Vancouver: luz de agosto en la bahía. (Fotografía de Jules Etienne).
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martes, 27 de agosto de 2024

Mirándolas dormir: LA INCREÍBLE Y TRISTE HISTORIA DE LA CÁNDIDA ERÉNDIRA Y SU ABUELA DESAL- MADA, de Gabriel García Márquez

"Ulises permaneció contemplándola un largo rato sin despertarla, pero la contempló con tanta intensidad que Eréndira despertó."
 
(
Fragmento)

En esa ocasión, Ulises no tuvo que preguntarle a nadie por el rumbo de Eréndira. Atravesó el desierto escondido en camiones de paso, robando para comer y para dormir, y robando muchas veces por el puro placer del riesgo, hasta que encontró la carpa en otro pueblo de mar, desde el cual se veían los edificios de vidrio de una ciudad iluminada, y donde resonaban los adioses nocturnos de los buques que zarpaban para la isla de Aruba. Eréndira estaba dormida, encadenada al travesaño, y en la misma posición de ahogado a la deriva, en que lo había llamado. Ulises perma- neció contemplándola un largo rato sin despertarla, pero la contempló con tanta intensidad que Eréndira despertó. Entonces se besaron en la oscuridad, se acariciaron sin prisa, se desnudaron hasta la fatiga, con una ternura callada y una dicha recóndita que se parecieron más que nunca al amor.

Cien años de soledad

Tras el éxito inusitado que obtuvo su primera edición en 1967, García Márquez permaneció un tiempo bloqueado y no volvió a escribir sino hasta 1972, la novela breve -noveleta sería el término preciso- sobre el personaje de la cándida Eréndira, misma que apareció publicada un par de años más tarde. El siguiente párrafo, debió dar origen al mencionado relato tal y como ahora se le conoce.

(Fragmento del capítulo III)

Aureliano ansiaba que aquella operación no terminara nunca. Conocía la mecánica teórica del amor, pero no podía tenerse en pie a causa del desaliento de sus rodillas, y aunque tenía la piel erizada y ardiente no podía resistir a la urgencia de expulsar el peso de las tripas. Cuando la muchacha acabó de arreglar la cama y le ordenó que se desvistiera, él le hizo una explicación atolondrada: «Me hicieron entrar. Me dijeron que echara veinte centavos en la alcancía y que no me demorara.» La muchacha comprendió su ofuscación. «Si echas otros veinte centavos a la salida, puedes demorarte un poca más», dijo suavemente. Aureliano se desvistió, atormentado por el pudor, sin poder quitarse la idea de que su desnudez no resistía la comparación can su hermano. A pesar de los esfuerzas de la muchacha, él se sintió cada vez más indiferente, y terriblemente solo. «Echaré otros veinte centavos», dijo con voz desolada. La muchacha se lo agradeció en silencio. Tenía la espalda en carne viva. Tenía el pellejo pegado a las costillas y la respiración alterada por un agotamiento insondable. Dos años antes, muy lejos de allí, se había quedado dormida sin apagar la vela y había despertado cercada por el fuego. La casa donde vivía can la abuela que la había criada quedó reducida a cenizas. Desde entonces la abuela la llevaba de pueblo en pueblo, acostándola por veinte centavos, para pagarse el valor de la casa incendiada. Según los cálculos de la muchacha, todavía la faltaban unos diez años de setenta hombres por noche, porque tenía que pagar además los gastos de viaje y alimentación de ambas y el sueldo de los indios que cargaban el mecedor. Cuando la matrona tocó la puerta por segunda vez, Aureliano salió del cuarto sin haber hecho nada, aturdido por el deseo de llorar. Esa noche no pudo dormir pensando en la muchacha, con una mezcla de deseo y conmiseración. Sentía una necesidad irresisti- ble de amarla y protegerla. Al amanecer, extenuado por el insomnio y la fiebre, tomó la serena decisión de casarse con ella para liberarla del despotismo de la abuela y disfrutar todas las noches de la satisfacción que ella le daba a setenta hombres. Pera a las diez de la mañana, cuando llegó a la tienda de Catarino, la muchacha se había ido del pueblo.

Gabriel García Márquez
(Colombiano fallecido en México, 1927-2014). Obtuvo el premio Nobel en 1982.

lunes, 26 de agosto de 2024

Mirándolas dormir: DEL DIARIO DE UN CARACOL, de Günter Grass

"Lisbeth era más hermosa cuando estaba echada. Mucha carne dormida que (...) permanecía inmóvil (...) Lisbeth, que nunca cerraba los ojos..."

(Fragmento del capítulo 19)

Lisbeth era más hermosa cuando estaba echada. Mucha carne dormida que, con su clara pelusa, permanecía inmóvil. Sobre Lisbeth, que nunca cerraba los ojos, colgaba a la izquierda de la ventana del sótano, pegado en cartón, el grabado inglés coloreado a mano de Zweifel que representaba un caracol con su casa a cuestas, y a la derecha de la ventana, igualmente sobre cartón (y entretanto con manchas de moho), la reproducción de la Melancolía. Durante mucho tiempo desacostumbrado -porque había renunciado también al onanismo-, Zweifel se acostumbró rápidamente. El paso pesado de ella en la escalera, como de arrastrar patatas, su olor a turbera: y ya respondía el miembro de él al llamamiento. Se desabrochaba mientras ella se iba despojando. (Evidentemente, Lisbeth recordaba cómo lo había hecho el ferroviario y cómo lo había recibido: se echaba sencillamente y abría las piernas). Tanta provisión y previsión. Zweifel se introducía en Lisbeth Stomma como si el sótano no fuera bastante escondite para él. No olvidaba nada. Su impulso se negaba a disminuir. Mucha ternura, curiosidad, como si hubiera cavernas todavía desconocidas. No buscaba sólo el orificio, quería liberarse de algo más que de aquel poquito. Sin embargo, Lisbeth permanecía seca y no cerraba los ojos. Yacía muda entre sus empujones, que acababan en el vacío. No lo acogía entre sus muslos, lo dejaba simplemente entrar, hasta que él había concluido y caía de lado.

