Vancouver: luz de agosto en la bahía. (Fotografía de Jules Etienne).
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viernes, 22 de septiembre de 2023

Tequila: LA SOMBRA DEL CAUDILLO, de Martín Luis Guzmán

 "A ver, tú; que te den el embudo del aceite… ¿Conque no bebe?"

(Fragmento del libro cuarto, capítulo II: Camino al desierto)

- ¡Lévantese de ay!

La voz era enérgica y ronca.

Mientras Axkaná se incorporaba, dos manos lo cogieron por un brazo; otras lo arrojaron contra el asiento. Ahora sentía apoyado sobre el pecho el cañón de la pistola.

- Saca el tequila –dijo la misma voz.

El cuello de una botella vino a tocarle la boca.

- Beba un trago -mandó la voz.

- No bebo.

- ¿No bebe?

- No. No bebo.

- Conque no, ¿eh?

Las ondas de la voz siguieron dirección distinta.

- A ver, tú; que te den el embudo del aceite… ¿Conque no bebe?

Se oía el ruido que hacían delante al remover los trebejos del automóvil.

- Conque no bebe… Conque no bebe… -repetía la voz.

“Va a ser inútil resistir –pensó Axkaná-. Acaso fuera más juicioso no oponerse.”

Tuvo, sin embargo, miedo de que lo envenenaran.

- Y ¿quién me asegura –preguntó- que es sólo tequila lo que quieren darme?

- Nadie. Y sobran las preguntas. Si quisiéramos envenenarlo o matarlo de otro modo cualquiera, ¿quién lo había de impedir? Pero ya oyó que pedí el tequila. Sienta la botella: está nuevecita, la acabamos de destapar. Beba, pues, por las buenas o por las malas. Traiga la mano… ¿No es ésta una botella?

A despecho de todo, aquel lenguaje hizo cierta gracia a Axkaná. Tocando la botella, dijo:

- Sí, es una botella.

- Beba un trago, pues… Mire: bebo yo primero.

Breve silencio… Chascaba una lengua:

- Buen tequila, ¡la verdad de Dios!... Ahora usted.

Axkaná bebió.

- ¿Es tequila o no es tequila?

- Así parece.

La botella seguía apoyada, en parte, en la mano derecha de Axkaná.

- Beba otra vez.

- No, ya no.

- Beba otra vez, le digo… Y nomás no se me mueva tanto, que la pistola puede dispararse.

Y diciendo así, el desconocido volvió a hacer que la botella y los labios de Axkaná se juntaran. Axkaná tornó a beber.

- ¿No es buen tequila?

- Sí, si es bueno… Pero ¿para qué me han traído a este sitio?

Con el cuello de la botella golpeaba el desconocido los labios de Axkaná. Lo hacía, evidentemente, con intención de causarle daño y mantenerlo dócil. Para que cesara en aquello, Axkaná bebió.
 
Martín Luis Guzmán (México, 1887-1976)
 
La ilustración corresponde a un fotograma de la película La sombra del caudillo (1960), dirigida por Julio Bracho.

sábado, 13 de mayo de 2023

Tampico: LA SOMBRA DEL CAUDILLO, de Martín Luis Guzmán

"Era su empeño de ese momento hacer memoria (...) de lo que les había acontecido en Tampico, cuatro años antes..."

(Fragmento del capítulo V: Guiadores de partido)

Los hicieron pasar al comedor, en torno de cuya mesa, redonda, se sentaron todos, ellos y ellas, y se dispusieron a disfrutar por horas de la disipación mansa a que Olivier Fernández era tan afecto. Sobre la cubierta de hule fueron alineándose las botellas de cerveza; frente a Ignacio Aguirre colocaron otra, ésta de coñac; trajeron copas, vasos, ceniceros -todo ello, vulgar en cualquier parte, impregnado allí de significación nueva, gracias a la Mora. Porque ésta, en efecto, con su movible presencia, parecía comunicar en el acto, a hombres y cosas, algo de su armonía y de su raro prestigio. ¿Era una ilusión? A medida que ella distribuía botellas y copas, la luz, concentrada en el centro de la mesa por una pantalla que de la lámpara bajaba casi hasta el hule, como que desbordaba aquel cauce para seguir el brazo y la mano; los obscuros ojos de la Mora --dos manchas negras en la penumbra- relumbraban y rebrillaban; su cuerpo iba de un sitio a otro, dejando perfumes que eran ritmo, ritmos que eran perfumes. Cuando al fin vino a sentarse entre Aguirre y Encamación, se le figuró a Axkaná que la persona de ella y el ambiente que les rodeaba formaban una sola cosa.

