Vancouver: luz de agosto en la bahía. (Fotografía de Jules Etienne).
Mostrando las entradas con la etiqueta Juan Carlos Onetti. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta Juan Carlos Onetti. Mostrar todas las entradas

sábado, 8 de junio de 2024

Mirándolas dormir: EL ÁLBUM, de Juan Carlos Onetti

"Qué importa que esté lloviendo, aunque llueva así cien años esto no es lluvia. Agua que cae, pero no lluvia."

(Fragmento)

Pero todo esto es un prólogo, porque la verdadera historia sólo empezó una semana después. También es prólogo mi visita a Díaz Grey, el médico, para conseguir que me presentara al viajante de un laboratorio que se había establecido, con media docena de valijas llenas de muestras de drogas, en el primer piso del hotel, en el mismo corredor del hotel donde estaba la habitación de la mujer; y mi entrevista con el viajante, y cómo su reposado cinismo, su arremangada camisa de seda, su pequeña boca húmeda humillaron sin dolor, un mediodía, en su cuarto en desorden, las frases aprendidas de memoria que traté de repetir con indolencia. Antes de decirme que sí se estuvo riendo, casi sin ruido, en calcetines, tirado en la cama, chupando un cigarro, contándome recuerdos sucios. Bajamos juntos y explicó al gerente que yo iría todas las tardes a su habitación para ayudarlo a copiar a máquina unos informes; “Déle una llave”; me apretó la mano con fuerza, serio, como a un hombre de su edad, con un extraño orgullo en los ojos pequeños y felices.

No quise inventar otra mentira para mis padres; repetí el cuento de los informes a máquinas que me había encargado el viajante, despreocupándome del dinero que tendría que cobrar y mostrar. Todas las tardes, en cuanto terminaban las clases -y a veces antes, cuando me era posible escapar- entraba en el hotel, saludaba con una sonrisa a quien estuviera de turno atrás de la caja registradora y subía por el ascensor o la escalera. El viajante -Ernesto Maynard decían las chapitas de los muestrarios- estaba recorriendo las farmacias de la costa; durante los primeros días gasté mucho tiempo en examinar los tubos y los frascos, en leer las promesas y las órdenes de los prospectos en papel de seda, subyugado por su estilo impersonal, a veces oscuro, mesuradamente optimista. Arrimado a la puerta, escuchaba después el silencio del corredor, los ruidos del bar y la ciudad. Sucedió.

La mujer fingía siempre estar dormida y despertaba con un pequeño sobresalto, con cambiantes nombres masculinos, deslumbrada por los restos de un sueño que ni mi presencia ni ninguna realidad podrían compensar. Yo estaba hambriento y mi hambre se renovaba y me era imposible imaginarme sin ella. Sin embargo, la satisfacción de este hambre, con todas sus pensadas o inevitables complicaciones, se convirtió muy pronto, para la mujer y para mí, en un precio que necesitábamos pagar.

La verdadera historia empezó un anochecer helado, cuando oíamos llover y cada uno estaba inmóvil y encogido, olvidado del otro. Había una barra estrecha de luz amarilla en la puerta del baño y yo reconstruía la soledad de los faroles en la plaza y en la rambla, los hilos perpendiculares de la lluvia sin viento. La historia empezó cuando ella dijo de pronto, sin moverse, cuando la voz trepó y estuvo en la penumbra, medio metro encima de nosotros:

- Qué importa que esté lloviendo, aunque llueva así cien años esto no es lluvia. Agua que cae, pero no lluvia.

Había estado, también antes, la gran sonrisa invisible de la mujer, y es cierto que ella no habló hasta que la sonrisa estuvo totalmente formada y le ocupó la cara.

- Nada más que agua que cae y la gente tiene que darle un nombre. Así que en este pueblucho o ciudad le llaman lluvia al agua que cae; pero es mentira.

No pude sospechar, ni siquiera cuando llegó la palabra Escocia, qué era lo que se estaba iniciando: la voz caía suave ininterrumpida encima de mi cara. Me explicó que sólo es lluvia la que cae sin utilidad ni sentido.

Juan Carlos Onetti
(Uruguayo fallecido en España, 1909-1994).

El relato íntegro es posible leerlo en Ciudad Seva.

viernes, 9 de junio de 2023

Tampico: TRES BARCOS LLAMADOS TAMPICO, de Kirk Mashburn, J. H. Klein, Jr. y Juan Carlos Onetti

"Las puertas del infierno han esperado mucho tiempo a Jean Lafitte y (...) su espada enterrada pronto volverá a ver la luz."

La espada de Jean Lafitte
, de Kirk Mashburn

(Fragmentos)

¡Ah! -exclamó- un buque de guerra, ¡en efecto! ¿Y el señor observa la bandera que enarbola?

- Porque sí es -reconocí, después de un momento más mirando-, es bandera mexicana; y, como estábamos esperando su llegada para una revisión general en el dique seco de mi empresa en Argel, asumo que es el cañonero Tampico.

- Es el Tampico -asintió Lafitte-.

