Vancouver: luz de agosto en la bahía. (Fotografía de Jules Etienne).
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jueves, 24 de abril de 2014

Viernes santo: DÍA 13, de Ramón López Velarde

Mi corazón retrógrado
ama desde hoy la temerosa fecha
en que surgiste con aquel vestido
de luto y aquel rostro de ebriedad.
 
Día 13 en que el filo de tu rostro
llevaba la embriaguez como un relámpago
y en que tus lúgubres arreos daban
una luz que cegaba al sol de agosto,
así como se nubla el sol ficticio
en las decoraciones
de los Calvarios de los Viernes Santos.
 
Por enlutada y ebria simulaste,
en la superstición de aquel domingo,
una fúlgida cuenta de
abalorio humedecida en un licor letárgico.
 
¿En qué embriaguez bogaban tus pupilas
para que así pudiesen
narcotizarlo todo?
 
Tu tiniebla
guiaba mis latidos, cual guiaba
la columna de fuego al israelita.
Adivinaba mi acucioso espíritu
tus blancas y fulmíneas paradojas:
el centelleo de tus zapatillas,
la llamarada de tu falda lúgubre,
el látigo incisivo de tus cejas
y el negro luminar de tus cabellos.
 
Desde la fecha de superstición
en que colmaste el vaso de mi júbilo,
mi corazón obscurantista clama
a la buena bondad del mal agüero;
que si mi sal se riega, irán sus granos
trazando en el mantel tus iniciales;
y si estalla mi espejo en un gemido,
fenecerá diminutivamente,
como la desinencia de tu nombre.
 
Superstición, consérvame el radioso
vértigo del minuto perdurable
en que su traje negro devoraba
la luz desprevenida del cenit,
y en que su falda lúgubre era un bólido
por un cielo de hollín sobrecogido...


Ramón López Velarde (México, 1888-1921).

martes, 22 de abril de 2014

Viernes santo: STARRING ALL PEOPLE, de Juan José Arreola


(Fragmento inicial)

Homenaje a Cecil. B. de Mille

Después de tomar parte en unas secuencias terrenales, mezclado con la turba de espectadores, Efrén Hud abandona la sala. Con la sombra de un garrote en la mano, alega ante su guía de otro mundo un síntoma nauseoso. El guía lo sostiene compasivo y deplora su malestar. La multitud alterada aúlla en favor del bandido y en contra del inocente. Ecce homo. Después de secarse las manos Pilatos arroja el agua sucia sobre la muchedumbre, maldiciéndola en voz baja. Instintivamente, Hud esquiva la salpicadura y se niega a intervenir en el documental de largo metraje, realizado en tres dimensiones. (La cuarta está por ver).
 
Con el pretexto de que descanse, el cicerone lo conduce veladamente a la casa del hombre que fue en la tierra Jesucristo, cuando quisieron rendirnos por amor. Mientras el reino de los cielos sufre violencia, llegan a un chalet, villa o dacha que domina un canal de regadío con aguas lentas y armoniosas. En la terraza los recibe el actor. Aparenta unos treinta años, hermoso, apacible y moderado. Cuando habla y se exalta, la pasión descompone su figura: ademanes activos, palabra suelta y febril. Soportó con felicidad las pruebas a que fue sometido desde su captura en el huerto de los olivos. Sin embargo, tiene el aspecto suave y deslumbrado de los convalecientes. Se queja, interrumpe su discurso en pausas suspensivas y lleva la mano hacia el costado. Cuando mira en panorama sus ojos se iluminan con inocencia casi infantil, como si viera por primera vez los jardines del crepúsculo:

- Fue tan poco lo que pude vivir entre ustedes... Y es un lugar tan pequeño... Tengo que volver... ¡Claro que debo volver! Pero siéntese usted, por favor... ¡Judas, Judas, ves, tenemos una visita! Le presento a usted a Judas, señor Hud...

- Mucho gusto...

- ¿Quiere usted tomar algo?

- Gracias. Me sentí un poco mal en el cine. Tuve que salirme sin ver el final...

- ¡Qué bueno que no vio usted la película! Está incompleta En realidad no puede decirse que se trata de una película, aunque a mí me parece la mejor de todas... Estuvo a punto de costarme la vida. Pero falta la última parte y voy a terminarla. Los médicos me dieron de alta. Sólo espero la voluntad de mi padre... Estoy completamente restablecido de las manos y los pies, pero todavía me duele aquí en el costado... La lanzada que me dio aquel pobre comparsa... ¿Cómo se llama? Pero no fue culpa suya... siempre se me olvida su nombre...


