Vancouver: luz de agosto en la bahía. (Fotografía de Jules Etienne).
Mostrando las entradas con la etiqueta Emilia Pardo Bazán. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta Emilia Pardo Bazán. Mostrar todas las entradas

lunes, 5 de febrero de 2024

Mirándolas dormir: UN VIAJE DE NOVIOS, de Emilia Pardo Bazán

"... cuya cortina descorrió para mejor examinar a la durmiente (...) su cabeza la sostenía con un brazo al modo de las bacantes antiguas..."

(
Párrafos finales del capítulo III)

- Que sale el tren, caballero -le gritaron los mozos-. Por aquí... por aquí....

Lanzose desatinado al andén: el tren, con pérfida lentitud de reptil, comenzaba a resbalar suavemente por los rieles. Miranda le enseñó los puños, y un sentimiento de impotente y fría rabia apoderose de su espíritu. Así perdió un segundo, un segundo precioso. El andar del convoy se aceleraba, como el columpio que, empezando a oscilar, describe a cada paso curvas más abiertas, y vuela con brío mayor por los aires. Precipitadamente y sin mirar al terreno, saltó Miranda a la vía, para alcanzar los vagones de primera, que en aquel punto desfilaban ante sus ojos, como mofándose de él. Quiso lanzarse al estribo, pero al tocarle fue despedido a la vía con gran violencia, y cayó, sintiendo agudo y repentino dolor en el pie derecho. Quedose en el suelo, medio incorporado, profiriendo una imprecación de esas que en España los hombres más preciados de distinguidos y elegantes no recelan tomar del lenguaje patibulario de los facinerosos. El tren, rugiente, majestuoso y veloz, cruzó ante él, despidiendo la negra máquina centellas de fuego semejantes a espíritus fantásticos danzando entre las tinieblas nocturnas.

Pocos momentos después de que Miranda bajó a recoger su cartera, habíase abierto la puerta del departamento donde quedaba Lucía dormida penetrando por ella un hombre. Llevaba éste en la mano un maletín, que dejó caer a su lado, sobre los cojines. Cerrando la portezuela, sentose en un ángulo, pegada la frente al vidrio, frío como el hielo y empañado por el rocío de la noche. No se veía más que la negrura exterior, que apenas contrastaba la confusa penumbra del andén, el farolillo del guarda que lo recorría, y los mustios reverberos aquí y allí esparcidos. Cuando el tren rompió a andar, pasaron unas chispas, rápidas como exhalaciones, ante el cristal en que apoyaba su rostro el recién llegado.

"No se veía más que le negrura exterior, que apenas contrastaba la confusa penumbra del andén..."

(Fragmento inicial del capítulo IV)

