Vancouver: luz de agosto en la bahía. (Fotografía de Jules Etienne).
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domingo, 3 de marzo de 2024

Mirándolas dormir: EL ÚLTIMO VERANO DE KLINGSOR, de Hermann Hesse

"... y vio como dormía la muchacha del cabello dorado."

(
Fragmento del capítulo 5)

Observó con mucha atención el rostro de la durmiente, los hombros, el pecho, el pelo rubio. Todo esto le había embelesado, le había engañado, le había seducido, todo le había hecho creer en el placer y la felicidad. Ahora todo había acabado, ahora saldarían cuentas. Había entrado en el teatro Wagner y había descubierto por qué todos los rostros, una vez disipado el engaño, eran tan desfigurados e insoportables.

Klein se levantó de la cama y fue en busca de un cuchillo. Al pasar junto a Teresina rozó sus largas medias marrón claro; en un santiamén recordó cuando la vio por primera vez en el parque y cómo le habían seducido su manera de andar, sus zapatos y sus medias ceñidas. Rió en voz baja, maliciosamente, y cogió la ropa de Teresina, pieza a pieza, la manoseó y la dejó caer al suelo. Luego volvió a buscar, olvidando el qué por momentos. Su sombrero estaba sobre la mesa, lo cogió distraído, lo hizo girar, notó que estaba mojado y se lo puso. Estaba de pie junto a la ventana, miraba la oscuridad exterior, oía cantar la lluvia. Parecía el sonido de tiempos perdidos. ¿Qué querían de él la ventana, la noche, la lluvia?, ¿qué le importaban las viejas imágenes de su infancia?
(Traducido al español por Ester Berenguer).

Súbitamente saltó en una tremenda sacudida y corrió a la cama. Se inclinó sobre la almohada y vio cómo dormía la muchacha del cabello dorado. Aún vivía. Aún no lo había hecho. Quedó helado de espanto. Dios mío, había llegado el momento, y había sucedido lo que una y otra vez había visto venir en sus horas más terribles. Había llegado el momento. Allí estaba él, Wagner, al pie del lecho de una durmiente, y buscaba un cuchillo… No, no quería. No, no estaba loco. Gracias a Dios, no estaba loco.

Todo estaba bien. Recobró la paz. Se vistió despacio: los pantalones, la chaqueta, los zapatos. Todo estaba bien.

Cuando quiso acercarse otra vez a la cama, sintió algo blando bajo los pies. Allí yacían por el suelo las ropas de Teresina, las medias y el vestido gris claro. Los levantó cuidadosamente del suelo y los colocó sobre la silla. Apagó la luz y salió de la habitación. Delante de la casa caía una lluvia mansa y fría; no se veía un alma, ni se oía un ruido, sólo la lluvia. Volvió la cara arriba y dejó que la lluvia corriera sobre la frente y las mejillas. No se veía el cielo. Qué oscuridad. Le hubiera gustado ver una estrella…
(Traducido al español por Manuel Olasagasti).

Hermann Hesse (Alemán nacionalizado suizo y fallecido en Suiza 1877-1962).
Obtuvo el premio Nobel en 1946.

viernes, 16 de septiembre de 2022

SEPTIEMBRE, de Hermann Hesse


El jardín está triste,
la fría lluvia pesa sobre las flores.
El verano tiembla
dulcemente hacia su fin.
 
Doradas, gota a gota, caen las hojas
de lo alto de la acacia.
El verano sonríe, sorprendido y cansado,
entre el sueño de los jardines que se mueren.
 
Largamente, entre las rosas
se detiene todavía, desea el reposo.
Lentamente cierra
sus ya cansados ojos.
 
(Der Garten trauert,
kühl sinkt in die Blumen der Regen.
Der Sommer schauert
Still seinem Ende entgegen.
 
Golden tropft Blatt um Blatt
nieder vom hohen Akazienbaum.
Sommer lächelt erstaunt und matt
in den sterbenden Gartentraum.
 
Lange noch bei den Rosen
bleibt er stehen, sehnt sich nach Ruh.
Langsam tut er die (grossen)
müdgewordnen Augen zu.)
  
Herman Hesse (Alemán nacionalizado suizo, 1877-1962).
Obtuvo el premio Nobel en 1946.

La ilustración corresponde a Flores en la lluvia (Flowers in the Rain), de Randy Heath.

jueves, 15 de septiembre de 2022

SEPTIEMBRE, la canción de Richard Strauss sobre un poema de Hermann Hesse

"... se va apagando lentamente con la llegada de las lluvias otoñales."

El compositor Richard Strauss era contemporáneo -aunque trece años mayor- de Hermann Hesse. Al final de la segunda guerra, siendo ya un anciano octogenario se trasladó a vivir a Suiza, en donde Hesse llevaba radicando desde hacía tiempo e incluso había adoptado esa nacionalidad. Ambos desarrollaron una amistad que se acentuó conforme Strauss fue adoptando una postura pacifista y cada vez más crítica del régimen de Hitler. Aunque al principio fue bastante favorecido por éste, al grado de ser nombrado presidente de la cámara de música del III Reich, además de que compuso el himno para los juegos olímpicos de Berlín en 1936, se fue distanciando paulatinamente del régimen, sobre todo porque su nuera tenía origen judío y por lo tanto sus nietos, así fuese sólo de manera parcial, también lo eran.

En 1938, bajo una ominosa atmósfera bélica, estrena la ópera en un acto El día de la paz. Cuando la guerra estaba a punto de concluir, decepcionado escribió en su diario: "El período más terrible de la historia humana se ha terminado, el reinado de doce años de bestialidad, ignorancia y destrucción de la cultura por parte de los mayores criminales, durante el cual los dos mil años de la evolución cultural de Alemania llegaron a su fin."