Günter Grass
(Alemania, 1927-2015). Obtuvo el premio Nobel en 1999.

(Traducido al español por Miguel Sáenz).

domingo, 4 de agosto de 2024

Mirándolas dormir: MEJOR HOY QUE MAÑANA, de Nadine Gordimer

"Puede que poco después lo oyera ella, se movió con los ojos cerrados y lo buscó a tientas. Adormilados, volvieron a hacer el amor."

(Fragmento)

¿Quién era el amante apasionado, ella o él, en generosa rivalidad? Cuando ella innovaba en esto, él se descubría innovando en aquello que no había imaginado. Las invasiones de la pasión eran un laberinto donde ella admitía no sólo lo que su cuerpo estaba preparado para recibir, sino también la capacidad erótica que siempre había estado oculta en el interior de Steve. Así que él también era otro.

Estaban casi dormidos cuando él salió de ella y sus cuerpos se acomodaron sobre las caderas, enfrentados como si el estrecho espacio de la cama los abrazara. Un momento antes de despuntar el día -debió ser entonces, la luz de primavera aparece pronto en el hemisferio norte en preparación para el largo invierno- él despertó y oyó en el silencio el rumor del río. Puede que poco después lo oyera ella, se movió con los ojos cerrados y lo buscó a tientas. Adormilados, volvieron a hacer el amor.

Nadine Gordimer (Sudáfrica, 1923-2014).
Obtuvo el premio Nobel en 1991.

(Traducido al español por Miguel Temprano García).

miércoles, 31 de julio de 2024

Mirándolas dormir: MEMORIAL DEL CONVENTO, de José Saramago

"Blimunda estaba allí, en la puerta, con un cesto lleno de cerezas, y respondía, Hay un tiempo para construir y un tiempo para destruir..."

Érase una vez un soldado manco y una mujer que tenía poderes

(Fragmentos)

Baltasar y el padre Bartolomeu Lourenço se miraron perplejos, y luego hacia fuera. Blimunda estaba allí, en la puerta, con un cesto lleno de cerezas, y respondía, Hay un tiempo para construir y un tiempo para destruir, unas manos asentaron las tejas de este tejado, otras lo echarán abajo, y todas las paredes si es preciso. Ésta es Blimunda, dijo el cura, Sietelunas, añadió el músico. Llevaba ella pendientes de cerezas, las traía así para que lo viera Baltasar, y por eso se acercó a él sonriendo y tendiéndole el cesto, Es Venus y Vulcano, pensó el músico, perdonemos la obvia comparación clásica, qué sabe él cómo es el cuerpo de Blimunda bajo las ropas groseras que viste, y Baltasar no es sólo el tizón negro que parece, aparte de no ser cojo, como Vulcano, sino manco, pero eso también lo es Dios. Y qué más quisiera Venus que tener los ojos que Blimunda tiene, vería así fácilmente en los corazones de los amantes, que en algo ha de prevalecer un simple mortal sobre las divinidades. Y eso sin contar que hay algo en lo que también Baltasar gana a Vulcano, porque si el dios perdió a la diosa, este hombre no perderá a su mujer.

(...)

La noche iba refrescando. Blimunda se había quedado dormida con la cabeza apoyada en el hombro de Baltasar. Más tarde, él la llevó adentro, se acostaron. El cura salió al patio, estuvo allí toda la noche, de pie, mirando al cielo y murmurando en tentación.
(...)

Todas las noches, el cura, cuando volvía a la ciudad por caminos oscuros y senderos que bajaban hacia Santa Marta y Valverde, se ponía a desear, medio delirante, que le saliesen facinerosos al camino, quizá el mismo Baltasar, con la espada herrumbrosa y el espigón mortal, para vengar a Blimunda, y así acabaría todo. Pero Sietesoles, a esa hora, estaba ya acostado, cubría a Sietelunas con el brazo sano y murmuraba, Blimunda, y entonces el nombre atravesaba un ancho y oscuro desierto lleno de sombras, tardaba mucho tiempo en llegar a su destino, y luego, al regresar, las sombras penosamente apartadas, los labios se movían dificultosamente, Baltasar, allá fuera se oía el rumor de las ramas de los árboles, a veces el grito de un ave nocturna, bendita seas tú, noche, que cubres y proteges lo bello y lo feo con la misma capa indiferente, noche antiquísima e idéntica, ven. Cambiaba la cadencia de la respiración de Blimunda, señal de que se había quedado dormida, y Baltasar, extenuado por la ansiedad, podía también entrar en el sueño para reencontrar la risa de Blimunda, qué sería de nosotros si no soñásemos.

José Saramago
(Portugués fallecido en España, 1922-2010). Obtuvo el premio Nobel en 1988.

(Traducido al español por Basilio Losada).
La ilustración corresponde a una fotografía original de Natalia Ciobanu (de 2012),
modificada por la adición de las cerezas sin su autorización.

sábado, 20 de julio de 2024

Mirándolas dormir: LA COSTUMBRE DE AMAR, de Doris Lessing

"Cuando tuvo la certeza de que estaba dormida, George se apoyó en un codo y la observó."

(Fragmentos)

Ahora se sentía feliz porque cuando las damas distinguidas y los caballeros del mundo del teatro o de las letras lo iban a ver, Bobby se mostraba distante, como una exquisita ama de llaves, y en el momento en que se iban su pilluela simpatía regresaba. Ello era prueba de su intimidad. A veces la llevaba a cenar o al teatro. Cuando se arreglaba, Bobby se vestía con ropas atrevidas y a la moda y se comportaba con la insolencia de una modelo. George iba a su lado, con una sonrisa cariñosa, a la espera de que llegara el momento en que aquellos negros, atrevidos y arrebatadores ojos volvieran a resplandecer, más allá de la lánguida mirada de la mujer que se exhibía para que la admiraran, mostrándole al mundo que se divertía con él, prometiéndole que pronto, cuando regresaran al piso, de nuevo solos, volvería a convertirse en aquella chiquilla encantadora o en la gallarda muchacha desampa- rada.
(...)

