Vancouver: luz de agosto en la bahía. (Fotografía de Jules Etienne).
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domingo, 31 de marzo de 2024

Mirándolas dormir: ELLA CONFIESA SU AMOR MIENTRAS ESTÁ MEDIO DORMIDA, de Robert Graves


Ella confiesa su amor mientras está medio dormida,
en las horas oscuras,
con medias palabras, en susurros;
mientras la tierra se mueve en su sueño invernal
y hace germinar a la hierba, a las flores
a pesar de la nieve,
a pesar de la nieve que cae.

Robert Graves
(Inglés fallecido en España, 1895-1985).

jueves, 17 de marzo de 2022

Día de reyes: REY JESÚS, de Robert Graves

"... y vistieron sus más ricas ropas ceremoniales, de modo que parecían reyes."

(Fragmento del capítulo La huida a Egipto)

Los tres hombres de Damasco escuchaban en silencio. Cuando se alejó, le siguieron de prisa y miraron, desde lejos, adónde iba. Luego regresaron a su campamento en busca de los dones sagrados que habían traído, se lavaron, se perfumaron y vistieron sus más ricas ropas ceremoniales, de modo que parecían reyes.

María daba el pecho a su hijo cuando aparecieron en la puerta del cobertizo. Alzó la vista alarmada. Pero hicieron el signo de la paz y, postrándose en el piso de tierra apisonada, cuidadosamante barrido por María, rindieron silencioso homenaje al niño. Uno de ellos puso a sus pies una corona de oro de doce puntas, con una joya distinta en cada punta; la que correspondía a cada una de las doce tribus. Y susurró:

- En prenda de tu soberanía, Grande.

El siguiente depositó a la izquierda de la corona una vasija de alabastro que contenía mirra y dijo:

- En prenda de tu amor, Grande.

Y el tercero puso a la derecha de la corona una caja de marfil con incienso olíbano y dijo:

- En prenda de tu inmortalidad, Grande.

María, con los ojos húmedos de lágrimas, dijo con gravedad:

- Doy las gracias en nombre de mi hijo, señores. Sus dones han sido justamente otorgados. Vayan con la bendición del Señor.

Robert Graves
(Inglés fallecido en España, 1895-1985).

(Traducido al español por Carlos Peralta).

martes, 4 de enero de 2022

Año nuevo: LAS ISLAS DE LA IMPRUDENCIA, de Robert Graves


(
Fragmento del capítulo 23: Hambre y sed)

El día de Año Nuevo nos sorprendió a catorce grados de latitud norte, que es casi la de Manila, y como el viento soplaba del este, avanzábamos proa al oeste a bastante velocidad y el mástil y las vergas se mantenían firmes. Pedro Fernández me confió que tenía esperanzas de avistar pronto la gran isla de Guaní, a un centenar de leguas aproximadamente al oeste de las Filipinas, que está separada de otra llamada Serpa- na por un canal de unas diez leguas de largo. El 3 de enero, con gran alivio de su parte, llegamos precisamente a dichas islas y navegamos entre ellas, del lado de Guam, siguiendo la ruta de Magallanes, que había descubierto este canal veinticinco años antes. La tierra era llana y densamente cubierta de bosques.

De una ensenada partió un vasto número de canoas que venían a darnos la bienve- nida. Alterado por la ansiosa espera de comida, un soldado que arriaba el trinquete, perdió pie y cayó al mar, y sus camaradas no pudieron encontrar una sola cuerda del largo suficiente como para arrojarle y salvarlo. Pero Myn tenía conocimiento de una: estaba tendida a través de la toldilla y de ella colgaba la ropa lavada de los Barreto. Tuvo el tino de arrojar uno de sus extremos por sobre el pasamano de la borda de popa, justo en el momento en que el desdichado marinero subía boqueando a la superficie en nuestra estela. La atrapó y fue posible arrastrarlo y ponerlo a sal- vo. ¡Dios sea alabado! Luego, porque era Myn y no uno de la tripulación el que había dado un baño de agua salada a las camisas de doña Ysabel y don Diego, sólo recibió una ligera reprimenda.

Las canoas se acercaron. Tenían ambos extremos iguales, de modo que sus tripulantes podían avanzar o retroceder sin tener que exponer ante un enemigo toda su extensión. Magallanes le había dado a este grupo el nombre de las islas de las Latinas,pero su tripulación lo llamó las islas de los Ladrones, que fue el nombre que prevaleció. Los ladrones constituían una raza de aspecto saludable, de piel razo- nablemente clara y facciones bastante agradables, aunque tenían cabellos lacios y negros y frente estrecha y echada hacia atrás. Dado que sabían perfectamente bien qué esperar de un galeón, venían tan ansiosos en busca de regalos que varias canoas chocaron; ocupantes cayeron al agua, pero inmovilizaron su embarcación con facilidad y volvieron a subir a ella alegres. Nos pusimos en facha, pero no anclamos.