Dedicada a la soprano María Jeritza, Septiembre, poema de Hermann Hesse, es una canción elaborada con un sumo cuidado en los detalles, una pieza de auténtico orfebre, delicada pero densa, venida de la más pura inspiración melódica.

La última de las composiciones para orquesta, fue creada precisamente en ese mes de septiembre, como indica su título, de 1948 y podría tomarse en solitario como un magnífico broche final en el que Strauss parece estar imbuido por la tristeza del verano, que simboliza sus años de juventud y que se va apagando lentamente con la llegada de las lluvias otoñales.*

La leve introducción orquestal está cargada de matices que parecen llevarnos a ese jardín triste dónde la lluvia derrama sus frías lágrimas en las flores. Es notable el uso de las flautas y el arpa, entre las cuerdas, semejando las gotas de lluvia así como el acento en la palabra "Blumen" (flores).

En la siguiente frase, aparece el verano (Der Sommer) que se estremece porque se acerca su fin y en este pasaje descubrimos unas texturas más cálidas y resplande- cientes.

De nuevo la presencia de las flautas y el arpa en el goteo de las hojas de las acacias, desde "Golden tropft".

Y otra vez el verano, que no quiere irse y que sonríe extrañado y de nuevo volvemos a un momento radiante en la voz y la orquesta. La frase termina con el verano ya cansado y agonizante en una magnífica y ondulante melodía en la palabra "Gartentraum" (sueño del jardín) que parece llevarnos a terrenos etéreos y de fantasía.

El espectro de la obra se va abriendo en los compases siguientes en dónde ese verano (o juventud) anhela el descanso. Es particularmente destacable el ascenso y posterior caída de la orquesta en estas frases y después de "stehen".

La última frase, prodigio de emociones, queda aplicada de manera magistral en un pianísimo que subraya el texto: "lentamente cierra los grandes ojos, rendidos de cansancio" haciendo énfasis en la palabra "Augen" (ojos) y la palabra "zu" que es protagonizada por la trompa solista, como rendido homenaje no solamente al intrumento del padre de Strauss, si no también a la juventud sugerida que va desapareciendo de este anciano compositor.

Jules Etienne

* Casualmente Richard Strauss falleció al año siguiente en el mes objeto de la canción: el 8 de septiembre de 1949.

lunes, 26 de julio de 2021

Casanova y Venecia: LA CONVERSIÓN DE CASANOVA, de Hermann Hesse

"Él, a quien había convertido e una ceebridad su huida de las cámaras de plomo venecianas..."

(Fragmento inicial)

En Stuttgart, hacia donde lo atrajo la fama mundial de la lujuriosa corte de Carlos Eugenio, no le fue bien a Giacomo Casanova, el caballero de fortuna. Ciertamente, como en toda ciudad del orbe volvió a encontrarse enseguida con una cantidad de viejos conocidos, entre ellos la veneciana Gardella, por entonces favorita del duque; y pasó algunos días alegre y despreocupado en compañía de bailarines y bailarinas, músicos y actrices de su amistad. Asimismo parecía que tenía asegurada una buena acogida en casa del embajador austríaco, en la corte y aun en lo del propio duque. Pero apenas entrado en calor, el tarambana salió una noche de francachela en compañía de algunos oficiales. Se intercambiaron apuestas y corrió vino de Hungría y el final de la diversión fue que Casanova perdió en el juego marcos por un equivalente a cuatro mil luises de oro, sus costosos relojes y sortijas y tuvo que hacerse llevar en coche a su casa en deplorable estado de ánimo. A todo esto se agregó un desgra- ciado proceso. Las cosas habían llegada tan lejos para el temerario que amén de la pérdida de sus bienes también se vio en peligro de ser incorporado al regimiento del duque en calidad de soldado forzoso. Por supuesto, no le falto tiempo para poner los pies en polvorosa. Él, a quien había convertido en una celebridad su huida de las cámaras de plomo venecianas, también pudo escapar de la captura que pesaba sobre él en Stuttgart y hasta le fue posible salvar su baúl con el que pudo llegar a salvo a Furstenberg, después de pasar por Tubingia.

Sin embargo, aquel individuo ágil no causaba la menor impresión de ser un hombre golpeado por el destino. En la posada fue servido como viajero de primera categoría a causa de su atuendo y de la prestancia de su porte. Lucía un reloj de oro adornado con piedras preciosas, a veces tomaba una pizca de rapé de una cajita de oro, a veces de otra de plata, vestía ropas extraordinariamente finas, delicadas, calzas de seda y puntillas holandesas. El valor de sus prendas, piedras, puntillas y joyas había sido justipreciado hacía poco en Stuttgart por un entendido en cien mil francos. No hablaba alemán, pero su francés era perfecto y sus modales los de un acaudalado, mimado pero bondadoso caballero en viaje de placer. Era exigente, pero no escatima- ba propinas ni se mostraba remiso en el pago de sus consumos.

Al cabo de un viaje precipitado había llegado a aquella localidad de noche. Mientras se lavaba y empolvaba le prepararon a su pedido una cena excelente que, acom- pañada de una botella de vino del Rin, le ayudó a pasar pronto y de manera agrada- ble el resto de aquella jornada. Seguidamente se retiró a descansar a hora temprana y durmió maravillosamente hasta durmió la mañana. Sólo entonces consideró llegado el momento de poner en orden sus asuntos.

Hermann Hesse (Alemán nacionalizado suizo, 1877-1962). Obtuvo el premio Nobel en 1946.

domingo, 21 de junio de 2020

Epidemias: SIDDHARTA, de Hermann Hesse

"Como cuando una nación sufre la peste y se dice que allí o allá hay un hombre, un sabio..."