George le pidió que se casaran, y ella levantó su pequeña e impecable cara con un gesto de animal asustado y dijo:

- ¿Por qué quieres casarte conmigo?

- Porque me gusta estar contigo, querida. Me encanta estar contigo.

- Bueno, a mi también me gusta estar contigo. -Sonaba inquisitiva. ¿Se lo estaba preguntando a ella misma?-. Es raro -añadió en cockney, riéndose-. Raro pero cierto.

La boda iba a ser discreta, pero se difundió mucho en los periódicos. Poco antes, varios hombres de la generación de George habían contraído matrimonio con mujeres jóvenes. Uno de ellos había tenido un hijo a los setenta. Los diarios lisonjearon a George, y este le contó a Bobby una gran parte de su vida que no había traído a colación antes. Comentó, por ejemplo, que toda su generación había sido más exitosa en los asuntos de amor y sexo que la posterior.

(...)

George hizo el amor a Bobby; ella cerró los ojos y él notó que ella no se sentía en absoluto incómoda. Cuando terminaron la tomó entre sus brazos, y entonces sencillamente regresó, con un incrédulo e impresionante alivio del corazón, a una felicidad que -y ahora le parecía increíblemente ingrato que pudiera haberlo hecho- había dado por sentada durante muchos años. No era posible, pensó, con aquel cuerpo sumiso entre sus brazos, que hubiera podido estar solo durante tanto tiempo. Había sido intolerable. Abrazó el cuerpo silencioso que alentaba y le acarició la espalda y los muslos, y sus manos rememoraron los sentimientos de casi cincuenta años de amor. Podía sentir las emociones memorizadas a lo largo de su vida al recorrer el cuerpo de ella, y su corazón se colmó de un regocijo que le pareció que no había conocido antes, puesto que era el resultado de muchos amores.

Estaba a punto de apoderarse de sus últimos recuerdos cuando ella se apartó con brusquedad, se sentó y dijo:

- Me apetece un cigarrillo. ¿Y a ti?

- Sí, claro, querida, si tú quieres.

Fumaron. Se acabaron el cigarrillo, ella se tumbó boca arriba, con los brazos cruza- dos sobre el pecho, y dijo:

- Tengo sueño -cerró los ojos. Cuando tuvo la certeza de que estaba dormida, George se apoyó en un codo y la observó. Aún había luz, y la curva de su mejilla era amplia y delicada como la de un niño. La acarició con la palma de la mano, mientras ella seguía sumida en el sueño, pero se encogió como un puño; y la de ella, que era blanca e informe como la de un niño, estaba cerrada sobre la almohada, ante su cara.

George intentó abrazarla y ella se alejó hasta el borde de la cama. Estaba profun- damente dormida y su sueño era inalcanzable. No podía soportarlo. Se levantó de la cama y se acercó a la ventana, en el aire frío de la noche primaveral, y contempló los blancos cerezos bajo la luna blanca, y pensó en la gélida chica que dormía en la cama.

Doris Lessing (Inglesa nacida en Irán, 1919-2013).
Obtuvo el premio Nobel en 2007.

sábado, 13 de julio de 2024

Mirándolas dormir: EL TREN LLEGÓ PUNTUAL, de Heinrich Böll

"... la muchacha no sólo se ha asustado al oírle, sino que parece totalmente agotada..."

(Fragmento)

- ¡Detente! -grita asustado. Y al conjuro de su voz, las manos de Olina se apartan de las teclas.

Se frota la frente dolorida, y a la pálida luz de la lámpara nota que la muchacha no sólo se ha asustado al oírle, sino que parece totalmente agotada, cual si la dominara un cansancio supremo tras escalar las altas torres, aferrándose a ella con sus suaves manos. Las comisuras de sus labios tiemblan como las de un niño a quien la fatiga impide llorar. Se le ha soltado el cabello, está pálida y tiene profundas ojeras.

Andreas se acerca a ella y, tras rodearla con sus brazos, la lleva con cuidado al sofá. La joven cierra los ojos, suspira y mueve la cabeza con suma lentitud, como si sólo pidiera tranquilidad y reposo. «Quiero descansar un poco... tener algo de paz.» Es un consuelo que, al fin, quede dormida, con la cabeza caída hacia un lado.

"Es un consuelo que, al fin, quede dormida, con la cabeza caída hacia un lado."

Andreas apoya el rostro en ambas manos, que tiene puestas sobre la mesa, y se da cuenta de que también él está infinitamente cansado. «Es domingo -se dice-. Ha dado la una. Quedan todavía tres horas. No puedo dormirme; no debo permitirlo.» Observa a la joven amorosamente; contempla su cara pura, fatigada, pequeña y pálida, que en la felicidad que le da el sueño sonríe sin advertirlo. «No debo dormirme» -se repite Andreas. Mas a pesar suyo, el cansancio lo empieza a dominar. «Dios mío, no dejes que me duerma... permíteme mirar su cara... Fue preciso venir a este burdel de Lemberg para saber que existe un amor desprovisto de deseo... Y así es como amo a Olina... No me debo dormir. Es preciso que siga mirando su boca, su frente y los mechones dorados de su fino pelo caído sobre su cara, y las oscuras sombras de su cansancio indefinible rodeándole los ojos. Ha interpretado a Bach hasta el límite de lo humano. No me puedo dormir... hace mucho frío... la crueldad de la mañana acecha tras esas cortinas que nos separan de la noche... Hace frío y no tengo con qué cubrirla... porque he vendido mi abrigo. El mantel está manchado de vino. Podría taparla con mi guerrera y poner mi camisa sobre el escote de su vestido.» Mas al propio tiempo, nota que él también está tan cansado que no tiene ánimos ni para levantarse y quitarse la guerrera. «No puedo mover los brazos. Pero no hay que dormirse. Quedan infinidad de cosas por hacer... Sí, infinidad de cosas por hacer. Intentaré reposar unos instantes, apoyando los brazos sobre la mesa. Después me quitaré la camisa, la abrigaré con ella y me pondré a rezar. Quiero rezar arrodillado junto a este sofá que ha visto tantísimos pecados; deseo arrodillarme ante esta cara pura gracias a la cual sé ahora que es posible un amor sin deseo... No me debo dormir... no, no... no me debo dormir...»