Trajeron cocos, plátanos, agua, cestos con arroz y algunos pescados muy grandes gritando charume, que significa «amigos» y herrequepe, que significa «dadnos hierro». Nunca en mi vida vi vendedores tan ansiosos por vender, ni compradores tan ansiosos por comprar; estos isleños se enloquecen por el hierro que evalúan más que el oro, y nuestros pobres hombres estaban tan desesperados de sed, que habrían aceptado diez años de esclavitud a cambio de media pinta de agua. Pero el sargento Andrada y el segundo contramaestre, después de haberlo consultado entre am- bos, prohibieron que nadie abaratara el precio del hierro aceptando muy poco a cambio, y lo dispusieron todo para que se comprara y se vendiera en bulto. Nego- ciaron con el jefe de los ladrones, que vino a bordo acompañado de una escolta. Se acordó que se cambiaría un quintal de víveres por una libra de hierro, entrara éste en la constitución de martillos, cadenas, palas, llaves, cerrojos, bisagras o trozos de armadura vieja; pero doña Ysabel envió al sobrecargo para que vigilara que no se vendiera sino lo que pertenecía a los hombres, y quitó de lo acumulado en cubierta más de quince libras de peso: el cañón de un arcabuz que había explotado, aros de toneles desde hacía ya mucho quemados y partes del aparejo del barco.


Robert Graves (Inglés fallecido en España, 1895-1985).

jueves, 21 de mayo de 2020

Epidemias: LAS ISLAS DE LA IMPRUDENCIA, de Robert Graves

"... en realidad, la peste que nos atormentaba era lo que los italianos llaman la influenza..."

(Fragmento del capítulo 20: El eclipse)

Ese fue el desastroso 14 de octubre, el día en que también recibimos la advertencia de la peste que habría de costamos tan cara. No era una fiebre maligna de la especie que dio a Portobello, Panamá, Santo Tomé y muchos otros puertos tan siniestra fama: ninguno de los que la padecían moría de modo repentino, como en esos sitios unas horas más tarde, después de manifestados los primeros síntomas de la enfermedad. Algunos languidecían durante semanas y aun meses, de acuerdo con la fortaleza de su constitución; otros, como yo, superaban el ataque al cabo de unos pocos días. Sus síntomas eran mareos, dolores de garganta, alta fiebre durante la noche, acompa- ñada de pesadillas y delirio, una terrible lasitud durante el día y un estómago tan débil que aun la comida más saludable sabía nauseabunda; y en la mayor parte de los casos la infección descendía en la segunda noche de la garganta a los pulmones.

El padre Joaquín, que había traído consigo un cesto lleno del famoso febrífugo llamado corteza de los jesuitas, se perdió en el Santa Ysabel; con calor, cuidados y una decocción de este amargo medicamento, quizá la fiebre no hubiera resultado mortal para ninguno de nosotros. No creo que el sitio tuviera que ser el mayor inculpado; aunque es evidente que la dieta desacostumbrada, el súbito descenso de la temperatura por la noche, los frecuentes chubascos que empapaban la ropa de los soldados que se les secaba sobre el cuerpo, la humedad del suelo sobre el que dormían –sin cuidarse de fabricarse plataformas como lo hacían los nativos– fueron todos factores enemigos de la salud de todo español cuya constitución no fuera de piedra. Pero pensé que mientras el coronel mantuvo a los hombres severamente disciplinados y activamente ocupados, nadie había manifestado el más ligero síntoma de la enfermedad; que, en realidad, la peste que nos atormentaba era lo que los italianos llaman la influenza, que atribuyen a misteriosas influencias planetarias, más que a las malas condiciones sanitarias o a la proximidad de pútridos marjales. Es a menudo la secuela de un difundido desamor, un crimen o un desastre público, o de una prolongada guerra que ninguna de ambas partes tiene el coraje de acabar de algún modo; y atribuyo mi propia recuperación al cuidado que había tenido en no participar de manera directa en los malignos acontecimientos cuya crónica estuvo a mi cargo.

La primera muerte ocurrió el 17 de octubre, la vigilia de San Lucas Evangelista, triste manera de hacernos recordar que no contábamos con médico alguno; y la víctima no fue otra que el padre Antonio. Su fallecimiento causó profunda pena a todos, salvo a los Barreto, pero sobre todo al vicario, que le había dado el viático.


Robert Graves (Inglés fallecido en España, 1895-1985).

sábado, 12 de octubre de 2019

Tu boca: EL VELLOCINO DE ORO, de Robert Graves

"¡Bésame otra vez, Jasón, bésame! Sólo en tu boca puedo hallar el valor necesario..." 

(Fragmento)

-  Ahí está la cama en la que has de tumbarte. Las mantas te taparán. ¡No dejes que se te vea la espada! Podría ser que trajera consigo una lámpara.

Jasón respondió con una sonrisa:

- Melas me ha dicho que se tragó tu historia con la misma avidez con que Butes se tragó la miel venenosa.

Medea suspiró y se mordió la uña del pulgar.

- Debimos abandonar al colmenero a su suerte –dijo–. Su avidez nos ha llevado a cometer crimen tras crimen.

