Vancouver: luz de agosto en la bahía. (Fotografía de Jules Etienne).
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martes, 7 de marzo de 2023

Conejos: EL SISTEMA DEL DOCTOR TARR Y DEL PROFESOR FETHER, de Edgar Allan Poe

"Había sobre mesa algunas fuentes conteniendo lo que parecía ser conejo ordinario, plato muy exquisito..."

(
Fragmento)

Pero un escrutinio más cuidadoso me aseguró que se trataba tan sólo de un ternerillo asado entero, apoyado en las rodillas y sosteniendo una manzana en la boca, como se acostumbra en Inglaterra para servir una liebre.

- Muchas gracias -repuse-. Para decir verdad, no me gusta mucho la ternera à la... ¿cómo era?, pues siento que no me cae bien. Prefiero cambiar de plato y probar un bocado de conejo.

Había sobre la mesa algunas fuentes conteniendo lo que parecía ser conejo ordinario, plato muy exquisito y digno de ser recomendado.

- ¡Pierre! -gritó el huésped-. Cambie el plato del señor y sírvale un trozo de conejo au-chat.

- ¿Al qué? -dije yo.

- Au-chat.

- Pues bien, muchas gracias, pero... pensándolo mejor, prefiero servirme un poco de jamón.

«Verdaderamente uno nunca sabe lo que come en las mesas de estos provincianos -me dije-. No quiero saber nada de su conejo al gato, ni tampoco de su gato al conejo, si es que lo sirven...»

Edgar Allan Poe (Estados Unidos, 1809-1849).

(Traducido al español por Julio Cortázar).
La ilustración corresponde a un fotograma de la película El manicomio de Eliza (Stonehearst Asylum, 2014).
El texto íntegro puede leerse en Literatura.us.

miércoles, 7 de diciembre de 2022

Diciembre: EL CUERVO, de Edgar Allan Poe

"... aquel lúcido recuerdo de un gélido diciembre; espectros de brasas moribundas..."

(Estrofas iniciales)

Una vez, al filo de una lúgubre media noche,
mientras débil y cansado, en tristes reflexiones embebido,
inclinado sobre un viejo y raro libro de olvidada ciencia,
cabeceando, casi dormido,
oyóse de súbito un leve golpe,
como si suavemente tocaran,
tocaran a la puerta de mi cuarto.
“Es -dije musitando- un visitante
tocando quedo a la puerta de mi cuarto.
Eso es todo, y nada más.”

¡Ah! aquel lúcido recuerdo
de un gélido diciembre;
espectros de brasas moribundas
reflejadas en el suelo;
angustia del deseo del nuevo día;
en vano encareciendo a mis libros
dieran tregua a mi dolor.
Dolor por la pérdida de Leonora, la única,
virgen radiante, Leonora por los ángeles llamada.
Aquí ya sin nombre, para siempre.

Y el crujir triste, vago, escalofriante
de la seda de las cortinas rojas
llenábame de fantásticos terrores
jamás antes sentidos. Y ahora aquí, en pie,
acallando el latido de mi corazón,
vuelvo a repetir:
“Es un visitante a la puerta de mi cuarto
queriendo entrar. Algún visitante
que a deshora a mi cuarto quiere entrar.
Eso es todo, y nada más.”

Ahora, mi ánimo cobraba bríos,
y ya sin titubeos:
“Señor -dije- o señora, en verdad vuestro perdón imploro,
mas el caso es que, adormilado
cuando vinisteis a tocar quedamente,
tan quedo vinisteis a llamar,
a llamar a la puerta de mi cuarto,
que apenas pude creer que os oía.”
Y entonces abrí de par en par la puerta:
Oscuridad, y nada más.

Edgar Allan Poe (Estados Unidos, 1809-1949).

(Traducido al español por Julio Cortázar).

domingo, 1 de agosto de 2021

Venecia: LA CITA, de Edgar Allan Poe

"... ¡ah, cómo olvidar!... la profunda medianoche, el Puente de los Suspiros..."

