Vancouver: luz de agosto en la bahía. (Fotografía de Jules Etienne).
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lunes, 13 de mayo de 2024

Mirándolas dormir: LOS PASOS PERDIDOS, de Alejo Carpentier

"Yo la había calmado con un somnífero, recurriendo luego a la venda negra..."

(
Fragmento del capítulo V)

Jueves, 8

A lo lejos repican las campanas de una iglesia con uno de esos ritmos parroquiales, conseguido por el guindarse de las cuerdas, que ignoran los carillones eléctricos de las falsas torres góticas de mi país. Mouche, dormida, se ha atravesado en la cama de modo que no queda lugar para mí. A veces, molesta por un calor inhabitual, trata de quitarse la sábana de encima, enredando más las piernas en ella. La miro largamente, algo resquemado por el chasco de la víspera: aquella crisis de alegría, debida al perfume de un naranjo cercano, que nos alcanzó en este cuarto piso, acabando con los grandes júbilos físicos que yo me hubiera prometido para aquella primera noche de convivencia con ella en un clima nuevo. Yo la había calmado con un somnífero, recurriendo luego a la venda negra, para poder hundir más pronto mi despecho en el sueño. Vuelvo a mirar entre persianas. Más allá del Palacio de los Gobernadores, con sus columnas clásicas sosteniendo un cornisamento barroco, reconozco la fachada Segundo Imperio del teatro donde anoche, a falta de espectáculos de un color más local, nos acogieran, bajo grandes arañas de cristal, los marmóreos drapeados de las Musas custodiadas por bustos de Meyerbeer, Donizetti, Rossini y Hérold. Una escalera con curvas y floreo de rococó en el pasamano nos había conducido a la sala de terciopelos encarnados, con dentículos de oro al borde de los balcones, donde se afinaban los instrumentos de la orquesta, cubiertos por las alborotosas conversaciones de la platea.

Todo el mundo parecía conocerse. Las risas se encendían y corrían por los palcos, de cuya penumbra cálida emergían brazos desnudos, manos que ponían en movimiento cosas tan rescatadas del otro siglo como gemelos de nácar, impertinentes y abanicos de plumas. La carne de los escotes, la atadura de los senos, los hombros, tenían una cierta abundancia muelle y empolvada que invitaba a la evocación del camafeo y del cubrecorsé de encajes. Pensaba divertirme con los ridículos de la ópera que iba a representarse dentro de las grandes tradiciones de la bravura, la coloratura, la fioritura. Pero ya se había alzado el telón sobre el jardín del castillo de Lamermoore, sin que lo desusado de una escenografía de falsas perspectivas, mentideros y birlibirloques, estuviese aguzando mi ironía. Me sentía dominado más bien por su indefinible encanto, hecho de recuerdos imprecisos y de muy remotas y fragmentadas añoranzas.

Alejo Carpentier
(Cubano nacido en Suiza y fallecido en Francia, 1904-1980)

martes, 13 de junio de 2023

Tampico: LA CONSAGRACIÓN DE LA PRIMAVERA, de Alejo Carpentier

"... tomé el camino de París, vía Tampico, pues quería evitar la escala habanera..."

(
Fragmento final del capítulo 5)

Claro estaba que había que contar con la Revolución, con la bendita Revolución, con la obsesionante Revolución, que ya estaba empezando a cansarme, a saturarme, de tanto como se hablaba de ella en México -y sin hallar que, a pesar de muchas conquistas evidentes, esa Revolución hubiese realizado trascendentales cambios, cambios profundos, en cuanto a las estructuras sociales puesto que si con ella el Indio había recuperado su prestigio, no por esto se había librado de una miseria harto generalizada en los campos y las ciudades-…Con tales pensamientos y preguntas estaba yo instalando en mí el temible personaje goethiano de La preocupación: “Aun cuando ningún oído me escuchara / igualmente sonarían mis palabras en tus entrañas. / Soy el compañero eternamente inquieto / al que siempre encontramos / aunque nunca lo busquemos, / a la vez acariciado y maldito… ”…Mi tía temerosa de verme regresar a Cuba, me colmaba de giros. Al encontrarme, una mañana, con tres mil dólares en el National City Bank -y recordando que el cambio estaba a casi cincuenta francos por dólar- tomé el camino de París, vía Tampico, pues quería evitar la escala habanera, inevitable entre Veracruz y Europa. Me marchaba con una vaga sensación de culpa: remordimiento, preocupación… Detrás, los Dioses del Continente me habían demostrado, con una crisis de conciencia, que la asignatura-América era una asignatura difícil. Sin llegar a ver la médula del árbol, me había ensangrentado las manos al tratar de arañarle la corteza.