- Somos inocentes en cuanto a la sangre derramada –dijo Jasón apresuradamente–. No te muestres débil, hermosa mía, porque sólo unos corazones implacables conseguirán que el vellocino vuelva nuevamente a Grecia. ¿Acaso no deseas regresar con nosotros? Tu camino de regreso a Cólquide aún está abierto. Si decides volver, sea por piedad o por temor, yo no me pondré en tu camino, por muy amarga que me sea tu pérdida. Pero hay algo de lo que estoy convencido: tengo que retener a toda costa el vellocino.

- ¡El vellocino, siempre el vellocino! –exclamó Medea–. Podría odiarte como odio a las Furias si no te amara de este modo insufrible. No, no, te seguiré hasta el fin del mundo, y ni la sangre de mi padre ni la de mi hermano correrá entre los dos para impedir nuestro matrimonio. ¡Bésame otra vez, Jasón, bésame! Sólo en tu boca puedo hallar el valor necesario para la ineludible acción que tengo ante mí.

Él la besó una y otra vez, aspirando ansiosamente el aromático perfume de su cabello y de su cuerpo. Medea cerró los ojos y gimió de placer como un perrito.

Luego Jasón se separó de ella, y, tumbándose sobre la cama, se cubrió con las man- tas. Allí, solo, con la espada al alcance de la mano, aguardó la entrada de Apsirto.


Robert Graves (Inglés fallecido en España, 1895-1985).

La ilustración corresponde a Jasón jurando amor eterno a Medea, de Jean Francois Detroy.

jueves, 21 de junio de 2018

Solsticio de verano: EL DÍA MÁS LUMINOSO


Las menciones al solsticio en la literatura, tanto en novelas y relatos como en la poesía, suelen darse de manera indistinta entre el invernal y el que corresponde al estío. Llegado el momento preciso, en diciembre, me ocuparé del primero de ellos con la amplitud que se merece, pero ahora, por tratarse de la época en que estamos al norte del planeta, me referiré únicamente al que nos concierne en el inicio del verano.

Robert Graves explicaba en Los mitos griegos que “En Atenas las muchachas salían a la luz de la luna llena en el solsticio de verano para recoger rocío —la misma costumbre sobrevivió en Inglaterra hasta el siglo pasado— para fines sagrados. El festival se llamaba las Herseforias, o «recolección de rocío».”

Resulta difícil encontrar a otro experto en el tema de los solsticios más calificado que el rumano Mircea Eliade. En Tratado de historia de las religiones establece su importancia: “Muchas hierofanías arcaicas del sol se han conservado en las tradiciones populares, integradas en mayor o menor grado en otros sistemas religiosos. Las ruedas en llamas que se hacen rodar montaña abajo en los solsticios, sobre todo en el solsticio de verano; las procesiones medievales en las que llevaban ruedas montadas en carros o en barcas, de las que se conocen antecedentes prehistóricos; la costumbre de atar hombres a las ruedas (en “la caza fantástica”, por ejemplo)…”

El propio Eliade es autor de las novelas Isabel y las aguas del diablo y La noche de San Juan, en las que el solsticio de verano se erige como un elemento dramático esencial en su estructura narrativa. Por ese motivo, antes de agotar este tema, más adelante incluiré un texto dedicado exclusivamente a comentar dicho autor.

La obra más simbólica al respecto podría ser el relato Las noches blancas, de Dostoievski, cuyo título alude de manera evidente a ese período que se vive en algunas regiones de Rusia, como en San Petersburgo, entre la segunda quincena de junio y la primera del mes de julio, en que la luz brilla durante la noche y menciona la importancia del sol en esa ciudad tan septentrional:

"Oye uno entre tanto cómo en torno suyo circula ruidosamente la muchedumbre en un torbellino de vida, ve y oye cómo vive la gente, cómo vive despierta, se da cuenta de que para ella la vida no es una cosa de encargo, que no se desvanece como un sueño, como una ilusión, sino que se renueva eternamente, vida eternamente joven en la que ninguna hora se parece a otra; mientras que la fantasía es asustadiza, triste y monótona hasta la trivialidad, esclava de la sombra, de la idea, esclava de la primera nube que de pronto cubre al sol y siembra la congoja en el corazón de Petersburgo, que tanto aprecia su sol. ¿Y para qué sirve la fantasía cuando uno está triste? Acaba uno por cansarse y siente que esa inagotable fantasía se agota con el esfuerzo constante por avivarla. Porque, al fin y al cabo, va uno siendo maduro y dejando atrás sus ideales de antes; éstos se quiebran, se desmoronan, y si no hay otra vida, la única posibilidad es hacérsela con esos pedazos. Mientras tanto, el alma pide y quiere otra cosa. En vano escarba el soñador en sus viejos sueños, como si fueran ceniza en la que busca algún rescoldo para reavivar la fantasía, para recalentar con nuevo fuego su enfriado corazón y resucitar en él una vez más lo que antes había amado tanto, lo que conmovía el alma, lo que enardecía la sangre, lo que arrancaba lágrimas de los ojos y cautivaba con espléndido hechizo."

