Vancouver: luz de agosto en la bahía. (Fotografía de Jules Etienne).
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domingo, 24 de enero de 2021

Enero: HOY HUBIERA PREFERIDO NO ENCONTRARME A MÍ MISMA, de Herta Müller

"Hay muchachas que parecen flores y ángeles..."

(Fragmento)

La instrucción duró todo enero. La madre de Paul decía que preferiría sacar toda la nieve de la gran montaña de allí fuera, que aprender ese lenguaje. Su marido desistió.

Tres días más tarde se supo en la fábrica que me había mudado al apartamento de Paul en la torre de pisos inclinada, aunque Paul no se lo había contado a nadie. Con la misma rapidez lo supo su madre. Con una letra vacilante y muchos errores le escribió a su hijo una carta que empezaba como sigue:

Luz de mis ojos, vida mía.

Luego decía: Hay muchachas que parecen flores y ángeles. Pero tú, hijo mío, te has puesto un pañuelo con el que todos ya se han enjugado. Esa mujer no te quiere a ti ni a su país. Envenenará tu corazón. Que no traspase el umbral de mi casa. Estás tirando tu vida a la basura. Te lo ruego, hijo mío, termina con ella.

Debajo de los besos no ponía: Tu madre, sino que había una firma alambicada y muy estudiada, como si fuera la de una mujer culta. Paul estaba seguro de que alguien le había dictado la carta. Las palabras de cariño le resultaban tan conocidas como la letra.

Herta Müller (Rumana nacionalizada alemana, 1953).
Obtuvo el premio Nobel en 2009.

(Traducido al español por Juan José del Solar).

miércoles, 18 de abril de 2018

Nieve: TODO LO QUE TENGO LO LLEVO CONMIGO, de Herta Müller

"Se veían las huellas por todo el jardín. La nieve la delató, tuvo que abandonar su escondrijo obligada por la nieve."
 
Sobre hacer la maleta
 
(Fragmento)
 
La boca de Trudi Pelikan olía todavía a melocotones calientes, incluso durante el tercer y cuarto día en aquel vagón de ganado. Estaba sentada con su abrigo igual que una dama en el tranvía de camino a la oficina y me contó que durante cuatro días se había ocultado en un agujero excavado en el suelo del jardín vecino, detrás del cobertizo. Pero nevó, y las pisadas entre la casa, el cobertizo y el agujero en el suelo quedaron a la vista. Su madre ya no podía llevarle la comida a escondidas. Se veían las huellas por todo el jardín. La nieve la delató, tuvo que abandonar su escondrijo obligada por la nieve. Nunca se lo perdonaré a la nieve, dijo. No se puede imitar la nieve recién caída, no se puede arreglar la nieve para que parezca intacta. Se puede arreglar la tierra, dijo, y la arena, e incluso la hierba, si uno se esfuerza. Y el agua se arregla por sí sola, porque se lo traga todo y se vuelve a cerrar enseguida una vez que ha tragado. Y el aire siempre está arreglado porque es invisible. Todos, salvo la nieve, habrían callado, dijo Trudi Pelikan. Añadió que una buena nevada era la principal culpable. Que cayó precisamente en la ciudad, como si supiera dónde estaba, como si estuviera en su casa. Pero que se puso inmediatamente al servicio de los rusos. Estoy aquí porque me ha delatado la nieve, concluyó Trudi Pelikan.
 
 
Herta Müller (Rumana nacionalizada alemana, 1953).
Obtuvo el premio Nobel en 2009.

martes, 16 de agosto de 2016

Canícula: LA DALIA BLANCA, de Herta Müller

«La sandía fue un simple pretexto», dijo el carpintero después del entierro. «La dalia fue su hado fatal.»
 