Primera parte: El hijo del Brahmán

(Fragmento)

Una vez, cuando los jóvenes hacía ya aproximadamente tres años que vivían con los samanas y habían participado en todos sus ejercicios, les llegó de lejos una noticia, un rumor, una leyenda: había surgido un hombre, llamado Gotama, el majestuoso, el buda, que en su persona había superado el dolor del mundo y había parado la rueda de las reencarnaciones. Enseñando, rodeado de discípulos, recorría el país sin propiedades, sin casa, sin mujer, tan sólo con el ropaje amarillo del asceta, pero con la frente alegre, como un bienaventurado, y los brahmanes y los príncipes se inclinaban ante él y se convertían en sus discípulos.

Esta leyenda, este rumor, este cuento sonó en el aire, perfumó la atmósfera aquí y allá. Los brahmanes hablaban de ello en las ciudades, los samanas en el bosque; siempre se repetía el nombre de Gotama, el buda, a los oídos de los jóvenes, para bien y para mal, en alabanzas e improperios.

Como cuando una nación sufre la peste y se dice que allí o allá hay un hombre, un sabio, un experto cuya palabra y aliento es suficiente para curar a todos los enfermos, y esta noticia recorre el país y todos hablan de ella, unos la creen, otros dudan, pero muchos se ponen rápidamente en camino para buscar al sabio, al salvador, así también con aquel rumor perfumado de Gotama, el buda, el sabio de la tribu de los Sakias. Los creyentes decían que Gotama poseía la máxima ciencia, se acordaba de sus vidas pasadas, había alcanzado el nirvana y jamás volvería al ciclo, jamás se hundiría de nuevo en la turbia corriente de las configuraciones. Se decía de él muchas cosas maravillosas e increíbles, había hecho milagros, había superado al demonio, había hablado con los dioses.

Pero sus enemigos y los incrédulos afirmaban que este Gotama era un vano seductor, que pasaba sus días, holgadamente, despreciaba los sacrificios, no era sabio y desconocía los ejercicios y la mortificación.

La leyenda del buda era dulce, los informes llevaban el perfume del encanto. Ciertamente el mundo se hallaba enfermo y la vida era difícil de soportar. Y no obstante, pongan atención: una fuente parece sonar como un suave mensaje, lleno de consuelo y de nobles promesas. En todas partes adonde llegaba la voz del buda, en todas las regiones de la India, los jóvenes escuchaban con interés, sentían anhelo, esperanza; cualquier peregrino o forastero recibía excelente acogida entre los hijos de los brahmanes de las ciudades, si traía noticias de Gotama, el majestuoso, el Sakiamuni.

Hermann Hesse (Alemán nacionalizado suizo, 1877-1962).
Obtuvo el premio Nobel en 1946.

viernes, 8 de mayo de 2020

Epidemias: NARCISO Y GOLDMUN- DO, de Hermann Hesse

"En una ciudad, Goldmundo vio arder (…) todo el barrio judío, casa por casa..."

(Fragmento del capítulo XIV)

Y, sin embargo, lo que le esperaba era aún peor de lo que se había figurado. La cosa empezó ya en las primeras caserías y aldeas, y persistió y se fue haciendo más grave cuanto más avanzaba. Toda la comarca, el país entero estaban bajo una nube de muerte, bajo un velo de congoja, horror y taciturnidad y lo peor no eran las casas deshabitadas ni los perros muertos de hambre que se pudrían atados a la cadena, ni los cadáveres insepultos, ni los niños mendicantes, ni las grandes fosas comunes junto a las ciudades. Lo peor eran los vivos, que, bajo el peso de terrores y angustias mortales, parecían haber perdido los ojos y el alma. Cosas extrañas y terribles oyó y vio por dondequiera el vagabundo. Hubo padres que abandonaron a sus hijos y maridos que abandonaron a sus mujeres cuando se enfermaron. Los sayones de la peste y los esbirros que del hospital mandaban como verdugos saqueaban las casas sin moradores y, cuando les parecía, dejaban sin enterrar los cadáveres, o bien sacaban de sus lechos a los moribundos antes de que hubiesen expirado y los echaban a las carretas mortuorias. Aterrados fugitivos vagaban solitarios de un lado para otro, alocados, rehuyendo todo contacto con los hombres, aguijados por el miedo a la muerte. Otros se juntaban en un frenético y espantado afán de vivir y celebraban francachelas y fiestas danzantes y amatorias en que la muerte tocaba el violín. Desamparados, plañiendo o blasfemando, permanecían algunos acurrucados junto a los cementerios o ante sus casas desiertas. Y, lo que era peor aún que todo eso, cada cual buscaba una cabeza de turco para aquella sufrida calamidad, cada cual afirmaba conocer a los malvados, culpables y causantes de la peste. Decíase que había ciertos hombres diabólicos que, recreándose en el mal ajeno, procuraban la difusión de la mortandad recogiendo en los cadáveres el morbo de la epidemia y untando luego con él paredes y picaportes y emponzoñando los aljibes y el ganado. Aquel sobre quien recayera la sospecha de tal atrocidad estaba perdido si no era advertido a tiempo y podía darse a la fuga; la justicia o el populacho lo liquidaban. Además, los ricos culpaban a los pobres y viceversa, o bien los acusados eran los judíos o los extranjeros o los médicos. En una ciudad, Goldrnundo vio arder, reventando de indignación, todo el barrio judío, casa por casa; el pueblo contemplaba el espectáculo con gran algazara, y a los que huían dando gritos se les obligaba a retornar al fuego. En el desvarío del miedo y de la exasperación fueron muertos, quemados y atormentados muchos inocentes, en todas partes. Con ira y asco observaba Goldmundo aquel panorama, el mundo parecía desquiciado  emponzoñado, parecía que no hubiese ya alegría, inocencia, amor alguno sobre la tierra.