Es muy frecuente que se haga referencia al solsticio de verano en la noche de San Juan, aunque no coincidan sus fechas, puesto que el día más luminoso suele ser el 21 de junio, como lo establecen Jules Verne en su novela Robur, el conquistador: “Se aproximaba el solsticio de junio, el día más largo del año en el hemisferio boreal…” y James Joyce en el capítulo 17 –se dice que era su favorito-, de Ulises: “… durante las noches cada vez más largas que seguían gradualmente al solsticio de verano en el día siguiente más tres, a saber, el martes, 21 de junio (San Luis Gonzaga), el sol sale a las 3.33 de la mañana, se pone a las 8.29 de la tarde.”

En tanto que la noche de San Juan tiene lugar tres días después, como aclara Marguerite Yourcenar en Los fuegos del solsticio: “El día de San Juan, fiesta del solsticio de verano, ha apagado casi por todas partes sus fogatas, salvo quizá en los países escandinavos, en donde pueden verse, reflejadas en el agua de los lagos, sus esbeltas llamas. Pero ya nadie en Sicilia acecha al amanecer el día 24 de junio a Salomé desnuda bailando al sol naciente, y llevando en una bandeja de oro, que es una imagen solar, la cabeza cortada del Precursor.” Por eso es que en algunas de las versiones al español del Sueño de una noche de verano, de Shakespeare, prefieren llamarlo Sueño de una noche de San Juan, como sería el caso de la traducción de Luis Astrana Marín.

Y a propósito de Marguerite Yourcenar, el siguiente es un párrafo de su novela Memorias de Adriano: “Días alciónicos, solsticio de mi vida… Lejos de embellecer mi dicha distante, tengo que luchar para no empalidecer su imagen; hasta su recuerdo es ya demasiado fuerte para mí.”
 
Por su parte, la costarricense Yolanda Oreamuno, autora de La ruta de su evasión, escribió: ".... fue en el solsticio de un verano...viajaban hacia la ciudad unas mujeres de largas crines, rizadas...oscuras como el azabache... con atuendos vivaces y conspicuos atributos....acarreaban gigantescos frutos....soñé que llegaban desde Canaán... pero respondieron con voces altaneras que procedían de Fanzara....la otra tierra de promisión..."
 
Para no dejar a los autores en nuestra lengua, habría que mencionar Los pasos perdidos del cubano Alejo Carpentier: “Yo había visto a las parejas ascender, en noches de solsticio, al Monte de las Brujas para encender viejos fuegos votivos, desprovistos ya de todo sentido.” El otro, menos conocido, es el uruguayo Francisco Piria, a su novela El socialismo triunfante corresponde “Nuestros años no tienen fechas: hoy estamos en el solsticio de verano."

Knut Hamsun, premio Nobel de literatura en 1920, hace una de las descripciones más logradas sin tener siquiera que mencionar la palabra solsticio en su novela Pan:

Comenzó a no haber noche, el sol apenas sumergía su disco en el mar para volver a emerger, rojo y renovado, como si se hubiera sumergido a beber. Por la noches se me ocurrían las cosas más extrañas; ningún ser humano podría creerlas. ¿Pan estaba sentado en un árbol observando mi comportamiento? ¿Tenía el estómago abierto, y estaba tan encogido que bebía de su propio estómago? Hacía todo eso sólo para espiarme, y el árbol entero temblaba con su risa callada cuando veía que mis pensamientos se desbordaban. El bosque entero estaba ajetreado: animales que husmeaban, pájaros que se llamaban los unos a los otros y cuyos reclamos llenaban el aire. Era el año del vuelo del abejorro, sus zumbidos se mezclaban con los de las mariposas nocturnas, parecían susurros, susurros que recorrían el bosque. ¡Cuántas cosas podían escucharse! No dormí en tres noches pensando en Diderik e Iselin."
 
Para Jules Verne, quien era miembro de algunas sociedades secretas, el solsticio tenía un gran valor simbólico. Por eso es frecuente que se encuentren referencias a dicho fenómeno en varias de sus novelas, además de la ya citada Robur, el conquistador, como sería el caso de Veinte mil leguas de viaje submarino, París en el siglo XX o Los náufragos del Jonathan, entre otras. Pero ese es un tema que también estaré abordando en su momento.
 
Esos serían algunas autores notables. La lista podría ampliarse incluyendo a Tim Powers, escritor estadounidense considerado como el alumno más destacado de Philip K. Dick -autor del relato que dio origen a la película de culto Blade Runner-, y en La fuerza de su mirada (The Stress of Her Regard), ubica el acontecimiento en determinado momento de la narración: “Aquella noche era el solsticio de verano, y los dos se quedaron levantados hasta una hora más tardía que cualquiera de los demás ocupantes de la casa, aunque podían oír a Ed Williams hablando en voz baja en su habitación, seguramente con su esposa.”

