Vancouver: luz de agosto en la bahía. (Fotografía de Jules Etienne).
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martes, 14 de mayo de 2024

Mirándolas dormir: LA VIOLETA DEL PRÁTER, de Christopher Isherwood

"... donde se ha levantado un nuevo decorado: el dormitorio de Toni."

(
Fragmento)

Después del bullicio de la mañana, las tardes comienzan en un ambiente de ociosidad y reposo. Nos hemos trasladadom a otro plató, donde se ha levantado un nuevo decorado: el dormitorio de Toni. La primera escena que hay que rodar es la que precede a la llegada de la carta de Rudolf. Toni está echada en la cama, dormida; en sus labios aflora una sonrisa. Sueña con su amado y con la romántica cita del día anterior. En el exterior brilla una radiante mañana de primavera. Toni se mueve, despierta, se despereza, salta de la cama, cruza el cuarto corriendo, abre la ventana de par en par, respira con deleite el aroma de las flores y se pone a cantar el tema musical de la película.

Christopher Isherwood
(Inglés nacionalizado estadounidense, 1904-1986).

(Traducido al español por María Belmonte).

lunes, 3 de junio de 2013

Páginas ajenas: NO PERDURA, de José Emilio Pacheco

"... contemplaban la película de la que Ernesto no saldrá jamás."

A Edmundo Valadés en los cincuenta años de El Cuento

La mano de Claudia se cerró con mayor fuerza en su mano. Un vago horror remplazó la sorna con que Ernesto miraba la película. En la pantalla observada por miles de personas como ellos apareció un corredor sombrío. El rostro del que representa la víctima adquiere un aspecto de terror verdadero. Pero qué absurdo compartir en 1961 la sugestión de un público idiota al que espantan los trucos de una película filmada en los años treinta. Ernesto debió haberla visto de niño porque en ella todo le parecía familiar.

Ni siquiera está bien hecha, dijo en su interior. La actuación ya resulta muy anticuada. En el fondo es involuntariamente cómica. No me explico por qué no se ríe el público. Pero la mano de Claudia llenaba de sudor la palma de la mano de Ernesto, mientras en un campanario de utilería, en un estudio de filmación destruido años después por las bombas aliadas, suenan las doce de la noche en un reloj que ya no existe. Y sobre las rayas y veladuras de la copia maltrecha el vampiro avanza con un candelabro en la mano y el viento hace girar las cortinas de gasa. Viento muerto, viento falso, viento que no se alzó nunca: es una ficción más soplada por inmensos ventiladores eléctricos en un lugar de Europa que ha desaparecido. Hoy asienta multifamiliares o fábricas o grandes tiraderos de basura y escombros.

En ese mundo de celuloide próximo a deshacerse por la acción corrosiva de los nitratos la ventana se abre, vuela un falso murciélago que sostiene un hilo finísimo y, por obra del montaje, se transforma en vampiro. Es decir, en un hombre pálido o verdoso -el blanco y negro de la película no autoriza esa precisión- envuelto en una capa, sonriente y cruel con sus colmillos curvos y agudos. El vampiro camina hacia su víctima. El intérprete se vuelve hacia la cámara. Lo observan el director, el camarógrafo, la script-girl, todo el equipo. Al terminar la toma brindarán con el vampiro y hablarán de cómo Hitler se ha afianzado en el poder y prepara la venganza contra las naciones que humillaron a Alemania en 1918.

El vampiro murió (Holanda, la Luftwaffe). Los jóvenes del staff murieron en el invierno infernal de Stalingrado. Hoy el director hace películas azucaradas en que siempre se bailan valses vieneses. Todo normal. La muerte llega, la vida continúa, las guerras y los crímenes se olvidan. En 1961 el terror no brota de los castillos en los Cárpatos sino de los depósitos en los que almacenan bombas de hidrógeno.

Ernesto reflexionaba en todo esto. Pero en la otra realidad de la pantalla el rostro de la víctima llena el cuadro y observa, ya desprovisto de cualquier defensa, las caras del público remoto, impensable en el momento en que se filmaron esas secuencias. Y el close-up permanece hasta que el vampiro se acerca y clava sus colmillos en el cuello del último descendiente de quien en el siglo XVI violó su tumba, intentó clavarle una estaca en el pecho y derramó su sangre inmortal.
 