(Fragmento inicial)

Hombre misterioso, de aciago destino! ¡Exaltado por la brillantez de tu imaginación, ardido en las llamas de tu juventud! ¡Otra vez, en mi fantasía, vuelvo a contemplarte! De nuevo se alza ante mí tu figura... ¡No, no como eres ahora, en el frío valle, en la sombra!, sino como debiste de ser, derrochando una vida de magnífica meditación en aquella ciudad de confusas visiones, tu Venecia, Elíseo del mar, amada de las estrellas, cuyos amplios balcones de los palacios de Palladio contemplan con profundo y amargo conocimiento los secretos de sus silentes aguas. ¡Sí, lo repito: como debiste de ser! Sin duda hay otros mundos fuera de éste, otros pensamientos que los de la multitud, otras especulaciones que las del sofista. ¿Quién, entonces, podría poner en tela de juicio tu conducta? ¿Quién te reprocharía tus horas visionarias, o denunciaría tu modo de vivir como un despilfarro, cuando no era más que la sobreabundancia de tus inagotables energías?
 
Fue en Venecia, bajo la arcada cubierta que llaman el Ponte dei Sospiri, donde encontré por tercera o cuarta vez a la persona de quien hablo. Las circunstancias de aquel encuentro acuden confusamente a mi recuerdo. Y, sin embargo, veo... ¡ah, cómo olvidar!... la profunda medianoche, el Puente de los Suspiros, la belleza femenina y el genio del romance que erraba por el angosto canal. Venecia estaba extrañamente oscura. El gran reloj de la Piazza había dado la quinta hora de la noche italiana. La plaza del Campanile se mostraba silenciosa y vacía, mientras las luces del viejo Palacio Ducal extinguíanse una tras otra. Volvía a casa desde la Piazzetta, siguiendo el Gran Canal.
 
Cuando mi góndola llegó ante la boca del canal de San Marcos, oí desde sus profundidades una voz de mujer, que exhalaba en la noche un alarido prolongado, histérico y terrible. Me incorporé sobresaltado, mientras el gondolero dejaba resbalar su único remo y lo perdía en la profunda oscuridad, sin que le fuera posible recobrarlo. Quedamos así a merced de la corriente, que en ese punto se mueve desde el canal mayor hacia el pequeño. Semejantes a un pesado cóndor de negras alas nos deslizábamos blandamente en dirección al Puente de los Suspiros, cuando mil antorchas, llameando desde las ventanas y las escalinatas del Palacio Ducal, convirtieron instantáneamente aquella profunda oscuridad en un lívido día preterna- tural.
 
Escapando de los brazos de su madre, un niño acababa de caer desde una de las ventanas superiores del elevado edificio a las profundas y oscuras aguas del canal, que se habían cerrado silenciosas sobre su víctima. Aunque mi góndola era la única a la vista, muchos arriesgados nadadores habíanse precipitado ya a la corriente y buscaban vanamente en su superficie el tesoro que, ¡ay!, sólo habría de encontrarse en el abismo. En las grandes losas de mármol negro que daban entrada al palacio, apenas a unos pocos peldaños sobre el agua, veíase una figura que nadie ha podido olvidar jamás después de contemplarla. Era la marquesa Afrodita, la adoración de toda Venecia, la más alegre y hermosa de las mujeres -allí donde todas eran bellas-, la joven esposa del viejo e intrigante Mentoni y madre del hermoso niño, su primer y único vástago que, sumido en las profundidades del agua lóbrega, estaría recordando amargamente las dulces caricias de su madre y agotando su débil vida en los esfuer- zos por llamarla.

 Edgar Allan Poe (Estados Unidos, 1809-1849).
 
(Traducido al español por Julio Cortázar).
 