También la novela policiaca Casa de verano con piscina, del holandés Herman Koch, inspirada en la detención y arraigo del cineasta Roman Polanski, debido al juicio que dejó inconcluso en los Estados Unidos por la violación de una menor de edad, acontece durante la celebración del solsticio de verano. Aquí el autor reúne en la casa de verano que da título a la obra, propiedad de Ralph Meier, un famoso actor de cine, al doctor Schlosser y su hija Julia, una adolescente de trece años, a un famoso cineasta septuagenario y su joven esposa Emmanuel -casualmente la mujer de Polanski en realidad es la actriz Emanuelle Seigner-. Y al llegar a este punto me he topado con una curiosa coincidencia, porque en la pieza escénica La señorita Julia, del dramaturgo sueco August Strindberg, la protagonista no sólo se llama igual que la adolescente de Casa de verano con piscina, sino que la acción da principio durante el mismo festejo, como queda establecido en uno de sus parlamentos: “¿Se trata quizás de algún filtro mágico que las señoras preparan en la noche de San Juan? ¿Algo con que poder leer en las estrellas propicias del nombre de nuestra prometida?”.

Y a propósito de teatro, en La noche de San Juan, obra de Lope de Vega, el personaje de Pedro asegura que: “Extrañas cosas suceden una noche de San Juan”.

Desde Cervantes en Don Quijote y Dante en la Divina Comedia hasta Henry Miller en Trópico de Capricornio, pasando por La montaña mágica, de Thomas Mann o El péndulo de Foucault, de Umberto Eco, relatos de Rudyard Kipling, Hermann Hesse y Julio Cortázar, el solsticio siempre ha estado presente en la literatura, como lo podremos corroborar en los días subsecuentes.
 
Este es el archivo correspondiente al solsticio aquí en Mitos y reincidencias:
 

Jules Etienne

miércoles, 29 de noviembre de 2017

Eclipse: LAS ISLAS DE LA IMPRUDENCIA, de Robert Graves

"Esa noche, cuando la luna se elevó por el este, se encontraba en eclipse total..."
 
(Fragmento del capítulo 20: El eclipse)

El padre Joaquín, que había traído consigo un cesto lleno del famoso febrífugo llamado corteza de los jesuitas, se perdió en el Santa Ysabel; con calor, cuidados y una decocción de este amargo medicamento, quizá la fiebre no hubiera resultado mortal para ninguno de nosotros. No creo que el sitio tuviera que ser el mayor inculpado; aunque es evidente que la dieta desacostumbrada, el súbito descenso de la temperatura por la noche, los frecuentes chubascos que empapaban la ropa de los soldados que se les secaba sobre el cuerpo, la humedad del suelo sobre el que dormían -sin cuidarse de fabricarse plataformas como lo hacían los nativos- fueron todos factores enemigos de la salud de todo español cuya constitución no fuera de piedra. Pero pensé que mientras el coronel mantuvo a los hombres severamente disciplinados y activamente ocupados, nadie había manifestado el más ligero síntoma de la enfermedad; que, en realidad, la peste que nos atormentaba era lo que los italianos llaman la influenza, que atribuyen a misteriosas influencias planetarias, más que a las malas condiciones sanitarias o a la proximidad de pútridos marjales. Es a menudo la secuela de un difundido desamor, un crimen o un desastre público, o de una prolongada guerra que ninguna de ambas partes tiene el coraje de acabar de algún modo; y atribuyo mi propia recuperación al cuidado que había tenido en no participar de manera directa en los malignos acontecimientos cuya crónica estuvo a mi cargo.
 
La primera muerte ocurrió el 17 de octubre, la vigilia de San Lucas Evangelista, triste manera de hacernos recordar que no contábamos con médico alguno; y la víctima no fue otra que el padre Antonio. Su fallecimiento causó profunda pena a todos, salvo a los Barreto, pero sobre todo al vicario, que le había dado el viático. Se lamentaba que daba pena sobre el cadáver del capellán y, con los ojos alzados al cielo y lágrimas en las mejillas, pude oír que clamaba:
 
- ¡Oh, Señor, Dios mío, qué pesado es el castigo que has impuesto a mis pecados! ¿Me has dejado, Señor, sin un sacerdote con quien pueda confesarme...? ¡Oh, padre Antonio de Serpa, cuán afortunada ha sido tu suerte! Sumido en situación tan triste, de buen grado cambiaría mi suerte por la tuya: aunque tengo la potestad de absolver los pecados de cada cual en esta isla, nadie puede hacer lo mismo por mí.
 
Andando con pie trastabillante de un sitio al otro, con la cara oculta en las manos, se negaba a recibir consuelo alguno, aunque Pedro Fernández y Juan de la Isla le imploraban que se serenara. Luego se arrastró a la iglesia y allí lloró sin control frente al altar, rezando por el alma del padre Antonio y ensalzando sus virtudes; y por fin se dirigió al cementerio y, pidiendo una espada, cavó una tumba profunda con sus propios débiles brazos.
 
Esa noche, cuando la luna se elevó por el este, se encontraba en eclipse total, lo cual fue motivo de gran consternación: había oído decir que esa era una ocasión en que las brujas estaban en libertad de cometer el mal que el capricho les dictara, y que el espíritu de un gran personaje abandonaría su cuerpo antes de que una nueva luna se elevara. Ningún centinela ocupó su puesto sin llevar un amuleto al cuello y un camarada a su lado; y al romper el día corrió el rumor por el campamento de que cierto oficial, al abandonar su tienda para ir a evacuar a la luz de las estrellas, había visto a una mujer desnuda con una rama en la mano que utilizaba para hechizar la residencia. Di poco crédito a este rumor; pero otro, el de que el cadáver de Sebastián se había desintegrado durante la noche, fuera por obra de perros hambrientos o de brujas, me fue solemnemente confirmado por Myn.