Al despertar, su expresión es como la de un pájaro que muere y se desploma en pleno vuelo, hundiéndose en la más profunda desesperación. Pero los ojos sonrientes de Olina detienen su caída.

Heinrich Böll
(Alemania, 1917-1985). Obtuvo el premio Nobel en 1972).

(Traducido al español por Julio F. Yáñez).

viernes, 12 de julio de 2024

Mirándolas dormir: CACHONDEOS, ESCARCEOS Y OTROS MENEOS, de Camilo José Cela

"Después expelió un cuesco abacial y se quedó dormida sobre la mesa."

Los amores paganos


(Fragmento)

Mi invitada cenó revuelto de ajos frescos, patatas con angulas en salsa verde (dos raciones), rabo de buey estofado y jamoncitos de zancarrón, y bebió vermú y gaseosa; de postre tomó arroz con leche con chinchón dulce y torrijas con moscatel. Después expelió un cuesco abacial y se quedó dormida sobre la mesa.

¡Criaturita! Llegado que hubimos a su señorial mansión, el sereno del comercio y vecindad (a lo mejor era un bombero de paisano) me ayudó a desnudarla y a soltarle el corsé y, a renglón seguido, mientras yo cantaba la jota de La Dolores bajo la ducha donde me había metido al objeto de refrescar las partes, la enguiló presto y por derecho, quizá para que no se desencuadernara demasiado y desmereciera al tacto y a la vista.

- ¿Qué tal? ¿Qué tal?

¡Vaya! ¡Para lo que se estila, tampoco hay queja! En peores garitas hizo uno guardia y, gracias sean dadas a Dios, aquí sigo sin que se me haya caído nada todavía.

Camilo José Cela
(España, 1916-2002). Obtuvo el premio Nobel en 1989.

viernes, 5 de julio de 2024

Mirándolas dormie: SON MÁS LOS QUE MUEREN DE DESAMOR, de Saul Bellow

"
Mientras dormía, sólo podía verse su perfil; la criatura de la fortuna purificada, al fin, para el descanso total."

(Fragmento)

La única incuestionable afinidad que tenía en ese lugar, era con la azalea que estaba a sólo dos metros y medio de distancia. La otra afinidad, con Matilda, estaba -eso esperábamos- en sus estadios de formación. Ella necesitaba ahora dormir y había que tolerárselo. Él procuraba no molestarla y por eso colgaba los pantalones en la puerta del baño para que el tintineo de las llaves y las monedas no la alcanzasen. Durante toda la mañana, la cocinera cocinaba, la limpiadora limpiaba, la señora Layamon grababa a Marianne Moore o a Wallace Stevens, y Matilda, en su habitación de soltera, yacía envuelta en su edredón de seda. Mientras dormía, sólo podía verse su perfil; la criatura de la fortuna purificada, al fin, para el descanso total. Después de mucha agitación, de desafíos, de vagabundeos pródigos o neuróticos, se había reconciliado con su hogar. Era aquí donde entraba el tío Benn. El matrimonio con B. Crader la había restablecido. Encontró la paz. Reasumió su modo de vida anterior y sus privilegios, sean los que fueren. Dormía. Era una durmiente extravagante y lujuriosa, totalmente abandonada al sueño. Se podía pensar en Psique abrazando a Eros en una ciega oscuridad. Para mi sorpresa, así fue como el tío la describió. Psique también era de ese poema de Poe que tenía al tío obsesionado, como más tarde se obsesionaría con la viñeta de Charles Addams. Al principio, pensé equivocadamente: «Otra vez ese loco de Edgar Allan Poe con su Psique de mármol. Sólo que este pobre tonto, que casualmente es un tonto al que quiero mucho, podría volverse loco con ese poema. Todas esas imágenes de segunda clase, tanta autocomplacencia. Y lejos, tan lejos de la botánica en la que debiera invertir lo mejor de sí mismo».

En cuanto a eso, yo estaba completamente equivocado. Él tenía un destello de la verdad. Si ella era Psique, el Eros que abrazaba en sus sueños no era su marido. Él me lo decía indirectamente. Él era me lo decía la causa de ese descanso, pero la sustancia bien podía ser otra cosa. ¿Otro hombre? No, claro que no. Algo, no alguien. No había otro hombre. Sólo que esa cosa, su Eros, no era Benn Crader. Claro que la Psique de Poe era toda de mármol y representaba la belleza ideal. La señora de Poe estaba para ser contemplada, no abrazada, la Belleza en contemplación. (Sea como fuere, ¿qué hacen unos judíos metidos en todo este asunto griego?).

- Bueno, déjala que recupere su sueño. Veo que lo necesita. No quiero preguntarle: ¿por qué duermes tanto?

- Eso te da la oportunidad de ponerte al día de lo que pasa en el mundo -dije.

- Déjala que duerma todo lo que quiera -dijo él-. En sentido último, nadie descansa todo lo que le hace falta salvo con la muerte. Así que cuando ella recupere el sueño perdido, yo espero obtener algún beneficio.

Saul Bellow
(Estadounidense nacido en Canadá, 1915-2005). Obtuvo el premio Nobel en 1976.

(Traducido al español por María Mir).

jueves, 4 de julio de 2024

Mirándolas dormir: NOCTURNO DE SAN ILDEFONSO, de Octavio Paz

"Mi mujer está dormida. También es luna."

