío, la aridez, la fatiga, la repugnancia de existir que culmina en el deseo de la muerte. Imposible curarse de ese deseo; su fiebre me ha dominado muchas veces haciéndome temblar por adelantado como el enfermo que siente llegar un nuevo acceso. Todo me era bueno para postergar la hora de la lucha nocturna: el trabajo, las conversaciones proseguidas insensatamente hasta el alba, los besos, los libros. Está sobreentendido que un emperador sólo se suicida si se ve obligado por razones de Estado; el mismo Marco Antonio tenía la excusa de una batalla perdida. Y mi severo Arriano admiraría menos esta desesperación nacida en Egipto, si yo no hubiera triunfado de ella. Mi propio código prohíbe a los soldados esa salida voluntaria que he acordado a los sabios; no me sentía más libre para desertar que cualquier legionario. Pero sé lo que es acariciar voluptuosamente la estopa de una cuerda o el filo de un cuchillo. Terminé por convertir ese deseo mortal en una muralla contra mí mismo; la perpetua posibilidad del suicidio me ayudaba a soportar con menos impaciencia la vida, así como la presencia al alcance de la mano de una poción sedante calma al hombre que sufre de insomnio. Por una íntima contradicción, la ansiedad de la muerte sólo dejó de imponerse en mí cuando los primeros síntomas de mi enfermedad aparecieron para distraerme de ella. Volví a interesarme en esa vida que me abandonaba; en los jardines de Sidón, deseé apasionadamente gozar de mi cuerpo algunos años más.
 
 
Marguerite Yourcenar
(Escritora en lengua francesa nacida en Bélgica, educada en Francia y afincada en Estados Unidos, donde falleció. Tenía doble nacionalidad, francesa y estadounidense; 1903-1987).

La ilustración corresponde a un aspecto de la villa Tíbur del emperador Adriano en Roma, tal y como se conserva en la actualidad.

jueves, 7 de diciembre de 2017

Eclipse: CUENTOS ORIENTALES, de Marguerite Yourcenar

"Los dioses celosos acecharon a Kali una noche de eclipse..."

Kali decapitada
 
(Fragmento)

Pero Kali, perfecta como una flor, ignoraba su perfección y, pura como el día, no conocía su pureza.
 
Los dioses celosos acecharon a Kali una noche de eclipse, en un cono de sombra, en el rincón de un planeta cómplice. Fue decapitada por el rayo. En vez de sangre, brotó un chorro de luz de su nuca cortada. Su cadáver, dividido en dos trozos y arrojado al Abismo por los Genios, rodó hasta llegar al fondo de los Infiernos, por donde se arrastran y sollozan aquellos que no han visto o han rechazado la luz divina. Sopló un viento frío, condensó la claridad que se puso a caer del cielo; una capa blanca se acumuló en la cumbre de las montañas, bajo unos espacios estrellados donde empezaba a hacerse de noche. Los dioses-monstruos, el dios-ganado, los dioses de múltiples brazos y múltiples piernas, semejantes a unas ruedas que dan vueltas, huían a través de las tinieblas, cegados por sus aureolas, y los Inmortales, despavoridos, se arrepintieron de su crimen.
 
Los dioses contritos bajaron del Techo del Mundo hasta el abismo lleno de humo por donde se arrastran los que existieron. Franquearon los nueve purgatorios; pasaron por delante de los calabozos de barro y de hielo en donde los fantasmas, roídos por el remordimiento, se arrepienten de las faltas que cometieron, y por delante de las prisiones en llamas donde otros muertos, atormentados por una codicia vana, lloran las faltas que no cometieron. Los dioses se sorprendían al hallar en los hombres aquella imaginación infinita del Mal, aquellos recursos y aquellas innumerables angustias del placer y del pecado. Al fondo del osario, en un pantano, la cabeza de Kali sobrenadaba como un loto, y sus largos y negros cabellos se extendían a su alrededor como raíces flotantes.
 
