Vancouver: luz de agosto en la bahía. (Fotografía de Jules Etienne).

sábado, 10 de octubre de 2026

Otoño: NOTICIAS DEL IMPERIO, de Fernando del Paso

"Un agua que me encierre en un mundo de reflejos: la Princesa Charlotte vive, quieta, en un castillo de agua redonda."

(Fragmento del capítulo XVII: Castillo de Bouchot 1927)

Y llegó el otoño y los servidores  del Castillo, con hilos, amarraron unos guijarros a las hojas secas de los árboles, para que bajaran hasta el fondo. Y las hojas bajaron, poco a poco, como una lluvia de alas de canarios por las aguas del foso de Bouchout, entre los racimos de uvas atados a los pisapapeles de las Tullerías, y entre una nube de hipocampos que descendían, también, colgados de sus paracaídas diminutos. Pero la ilusión, una vez más, sólo duró un instante. Estaba yo de nuevo en mi cuarto, de Bouchout, sentada y sola, como lo he estado durante sesenta años.

Para hacerlo, Maximiliano, para contarle al mundo quién fuiste, quisiera que fueran de cristal mis venas y mis huesos. Que fuera, mi alma, de pura agua. Que el alma se me escapara, poco a poco, por la boca. Que el mundo, Maximiliano, quisiera beber mi alma. Que tuviera sed, el mundo, de mis palabras. Que mis palabras fueran un río. Que en su camino el río fuera nombrando las cosas al tocarlas. Que llamara piedra a la piedra, arena a la arena, canto al canto de la piedra, espuma a la risa del mar. Que fueran lluvia mis palabras. Lluvia menuda y gentil, y que al caer nombraran lo que de la nube a la tierra, del lomo del arco iris a los cristales ocultos de la sal, lo que de la hoja más alta de la luna a la brizna de yerba, al escarabajo húmedo, fueran tocando.

Dime, Maximiliano: ¿no escuchas llover mi alma? ¿No la escuchas tocar con sus mil dedos de agua a la puerta de tu pecho y darle nombre a tus deseos? ¿No la escuchas tamborilear en tu piel para filtrarse por tus poros? Hecha de palabras, mi alma se desgarra su vestido de agua y vuelta tiras de serpentina de agua se enreda en tus dedos y en el cuello de las garzas y con sus látigos de agua azota tus párpados y azota el regazo de las montañas. Escucha, Maximiliano: ¿nadie te ha dicho que podría, mi alma, lloverte sobre la cara transformada en tus propias lágrimas? ¿Serás capaz de beberla? ¿Te atreverás, dime, a ponerte de cara al cielo para que hasta ella desciendan mis palabras, para que con ellas dé nombre a tus ojos, y pronuncie su brillo? ¿Serás capaz, contéstame, de abrir la boca para que mi alma te entre hasta el alma y la bañe de palabras, te empape el corazón, lo ciña de frescura?

Yo hice, del agua, mi signo. Yo que pude ver al mundo en una sola gota de agua que contenía a todas las aguas del mundo. Yo que si fui al Castillo de Schwetzingen, no fue para beber de los chorros de la Fuente de Nicolás de Pigage. Yo, que si fui a Versalles, no fue para calmar mi sed en la Fuente del Dragón. Yo, que si recorrí como una loca las calles de Roma, no fue, te lo juro, para beber en las fuentes de la Piazza de la Pilotta. Yo, que si descendí al cenote sagrado, no fue para abrevar, echada de bruces, del alma hecha agua de las princesas mayas. De agua hice yo mis sueños y los transformé en los pájaros de la Fuente de Schwetzingen. Cuando vayas a ella, Maximiliano, verás cómo, de los picos de los pájaros, brota en surtidores mi alma. Cuando vayas a Versalles, verás mi alma manar a borbollones y brillar al sol para darle nombre al sol, desperdigarse con el viento para darle nombre al viento. Cuando vayas a Yucatán, Maximiliano, y visites el cenote sagrado, podrás, si quieres, contem- plar tu rostro en mi alma de agua remansada y honda, pero eso sí: te advierto que no verás, de mi ternura, sino un espejo de agua, y si lo rompes, sólo escucharás el eco silencioso de tu voz transformada en agua encantada.

Yo haré, de agua y con mis palabras, mis recuerdos: la Princesa Charlotte quiere llevarse su tina a las Tullerías para que la bañe la Reina María Amelia. Yo inventaré un agua enamorada de sí misma: la Princesa Charlotte quiere lavarse el cabello en la cascada de Acteón perseguido por los perros de Diana. Un agua circular que, como una serpiente de vidrio, se alimente con su propia transparencia: la Princesa Charlo- tte, con la cara cubierta por un velo, quiere ir a tocar el agua del bautisterio de Santa María Maggiore. Un agua que me encierre en un mundo de reflejos: la Princesa Charlotte vive, quieta, en un castillo de agua redonda, rodeada de damas blancas, de damas azules, de damas violetas, de diez Maximilianos vestidos con sus uniformes de marineros de agua dulce. Yo haré ese castillo. Yo, de sólo desearlo, haré que mis amores y mis recuerdos, transformados en manantiales, se levanten como columnas de cristal en equilibrio y labren, con sus arabescos, y en la espuma del aire, su propia arquitectura: sus arcos y claustros, sus ojivas: la Princesa Charlotte quiere escribir sus tareas en el cuaderno que le regaló su tío el Príncipe Joinville, con la tinta invisible que le regalaron los Reyes Magos. La Princesa Charlotte quiere escribir con agua la historia de las guerras contra los moros que le va a contar su hermano el Príncipe Leopoldo. La Princesa Charlotte quiere escribir con agua las tardes en el Castillo de Claremont donde el domingo la espera, con un racimo de grosellas en las manos, y un racimo de besos en la boca, abuelito Luis Felipe. La Princesa Charlotte quiere escribir su vida con agua, la quiere escribir con aire, con nada. La Princesa Charlotte quiere inventar la nada, la nada más clara, la nada más pura, la más diáfana, la más transparente de todas las nadas, para beber de ella.


Fernando del Paso (México, 1935-2018).

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