Luz del verano sobre la bahía en Vancouver. (Fotografía de Jules Etienne).

miércoles, 13 de abril de 2022

Tampico: LA REINA DE LOS CARIBES, de Emilio Salgari


(Fragmento del capítulo 13: La rendición de la fragata)

- ¿Conoce algún sitio donde el desembarco pueda realizarse sin peligro de que nos descubran? Me interesa que todos ignoren mi presencia en estos parajes.

- Lo comprendo, señor, Wan Guld no lo esperaría.

- Es cierto.

- Entonces, le aconsejo desembarcar al sur de Tampico, en la vasta laguna de Tamia- hua. Allí no habrá ningún puesto de guarda, porque en esta época reina la fiebre amarilla.

- ¿Está lejos la laguna de Veracruz?

- En cuatro o cinco jornadas de marcha se puede llegar sin gran esfuerzo.

- Es cierto; tanto más cuanto que la escuadra no llegará a Veracruz hasta dentro de unos diez días.

- ¿Así que?…

- Iremos a la laguna -dijo el Corsario después de algunos instantes.

- Tenga cuidado de que no lo descubran señor. Los españoles vigilan acaso más de lo que parece.

Cuatro horas después de aquel coloquio, El Rayo, que había conservado su ruta hacia el norte, con el fin de pasar a lo largo de Veracruz, se orientaba rumbo a occi- dente para acercarse a las playas mexicanas.

Siendo la noche muy obscura, había muchas probabilidades de eludir la vigilancia.

El Corsario no abandonó ni un momento el puente, queriendo cerciorarse por sus propios ojos de que ningún peligro amenazaba a su nave.

Afortunadamente, durante aquella carrera hacia occidente ningún punto luminoso anunciando la vecindad de alguna nave enemiga fue señalado en el horizonte.

Al día siguiente El Rayo avistaba la larguísima península que sirve de barrera a la gran laguna de Tamiahua.

No siendo prudente acercarse en pleno día, El Rayo volvió a tomar el largo y remontó la península en dirección a Tampico.

Para mejor engañar a las naves españolas que pudieran encontrar, el Corsario había hecho retirar parte de los cañones, esconder más de la mitad de la tripulación y desplegar a popa el estandarte de Castilla.

La playa aparecía desierta, pero no árida.

Emilio Salgari (Italia, 1862-1911).

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