Alejo Carpentier
(Cubano nacido en Suiza y fallecido en Francia, 1904-1980).

jueves, 10 de noviembre de 2022

Noviembre: EL ARPA Y LA SOMBRA, de Alejo Carpentier

"Con el creciente frío, aparecieron dos ballenas al paso del paralelo de Valdivia. El 10 de noviembre..."

(Fragmento del capítulo I: El arpa)

Se afirmó, en letras de molde, que el mantenimiento de su inoperante misión venía a costar 50,000 pesos al erario público. Se les calificó de espías de la Santa Alianza. Y, para colmo, se anunció, ya en firme, la secularización inminente del clero chileno, con la cual se nacionalizaría la iglesia de aquí, eximiéndosela de toda obediencia a Roma. Ante tales realidades, Muzi hizo saber al gobierno que regresaría inmediatamente a Italia, considerando que su confianza y buena voluntad habían sido defraudadas. Y, al cabo de nueve meses y medio de una vana actividad, el prelado, su joven auditor y Don Salustio, tomaron el camino de Valparaíso, que era entonces un destartalado villorrio de pescadores, situado en el regazo de un circo de montañas donde tanto se hablaba el inglés como el español, por haber allí prósperos almacenes británicos que comerciaban con las naves fondeadas tras de largas y difíciles navegaciones por el Pacífico meridional, y, sobre todo, con los esbeltos y veloces clippers norteamerica- nos, cada vez más numerosos y que, para pasmo de las gentes, ostentaban ya arboladuras de cuatro palos. Mastaï, algo afligido por el fracaso de la misión, conoció los estremecimientos telúricos de dos terremotos que, sin causarle daños, le hicieron padecer la indecible angustia de sentir perdida su estabilidad -como atolondrado el equilibrio de su cuerpo- admirándose ante la ecuanimidad de unos músicos ciegos que, durante los breves seísmos, no dejaron de tocar alegres danzas -más atentos a sus limosnas que a furias volcánicas- y en una fonda portuaria fue invitado a apreciar los gloriosos sabores del piure, el loco, el cocha-yuyo y el monumental centollo de la Tierra de Fuego. Y, por fin, se hicieron a la mar los eclesiásticos, a bordo del “Colom- bia”, velero de buena andana y sólido casco, acostumbrado a afrontar las furias oceánicas de la siempre ardua circunnavegación del cono sur de América. Con el creciente frío, aparecieron dos ballenas al paso del paralelo de Valdivia. El 10 de noviembre, se estaba en la latitud de la isla de Chiloé. Y, el 17, se prepararon los navegantes a arrostrar la temible prueba de pasar el Cabo de Hornos.

Alejo Carpentier
(Cubano nacido en Suiza y fallecido en Francia, 1904-1980).

domingo, 27 de marzo de 2022

Día de reyes: DOS CARNAVALES DE EPIFANÍA, de Alejo Carpentier

"... había estallado el carnaval, el gran carnaval de Epifanía..."
 
Tal vez se deba a la influencia de haber crecido en Cuba donde se festeja el peculiar carnaval de la Epifanía durante el denominado día de los santos reyes, además del otro -tradicional en todo el mundo-, que precede al miércoles de ceniza, pero el caso es que Alejo Carpentier nos obsequia un par de vívidas y exuberantes descripciones, la primera de las cuales corresponde a su novela El reino de este mundo

Pero el día de su sepelio, un alegre estrépito de tambores llenaba la ciudad. Los negros, bien enterados de que algo había cambiado en Francia, habían pensado, aunque tardíamente, en celebrar su Carnaval de Epifanía, olvidado durante los años del ateísmo oficial. Desde temprano se habían disfrazado de Reyes y Reinas del África, de diablos, hechiceros, generales y bufones, echándose a las calles con calabazos, sonajas y cuanto pudiera golpearse y sacudirse en honor de Melchor, Gaspar y Baltasar. Los sepultureros, cuyos pies se agitaban impacientemente al compás de las músicas lejanas, cavaron a toda prisa una fosa exigua, donde metieron a empellones el ataúd de tablas rajadas, cuya tapa, además, estaba medio desclavada. A mediodía, mientras se bailaba en todas partes...