Hermann Hesse (Alemán nacionalizado suizo, 1877-1962).
Obtuvo el premio Nobel en 1946.

(Traducido al español por Luis Tobío).

martes, 1 de octubre de 2019

Tu boca y Otoño: NARCISO Y GOLDMUNDO, de Hermann Hesse

"... de los árboles se desprendían incesantemente hojas amarillas que quedaban flotando en el aire."

(Fragmento del capítulo XV)

- ¿Por qué me sigues? -le preguntó la dama-. ¿Qué deseas de mí?

- Ah -profirió él-, más quisiera dar que recibir. Quisiera ofrecerme a ti como presente, hermosa mujer; haz de mí lo que te plazca.

- Bien; veré lo que se puede hacer contigo. Mas si has creído que podías tomar aquí afuera, sin peligro, una flor, te has engañado de medio a medio. Sólo puedo amar a hombres que sean capaces de arriesgar su vida llegado el caso.

- No tienes más que mandarme. Lentamente, ella se quitó del cuello una fina cadena de oro y se la entregó.

- ¿Cómo te llamas?

- Goldmundo.

- Perfectamente, Goldmundo, "boca de oro"; he de gustar tu boca para comprobar si es, en verdad, de oro. Atiende. Al anochecer, te presentarás en el palacio y, enseñando esta cadena, dirás haberla encontrado. No la darás a nadie porque quiero recobrarla de tus manos. Irás tal como estás ahora, aunque te tomen por mendigo. Si alguno de la servidumbre te trata con grosería no te alterarás. Conviene que sepas que en el palacio sólo cuento con dos personas de confianza: el palafrenero Máximo y mi doncella Berta. Procurarás ver a alguno de los dos y le dirás que te conduzca a mi presencia. Con los demás del castillo, incluido el conde, procede con cautela, son enemigos. Quedas advertido. Puede costarte la vida.

Le tendió la mano y él se la tomó sonriendo, la besó con dulzura y la rozó levemente con su mejilla. Luego se guardó la cadena y partió cuesta abajo, hacia el río y la ciudad. Las colinas de viñedos estaban ya peladas, de los árboles se desprendían incesantemente hojas amarillas que quedaban flotando en el aire. Al mirar, desde lo alto, la ciudad y encontrarla tan amable y cordial, Goldmundo sonrió meneando la cabeza. Pocos días antes estaba muy triste, triste también porque hasta la miseria y el sufrimiento fuesen pasajeros. Y ahora habían ya pasado realmente, habían caído como el dorado follaje de la rama. Le parecía que jamás había irradiado el amor sobre él como a través de aquella mujer cuya erguida figura y rubia y sonriente vitalidad le recordaba la imagen de su madre tal como la llevara en el corazón en los tiempos que estudiaba en el convento. Anteayer mismo hubiese estimado increíble que el mundo pudiera volver a sonreírle tan gozoso y sentir otra vez en la sangre el torrente de la vida, la alegría, la juventud, tan pleno e impetuoso. ¡Qué suerte que aún estuviese vivo, que en aquellos meses terribles la muerte lo hubiese respetado!


Hermann Hesse (Alemania, 1877-1962).
Obtuvo el premio Nobel en 1946.

jueves, 22 de agosto de 2019

Tu boca: EL LOBO ESTEPARIO, de Hermann Hesse

"Una bailarina española voló a mis brazos: «Baila conmigo.» «No puede ser», dije, «voy al infierno...»"

(Fragmento)
 
Así sucedió que a eso de la una, desengañado y de mal talante, me escabullí hacia atrás al guardarropa, para ponerme el gabán y marcharme. Era una derrota, un retroceso al lobo estepario, y no sé si Armanda me lo perdonaría. Pero yo no podía hacer otra cosa. En el penoso camino a través de las apreturas hasta el guardarropa, había vuelto a mirar con cuidado a todas partes, por si veía a alguna de las amigas. En vano. Por fin estuve de pie ante el mostrador, el hombre cortés del otro lado alargaba ya la mano esperando mi número, yo busqué en el bolsillo del chaleco -¡el número no estaba allí ya!-. Diablo, no faltaba más que esto. Varias veces, durante mis tristes correrías por los salones, cuando estuve sentado ante el vino insulso, había metido la mano en el bolsillo, luchando con la resolución de volver a marcharme, y siempre había notado en su sitio la contraseña plana y redonda. Y ahora había desaparecido. Todo se me ponía mal.
 
- ¿Has perdido la contraseña? -me preguntó con voz chillona un pequeño diablo rojo y amarillo, a mi lado-. Ahí puedes quedarte con la mía, compañero -y me la alargó efectivamente-. Mientras yo la tomaba de un modo mecánico y le daba vueltas en los dedos, había desaparecido el ágil diablejo.
 
Pero cuando hube levantado hasta los ojos la redonda moneda de cartón, para ver el número, allí no había número alguno, sino unos garabatos de letra pequeña. Rogué al hombre del guardarropa que esperara, fui bajo la lámpara más próxima y leí. Allí decía, en minúsculas letras vacilantes, difíciles de leer, algo borrosas:

Esta noche, a partir de las cuatro, Teatro Mágico
-sólo para locos-.
La entrada cuesta la razón.
No para cualquiera. Armanda está en el infierno.