4

(Fragmento final)

Mi mujer está dormida
                                          También es luna.
claridad que transcurre
                                          -no entre escollos de nubes
entre las peñas y las penas de los sueños:
también es alma
                                          Fluye bajo sus ojos cerrados,
desde su frente se despeña.
                                                     torrente silencioso,
hasta sus pies,
                           en sí misma se desploma
y de sí misma brota,
                                       sus latidos la esculpen
se inventa al recorrerse,
                                             se copia al inventarse
entre las islas de sus pechos
                                                     es un brazo de mar,
su vientre es la laguna
                                          donde se desvanecen
la sombra y sus vegetaciones,
                                                        fluye por su talle,
sube,
           desciende,
                                 en sí misma se esparce,
                                                                            se ata
a su fluir,
                 se dispersa en su forma:
también es cuerpo.
                                   La verdad
es el oleaje de una respiración
y las visiones que miran unos ojos cerrados:
palpable misterio de la persona.

La noche está a punto de desbordarse.
                                                                      Clarea.
El horizonte se ha vuelto acuático.
                                                             Despeñarse
desde la altura de esta hora:
                                                     ¿morir
será caer o subir,
                                   una sensación o una cecasión?
Cierro los ojos,
                              oigo en mi cráneo
los pasos de mi sangre
                                              oigo
pasar el tiempo por mis sienes.
                                                          Todavía estoy vivo.
El cuarto se ha enarenado de luna.
                                                              Mujer:
fuente en la noche.
                                   Yo me fío a su fluir sosegado.


En su poema Primero de enero, escribe Paz en una de sus estrofas:

Tú estabas a mi lado,
aún dormida.
El día te había inventado
pero tú no eceptabas todavía
tu invención en este día.
Quizá tampoco la mía.
Tú estabas en otro día.

Es posible leer el poema completo con este vínculo: Primero de enero.

Octavio Paz (México, 1914-1998). 
Obtuvo el premio Nobel en 1990.

jueves, 27 de junio de 2024

Mirándolas dormir: CORRESPONDENCIA (1944-1959), de Albert Camus y María Casares


Sábado 31 de julio
(de 1948)

Llevo aquí seis días y todavía no me he hecho a tu ausencia. Tengo la impresión de haber vivido pegado a ti unas semanas vertiginosas y de haberme arrancado de ti de un tirón para ir a parar a la otra punta de Francia. Me he quedado tan desvalido que apenas si tengo la suficiente lucidez para percatarme de lo estúpido que es esto. Mi lugar no está aquí, eso es todo cuanto sé. Mi lugar está cerca de lo que amo. Todo lo demás es inane o teórico. Hace un rato, mientras paseaba, me dije también que era una estupidez vivir sin señales de vida tuyas. Si tú y yo nos queremos, tenemos que hablarnos, apoyarnos, hacer por nosotros. En eso consiste estar unidos y, hagamos lo que hagamos, estaremos unidos hasta el final. Así que escríbeme, escríbeme tan a menudo y tan extensamente como quieras. No me dejes solo, niña mía. No siempre somos fuertes, ni superiores a nuestros sentimientos, creas lo que creas. En las horas en que uno se siente el más mísero, sólo la fuerza del amor puede salvar de todo.

Y desde tanta distancia, aunque pueda notar cuán preñado de ti está mi corazón, no puedo imaginar el tuyo. Háblame, dime lo que haces, lo que sientes. A ver, ¿qué has hecho durante esta mortal semana? Una de las razones por las que dudaba en pedirte que me escribieras era también el deseo de no agobiarte, de no de no obligarte a pensar que estaba esperando y que tenías que escribirme. Pero, en resumidas cuentas, no me escribirás los días en que no te apetezca. Y, además, ¿por qué no agobiarte un poco? Así que escribe pronto, con todo tu corazón. Dame detalles de tu vida. Ayúdame a imaginarte. ¿Estás morena, tan guapa como para derretirse? ¿Cómo llevas el pelo? Desde que he llegado, lucho para expresarme: no doy ya con las palabras. Y también noto perfectamente qué mal te escribo. Pero mi único deseo sería callarme a tu lado, como en algunas horas, o despertarme mientras tú duermes aún, quedarme mucho rato mirándote, esperando a que despiertes. ¡Eso era, amor mío, eso era la felicidad! Y es lo que aún espero.

Mientras tanto los días pasan despacio, me levanto temprano, tomo un poco el sol, trabajo toda la mañana, como, leo después de comer, trabajo por la tarde y a última hora doy un paseo con Pat, un perro viejo que he convertido en un amigo, por las colinas resecas cuajadas de caracoles blancos diminutos, con una luz maravillosa. Por la noche sigo trabajando un poco, me acuesto temprano y duermo, por fin duermo. En vista de lo cual no tengo una pinta infame. Ahora mismo, moreno y rejuvenecido, a lo mejor tendría probabilidades de gustarte. La casa es grande y está en pleno campo. (El pueblo está a dos kilómetros). Unos árboles hermosos, cipreses, olivos, un campo opresivo de tan hermoso, todo habla aquí de belleza, no paro de pensar en ti. ¿Te he dicho que era el país de Petrarca y de Laura? «¡Saciado quedaré cuando aparezca!». Entretanto, me toca a mí tener hambre y sed.

Hace un rato la noche estaba llena de estrellas fugaces. Como me has vuelto supersticioso, les he colgado unos cuantos deseos que se han ido en pos de ellas. Que caigan como una lluvia sobre tu hermoso rostro, allá donde estés, a poco que alces la vista al cielo esta noche. Que te cuenten el fuego, el frío, las flechas, los terciopelos, que te cuenten el amor, para que te quedes erguida, inmóvil, petrificada hasta mi regreso, toda tú dormida, menos el corazón, y te despertaré una vez más... Adiós , niña mía, espero tu carta, te espero. Vela por ti. Vela por nosotros.

Albert Camus 
(Francés nacido en Argelia y fallecido en Francia, 1913-1960).
Obtuvo el premio Nobel en 1957.

La ilustración corresponde a una fotografía de María Casares en 1948,
año en que Camus escribió la carta en cuestión.

sábado, 22 de junio de 2024

Mirándolas dormir: EN EL OJO DE LA TORMENTA, de Patrick White

"... allí estaba acostada esa muchacha, la enfermera que se había ido con él a la cama. Podía escuchar su respiración dormida."

