Vancouver: luz de agosto en la bahía. (Fotografía de Jules Etienne).
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sábado, 28 de enero de 2023

Conejos: EL DECAMERÓN, de Giovanni Boccaccio

"... de una parte salir conejos, por otra correr liebres..."

(
Fragmento de la tercera jornada)

Al ver este jardín, su bello orden, las plantas y la fuente con los arroyuelos proce- dentes de ella, tanto agradó a todas las mujeres y a los tres jóvenes, que todos comenzaron a afirmar que, si se pudiera hacer un paraíso en la tierra, no sabrían qué otra forma sino aquella del jardín pudiera dársele, ni pensar, además de aquéllas, qué belleza podría añadírsele. Paseando, pues, contentísimos por allí, haciéndose bellísimas guirnaldas de varias ramas de árboles, oyendo siempre unos veinte modos de cantos de pájaros como si contendiesen el uno con el otro en el cantar, se apercibieron de una deleitosa belleza de que, sorprendidos por las demás, no se habían todavía apercibido: vieron que el jardín estaba lleno de cien especies de hermosos animales, y enseñándoselos uno al otro, de una parte salir conejos, por otra correr liebres, y dónde yacer cabritillos, y en algunas estar paciendo cervatillos vieron; y además de éstos, otras muchas clases de animales inofensivos, cada uno a su agrado, como domesticados, ir recreándose; las cuales cosas, a los otros placeres, mucho mayor placer sumaron.

Pero luego de que mucho hubieron andado, viendo ora esta cosa ora aquélla, habiendo hecho poner las mesas alrededor de la hermosa fuente, y cantando allí primero seis cancioncillas y danzando algunos bailes, cuando agradó a la reina se pusieron a comer, y servidos con grandísimo y bueno y reposado orden, y con buenas y delicadas viandas, más alegres se levantaron y a las tonadas y a los cantos y a los bailes volvieron a darse hasta que a la reina, por el calor que había sobrevenido, pareció hora de que a quien le agradase, se fuera a acostar. Y algunos se fueron y algunos, vencidos por la belleza del lugar, irse no quisieron; sino que quedándose allí, quién a leer libros de caballerías, quién a jugar al ajedrez y quién a las tablas se dedicaron, mientras los otros dormían.

Giovanni Boccaccio (Italia, 1313-1375).

La ilustración corresponde a Una liebre en el bosque (1575), de Hans Hoffmann.

viernes, 21 de mayo de 2021

Venecia: EL FALSO ARCÁNGEL GABRIEL, de Giovanni Boccaccio

"... con los perifollos que había llevado, en ángel se transfiguró, y entró en la recámara de la mujer."

(Fragmentos)

En otro tiempo, hubo en Imola un hombre de mala reputación, llamado Berto della Massa, con fama tal de trapacero y pícaro redomado, que nunca se daba crédito a lo que decía, y de haber sido capaz alguna vez de una buena acción, se le hubieran atribuido malos designios, a pesar de todo.
 
Viendo que era tan conocido en dicha población, resolvió dirigirse a Venecia, refugio ordinario de bandidos y libertinos. Esperanzado de proseguir allí con más libertad sus perversas inclinaciones, creyó deber cambiar de nombre y usar de más política en sus cosas.
 
Así pues, comenzó por mostrarse muy distinto de lo que era, fingiendo probidad, amor a la religión y acabando por hacerse fraile franciscano bajo el nombre de hermano Alberto de Imola, no porque se hubiese convertido, sino para ponerse al abrigo de la miseria y procurarse los medios de satisfacer sus pasiones bajo el manto de la religión. ¡Cuántos hombres han abrazado el estado religioso con iguales miras!

