Vancouver: luz de agosto en la bahía. (Fotografía de Jules Etienne).
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viernes, 19 de enero de 2024

Mirándolas dormir: EL TRIUNFO DE LA VIDA y EL ÚLTIMO HOMBRE, de Percy Bysshe y Mary Shelley

"Como una enamorada que dormida (...) Como una enamorada que se eleva en el sueño..."

El triunfo de la vida

(Fragmento)

Como una enamorada que dormida
se eleva sobre lagos de nenúfares-
niebla de plata, música extasiada-
así la forma parecía andar
besando con sus pies la bailarina
espuma, deslizándose en el aire
que encrespa la amatista a flor de agua
o en los rayos oblicuos del albor
que caen entre los bosques o sus sombras.

(Traducido al español por Luis Castellvi Laukamp).

Como una enamorada se eleva en el sueño
Sobre lagos cubiertos de lirios en una niebla plateada
Con una música prodigiosa, así podría parecer esta forma.
En parte para pisar las olas con pies que mueven
La espuma danzante, en parte para deslizarse
Por los aires raspando a la húmeda amatista,
O los rayos oblicuos de la mañana que caen entre
Los árboles, o las suaves sombras de los árboles.

(Traducido al español por Jules Etienne).

(As one enamoured is upborne in dream
O'er lily-paven lakes mid silver mist
To wondrous music, so this shape might seem
Partly to tread the waves with feet which kist
The dancing foam, partly to glide along
The airs that roughened the moist amethyst,
Or the slant morning beams that fell among
The trees, or the soft shadows of the trees).

Percy Bysshe Shelley (Inglés fallecido en Italia, 1792-1822).

"Idris dormía (...) Dudé un instante si debía despertarla..."

El último hombre

(Fragmento del capítulo VII)

El sueño, bálsamo soberano, consiguió sumergir sus ojos llorosos en el olvido.

Idris dormía. La quietud invadía el castillo, cuyos habitantes habían sido conminados a reposar. Yo estaba despierto, y durante las largas horas de aquella noche muerta, mis pensamientos rodaban en mi cerebro como diez mil molinos rápidos, agudos, indomables. Todos dormían -toda Inglaterra dormía-; y desde mi ventana, ante la visión del campo iluminado por las estrellas, vi que la tierra se extendía plácida, reposada. Yo estaba despierto, vivo, mientras el hermano de la muerte se apoderaba de mi raza. ¿Y si la más poderosa de aquellas deidades fraternales dominara a la otra? En verdad, y por paradójico que resulte, el silencio de la noche atronaba en mis oídos. La soledad me resultaba intolerable. Posé la mano sobre el corazón palpitante de Idris y acerqué el oído a su boca para sentir su aliento y cerciorarme de que seguía existiendo. Dudé un instante si debía despertarla, pues un terror femenino invadía todo mi cuerpo. ¡Gran Dios! ¿Habrá de ser así algún día? ¿Algún día todo, salvo yo mismo, se extinguirá, y vagaré solo por la tierra? ¿Han sido éstas voces de aviso, cuyo sentido inarticulado y premonitorio debe hacerme creer?

Mary Shelley (Inglaterra, 1797-1851).

(Traducido al español por Juanjo Estrella).

domingo, 19 de febrero de 2023

Conejos: ST. IRVYNE, o EL ROSACRUZ, de Percy Bysshe Shelley; y FRANKENSTEIN, de Mary Shelley

"... o el salto de una liebre en el brezal bastaban para que se estremeciera de miedo."

St. Irvyne, o El rosacruz

(Fragmento del capítulo VIII)

