Luz del verano sobre la bahía en Vancouver. (Fotografía de Jules Etienne).

jueves, 27 de agosto de 2015

Venecia: BOMARZO, de Manuel Mujica Láinez

"Venecia se delineó frente a mí, líquida, aérea, transparente..."

(Fragmento del capítulo VI: El retrato de Lorenzo Lotto)

... quien no ha visto a Venecia en el siglo XVI no puede jactarse de haberla visto. Comparada con aquella vasta composición cuidada e impetuosa de Tintoretto o de Tiziano, la actual es como una tarjeta postal, o un cromo, o una de esas acuarelas que los pintarrajeadores venden en la plaza de San Marcos a los extranjeros inocentes. Supongo que otro tanto diría -incomodándome en ese caso a mí- quien la hubiera conocido en el siglo XV, en el XVIII y quizás en el XIX. Yo sólo hablo de lo que tuve la suerte de conocer. La Venecia que el lector habrá recorrido tal vez en estos años de posguerra, bazar de cristales reiterados en series, con lanchas estrepitosas, hoteles innúmeros, fotógrafos, turistas invasores, histéricas, lunas de miel, serenatas con tarifa, pillastres de la sensualidad, rezagados de Ruskin y ambiciosas porta-bikinis, no conserva vínculo alguno, fuera de ciertos rasgos de la decoración eterna, con aquella, admirable, que yo visité en el otoño de 1532. Se suele repetir que determinadas ciudades -Brujas, Toledo, Venecia- no cambian; que el tiempo las respeta y pasa de puntillas a su lado. No es verdad: cambian y mucho. Venecia ha cambiado tanto que cuando he llegado a ella, recientemente, me ha costado ajustar esa imagen sobre la que mi espíritu guardará intacta para siempre, de una ciudad maravillosa.
 
Apenas la entreví la mañana de nuestro arribo. Iba muy enfermo, en una embarcación que alquilamos cuando nos rendimos ante la evidencia de que no sería capaz de seguir a caballo, pero el primer contacto fue deslumbrador. Después de Bomarzo, hecho de piedras ásperas, de ceniza y de herrumbre, apretado, hosco, Venecia se delineó frente a mí, líquida, aérea, transparente, como si no fuera una realidad sino un pensamiento extraño y bello; como si la realidad fuera Bomarzo, aferrado a la tierra y a sus secretas entrañas, mientras que aquel increíble paisaje era una proyección cristalizada sobre las lagunas, algo así como una ilusión suspendida y trémula que en seguida, como el espejismo de los sueños, podía derrumbarse silenciosamente y desaparecer. No es que yo considerara a Bomarzo menos poético -líbreme de ello Dios-, pero en Bomarzo la poesía era algo que brotaba de adentro, que se gestaba en el corazón de la roca y se nutría del trabajo secular de las esencias escondidas, en tanto que en Venecia lo poético resultaba, exteriormente, luminosamente, del amor del agua y del aire, y, en consecuencia, poseía una calidad fantasmal que se burlaba de los sentidos y exigía, para captarla, una comunicación en la que se fundían el transporte estético y la vibración mágica. Ésa fue mi impresión primera ante la fascinadora. Luego comprendí que, sobre mí en todo caso, la fuerza misteriosa de Bomarzo, menos manifestada en la superficie, más recónditamente vital, obraba con un poderío mucho más hondo que aquel cortesano seducir, hecho de juegos exquisitos y de matices excitantes, pero, como tantos, como todos, sucumbí al llegar ante el encanto de la ciudad incomparable, traicioné en el recuerdo a mi auténtica verdad -cada uno tiene su propio Bomarzo- pensé que no había, que no podía haber en el mundo nada tan hermoso como Venecia, ni tan rico, ni tan exaltador, ni tan obviamente creado para procurar esa difícil felicidad que buscamos con ansia, agotando seres y lugares ,los desesperadamente sensibles.
 
 
Manuel Mujica Láinez (Argentina, 1910-1984)

miércoles, 26 de agosto de 2015

Venecia: EL ÁNGEL SOMBRÍO, de Mika Waltari

"Venecia, reina de los mares..."

(Fragmento)
 
23 de mayo de 1453

Hoy se ha esfumado nuestra última esperanza. El emperador tenía razón. Preparado como se halla por el ayuno, la vigilia y la oración, su sensibilidad es más aguda que la de todos nosotros a la hora de advertir el postrer latido de su reino.
 