Como un polichinela cuyo alambre se le hubiera escapado de las manos por un momento al artista, vuelve a revivir tras una muerte corta y un estúpido letargo, toma parte de nuevo en el juego, bailotea y funciona otra vez; así yo también, llevado por el mágico alambre, volví a correr elástico, joven y afanoso al tumulto, del cual acababa de escaparme cansado, sin gana y viejo. Jamás ha tenido más prisa un pecador por llegar al infierno. Hace un instante me habían apretado los zapatos de charol, me había repugnado el aire perfumado y denso, me había aplanado el calor; ahora corría de prisa sobre mis pies alados, en el compás de onestep, por todos los salones, camino del infierno; sentía el aire lleno de encanto, fui mecido y llevado por el calor, por toda la música zumbona, por el vértigo de colores, por el perfume de los hombros de las mujeres, por la embriaguez de cientos de personas, por la risa, por el compás del baile, por el brillo de todos los ojos inflamados. Una bailarina española voló a mis brazos: «Baila conmigo.» «No puede ser», dije, «voy al infierno. Pero un beso de tu boca me lo llevo con gusto». La boca roja bajo el antifaz vino a mi encuentro, y sólo entonces, en el beso, reconocí a María. La apreté en mis brazos, como una fragante rosa de verano florecía su boca plena. Y luego bailamos, claro está, con los labios todavía juntos, y pasamos bailando cerca de Pablo, éste pendía enamorado de su tubo acústico que aullaba tiernamente; absorta y radiante, nos acogió su hermosa mirada primitiva. Pero antes de que hubiésemos dado veinte pasos de baile, se interrumpió la música, con disgusto solté a María de mis manos.
 
- Me hubiese gustado bailar contigo otra vez -dije, embriagado por su calor-; sigue conmigo unos pasos, María; estoy enamorado de tu hermoso brazo; ¡déjamelo todavía un momento! Pero, mira, Armanda me ha llamado. Está en el infierno.

- Me lo figuré. Adiós, Harry; yo sigo queriéndote.

Se despidió. Era despedida, era otoño, era el destino que exhala el perfume de la rosa de verano tan plena y fragante.

 
Herman Hesse (Alemán nacionalizado suizo, 1877-1962).
Obtuvo el premio Nobel en 1946.

sábado, 26 de enero de 2019

Luna roja: EL LOBO, de Hermann Hesse

"Era la luna que, gigantesca y roja como la sangre, salía por el sureste y se alzaba pausadamente en el cielo turbio."
 
Nunca las montañas francesas habían sufrido un invierno tan largo y frío. Desde hacía semanas el aire era diáfano y helado. De día, los grandes glaciares inclinados se extendían infinitos y de un blanco mate bajo el cielo de color azul muy vivo; de noche, la luna, clara y pequeña, pasaba por encima de ellos; una luna gélida, con brillo amarillento, cuya luz intensa adquiría tonos azules y broncos en la nieve, parecía la materialización misma de la helada. Los hombres evitaban todos los caminos, y especialmente las cumbres; ateridos y maldicientes, permanecían en las cabañas de sus aldeas, cuyas ventanas brillaban enrojecidas y luego se extinguían, por la noche, de manera turbia y nebulosa, bajo el reflejo azulado de la luna.
 
Eran tiempos difíciles para los animales de la región. Un gran número entre los más pequeños, había perecido congelado; también las aves sucumbían a la helada, y los magros cadáveres servían de botín a los azores y a los lobos. Pero también éstos pasaban terribles penalidades a causa del frío y el hambre. Sólo unas cuantas familias de lobos habitaban la región y la necesidad los empujó a estrechar sus vínculos. Se pasaron días andando solos. Aquí y allá, uno de ellos avanzaba por la nieve, flaco, hambriento y al acecho, silencioso y esquivo como un fantasma. Su sombra esbelta se deslizaba junto a él por la nevada superficie. Tendía al viento su hocico puntiagudo, husmeando, y dejaba oír de vez en cuando un aullido seco y atormentado. Por la noche se juntaban todos y rodeaban las aldeas con sus roncos aullidos. En ellas, el ganado y las aves de corral se encontraban bien protegidos y, tras los sólidos postigos, había carabinas apoyadas en la pared. Pocas veces obtenían algún pequeño botín, como un perro, pero ya habían sido abatidos dos miembros de la manada.
 
El frío persistía. A menudo, los lobos yacían juntos, silenciosos y ensimismados, dándose calor unos a otros y acechaban ansiosos el yermo sin vida, hasta que alguno de ellos, atormentado por el martirio del hambre, saltaba de pronto con tremendos aullidos. Entonces, los demás volvían hacia él sus hocicos y estallaban todos juntos en un mismo alarido, aterrador y lúgubre.
 
Finalmente, el grupo más pequeño de la manada se decidió a emigrar. Abandonaron sus guaridas de madrugada, llenos de excitación y miedo olfatearon el aire helado. Después partieron con trote rápido y regular. Los que se quedaban los siguieron con los ojos muy abiertos y vidriosos, trotaron tras ellos unos cuantos pasos pero se detuvieron indecisos y desconcertados, lentamente fueron regresando a sus guaridas vacías.
 