Es posible leer en Ciudad Seva el texto íntegro de La cita.

martes, 2 de junio de 2020

Epidemias: LA MÁSCARA DE LA MUERTE ROJA, de Edgar Allan Poe

"El príncipe había reunido todo lo necesario para los placeres (…) había hermosura y vino."

(Fragmento inicial)

La «Muerte Roja» había devastado el país durante largo tiempo. Jamás una peste había sido tan fatal y tan espantosa. La sangre era su encarnación y su sello: el rojo y el horror de la sangre. Comenzaba con agudos dolores, un vértigo repentino, y luego los poros sangraban y sobrevenía la muerte. Las manchas escarlata en el cuerpo y la cara de la víctima eran el bando de la peste, que la aislaba de toda ayuda y de toda simpatía. Y la invasión, progreso y fin de la enfermedad se cumplían en media hora.

Pero el príncipe Próspero era feliz, intrépido y sagaz. Cuando sus dominios quedaron semidespoblados llamó a su lado a mil robustos y desaprensivos amigos de entre los caballeros y damas de su corte, y se retiró con ellos al seguro encierro de una de sus abadías fortificadas. Era ésta de amplia y magnífica construcción y había sido creada por el excéntrico aunque majestuoso gusto del príncipe. Una sólida y altísima muralla la circundaba. Las puertas de la muralla eran de hierro. Una vez adentro, los corte- sanos trajeron fraguas y pesados martillos y soldaron los cerrojos. Habían resuelto no dejar ninguna vía de ingreso o de salida a los súbitos impulsos de la desesperación o del frenesí. La abadía estaba ampliamente aprovisionada. Con precauciones seme- jantes, los cortesanos podían desafiar el contagio. Que el mundo exterior se las arreglara por su cuenta; entretanto, era una locura afligirse o meditar. El príncipe había reunido todo lo necesario para los placeres. Había bufones, improvisadores, bailarines y músicos; había hermosura y vino. Todo eso y la seguridad estaban del lado de adentro. Afuera estaba la «Muerte Roja».


Edgar Allan Poe (Estados Unidos, 1809-1849).

(Traducido al español por Julio Cortázar).
El cuento completo se puede leer en Ciudad Seva

lunes, 11 de mayo de 2020

Epidemias: EL REY PESTE, de Edgar Allan Poe

"... taberna que enarbolaba por muestra la figura de un «Alegre Marinero»."

(Fragmentos)

Al toque de las doce de cierta noche del mes de octubre, durante el caballeresco reinado de Eduardo III, dos marineros de la tripulación del Free and Easy, goleta que traficaba entre Sluis y el Támesis y que anclaba por el momento en este río, se asombraron muchísimo al hallarse instalados en el salón de una taberna de la parroquia de St. Andrews, en Londres, taberna que enarbolaba por muestra la figura de un «Alegre Marinero».

(…)

En los tiempos de este memorable relato, así como muchos años antes y muchos después, en toda Inglaterra, y especialmente en Londres, resonaba periódicamente el espantoso clamor de: « ¡La peste!» La ciudad había quedado muy despoblada, y en las horribles regiones vecinas al Támesis, donde entre tenebrosas, angostas e inmundas callejuelas y pasajes parecía haber nacido el Demonio de la Enfermedad, erraban tan sólo el Temor, el Horror y la Superstición. Por orden del rey aquellos distritos habían sido condenados, y se prohibía, bajo pena de muerte, penetrar en sus espantosas soledades. Empero, el mandato del monarca, las barreras erigidas a la entrada de las calles y, sobre todo, el peligro de una muerte atroz que con casi absoluta seguridad se adueñaba del infeliz que osara la aventura, no podían impedir que las casas, vacías y desamuebladas, fueran saqueadas noche a noche por quienes buscaban el hierro, el bronce o el plomo, que podía luego venderse ventajo- samente.

