Vancouver: luz de agosto en la bahía. (Fotografía de Jules Etienne).
Mostrando las entradas con la etiqueta Emilio Salgari. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta Emilio Salgari. Mostrar todas las entradas

martes, 2 de mayo de 2023

Tampico: LA REINA DE LOS CARIBES, de Emilio Salgari


(Fragmento del capítulo 13: La rendición de la fragata)

- ¿Conoce algún sitio donde el desembarco pueda realizarse sin peligro de que nos descubran? Me interesa que todos ignoren mi presencia en estos parajes.

- Lo comprendo, señor, Wan Guld no lo esperaría.

- Es cierto.

- Entonces, le aconsejo desembarcar al sur de Tampico, en la vasta laguna de Tamia- hua. Allí no habrá ningún puesto de guarda, porque en esta época reina la fiebre amarilla.

- ¿Está lejos la laguna de Veracruz?

- En cuatro o cinco jornadas de marcha se puede llegar sin gran esfuerzo.

- Es cierto; tanto más cuanto que la escuadra no llegará a Veracruz hasta dentro de unos diez días.

- ¿Así que?…

- Iremos a la laguna -dijo el Corsario después de algunos instantes.

- Tenga cuidado de que no lo descubran señor. Los españoles vigilan acaso más de lo que parece.

Cuatro horas después de aquel coloquio, El Rayo, que había conservado su ruta hacia el norte, con el fin de pasar a lo largo de Veracruz, se orientaba rumbo a occi- dente para acercarse a las playas mexicanas.

Siendo la noche muy obscura, había muchas probabilidades de eludir la vigilancia.

El Corsario no abandonó ni un momento el puente, queriendo cerciorarse por sus propios ojos de que ningún peligro amenazaba a su nave.

Afortunadamente, durante aquella carrera hacia occidente ningún punto luminoso anunciando la vecindad de alguna nave enemiga fue señalado en el horizonte.

Al día siguiente El Rayo avistaba la larguísima península que sirve de barrera a la gran laguna de Tamiahua.

No siendo prudente acercarse en pleno día, El Rayo volvió a tomar el largo y remontó la península en dirección a Tampico.

Para mejor engañar a las naves españolas que pudieran encontrar, el Corsario había hecho retirar parte de los cañones, esconder más de la mitad de la tripulación y desplegar a popa el estandarte de Castilla.

La playa aparecía desierta, pero no árida.

Emilio Salgari (Italia, 1862-1911).

lunes, 13 de septiembre de 2021

Venecia: EL LEÓN DE DAMASCO, de Emilio Salgari


(Fragmento del capítulo 2: La sobrina de Ali-Bajá)

- ¡Un cristiano! -exclamó la turca, sorprendida-. ¿A quién?

- Al vizconde Gastón Le Hussière -replicó la duquesa.-. ¿Ese francés que luchó por la República de Venecia?

- Sí, señora. 

- ¿Por qué razón el León de Damasco tiene interés en ese maldito giaurro?*

- Lo desconozco.

- ¿Acaso se habrá quebrantado su fe como buen seguidor de Mahoma?

- Me parece que no.

- ¡Considero demasiado generoso al León de Damasco!

- ¡Querrás decir caballeroso!

- En un turco ese nombre no va muy bien -contestó la sobrina del bajá-. ¿Qué pretenderá hacer con ese hombre?

- No te lo sabría decir. No obstante, creo que desea mandarle como embajador a Venecia.


(Fragmento del capítulo 12: ¡Fuego! ¡Fuego!)

- ¡No, Gastón; no hables! -suplicó Leonor-.¡De ello depende vuestra curación!

- ¡No!… -dijo el vizconde-. ¡No quiero!

- ¿Qué deseas, Gastón? -inquirió la duquesa.

- ¡Ámame! -suspiró el vizconde-. ¡Qué la muerte me llegue contemplándote… así…, igual que aquella noche… en Venecia!…

- ¡No habléis! -insistió por tercera vez el médico-. ¡Debo responder con mi cabeza de vuestra curación! 

En aquel instante lanzaron una tremenda exclamación los centinelas que paseaban sobre cubierta.

Emilio Salgari (Italia, 1862-1911).

* Giaurro es una antigua expresión italiana hoy en desuso, aplicada a los turcos que confrontaban a los cristianos.