Al cual no dejó de parecer extraña y desusada cosa -así que, cesando de contemplar las tinieblas, convirtió la vista al interior del departamento*- el que aquella mujer, que tan a su sabor dormía, se hubiese metido allí en vez de irse a un reservado de señoras. Y a esta reflexión siguió una idea, que le hizo fruncir el ceño y contrajo sus labios con una sonrisa desdeñosa. No obstante, la segunda mirada que fijó en Lucía le inspiró distintos y más caritativos pensamientos. La luz del reverbero, cuya cortina azul descorrió para mejor examinar a la durmiente, la hería de lleno; pero según el balanceo del tren, oscilaba, y tan pronto, retirándose, la dejaba en sombra, como la hacía surgir, radiante, de la obscuridad. Naturalmente se concentraba la luz en los puntos más salientes y claros de su rostro y cuerpo. La frente, blanca como un jazmín, los rosados pómulos, la redonda barbilla, los labios entreabiertos que daban paso al hálito suave, dejando ver los nacarinos dientes, brillaban al tocarlos la fuerte y cruda claridad; su cabeza la sostenía con un brazo, al modo de las bacantes antiguas, y su mano resaltaba entre las obscuridades del cabello, mientras la otra pendía en el abandono del sueño, descalza de guante también, luciendo en el dedo meñique la alianza, y un poco hinchadas las venas, porque la postura agolpaba allí la sangre. Cada vez que el cuerpo de Lucía entraba en la zona luminosa, despedían áureo destello los botones de cincelado metal, encendiéndose sobre el paño marrón del levitín, y se entreveía, atrechos de la revuelta falda, orlada de menudo volante a pliegues, algo del encaje de las enaguas, y el primoroso zapato de bronceada piel, con curvo tacón. Desprendíase de toda la persona de aquella niña dormida aroma inexplicable de pureza y frescura, un tufo de honradez que trascendía a leguas. No era la aventurera audaz, no la mariposuela de vuelo bajo que anda buscando una bujía donde quemarse las alas; y el viajero, diciéndose esto a sí mismo, se asombraba de tan confiado sueño, de aquella criatura que descansaba tranquila, sola, expuesta a un galanteo brutal, a todo género de desagradables lances; y se acordaba de una estampa que había visto en magnífica edición de fábulas ilustradas, y que representaba a la Fortuna despertando al niño imprevisor aletargado al borde del pozo. Ocurriósele de pronto una hipótesis: acaso la viajera fuese una miss inglesa o norteamericana, provista de rodrigón y paje con llevar en el bolsillo un revólver de acero de seis tiros. Pero aunque era Lucía fresca y mujerona como una Niobe, tipo muy común entre las señoritas yankees, mostraba tan patente en ciertos pormenores el origen español, que hubo de decirse a sí mismo el que la consideraba: «no tiene pizca de traza de extranjera.» Mirola aun buen rato, como buscando en su aspecto la solución del enigma; hasta que al fin, encogiéndose levemente de hombros, como el que exclamase: «¿Qué me importa a mí, en resumen?», tomó de su maletín un libro y probó a leer; pero se lo impidió el fulgor vacilante que a cada vaivén del coche jugaba a embrollar los caracteres sobre la blanca página. Se arrimó nuevamente entonces el viajero a los helados cristales, y se quedó así, inmóvil, meditabundo.

Emilia Pardo Bazán (España, 1851-1921).

* La expresión más apropiada según el diccionario panhispánico de dudas sería "compartimento" cuando se refiere a un tren. A saber el motivo por el que la autora prefirió departamento,

viernes, 11 de febrero de 2022

Día de reyes: LA VISIÓN DE LOS REYES MAGOS, de Emilia Pardo Bazán

"Es de noche: la estrella no los guía ya; pero la luna, brillando com intensa y argentada luz..."

(Los Reyes Magos regresan a su patria por distinto camino del que vinieron, a fin de burlar al sanguinario Herodes. Es de noche: la estrella no los guía ya; pero la luna, brillando con intensa y argentada luz, alumbra espléndidamente la planicie del desierto. La sombra de los dromedarios se agiganta sobre el suelo blanco y liso, y a lo lejos resuena el cavernoso rugir de un león.)

Baltasar (Acariciándose la nevada y luenga barba y moviendo la anciana cabeza a estilo del que vaticina.) No sé lo que me sucede desde que me puse de rodillas en el establo de Belén y saludé al hijo de la Doncella, que me agita un espíritu profético, y siento descorrerse el velo que cubre los tiempos futuros. Este tributo de oro que ofrecía al Niño para reconocerle Rey, ¡cuántas y cuántas generaciones se lo han de rendir! Tributos percibirá, no como nosotros, días, meses y años, sino siglos, decenas de siglos, generación tras generación, y los percibirá de todo el Universo, de toda raza y lengua, de nuevas tierras que se descubrirán para aclamar su nombre. El oro que le he presentado era poco: apenas llenaba el cofre de cedro en que lo traje; y ahora se me figura que se ha convertido en un mar de oro, y veo que al Niño se le erigen templos de oro, altares de oro labrado y cincelado, tronos de oro, en torno de los cuales oscilan blancos flabelos de plumas con mangos de oro, y que ciñe su cabeza una triple corona de oro macizo, también, incrustada de diamantes y gemas preciosas. Olas de oro, fluyendo de los veneros de la tierra corren a los pies del Niño; y lo más extraño es que el Niño los contempla con entristecida cara, y al fin esconde el rostro en el seno de su Madre. ¿Habré obrado mal, ¡oh sabios!, en presentarle oro? ¿No le agradará a la criatura celeste el símbolo de la autoridad real? Temo que mis dones no hayan sido aceptos y mi obsequio pareciese sacrílego.