Los viajeros se separaron al llegar el mediodía. Tres de ellos se dirigieron al este, rumbo al Jura suizo, los demás continuaron hacia el sur. Aquellos tres eran unos ejamplares hermosos y fuertes, aunque desmedrados. Sus vientres estrechos y de color claro, eran delgados como una correa; las costillas sobresalían de modo lamentable; sus fauces secas, los ojos abiertos y exasperados. Juntos penetraron al Jura, y al segundo día victimaron un carnero; al tercer día, un perro y un potro; pronto se vieron acosados en todas partes por la furiosa población campesina. En la comarca, abundante en aldeas y ciudades pequeñas, cundió el pánico ante la intromisión de aquellos inesperados forasteros. Los trineos del servicio postal fueron armados y nadie podía trasladarse de un pueblo a otro sin fusil. En una región desconocida para ellos, después de un botín tan suculento, los tres animales se sentían confortables y amedrentados a la vez; eso los volvió más temerarios que nunca y penetraron en el establo de una hacienda a plena luz del día. Bramidos de vacas y jadeos de caballos anhelantes colmaron el espacio cálido y angosto. Pero esta vez hubo gente que intervino. Se puso precio a los lobos y esto redobló el valor de los campesinos. Dos de ellos sucumbieron; uno con el cuello atravesado por la bala de un fusil; el otro, abatido a hachazos. El tercero escapó y corrió hasta caer medio muerto en la nieve. Era el más joven y hermoso de los lobos, una bestia orgullosa, de enorme fuerza y formas esbeltas. Permaneció largo tiempo exhausto en el suelo. Círculos de un rojo sangriento flotaban como un remolino ante sus ojos, y de vez en cuando emitía un doloroso gemido sibilante: un hachazo le había alcanzado el lomo. Sin embargo, se recuperó y pudo volver a levantarse. Sólo entonces pudo darse cuenta de lo mucho que se había alejado. No se veían seres humanos ni casas por parte alguna.
 
Muy cerca se alzaba una gran montaña cubierta de nieve. Era el Chasseral. Decidió rodearla. Como la sed le atormentaba arrancó pequeños bocados de la dura costra helada de la superficie. Al otro lado de la montaña se topó enseguida con una aldea. Caía la noche. Esperó en un espeso bosque de abetos. Después se deslizó con precaución alrededor de los vallados, dejándose guiar por el olor a establos calientes.
 
No había nadie en la calle. Con temor y codicia, anduvo merodeando por entre las casas. Sonó un disparo. Levantaba la cabeza y tomaba impulso para echar a correr, cuando estalló un segundo disparo. Le había alcanzado. Su vientre blanquecino aparecía manchado de sangre en uno de los costados y la sangre caía persistente en gruesas gotas. No obstante, consiguió escapar a grandes saltos y alcanzar el bosque del otro lado de la montaña. Allí esperó unos instantes al acecho y oyó voces, levantó los ojos hacia la montaña. Era escarpada, boscosa y de difícil ascenso, pero no tenía otra alternativa. Abajo, una confusión de blasfemias, órdenes y luces de linternas, se extendía por la montaña. El lobo herido, jadeante, se enfilaba tembloroso en la penumbra a través del bosque de abetos, mientras la sangre parduzca goteaba pesada de su flanco.
 
El frío había disminuido. Al oeste, el cielo aparecía nebuloso y anunciaba una nevada. Al fin, el agotado animal llegó a la cumbre. Estaba sobre una gran extensión nevada, que se inclinaba ligeramente, cerca del monte Crosin, muy por encima de la aldea a la que había escapado. No tenía hambre, pero sentía un dolor persistente y sofocado que provenía de la herida. Un ladrido ronco y enfermizo brotaba de su hocico colgante; el corazón le palpitaba de manera pesada y dolorosa, sentía la mano de la muerte oprimiéndole como una carga indecible, difícil de soportar. Le atrajo un abeto de ancho ramaje, separado de los demás. Allí se sentó para dirigar una mirada borrosa a la noche nevada. Transcurrió media hora. Entonces cayó sobre la nieve una luz suave, extraña, de un rojo tenue. El lobo se incorporó con un gemido y volvió la hermosa cabeza hacia la luz. Era la luna que, gigantesca y roja como la sangre, salía por el sureste y se alzaba pausadamente en el cielo turbio. Hacía muchas semanas que no era tan grande y rojiza. Los ojos del animal agonizante se clavaban con tristeza en el opaco disco lunar, y de nuevo un débil aullido resonó como un estertor, sordo y penoso, en la noche.
 
Se aproximaron pasos y luces. Campesinos embutidos en gruesos capotes, cazadores con gorros de piel y pesadas polainas, venían pisando la nieve. Sonaron gritos de júbilo. Habían descubierto al lobo moribundo; dispararon contra él dos tiros, que erraron el blanco. Luego advirtieron que ya estaba muriendo y le cayeron con palos y estacas. Pero él ya no sentía nada.
 
Con los miembros destrozados, lo bajaron arrastrando hasta St. Immer. Reían, se ufanaban, se prometían unos buenos vasos de aguardiente y café, cantaban, renegaban. Ninguno de ellos veía la belleza del bosque nevado, ni el brillo de las cumbres, ni la luna que flotaba roja sobre el Chasseral y cuya tenue luz se reflejaba en los cañones de sus fusiles, en los cristales de la nieve y en los ojos vidriosos del lobo abatido.
 
 
Hermann Hesse (Alemania, 1877-1962). Obtuvo el premio Nobel en 1946.

jueves, 11 de octubre de 2018

Otoño: NARCISO Y GOLDMUNDO, de Hermann Hesse


Párrafos sobre el otoño

(Capítulo I)

En la época en que son más cortas las noches, hacía surgir de entre la fronda los pálidos rayos verdeclaros de sus extrañas flores, cuyo áspero olor evocaba recuerdos y oprimía. Y en octubre, recogida la uva y las otras frutas, caían de su copa amarillenta, al soplo del viento del otoño, los espinosos erizos, que no todos los años llegaban a la madurez, y que los rapaces del convento se disputaban y el subprior Gregorio, oriundo de Italia, asaba en la chimenea de su celda. Exótico y tierno, el hermoso árbol mecía ante la puerta del convento su copa, huésped delicado y friolento venido de otras regiones, pariente secreto de las esbeltas y mellizas columnas de arenisca de la entrada y de los adornos, labrados en piedra, de ventanas, cornisas y pilares, amado de los italianos y otra gente latina, y pasmo, por extranjero, de los naturales del país.

