Vancouver: luz de agosto en la bahía. (Fotografía de Jules Etienne).
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sábado, 31 de agosto de 2024

Mirándolas dormir: LA LEY DE HERODES, de Jorge Ibargüengoitia

"Nos tomamos una botella de ron Potrero sentados en una cama..."

La vela perpetua

(Fragmento)

Una estudiante americana, que nos conoció el primer año, vino a fines del segundo y me preguntó impaciente:

- ¿Todavía no te has liberado de ésa?

Pero yo no quería liberarme. No podía vivir sin ella, creía yo. Hubo dos viajes en los que ocurrieron cosas que determinaron el curso de la historia.

El primero fue un viaje. . . de estudio, digamos. No importa qué clase de estudio, ni a dónde fue; lo que importa es que los hombres estábamos en un cuarto y ella, que era la única mujer, estaba en otro. Cuando la encontré lavándose los dientes y ella me miró y se rió con la boca enjabonada, comprendí que la relación de confesionario que estábamos teniendo en esa época iba a dar un salto. Dicho y hecho. Una tarde, después de dos días de investigaciones fructíferas pero bastante aburridas, se fueron los demás al cine y nos dejaron solos en el hotel. Nos tomamos una botella de ron Potrero sentados en una cama y después, recostados en la misma, hicimos actos previos bastantes para una vida de coitos. Pero cada vez que yo, con gran timidez quería llegar a mayores, ella me decía: "No, no", y yo la obedecía. Después, se levantó y se fue a acostar en su cuarto, porque todo esto había pasado en el mío. Aquí quisiera contar que cuando se fue, esperé un rato y después la seguí a su cuarto y la encontré dormida, pero la verdad es que me quedé un rato pensando qué hacer y antes de decidir nada, me dormí.

No vaya a pensarse que ella pasó horas retorciéndose en la cama. Lo más probable es que se haya dormido inmediatamente. Y si las pasó, muy su culpa, porque antes me dijo tantos "noes" como para acabar con las ganas de otro más apasionado que yo.

Jorge Ibargüengoitia (Mexicano fallecido en España, 1928-1983).

jueves, 14 de septiembre de 2023

Septiembre: LOS PASOS DE LÓPEZ (LOS CONSPIRADORES)*, de Jorge Ibargüengoitia

"Es urgente redactar y firmar al acta de declaración de independencia."

(Fragmento del capítulo 20)

Diego, que estaba muy bien vestido, de negro, salió del calabozo y Periñón le dio un abrazo. Diego lloró de emoción. Después, cuando fue mi turno abrazarlo, me dijo:

- No te imaginas los sufrimientos que hemos pasado.

Después fuimos por Carmen, que estaba reclusa en el convento de Santa Renegada, de las monjas cordelarias, que está en la orilla del pueblo. Periñón quiso que fuéramos en el coche adornado él, Diego, Ontananza y yo. Nos siguió un gentío. En el patio del convento nos esperaba toda la congregación. Cuando entramos, se hincaron, la monja superiora fue a besar la mano a Periñón y por más que éste quería que las monjas se levantaran no lo hicieron hasta que les dio a todas la bendición. Después nos condujeron a la celda donde estaba encerrada Carmen -era la más amplia del convento-. Ella estaba tan bella como la primera vez que la vi: muy bien peinada, muy bien vestida, con la mirada fulgurante. La superiora abrió la puerta y entramos. Carmen, emocionada, nos abrazó estrechamente primero a Ontananza, después a mí, en tercer lugar a Periñón y por último a su marido.

- Bendito sea Dios porque estás vivo -dijo cuando me abrazó.

Cuando salimos con Carmen a la calle estalló el griterío. En la emoción de aquella tarde, la gente desunció los caballos y arrastró el coche hasta la corregiduría. A pesar de la ausencia de los señores, la casa de los Aquino estaba en orden: un criado nos abrió la puerta, el perrito estaba ladrando en la escalera, etc. Cuando entramos en la sala, Carmen nos anunció:

- Lamento no poder ofrecerles nada, pero el marqués de la Hedionda cargó con todas sus botellas.

Diego hizo entrar a todos los de la Junta y dijo:

- Es urgente redactar y firmar el acta de declaración de la independencia.

