Vancouver: luz de agosto en la bahía. (Fotografía de Jules Etienne).
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domingo, 24 de diciembre de 2023

Solsticio de invierno: UNA PARTIDA DE AJEDREZ, de Wilhelm Jensen

"... para que esta noche del solsticio hiemal, las mismas pronostiquen el brillo del sol..."

(Fragmento)

Hija mía, como me dijiste ya en varias ocasiones, que tu corazón no podía olvidar al joven estudiante, del cual te enamoraste.

Lo que sucedió hace unos momentos, fue que, Wolfgang era un jugador, apostó por su vida, pero no por el dinero, sino para conquistarte a ti.

Su honor estuvo por encima de su suerte en el juego de ajedrez y de su vida, con la que quiso acabar.

Por ti, se sometió a la tentación, pero ha aprobado el examen.

Hoy es Nochebuena, Erwine, y te dije que la organizaras festivamente y esperaras mi llegada.

Ruego que me disculpes, ya que a causa de mi vejez te tuve, con lo joven que eres, demasiado tiempo sola en esta casa.

Una vez reconocido por mi parte, os ruego encendáis las velas de vuestro árbol de la vida para que en esta noche del solsticio hiemal, las mismas pronostiquen el brillo del sol de vuestro verano.

Wilhelm Jensen (Alemania, 1837-1911).

miércoles, 6 de enero de 2016

Unicornios: PÁLIDO FUEGO, de Vladimir Nabokov

"... transformando peones en unicornios de marfil..."

 (Fragmento del Canto Tercero)
 
¡Vida Eterna... basada en una errata!
Mientras volvía a casa reflexioné:
¿aceptar la sugestión  y dejar de investigar mi abismo?
Pero de pronto vi que allí estaba
la verdadera cuestión, el tema en contrapunto;
nada más que esto: no el texto sino la textura; no el sueño
sino la coincidencia invertida,
no el absurdo fútil sino una trama de sentido.
¡Sí! Bastaba que yo pudiera encontrar en la vida
algún vínculo laberíntico, una especie
de estructura concordante en el juego,
un arte plexiforme y algo del mismo
placer que quienes lo jugaban encontraban.
 
No importaba saber quiénes eran. Ningún ruido,
ninguna luz furtiva salía de su intrincada
morada, pero allí estaban, apartados y mudos,
jugando a un juego de mundos, transformando peones
en unicornios de marfil y faunos de ébano;
manteniendo aquí una larga vida, extinguiendo
allá una breve; matando a un rey balcánico;
haciendo caer del cielo un gran trozo de hielo formado
en un avión que vuela a gran altura
y causando la muerte de un granjero; escondiendo mis llaves,
mis anteojos o mi pipa. Coordinando estos
acontecimientos y estos objetos con sucesos lejanos
y objetos desaparecidos. Haciendo ornamentos
de accidentes y posibilidades.
 
 
 Vladimir Nabokov (Ruso nacionalizado estadounidense, 1899-1977).

jueves, 19 de noviembre de 2015

Venecia: MÁSCARAS DEL ALBA, de Octavio Paz (en el día mundial del ajedrez)


Sobre el tablero de la plaza
se demoran las últimas estrellas.
Torres de luz y alfiles afilados
cercan las monarquías espectrales.
¡Vano ajedrez, ayer combate de ángeles!
 
Fulgor de agua estancada donde flotan
pequeñas alegrías ya verdosas,
la manzana podrida de un deseo,
un rostro recomido por la luna,
el minuto arrugado de una espera,
todo lo que la vida no consume,
los restos del festín de la impaciencia.
 
Abre los ojos el agonizante.
Esa brizna de luz que tras cortinas
espía al que la expía entre estertores
es la mirada que no mira y mira,
el ojo en que espejean las imágenes
antes de despeñarse, el precipicio
cristalino, la tumba de diamante:
es el espejo que devora espejos.
 
Olivia, la ojizarca que pulsaba,
las blancas manos entre cuerdas verdes,
el arpa de cristal de la cascada,
nada contra corriente hasta la orilla
del despertar: la cama, el haz de ropas,
las manchas hidrográficas del muro,
ese cuerpo sin nombre que a su lado
mastica profecías y rezongos
y la abominación del cielo raso.
Bosteza lo real sus naderías,
se repite en horrores desventrados.
 
El prisionero de sus pensamientos
teje y desteje su tejido a ciegas,
escarba sus heridas, deletrea
las letras de su nombre, las dispersa,
y ellas insisten en el mismo estrago:
se engastan en su nombre desgastado.
 