Gaspar (Enderezándose sobre su montura, requiriendo la espada, frunciendo las cejas y echando chispas por los ojos.) Patriarca de los Magos, bien te lo pronostiqué. El nacido Rey de los judíos no es el vil mercader que quiere atesorar riquezas sin cuento en los subterráneos de su morada. La codicia rebaja el alma y la hace pegajosa y grosera como la arcilla que, despreciándola, pisamos. Mi don es el único que pudo complacer al Primogénito de la Virgen. Tú le trajiste oro, por monarca; yo, mirra, por hombre. Hombre ha querido nacer, y el llamarse hombre será su mejor título. La mirra amarga como el vivir, y como el vivir, sana y fortificante; he ahí lo que conviene a quien ha de realizar obra viril, obra de vigor y salud. ¿Creéis que se puede ser grande, noble y fuerte sin gustar el cáliz amargo? Aquí me tenéis a mí, ¡oh sabios!: he combatido, he sufrido, he vencido monstruos, he lidiado con tentaciones horribles, me he visto mil veces en mano de mis enemigos, y el soplo del martirio ha rozado mi sien. Pues sólo un día he llorado, y una gota de mi llanto, cayendo en el ánfora de la mirra, le prestó su tónica y sabrosa amargura y quizá su balsámico perfume. Yo también veo al Niño, Baltasar; pero le veo combatiendo, arrollando, venciendo, aplastando dragones, sometiendo a su yugo a la Humanidad, sufriendo y regando con sangre una palma. Bien hice en traerle mirra.

Melchor (Tímidamente, con humildad profunda.) Yo no sé si habré acertado y, sin embargo, por la alegría que me inunda presumo que el Niño no rechaza mi don. Tú, venerable y doctísimo Baltasar, le obsequiaste con oro considerándole Rey. Tú, indomable y valeroso Gaspar, le trajiste mirra, teniéndole por hombre. Yo, el último de vosotros, el más ignorante, el etíope de negra tez, le ofrecí unos granos de incienso, pues mi corazón le presentía Dios.

Baltasar y Gaspar (Atónitos): ¡Dios!

Melchor (Con fe y persuasión ardiente): Sí, Dios. Ahora mismo, en medio de esta serena noche, sobre el limpio azul del cielo, he visto resplandecer su divinidad. Ahí están las naciones postradas a sus pies y redimidas por Él, y por Él igualados todos los hombres. Mi progenie, la oscura raza de Cam, ya no se diferencia de los blancos hijos de Jafet. Las antiguas maldiciones las ha borrado el sacro dedo del Niño. No le reconocéis así al pronto, porque es un Dios diferente de los dioses que van a morir: no condena, ni odia, ni extermina; ama, reconcilia, perdona y sólo con acercarme a Él noto en mi corazón una frescura inexplicable y en mi espíritu una paz que glorifica. Así que llegue a mi reino abriré las prisiones, licenciaré los ejércitos, condenaré los tributos, daré libertad a mis concubinas y me pondré desarmado en medio de la plaza pública a confesar mis yerros y a que mis enemigos, si lo desean, tomen venganza de mí.

Baltasar: Me dejas confuso, Melchor. Tu creencia se asemeja a la locura.

Gaspar: No te entiendo bien, Melchor. Tu creencia me parece afeminada, impropia de un rey.

Melchor: No sé defenderla con razones. Hago lo que siento.

Baltasar: Mi dádiva era preciosa.

Gaspar: La mía era digna y noble.

Melchor: La mía expresa mi pequeñez, y sólo significa adoración.

Baltasar: Reuniendo las tres en una, quizá obtendríamos algo que hiciese sonreír al prodigioso Niño.