Juan José Arreola (México, 1918-2001)


La ilustración corresponde a la película Rey de reyes (King of Kings, 1927), de Cecil B. De Mille.

sábado, 19 de abril de 2014

Viernes santo: EL TAMBOR DE HOJALATA, de Günter Grass


(Fragmento del capítulo Comida de viernes santo)

Contradictorios: ésta sería la palabra para expresar mis sentimientos entre el Lunes y el Viernes Santo. Por una parte me irritaba contra aquel Niño Jesús de yeso que no quería tocar el tambor, pero, por otra parte, con ello me aseguraba el tambor como objeto de uso exclusivo. Y si por un lado mi voz falló frente a los ventanales de la iglesia, Óscar conservó por el otro, en presencia del vidrio coloreado e ileso, aquel resto de fe católica que le había de inspirar todavía muchas otras blasfemias desesperadas.

Otra contradicción: si bien por una parte logré, en el camino de regreso a casa desde la iglesia del Sagrado Corazón, romper con mi voz, a título de prueba, la ventana de una buhardilla, por otra parte mi éxito frente a lo profano había de hacer más notorio en adelante mi fracaso en el sector sagrado. Contradicción, digo. Y esta ruptura subsistió y no llegó a superarse, y sigue vigente hoy todavía, que ya no estoy ni en el sector profano ni en el sagrado, sino más bien arrinconado en un sanatorio.

Mamá pagó los daños del altar lateral izquierdo. El negocio de Pascua fue bueno, pese a que por deseo de Matzerath, que era, a buen seguro, protestante, la tienda hubo de permanecer cerrada el día de Viernes Santo. Mamá, que por lo demás solía salirse siempre con la suya, cedía los Viernes Santos, pero exigía en compensación, por razones de orden católico, el derecho de cerrar la tienda el día del Corpus católico, de cambiar en el escaparate los paquetes de Persil y de café Hag por una pequeña imagen de la Virgen, coloreada e iluminada con focos, y de ir a la procesión de Oliva.

Teníamos una tapa de cartón que por un lado decía: «Cerrado por Viernes Santo», en tanto que en el otro podía leerse: «Cerrado por Corpus». Aquel Viernes Santo siguiente al Lunes Santo sin tambor y sin consecuencias vocales, Matzerath colgó en el escaparate el cartelito que decía «Cerrado por Viernes Santo» y, en seguida después del desayuno, nos fuimos a Brösen en el tranvía. Volviendo a lo de antes, el Labesweg se comportaba de manera contradictoria. Los protestantes iban a la iglesia, en tanto que los católicos limpiaban los vidrios de las ventanas y sacudían en los patios interiores todo aquello que tuviera la más remota apariencia de alfombra, y lo hacían con energía y resonancia tales que se hubiera creído en verdad que unos esbirros bíblicos clavaban en todos los patios de las casas de pisos a un Salvador múltiple en múltiples cruces.


Günter Grass (Alemania, 1927-2015). Recibió el premio Nobel en 1999.

viernes, 18 de abril de 2014

Sucedió un viernes santo


Durante la noche del jueves al viernes santo, emprendió Dante su viaje nocturno en La divina comedia, para recorrer los nueve círculos del infierno, las nueve terrazas del purgatorio y los nueve cielos (o astros, puesto que se menciona a la Luna, Mercurio, Venus, el Sol, Marte, Jupíter y Saturno) del paraíso, y así poder llegar a la ciudad de Dios.
 
Paul L. Maier en el capítulo XVIII de su novela Poncio Pilatos, establece que "Eran las seis de la mañana del viernes 3 de abril del año 33 D. C., para los judíos, Nisán 14 del año 3793". Y en el siguiente párrafo sugiere: "Pilatos miró Jerusalén en esa fresca mañana de primavera". En tanto que Pablo García Baena inicia su poema Viernes santo con una aseveración: "Hace frío en los atrios esta noche".
 
En la literatura hispanoamericana, se encuentran un par de referencias al viernes santo en obras de la picaresca costumbrista, como son los casos de El periquillo sarniento, de José Joaquín Fernández de Lizardi, en la Nueva España, y el cuento La llorona del viernes santo, del peruano Ricardo Palma.
 
En el primer caso, este es el párrafo correspondiente: "El Viernes Santo salía en la procesión que llaman del Santo Entierro; había en la Carrera de la dicha procesión una porción de altares que llaman posas, y en cada una de ellos pagaban los indios multitud de pesetas, pidiendo en cada vez un respondo por el alma del Señor, y el bendito cura se guardaba los tomines, cantaba la oración de la Santa Cruz, y dejaba a aquellos pobres sumergidos en su ignorancia y piadosa superstición."
 