Sin hacer caso de las fervientes súplicas de Megalena, se dejó caer en una silla, donde permaneció sumido en lúgubre y profunda melancolía. Y no le ofreció ninguna respuesta, sino que, inmerso en un aluvión de devastadores pensamientos, se quedó en silencio. Incluso cuando se retiraron a descansar, y pudo en algún momento descabezar un ligero sueño, aquel hombre volvía a presentarse ante él, como si la imponente figura de Ginotti le dominase, y que aquella última mirada que sus aterra- dores ojos le habían dirigido se revolviese en su interior en una indescriptible agonía. Wolfstein tuvo la impresión de que el tiempo transcurría con lentitud. Y Ginotti, aunque ya se había marchado, y muy lejos quizá, le rondaba aún por la cabeza, como si su imagen se le hubiera quedado grabada con terribles e indelebles caracteres. Fueron muchas las ocasiones en que vagó por aquellos solitarios brezos. Y en cada ráfaga de viento que soplaba sobre los dispersos vestigios de lo que una vez fuera un bosque, parecía siempre flotar la voz, el acento terrible de Ginotti. Y en cada oscuro recoveco, junto a las sombras envolventes de una tétrica noche, parecía acechar su silueta, mientras que, con mirada hostil, aquellos ojos parecían traspasar la afligida conciencia de Wolfstein a medida que caminaba. La caída de una hoja o el salto de una liebre en el brezal bastaban para que se estremeciera de miedo. Y hasta en aquella espantosa soledad, se sentía irresistiblemente impelido a permanecer solo. Ni los encantos de Megalena eran ya capaces de ofrecer un poco de tranquilidad a su alma, porque efímera es la amistad entre los malvados, a la que siempre sigue el hastío que produce una atadura anclada en las tumultuosas visiones de la pasión o los intereses: irremediablemente, ha de hundirse en el abismo del tedio, seguido de esas apatía e indiferencia de las que, por su propio origen, es merecedora.

Frankenstein

(Fragmento del capítulo 7)

Muchas veces, extenuado por una caminata agotadora, intentaba convencerme mientras andaba de que estaba soñando y que cuando llegara la noche despertaría a la realidad en brazos de los míos. ¡Qué punzante cariño sentía hacia ellos!; ¡cómo me aferraba a sus queridas siluetas, cuando a veces me visitaban, incluso estando despierto, e intentaba convencerme de que aún estaban con vida! En aquellos momentos, la venganza que me corroía el corazón se aplacaba, y continuaba mi camino hacia la destrucción de aquel demonio más como un deber impuesto por el cielo, como el impulso mecánico de un poder del cual era inconsciente, que como el ardiente deseo de mi espíritu.

Desconozco los sentimientos de aquel a quien perseguía. A veces dejaba cosas escritas en los troncos de los árboles o talladas en la piedra, que me guiaban o avivaban mi cólera. «Mi reinado aún no ha acabado -estas eran las palabras que se leían en una de las inscripciones–-; sigues viviendo y mi poder es total. Sígueme; voy hacia el norte en busca de las nieves eternas, donde padecerás el tormento del frío y el hielo al que yo soy insensible. Si me sigues de cerca, encontrarás no lejos de aquí una liebre muerta; come y recupérate. ¡Adelante, enemigo!; aún nos queda luchar por nuestra vida; pero hasta entonces te esperan largas horas de sufrimiento.»

Percy Bysshe Shelley (Inglés fallecido en Italia, 1792-1822).
Mary Shelley (Inglaterra, 1797-1851).

miércoles, 29 de abril de 2020

Epidemias: EPIPSYCHIDION, de P. B. Shelley

"... navegan más allá, hacia lo lejos, en su terrible ruta; las aladas borrascas, su salmodia de truenos..."

(Fragmento)

Y todo movimiento y olor, luz y sonido
con aquella profunda música van acordes,
que es un alma en el alma -y dijérase que son
como ecos de un sueño prenatal, lejanos.
Entre el cielo y la tierra, el aire y el mar,
se mece aquella isla, suspensa en la paz clara:
brilla, así en el Edén Lucifer vagabundo,
lavada por océanos azules de aire joven.
Es lugar elegido. Ni el Hambre ni las Plagas,
ni la Peste o la Guerra o el Temblor, posan nunca
la planta en sus picachos; buitres ciegos, navegan
más allá, hacia lo lejos, en su terrible ruta;
las aladas borrascas, su salmodia de truenos
ofreciendo a otras tierras, dejan simas azules
de paz sobre la isla, o lloran su rocío,
que renueva los campos y bosques, para siempre,
en su inmortalidad verdeante y dorada.


Percy Besshe Shelley (Inglés fallecido en Italia, 1792-1822).