Gaspar: No puede ser. ¿Dónde habrá un don que convenga al Rey, al Hombre y al Dios juntamente?

(La luna brilla con claridad más suave, más misteriosamente dulce y soñadora. El desierto parece un lago de plata. Sobre el horizonte se destaca una figura de mujer bizarramente engalanada y ricamente vestida, hermosa, llorosa, con larga cabellera rubia que baja hasta la orla del traje. Lleva en las manos un vaso mirrino lleno de ungüento de nardo, cuya fragancia se esparce e impregna la ropa de los Magos, y sube hasta su cerebro en delicados y penetrantes efluvios. Y los tres Reyes, apeándose y prosternados sobre el polvo del desierto, envidian, con envidia santa, el don de la pecadora Magdalena.)

Emilia Pardo Bazán (España, 1851-1921).

martes, 31 de agosto de 2021

Venecia: MI ROMERÍA, de Emilia Pardo Bazán

"... a la plaza de San Marcos, donde una nube de torcaces, pero mansísimas palomas, acude con la mayor desvergúenza a comer en la mano..."

(Fragmento del Epílogo)

I. Don Carlos

Nosotros proponemos y las circunstancias disponen. Pensé escribir estas líneas en mi alojamiento del Hotel de la Luna, en Venecia -de cuyas ventanas veía las ondas verdosas del Canalazzo morir besando la escalinata del embarcadero, y desde el cual, en cinco minutos y a pie, podía trasladarme a la plaza de San Marcos, donde una nube de torcaces, pero mansísimas palomas, acude con la mayor desvergüenza a comer en la mano, y si uno se descuida, en la boca del viajero, la ración de maíz-. Y he aquí que estoy trazándolas en mi cuarto de estudio, con vistas a la bahía de Marineda, sobre cuya superficie, que refleja el azul plomizo del firmamento, se columpian botes y esquifes, aunque graciosos, muy diferentes de las venecianas góndolas.

No es lo peor escribir en Marineda impresiones recogidas al borde del Adriático, sino hacerlo por vez segunda a causa de extravío del primer original.

(...)

El objeto de mi viaje á Venecia no era admirar la soñada ciudad de las lagunas, con su doble collar de palacios y la inmortal poesía de sus calles de agua y sus góndolas finas y curvas como el puñal de Otelo. Conocía ya a la dogaresa: la había visto en todo su teatral esplendor, alumbrada por millares de fuegos artificiales y por guirnaldas de los clásicos farolillos, arrullada por serenatas melodiosísimas, y había oido de noche, a la luz de la luna, en el Gran Canal, la barcarola de I due Foseari, que entonaban a voces solas los gondoleros. Mi propósito, al recorrer una vez más la Italia del Norte, fué saludar y tratar á D. Carlos de Borbón, duque de Madrid. También le conocía, pero por breve audiencia obtenida en París el mismo año y el mismo día en que visité a una especie de monarca literario, rodeado de una corte muy etique- tera: Víctor Hugo.

Emilia Pardo Bazán (España, 1851-1921).

miércoles, 10 de marzo de 2021

Miércoles de ceniza: CENIZA, de Emilia Pardo Bazán

 "... la miraron fríamente y deletreando lo que en su frente se leía, repitieron atónitos: ¡Pecado!"

(Fragmento)

Nati miró a la vidriera que había quedado abierta. Una claridad lívida, azulada y triste hacía amarillear la de los focos eléctricos. Era el amanecer que derramó en las venas de Nati más hielo. Apagó las luces, se envolvió en una bata acolchada y con inmensa fatiga se dejó caer en el ancho diván oriental. Por un instante le pareció que cerraba sus ojos un invencible sueño, pero casi al punto la despabiló una idea: ¡Miércoles de Ceniza! Había escogido la mañana del Miércoles de Ceniza... para su desatinada aventura.

... ¡Miércoles de Ceniza!... El mismo día en que su madre, después de una vida de virtudes y sufrimientos, había entregado el alma; día que se conmemoraba para Nati el más triste aniversario. ¿Cómo no se acordó antes de arreglar la escapatoria? ¿Cómo la imagen del martes de Carnaval borró de su mente el recuerdo del Miércoles de Ceniza?