(...)
Fray Alberto dijo:

- Señora, pues que ahora que me perdonaste se lo diré, pero una cosa le recuerdo, que lo que yo le diga no puede decirlo a ninguna persona del mundo, si no quiere estropear estos asuntos, que es la más afortunada mujer que hay hoy en el mundo. Este ángel Gabriel me pidió que le dijera que le gusta tanto que muchas veces habría venido a estar por la noche con usted si no hubiera sido por no asustarla. Ahora, le manda decir por mí que quiere venir una noche a verla y quedarse con usted un buen rato; y porque como es un ángel y viniendo en forma de ángel no lo podrá tocar, dice que para deleite suyo quiere venir en figura de hombre, y por ello dice que le mande decir cuándo quieres que venga y en forma de quién, y que lo hará; por lo que usted, más que ninguna mujer viva, se podrá tener por feliz.

(...)

La mujer repuso que lo haría. Fray Alberto se fue y ella se quedó con tan gran alborozo que no le llegaba la camisa al cuerpo, mil años pareciéndole hasta que el arcángel Gabriel viniera a verla. Fray Alberto, pensando que caballero y no ángel tenía que ser por la noche, con confites y otras buenas cosas empezó a fortalecerse, para que no pudiera fácilmente ser arrojado del caballo; y conseguido el permiso, con un compañero, al hacerse de noche, se fue a casa de una amiga suya de donde otra vez había arrancado cuando andaba corriendo las yeguas, y de allí, cuando le pareció oportuno, disfrazado, se fue a casa de la mujer y, entrando en ella, con los perifollos que había llevado, en ángel se transfiguró, y entró en la recámara de la mujer. La cual, cuando aquella cosa tan blanca vio, se le arrodilló delante, y el ángel la bendijo y la hizo ponerse en pie, y le hizo señal de que se fuese a la cama; lo que ella, deseosa de obedecer, hizo prestamente, y el ángel después con su devota se acostó.
 
Giovanni Boccaccio (Italia, 1313-1375)

La ilustración corresponde a Encuentro Romántico, de Mihaly von Zichy.

jueves, 8 de octubre de 2020

Epidemias: EL DECAMERÓN, de Giovanni Boccaccio


"... un grupo de jóvenes se las arreglan, sin embargo para fugar hacia lo imaginario, recluyéndose en una quinta a contar cuentos."

Desde la primera vez que leí el Decamerón, en mi juventud, pensé que la situación inicial que presenta el libro, antes de que comiencen los cuentos, es esencialmente teatral: atrapados en una ciudad atacada por la peste de la que no pueden huir, un grupo de jóvenes se las arreglan sin embargo para fugar hacia lo imaginario, recluyéndose en una quinta a contar cuentos. Enfrentados a una realidad intolerable, siete muchachas y tres varones consiguen escapar de ella mediante la fantasía, transportándose a un mundo hecho de historias que se cuentan unos a otros y que los llevan de esa lastimosa realidad a otra, de palabras y sueños, donde quedan inmunizados contra la pestilencia.

¿No es esta situación el símbolo mismo de la razón de ser de la literatura? ¿No vivimos los seres humanos desde la noche de los tiempos inventando historias para combatir de este modo, inconscientemente muchas veces, una realidad que nos agobia y resulta insuficiente para colmar nuestros deseos?

Mario Vargas Llosa
Párrafos iniciales de Bocaccio en escena
(Publicado en Letras Libres el 20 de Mayo de 2014).



(Fragmento de la Jornada Primera)

Y digo, pues, que los años de la fructífera Encarnación del Hijo de Dios habían llegado a mil trescientos cuarenta y ocho, cuando en la egregia ciudad de Florencia, espléndida entre todas las de Italia, sobrevino la mortífera peste. La cual, por obra de cuerpos celestes o por nuestros inicuos actos, la justa ira de Dios envió sobre los mortales, y fue originada unos años atrás en las partes de Oriente, donde arrebató una innumerable cantidad de vidas, y desde allí, sin detenerse, prosiguió devastadora hacia el Occidente, extendiéndose pavorosamente.