Y ahora un párrafo carnavalesco que tiene lugar en Venecia, el cual proviene de su maravillosa y breve alucinación Concierto Barroco: "había estallado el carnaval, el gran carnaval de Epifanía, en amarillo naranja y amarillo mandarina, en amarillo canario y en verde rana, en rojo granate, rojo de petirrojo, rojo de cajas chinas, trajes ajedrezados en añil, y azafrán, moñas y escarapelas, listados de caramelo y palos de barbería, bicornios y plumajes, tornasol de sedas metido en turbamulta de rasos y cintajos, turquerías y mamarrachos, con tal estrépito de címbalos y matracas, de tambores, panderos y cornetas, que todas las palomas de la ciudad, en un solo vuelo que por segundos ennegreció el firmamento, huyeron hacia orillas lejanas".
 
Después de eso, en cierto momento los protagonistas, el mexicano Montezuma (sic) y su criado cubano Filomeno, se encuentran en una sala de música con los mismísimos Vivaldi y Haendel, acompañados por una orquesta de huérfanas del Ospedale della Pietá, "y llegaban otras y otras más, trayendo perfumes en las cabelleras, flores en los escotes, zapatillas bordadas, hasta que la nave se llenó de caras jóvenes -¡por fin, caras sin antifaces!-, reidoras iluminadas por la sorpresa, y que se alegraron más aún cuando de las despensas empezaron a traerse jarras de sangría y aguamiel, vinos de España, licores de frambuesa y ciruela mirabel". Para que después de que Filomeno, al fin cubano, se tope con un cuadro en el que la serpiente está tentando a Eva, empiece a cantar "Mamita, mamita, ven, ven, ven. Que me come la culebra, ven, ven, ven". Y luego de hacer el ademán de que va a matar a la serpiente con un cuchillo, sigue: "La culebra se murió, calaba-són-son-son", y en un alarde de anacronismos, "Kábala-sum-sum-sum -coreó Antonio Vivaldi, dando al estribillo, por hábito eclesiástico, una inesperada flexión de latín salmodiado", de inmediato lo siguen Doménico Scarlatti, Jorge Federico Haendel y las setenta huérfanas: "Y, siguiendo al negro que ahora golpeaba la bandeja con una mano de mortero, formaron todos una fila, agarrados por la cintura, moviendo las caderas, en la más descoyuntada farándula que pudiera imaginarse -farándula que ahora guiaba Montezuma, haciendo girar un enorme farol en el palo de un escobillón al compás del sonsonete cien veces repetido. Kábala-sum-sum-sum".
 
Narración a la que sólo le faltaría la respectiva banda sonora. No en vano Carpentier tenía fama de ser un gran melómano -fue autor del ensayo La música en Cuba-, sino que se cuenta que solía escribir sus textos en la máquina de escribir, de esas que ahora ya no existen desplazadas por el ordenador: ¡en papel pautado!
 
Jules Etienne

Alejo Carpentier (Cubano nacido en Suiza y fallecido en Francia, 1904-1980).

martes, 30 de marzo de 2021

Miércoles de ceniza: EL RECURSO DEL MÉTODO, de Alejo Carpentier

"... negados a trabajar, cantando, con acompañamiento de bandurrias, cuatro o guitarra..."

(Fragmento del quinto capítulo)

Y si raras habían sido las Navidades últimas, más rara fue, aquella vez, la Semana mayor, pues en ella en vez de evocarse la Invención de la Santa Cruz, se asistió, a lo largo y ancho del territorio nacional, a la Invención de la Huelga.