Lo que es más, cada vez que al llegar el invierno se abrían las barreras, se comprobaba que los cerrojos, las cadenas y los sótanos secretos habían servido de poco para proteger los ricos depósitos de vinos y licores que, teniendo en cuenta el riesgo y la dificultad de todo traslado, fueran dejados bajo tan insuficiente custodia por los comerciantes de alcoholes de aquellas barriadas. Pocos, sin embargo, entre aquellos empavorecidos ciudadanos atribuían los pillajes a la mano del hombre. Los demonios populares del mal eran los espíritus de la peste, los dueños de la plaga y los diablos de la fiebre; se contaban historias tan escalofriantes, que aquella masa de edificios prohibidos terminó envuelta en el terror como en una mortaja, y hasta los saqueadores solían retroceder aterrados por la atmósfera que sus propias depredaciones habían creado; así, el circuito estaba entregado por completo a la más lúgubre melancolía, al silencio, a la pestilencia y a la muerte.

En una de aquellas aterradoras barreras que señalaban el comienzo de la región condenada se vieron súbitamente detenidos Patas y el digno Hugh Tarpaulin en el curso de su carrera callejuelas abajo. Imposible era retroceder y tampoco perder un segundo, pues sus perseguidores les pisaban los talones. Pero, para lobos de mar como ellos, trepar por aquellas toscas planchas de madera era cosa de juego; excitados por la doble razón del ejercicio y del licor, escalaron en un santiamén la valla y, animándose en su carrera de borrachos con gritos y juramentos, no tardaron en perderse en el fétido e intrincado laberinto.

De no haber estado borrachos perdidos, sus tambaleantes pasos se hubieran visto muy pronto paralizados por el horror de su situación. El aire era helado y brumoso. Las piedras del pavimento, arrancadas de sus alvéolos, aparecían en montones entre los pastos crecidos, que llegaban más arriba de los tobillos. Casas demolidas ocupaban las calles. Los hedores más fétidos y ponzoñosos lo invadían todo; y con ayuda de esa luz espectral que, aun a medianoche, no deja nunca de emanar de toda atmósfera pestilencial, era posible columbrar en los atajos y callejones, o pudriéndose en las habitaciones sin ventanas, los cadáveres de muchos ladrones nocturnos a quienes la mano de la peste había detenido en el momento mismo en que cometían sus fechorías.

Edgar Allan Poe (Estados Unidos, 1809-1849).

viernes, 25 de enero de 2019

Luna roja: SILENCIO (una fábula), de Edgar Allan Poe

"De pronto, a través del leve velo de la oscura niebla, se levantó la luna. Una luna roja."
 
“Las cumbres de la montaña dormitan;
Los valles, los peñascos y las cuevas están en silencio.”
Aloman
 
- Escúchame -dijo el demonio, poniendo su mano sobre mi cabeza-. El país que te digo es una región lúgubre. Se encuentra en Libia, junto a las orillas del Zaire. Allí no existe descanso ni el silencio.
 
Las aguas del río son de un tinte azafranado y lívido. No corren hacia el mar, sino que eternamente se agitan, bajo la pupila roja del sol, con un movimiento convulsivo y tumultuoso. A ambas orillas de este río de fangoso cauce se extiende, en una distancia de muchas millas, un pálido desierto de gigantescos nenúfares. Uno contra otro, se muestran como anhelantes en esta soledad, y dirigen hacia el cielo sus largos cuellos fantasmales. Inclinan, a un lado y otro, sus perennes corolas y de ellos sale un rumor confuso parecido al reflujo de un torrente subterráneo. Inclinándose uno hacia el otro, suspiran; pero se halla una frontera en su imperio, y ésta es una selva densa y oscura.
 