 
Robert Graves (Inglaterra, 1895-1985).

martes, 15 de agosto de 2017

El eclipse no tiene la culpa

 
"¿Cuál es la causa de un eclipse?", se preguntaba Aristóteles en su Metafísica. "¿Cuál su materia? Ninguna, sino que la Luna es la que lo padece. Y ¿cuál es la causa eficiente que destruye la luz? La Tierra." De este argumento se valió para establecer que un enunciado es oscuro si no lo acompaña la causa. "¿Qué es un eclipse?" -se vuelve a preguntar-. "Privación de luz. Pero, si se añade «por la interposición de la Tierra», este enunciado implica la causa."
 
Algunas civilizaciones primitivas desarrollaron conocimientos astronómicos muy avanzados. Sin embargo, con frecuencia atribuían a los eclipses poderes excepcio- nales. Decía Voltaire en su Diccionario filosófico que "Durante mucho tiempo los pueblos consideraron los fenómenos extraordinarios como presagios de sucesos prósperos o adversos. Los historiadores romanos observaron que un eclipse de sol acompañó el nacimiento de Rómulo, que otro anunció su muerte y un tercero precedió la fundación de Roma."
 
En torno a los eclipses se acumulan creencias y leyendas que forman parte de diversas mitologías. Por ejemplo Robert Graves en Los mitos griegos menciona que:
 
"La «sangre de los corazones» de las Erinias con la que estaba amenazada el Ática parece ser un eufemismo por la sangre menstrual. Un encantamiento inmemorial utilizado por las hechiceras que quieren maldecir una casa, un campo o un establo, consiste en correr desnudas a su alrededor, en sentido contrario al del movimiento del sol, nueve veces, mientras tienen la menstruación. Esta maldición es considerada más peligrosa para las cosechas, el ganado y los niños durante un eclipse lunar, y completamente inevitable si la hechicera es una virgen que tiene la menstruación por primera vez."

No muy lejanas se encuentran las explicaciones en torno a la Luna que describe Jacques Soustelle en El universo de los aztecas:
 
"La Luna representa el lado femenino de la naturaleza, la fecundidad, la vegetación y también la embriaguez. Cuando se producía un eclipse, pensábase que la luna moría; si una mujer encinta salía de su casa durante un eclipse lunar, debía llevar en la cintura una hoja de obsidiana, sin la cual su hijo nacería con labio leporino, pues su rostro se parecería al del conejo lunar. Todavía hoy en el campo, los indígenas dicen que «la Luna ha muerto» cuando se produce un eclipse, y las mujeres encintas sólo salen de su casa llevando un cuchillo o unas tijeras a la cintura."

Un sapo, afirma Arthur Waley, era considerado entre los chinos como responsable de los eclipses lunares. Según las antiguas creencia chinas, se trataba de una mujer hechizada que tras haberse robado el elíxir de la inmortalidad, como castigo fue desterrada a vivir para siempre en la luna. Debido a sus fuerzas demiúrgicas podía tragársela, provocando cada vez que lo hacía, su desaparición en la forma de un eclipse total o parcial.
 
Y para concluir, esta reflexión que André Maurois incluye en El arte de pensar, y que recurre al eclipse como un ejemplo de axioma falso:
 
"Hay observaciones que sugieren algunas hipótesis sobre la interconexión de fenómenos. Para verificar tales hipótesis, el sabio provoca nuevas observaciones más rigurosas. «El observador, dice Cuvier, escucha a la naturaleza; el experimentador la interroga y la obliga a manifestarse». Por ejemplo, hace variar las causas y anota las variaciones del efecto. Si observa una relación fija entre causa y el efecto, la relación parecerá confirmada. Sin embargo, el error aún es posible. «Después de esto, luego a causa de esto», es a menudo un axioma falso. Que haya estallado una guerra después de un eclipse no significa que el eclipse sea su causa. En Oxford se cuenta la historia de un estudiante que tomaba todas las noches una buena cantidad de whiskies and soda, y enseguida se le confundían las ideas. Abandonó el whisky y tomó brandy and soda; nuevamente se embriagaba. Probó un gin and soda. «No hay duda, concluyó, es la soda». Si hubiese sido un experimentador más sabio, habría intentado una contraprueba: suprimir la soda manteniendo el whisky, el brandy y el gin, y así habría descubierto el error."
  
 Jules Etienne
 
La ilustración corresponde a una fotografía de Eugen Kamenev.

jueves, 14 de enero de 2016

Unicornios: LA DAMA BLANCA, de Robert Graves

"La pureza de la virgen representa la integridad espiritual. El unicornio apoya la cabeza en su regazo..."