Todo empezó el Miércoles de Ceniza, como quien no dice nada, por el paro insólito de unos braceros en el Ingenio América, que se negaron a aceptar unos vales canjeables por mercancía en el pago de sus jornales. Pronto, el movimiento se extendió a todos los centrales azucareros. Los guardas rurales, los guardias montados, las guarni- ciones provincianas, fueron movilizadas: pero nada podían contra hombres que ni manifestaban, ni alborotaban, que no «alteraban el orden público», sino que permane- cían quietamente en los portales de sus viviendas, negados a trabajar, cantando, con acompañamiento de bandurrias, cuatro o guitarra:

Yo no tumbo caña
que la tumbe el viento
o que la tumben las mujeres
con su movimiento.

Aquella huelga fue ganada.

Alejo Carpentier
(Cubano nacido en Suiza y fallecido en Francia, 1904-1980).

sábado, 11 de julio de 2020

Epidemias: TRES NOVELAS DE ALEJO CARPENTIER


El reino de este mundo

(Fragmento del capítulo 7: San Trastorno)

A la mañana siguiente, instada por Leclerc que acababa de atravesar pueblos diezmados por la epidemia, Paulina huyó a la Tortuga seguida por el negro Solimán y las camaristas cargadas de hatos. Los primeros días se distrajo bañándose en una ensenada arenosa y hojeando las memorias del cirujano Alejandro Oliverio Oexmelin, que tan bien había conocido los hábitos y fechorías de los corsarios y bucaneros de América, de cuya turbulenta vida en la isla quedaban las ruinas de una fea fortaleza. Se reía cuando el espejo de su alcoba le revelaba que su tez bronceada por el sol, se había vuelto la de espléndida mulata. Pero aquel descanso fue de corta duración. Una tarde. Leclerc desembarcó en la Tortuga con el cuerpo destemplado por sinies- tros escalofríos. Sus ojos estaban amarillos. El médico militar que lo acompañaba le hizo administrar fuertes dosis de ruibarbo.

Paulina estaba aterrorizada. A su mente volvían imágenes, muy desdibujadas, de una epidemia de cólera en Ajaccio. Los ataúdes que salían de las casas en hombros de hombres negros; las viudas veladas de negro, que aullaban al pie de las higueras; las hijas, vestidas de negro, que se querían arrojar a las tumbas de los padres, y a quienes había que sacar de los cementerios a rastras. De pronto se sentía angustiada por la sensación de encierro que había tenido muchas veces, en la infancia. La Tortuga, con su tierra reseca, sus peñas rojizas, sus eriales de cactos y chicharras, su mar siempre visible, se le asemejaba, en estos momentos, a la isla natal. No había fuga posible.

Los pasos perdidos

(Fragmento del capítulo VI)

En eso, un grifo abierto escupió una gárgara herrumbrosa, aspirando luego una suerte de tirolesa que corrió por todos los caños del edificio. Al ver caer el chorro que brotaba de la boca del tritón, en medio de la fuente, comprendimos que desde aquel instante sólo podríamos contar con nuestras reservas de agua, que eran pocas. Se habló de epidemias, de plagas, que serían acrecentadas por el clima tropical. Alguien trató de comunicarse con su Consulado: los teléfonos no tenían corriente, y su mudez los hacía tan inútiles, mancos como estaban, con el bracito derecho colgándoles del gancho de las reclamaciones, que muchos, irritados, los zarandeaban, los golpeaban sobre las mesas, para hacerlos hablar. «Es el Gusano» decía el gerente, repitiendo el chiste que, en la capital, había acabado por ser la explicación de todo lo catastrófico. «Es el Gusano.» Y yo pensaba en lo mucho que se exaspera el hombre, cuando sus máquinas dejan de obedecerle, en tanto que andaba en busca de una escalera de mano, para lanzarme hasta la ventanilla de un baño del cuarto piso, desde la cual podía mirarse afuera sin peligro. Cansado de otear un panorama de tejados, advertí que algo sorprendente ocurría al nivel de mis suelas. Era como si una vida subterránea se hubiera manifestado, de pronto, sacando de las sombras una multitud de bestezuelas extrañas. Por las cañerías sin agua, llenas de hipos remotos, llegaban raras liendres, obleas grises que andaban, cochinillas de caparachos moteados, y, como engolosinados por el jabón unos ciempiés de poco largo, que se ovillaban al menor susto, quedando inmóviles en el piso como una diminuta espiral de cobre. De las bocas de los grifos surgían antenas que avizoraban, desconfiadas, sin sacar el cuerpo que las movía. Los armarios se llenaban de ruidos casi imperceptibles, papel roído, madera rascada, y quien hubiera abierto una puerta, de súbito, habría promovido fugas de insectos todavía inhábiles en correr sobre maderas enceradas, que de un mal resbalón quedaban de patas arriba, haciéndose los muertos. Un pomo de poción azucarada, dejado sobre un velador, atraía una ascensión de hormigas rojas. Había alimañas debajo de las alfombras y arañas que miraban desde el ojo de las cerraduras. Unas horas de desorden, de desatención del hombre por lo edificado, habían bastado, en esta ciudad, para que las criaturas del humus, aprovechando la sequía de los caños interiores, invadieran la plaza sitiada.