Y no se me ocurrio preguntarle cómo llegó a estar tan seguro de eso. De hecho, aunque yo ya sabía que el cañonero no llevaba placa de identificación -e incluso, si lo hubiera hecho, no podría haberla distinguido a esa distancia. En cambio, comenté, como una ocurrencia de último momento:

- Es muy posible que me deba ir en el Tampico -cuando regrese a México, si las autoridades lo permiten-. Su comandante es un viejo amigo mío, y me ha pedido varias veces hacer un viaje con él, como de todos modos yo tengo que ir a Veracruz, a inspeccionar otra cañonera para su reparación antes de ponerla a la venta, puedo tomar aprovechar su oferta en este momento.

(...)
 
Decidí seguir mi camino a Le Boeuf, y agradecí a mi guía por su servicios. Él me aseguró con cortesía su placer por haberme proporcionado  una ligera ayuda, y luego añadió una advertencia final contra mi viaje propuesto a bordo del Tampico.

- Se gesta una revolución en México, Monsieur -me informó gravemente-. Y a menudo suceden cosas extrañas cuando las pasiones de los hombres andan sueltas, como lobos para acosar a sus semejantes. Las puertas del infierno han esperado mucho tiempo a Jean Lafitte, y tengo la premonición de que su espada enterrada pronto volverá a ver la luz. Manténgase alejado de la hojalata de Ruiz, ¡Monsieur!

Ciertamente debería haberle respondido de manera breve e impaciente, excepto que, con una última reverencia cortesana, Lafitte dio media vuelta y trepó rápidamente por el dique para desaparecer en el parche de caña a través del cual habíamos llegado.

Kirk Mashburn: Kirk W. Mashburn, Jr.
(Estados Unidos, 1900-1968).

"El Tampico dejó Guaymas de inmediato y navegó hacia el norte..."

El trayecto del cañonero mexicano Tampico
, de J. H. Klein, Jr.

(Fragmentos)

A principios de 1914 había tres cañoneros mexicanos en la costa oeste de México, a saber, el Guerrero, el Morelos y el Tampico, todos bajo control federal.

El 22 de febrero de 1914, era domingo, en el puerto de Guaymas, alrededor de las ocho de la noche, mientras aproximadamente la mitad de los oficiales y los marinos se encontraban en tierra, el oficial ejecutivo, el teniente Malpica, el pagador Rebatet, y dos oficiales ingenieros, Johnson y Estrada, se hicieron cargo de la tripulación del Tampico, arrestaron al capitán y al ingeniero en jefe y anunciaron que el Tampico estaría en adelante bajo el control de los constitucionalistas, o rebeldes. Al capitán y al ingeniero se les dijo que si no oponían resistencia, no se les haría daño y, a la primera oportunidad, serían entregados a los federales. El motín, por lo tanto, se llevó a cabo sin violencia y sin derramar sangre.

El Tampico dejó Guaymas de inmediato y navegó hacia el norte con la intención de embestir al Guerrero. Afortunadamente para éste, el mecanismo de dirección del Tampico se rompió y tuvo que virar hacia el sur para dirigirse a Topolobampo, arriban- do allí el 24 de febrero. El capitán y el ingenero en jefe fueron colocados a bordo del S. S. Herrerías y enviados a Mazatlán, que en ese momento estaba en manos de los federales.

La causa exacta del motín se desconoce. Por lo tanto, han circulado diversas historias que las refieren vagamente, pero nadie parece saber cuáles fueron las verdaderas razones, si es que hay alguna, que lo provocaron. Una de las versiones es que los federales le adeudaban sueldos a la tripulación por una suma de cuatro mil pesos. Otra es la de que Malpica se había pavoneado por las calles de Guaymas con una dama de cuestionable reputación (hay quienes dicen que era la amante del capitán) y como castigo sentenció a Malpica a ser reprendido y a participar en tareas temporales con el ejército en el frente. Para evitar dicha sentencia es que tramó el motín. Era de sobra conocido que el Tampico tenía la mala fama de ser un barco muy alegre por entonces, y me dijeron que se habían celebrado fiestas los fines de semana a las que acudían personas de ambos sexos durante varios días seguidos.

Jacob Henry Klein, Jr (Estados Unidos, 1887-1958).

"¿El Tampico? No sé nada, tiene que ser una historia vieja."

El astillero
, de Juan Carlos Onetti 

(Fragmento del capítulo IV: La casilla)

- ¿Estaba por irse? Me distraje estudiando estas carpetas. No tengo idea de la hora. ¿Usted sabe algo del pleito por el Tampico?

- ¿El Tampico? No sé nada, tiene que ser una historia vieja -repuso Kunz, y volvió a bostezar.

El Tampico -insistió Larsen. Sólo entonces alzó la vista para mirar a Kunz. Vio la cara redonda, con la barba crecida, el pelo endurecido, excesivo y negro, la mano también peluda que subía de los botones a la moña negra de la corbata-. Claro, no debe ser de su tiempo; pero es interesante como antecedente. Entró apurado, sin descargar, por un desperfecto en el árbol. Parece que traía algún inflamable y se incendió en el astillero, aquí mismo, un poco más al norte. Dice la carpeta que no había seguro o que no toda la mercadería estaba asegurada -había abierto cualquier carpeta y fingía leer; un gemido sobre el techo anunció más lluvia-. ¿Quién paga, entonces? ¿Quién es responsable?