A semejanza de las olas en torno de las islas Hébridas, los árboles están en perpetua agitación, y no sopla viento alguno en el cielo. Los enormes árboles primitivos se balancean continuamente, cediendo con un estrépito impresionante. Desde sus altas copas, llorando gota a gota, se filtra un inacabable rocío. Extrañas flores venenosas se retuercen a sus pies en un perpetuo duermevela. Y sobre sus copos, provocando un suave eco, nubes de plomo se precipitan hacia el oeste, hasta que como una catarata se vierten detrás del muro ardiendo del horizonte. Pero a pesar de ello, repito, no hay fuerte viento, y a ambas orillas del Zaire, no existe el silencio ni la calma.
 
Era de noche y caía la lluvia. Y cuando caía, era lluvia; pero caída ya, parecía sangre.
 
Estaba en medio de la marisma, y cerca de los nenúfares gigantescos, y caía la lluvia sobre mi cabeza, en tanto suspiraban los nenúfares. El cuadro era de una desolación solemne.  De pronto, a través del leve velo de la oscura niebla, se levantó la luna. Una luna roja. Y mis ojos se fijaron entonces en una gran roca gris que se alzaba en la margen del río y a la que aquélla iluminaba. La roca era gris, siniestra, altísima...
 
En ella había unos caracteres grabados. Avancé hacia ella por la larga marisma de nenúfares, hasta que me encontré próximo a la orilla, para poder leer aquellos caracteres grabados en la piedra. Pero no podía descifrarlos. Decidí retroceder, y la luna brilló entonces con un rojo más vivo. Me volví y miré otra vez hacia la roca. Volví a mirar los caracteres. Y finalmente, pude leer esta palabra: DESOLACIÓN.
 
Miré hacia arriba. En lo alto de la roca había un hombre en pie. Para espiar sus acciones, me escondí entre los nenúfares...
 
El hombre era imponente, mayestático, y desde los hombros hasta los pies, vestía la toga de la antigua Roma. Su silueta era indistinta, pero sus rasgos eran los de la divinidad. Porque, a pesar de las sombras de la noche y de la niebla, sus rasgos faciales fulguraban. Su frente era ancha y reflexiva, y los ojos aparecieron nublados por las cavilaciones. En las arrugas de sus mejillas se veían las imágenes del tedio, el cansancio y el disgusto por la humanidad, a la vez que un gran deseo de soledad.
 
Sentado sobre la roca, el hombre apoyó en sus manos la cabeza y paseó su mirada por la desolación que le rodeaba. Contempló los arbustos siempre inquietos, así como los árboles, grandes y primitivos. Miró a lo alto, a las nubes y a la luna roja. Y yo, escondido al amparo de los nenúfares, no perdía ninguno de sus actos, pudiendo apreciar cómo temblaba el hombre en medio de la soledad. Así avanzaba la noche, pero él permanecía sentado sobre la roca.
 
Apartó del cielo su mirada para fijarla sobre el lúgubre Zaire, siguiendo con la vista ojos las aguas amarillas y las legiones pálidas de nenúfares. Parecía escuchar los suspiros de éstos y el murmullo que se alzaba de las aguas. Desde mi escondite seguí observando los movimientos del hombre. Vi cómo continuaba temblando en la soledad. Avanzaba más y más la noche, pero el hombre permanecía sentado sobre la roca.
 
Me abismé en las simas remotas de la marisma, y anduve a través del bosque susurrante de nenúfares. Llamé a los hipopótamos que vivían en aquellas profundidades y las bestias escucharon mi llamado, viniendo hasta la roca, rugiendo, sonora y espantosamente. Todo bajo la luna.
 
Maldije a los elementos. Y una tempestad horrible se formó en el cielo. Allí donde apenas momentos antes corría un soplo de brisa.  El cielo se volvió lívido bajo la violencia de la tempestad, azotaba la lluvia la cabeza del hombre, y se desbordaban las olas del río. Éste, torturado, saltaba rizado en espuma. Y crujían los nenúfares en sus tallos.  El bosque se agitaba al viento. Se derrumbaba el trueno. Centelleaba el relámpago. Y el hombre, amo siempre, temblaba en la soledad, sentado sobre la roca.  Irritado, maldije con la maldición del silencio; maldije al río y los nenúfares, al viento y al bosque, al cielo y al trueno, a los suspiros de los nenúfares...
 