(
Fragmento del capítulo siete)

Sir Basil Hunter estaba roncando. A pesar de que ella jamás se hubiera imaginado caer dormida junto a un hombre desconocido y sin ropa, luego de bostezar se encontró caminando con Col Pardoe, sólo podía ser con él, entre las hamacas verdes de Noamurra que anunciaban con grandes letras impresas en una valla publicitaria: Noamurra da la bienvenida al marido y su esposa, y sus brazos parecían complacidos de confirmar lo que ya sabía.

Basil despertó. La oscuridad que le rodeaba debió alcanzar las profundidades más negras. Tanteó en busca de un vaso para diluir un Alka-Seltzer, no porque tuviera resaca, sino porque era una bebida que lo calmaba y reconfortaba a mitad de la noche; le gustaba creer que para dormir con más inocencia, luego de ingerir el prístino trago. Tanteando a oscuras, encontró su reloj, sólo para recordar que su vista ya no era capaz de reconocer la hora en su carátula luminosa. De modo que comenzó a buscar a tientas hasta toparse con la lámpara, entonces advirtió que no debía encenderla: allí estaba acostada esa muchacha, la enfermera que se había ido con él a la cama. Podía escuchar su respiración dormida.

Patrick White
(Australiano nacido en Inglaterra, 1912-1990). Obtuvo el premio Nobel en 1973.

(Traducido del inglés por Jules Etienne).

jueves, 20 de junio de 2024

Mirándolas dormir: EL PALACIO DEL DESEO y ENTRE DOS PALACIOS, de Naguib Mahfuz

"...había pasado la noche en la sala de visitas (...) despierta y sufriendo delirios febriles la mayor parte de la noche, y dormida con un sueño pesado, enfermizo e inquieto..."

Entre dos palacios (1956)

(Fragmento del capítulo 58)

No había llorado de celos, o quizás estos se ocultaban de momento tras espesos velos de repugnancia y cólera, como se oculta el fuego tras las nubes de humo. Era como si ella hubiera llegado a preferir la muerte a quedarse con él bajo un mismo techo, aunque fuera un solo día, después de lo que había pasado. En efecto, había abandonado su alcoba y había pasado la noche en la sala de las visitas, despierta y sufriendo delirios febriles la mayor parte de la noche, y dormida con un sueño pesado, enfermizo e inquieto el resto del tiempo. Se despertó por la maña- na, totalmente decidida a irse de la casa. Quizás esta decisión fue la única en la que encontró un calmante para sus sufrimientos.

"... llegó al dormitorio, a la luz de la lámpara de la sala. Echó una mirada sobre la cama y la vio dormida."

El palacio del deseo
(1957)

(Fragmento del capítulo 38)

El ardor de Yasín remitió al encontrarse solo en el coche, tras la marcha de Kamal. Parecía estar meditando a pesar de su borrachera. Había pasado de la una, y hacía tiempo que se había entrado en esa parte de la noche en que se empieza a ser sospechoso, sobre todo, cuando podría encontrarse a Zannuba que, o bien estaría ya levantada esperándolo encolerizada, o bien se levantaría en cuanto llegara. En todo caso, la noche no pasaría en paz, o al menos, en completa paz.

Dejó el coche en la desviación de Qasr el-Shawq y penetró en las oscuras sombras, encogiendo sus anchos hombros con indiferencia y diciéndose a sí mismo en voz baja: «Yasín no tiene por qué inquietarse por una mujer». Repitiéndose estas pala- bras, subió los escalones, mientras se guiaba en las tinieblas por la balaustrada. A pesar de haberse repetido esas palabras, no estaba completamente tranquilo. Abrió la puerta y entró, luego llegó al dormitorio, a la luz de la lámpara de la sala. Echó una mirada sobre la cama, y la vio a ella dormida. Cerró la puerta para impedir que entrara la suave luz que provenía de la sala. Empezó a quitarse la ropa despacio y con precaución, tranquilizándose al verla profundamente dormida. Mientras tanto, en su mente, trazaba un plan para deslizarse dentro de la cama.

- ¡Enciende la lámpara -le llegó una voz- para que mis ojos se alegren al verte!

Volvió su cabeza hacia la cama y sonrió con resignación. Después preguntó como sorprendido:

- ¿Estás despierta? Creía que estabas dormida. No deseaba molestarte.

Naguib Mahfuz
(Egipto, 1911-2006). Obtuvo el premio Nobel en 1988.

(El palacio del deseo fue traducido al español por María Dolores López Enamorado, quien también
formó parte del equipo de cinco personas que realizó la traducción colectiva de Entre dos palacios).

miércoles, 19 de junio de 2024

Mirándolas dormir: LOS HEREDE- ROS, de William Golding

"... la cara de ella era como la de una mujer dormida que lucha con un sueño terrible."

(
Fragmento del capítulo 8)

Lok bostezó y se reclinó en el hueco de la copa del árbol, donde estaba a cubierto de las miradas de la gente. El campamento no era más que una fluctuación de la luz reflejada en los árboles. Miró a Fa, invitándola a dormir a su lado. Lok le veía la cara y los ojos que espiaban a través de la hiedra y no parpadeaban. Tan absorta estaba Fa en su vigilancia que cuando Lok le tocó la pierna con la mano no dejó de mirar. Lok vio entonces que Fa abría la boca y que la respiración se le aceleraba. Fa apretó la madera podrida del árbol muerto. La madera se cascó y desmenuzó convirtiéndose en una pulpa húmeda. A pesar de sentirse tan cansando eso interesó a Lok y lo asustó un poco. Tuvo la imagen de un nuevo que subía al árbol, y echándose hacia atrás comenzó a apartar las hojas. Fa lo miró de soslayo y la cara de ella era como la de una mujer dormida que lucha con un sueño terrible. Tiró de la muñeca de Lok y lo obligó a echarse. Luego lo tomó por los hombros y ocultó la cara en el pecho de él. Lok la abrazó, y el Lok exterior sintió un placer cálido. Pero Fa no quería jugar. Se arrodilló otra vez y puso la cabeza contra el pecho de Lok mientras Lok sentía en la mejilla los latidos apresurados del corazón de ella. Trató de ver qué la asustaba tanto, pero Fa lo sujetó y Lok sólo pudo ver el ángulo del mentón de Fa y los ojos abiertos, abiertos constantemente, y vigilantes.

