(Fragmento inicial del capítulo IV)
Vancouver: luz de agosto en la bahía. (Fotografía de Jules Etienne).
lunes, 5 de febrero de 2024
Mirándolas dormir: UN VIAJE DE NOVIOS, de Emilia Pardo Bazán
(Fragmento inicial del capítulo IV)
viernes, 11 de febrero de 2022
Día de reyes: LA VISIÓN DE LOS REYES MAGOS, de Emilia Pardo Bazán
(Los Reyes Magos regresan a su patria por distinto camino del que vinieron, a fin de burlar al sanguinario Herodes. Es de noche: la estrella no los guía ya; pero la luna, brillando con intensa y argentada luz, alumbra espléndidamente la planicie del desierto. La sombra de los dromedarios se agiganta sobre el suelo blanco y liso, y a lo lejos resuena el cavernoso rugir de un león.)
Baltasar (Acariciándose la nevada y luenga barba y
moviendo la anciana cabeza a estilo del que vaticina.) No sé lo que me sucede
desde que me puse de rodillas en el establo de Belén y saludé al hijo de la
Doncella, que me agita un espíritu profético, y siento descorrerse el velo que
cubre los tiempos futuros. Este tributo de oro que ofrecía al Niño para
reconocerle Rey, ¡cuántas y cuántas generaciones se lo han de rendir! Tributos
percibirá, no como nosotros, días, meses y años, sino siglos, decenas de
siglos, generación tras generación, y los percibirá de todo el Universo, de
toda raza y lengua, de nuevas tierras que se descubrirán para aclamar su
nombre. El oro que le he presentado era poco: apenas llenaba el cofre de cedro
en que lo traje; y ahora se me figura que se ha convertido en un mar de oro, y
veo que al Niño se le erigen templos de oro, altares de oro labrado y
cincelado, tronos de oro, en torno de los cuales oscilan blancos flabelos de
plumas con mangos de oro, y que ciñe su cabeza una triple corona de oro macizo,
también, incrustada de diamantes y gemas preciosas. Olas de oro, fluyendo de
los veneros de la tierra corren a los pies del Niño; y lo más extraño es que el
Niño los contempla con entristecida cara, y al fin esconde el rostro en el seno
de su Madre. ¿Habré obrado mal, ¡oh sabios!, en presentarle oro? ¿No le
agradará a la criatura celeste el símbolo de la autoridad real? Temo que mis
dones no hayan sido aceptos y mi obsequio pareciese sacrílego.
Gaspar (Enderezándose sobre su montura, requiriendo
la espada, frunciendo las cejas y echando chispas por los ojos.) Patriarca de
los Magos, bien te lo pronostiqué. El nacido Rey de los judíos no es el vil
mercader que quiere atesorar riquezas sin cuento en los subterráneos de su
morada. La codicia rebaja el alma y la hace pegajosa y grosera como la arcilla
que, despreciándola, pisamos. Mi don es el único que pudo complacer al
Primogénito de la Virgen. Tú le trajiste oro, por monarca; yo, mirra, por
hombre. Hombre ha querido nacer, y el llamarse hombre será su mejor título. La
mirra amarga como el vivir, y como el vivir, sana y fortificante; he ahí lo que
conviene a quien ha de realizar obra viril, obra de vigor y salud. ¿Creéis que
se puede ser grande, noble y fuerte sin gustar el cáliz amargo? Aquí me tenéis
a mí, ¡oh sabios!: he combatido, he sufrido, he vencido monstruos, he lidiado con
tentaciones horribles, me he visto mil veces en mano de mis enemigos, y el
soplo del martirio ha rozado mi sien. Pues sólo un día he llorado, y una gota
de mi llanto, cayendo en el ánfora de la mirra, le prestó su tónica y sabrosa
amargura y quizá su balsámico perfume. Yo también veo al Niño, Baltasar; pero
le veo combatiendo, arrollando, venciendo, aplastando dragones, sometiendo a su
yugo a la Humanidad, sufriendo y regando con sangre una palma. Bien hice en
traerle mirra.
Melchor (Tímidamente, con humildad profunda.) Yo no
sé si habré acertado y, sin embargo, por la alegría que me inunda presumo que
el Niño no rechaza mi don. Tú, venerable y doctísimo Baltasar, le obsequiaste
con oro considerándole Rey. Tú, indomable y valeroso Gaspar, le trajiste mirra,
teniéndole por hombre. Yo, el último de vosotros, el más ignorante, el etíope
de negra tez, le ofrecí unos granos de incienso, pues mi corazón le presentía
Dios.