En cuanto al espíritu satírico de Palma, se aprecia desde el párrafo inicial: "Existía en Lima hace cincuenta años una asociación de mujeres todas garabateadas de arrugas y más pilongas que piojo de pobre, cuyo oficio era gimotear y echar lagrimones como garbanzos. ¡Vaya una profesión perra y barrabasada! Lo particular es que toda socia era vieja como el pecado, fea como un chisme y con pespuntes de bruja y rufiana. En España dábanles el nombre de plañideras; pero en estos reinos del Perú se les bautizó con el de doloridas o lloronas."
 
Dos poetas españoles, Pedro Calderón de la Barca y Jorge Guillén, se ocuparon del tema. El primero en El viernes santo escribe: "Solo, negado, escarnecido, muerto,/ enclavado en la Cruz, ¡oh Jesús mío!/ la frente inclinas sobre el mundo impío,/ en la cumbre del Gólgota desierto..." Casi al final de Viernes santo, dice Jorge Guillén: "Ha de morir el Hijo./ Tiene que ser el hombre más humano." Para culminar más adelante: "Es viernes hoy con sangre:/ Sangre que a la verdad ya desemboca."
 
Y ya que parece la medida es por pares, hay dos novelas con una óptica muy original que se ocupan de la vida, pasión y muerte de Jesucristo. Una de ellas es El evangelio según el Hijo, de Norman Mailer, narrada en primera persona, lo que algunos han considerado un sacrilegio; y la otra, La última tentación de Cristo, del griego Nikos Kazantzakis, que alcanzó la celebridad del escándalo gracias a la adaptación al cine que hiciera de ella Martin Scorsese en 1988.
 
Estos son unos párrafos de la obra de Mailer: "Me hundieron un clavo largo en cada muñeca, y otro clavo a través de cada pie. No grité. Pero vi que se dividían los cielos. Dentro de mi cráneo fulguró una luz y vi los colores del arco iris. Mi alma estaba luminosa de dolor.
 
Levantaron la cruz del suelo, y fue como si ascendiera más alto y hacia un mayor dolor. Un dolor que viajaba por un espacio tan vasto como los océanos. Me desvanecí. Cuando abrí los ojos, fue para ver a soldados romanos arrodillados sobre el suelo a mis pies. Discutían como dividir mi ropa, para que hubiera un pedazo de tela para cada uno. Pero mi viejo manto no tenía costura, pues era de una sola pieza."
 
Finalmente, concluye ese capítulo 48 -penúltimo de la novela-, de esta manera: "Entonces llegó mi muerte. Y es verdad que llegó antes de que me atravesaran el costado con la lanza. La sangre y el agua se me escaparon por el costado del cuerpo para señalar el fin de la mañana. Vi una luz blanca que brillaba como el fulgor del cielo, pero era lejana. Mi pensamiento postrero fue para la cara de los pobres, que eran hermosos para mí, y mi esperanza de que fuera verdad, como pronto dirían todos mis seguidores, que había muerto por ellos en la cruz."
 
La gran polémica en torno a La última tentación de Cristo resultó un tanto injusta por la exagerada repercusión que tuvieron los intentos de censura en contra de la película. Estos son los párrafos finales: "Sintió dolores atroces en las manos, los pies y el costado izquierdo. Sus ojos recobraron la vista y vio la corona de espinas, la sangre y la cruz. En el sol oscurecido centellearon dos anillos de oro y dos hileras de dientes agudos y blanquísimos. Resonó entonces una risa fresca y burlona, y los anillos y los dientes desaparecieron. Jesús quedó suspendido en el aire, solo.
 
Sacudió la cabeza y de pronto recordó dónde se encontraba, quién era y por qué sufría. Apoderóse de él una alegría salvaje e indomable. No, no, no era cobarde, desertor ni traidor. No; estaba clavado en la cruz, había sido leal hasta el fin y había cumplido la palabra empeñada. Durante segundos, cuando había gritado Eli Eli y se había desvanecido, la Tentación se había apoderado de él y le había extraviado. No eran reales las alegrías, las nupcias ni los niños; no eran reales los viejecitos decrépitos y envilecidos que le habían llamado cobarde, desertor y traidor. ¡No habían sido más que visiones suscitadas por el Maligno!... Sus discípulos estaban vivos y sanos; habían emprendido los caminos de la tierra y del mar y anunciaban la Buena Nueva. ¡Alabado sea Dios, todo ha ocurrido como debía ocurrir!
 
Lanzó un grito triunfal: ¡Todo está consumado!
 
Y era como si dijera: Todo comienza."
 
No se trata, de ninguna manera, de una selección exhaustiva sobre la presencia del viernes santo en la literatura, pero sí creo haber reunido una muestra representativa de diferentes géneros. Todo esto al margen de mis creencias particulares. Sólo tratando de no pasar por alto un día tan significativo en el mundo cristiano.
 