El siglo de las luces

(Párrafo final del capítulo XXXVII)

Tras de los macizos de buganvillas, la casa resplandecía por todos sus candelabros, quinqués y arañas venecianas. Ahora habría que esperar la medianoche, en medio de bandejas de ponche. Doce campanadas caerían de la torre, y cada cual tendría que atragantarse con las doce uvas de ritual. Luego, sería la cena interminable, prolonga- da en sobremesa de avellanas y almendras rotas por los cascanueces. Y la orquesta de negros que, esta noche, estrenaría valses nuevos, cuyos papeles habían llegado la víspera y se ensayaban desde la mañana. Esteban no sabía qué hacer para huir de aquella fiesta, de los niños que lo acosaban, de los servidores que lo llamaban por su nombre, para que tomara parte en un juego o probara las copas que ya empezaban a alzar el tono de las risas en los portales iluminados. En eso se oyó un picado trotar de caballos. Remigio, en el pescante del coche muy enlodado, había aparecido al cabo de la avenida. Pero nadie venía en el coche. Parando en seco al ver a Esteban, le hizo saber que, tras de haber sufrido un síncope, Jorge estaba en cama, derribado por una epidemia nueva que azotaba la ciudad -epidemia que se atribuía a las grandes mortandades habidas en los campos de batalla de Europa, y cuyos miasmas mefíticos habían traído unas naves rusas, recién llegadas, que cambiaban mercade- rías nunca vistas por frutas tropicales, muy gustadas por los ricos señores de San Petersburgo.

(Párrafo inicial del capítulo XXXVIII)

La casa olía a enfermedad. Desde su entrada advertían las gargantas una presencia de mostazas y linazas en la lejanía de las cocinas. Era, de corredores a escaleras, un ir y venir de tisanas y sinapismos, pócimas y aceites alcanforados, en tanto que en baldes se subían las aguas de malvavisco y cebollas de lirio destinadas a refrescar la piel de quien no lograba soltar una fiebre tenaz, alzada a veces hasta las divagaciones del delirio. Después de un viaje triste y apresurado en lo posible, durante el cual apenas si se hablaron, Sofía y Esteban habían hallado a Jorge en estado de suma gravedad. Y no se trataba de un caso aislado. Media ciudad estaba postrada por una epidemia nueva que, con harta frecuencia, se manifestaba en dimensión mortal. Al ver aparecer a su esposa, el enfermo la miró con ojos extenuados, agarrándose de sus manos como si en ellas encontrara un asidero salvador. Como las puertas de la habitación estaban cerradas para evitar corrientes de aire, reinaba en ella una atmósfera sofocante y densa, oliente a vahos de farmacia, alcohol de fricción y cera de bujías, siempre encendidas porque Jorge tenía la opresiva sensación de que si se dormía en la oscuridad no despertaría más. Sofía lo arropó, lo arrulló, le puso una compresa de vinagre en la frente ardida, y fue al almacén para que Carlos pormenorizara el tratamiento aconsejado por médicos que poco sabían, en verdad, cómo luchar contra un mal hasta ahora desconocido...