Ernesto la tomó del brazo cuando salieron del cine:
 
- ¿Te gustó?
- No, estas cosas me aterran.
- Claudia, por favor, ya estás grandecita.
- Perdóname. Comprendo que es una tontería.
- Me encantan las películas de terror... Son muy chistosas.
- A mí no. Luego no puedo dormir.
- ¿Dónde quieres cenar?
- En ningún lado. Ya se me hizo tarde.
- Son apenas las once.
- No quiero que mis padres se preocupen.
- Bueno, te iré a dejar. No quiero causarte problemas.
 
Veinte minutos después Ernesto detuvo el coche frente a la casa de Claudia.
 
- Pasa. Podemos tomar algo.
- No, mejor nos vemos mañana. Te llamo temprano.
- Como quieras. ¿Estás enojado?
- ¿Por qué voy a estarlo?
 
Ernesto la besó ligeramente en los labios; esperó a que entrara y siguió por avenida Revolución. Al llegar a San Ángel dio vuelta a la derecha y continuó por las calles empedradas. Bajó para abrir con su llave la puerta del garaje. Le pareció más ingrato que nunca vivir solo en lo que había sido la finca de sus bisabuelos, una casa de campo llena de corredores, edificada en 1890, cuando San Ángel era un lugar de fin de semana para los ricos de la capital.
 
La sirvienta se iba a las siete. A Ernesto le hubiera gustado escuchar otro rumor que no fuese el susurro del viento en los árboles y el murmullo del río agonizante al que pronto iban a sepultar en tubos de concreto. "Es", se dijo, "una noche ideal para la aparición de los vampiros. Por fortuna los vampiros no existen más que en los cuentos y en las películas."
 
Guardó el automóvil. Atravesó el jardín. Sintió caer una gota. Comenzaba la lluvia. Se levantaba el viento helado del Ajusco. Ernesto entró en su cuarto y se cambió de ropa. Tenía hambre. Estaba a punto de ir a la cocina cuando se apagó la luz.
 
"Pasa lo mismo siempre que llueve", murmuró. Encendió las cinco bujías de un candelabro y avanzó hacia la cocina. En ese instante se dio cuenta de que el corredor era idéntico al de la película. No, idéntico no: era el mismo corredor de la película.
 
La piel de Ernesto se erizó. Estaba en el corredor que había pisado siempre desde niño y también en el corredor en los Cárpatos que daba a habitaciones encortinadas de gasa. Se detuvo. Escuchó el aleteo de un murciélago. Cuando Ernesto se volvió, el murciélago era ya el vampiro, el muerto vivo enterrado en el siglo XVI y ahora mismo en 1961 y en el presente perpetuo que es el único tiempo conjugable en el cine.
 
Ernesto arrojó el candelabro. Se apresuró a abrir la puerta de la cocina. Entró en ella y descubrió a dos mil o tres mil espectadores que contemplaban la película de la que Ernesto no saldrá jamás. Porque el vampiro ya clava en él sus colmillos y la mano de Claudia se aferraba a la mano de un Ernesto ficticio. El verdadero Ernesto, ya agonizante, puede mirarlo desde el otro lado de la pantalla, mientras el vampiro le envenena la sangre y lo va hundiendo para siempre en la noche.


José Emilio Pacheco (México, 1939)

viernes, 15 de marzo de 2013

Los idus de marzo más allá de Shakespeare


El emperador romano Julio César fue asesinado un 15 de marzo, durante los idus de marzo, en el año 44, previo a la era cristiana. Este episodio histórico engendró una descendencia literaria prolífica y variada. Desde el relato de su muerte en La vida de los doce césares, de Suetonio, y la célebre tragedia de William Shakespeare, hasta la novela epistolar Los idus de marzo, de Thornton Wilder, otra novela que recurre al mismo título, del italiano Valerio Massimo Manfredi, además de que en la extensa saga sobre Roma de Colleen McCullough también se aborda este crimen en El caballo de César.

En el clásico drama shakespeareano un adivino le advierte a César que sea cauto con los idus de marzo. Más tarde, cuando éste le inquiere la fecha a Lucio: "¿No serán mañana los idus de marzo?", tras consultar el calendario le responderá: "Señor, estamos a catorce de marzo". Desde entonces la advertencia del agorero ha servido como metáfora y punto de partida para diferentes parábolas sobre el poder.