Periñón, Ontananza y yo cambiamos una mirada pero no dijimos nada. En consecuencia, Diego dictó el acta y el joven Manrique escribió, mientras los demás platicábamos. Cuando el documento estuvo terminado, Diego lo leyó en voz alta. Periñón interrumpió una vez la lectura:

- Tienes un error importante, Diego: la independencia la declaré yo el quince de septiembre, no vas a declararla tú hoy. Sin oponer resistencia, Diego hizo la corrección, Periñón firmó al pie de la hoja y los demás firmamos después. Al fin de la ceremonia, Diego dijo:

- Ahora, yo delego la autoridad real que tengo en la Junta, para que la Junta pueda proceder a hacer nombramientos. Entonces Periñón intervino.

- Yo creo, Diego, que es mejor hacer la cosa de otra manera: yo soy el jefe del Ejército Libertador, la ciudad está en nuestro poder. Entonces, basando mi autoridad en esta premisa, te nombro a ti corregidor de Cañada. Espero que sigas administrándola tan bien como lo has hecho hasta ahora.

Diego aceptó el cargo sin titubear. Al día siguiente, en la mañana, nos pusimos en marcha.


Jorge Ibargüengoitia (Méxicano fallecido en España, 1928-1983).

* La novela fue publicada originalmente en España por editorial Argos Vergara en 1981 con el título de Los conspiradores. Más tarde apareció en México, publicada primero por editorial Océano y posteriormente por Joaquín Mortiz como Los pasos de López. 

domingo, 9 de julio de 2023

Tampico: LOS RELÁMPAGOS DE AGOSTO, de Jorge Ibargüengoitia


(Fragmento del capítulo II)

- ¡Se nos murió el viejo, Lupe! -me dijo a través de la línea, casi sollozando. Él iba a ser Ministro de Agricultura y Fomento.

- ¿Qué hacemos?

- Ir al velorio. Allí veremos qué se puede arreglar.

Colgué. Ordené al Jefe de la Estación que llevara mis maletas al Hotel Cosmopolita y a bordo de un forcito de alquiler, me dirigí a casa de Trenza, que vivía en Santa María. Lo encontré poniéndose las botas con ayuda de Camila, su concubina. La casa a que me refiero, era en realidad lo que hoy en día se conoce vulgarmente con el nombre de "leonero". Trenza vivía en Tampico con su legítima esposa y era Jefe de la Zona Militar de Tamaulipas.

Mientras Camila le rizaba los bigotes, me explicó a grandes rasgos la situación: el fallecimiento de González dejaba a la Nación sumida en el caos; la única figura política de importancia en ese momento era Vidal Sánchez, el Presidente en funciones quien, por consiguiente, no podía reelegirse; así que urgía encontrar entre nosotros, alguien que pudiera ocupar el puesto, garantizando el respeto a los postula- dos sacrosantos de la Revolución y a las exigencias legítimas de los diferentes partidos políticos.

(Fragmento del capítulo XI)

Cuando estuvieron reunidos, les dije:

- Necesitamos el control absoluto de los ferrocarriles, de los telégrafos, y de los bancos-. Luego, expliqué que el Gobierno de Pérez H. había violado la Constitución y todo eso, y terminé diciendo:

- El que no esté de acuerdo, puede retirarse con todos los honores militares.

Nadie se movió de su asiento. Entonces, les expliqué mi plan de campaña, que como ya he dicho, estaba basado en el que habíamos preparado mis compañeros y yo desde abril. Mi misión consistía en apoderarme de Apapátaro, capital del Estado del mismo nombre, y luego, de ser posible, de Cuévano, el famoso centro ferroviario en donde pensábamos que nos íbamos a reunir todos: Artajo, que venía de Sonora; Trenza, que venía de Tamaulipas; Canalejo, que venía de Monterrey, y el Camaleón, que venía de Irapuato. Valdivia, Anastasio y Horacio Flores, se habían ido con Trenza a Tampico. Una vez establecido el contacto en Cuévano, nos lanzaríamos sobre la capital de la República y formaríamos un Gobierno Provisional que convocaría a otras elecciones.