Las ilustraciones corresponden a un cartel de la adaptación cinematográfica en español de la novela y a la portada de un volumen autoría de Emilio Salgari que incluye El capitán Tormenta, predecesora de El león de Damasco.

sábado, 16 de mayo de 2020

Epidemias: LOS SOLITARIOS DEL OCÉANO, de Emilio Salgari

"¡Capitán!, exclamó uno de ellos con voz temblorosa: ¡La peste!"

(Fragmento del capítulo IV: Los estragos de la peste)

Iba a subir al castillo de proa, cuando vio a un hombre agarrarse desesperadamente a una cuerda del trinquete, hacer un esfuerzo supremo por mantenerse en pie y caer luego pesadamente, retorciéndose de un modo convulsivo. El capitán se detuvo pálido como un muerto, y luego dio rápidamente dos pasos atrás, gritando:

- ¡Pronto, marineros!

Algunos hombres se lanzaron hacia el castillo; pero en el acto se detuvieron sin atreverse a tocar a su camarada, que continuaba retorciéndose y lanzando sordos gemidos.

- ¡Capitán! -exclamó uno de ellos, con voz temblorosa: ¡La peste!

Un atroz exabrupto se escapó de los labios del gigante. El viejo bosman también había acudido. 

- ¡Ha sido atacado por la peste! -exclamó-. Si la epidemia estalla sobre cubierta, estamos perdidos!

- ¡Llévenselo de aquí! -dijo el gigante con acento de terror. Ninguno se atrevió a acercarse al apestado, que permaneció solo, agotándose entre las cuerdas amontonadas en la base del bauprés-. - ¡Llévenselo de ahí! -repitió el capitán, manteniéndose siempre a prudente distancia.

- ¿Y quién ha de tocarle? -preguntó el bosman-. Además, a dónde le llevamos?

- ¡Adonde sea! ¡Échenlo al mar!

- Tenga usted en cuenta que es uno de los nuestros, y la tripulación no le perdonaría a usted semejante crueldad -dijo el oficial argentino. El asunto era tan evidente, que el capitán no tuvo aliento para rebatir las observaciones del viejo contramaestre.

- Entonces, ¿qué me aconsejan ustedes que haga?- preguntó después de algunos instantes.

- Tratemos de curarle repuso el argentino.

- Nadie querrá encargarse de ello; y, además, no tenemos medicinas a bordo. El botiquín está vacío hace mucho tiempo, y no me he cuidado de reponerlo.

- Pues hay que intentar alguna cosa, capitán -repuso el contramaestre-.

- ¿Y dónde colocar al enfermo? ¿En la cámara común? Todos morirían.

- Hay un camarote vacío sobre el cuadro de popa.

- ¿Y quién lo llevará allí?

- Yo mismo.

- Pues cogerás la peste, Francisco.

- Ya soy viejo, capitán -dijo el contramaestre, sonriendo. Y al decir eso, se lanzó al castillo, exclamando: Fuera de aquí, miedosos!

Se inclinó sobre el marinero, que continuaba agitándose sobre las cuerdas y lanzando desgarradores quejidos. El desgraciado estaba lívido, tenía los labios cubiertos por una espuma sanguinolenta y sobre su pecho semidesnudo se veían anchas manchas amarillas.

- ¡No te asustes, camarada! dijo el contramaestre. ¡La peste no siempre mata!

- Soy hombre muerto -murmuró el apestado-. Esos malditos chinos son los que han traído la peste a bordo.

- Eres joven y robusto, y te puedes curar.

- ¿Qué haces, Francisco? -preguntó el enfermo al ver al contramaestre querer levantarle.

- Te llevo al camarote del cuadro.

- Te contagiaré la peste.

- ¡No te cuides de eso! Además, el jefe de los coolies ha llevado los muertos, y, sin embargo, vive.

Dicho esto, levantó al desgraciado entre sus robustos brazos y lo transportó al camarote. Aquella misma tarde, el marinero era lanzado al mar envuelto en su hamaca y con una bala de cañón atada a los pies.

- Esperemos ahora que me toque a mí -dijo tristemente el viejo contramaestre al verle desaparecer entre las aguas y a los tiburones lanzarse sobre su presa-. Vamos a tomar un sorbo de aguardiente, y que suceda lo que Dios quiera.


Emilio Salgari (Italia, 1862-1911).