Entonces se tornaron mudos. Y cesó la luna su lenta ruta por el cielo.  El trueno expiró y no centelleó el relámpago. Se quedaron quietas las nubes, descendieron las aguas de sus lecho y los árboles cesaron de agitarse. Ya no suspiraron los nenúfares. No se elevaba el menor rumor, ni la sombra de un sonido, en todo aquel gran desierto sin límites.  Volví a leer los caracteres grabados sobre la roca. Habían cambiado. Ahora decían esta palabra: SILENCIO.
 
Fijé mis ojos en el rostro del hombre. Estaba pálido de miedo. Levantó apresuradamente la cabeza que tenía entre las manos y se incorporó sobre la roca. Aguzó, entonces, los oídos. Pero en todo aquel desierto sin límites no se oyó voz alguna. Y los caracteres grabados sobre la roca seguían diciendo: SILENCIO.  El hombre se estremeció y se volvió de espaldas. Y huyó lejos, muy lejos. Apresuradamente. Y ya no le vi más.

 * * *

Se encuentran bellos cuentos en los libros de magia, en los tétricos libros de los magos, en esos libros que están encuadernados en piel. Digo que hay allí magníficas historias del cielo y de la tierra, así del fiero mar como de los genios que han reinado sobre él; sobre la castigada tierra y acerca del cielo sublime. Hay, asimismo, gran sabiduría en las palabras que han sido dictadas por las sibilas. Y sagradas cosas fueron escuchadas en otro tiempo por las hojas sombrías que temblaban alrededor de Dodona...  Pero, tan cierto como que Alá está vivo, considero a esta fábula, que el demonio me hizo ver cuando se sentó a mi lado en la sombra del sepulcro, como la más maravillosa de todas.

Y cuando el demonio hubo concluido de guiarme, se hundió en las profundidades del mismo sepulcro y comenzó a reír.  Yo no pude reír con él, provocando sus maldiciones. Y el búho, que continúa en el sepulcro por toda la eternidad, salió de él, y se puso a los pies del demonio, y le miró a la cara fijamente. 


Edgar Allan Poe (Estados Unidos, 1809-1849).

lunes, 1 de mayo de 2017

Carnaval: EL BARRIL DE AMONTILLADO, de Edgar Allan Poe

"El buen hombre estaba disfrazado de payaso."

(Fragmento inicial)

Lo mejor que pude había soportado las mil injurias de Fortunato. Pero cuando llegó el insulto, juré vengarme. Ustedes, que conocen tan bien la naturaleza de mi carácter, no llegarán a suponer, no obstante, que pronunciara la menor palabra con respecto a mi propósito. A la larga, yo sería vengado. Este era ya un punto establecido definitivamente. Pero la misma decisión con que lo había resuelto excluía toda idea de peligro por mi parte. No solamente tenía que castigar, sino castigar impunemente. Una injuria queda sin reparar cuando su justo castigo perjudica al vengador. Igualmente queda sin reparación cuando ésta deja de dar a entender a quien le ha agraviado que es él quien se venga.

Es preciso entender bien que ni de palabra, ni de obra, di a Fortunato motivo para que sospechara de mi buena voluntad hacia él. Continué, como de costumbre, sonriendo en su presencia, y él no podía advertir que mi sonrisa, entonces, tenía como origen en mí la de arrebatarle la vida.

Aquel Fortunato tenía un punto débil, aunque, en otros aspectos, era un hombre digno de toda consideración, y aun de ser temido. Se enorgullecía siempre de ser un entendido en vinos. Pocos italianos tienen el verdadero talento de los catadores. En la mayoría, su entusiasmo se adapta con frecuencia a lo que el tiempo y la ocasión requieren, con objeto de dedicarse a engañar a los millionaires ingleses y austríacos. En pintura y piedras preciosas, Fortunato, como todos sus compatriotas, era un verdadero charlatán; pero en cuanto a vinos añejos, era sincero. Con respecto a esto, yo no difería extraordinariamente de él. También yo era muy experto en lo que se refiere a vinos italianos, y siempre que se me presentaba ocasión compraba gran cantidad de éstos.