Recogieron piadosamente aquella hermosa cabeza exangüe y se pusieron a buscar el cuerpo que la había llevado. Un cadáver decapitado yacía en la orilla. Lo cogieron, colocaron la cabeza de Kali encima de aquellos hombros y reanimaron a la diosa.
 
Aquel cuerpo pertenecía a una prostituta, ajusticiada por haber tratado de entorpecer las meditaciones de un brahmán. Sin sangre, aquel cadáver parecía puro. La diosa y la cortesana tenían ambas, en el muslo izquierdo, el mismo lunar.
 
Kali no volvió, nenúfar de perfección, a sentarse en el trono del cielo de Indra. El cuerpo, al que habían unido la cabeza divina, sentía nostalgia de los barrios de mala fama, de las caricias prohibidas, de los cuartos en donde las prostitutas meditan secretas orgías, acechan la llegada de los clientes a través de las persianas verdes. Se convirtió en seductora de niños, incitadora de ancianos, amante despótica de jóvenes, y las mujeres de la ciudad, abandonadas por sus esposos y considerándose ya viudas, comparaban el cuerpo de Kali con las llamas de la hoguera. Fue inmunda como una rata de alcantarillas y odiada como la comadreja de los campos. Robó los corazones como si fueran un pedazo de entraña expuesto en los escaparates de los casqueros. Las fortunas licuadas se pegaban a sus manos como panales de miel. Sin descanso, de Benarés a Kapilavastu, de Bangalore a Srinagar, el cuerpo de Kali arrastraba consigo la cabeza deshonrada de la diosa, y sus ojos límpidos continuaban llorando.
 
 
Marguerite Yourcenar (Escritora en lengua francesa nacida en Bélgica, educada en Francia y afincada en Estados Unidos, donde falleció. Tenía doble nacionalidad, francesa y estadounidense; 1903-1987).

viernes, 14 de julio de 2017

Carnaval: EL LABERINTO DEL MUNDO, de Marguerite Yourcenar

 
(Fragmento)

¿Qué clase de aventura puede esperarse en la Ópera, en medio del hormigueo de una multitud encapuchada y con antifaces negros, que fluye o se aglutina tan incomprensible como una hilera de hormigas o una cresa de abejas? ¿Una impura que juega a ser una gran dama disfrazada de mujer galante, y a quien vigila un chulo desde lejos? ¿Una mundana disfrazada de soltera y a la que sigue su marido celoso sin que ella se dé cuenta? ¿Una doncella engalanada por una noche con las joyas de su ama que finge ser una mujer de mundo? Más valdría dedicarle la noche a la amable y acomodaticia Blanchette (le escojo este nombre), de oficio pasamanera (también su oficio es elegido por mí), a quien tan fácil es distraer los domingos, tras una hora de intimidad en la cama, ofreciéndole cuando llueve ir a visitar el Louvre, y cuando hace buen tiempo, dar un lento paseo por los jardines del Luxemburgo. Con esta clase de mujeres, no se deja uno embaucar.
 
Evoca sin placer la algarabía de risas tontas desencadenadas por unas réplicas que no merecen la pena, el tono agudo de las chanzas tradicionales, el relente de los perfumes y pomadas de las mujeres. Aún suponiendo que él lleve a cenar al Cadran Bleu o al Frères Provençaux a una bella desconocida, sabe a qué atenerse sobre la obsequiosidad licenciosa del mozo que le abre la puerta de un gabinete reservado, con el olorcillo aún no disipado de la comida anterior y la bocanada de polvo que se desprende del canapé de reps rojo cuando la hermosa se deja caer en él. ¿Estará sana, por lo menos? El recuerdo del museo Dupuytren, adonde su padre, Charles-Augustin, lo llevó durante una de las visitas que hace regularmente a París para consultar a sus médicos, ensució un instante la mente del joven. ¿Es obligatorio que él haga el amor con un dominó desconocido sólo porque hoy es martes de Carnaval?