A poco de empezar a beber, Olivier Fernández se puso a disertar sobre política. Los demás le siguieron. Con lo cual ellas se entregaron a oír con profundo interés, aunque quizá no entendieran bien el asunto que se debatía. Las cautivaba asomarse, entre un torbellino de frases a veces incomprensibles, al abismo de las ideas y las pasiones que mantenían encendida el alma de aquellos amigos suyos y que eran capaces de lanzarlos unos contra otros hasta hacerlos añicos. Sentían por ellos igual admiración que si fueran aviadores o toreros, y si los creían espléndidos y ricos, manirrotos como bandidos de leyenda, no era eso lo que en el fondo las atraía más, sino la traza futura de sus planes, porque entonces les parecía estar aspirando, en la fuente misma, la esencia de la valentía auténtica. Aquéllos eran seres temerarios, espíritus de aventura, susceptibles, como ellas, de darse todos en un momento: por un capricho, por un ideal.

Encarnación Reyes, encandilado por el coñac, por el perfume de la Mora y por cuanto oía, vino pronto a sentirse como si lo envolvieran la atmósfera caldeada y la excitación de una asamblea política o una sesión del Congreso. Ellos hacían de diputados; ellas, de público. Lo que se explicaba también porque Olivier Fernández no conseguía nunca decir cuatro palabras seguidas sino en actitud y tono de orador; su vida entera estaba en la política; su alma, en la Cámara de Diputados. Era su empeño de ese momento hacer memoria, con Aguirre y López de la Garza, de lo que les había acontecido en Tampico, cuatro años antes, cuando andaban en gira electoral con el Caudillo. Pero lejos de evocar los sucesos con recogimiento íntimo, según lo hubiera hecho cualquiera otro, Olivier sintió el impulso irresistible de ponerse en pie y ascender hasta una tribuna imaginaria. El chorro de palabras brotó de su boca como en la Cámara, sólo que aquí frente al estrecho círculo de la mesa sembrada de botellas y vasos, ante la fila de pares de ojos semiocultos en la sombra. La luz no le pasaba de la cintura, pero arriba, en la región donde los rayos se tamizaban en penumbra tenue, sus brazos accionaban, gesticulaba su rostro. Y no hacía falta verlo para someterse a su elocuencia, porque allí y en todas partes Olivier Fernández era un gran orador. La Mora y sus amigas lo escuchaban en éxtasis, se entregaban dóciles a la magia divina del verbo, que llega al alma por sobre la inteligencia y así convence y arrebata.

Martín Luis Guzmán (México, 1887-1976).

viernes, 25 de noviembre de 2022

Letras de la revolución: EL ÁGUILA Y LA SERPIENTE, de Martín Luis Guzmán

"... aquellos cinco hombres llevaban a cuestas sus propios cadáveres, a cuestas hasta el borde de la tumba..."

(Fragmento del Libro quinto: Eulalio Gutiérrez.
Capítulo 3: Un juicio sumarísimo)

- No lo seremos -contestó Eulalio-, porque es claro que así no vamos a seguir: de mi cuenta corre. Pero en este momento no hay más remedio que aguantarse. ¿Qué quiere usted? ¿Que me ponga en ridículo diciendo a esas señoras que no apruebo el fusilamiento de sus hijos, o de sus hermanos, o lo que sean, para que así y todo los fusile Villa en nuestras narices? El mundo está lleno de buenos y malos ratos. A estos desgraciados les ha tocado uno malo, y no habrá Dios que los salve.

Al oír hablar así a Eulalio comprendí que todo esfuerzo resultaría inútil, pues de él sabía, y en parte me constaba, que no era tonto, ni cruel, ni cobarde, sino al revés: un hombre dotado de inteligencia natural agudísima, de excelente corazón y de entereza de carácter a toda prueba, según lo demostró días después al sobrevenir la ruptura con el jefe de la División del Norte.