En plena canícula de agosto, la madre del carpintero bajó una sandía al pozo con el cubo. El pozo hacía olas en torno al cubo. El agua gorgoteaba en torno a la cáscara verde. El agua enfrió la sandía. La madre del carpintero salió al jardín con el cuchillo grande. El sendero del jardín era una acequia. La lechuga había crecido. Tenía las hojas pegadas por la leche blancuzca que se forma en los cogollos. La madre del carpintero bajó por la acequia con el cuchillo. Allí donde empieza la valla y termina el jardín, florecía una dalia blanca. La dalia le llegaba al hombro. La madre del carpintero se pasó un buen rato oliendo los pétalos blancos. Inhalando el perfume de la dalia. Luego se frotó la frente y miró el patio.
 
La madre del carpintero cortó la dalia blanca con el cuchillo grande.
 
«La sandía fue un simple pretexto», dijo el carpintero después del entierro. «La dalia fue su hado fatal.»
 
Y la vecina del carpintero dijo: «La dalia fue una visión».
 
«Como este verano ha sido tan seco», dijo la mujer del carpintero, «la dalia se llenó de pétalos blancos y enrollados. Floreció hasta alcanzar un tamaño nada común para una dalia. Y como no ha soplado viento este verano, no se deshojó. La dalia ya llevaba tiempo muerta, pero no podía marchitarse».

 
«Eso no se aguanta», dijo el carpintero, «no hay quien aguante algo así».
 
Nadie sabe qué hizo la madre del carpintero con la dalia que había cortado. No se la llevó a su casa. Ni la puso en su habitación. Ni la dejó en el jardín.
 
«Llegó del jardín con el cuchillo grande en la mano», dijo el carpintero. «Había algo de la dalia en sus ojos. El blanco de los ojos se le había secado.»
 
«Puede ser», dijo el carpintero, «que mientras esperaba la sandía hubiese deshojado la dalia. En su mano, sin dejar caer un solo pétalo a tierra. Como si el jardín fuera una habitación».
 
«Creo», dijo el carpintero, «que cavó un hoyo en la tierra con el cuchillo grande y enterró ahí la dalia».
 
La madre del carpintero sacó el cubo del pozo ya al caer la tarde. Llevó la sandía a la mesa de la cocina. Con la punta del cuchillo perforó la cáscara verde. Luego giró el brazo describiendo un círculo con el cuchillo grande y cortó la sandía por la mitad. La sandía crujió. Fue un estertor. Había estado viva en el pozo y sobre la mesa de la cocina, hasta que sus dos mitades se separaron.
 
La madre del carpintero abrió los ojos, pero como los tenía igual de secos que la dalia, no se le abrieron mucho. El zumo goteaba de la hoja del cuchillo. Sus ojos pequeños y llenos de odio miraron la pulpa roja. Las pepitas negras se encabalgaban unas sobre otras como los dientes de un peine.
 
La madre del carpintero no cortó la sandía en rodajas. Puso las dos mitades delante de ella, y con la punta del cuchillo fue horadando la pulpa roja. «En mi vida había visto tanta avidez en un par de ojos», dijo el carpintero.
 
El líquido rojo empezó a gotear en la mesa de la cocina. Le goteaba a ella por las comisuras de los labios. Las gotas le chorreaban por los codos. El líquido rojo de la sandía se fue pegando al suelo. «Mi madre nunca había tenido los dientes tan blancos y fríos», dijo el carpintero. «Mientras comía me dijo: "No me mires así, no me mires la boca". Y escupía las pepitas negras sobre la mesa.»
 
«Yo desvié la mirada. No me fui de la cocina. La sandía me daba miedo», dijo el carpintero. «Luego miré por la ventana. Por la calle pasó un desconocido. Caminaba deprisa, hablando consigo mismo. Detrás de mí, oía a mi madre perforar la pulpa con el cuchillo. La oía masticar. Y deglutir. "Mamá", le dije sin mirarla, "deja ya de comer".»
 
La madre del carpintero levantó la mano. «Empezó a gritar y yo la miré porque gritaba muy fuerte», dijo el carpintero. «Me amenazó con el cuchillo. "Esto no es un verano y tú no eres un hombre", chilló. "Siento una presión en la frente. Me arden las tripas. Este verano despide el fuego de todos los años. Sólo la sandía me refresca".»
 
Herta Müller (Escritora en lengua alemana nacida en Rumania, 1953). Obtuvo el premio Nobel en 2009.