La pelusilla volvió a la cabeza de Lok y el cuerpo de Fa estaba caliente. Lok cedió, pues sabía que Fa lo despertaría cuando la gente durmiera y pudieran huir con las niñas. Se acurrucó en los brazos de Fa, y dejó que la pelusilla que flotaba ahora en la oscuridad se transformase en todo un mundo de sueño agotado.

William Golding
(Inglaterra, 1911-1993). Obtuvo el premio Nobel en 1983.

(Traducido al español por Luis Echávarri).

martes, 18 de junio de 2024

Mirándolas dormir: EL VALLE DEL ISSA, de Czeslaw Milosz

"Tomás está sentado debajo de un peral y aspira el perfume de las peras marrones, arrugadas, caídas a tierra: olor a jardín que se marchita."

(
Fragmento inicial del capítulo 66)

Tomás tenía trece años cumplidos cuando hizo un descubrimiento: a una auténtica aflicción suele seguirle una auténtica alegría, y entonces uno olvida cómo era el mundo cuando esa alegría no existía.

La escarcha cubre las flores de los coronados. Un herrerillo levanta el vuelo desde una ramita, en cuyo extremo se insertan unas bolitas blancas, y la deja oscilando. Frente a la ventana de la habitación que antes ocupaba la abuela Dilbin, Tomás está sentado debajo de un peral y aspira el perfume de las peras marrones, arrugadas, caídas a tierra: olor a jardín que se marchita. Miró las contraventanas. No, era todavía demasiado pronto. Aún debe estar dormida. ¿Y si ya estuviera despierta? Se acercó a la contraventana y levantó con precaución la falleba, pero en seguida retiró la mano.

Su nueva inquietud: ¿acaso la merecía realmente, pese a todo lo que se ocultaba en él? Si entre ellos había una cesta de frutas, elegía la peor para que ella no la cogiera. Cuando ponía la mesa, vigilaba que a ella no le tocaran platos desportillados (casi todos lo estaban); colocaba el tenedor y se detenía a pensar, pues le parecía que el suyo era demasiado bueno y a ella le habían dado uno más usado, y lo cambiaba rápidamente. Despertarla, sí, ¡cuánto le habría gustado hacerlo!, pero sería egoísmo de su parte.

Czeslaw Milosz
(Polaco nacido en Lituania, 1911-2004). Obtuvo el premio Nobel en 1980.

(Traducido del polaco por Anna Rodón Klemensiewich).

lunes, 17 de junio de 2024

Mirándolas dormir: DORMIDA y EVA, de Odysseas Elytis

"¡Es rubia cada página de tu sueño y según mueves tus dedos un incendio se esparce dentro de mí con vestigios tomados del sol!"

Dormida

La voz se corta en el trémulo viento y en sus árboles ocultos tú respiras
¡Es rubia cada página de tu sueño y según mueves tus dedos un incendio se esparce
Dentro de mí con vestigios tomados del sol! Y propicio sopla el mundo de las
imágenes
Y el mañana exhibe totalmente desnudo su pecho marcado por la inmutable estrellla
Que anochece la mirada cuando va a agotar un firmamento
Oh, no florezcas más en los párpados
Oh, no remuevas más en las matas del sueño
Sabes que súplica en los dedos el aceite enciende que guarda los portales del alba
Qué fresca revelación susurra en la espera el recuerdo convertido en hierba
Allí donde tiene esperanza el mundo ¡Allí donde el hombre no quiere ser hombre
en soledad y sin ningún Destino!

"Cortan los labios del día tu cabeza enfrentada a la soledad del sueño."

Eva

Te abandonas con ola en el silencio
Que asola mi habitada esperanza

Una antorcha al lado de la hoguera
Apuesta de los vientos nocturnos
Una marcha de sombra a la orilla de la Quimera
Una habitación
Habitación de hombres sencillos
Un misterio
Lavado y tendido en la mirada que deleita

En tu mirada o en la altura de su sol
Toda mi vida se vuelve una palabra
Todo el mundo tierra y agua
Y todas las llamas de mis dedos
Violan los labios del día
Cortan los labios del día
Tu cabeza

Enfrentada a la soledad del sueño.

Odysseas Elytis
(Grecia, 1911-1996). Obtuvo el premio Nobel en 1979.

(Traducido al español por Ramón Irigoyen).

lunes, 20 de mayo de 2024

Mirándolas dormir: AUTO DE FE, de Elías Canetti

"Ya debe estar muerta. Detrás del biombo, nadando en su propia sangre."

(
Fragmento de La paliza)

En el camino a casa pensó en la mejor forma de manifestarle esa compasión. Abrió enérgicamente la puerta del apartamento y constató, desde el pasillo, que su cuarto estaba a oscuras. La idea de que estuviera durmiendo despertó en él una alegría salvaje. Suave y cautelosamente, cerniendo que sus huesudos dedos hicieran ruido al asir la manija, abrió la puerta. Su intención de compadecerla no pudo caer en peor momento. Sí, se dijo, dejémoslo estar. Por compasión no pienso despertarla. Logró mantener su determinación un rato más. No encendió la luz y se deslizó a su cama de puntillas. Al desvestirse le molestó llevar bajo la americana un chaleco y, bajo el chaleco, una camisa. Cada una de estas prendas hacía su propio frufrú. Su silla, vieja conocida, no estaba junto a la cama, Prefirió no buscarla y dejó su ropa en el suelo. Por no despertar a Teresa hubiera reptado incluso bajo la cama, ¿cuál será la forma más discreta de meterse en una cama? Como la cabeza era en él lo más pesado, decidió que los pies, la parte más alejada de ella y, por lo tanto, más liviana, entrasen primero. Una de sus piernas se hallaba ya sobre el reborde y la segunda se disponía a seguirla dando un salto, el tronco y la cabeza oscilaron un instante en el aire, buscando instintivamente algún punto de apoyo antes de lanzarse sobre las almoha- das, cuando Kien sintió algo extrañamente blando por debajo. Pensó: ¡un ladrón!, y cerró los ojos en el acto.