Quise, sin embargo, ponerme de acuerdo con mis sentimientos y me dirigí al coche de Villa. ¿Sería, en efecto, una ley de Dios, o de la Naturaleza, o de la Historia, que la revolución nuestra estuviese movida por espíritus asesinos o cómplices de asesinos? En el estribo del coche me cerró el paso uno de los dorados. Se asomó después a la plataforma un oficial, que me dijo, bajando la voz:

- Mi general está ya acostado. Ordenó que no lo despertáramos por ningún motivo. Venga usted mañana a las nueve, si desea hablarle.

- Mañana a las nueve no quedará ni rastro de los falsificadores -le repliqué.
- Puede ser, pero no creo que mi general despierte antes.

* * *

El resto de la noche lo pasé en la ciudad de México, y con toda deliberación no volví al campamento de Tacuba hasta bien entrada la mañana del otro día. Serían cerca de las once cuando llegué. La luz gloriosa del sol de noviembre ocultaba la fealdad reseca de la tierra y de las cercanas milpas en rastrojo. ¿Se habría consumado el fusilamiento? ¿A qué hora habrían arrancado de allí al doliente grupo de las mujeres?

Robles no estaba en su coche. Me senté en el salón y me puse a mirar, distraído, por las ventanas. A poco vi acercarse por el lindero de una de las milpas una muchedumbre de soldados y curiosos: brillaban los fusiles de una escolta. Como los montículos de los surcos hacían difícil la marcha, los soldados iban en desorden y a gran distancia unos de otros. En medio, tratando de no separarse entre sí, iban cinco hombres con los brazos atados a la espalda por medio de cuerdas que les pasaban de codo a codo. Unos tropezaban en los surcos a cada paso; los otros caminaban con admirable precisión de autómatas. El rostro de todos revelaba extravío, una rara conciencia, desmesuradamente fuerte, o desmesuradamente débil, de cuanto veían en torno: los unos parecían analizar con interés profundo hasta los detalles más nimios de las piedras con que chocaban sus zapatos; los otros parecían no darse cuenta ni del sol deslumbrador que los bañaba en luz. Uno de ellos -rubio, de tez encendida- miró con ojos azorados hacia donde estaba yo: la fuerza de su mirada producía dolor, como si hiriese. Luego siguieron por el camino del cementerio. Se me figuró, al verlos alejarse hacia allá, que aquellos cinco hombres llevaban a cuestas sus propios cadáveres, a cuestas hasta el borde de la tumba en que los iban a enterrar después de meterles en el cuerpo cinco o seis balas.


Martín Luis Guzmán (México,1887-1976).

jueves, 17 de noviembre de 2022

La novela de la revolución mexicana


Existen definiciones académicas de lo que se pudiera considerar la denominada novela de la revolución mexicana, como la de Antonio Castro Leal que, en mi ciriterio, son taxativas. Rescato de ella el hecho de que "se ocupan de las acciones militares y populares", aunque no tanto del lapso en el que transcurren: "del 20 de noviembre de 1910 hasta el 21 de mayo de 1920, con la caída y muerte de Venustiano Carranza." Eso dejaría fuera de la clasificación a obras como La sombra del caudillo, de Martín Luis Guzmán o Los relámpagos de agosto, de Jorge Ibargüengoitia, ya que en ambos casos se trata de militares surgidos de la revolución dedicados a una actividad política posterior, aunque no exenta de rebeliones y ejecuciones. Lo que Martín Luis Guzmán llamaba: "la revolución hecha gobierno". Carlos Monsiváis, en cambio, es bastante más enfático en cuanto a su esencia al señalar la visión pesimista que impregna lo mismo Los de abajo, de Mariano Azuela, que La muerte de Artemio Cruz, de Carlos Fuentes.