Marguerite Yourcenar (Escritora en lengua francesa nacida en Bélgica, educada en Francia y afincada en Estados Unidos, donde falleció. Tenía doble nacionalidad, francesa y estadounidense; 1903-1987)
 
La ilustración corresponde a Baile de máscaras en la Ópera, del pintor belga Charles Hermans. 

miércoles, 20 de julio de 2016

Canícula: MEMORIAS DE ADRIANO, de Marguerite Yourcenar


 
(Fragmento)

Al otro día subí a ver al emperador. Me sentía filial y fraternal a su lado. El hombre que se había gloriado siempre de servir y pensar como cualquier soldado de su ejército, llegaba a su fin en la más grande soledad; tendido en su lecho, seguía combinando grandiosos planes que ya no interesaban a nadie. Como siempre, su lenguaje seco y cortante afeaba su pensamiento; articulando trabajosamente las palabras, me habló del triunfo que le preparaba Roma. Negaba la derrota como negaba la muerte. Dos días después tuvo un segundo ataque. Se reanudaron mis ansiosos conciliábulos con Atiano y Plotina. Previsora, la emperatriz había elevado a mi antiguo amigo a la todopoderosa dignidad de prefecto del pretorio, poniendo así la guardia imperial a sus órdenes. Matidia, que no abandonaba la habitación del enfermo, estaba afortunadamente de nuestra parte; aquella mujer tan sencilla y tan tierna era como de cera entre las manos de Plotina. Pero ninguno de nosotros osaba recordar al emperador que la sucesión seguía pendiente. Quizá, como Alejandro, había decidido no nombrar en persona a su heredero; quizá tenía con el partido de Quieto compromisos que sólo él conocía. O, más sencillamente, se negaba a admitir su propio fin; así es como en tantas familias se ve morir intestados a tercos ancianos. Para ellos no se trata tanto de guardar hasta el fin su tesoro o su imperio, que sus dedos entumecidos ya han soltado a medias, como de no ingresar prematuramente en el estado póstumo de un hombre que ya no tiene decisiones que adoptar, sorpresas que dar, amenazas o promesas que hacer a los vivientes. Yo lo compadecía: éramos demasiado diferentes como para que pudiera encontrar en mi ese dócil continuador, dispuesto desde el comienzo a emplear los mismos métodos y hasta los mismos errores, y que la mayoría de los hombres que han ejercido autoridad absoluta buscan desesperadamente en su lecho de muerte. Pero el mundo, en torno a él, carecía de estadistas; yo era el único a quien podía elegir sin faltar a sus deberes de buen funcionario y de gran príncipe; como jefe habituado a valorar las hojas de servicio, estaba prácticamente obligado a aceptarme. Por lo demás, esa razón le daba un excelente motivo para odiarme. Poco a poco su salud se restableció lo bastante como para permitirle salir de su habitación. Hablaba de emprender una nueva campaña, pero ni él mismo creía en ella. Su médico Crito, que temía los calores de la canícula, logró por fin convencerlo de que retornara por mar a Roma. La noche antes de su partida me hizo llamar a bordo del navío que lo llevaría a Italia, y me nombró comandante en jefe en su reemplazo. Llegaba hasta eso; pero lo esencial quedaba por hacer.
 

Marguerite Yourcenar* (Escritora en lengua francesa nacida en Bélgica, educada en Francia y afincada en Estados Unidos, donde falleció. Tenía doble nacionalidad, francesa y estadounidense; 1903-1987)

* El apellido Yourcenar era un seudónimo literario, anagrama del verdadero apellido: Crayencour. Su nombre completo fue Marguerite Antoinette Jeanne Marie Ghislain Cleenewerck de Crayencour, al que podrían añadirse al final de Cartier de Marchienne, sus apellidos maternos.
 
(Traducido al español por Julio Cortázar) 

martes, 24 de noviembre de 2015

Venecia: CUENTO AZUL, de Marguerite Yourcenar

"El mercader italiano desembarcó en Venecia..."