Va de sí mismo hacia sí mismo, vuelve,
en el centro de sí se para y grita
¿quién va? y el surtidor de su pregunta
abre su flor absorta, centellea,
silba en el tallo, dobla la cabeza,
y al fin, vertiginoso, se desploma
roto como la espada contra el muro.


La joven domadora de relámpagos
y la que se desliza sobre el filo
resplandeciente de la guillotina;
el señor que desciende de la luna
con un fragante ramo de epitafios;
la frígida que lima en el insomnio
el pedernal gastado de su sexo;
el hombre puro en cuya sien anida
el águila real, la cejijunta
voracidad de un pensamiento fijo;
el árbol de ocho brazos anudados
que el rayo del amor derriba, incendia
y carboniza en lechos transitorios;
el enterrado en vida con su pena;
la joven muerta que se prostituye
y regresa a su tumba al primer gallo;
la víctima que busca a su asesino;
el que perdió su cuerpo, el que su sombra,
el que huye de sí y el que se busca
y se persigue y no se encuentra, todos,
vivos muertos al borde del instante
se detienen suspensos. Duda el tiempo,

el día titubea.
 

Soñolienta
en su lecho de fango, abre los ojos
Venecia y se recuerda: ¡pabellones
y un alto vuelo que se petrifica!
Oh esplendor anegado...
Los caballos de bronce de San Marcos
cruzan arquitecturas que vacilan,
descienden verdinegros hasta el agua
y se arrojan al mar, hacia Bizancio.
Oscilan masas de estupor y piedra,
mientras los pocos vivos de esta hora...
Pero la luz avanza a grandes pasos,
aplastando bostezos y agonías.
¡Júbilos, resplandores que desgarran!
El alba lanza su primer cuchillo.
 
 
Venecia, 1948
 
 
Octavio Paz (México, 1914-1998). Obtuvo el premio Nobel en 1990. 

jueves, 12 de junio de 2014

Espejos (42): LA NOCHE A TRAVÉS DEL ESPEJO, de Fredric Brown

"Ajedrez de a través del espejo, y ajedrez real, ambos."

Capítulo catorce
 
(Fragmento)
 
¿Qué es lo que Alicia había encontrado?

Piezas de ajedrez, y una partida de ajedrez. Y Alicia había sido un peón. Ésa era la razón por la que había cruzado el tercer cuadro en tren. Y cada resoplido de humo costaba a mil libras por unidad, casi tan caro como podría haberme costado el humo de mi puro si Smiley no me lo hubiera quitado de las manos y hubiera dicho que era suyo.

Piezas de ajedrez, y una partida de ajedrez.

¿Pero quién era el jugador?

Y de pronto lo supe. Sin lógica alguna, porque no tenía ni asomo de motivos. No entendía el porqué, pero Yehudi Smith me había dicho cómo, y ahora yo había descubierto el quién.

La trama. Fuera quien fuese quien había planeado el problema de ajedrez de esta noche, lo había hecho muy bien, y había jugado magníficamente. Ajedrez de a través del espejo, y ajedrez real, ambos. Y me conocía muy bien, lo que quería decir que yo le conocía también. Conocía mis puntos flacos, las trampas en las que podía caer. Sabía que iría con Yehudi Smith gracias a la fuerza de aquella historia loca y absurda que Smith me había contado.

Pero, ¿por qué? ¿Qué sacaba en limpio? Había matado a Miles Harrison, a Ralph Bonney y a Yehudi Smith. Y había dejado el dinero que Miles y Ralph transportaban en el maletín, y lo había puesto en el maletero de mi coche, junto con los dos cadáveres.

El dinero no había sido el motivo. O bien era así, o el motivo había sido tan gran cantidad de dinero que los dos mil dólares que Bonney llevaba no tenían mayor importancia.

¿Y no era uno de los hombres implicados uno de los más ricos de Carmel City? Ralph Bonney. La fábrica de pirotécnica, inversiones, terrenos e inmuebles, todo debía acercarse a la suma de, bueno, quizá medio millón de dólares. Alguien que mata por medio millón de dólares bien puede dejar dos mil como producto de un atraco junto a los cuerpos de los asesinados, para procurar que le carguen el mochuelo al peón que ha elegido, para alejar de sí cualquier sospecha.

Consideremos los hechos.

Ralph Bonney obtuvo el divorcio hoy. Fue asesinado esta noche.

Entonces la muerte de Miles Harrison fue accidental. Yehudi Smith había sido otro peón.

Un cerebro retorcido, pero brillante. Un pensamiento frío y cruel. Y sin embargo, paradójicamente, al que le encantaba la fantasía, como a mí y que adoraba a Lewis Carroll, como yo.
 
 
Fredric Brown (Estados Unidos, 1906-1972)