(Capítulo VII)

Cierta vez, cuando ya llevaba uno o dos años de andar de camino, llegó Goldmundo a la mansión de un caballero acomodado que tenía dos hijas bellas y jóvenes. Era por los comienzos del otoño, las noches pronto serían frías, bien las había probado el otoño y el invierno anteriores; no sin inquietud pensaba en los meses que iban a venir porque en invierno era duro el peregrinar. Pidió de comer y albergue para la noche. Fue acogido con amabilidad; y como el caballero oyese decir que el forastero había hecho estudios y sabía griego, lo mandó llamar de la mesa de los criados a la propia y lo trató casi como a un igual. Las dos hijas permanecían con los ojos bajos, la mayor tenía dieciocho años, la menor apenas dieciséis: Lidia y Julia.

(Capítulo VIII)

En aquel otoño perduró largamente el follaje de los altos fresnos del patio y en el jardín siguió habiendo ámelos y rosas por mucho tiempo.

(Capítulo X)

Todo retornaba y retornaba, lo que él creía ya conocer tan bien, todo retornaba y, no obstante, era cada vez otra cosa: el largo vagar por campos y prados o por los caminos empedrados, el dormir en el bosque estival, el andar despacioso por las aldeas tras de los grupos de mozas que volvían, enlazadas de las manos, de remover el heno o de recoger el lúpulo, el primer aguacero del otoño, las primeras, malignas heladas... todo retornaba, una vez, dos veces, la colorida cinta corría inacabablemente ante sus ojos.
 
(Capítulo XIV)
 
Había transcurrido el verano. Muchos afirmaban que con el otoño, o al menos con la llegada del invierno, concluiría la epidemia. Fue aquel un otoño sin alegría.
 
(Capítulo XVI)

Aunque aquel venturoso idilio con Inés durara poco y condujera a la perdición, hoy por hoy florecía, y él no podía renunciar al menor de sus goces. No quería ver a nadie ni que le distrajeran; quería pasar al aire libre aquel plácido día de otoño, bajo los árboles y las nubes. A María le dijo que tenía el propósito de hacer una excursión por el campo y que retornaría tarde, que le diera un buen trozo de pan y que no se quedara esperándolo por la noche. Ella no respondió nada, le llenó el bolsillo de pan y manzanas, le cepilló el viejo sayo, cuyos rasgones había zurcido el primer día, y lo dejó partir.
 
(Capítulo XVI)
 
Debía despedirse de la bella Inés; nunca más vería su gallarda figura, su espléndida cabellera rubia, sus ojos fríos y azules, nunca más aquel debilitarse y vacilar del orgullo en sus ojos, nunca más el vello dorado de su piel perfumada. ¡Adiós, ojos azules, adiós boca húmeda y palpitante! Había abrigado la esperanza de besarla muchas veces más. Hoy mismo, allá en las colinas, al sol del otoño, ¡cuánto había pensado en ella, cómo se había sentido unido a ella, cómo la había anhelado! Pero también tenía que despedirse de las colinas, del sol, del cielo azul con sus nubes blancas, de los árboles y bosques, de los viajes, de las horas del día y de las estaciones del año.

 Hermann Hesse
(Alemán nacionalizado suizo, 1877-1962). Obtuvo el premio Nobel en 1946.

miércoles, 12 de septiembre de 2018

Hermann Hesse: DEMIAN NACIÓ DE UN SUEÑO


Hermann Hesse ya había publicado dos trabajos previos, Bajo la rueda y Peter Camenzind, cuando escribió Demian, considerada de manera unánime el punto de partida que recoge y plantea las preocupaciones existenciales y metafísicas que van a permear la totalidad de su obra. El propio autor admitía que el 12 de septiembre de 1917 tuvo un sueño del cual formaba parte el que sería el protagonista de la novela, misma que da principio con una suerte de epígrafe en primera persona: "Quería tan sólo intentar vivir lo que tendía a brotar espontáneamente de mí. ¿Por qué había de serme tan difícil?"

Como Demian se originó en un sueño, no es extraño que Hesse le confiera a la actividad onírica la condición de eje sobre el que giran en buena medida las reflexiones de los personajes e incluso el desarrollo mismo de la trama, como se advierte, por ejemplo, en el capítulo 3, El mal ladrón:

Todos los hombres pasan por estas dificultades. Para el hombre medio es éste el punto en que las exigencias de su propia vida entran en colisión dramática con las circunstancias, el punto en que tiene que luchar más duramente por alcanzar el camino que conduce hacia adelante. Muchos viven tal morir y renacer, que es nuestro destino, sólo en ese momento de su vida en que el mundo infantil se resquebraja y se derrumba lentamente, cuando todo lo que amamos nos abandona y, de pronto, sentimos la soledad y la frialdad mortal del universo que nos rodea. Muchos se estrellan para siempre en este escollo y permanecen toda su vida apegados dolorosamente a un pasado irrecuperable, al sueño del paraíso perdido, que es el peor y más nefasto de todos los sueños.

Los sueños de Emile Sinclair - incluyendo las pesadillas en las que aparece su antagonista, Franz Kromer- abundan, pero destaca este párrafo del capítulo 4, Beatrice:

Precisamente en aquel tiempo volví a soñar mucho, como cuando era pequeño. Me parecía no haber soñado hacía años. Ahora volvían los sueños, una especie nueva de imágenes entre las que aparecía frecuentemente el retrato pintado, viviendo y hablando, amistoso u hostil, a veces deformado hasta la mueca y otras increíblemente bello, armonioso y noble.