(Fragmento del capítulo XIV)

Cuando llegó el Camaleón, nos pusimos de acuerdo y entramos en la ciudad con nuestras tropas por tres rumbos diferentes. Hubo saqueo y para las ocho de la noche ya habíamos fusilado a seis personas por diferentes crímenes, con lo que se restableció el orden y la ciudad quedó sometida a la Ley Marcial.

Al día siguiente, Trenza, como jefe de la ocupación, emitió un decreto decomisando todos los víveres que había en la plaza y los valores que había en los bancos, además de tomar veinte rehenes de las mejores familias, por lo que se pudiera ofrecer.

Esa tarde llegaron Valdivia, Ramírez y Horacio Flores, en los otros dos Curtiss de la Fuerza Aérea, con un tambache de proclamas y de manifiestos políticos, que habían impreso en Tampico y que se pegaron en las esquinas, pero que nadie leyó, porque la gente estaba muy asustada y no salía de sus casas.

Jorge Ibargüengoitia 
(Mexicano fallecido en España, 1928-1983).

La ilustración corresponde a la portada de la primera edición de la novela con el subtítulo
Memorias de un general mexicano, suprimido en versiones posteriores. 
Fue publicada por Ediciones de la Flor en 1964 y el diseño es de Oscar Smöje.

martes, 29 de noviembre de 2022

Letras de la revolución: LOS RELÁM- PAGOS DE AGOSTO, de Jorge Ibargüengoitia

"Al bajar del tren en la estación Colonia..."

(Párrafos iniciales del capítulo II)

En este capítulo voy a revelar la manera en que la pérfida y caprichosa Fortuna me asestó el segundo mandoble de ese día, fatídico, por cierto, no sólo para mi carrera militar, sino para mi Patria tan querida, por la que con gusto he pasado tantos sinsabores y desvelos: México.

Al bajar del tren en la estación Colonia, lo primero que hice fue mandar llamar al Jefe de la Estación, quien al ver mi gallardo uniforme y mi actitud decidida y al escuchar la explicación que le di de que estábamos en una Emergencia Nacional, no vaciló en facilitarme el teléfono privado que tenía en su oficina que fue el medio de que me valí para comunicarme con Germán Trenza, que era entonces mi gran amigo.

- ¡Se nos murió el viejo, Lupe! -me dijo a través de la línea, casi sollozando. Él iba a ser Ministro de Agricultura y Fomento.

- ¿Qué hacemos?

- Ir al velorio. Allí veremos qué se puede arreglar.

Colgué. Ordené al Jefe de la Estación que llevara mis maletas al Hotel Cosmopolita y a bordo de un forcito de alquiler, me dirigí a casa de Trenza, que vivía en Santa María.

Lo encontré poniéndose las botas con ayuda de Camila, su concubina. La casa a que me refiero, era en realidad lo que hoy en día se conoce vulgarmente con el nombre de "leonero". Trenza vivía en Tampico con su legítima esposa y era Jefe de la Zona Militar de Tamaulipas.

Mientras Camila le rizaba los bigotes, me explicó a grandes rasgos la situación: el fallecimiento de González dejaba a la Nación sumida en el caos; la única figura política de importancia en ese momento era Vidal Sánchez, el Presidente en funciones quien, por consiguiente, no podía reelegirse; así que urgía encontrar entre nosotros, alguien que pudiera ocupar el puesto, garantizando el respeto a los postulados sacrosantos de la Revolución y a las exigencias legítimas de los diferentes partidos políticos.

Jorge Ibargüengoitia (Méxicano fallecido en España, 1928-1983).

jueves, 17 de noviembre de 2022

La novela de la revolución mexicana


Existen definiciones académicas de lo que se pudiera considerar la denominada novela de la revolución mexicana, como la de Antonio Castro Leal que, en mi ciriterio, son taxativas. Rescato de ella el hecho de que "se ocupan de las acciones militares y populares", aunque no tanto del lapso en el que transcurren: "del 20 de noviembre de 1910 hasta el 21 de mayo de 1920, con la caída y muerte de Venustiano Carranza." Eso dejaría fuera de la clasificación a obras como La sombra del caudillo, de Martín Luis Guzmán o Los relámpagos de agosto, de Jorge Ibargüengoitia, ya que en ambos casos se trata de militares surgidos de la revolución dedicados a una actividad política posterior, aunque no exenta de rebeliones y ejecuciones. Lo que Martín Luis Guzmán llamaba: "la revolución hecha gobierno". Carlos Monsiváis, en cambio, es bastante más enfático en cuanto a su esencia al señalar la visión pesimista que impregna lo mismo Los de abajo, de Mariano Azuela, que La muerte de Artemio Cruz, de Carlos Fuentes.