La nave que fue despachada en busca de la flota veneciana regresó al alba sin poder cumplir con su misión. Por una mezcla de buena suerte, pericia y valentía, la embarcación se deslizó sin contratiempo alguno a través de los Dardanelos, burlando las naves turcas de vigilancia.
 
Han regresado los mismos doce hombres que partieron. Seis son venecianos y los otros seis griegos. Durante los veinte días que navegaron por el mar Egeo o atisbaron ninguna nave cristiana.
 
Cuando vieron por fin que su búsqueda era inútil y que corrían el peligro de ser descubiertos por un barco turco, conferenciaron sobre qué debían hacer. Algunos opinaron:
 
"Hemos cumplido con nuestro deber. ¿Por qué hemos de volver a la ciudad si su caída es tan segura?".
 
A lo que otros respondieron: "El emperador nos envió y debemos regresar para darle el informe. Sometámoslo a votación".
 
Se miraron unos a otros, rompieron a reír, y por unanimidad acordaron poner rumbo a Constantinopla.
 
Topé con dos de estos hombres en el palacio de Blaquernae.
 
Reían todavía de buena gana al relatar lo infructuoso de su expedición, mientras los venecianos les servían vino y les daban amistosas palmadas den la espalda. Pero sus ojos, heridos por el peligro y el mar, no sonreían.
 
- ¿Cómo habéis tenido valor para regresar sabiendo que os espera una muerte cierta? -les pregunté.
 
Volvieron hacia mí sus rostros curtidos por la intemperie y respondieron casi al unísono:
 
- Somos marinos venecianos.
 
Esto era bastante, quizá. Venecia, reina de los mares, por muy codiciosa, cruel y calculadora que pudiera ser, ha criado a sus hijos en la máxima de vivir y morir en defensa del honor de su patria.
 
Pero no hay que olvidar que seis de los doce expedicionarios eran griegos. Y éstos han demostrado que un griego puede ser fiel a una causa perdida; hasta la muerte.

Mika Waltari (Finlandia, 1908-1979)

martes, 18 de agosto de 2015

Venecia: CONCIERTO BARROCO, de Alejo Carpentier


(Fragmento sobre el envejecimiento de Venecia)

Se volvió Filomeno hacia las luces, y parecióle, de pronto, que la ciudad había envejecido enormemente. Salíanle arrugas en las caras de sus paredes cansadas, fisuradas, resquebrajadas, manchadas por las herpes y los hongos anteriores al hombre, que empezaron a roer las cosas no bien éstas fueron creadas. Los campaniles, caballos griegos, pilastras siriacas, mosaicos, cúpulas y emblemas, harto mostrados en carteles que andaban por el mundo para atraer a las gentes de “travellers checks”, habían perdido, en esa multiplicación de imágenes, el prestigio de aquellos Santos Lugares que exigen, a quien pueda contemplarlos, la prueba de viajes erizados de obstáculos y de peligros. Parecía que el nivel de las aguas hubiese subido. Acrecía el paso de las lanchas de motor la agresividad de olas mínimas, pero empeñosas y constantes, que se rompían sobre los pilotajes, patas de palo y muletas, que todavía alzaban sus mansiones, efímeramente alegradas, aquí, allá, por maquillajes de albañilería y operaciones plásticas de arquitectos modernos. Venecia parecía hundirse, de hora en hora, en sus aguas turbias y revueltas. Una gran tristeza se cernía, aquella noche, sobre la ciudad enferma y socavada. Pero Filomeno no estaba triste. Nunca estaba triste. Esta noche, dentro de media hora, sería el Concierto -el tan esperado concierto de quien hacía vibrar la trompeta como el Dios de Zacarías, el Señor de Isaías, o como lo reclamaba el coro del más jubiloso salmo de las Escrituras.


Alejo Carpentier (Cubano nacido en Suiza y fallecido en Francia; 1904-1980)

La ilustración corresponde a una fotografía de Punta della Dogana, de Massimiliano Salvato:
http://ilgiornaledellarte.com/articoli/articoli/2013/2/115522.HTML 

domingo, 16 de agosto de 2015

Venecia: LA TEMPESTAD, de Juan Manuel de Prada

"... Venecia se mantenía fiel a su designio, que no era otro que el de hundirse grandiosamente en la laguna..."