 
Jules Etienne
 
Para leer otros textos que refieren el tema se puede consultar esta etiqueta: Viernes santo.

La ilustración corresponde a Lamento de María Magdalena ante el cuerpo de Cristo (1867), de Arnold Böcklin.

viernes, 29 de marzo de 2013

Viernes santo: RESURRECCIÓN, de León Tolstói


Llegó a finales de marzo, un Viernes Santo, en pleno deshielo, con una lluvia torrencial, tanto que al acercarse a la casa se sentía mojado y empapado, pero valiente y muy en forma, como lo estaba siempre en aquel período de su vida.

«Con tal que ella siga todavía aquí!», pensaba al penetrar en el patio, todo lleno de nieve fundida, y al distinguir la vieja morada y el muro de ladrillos que rodeaba el recinto y que él conocía tan bien. Se había forjado la esperanza de que, en cuanto ella oyese la campanilla, correría a recibirlo en la escalinata, pero en su lugar aparecieron dos mujeres, con los pies descalzos y las faldas arremangadas, que llevaban cubos y estaban ocupadas sin duda alguna en fregar el suelo. Ni el menor rastro de Katucha* y Nejludov vio solamente avanzar a su encuentro al viejo lacayo Tijon, él también con delantal, y que evidentemente acababa de suspender alguna operación de limpieza. En la antecámara fue recibido por Sofía Ivanovna, con vestido de seda y sombrero.

- ¡Qué amable has sido viniendo! -exclamó Sofía Ivanovna besándolo -. Machegnka** está un poco malucha; esta mañana se ha cansado en la iglesia. Nos hemos confesado.

- Tía Sonia le deseo unas felices fiestas -dijo Nejludov, besándole la mano-.¡Perdóneme, la he mojado!

- ¡Ve ahora mismo a cambiarte a tu habitación! Estás empapado. ¡Si ya tienes bigote...! ¡Katucha, pronto, Katucha, que le preparen café!

- ¡Inmediatamente! -respondió, desde el corredor, una voz, tan agradablemente conocida por Nejludov y el corazón de éste latió gozosamente. ¡Ella aún seguía allí! Y era como si el sol se hubiese mostrado entre las nubes, Alegremente, Nejludov siguió a Tijon, quien lo condujo a la misma habitación donde se había alojado en otros tiempos.

Le habría gustado preguntar al sirviente cómo estaba Katucha, lo que hacía, si tenía novio. Pero Tijon se mostraba a la vez tan respetuoso y tan digno, insistía tanto para echar él mismo agua de la jarra sobre las manos de Nejludov, que éste no se atrevió a hacerle preguntas sobre la muchacha, y se limitó a interesarse por los nietecitos del criado, por el viejo caballo de su hermano, por el perro guardián Polkan. Todo el mundo estaba con vida y con buena salud, excepto Polkan, afectado por la rabia el año anterior.

Mientras Nejludov se cambiaba de traje, oyó unos pasos rápidos en el corredor y luego llamar a la puerta. Nejludov reconoció los pasos y la forma de llamar: sólo ella andaba y llamaba de esta forma. Se echó a toda prisa sobre los hombros su abrigo completamente empapado; luego se acercó a la puerta y gritó:

- ¡Entre!

Era ella, Katucha, siempre la misma, pero más encantadora que en otros tiempos. Como antes, sus negros ojos bizqueaban ligeramente, brillaban y reían; y, como antes, llevaba un de lantal blanco de una limpieza incomparable. Venía a traerle, de parte de su tía, un jabón perfumado al que hacía un momento le habían desgarrado la envultura; una toalla esponja y otra mayor, de tela, con bordados rusos. y el jabón, acabado de salir de su envoltura, con sus letras en relieve, y las toallas, y la misma Katucha, todo estaba igualmente limpio, fresco, intacto y delicioso. Los labios de la muchacha, rojos, fuertes, encantadores, se plegaban como antes, con una alegría desbordante, a la vista de Nejludov.

- ¡Bienvenido, Dmitri Ivanovitch! -dijo ella con un ligero esfuerzo, y su rostro se ruborizó.


León Tolstói: Liev Nikoláievich Tolstói (Rusia, 1828-1910).

* El personaje de Katusha fue interpretado en el cine por las mexicanas Dolores del Río, en la versión muda de 1927, y por Lupe Vélez, en la versión sonora de 1931. Ambas películas fueron dirigidas por Edwin Carewe.
** Apelativo cariñoso de María en ruso 

La ilustración corresponde a Sol de invierno del pintor bielorruso Vitold Kaetanovich Bialinitski-Birulia;
fue utilizada como portada de la novela por Verticales de bolsillo, de editorial Norma.