Suetonio llena su crónica de presagios: "En un sepulcro que guardaba, según decían, los restos de Capys, fundador de Capua, encontraron una plancha de bronce que conservaba en caracteres y palabras griegas la siguiente inscripción: Cuando se descubran las cenizas de Capys, un descendiente de Iulo perecerá a manos de sus deudos, pero no tardará en ser vengado por las desgracias de Italia y para que no se crea que esto es fábula inventada a capricho, citaré en mi apoyo a Cornelio Balbo, intimo amigo de César. Pocas fechas antes de su muerte supo que los caballos consagrados por él a los dioses antes de pasar el Rubicón, y que habían dejado vagar sin amo, se negaban a comer y lloraban; por su parte, el arúspice Spurinna le advirtió, durante un sacrificio, que se guardase del peligro que le amenazaba para los idus de marzo."

Esta es la carta que escribe Calpurnia* a su hermana Lucía precisamente el 15 de marzo, en la novela Los idus de marzo, de Thornton Wilder:

Cada día, antes de su marcha, se hace más preciado. Me da vergúenza no haber comprendido antes más claramente la fortaleza que requiere la vida de la mujer de un soldado.

Ayer por la tarde comimos con Lépido y Sextilia. Cicerón estaba allí y la reunión fue muy alegre. Más tarde, mi marido dijo que nunca había sentido tanta amistad por Cicerón, ni había notado tanto la que Cicerón le tenía; y eso, a pesar de que se hostigaban mutuamente con tal agudeza que Lépido ya no sabía adónde mirar. Mi marido hizo un relato de la revolución de Catilina como si hubiera sido una revolución de ratones contra un gato aburrido llamado Cicerón. Se levantó de la mesa y recorrió la habitación buscando en los rincones donde no había nada. Sextilia se rió tanto que le dio dolor de costado.

Encuentro cada día un marido nuevo.

Nos marchamos pronto, antes de oscurecer. Mi marido me preguntó si le permitía mostrarme algunos lugares a los que tenía cariño. Como puedes figurártelo, me asustaba ir por las calles, pero he aprendido a no acuciarle para que tome precauciones. Sé que se da perfecta cuenta del peligro y que se arriesga con pleno conocimiento de causa. Iba andando al lado de mi litera, seguido por unos pocos guardias. Llamé su atención hacia un etíope enorme que parecía también irnos siguiendo. Me explicó que había prometido a la reina de Egipto que nunca haría objeción alguna a la presencia de ese acompañante, que, desde entonces, aparece y desaparece misteriosamente; a veces se pasa toda la noche delante de nuestra casa y a veces le sigue durante tres días seguidos. En verdad, es una figura aterradora, pero mí marido parece tenerle mucha afición y continuamente le iba dirigiendo observaciones.

Se levantó mucho viento que pronto había de convertirse en tormenta. Bajamos la colina hasta el Foro, deteniéndonos, querida Lucía, aquí y allá para recordar algún momento de la Historia o de su propia vida... ¡Cómo apoya las manos en las cosas que ama y cómo me mira a los ojos para estar seguro de que estoy compartiendo sus recuerdos! Entramos en más de una calleja oscura, y apoyó la mano en la casa en que estuvo viviendo diez años de joven. Estuvimos parados al pie del Capitolio. Hasta cuando estalló la tormenta, y las gentes que pasaban volaban ante nosotros como hojas, él no quiso apresurar el paso. Me hizo beber agua de la fuente de Rea (que tenía fama de asegurar la fecundidad). ¿Cómo puedo ser la más feliz de las mujeres y, al mismo tiempo, estar tan llena de presentimientos?

Nuestro viajecito no fue cuerdo. Ambos pasamos una noche angustiosa. Yo soñé que el frontón de la casa se había desprendido en la tormenta y había caído sobre el pavimento. Al despertar, le encontré a mi lado gimiendo. Despertó, me abrazó y pude oír el latir precipitado de su corazon.

¡Ay, que los dioses inmortales velen sobre nosotros!

Esta mañana no se siente bien. Estaba ya completamente vestido y pronto a salir para el Senado cuando cambió de opinión. Volvió a su escritorio durante un momento y allí se quedó dormido, cosa que sus secretarios me dicen no le ha ocurrido nunca.

Ahora, despertó y se ha marchado después de todo.

Al final de su carta confiesa que se avergüenza de la misma por ser "tan de mujer". En cuanto a la novela de Manfredi, es así como describe el asesinato de Julio César:

Era la segunda y definitiva señal. Casca, que se había colocado detrás de César, asestó el golpe.

César dio un grito.
El rugido del león herido retumbó en la sala y en el exterior.
Gritó: «¡Es un ataque!» y antes de que el puñal lo golpeara torció el busto empuñando el estilo para traspasar el brazo del atacante. La mano de Casca tembló y el segundo golpe le hirió solo de refilón. Pero no tenía ya escapatoria: hacia dondequiera que César se volviese veía un puñal esgrimido contra él.
Todo el Senado se encendió de gritos.