No es el objetivo en este breve texto, una enumeración acuciosa de las novelas que se incluyen dentro de este tema, de manera arbitraria se pueden mencionar algunas de las más notables, como sería el caso de los relatos El compadre Mendoza, de Mauricio Magdaleno y Vámonos con Pancho Villa, de Rafael F. Muñoz, que resultaron ambas dos de las películas más significativas en la filmografía de Fernando de Fuentes. También sería posible elaborar una extensa lista de autores que incluiría a Francisco L. Urquizo, José Vasconcelos, José Rubén Romero, Gregorio López y Fuentes, o Nellie Campobello, entre otros. Sin pasar por alto la novela de Clifford Irving, escrita originalmente en inglés, Tom Mix y Pancho Villa.

Pero quisiera referirme, de manera muy breve, a tres novelas: El águila y la serpien- te, de Martín Luis Guzmán; Los relámpagos de agosto, de Jorge Ibargüengoitia; y Gringo viejo, de Carlos Fuentes.

Se encontraba Martín Luis Guzmán en su destierro en Madrid -tras haberse opuesto a la elección de Plutarco Elías Calles como presidente de la república, ya que decía que un "clan de asesinos" se había adueñado del poder-, escribiendo para El Debate, cuando inició en 1928 las entregas de Bajo la sombra de Pancho Villa (episodios de la revolución mexicana), a la manera de los folletines del siglo XIX, que al publicar ya en forma de libro quiso llamar A la hora de Pancho Villa, pero fue Vicente Blasco Ibáñez quien lo convenció de modificar el título por el de El águila y la serpiente, dividida en dos partes: Esperanzas revolucionarias y En la hora del triunfo, que reflejaban sobre todo sus propias vivencias en la lucha armada, al lado de Carranza y de Pancho Villa. La novela apareció al mismo tiempo que Obregón fue reelecto presidente, en 1928, y se dice que Calles la quiso prohibir. Por cierto, de acuerdo con Carlos Fuentes en La silla del águila: "Obregón, el vencedor de Pancho Villa, el brillante estratega político, asesinado en un banquete por un fanático religioso en el momento en que alargaba la mano pidiendo, - Más totopos..." (página 380).

Probablemente no existe otra novela sobre el tema que derroche tanto sentido del humor como lo hace Los relámpagos de agosto. Con una visión plena de ironía cuenta las memorias del ficticio general revolucionario José Guadalupe Arroyo. El origen de su título, por cierto, resulta muy simpático: contaba Ibargüengoitia, originario de Guanajuato, que en esa región del Bajío, los relámpagos siempre aparecen por el mismo punto cardinal, excepto durante el mes de agosto. De ahí que cuando alguien se desorienta dicen que "anda como los relámpagos de agosto, a lo pendejo". Y es que, según el autor, así es como andaban los revolucionarios, desorientados.

Gringo Viejo tiene el mérito de ser la primera novela mexicana en figurar en la lista de los diez libros más destacados del New York Times -para tener una idea, sólo otras dos novelas originalmente escritas en español han figurado en dicha lista en los últimos treinta años: La tía Julia y el escribidor, de Vargas Llosa, y El amor en los tiempos del cólera, de García Márquez-. Se inspira en la experiencia real del escritor Ambrose Bierce, desaparecido a finales de 1913, después de unirse a las tropas villistas. En una de sus cartas postreras, Bierce decía que: "Ser un gringo en México, ¡ah!, eso es eutanasia".

Nada más adecuado para concluir que unas palabras de Artemio Cruz -junto con Demetrio Macías-, uno de los personajes literarios más representativos de la revolución: "Y la guerra sin acabarse. Claro que éstas eran las últimas operaciones. Cruzó los brazos sobre el pecho y trató de respirar regularmente. Una vez que dominaran al ejército desbaratado de Pancho Villa, habría paz. Paz."

Jules Etienne

martes, 5 de abril de 2022

Día de reyes: ESTAS RUINAS QUE VES, de Jorge Ibargüengoitia

"... a que viéramos una Adoración de los Reyes Magos que había rescatado del patio de Hildebrando..."