Baltasar y Gaspar (Atónitos): ¡Dios!
Melchor (Con fe y persuasión ardiente): Sí, Dios.
Ahora mismo, en medio de esta serena noche, sobre el limpio azul del cielo, he
visto resplandecer su divinidad. Ahí están las naciones postradas a sus pies y
redimidas por Él, y por Él igualados todos los hombres. Mi progenie, la oscura
raza de Cam, ya no se diferencia de los blancos hijos de Jafet. Las antiguas
maldiciones las ha borrado el sacro dedo del Niño. No le reconocéis así al
pronto, porque es un Dios diferente de los dioses que van a morir: no condena,
ni odia, ni extermina; ama, reconcilia, perdona y sólo con acercarme a Él noto
en mi corazón una frescura inexplicable y en mi espíritu una paz que glorifica.
Así que llegue a mi reino abriré las prisiones, licenciaré los ejércitos,
condenaré los tributos, daré libertad a mis concubinas y me pondré desarmado en
medio de la plaza pública a confesar mis yerros y a que mis enemigos, si lo
desean, tomen venganza de mí.
Baltasar: Me dejas confuso, Melchor. Tu creencia se
asemeja a la locura.
Gaspar: No te entiendo bien, Melchor. Tu creencia me
parece afeminada, impropia de un rey.
Melchor: No sé defenderla con razones. Hago lo que
siento.
Baltasar: Mi dádiva era preciosa.
Gaspar: La mía era digna y noble.
Melchor: La mía expresa mi pequeñez, y sólo significa
adoración.
Baltasar: Reuniendo las tres en una, quizá
obtendríamos algo que hiciese sonreír al prodigioso Niño.
Gaspar: No puede ser. ¿Dónde habrá un don que
convenga al Rey, al Hombre y al Dios juntamente?
(La luna brilla con claridad más suave, más
misteriosamente dulce y soñadora. El desierto parece un lago de plata. Sobre el
horizonte se destaca una figura de mujer bizarramente engalanada y ricamente
vestida, hermosa, llorosa, con larga cabellera rubia que baja hasta la orla del
traje. Lleva en las manos un vaso mirrino lleno de ungüento de nardo, cuya
fragancia se esparce e impregna la ropa de los Magos, y sube hasta su cerebro
en delicados y penetrantes efluvios. Y los tres Reyes, apeándose y prosternados
sobre el polvo del desierto, envidian, con envidia santa, el don de la pecadora
Magdalena.)
Emilia Pardo Bazán (España, 1851-1921).
martes, 31 de agosto de 2021
Venecia: MI ROMERÍA, de Emilia Pardo Bazán
miércoles, 10 de marzo de 2021
Miércoles de ceniza: CENIZA, de Emilia Pardo Bazán
(Fragmento)
Nati miró a la vidriera que había quedado abierta. Una claridad lívida, azulada y triste hacía amarillear la de los focos eléctricos. Era el amanecer que derramó en las venas de Nati más hielo. Apagó las luces, se envolvió en una bata acolchada y con inmensa fatiga se dejó caer en el ancho diván oriental. Por un instante le pareció que cerraba sus ojos un invencible sueño, pero casi al punto la despabiló una idea: ¡Miércoles de Ceniza! Había escogido la mañana del Miércoles de Ceniza... para su desatinada aventura.
... ¡Miércoles de Ceniza!... El mismo día en que su madre, después de una vida de virtudes y sufrimientos, había entregado el alma; día que se conmemoraba para Nati el más triste aniversario. ¿Cómo no se acordó antes de arreglar la escapatoria? ¿Cómo la imagen del martes de Carnaval borró de su mente el recuerdo del Miércoles de Ceniza?