La saga sobre Roma de la escritora australiana Colleen McCullough comprende siete títulos, de los cuales el sexto, The October Horse, según su traducción El caballo de César, publicado en 2002, es el que comprende este famoso pasaje histórico.

A  manera de colofón, la película con el título original en inglés Los idus de marzo -que es tal como se le conoce en España, en tanto que en México se le rebautizó Poder y traición y Secretos de estado en Argentina-, dirigida, protagonizada y coescrita por Gorge Clooney, se basa en una pieza escénica: Farragut North, de Beau Willimon. Su adaptación, al igual que la obra que la inspira, se ubica en un contexto contemporáneo y tampoco se relaciona con el asesinato de Julio César. Decidieron aprovechar el célebre diálogo en la tragedia de Shakespeare con una clara intención alegórica.

Jules Etienne

* Calpurnia Pisonis fue la tercera y última esposa de Julio César.

La ilustración corresponde a La muerte de Julio César (1798), de Vincenzo Camuccini.

martes, 28 de diciembre de 2010

MI AMIGO EL CINE: Un testimonio muy personal



Era, como hoy, un 28 de diciembre, hace 115 años, cuando tuvo lugar en el Grand Café de París, la primera exhibición pública del invento de los hermanos Auguste y Louis Lumiére: el cinematógrafo. Es decir, que ese día nació formalmente para el mundo, en su expresión más primitiva, el cine. Millones de kilómetros de celuloide se han filmado desde entonces. Si la Metro Goldwyn Meyer presumía que tan sólo de la superproducción Ben Hur, en 1959, se habían revelado en sus laboratorios de Londres, un millón doscientos cincuenta mil pies de película, ya podemos ir haciendo la cuenta.

¿Cuántas funciones de cine habrán tenido lugar desde entonces? ¿cuántas historias nos habrá contado? El cine forma parte de nuestra vida cotidiana. Nos hemos vestido, peinado y hasta comportado, de acuerdo con lo que se proyecta en las pantallas del mundo. Y pensar que los hermanos Lumiére lo consideraban una mera curiosidad científica, sin un futuro como negocio o espectáculo.

Yo no tomé conciencia de que había sido seducido por el cine porque fue una experiencia fulminante: amor a primera vista. Mi padre, que no era un cinéfilo sino un vicioso, me llevaba los domingos a las funciones de matinée en el cine Tampico -por lo tanto, no es necesario indicar en qué ciudad-, eran triples programas con películas de Tarzán, de aventuras o de vaqueros. Regresábamos a comer a la casa y por la tarde llevábamos a mi madre a ver algún estreno en el cine Plaza. Entre semana también se las ingeniaba para encontrar tiempo de llevarme al cine, cuando había concluido mi horario de clases, de plano él ya no regresaba a su trabajo en la joyería de mi abuelo. Veíamos todos los géneros y frecuentábamos las pocas salas de aquel viejo Tampico en los años sesenta. Mi padre había crecido viendo a Chaplin y el Gordo y el Flaco -como se les conocía en México a Laurel y Hardy-, y se siguió riendo a carcajada abierta cada vez que los veía, hasta su muerte.

Muchos años más tarde, convertí a mi primera esposa, Gabriela, en una tenaz espectadora. Viajábamos a la ciudad de México para ver las películas de la Muestra Internacional de Cine. Diseñaba unos horarios extenuantes para poder asistir al máximo de funciones al día. Debo reconocer, tantos años después, que no sólo mantuvo el ritmo exigido, sino que jamás se quejó (aunque ignoro si ahora, al referirse a nuestro fallido matrimonio, lo haga; pero en aquella época, fue una espléndida compañera).

¿Qué podía yo esperar en mi vida si me habían heredado un virus? Porque todavía sigo preguntándome si habrá algo genético en la transmisión de esa debilidad por el cine. De manera que a lo largo de mi existencia dirigí publicaciones de cine, impartí la materia de teoría y taller de cine en la universidad, fui conductor de una serie televisiva sobre cine y productor asociado en otra, estuve al frente de la Cineteca Nacional de México y recién acabo de terminar de escribir mi nueva novela sobre una estrella de cine.

Por eso, no podía dejar pasar desapercibida esta fecha y desearle un feliz cumpleaños al cinematógrafo. Ha sido parte esencial de mi vida. Gracias, cine.


Jules Etienne