Levantó una sonrisa benigna y retozona, como si mirara a un niño.

- Nunca oí nada de eso -contestó Kunz-. Además, no entiendo. Quién sabe cuánto hace de eso. Debe haber sido todo un espectáculo, ardiendo en el río. No sé. Pero el astillero no puede ser responsable.

- ¿Está seguro?

- Me parece indiscutible.

Juan Carlos Onetti (Uruguayo fallecido en España, 1909-1994).

También el barco en el que se transportaban los personajes en 

sábado, 18 de febrero de 2017

Carnaval: DE REGRESO AL SUR, de Juan Carlos Onetti


(Fragmento inicial)

Cuando estuvo solo en el rincón del café, Oscar volvió a pensar en la cabeza pálida de tío Horacio en la camilla, que parecía haber aceptado definitivamente la expresión de leve interés y cortesía con que se enmascaraba al escudar hablar de personas y cosas que habían estado o atravesado el sur de Buenos Aires, la zona extranjera que se iniciaba en la calle Rivadavia, y a partir del Carnaval de 1938. Tío Horacio alzaba las cejas y casi sonreía para esperar el fin de aquellas conversaciones. Recordando su rostro muerto, era nuevamente imposible adivinar en qué sentido y con qué intención el odio y el desprecio actuaban sobre las imágenes y los seres del barrio sur, cuál había sido la deformación obtenida «o -tal vez no era más que esto- en qué tono de luz el odio y el desprecio envolvían para tío Horario los paisajes proscritos del Sur.

El sábado del Carnaval del 38, tío Horacio y Perla pasearon por Belgrano después de la comida; salieron del departamento y caminaron despacio por Tacuarí y Piedras, tomados del brazo. Oscar supo que habían ido a beber cerveza a un café alemán y que habían conversado allí hasta pasada la medianoche. Cuando volvieron, ella estuvo dando vueltas sin motivo por la casa, tarareando una música de Albéniz, y casi en seguida se acostó. Tío Horacio quedó un rato sentado junto a la mesa donde Oscar estudiaba. Parecía cansado, y se quitó el cuello. Jugaba con el reloj, metiendo un dedo en el bolsillo del chaleco, y miraba pensativo la mesa, en las pausas, entre las preguntas distraídas. Oscar vio que sonreía suavemente, y lo oyó reír un poco cuando se levantó y estuvo un rato de pie, las piernas muy separadas, sacudiendo la cabeza. Después suspiró, hizo la última pregunta sobre libros y exámenes y subió al dormitorio.
 
El domingo no salieron de casa; durante todo el día se movieron con pesadez y silencio por el calor de la casa, mal vestidos, tendiendo a los rincones frescos y semioscuros, donde marcaban su presencia con gruesos diarios de la mañana, revistas y libros ajados, de fecha antigua. Cuando Oscar se fue al anochecer, tío Horacio estaba solo en el escritorio contando unas gotas de remedio. "Ella se quiere ir y él no quiere presionarla hablándole de su enfermedad -pensó Oscar-, o ella se quiere ir y él va a buscar la forma de presionarla haciéndole saber, sin decirlo, que está otra vez enfermo."
 
El lunes de Carnaval estuvieron todo el día juntos y afuera; Oscar los vio de noche, nuevamente amigos; tío Horacio habló de muchas cosas, un poco excitado y feliz, con sudor en la frente y un jadeo al sonreír. El martes Oscar llegó a la calle Belgrano al anochecer; tío Horacio estaba solo, junto a una ventana, la camisa desprendida, los lentes colgando por una patilla de los dedos; y la quinta edición de un diario junto a los pies descalzos. Se saludaron, y Oscar no le vio más que sueño en la cara. Después no pudo comprender -porque aquello representaba a un desconocido cualquiera y no tenía relación alguna con tío Horacio- el encontrar encima de la carpeta del comedor, cerca del vaso de leche y el sandwich de jamón que le dejaba todas las noches Perla, una carta escrita con tinta muy azul, desplegada, sujeta con el centro de mesa, con cuatro dobleces bien marcados. La leche, el sandwich y la carta habían sido puestos allí por tío Horacio, por el hombre que estaba junto a la ventana de la otra habitación: quería enterarlo, sin preguntas, de que Perla se había ido con perdones, olvido, felicidad y el irrenunciable derecho a la realización de la propia vida. No volvieron a hablar de Perla; cuando Oscar volvió en la madrugada, la carta no estaba en la mesa, y tío Horacio continuaba espiando por la ventana la noche caliente de Carnaval, todavía blando en la cara el gesto de bondadoso hastío que habría de señalarlo hasta el final.
 
 
Juan Carlos Onetti (Uruguay, 1909-1994)