Y una mañana, al despertar de uno de aquellos sueños, de pronto le reconocí. Me miraba con un gesto muy familiar, parecía llamarme por mi nombre, parecía conocerme como una madre, parecía estar esperándome desde tiempos inmemoriales. Con el corazón palpitante, contemplé la pintura, el pelo castaño y espeso, la boca blanda, casi femenina, la frente firme, extrañamente clara -con aquel color se había secado la pintura- y sentí cada vez más cerca el reconocimiento, el reencuentro, la certeza.

Más adelante Hesse reincide con las obsesiones del protagonista en el capítulo 5, El pájaro rompe el cascarón:

La extraña existencia que yo llevaba, ensimismado como un sonámbulo, empezó a tomar un rumbo distinto. El deseo de vivir floreció en mí, o más bien el deseo de amor; el instinto sexual, que durante un tiempo se había disuelto en la adoración de Beatrice, reclamaba nuevas imágenes y metas. Seguía sin permitirme ninguna satisfacción; y más que nunca me era imposible engañar mi deseo y esperar algo de las muchachas con las que mis amigos buscaban su felicidad. Empecé a soñar otra vez; y más aun durante el día que durante la noche. Imágenes, ideas, deseos brotaban en mí y me apartaban del mundo exterior, hasta el punto de tener un trato más verdadero y vivo con los sueños, con las imágenes y sombras, que con el mundo verdadero que me rodeaba.

Un sueño determinado, un juego de la fantasía que aparecía una y otra vez, cobró una significación especial. Este sueño, el más importante y perdurable de mi vida, era aproximadamente así: yo regresaba a mi casa sobre el portal relucía el pájaro amarillo sobre fondo azul- y mi madre salía a mi encuentro; pero al entrar y querer abrazarla no era ella sino una persona que yo no había visto nunca, alta y fuerte, parecida a Max Demian y al retrato que yo había dibujado pero algo distinta y, a pesar de su aspecto impresionante, totalmente femenina. Esta figura me atraía hacia sí y me acogía en un abrazo amoroso, profundo y vibrante. El placer y el espanto se mezclaban; el abrazo era culto divino y a la vez crimen. En el ser que me estrechaba anidaban demasiados recuerdos de mi madre, demasiados recuerdos de mi amigo Demian. Su abrazo atentaba contra las leyes del respeto; y, sin embargo, era pura bienaventuranza. Muchas veces me despertaba con un profundo sentimiento de felicidad; otras, con miedo mortal y conciencia atormentada, como si despertara de un terrible pecado.

Este es un diálogo que aparece en el capítulo 6, el cual se titula La lucha de Jacob:


-Muchacho -dijo con vehemencia-, también usted celebra misterios. Sé que tiene usted sueños de los que nada me dice. No los quiero conocer. Pero le digo una cosa: ¡vívalos todos, viva esos sueños, eríjales altares! No es lo perfecto, pero es un camino. Ya se verá si nosotros, usted y yo y algunos más, somos capaces de renovar el mundo. Pero debemos renovarlo en nosotros mismos, día a día; si no, nada valemos. ¡ Piense en ello! Usted tiene dieciocho años, Sinclair, y no corre detrás de las prostitutas; usted debe tener sueños de amor, deseos de amor. Quizá son de tal especie que le asustan. ¡No los tema! ¡Son lo mejor que posee! Créame. Yo he perdido mucho por haber amordazado mis sueños cuando tenía su edad. Eso no debe hacerse. Cuando se conoce a Abraxas, ya no se debe hacer. No hay que temer rada ni creer ilícito nada de lo que nos pide el alma.

-Siempre es difícil nacer. Usted lo sabe; el pájaro tiene que luchar por salir del cascarón. Reflexione otra vez y pregúntese: ¿fue tan difícil el camino? ¿Fue sólo difícil? ¿No fue también hermoso? ¿Hubiera usted conocido uno más hermoso y más fácil?

-Sí, hay que encontrar el sueño de cada uno, entonces el camino se hace fácil. Pero no hay ningún sueño eterno; a cada sueño le sustituye uno nuevo y no se debe intentar retener ninguno.

Para concluir, un sueño que Max Demian le relata a Sinclair a punto de concluir el capítulo 7, Frau Eva:

-¿A mí? Pues claro. Nadie sueña cosas que no se refieren a él. Pero no me atañe a mi solo, tienes razón. Yo distingo bien los sueños que me anuncian movimientos de mi alma y los otros, muy raros, en los que se presagia el destino de toda la humanidad. He tenido pocas veces sueños de éstos, y nunca uno del que pudiera decir que ha sido una profecía y que se haya cumplido. Las interpretaciones son demasiado vagas. Pero de una cosa sí estoy seguro. He soñado algo que no sólo me atañe a mí. Porque es semejante a otros sueños antiguos que he tenido y de los que es continuación. De éstos, Sinclair, brotan los presentimientos, de que ya te he hablado. Que nuestro mundo está corrupto, ya lo sabemos; esto no sería un motivo suficiente para profetizarle su destrucción o algo parecido. Pero desde hace varios años he tenido sueños de los que he sacado la conclusión o el presentimiento -o como quieras llamarlo- que me hacen intuir que se acerca la destrucción de un mundo viejo. Primero fueron atisbos imprecisos y lejanos; pero cada vez se han ido haciendo más concisos y potentes. Aún no sé más que se avecina algo grande y terrible que me concierne. Sinclair, vamos a vivir lo que hemos discutido más de una vez. El mundo quiere renovarse. Huele a muerte. No hay nada nuevo sin la muerte. Es más terrible de lo que yo había pensado.

Con esta última alusión a los sueños, casi al final del relato, se sintetiza la idea de destruir el antiguo orden de las cosas para proceder a construir uno nuevo. El renacimiento al que aspira el protagonista a lo largo de la novela.
 

Jules Etienne
 
La ilustración corresponde a Las puertas de la percepción (The Doors of Perception), de Paulo Ramones.