Aunque yacía sobre el ladrón, no se atrevió a moverse. Pese a su terror, advirtió que el ladrón era de sexo femenino. La idea de que este sexo y la época actual hubieran caído tan bajo, le procuró una satisfacción remota y pasajera. Rechazó la idea de defenderse, que le llegó de algún antro recóndito de su corazón. Si la ladrona dormía de veras, como le pareció al comienzo, él, tras una espera prudencial, se escabulliría con su ropa en la mano, dejaría abierto el piso y se vestiría junto a la cabina del portero. No lo llamaría de inmediato: esperaría mucho, mucho tiempo y lo despertaría sólo cuando oyera pasos en la escalera. Entretanto, la ladrona mataría a Teresa. Se vería obligada a hacerlo porque ésta se defendería. No se dejaría robar sin defen- derse. Ya debe estar muerta. Detrás del biombo, nadando en su propia sangre. Siempre y cuando la ladrona haya apuntado bien. O quizá aún esté viva cuando llegue la policía y le eche la culpa a él. Debieran darle otro golpe, para más seguridad. No, no es necesario. La ladrona se echó a dormir de puro cansada. Y una ladrona no se cansa tan fácilmente. La lucha debió de ser terrible. Una mujer muy fuerte. Una heroína. De quitarse el sombrero. Él no habría podido. Teresa lo hubiera enredado entre los pliegues de su falda hasta asfixiarlo. La simple idea lo hizo jadear. Seguro que esa había sido su intención: quería asesinarlo. Toda mujer quiere matar a su marido. Sólo esperaba el testamento. De haberlo hecho, ahora estaría muerto en lugar de ella. ¡Cuánta perfidia hay en el ser humano! No; en una mujer; no hay que ser injusto. Aún la sigue odiando. Se divorciará de todos modos aunque ya esté muerta. No la enterrarán con su apellido. De ningún modo. Nadie debe enterarse de que estuvo casado con ella. Al portero le dará lo que quiera por su silencio. Un matrimonio así puede empañar su reputación. Un auténtico erudito no debe permitirse esos deslices. Es cierto que ella lo engañó. Toda mujer engaña a su marido. De mortuis nil nisi hene. Pero antes que se mueran, ¡que se mueran todas! Tendrá que verla. Tal vez sólo aparente estar muerta. Suele ocurrirle al asesino más fuerte. La historia conoce infinidad de ejemplos. La historia es mezquina. La historia nos da miedo. Si está viva, él la hará polvo. Con todo derecho. Le había hecho perder la nueva biblioteca. Y él se vengaría en ella. Ya lo habría hecho, pero alguien se le adelanta y la mata. A él le correspondía la primera piedra y se la roban. Pero le tirará la última. Tenía que pegarle, estuviera viva o muerta. ¡Tenía que escupirla, pisotearla, golpearla!

"Desde su escritorio observaba la cama de Teresa. Vigilaba su sueño como el más preciado de sus bienes..."

(Fragmentos de Petrificación)

Desde que no hacía nada, Teresa dormía hasta las nueve. Era ama de casa y esas señoras suelen dormir incluso más. Las sirvientas tienen que levantarse a las seis. Sin embargo, el sueño no la acompañaba tantas horas y, nada más despertarse, la nostalgia de su pérdida fortuna ya no la dejaba en paz. Tenía que vestirse para sentir la dureza de las llaves en su carne. Pero cuando su maltrecho esposo aún convale- cía, se le ocurrió una solución brillante: acostarse a las nueve con las llaves entre los senos y no dormirse hasta las dos. A esa hora se levantaba y volvía a esconderlas en su falda, donde nadie pudiera encontrarlas. Después se iba a dormir. Quedaba tan exhausta tras su prolongada vigilia que no salía del sueño hasta las nueve, exacta- mente igual que las señoras. Así es como una avanza, mientras que las criadas se quedan con las ganas.

De este modo llevó Kien a cabo su proyecto sin ser visto. Desde su escritorio observaba la cama de Teresa. Vigilaba su sueño como el más preciado de sus bienes y en el curso de tres horas se llevaba más de cien sustos mortales.

(...)

El crimen que tan cruel castigo le valiera había sido expiado, pero no olvidado. Teresa llevó su mano al lugar donde usualmente escondía las llaves. Confundió la gruesa manta con su falda y encontró las llaves, aunque no estuvieran. Su mano se abatió pesadamente sobre ellas: las palpó, jugó con el manojo y las acarició una a una entre sus dedos. Gruesas gotas de sudor -producto de la alegría- centellearon en su cara. Kien se ruborizó sin saber por qué. El rechoncho brazo de Teresa luchaba en una manga estrecha y muy tirante. Los encajes que la adornaban por delante eran un homenaje al marido, que dormía en el mismo cuarto. Kien los encontró chafados. Pronunció en voz baja esta palabra tan querida. Y escuchó: «chafados», ¿quién había hablado? Levantó la cabeza y miró fijamente a Teresa. ¿Quién más sabía lo chafado que él estaba? Ella dormía. Sin fiarse de sus ojos cerrados, esperó, conteniendo la respiración, a que ella dijera otra cosa. «¿Cómo puedo ser tan temerario?», pensó, «¡está despierta y le miro la cara!». Rechazó el único modo de calcular el inminente peligro y, como un niño avergonzado, bajó los párpados. Con las orejas muy abiertas -según él- esperó oír un torrente de injurias. En su lugar oyó una respiración pausada. Había vuelto a dormirse. Al cabo de un cuarto de hora se animó a darle otra ojeada, siempre listo a emprender la fuga. Creyéndose astuto, se atrevió a pensar que era David y estaba vigilando a Goliat dormido.

Elías Canetti
(Búlgaro fallecido en Suiza, 1905-1994). Obtuvo el premio Nobel en 1981.

(Traducido al español por Juan José del Solar).