No es el objetivo en este breve texto, una enumeración acuciosa de las novelas que se incluyen dentro de este tema, de manera arbitraria se pueden mencionar algunas de las más notables, como sería el caso de los relatos El compadre Mendoza, de Mauricio Magdaleno y Vámonos con Pancho Villa, de Rafael F. Muñoz, que resultaron ambas dos de las películas más significativas en la filmografía de Fernando de Fuentes. También sería posible elaborar una extensa lista de autores que incluiría a Francisco L. Urquizo, José Vasconcelos, José Rubén Romero, Gregorio López y Fuentes, o Nellie Campobello, entre otros. Sin pasar por alto la novela de Clifford Irving, escrita originalmente en inglés, Tom Mix y Pancho Villa.

Pero quisiera referirme, de manera muy breve, a tres novelas: El águila y la serpien- te, de Martín Luis Guzmán; Los relámpagos de agosto, de Jorge Ibargüengoitia; y Gringo viejo, de Carlos Fuentes.

Se encontraba Martín Luis Guzmán en su destierro en Madrid -tras haberse opuesto a la elección de Plutarco Elías Calles como presidente de la república, ya que decía que un "clan de asesinos" se había adueñado del poder-, escribiendo para El Debate, cuando inició en 1928 las entregas de Bajo la sombra de Pancho Villa (episodios de la revolución mexicana), a la manera de los folletines del siglo XIX, que al publicar ya en forma de libro quiso llamar A la hora de Pancho Villa, pero fue Vicente Blasco Ibáñez quien lo convenció de modificar el título por el de El águila y la serpiente, dividida en dos partes: Esperanzas revolucionarias y En la hora del triunfo, que reflejaban sobre todo sus propias vivencias en la lucha armada, al lado de Carranza y de Pancho Villa. La novela apareció al mismo tiempo que Obregón fue reelecto presidente, en 1928, y se dice que Calles la quiso prohibir. Por cierto, de acuerdo con Carlos Fuentes en La silla del águila: "Obregón, el vencedor de Pancho Villa, el brillante estratega político, asesinado en un banquete por un fanático religioso en el momento en que alargaba la mano pidiendo, - Más totopos..." (página 380).

Probablemente no existe otra novela sobre el tema que derroche tanto sentido del humor como lo hace Los relámpagos de agosto. Con una visión plena de ironía cuenta las memorias del ficticio general revolucionario José Guadalupe Arroyo. El origen de su título, por cierto, resulta muy simpático: contaba Ibargüengoitia, originario de Guanajuato, que en esa región del Bajío, los relámpagos siempre aparecen por el mismo punto cardinal, excepto durante el mes de agosto. De ahí que cuando alguien se desorienta dicen que "anda como los relámpagos de agosto, a lo pendejo". Y es que, según el autor, así es como andaban los revolucionarios, desorientados.

Gringo Viejo tiene el mérito de ser la primera novela mexicana en figurar en la lista de los diez libros más destacados del New York Times -para tener una idea, sólo otras dos novelas originalmente escritas en español han figurado en dicha lista en los últimos treinta años: La tía Julia y el escribidor, de Vargas Llosa, y El amor en los tiempos del cólera, de García Márquez-. Se inspira en la experiencia real del escritor Ambrose Bierce, desaparecido a finales de 1913, después de unirse a las tropas villistas. En una de sus cartas postreras, Bierce decía que: "Ser un gringo en México, ¡ah!, eso es eutanasia".

Nada más adecuado para concluir que unas palabras de Artemio Cruz -junto con Demetrio Macías-, uno de los personajes literarios más representativos de la revolución: "Y la guerra sin acabarse. Claro que éstas eran las últimas operaciones. Cruzó los brazos sobre el pecho y trató de respirar regularmente. Una vez que dominaran al ejército desbaratado de Pancho Villa, habría paz. Paz."

Jules Etienne

sábado, 1 de junio de 2013

Vampiros: POEMA DE INVIERNO, de Martín Luis Guzmán

"Juan gritó: «Todos contra él», y nos defendimos."

El Loco decía: Amo la nieve, flor del invierno, tanto como a las rosas de las mañanas tibias y a las espigas de las tardes doradas; amo de ella, en la ciudad, la blancura efímera de sus primeras horas, cuando el manto cándido hace mate la luz del sol, y también cuando convierte en morados misteriosos la negrura de la noche; la amo en el campo, allí eterna su pureza irreprochable.