No valía entonces ninguna previsión ni providencia humana, como limpiar la ciudad por operarios nombrados para tal caso, ni prohibir que algún enfermo entrara en la población, ni dar muchos consejos para conservar la salud, ni hacer, no uno, sino muchos actos píos invocando a Dios, en procesiones ordenadas y de otras maneras, por las personas devotas.

En todo caso, al iniciarse la primavera del año anterior, comenzó la peste sus horribles efectos, apareciendo de una manera casi milagrosa. Pero no ocurría como en Oriente, donde el verter sangre de la nariz era signo de muerte inmediata, sino que aquí, al empezar la enfermedad, salíanles a las hembras y a los varones unas hinchazones en las ingles y los sobacos que a veces alcanzaban el tamaño de una manzana común, o bien como un huevo, unas más mayores que otras. Vulgarmente se las denominaba bubas. Las mortíferas inflamaciones iban surgiendo por todas partes del cuerpo en poco tiempo, y seguidamente se convertían en manchas negras o lívidas que surgían en brazos, piernas y demás partes del cuerpo, grandes y diseminadas, o apretadas y pequeñas. Y así como el bubón primitivo era signo, y aún lo es, de muerte inmediata, también éranlo esas manchas. Para curar tal enfermedad no parecían servir el consejo de los médicos ni el mérito de medicina alguna, ya porque la naturaleza del mal no lo consentía, o bien, a causa de la ignorancia de los médicos (cuyo número, aparte del de los hombres de ciencia, habíase hecho grandísimo, entre hombres y mujeres carentes de todo conocimiento de Medicina), haciendo que escapase el origen del daño y el modo de tratarlo. Y así, no sólo eran raros los que se curaban, sino que casi todos, al tercer día de la aparición de los antedichos signos, cuando no antes o algo después, morían sin fiebre alguna ni otro accidente. Esta peste cobró una gran fuerza; los enfermos la transmitían a los sanos al relacionarse con ellos, como ocurre con el fuego a las ramas secas, cuando se les acerca mucho. Y el mal siguió aumentando hasta el extremo de que no sólo el hablar o tratar con los enfermos contagiaba enfermedad a los sanos, y generalmente muerte, sino que el contacto con las ropas, o con cualquier objeto sobado o manipulado por los enfermos, transmitía la dolencia al sano. Maravilloso sería creer lo que afirmo, si los ojos de muchos, y los míos propios, no lo hubieran visto, de manera que yo no osaría creerlo, y menos escribirlo, si mucha gente digna de fe no lo hubiese visto u oído.

Giovanni Boccaccio (Italia, 1313-1375).

Las ilustraciones corresponden a El Decamerón (1916), de John William Waterhouse,
y a una recreación fotográfica actual del mismo cuadro.

miércoles, 7 de octubre de 2020

Epidemias: IMPRESIONES DE VIAJE, de Alexandre Dumas

"... una antigua tradición popular designa ser a la que Boccaccio se retiró durante la peste de Florencia..."

(Fragmento de La Villa Palmieri)

Delante de la iglesia de Santo Domingo encontramos nuestro carruaje, que había descendido despacio por el camino de la Nobleza, y que nos aguardaba a la sombra del pórtico. En un instante estuvimos en la villa Palmieri, residencia encantadora que una antigua tradición popular designa ser a la que Boccaccio se retiró durante la peste de Florencia con aquel brillante séquito de apuestos caballeros y bellas damas, que había encontrado en la iglesia de Santa María la Nueva de Florencia, y los que unos después de otros, bajo apacibles sombras, contaban las picantes novelas del Decamerón.

Alexandre Dumas (Francia, 1802-1870).

(Traducido al español por Don José Muñoz y Gaviria).

lunes, 5 de octubre de 2020

Epidemias: MEMORIAS DE ULTRA- TUMBA, de René de Chateaubriand

"... a encrucijadas, cuyo suelo estaba cubierto de enfermos y moribundos tendidos en colchones..."