(Fragmento)
 
Contemplé el perfil de su rostro, erosionado como el de Venecia por las sucesivas invasiones de hombres que la habían venerado o mutilado moralmente, pero inasequible a su dominación. Los extranjeros se habían agolpado sobre Venecia y la habían arañado con sus zarpas, o se habían obstinado en redimirla de su decadencia, pero Venecia se mantenía fiel a su designio, que no era otro que el de hundirse grandiosamente en la laguna, para convertirse en un cementerio submarino con palacios como mausoleos y grandes plazas para que paseen los muertos.
 
 
Juan Manuel de Prada (España, 1970) 

lunes, 10 de agosto de 2015

Venecia: FARAH Y EL MERCADER DE VENECIA, de Isak Dinesen

El mercader de Venecia: acto IV, escena primera.

Una vez un amigo me escribió desde mi país y me describía una nueva escenificación de El mercader de Venecia. Por la tarde leí la carta una y otra vez, la obra fue adquiriendo vida para mí y me parecía que llenaba la casa, así que llamé a Farah para hablar con él y explicarle el argumento de la comedia.
 
A Farah, como a todas las personas de sangre africana, le gustaba escuchar un cuento, pero sólo cuando estaba seguro de que él y yo estábamos solos en la casa consentía en escucharlo. Yo narraba y él escuchaba, cuando los sirvientes habían vuelto a sus cabañas y cualquiera que anduviera por la granja, mirando por las ventanas, hubiera creído que estábamos discutiendo asuntos domésticos, Farah inmóvil de pie, al otro lado de la mesa, con sus graves ojos en mi rostro.
 
Farah siguió atentamente los asuntos de Antonio, Bassanio y Shylock. Era un asunto grande y complicado, de algún modo al margen de la ley, algo muy real para un somalí. Me hizo una o dos preguntas sobre la cláusula de la libra de carne; estaba claro que le parecía un trato excéntrico, pero no imposible; los hombres podían dedicarse a ese tipo de cosas. Y aquí la historia comenzaba a oler a sangre, su interés creció. Cuando Portia apareció en escena aguzó los oídos; me imagino que la veía como a una mujer de su propia tribu, Fátima, con todas las velas desplegadas, hábil e insinuante, más lista que cualquier hombre. Las gentes de color no toman partido en un cuento, el interés para ellos reside en lo ingenioso de la trama; y los somalíes, que en la vida real tienen un sólido sentido de los valores y un don de indignación moral, se olvidan de eso en las ficciones. Las simpatías de Farah estaban con Shylock, que prestaba el dinero; le repugnaba su derrota.
 
- ¿Cómo? -dijo-. ¿Por qué renunció el judío a su exigencia? No debía haberlo hecho. Le debían la carne, era muy poca para tanto dinero.
 
- ¿Pero qué otra cosa podía hacer -le pregunté- cuando no podía derramar ni una sola gota de sangre?
 
- Memsahib -dijo Farah-, podía haber usado un cuchillo al rojo vivo. Así no sale sangre.
 
- Pero -le dije- no le permitían tomar más que una libra, ni más ni menos.
 
- Y qué -dijo Farah-, ¿se asustaría por eso precisamente un judío? Podía haber ido cogiendo pedacitos cada vez, con una balanza pequeña en la mano para ir pesando, hasta que tuviera justamente una libra. ¿Es que el judío no tenía amigos que le aconsejaran?
 
Todos los somalíes tienen en su talante algo extraordinariamente dramático. Farah, con un ligero cambio en el aire y en la actitud, había tornado un aspecto peligroso, como si de verdad estuviera en el Tribunal de Venecia, dando ánimos a su amigo o socio Shylock frente a la muchedumbre de amigos de Antonio y al mismísimo Dux de Venecia. Sus ojos inquietos miraban de arriba abajo al Mercader que estaba delante de él, con su pecho desnudo ofreciéndose al cuchillo.
 
- Mira, Memsahib -dijo-, podía haber cogido pedazos pequeños, muy pequeños. Podía haberle hecho sufrir mucho bastante antes de coger la libra de su carne.
 
Dije:
 
- Sí, pero en el cuento el judío renuncia.
 
- Sí, pero fue una gran lástima -dijo Farah.
 
 
   
Isak Dinesen: Karen Blixen (Dinamarca, 1885-1962)
 
La ilustración corresponde a la Escena del juicio, óleo de Richard Smirke.