Si miro desde mi ventana cómo bajan los copos a lo largo de invisibles hilos temblorosos, o cómo los arrastra el viento a remolinos sin sentido, el alma se me cuaja de tristeza. Pero si hundo en la nieve los pies, si dejo que ella me azote cara y manos y no evito que resbale a veces entre el vestido y la piel hasta derretírseme en el cuello, en el pecho, en la espalda, la sangre se me rejuvenece entonces y vuelve a mí la alegría de las locas carreras infantiles.

Nevado estaba el parque ayer: pequeñas colinas albas subían desde los diminutos albos valles. Nevado estaba y solitario. Y en el corazón de tanto silencio, sobre la blanca sábana de nieve, las líneas quebradas de los árboles daban toda su música a los ojos. Uno que otro grito se oía de súbito, también preciso y rápido como raya negra.

Con pies y manos aventé la nieve. Hice bolas para tirar a los árboles. Me senté sobre la nieve amontonada en los bancos. Esculpí figuras rudimentarias. Construí castillos y fuentes fantásticos. Levanté trincheras. Me escondí en cuevas. Echéme a rodar por las pendientes. Abrí la boca para que en ella entrara la nieve y se derritiera.

Una bandada de muchachos pasó haciendo cabriolas. Los desafié, y llenos de júbilo guerreamos largo rato. Hubo arrojo y temor; hubo saltos, carreras, encuentros, caídas, sorpresas. Al principio fingieron huir de mí; mas, envalentonados después, acabaron por cercarme y vencerme. Me ahogaban durante la lucha la risa y la fatiga, y reían ellos también a medida que arreciaban sus golpes, más y más certeros. Cuando al fin echaron a correr, tenía yo nieve en los ojos, en las orejas, en la boca, y la sangre me cosquilleaba por todo el cuerpo. ¡Cuánta felicidad!

Decían los muchachos: El Loco estaba ayer en el parque mordiendo la nieve y arremetiendo contra los árboles. (Cuentan que lleva largas las barbas y la cabellera, porque con ellas ata a los niños cuando los coge para clavarles las uñas y chuparles la sangre.) Juan nos decía: “Presto hemos de pasar, porque la noche llega.”

Y escondidos detrás de un recodo, veíamos al Loco patear de rabia. Tan pronto apilaba la nieve, como la esparcía y aplanaba; o la echaba al viento con pies y manos; o se cubría con ella hasta la cintura... Sin quitar de él los ojos, nos consultamos y nos dimos valor:

—Volvamos a la Puerta Grande y sigamos el borde del río.

—No. Esperar será mejor.

—Si nos persigue, lo atacamos todos.

El Loco cavaba hoyos e iba formando con la nieve un gran montón. (Cuentan que en esos hoyos esconde a los niños que mata.) Del montón hizo una cueva, en donde se metió luego. Buen rato estuvimos mirándole la punta de los pies, que dejó afuera; pero de pronto rascó con ellos en la nieve y desaparecieron también. Esperamos… Esperamos…

—¡Ahora! —dijo Juan, y corrimos todos.

Pero el Loco nos espiaba; surgió de nuevo y se abalanzó a nosotros. Sus barbas eran tan grandes que cerraban todo el camino. La cabellera le nevaba, y con la mano libre de la capa nos disparaba enormes bolas de nieve. (Cuentan que bajo la nieve los guardas del parque hallaron tres niños muertos el otro invierno.) Sobrecogidos de pavor, quisimos correr. Juan gritó: “Todos contra él”, y nos defendimos.

A cada golpe certero que le dábamos saltaba furioso y lanzaba alaridos horribles. Si quien acertaba era él, rompía en una risa espantable que todavía nos llena de terror. Lo vencimos al cabo de muchas horas: lo obligamos a refugiarse cerca de un árbol y allí lo golpeamos con furia cada vez mayor. El bufaba y gruñía. Doblóse al fin por la cintura y clavó la cabeza en la nieve. Entonces huimos…

(Cuentan que en las noches de luna el Loco anda por el parque escarbando la nieve; cuentan que busca los cuerpecitos de los niños cuya sangre ha chupado.)

 
Martín Luis Guzmán (México, 1887-1976)