Pestes

(Fragmento)

En la época de la peste de Atenas, el año 431 antes de nuestra era, habían ya asolado al mundo veinte y dos grandes pestes. Los atenienses se figuraron que habían sido envenenados los pozos; figuración popular renovada en todos los contagios. Tucícides nos ha dejado una descripción del azote de Ática, copiada entre los antiguos por Lucrecio, Ovidio, Virgilio, Lucano, y entre los modernos por Boccaccio y Manzoni. Es digno de notarse que con motivo de la peste de Atenas no habla Tucídides una palabra de Hipócrates, así como tampoco nombra a Sócrates hablando de Alcibiades. Aquella peste atacaba primero a la cabeza, bajaba al estómago, de allí a las entrañas, y por último a las piernas: si salía por los pies, después de haber recorrido todo el cuerpo como una larga serpiente, se sanaba. Hipócrates le llamó el mal divino, y Tucídides el fuego sagrado; ambos lo miraron como el fuego de la cólera celeste.

Una de las pestes más espantosas fue la de Constantinopla en el siglo V, bajo el reinado de Justiniano. El cristianismo había modificado ya la imaginación de los pueblos y dado nuevo carácter a una calamidad, así como había cambiado la poesía: los enfermos creían ver vagar espectros alrededor de ellos y oír voces amena- zadoras.

La peste negra del siglo XIV, conocida con el nombre de la muerte negra, tuvo su origen en la China: se creía que corría bajo la forma de un vapor de fuego, esparciendo un olor pestífero. Se llevó las cuatro quintas partes de los habitantes de Europa.

En 1575 cayó sobre Milán el contagio que hizo inmortal la caridad de San Carlos Borromeo. Cincuenta años después, en 1629, aquella infortunada ciudad fue nuevamente visitada por las calamidades de que Manzoni ha hecho una pintura muy superior al cuadro de Boccaccio.

En 1660 se renovó el azote en Europa, y en estas dos pestes, de 1629 y 1660, se reprodujeron los mismos síntomas de delirio de la peste de Constantinopla.

«Marsella -dice M. Lemontey- salía en 1720 del seno de las fiestas que habían señalado el paso de la señorita de Valois, casada con el duque de Módena. Al lado de aquellas galeras, adornadas todavía de guirnaldas y cargadas de músicos, flotaban algunos buques que traían de Siria la calamidad más terrible.»

El buque fatal de que habla M. Lemontey presentó una patente limpia, y fue admitido por un momento a plática. Ese momento bastó para infestar la atmósfera; una tempestad acrecentó el mal, y se difundió la peste entre truenos.

Se cerraron las puertas de la ciudad y las ventanas de las casas. En medio del silencio general se oía de vez en cuando abrirse una ventana y caer un cadáver: las paredes se manchaban con su sangre gangrenada, y los perros sin dueño lo aguardaban abajo para devorarlo. En un barrio en el que habían perecido todos sus habitantes fueron tapiados a domicilio, como para impedir a la muerte que saliese. De esas calles de grandes sepulcros de familias se pasaba a encrucijadas, cuyo suelo estaba cubierto de enfermos y moribundos tendidos en colchones y abandonados sin socorro. Esqueletos medio podridos yacían al lado de viejos harapos manchados de barro: otros cuerpos permanecían de pie, apoyados contra las paredes, en la misma actitud en que los había sorprendido la muerte. 

(…)

Cuando el contagio comenzó a ceder, M. de Belzunce, al frente de su clero, se trasladó a la iglesia de los Accoules: subido sobre una explanada, desde donde se veía a Marsella, los campos, los muertos y el mar, dio la bendición, como el Papa en Roma bendice la ciudad y el mundo. ¿Qué mano más poderosa ni más pura podía hacer bajar sobre tantas desgracias las bendiciones del cielo?


François René vizconde de Chateaubriand (Francia, 1768-1848).

La ilustración corresponde a La devoción de monseñor de Belzunce durante la peste de Marsella en 1720,
de Nicolas André Monsiau.