(Fragmento)

En Ragusa, el mercader holandés trocó sus zafiros por una jarra de cerveza servida en el mismo muelle, pero tuvo que escupir aquel insulso líquido aventado que no tenía el mismo gusto que la cerveza de las tabernas de Ámsterdam. El mercader italiano desembarcó en Venecia con el propósito de hacerse proclamar Dogo, mas pereció asesinado al día siguiente de sus nupcias con la laguna. En cuanto al mercader griego, se le ocurrió atar los zafiros a un cabo largo y suspenderlos en el costado de la barca, esperando que el contacto con las olas fuera benéfico para su hermoso color azul. Al mojarse, las gemas se volvieron líquidas y apenas si añadieron al tesoro del mar unas pocas gotas de agua transparente. El hombre se consoló pescando peces y asándolos al rescoldo de la ceniza.

Un atardecer, al cabo de veintisiete días de navegación, el barco fue atacado por un corsario. El mercader de Basilea se tragó sus zafiros para sustraerlos de la avaricia de los piratas y murió de atroces dolores de entrañas. El griego se echó al mar y fue recogido por un delfín, que lo condujo hasta Tinos. El irlandés, molido a golpes, fue dejado por muerto en la barca, entre los cadáveres y los sacos vacíos; nadie se tomó la molestia de quitarle el colgante de falsas piedras azules, que no tenía ningún valor. Treinta días más tarde, la barca a la deriva entró por sí misma en el puerto de Dublín y el irlandés echó pie a tierra para mendigar un pedazo de pan.

Estaba lloviendo. Los tejados oblicuos de las casas bajas sugerían grandes espejos destinados a captar los espectros de la luz muerta. La calzada desigual se encharcaba más y más; el cielo, de un parduzco sucio, parecía tan cenagoso que ni los ángeles se hubieran atrevido a salir de la casa de Dios; las calles estaban desiertas; el puesto de un mercero ambulante, que vendía calcetines de lana cruda y cordones para los zapatos, se veía abandonado al borde de una acera debajo de un paraguas abierto. Los reyes y los obispos esculpidos en el pórtico de la catedral no hacían nada para impedir que cayera la lluvia sobre sus coronas o sus mitras, y la Magdalena recibía el agua en sus senos desnudos.
 
 
Marguerite Yourcenar* (Escritora en lengua francesa nacida en Bélgica, educada en Francia y afincada en Estados Unidos, donde falleció. Tenía doble nacionalidad, francesa y estadounidense; 1903-1987)

* El apellido Yourcenar era un seudónimo literario, anagrama del verdadero apellido: Crayencour. Su nombre completo fue Marguerite Antoinette Jeanne Marie Ghislain Cleenewerck de Crayencour, al que podrían añadirse al final de Cartier de Marchienne, sus apellidos maternos.  

sábado, 5 de julio de 2014

Espejos (65): VERSOS ÓRFICOS, de Marguerite Yourcenar

"... también del cielo constelado ¡Abridme la puerta de la gloria!"

En el umbral de una puerta oscura,
A la derecha, corre bajo un álamo
El agua del olvido.
 
A la izquierda brota la corriente de la memoria,
Helado cristal como un licor frío.
El agua de la memoria se estanca en mi corazón.
 
De allí beben mi alegría y mi zozobra;
En su ribera acampan los sabios;
Yo les diré: tengo miedo de morir.
 
La imagen derramada del tiempo
Se refleja en mi memoria;
Su hermoso espejo no está agrietado.
 
Soy hija de la tierra negra
Pero también del cielo constelado
¡Abridme la puerta de la gloria!
 
 

Marguerite Yourcenar* (Escritora en lengua francesa nacida en Bélgica, educada en Francia y afincada en Estados Unidos, donde falleció. Tenía doble nacionalidad, francesa y estadounidense; 1903-1987)

* El apellido Yourcenar era un seudónimo literario, anagrama del verdadero apellido: Crayencour. Su nombre completo fue Marguerite Antoinette Jeanne Marie Ghislain Cleenewerck de Crayencour, al que podrían añadirse al final de Cartier de Marchienne, sus apellidos maternos.