Una tarde, casi al anochecer, en plena locura del Carnaval, encontré a mi amigo. Me acogió con excesiva cordialidad, porque había bebido mucho. El buen hombre estaba disfrazado de payaso. Llevaba un traje muy ceñido, un vestido con listas de colores, y coronaba su cabeza con un sombrerillo cónico adornado con cascabeles. Me alegré tanto de verle, que creí no haber estrechado jamás su mano como en aquel momento.

-Querido Fortunato -le dije en tono jovial-, éste es un encuentro afortunado. Pero ¡qué buen aspecto tiene usted hoy! El caso es que he recibido un barril de algo que llaman amontillado, y tengo mis dudas.

-¿Cómo? -dijo él-. ¿Amontillado? ¿Un barril? ¡Imposible! ¡Y en pleno Carnaval!

-Por eso mismo le digo que tengo mis dudas -contesté-, e iba a cometer la tontería de pagarlo como si se tratara de un exquisito amontillado, sin consultarle. No había modo de encontrarle a usted, y temía perder la ocasión.
 
 
Edgar Allan Poe (Estados Unidos, 1809-1849) 

El cuento íntegro se puede leer en Ciudad Seva


 

martes, 2 de agosto de 2016

Canícula: EL ALIENTO PERDIDO, de Edgar Allan Poe

"... me abrí paso entre los numerosos ataúdes allí colocados. Los bajé al suelo y, arrancándoles la tapa..."
 
(Fragmento)
 
Como es natural lo ocurrido me valió simpatías generales, y como nadie reclamó mi cadáver se ordenó que fuera enterrado en una bóveda pública.
 
Allí, después de un plazo conveniente, fui depositado. Marchóse el sepulturero y me quedé solo. En aquel momento un verso del Malcontento de Marston: La muerte es un buen muchacho, y tiene casa abierta... me pareció una palpable mentira.
 
Arranqué, sin embargo, la tapa de mi ataúd y salí de él. El lugar estaba espanto- samente húmedo y era muy lóbrego, al punto que me sentí asaltado por el ennui. Para divertirme, me abrí paso entre los numerosos ataúdes allí colocados. Los bajé al suelo uno por uno y, arrancándoles la tapa, me perdí en meditaciones sobre la mortalidad que encerraban.
 
- Éste -monologué, tropezando con un cadáver hinchado y abotagado- ha sido sin duda un infeliz, un hombre desdichado en toda la extensión de la palabra. Le tocó en vida la terrible suerte de anadear en vez de caminar, de abrirse camino como un elefante y no como un ser humano, como un rinoceronte y no como un hombre.
 
Sus tentativas para avanzar resultaban inútiles y sus movimientos giratorios terminaban en rotundos fracasos. Al dar un paso adelante, su desgracia consistía en dar dos a la derecha y tres a la izquierda. Sus estudios se vieron limitados a la poesía de Crabbe. No tuvo idea de la maravilla de una pirouette. Para él, un pas de papillon era sólo una concepción abstracta. Jamás ascendió a lo alto de una colina. Nunca, desde un campanario, contempló el esplendor de una metrópolis. El calor era su mortal enemigo. Durante la canícula sus días eran días de can. Soñaba con llamas y sofocaciones, con una montaña sobre otra, el Pelión sobre el Osa. Le faltaba el aliento, para decirlo en una palabra; sí, le faltaba el aliento.
 
 
Edgar Allan Poe (Estados Unidos, 1809-1849)
 
A través de este vínculo es posible la lectura del texto íntegro de El aliento perdido