Saltó Nati del diván, dando diente con diente, pero animada por una resolución: la de expiar, la de hacer penitencia, la de reconciliarse con Dios sin tardanza. Abrió el armario y se calzó ella misma: descolgó un traje, el más sencillo, negro; se echó una matilla, se envolvió en un abrigo... y desandando lo andado, volviendo a recorrer salones y pasillos, bajando la escalera, lanzóse a la calle. Iba como en volandas, impulsada por una sed de purificación parecida al deseo de lavarse que se nota después de un largo viaje, cuando nos encontramos cubiertos de suciedad y de impurezas. ¡La Iglesia! ¡La redentora, la consoladora, la gran piscina de agua clara agitada por el ángel y en que se ssumerge el corazón para salir curado de todos los males y nostalgias! Nati corría pareciéndole que cuanto más se apresuraba más se alejaba de la bienhechora iglesia. Por fin la divisó, cruzó el pórtico, persignándose, tomo agua bendita y se arrodilló delante del altar, donde un sacerdote imponía la ceniza a unos cuantos fieles madrugadores... Nati presentó la frente, oyó el fatídico Memento homo, quia pulvis eris..., y sintió los dedos del sacerdote que tocaban sus sienes, y a la vez un agudo dolor, como si la hubiesen quemado con un ascua... Al mismo tiempo, los devotos, postradoa alrededor, la miraron fríamente y deletreando lo que en su frente se leía escrito, repitieron atónitos: «¡Pecado!»
Alzóse Nati de un brinco, y huyó de la iglesia. Había amanecido del todo; era hermosa la mañanita, y las calles estaban llenas de gente. Nati percibió que se volvían, que la contemplaban con extrañeza, que la señalaban, que se reían, que exclamaban: «¡Pecado! ¡Pecado!»
Emilia Pardo Bazán (España, 1851-1921).
El texto íntegro se puede leer en Ciudad Seva.
martes, 2 de febrero de 2021
Febrero (dia de la Candelaria): DELINCUENTE HONRADO, de Emilia Pardo Bazán
(Fragmento)
- Padre confesor -empezó por decir-, ante todo sepa usted que yo soy un hombre decente, todo un caballero. Esa niña... que maté... nació al año de haberme casado. Era bonita, y su madre también.... ¡ya lo creo!, preciosa, que daba gloria el mirarla. Yo tenía ya algunos añitos..., y ella, una moza de rumbo, más fresca que las mismas rosas. Digo la madre, señor; digo su madre, porque por la madre tenemos que principiar. Los hijos, así como heredan los dineros del que los tiene.... heredan otras cosas... Usted, que sabrá mucho, me entenderá. Yo no sé nada, pero..., ¡a caballero no me ha ganado nadie!
La madre..., yo me miraba en sus ojos, porque la quería del alma, según corresponde a un marido bueno. Le hacía regalos; trabajaba día y noche para que tuviese su ropa maja y su mantón y sus aretes, y sobre todo.... ¡porque eso es antes!, a diario su puchero sano, y cuando parió, su cuartillo de vino y su gallina... No me remuerde la conciencia de haberle escatimado un real. Ella era alegre y cantaba como una calandria, y a mí se me quitaban las penas de oírla. Lo malo fue que como le celebraron la voz y las coplas, y empezaron a arremolinarse para escucharla, y el uno que llega y el otro que se pega, y éste que dice una pulla, y aquél que suelta un requiebro.... en fin, vi que se ponía aquello muy mal, y la dije lo que venía al caso. ¿Sabe usted lo que me contestó? Que no lo podía remediar, que le gustaba el gentío, y oír cómo la jaleaban, que cada cual es según su natural, y que no le rompiese la cabeza con sermones... De allí a un mes (no se me olvida la fecha, el día de la Candelaria) desapareció de casa, sin dar siquiera un beso a la niña..., que tenía sus cinco añitos y era como un sol.
Aquí -intercaló el padre Téllez- tuvo una crisis de sollozos, y por poco me enternezco yo también, a pesar de que la costumbre de asistir a los reos endurece y curte. Le consolé cuanto era posible, le di a beber un trago de anís, y el desdichado prosiguió:
- Supe luego que andaba por los coros de los teatros, y sabe Dios cómo... Y lo que más me barajaba los sesos, ¡por qué la honra trabaja mucho!, era que me decían los amigos, al pasar delante de mi obrador: «No tienes vergüenza... Yo que tú, la mato». De tanto oírlo, se me pegó el estribillo, y mientras batía suela, ¡tan, tan, catán!, repetía en alto: «No tengo vergüenza... ¡Había que matarla!» Sólo que ni la encontré en jamás, ni tuve ánimos para echarme en su busca. Y así que pasaron tres años, nadie me venía con que la matase, porque ella rodaba por Andalucía, hasta que se la llevaron a América..., ¡qué sé yo adonde! ¡Si vive y lee los diarios y ve cómo murió su hija...!
Emilia Pardo Bazán (España, 1851-1921).
La lectura del texto íntegro en PDF es posible en la Biblioteca Virtual Universal.