Saltó Nati del diván, dando diente con diente, pero animada por una resolución: la de expiar, la de hacer penitencia, la de reconciliarse con Dios sin tardanza. Abrió el armario y se calzó ella misma: descolgó un traje, el más sencillo, negro; se echó una matilla, se envolvió en un abrigo... y desandando lo andado, volviendo a recorrer salones y pasillos, bajando la escalera, lanzóse a la calle. Iba como en volandas, impulsada por una sed de purificación parecida al deseo de lavarse que se nota después de un largo viaje, cuando nos encontramos cubiertos de suciedad y de impurezas. ¡La Iglesia! ¡La redentora, la consoladora, la gran piscina de agua clara agitada por el ángel y en que se ssumerge el corazón para salir curado de todos los males y nostalgias! Nati corría pareciéndole que cuanto más se apresuraba más se alejaba de la bienhechora iglesia. Por fin la divisó, cruzó el pórtico, persignándose, tomo agua bendita y se arrodilló delante del altar, donde un sacerdote imponía la ceniza a unos cuantos fieles madrugadores... Nati presentó la frente, oyó el fatídico Memento homo, quia pulvis eris..., y sintió los dedos del sacerdote que tocaban sus sienes, y a la vez un agudo dolor, como si la hubiesen quemado con un ascua... Al mismo tiempo, los devotos, postradoa alrededor, la miraron fríamente y deletreando lo que en su frente se leía escrito, repitieron atónitos: «¡Pecado!»

Alzóse Nati de un brinco, y huyó de la iglesia. Había amanecido del todo; era hermosa la mañanita, y las calles estaban llenas de gente. Nati percibió que se volvían, que la contemplaban con extrañeza, que la señalaban, que se reían, que exclamaban: «¡Pecado! ¡Pecado!»

Emilia Pardo Bazán (España, 1851-1921).

El texto íntegro se puede leer en Ciudad Seva.

martes, 2 de febrero de 2021

Febrero (dia de la Candelaria): DELINCUENTE HONRADO, de Emilia Pardo Bazán

"... (no se me olvida la fecha, el día de la Candelaria) desapareció de casa sin dar siquiera un beso a la niña... que tenía sus cinco añitos y era como un sol."

(Fragmento)

- Padre confesor -empezó por decir-, ante todo sepa usted que yo soy un hombre decente, todo un caballero. Esa niña... que maté... nació al año de haberme casado. Era bonita, y su madre también.... ¡ya lo creo!, preciosa, que daba gloria el mirarla. Yo tenía ya algunos añitos..., y ella, una moza de rumbo, más fresca que las mismas rosas. Digo la madre, señor; digo su madre, porque por la madre tenemos que principiar. Los hijos, así como heredan los dineros del que los tiene.... heredan otras cosas... Usted, que sabrá mucho, me entenderá. Yo no sé nada, pero..., ¡a caballero no me ha ganado nadie!

La madre..., yo me miraba en sus ojos, porque la quería del alma, según corresponde a un marido bueno. Le hacía regalos; trabajaba día y noche para que tuviese su ropa maja y su mantón y sus aretes, y sobre todo.... ¡porque eso es antes!, a diario su puchero sano, y cuando parió, su cuartillo de vino y su gallina... No me remuerde la conciencia de haberle escatimado un real. Ella era alegre y cantaba como una calandria, y a mí se me quitaban las penas de oírla. Lo malo fue que como le celebraron la voz y las coplas, y empezaron a arremolinarse para escucharla, y el uno que llega y el otro que se pega, y éste que dice una pulla, y aquél que suelta un requiebro.... en fin, vi que se ponía aquello muy mal, y la dije lo que venía al caso. ¿Sabe usted lo que me contestó? Que no lo podía remediar, que le gustaba el gentío, y oír cómo la jaleaban, que cada cual es según su natural, y que no le rompiese la cabeza con sermones... De allí a un mes (no se me olvida la fecha, el día de la Candelaria) desapareció de casa, sin dar siquiera un beso a la niña..., que tenía sus cinco añitos y era como un sol.