(Fragmento)

La Letanía de la Virgen Santísima contiene la plegaria Sedes sapientiae, ora pro nobis, «Sede de la Sabiduría, ruega por nosotros». Pues San Pedro Crisólogo en su Sermón sobre la Anunciación había representado a la Virgen como el templo de siete pilares que la Sabiduría (según Proverbios, IX, 10) se había erigido a sí misma. Así se puede interpretar fácilmente el significado de la alegoría, medieval acerca del unicornio blanco como la leche que podía ser capturado solamente con la ayuda de una virgen pura. El Unicornio es el Corzo en el Soto. Se aloja bajo un manzano, el árbol de la inmortalidad por la sabiduría. Sólo lo puede capturar una virgen pura: la Sabiduría misma. La pureza de la virgen representa la integridad espiritual. El unicornio apoya la cabeza en su regazo y llora de alegría. Pero la versión provenzal de la fábula es que el animal hociquea sus pechos e intenta otras familiaridades, por lo que la virgen le ase suavemente por el cuerno y lo lleva adonde están los cazadores: aquí es, en realidad, un símbolo del amor profano rechazado por el amor espiritual.
 
Robert Graves (Inglaterra, 1895-1985)

La ilustración corresponde a La virgen y el unicornio (1604), de Domenico Zampieri.

viernes, 26 de junio de 2015

Circe: LOS MITOS GRIEGOS, de Robert Graves


(Fragmento)

Dirigió la única nave que le quedaba hacia el este y tras un largo viaje llegó a Eea, la isla de la Aurora, gobernada por la diosa Circe, hija de Helio y Perse, y por tanto hermana de Ectes, el terrible rey de Cólquíde. Circe era hábil en toda clase de encantamientos, pero quería poco a la especie humana. Cuando echaron suertes para decidir quién se quedaría vigilando el navio y quién saldría para explorar la isla, le tocó al querido compañero de Odiseo, Euríloco, desembarcar con otros veintidós tripulantes. Descubrió que Eea abundaba en robles y otras clases de árboles, y por fin llegó al palacio de Circe, construido en un gran claro hacia el centro de la isla. Lobos y leones rondaban por los alrededores, pero en vez de atacar a Euríloco y sus compañeros se enderezaban sobre las patas traseras y les acariciaban. Se habría podido tomar a aquellos animales por seres humanos, y en realidad lo eran, aunque los habían transformado así los hechizos de Circe.
 
Circe se hallaba en el vestíbulo, cantando mientras tejía, y cuando el grupo de Euríloco la llamó a gritos salió sonriendo y los invitó a comer en su mesa. Todos entraron alegremente, excepto Euríloco, quien, sospechando un engaño, se quedó afuera y atisbo ansiosamente por las ventanas. La diosa sirvió una comida de queso, cebada, miel y vino, para los marineros hambrientos; pero estaba drogada, y tan pronto como comenzaron a comer les tocó en el hombro con su varita y los transformó en puercos. Luego, abrió inexorablemente la portezuela de una pocilga, los encerró en ella, les echó unos puñados de bellotas y frutos del cornejo en el suelo fangoso y los dejó allí revolcándose.
 
Euríloco volvió llorando e informó a Odiseo de la desgracia ocurrida, quien tomó su espada y salió decidido a salvarlos, pero sin un plan fijo en la cabeza. Con gran sorpresa se encontró con el dios Hermes, quien le saludó cortésmente y le ofreció un remedio contra la magia de Circe: una flor blanca perfumada con la raíz negra, llamada moly, que sólo los dioses pueden reconocer y elegir. Odiseo aceptó el don agradecido y siguió su camino hasta el palacio de Circe, quien también le agasajó a él. Cuando hubo tomado la comida mezclada con drogas, Circe levantó la vara y le tocó con ella en el hombro, mientras le ordenaba: «Ahora ve a la pocilga y échate con tus compañeros.» Pero Odiseo había olido a escondidas la flor de moly, por lo que no quedó encantado, y se levantó de un salto espada en mano. Circe cayó llorando a sus pies y le suplicó: «¡Perdóname y compartirás mi lecho y reinarás en Eea conmigo!» Como sabía que las hechiceras poseen el poder de enervar y destruir a sus amantes, extrayéndoles secretamente la sangre en pequeñas ampollas, Odiseo hizo jurar solemnemente a Circe que no tramaría ninguna nueva travesura contra él. Ella juró por los dioses benditos y, después de proporcionarle un delicioso baño caliente, vino en copas de oro y una sabrosa cena servida por una venerable ama de llaves, se dispuso a pasar la noche con él en un lecho con colcha de púrpura. Pero Odiseo no quiso responder a sus requerimientos amorosos hasta que accedió a liberar no sólo a sus compañeros, sino también a todos los otros marineros encantados por ella. Una vez hecho eso se quedó de buena gana en Eea hasta que ella le hubo dado tres hijos: Agrio, Latino y Telégono.
 
Odiseo anhelaba continuar su viaje y Circe le dejó ir. Pero primeramente debía hacer una visita al Tártaro y buscar allí al adivino Tiresias, quien le profetizaría la suerte que le esperaba en Ítaca, si llegada alguna vez a ella, y después. «El soplo del Viento Norte conducirá tu nave -le dijo Circe- hasta que hayas atravesado el océano y llegues al bosque de Perséfone, notable por sus álamos negros y sus añosos sauces. En el punto donde los ríos Flegetonte y Cocito desembocan en el Aqueronte cava una zanja y sacrifica un carnero joven y una oveja negra, que yo misma proporcionaré, a Hades y Perséfone. Deja que la sangre entre en la zanja y mientras esperas a que llegue Tiresias ahuyenta a todas las otras ánimas con tu espada. Deja que Tiresias beba todo lo que quiera y luego escucha atentamente su consejo.»
 