(Fragmento que refiere la Adoración de los Reyes Magos)

Sebastián Montaña, viendo que faltaba un rato para el banquete, nos invitó a la rectoría a que viéramos una Adoración de los Reyes Magos que había rescatado del patio de Hildebrando, y a que probáramos un mezcal muy famoso que tenía guardado en su escritorio.

El edificio de la Universidad, como muchos otros de Cuévano, está lleno de pasillos y escaleras. No hay manera de dar diez pasos sin tener que bajar dos escalones, subir tres o dar la vuelta a un recodo.

Íbamos de dos en fondo. Sarita, que llevaba tacones muy altos, se quedó sola, mero atrás. Caminaba erguida, mirando al frente. Cuando bajaba escalones tenía vibraciones inesperadas. A veces se detenía y se quedaba leyendo pequeñas etiquetas pegadas al muro que decían: "chancros, sífilis, gonorrea. Doctor Fandango. Calle del Triunfo de Bustos 22". Cuando se dio cuenta de que yo estaba mirándola, sonrió por cuarta vez.

La Adoración de lo Reyes Magos no era gran cosa, pero entre que el joven Rocafuerte le ponía peros y Carlitos Mendieta pedía que lo dejaran restaurarla antes de que se cayera en pedazos, se pasó el tiempo. Cuando fuimos al patio donde iba a ser el banquete, ya la policía había cerrado la puerta, y para que nos dejaran pasar tuvimos que entregar nuestras invitaciones al capitán Hinojosa, jefe de la guardia de corps y uno de los hombres más brutos de Cuévano.


Jorge Ibargüengoitia (Méxicano fallecido en España, 1928-1983).

domingo, 6 de mayo de 2018

Cinco de mayo: MI BISABUELO CONTRA LOS FRANCESES, de Jorge Ibargüengoitia


(Fragmento final)

Dos recortes de periódico anuncian la llegada de mi bisabuelo, con una mala suerte notable, el día 6, un día después de la batalla. Dicen así: "En los momentos en que el general Zaragoza ponía el anterior telegrama, llegó a Puebla el general don Tomás O'Horan al frente de la brigada con que había batido en Atlixco a don Leonardo Márquez y pocas horas después llegó el general don Florencio Antillón con la brigada de Guanajuato, quedando así notablemente aumentadas las fuerzas que han de operar contra los franceses".
 
Esto desmiente la teoría que dice que la batalla del 5 de mayo la perdieron los franceses por la impuntualidad de un mexicano: Márquez, que según parece había quedado de encontrar a los franceses con no sé cuántos miles de hombres, y que no llegó, pero no por impuntualidad como aseguraba Anfossi en su libro de texto, sino porque O'Horan lo había derrotado.
 
La mala suerte de mi bisabuelo siguió vigente, pues además de perderse de la victoria por un pelo, le tocó la derrota en todo su esplendor.Sigo citando: "Desde esa fecha quedó incorporado al Ejército de Oriente, y desde fines del ataque de Orizaba formó su cuartel en Acatzingo, y recibiendo órdenes como División de Observación de retirarse a Puebla a la vista del enemigo, cuando éste avanzase, así lo ejecutó hasta dar principio a las operaciones de la plaza el 16 de marzo (1863)."
 
"1863. En ella y durante el sitio, que duró sesenta días, cubrió varias líneas, siendo la principal San Javier Santa Anita y la Merced. Rendida la plaza el 17 de mayo (1863) y prisionero de guerra sin compromiso alguno, logró fugarse de la casa que los generales tenían como prisión, y presentarse al Supremo Gobierno en México, para continuar la guerra contra la Invasión...
 
"La rendición, parece, fue como se hacían entonces las cosas: todos en camisa, despeinados, después de quemar el último cartucho, rompieron los fusiles, enterraron las bayonetas, hicieron explotar las piezas de artillería, se pusieron en fila y se cruzaron de brazos hasta que llegaron los franceses.
 