Aquí -intercaló el padre Téllez- tuvo una crisis de sollozos, y por poco me enternezco yo también, a pesar de que la costumbre de asistir a los reos endurece y curte. Le consolé cuanto era posible, le di a beber un trago de anís, y el desdichado prosiguió:

- Supe luego que andaba por los coros de los teatros, y sabe Dios cómo... Y lo que más me barajaba los sesos, ¡por qué la honra trabaja mucho!, era que me decían los amigos, al pasar delante de mi obrador: «No tienes vergüenza... Yo que tú, la mato». De tanto oírlo, se me pegó el estribillo, y mientras batía suela, ¡tan, tan, catán!, repetía en alto: «No tengo vergüenza... ¡Había que matarla!» Sólo que ni la encontré en jamás, ni tuve ánimos para echarme en su busca. Y así que pasaron tres años, nadie me venía con que la matase, porque ella rodaba por Andalucía, hasta que se la llevaron a América..., ¡qué sé yo adonde! ¡Si vive y lee los diarios y ve cómo murió su hija...!

Emilia Pardo Bazán (España, 1851-1921).

La lectura del texto íntegro en PDF es posible en la Biblioteca Virtual Universal.

miércoles, 19 de junio de 2019

Tu boca: EL MARISCAL PEDRO PARDO, de Emilia Pardo Bazán

"La llave abre la reja ¡pero el cielo se me abrió con la llave de tu boca!"

(Parlamentos del segundo acto, escena 7)

(Al ruido que hace Fernán para alejarse, vuélvese Aura dando un grito).

Aura: ¿Eres tú, Fernán?

Fernán: Yo soy. (Se adelantan cogidos de la mano). Por verte una vez más en este mundo bajé esa escalera entre la sombra guiado por las huellas de tus pasos solo para mis ojos luminosos. Tú dejas estos muros, yo los guardo, yo moriré, tú viviras dichosa, tú tienes porvenir, largo y risueño, yo no presente, pues te pierdo ahora; a quien tiene tan poco, injusto fuera negarle que aún te vea una vez sola, la postrimera vez… ¡y el adiós último reciba al menos de tu dulce boca! 

(Esconde la cabeza entre las manos).

* * *

Fernán: ¿Qué me aleje?

Aura: ¡Presto, por Dios! Que cerca está la hora.

Fernán: ¿Por qué quieres que viva?

Aura: Yo lo quiero.

Fernán: Esta humilde existencia ¿qué te importa? (Rechaza la llave). Tu compasión rehúso.

Aura: No me mueve tan sólo compasión.

Fernán: Tiernas memorias de nuestra infancia… fraternal cariño…

Aura: ¡Ingrato! ¡Mucho más! ¡La llave toma! Y parte.

Fernán: No comprendo tus palabras… Temo un error…  mi fantasía loca se finge… ¡no sé qué! Con lo infinito toco… y toco en la tierra… Tú te gozas en esta incertidumbre...

Aura: Por qué exiges…

Fernán: ¡Arranca de una vez la venda toda que ampara mi ilusión! Vivir no quiero sin que hables.

Aura: El silencio ya me ahoga. ¡Fernán! Sálvate pronto… por mi vida, ¡por mi amor!, ¡por mi amor! (Reclina la cabeza en su pecho).

Fernán: ¡Oh luz! ¡Oh gloria! ¡Oh sueño! No, no es sueño…, es Aura, es Aura.

Aura: Fernán mío, ¿huirás?

Fernán: ¡Huir ahora! La llave abre la reja ¡pero el cielo se me abrió con la llave de tu boca!

(Permanecen un instante el uno en los brazos del otro. Óyese en esto el alerta de los centinelasy las campanadas de las doce. Viva luz de luna).

Aura (Separándose vivamente de los brazos de Fernán): ¡Cielos! ¡Las doce ya…! Déjame… (Parte).


Emilia Pardo Bazán (España, 1851-1921).