Odiseo obligó a sus hombres a embarcarse, aunque se mostraban renuentes a dejar la agradable Eea por el país de Hades. Circe les proporcionó un viento favorable que los llevó rápidamente al Océano y a las lejanas fronteras del mundo donde a los Cimerios, rodeados de niebla, ciudadanos de la Oscuridad Perpetua, se les niega la vista del Sol. Cuando avistaron el Bosque de Perséfone desembarcó Odiseo e hizo exactamente lo que le había aconsejado Circe. La primera ánima que apareció en la zanja fue la de Elpenor, uno de sus propios marineros que pocos días antes, borracho, se había dormido en el techo del palacio de Circe y, al despertar aturdido, cayó a tierra y se mató. Odiseo había abandonado Eea tan apresuradamente que no advirtió la ausencia de Elpenor hasta que era ya demasiado tarde, y ahora le prometió un entierro decente.
   
Robert Graves (Inglés fallecido en España, 1895-1985). 

lunes, 26 de enero de 2015

Enero: YO, CLAUDIO, de Robert Graves


(Fragmento del capítulo XXXIII)
 
El gran Festival Palatino comenzaba al día siguiente. Ese festival en honor de Augusto había sido instituido por Livia a principios de la monarquía de Tiberio, y se celebraba anualmente en el patio meridional del palacio viejo. Comenzaba con sacrificios a Augusto y una procesión simbólica, y continuaba durante tres días con obras teatrales, danzas, canciones, juegos de manos y cosas por el estilo. Se levantaban tribunas de madera, con asientos para sesenta mil personas. Cuando terminaba el festival las tribunas eran desmontadas y se guardaban para el año siguiente. Ese año Calígula prolongó los tres días a ocho, intercalando entre los espectáculos carreras de cuadrigas en el circo y fingidas batallas navales en la dársena. Quería divertirse continuamente hasta el día en que zarpara rumbo a Alejandría, o sea el veinticinco de enero. Porque pensaba ir a Egipto a estudiar el paisaje, reunir dinero por medio de su inconmovible rigor y de las mismas artimañas que había usado en Francia, hacer planes para la reconstrucción de Alejandría y finalmente, así se jactaba, poner una nueva cabeza a la Esfinge.
 
Comenzó el festival. Calígula hizo los sacrificios a Augusto, pero en forma más bien superficial y desdeñosa, como un amo que en una ocasión cualquiera tiene que hacer un favor insignificante a uno de sus esclavos. Cuando terminó con eso, proclamó que si algún ciudadano presente pedía una merced que estuviera en su poder conceder, la concedería graciosamente. Últimamente estaba enojado con el pueblo por la falta de entusiasmo demostrada en las luchas de animales feroces, y les había castigado cerrando los graneros públicos durante diez días. Pero quizá  les había perdonado, porque acababa de arrojar dinero desde el techo de palacio. Entonces se escuchó un alegre grito: "¡Más pan, menos impuestos, César! ¡Más pan, menos impuestos!".
 
Calígula se enfureció. Envió un pelotón de germanos a que recorrieran las hileras de bancos, y los germanos cortaron más de cien cabezas. Este incidente inquietó a los conspiradores. Era un recordatorio de la barbarie de los germanos y de la increíble devoción que tenían hacia Calígula. Para entonces era difícil que hubiese un solo ciudadano que no ansiara la muerte de Calígula, o que no lo hubiese hecho añicos con ganas, como se dice. Pero para esos germanos era el héroe más glorioso que había existido nunca. Y si se vestía de mujer, o se alejaba de pronto, al galope, de su ejército en marcha, o hacia que Cesonia se presentara desnuda ante ellos y se jactaba de su belleza; o si incendiaba su más hermosa casa de campo de Herculano, so pretexto de que su madre Agripina había estado presa allí durante dos días, cuando se dirigía a la isla en que murió. Estas actitudes inexplicables lo hacían más digno de su adoración, lo convertían en un ser divino. Solían mirar y, asintiendo, se decían: "Si, los dioses son así. No se sabe qué harán en un momento dado. Tuisco y Mann, en nuestra querida patria, son como él".
 
Casio era osado y no le importaba lo que pudiera sucederle a él personalmente, siempre que Calígula fuese asesinado, pero los otros conspiradores, que no tenían sentimientos tan enérgicos, comenzaron a preguntarse cuál seria la venganza que se tomarían los germanos en los asesinos de su maravilloso héroe. Empezaron a presentar excusas, y Casio no logró que aceptaran un plan de acción conveniente. Sugirieron que era mejor dejarlo en manos del azar.
 
Robert Graves (Inglaterra, 1895-1995)

La ilustración corresponde a Claudio, un emperador romano (1871), de Sir Lawrence Alma Tadema.