Todo esto parece demostrar que la batalla del 5 de mayo primero, y el sitio de Puebla después, lograron retrasar un año el desarrollo de la Invasión y quizá determinaron así el resultado de la guerra.Los documentos de mi bisabuelo cuentan, entre otras cosas, que después de muchos trabajos logró tomar Guanajuato y después estuvo a las órdenes de Escobedo en la toma de Querétaro, pero eso ya es harina de otro costal.
 
 
 
Jorge Ibargüengoitia (México, 1928-1983).

La ilustración corresponde a la placa conmemorativa de Jorge Ibargüengoitia Antillón, en el parque que lleva el nombre de su bisabuelo, Florencio Antillón, en la ciudad de Guanajuato. 

viernes, 11 de agosto de 2017

Agosto: LOS RELÁMPAGOS DE AGOSTO, de Jorge Ibargüengoitia


(Párrafo inicial)

¿Por dónde empezar? A nadie le importa en donde nací, ni quiénes fueron mis padres, ni cuántos años estudié, ni por qué razón me nombraron Secretario Particular de la Presidencia; sin embargo, quiero dejar bien claro que no nací en un petate, como dice Artajo, ni mi madre fue prostituta, como han insinuado algunos, ni es verdad que nunca haya pisado una escuela, puesto que terminé la Primaria hasta con elogios de los maestros; en cuanto al puesto de Secretario Particular de la Presidencia de la República, me lo ofrecieron en consideración de mis méritos personales, entre los cuales se cuentan mi refinada educación que siempre causa admiración y envidia, mi honradez a toda prueba, que en ocasiones llegó a acarrearme dificultades con la Policía, mi inteligencia despierta, y sobre todo, mi simpatía personal, que para muchas personas envidiosas resulta insoportable. Baste apuntar que a los treinta y ocho años, precisamente cuando se apagó mi estrella, ostentando el grado de General Brigadier y el mando del 45° Regimiento de Caballería, disfrutaba yo de las delicias de la paz hogareña, acompañado de mi señora esposa (Matilde) y de la numerosa prole que entre los dos hemos procreado, cuando recibí una carta que guardo hasta la fecha y que decía así:... (Conviene advertir que todo esto sucedió en el año de 28 y en una ciudad que, para no entrar en averiguatas, llamaré Vieyra, capital del Estado del mismo nombre, Vieyra, Viey.) La carta, digo, decía así:
 
Querido Lupe:
 
Como te habrás enterado por los periódicos, gané las elecciones por una mayoría aplastante. Creo que esto es uno de los grandes triunfos de la Revolución. Como quien dice, estoy otra vez en el candelero. Vente a México lo más pronto que puedas para que platiquemos. Quiero que te encargues de mi Secretaría Particular.

Marcos González, General de Div. (Rúbrica.)

Como se comprenderá me desprendí inmediatamente de los brazos de mi señora esposa, dije adiós a la prole, dejé la paz hogareña y me dirigí al Casino a festejar.
 
No vaya a pensarse que el mejoramiento de mi posición era el motivo de mi alegría (aunque hay que admitir que de Comandante del 45° Regimiento a Secretario de la Presidencia hay un buen paso), pues siempre me he distinguido por mi desinterés. No, señor. En realidad, lo que mayor satisfacción me daba es que por fin mis méritos iban a ser reconocidos de una manera oficial. Le contesté a González telegráficamente lo que siempre se dice en estos casos, que siempre es muy cierto: "En este puesto podré colaborar de una manera más efectiva para alcanzar los fines que persigue la Revolución."

¿Por qué de entre tantos generales que habíamos entonces en el Ejército Nacional había González de escogerme a mí para Secretario Particular? Muy sencillo, por mis méritos, como dije antes, y además porque me debía dos favores. El primero era que cuando perdimos la batalla de Santa Fe, fue por culpa suya, de González, que debió avanzar con la Brigada de Caballería cuando yo hubiera despejado de tiradores el cerro de Santiago, y no avanzó nunca, porque le dio miedo o porque se le olvidó, y nos pegaron, y me echaron a mí la culpa, pero yo, gran conocedor como soy de los caracteres humanos, sabía que aquel hombre iba a llegar muy lejos, y no dije nada; soporté el oprobio, y esas cosas se agradecen. El otro favor es un secreto, y me lo llevaré a la tumba.
 
 
Jorge Ibargüengoitia (México, 1928-1983)

Aquí es posible la lectura de Los relámpagos de agosto