Alejo Carpentier
(Cubano nacido en Suiza y fallecido en Francia, 1904-1980).

domingo, 16 de diciembre de 2018

Día de los muertos: CONCIERTO BARROCO, de Alejo Carpentier

"... acabando por jugar con calaveras como los chamacos mexicanos en día de Fieles Difuntos.”

(Fragmento)

... y entretanto, sobre la mesa, habían desfilado varios frascos panzones, envueltos en pajas coloreadas, de un tinto liviano, de los que no ponen costras moradas en los labios, pero se cuelan, bajan y se trepan, con regocijante facilidad.-“Este mismo vino es el que toma el Rey de Dinamarca, que se está corriendo la gran farra de carnaval, de supuesto incógnito, bajo el nombre de Conde de Olemborg” -dijo el Pelirrojo. -“No puede haber reyes en Dinamarca -dijo Montezuma que empezaba a estar seriamente pasado de copas-: No puede haber reyes en Dinamarca porque allí todo está podrido, los reyes mueren por unos venenos que les echan en los oídos, y los príncipes se vuelven locos de tantos fantasmas como aparecen en los castillos, acabando por jugar con calaveras como los chamacos mexicanos en día de Fieles Difuntos”...


Alejo Carpentier (Escritor cubano nacido en Suiza y muerto en París, Francia; 1904-1980).

martes, 5 de septiembre de 2017

Eclipse: EL ARPA Y LA SOMBRA, de Alejo Carpentier


(Fragmento)

... Cuando me asomo al laberinto de mi pasado en esta hora última, me asombro ante mi natural vocación de farsante, de animador de antruejos de armador de ilusiones, a manera de los saltabancos que en Italia, de feria en feria -y venían a menudo a Savona- llevan sus comedias, pantomimas y mascaradas. Fui trujamán de retablo, al pasear de trono en trono mi Retablo de Maravillas. Fui protagonista de sacra reppresentazione al representar, para los españoles que conmigo venían, el gran auto de la Toma de Posesión de Islas que ni se daban por enteradas. Fui ordenador magnifico de la Gran Parada de Barcelona -primer gran espectáculo de Indias Occidentales, con hombres y animales auténticos, presentado ante los públicos de la Europa. Más adelante -fue durante mi tercer viaje- al ver que los indios de una isla se mostraban recelosos en acercarse a nosotros, improvise un escenario en el castillo de popa, haciendo que unos españoles danzaran bulliciosamente al son de tamboril y tejoletas, para que se viese que éramos gente alegre y de un natural apacible (Pero mal nos fue en esa ocasión, para decir la verdad, puesto que los caníbales, nada divertidos por moriscas y zapateados, nos dispararon tantas flechas como tenían en sus canoas...) Y, mudando el disfraz, fui Astrólogo y Milagrero en aquella playa de Jamaica donde nos hallábamos en la mayor miseria, sin alimentos, enfermos y rodeados para colmo, por habitantes hostiles listos a asaltarnos. En buena hora se me ocurrió consultar el libro de Efemérides de Abraham Zacuto, que siempre llevaba conmigo, comprobé que aquella noche de febrero, veríase un eclipse de luna, y al punto anuncié a nuestros enemigos que si esperaban un poco, en paz, asistirían a un grande y asombroso portento. Y, al llegar el momento, aspándome como molino, gesticulando como nigromante, clamando falsos ensalmos, ordene a la luna que se ocultase... y ocultose la luna. Fuime en seguida a mi cámara y luego de esperar a que corriese el reloj de arena el tiempo que hubiese de durar el milagro -tal cual estaba indicado en el tratado- reaparecí ante los caníbales aterrados, ordenando a la luna que volviese a mostrarse -cosa que hizo sin demora, atendiendo a mi mandato (Acaso por tal artimaña llegué vivo a la fecha de hoy...)
 
Alejo Carpentier
(Cubano nacido en Suiza y fallecido en Francia; 1904-1980).
 
La ilustración corresponde a un grabado del siglo XVIII sobre el eclipse de luna narrado por Cristóbal Colón.

lunes, 4 de septiembre de 2017

Eclipse: UN MILAGRO COMO PRETEXTO


Es muy conocido un relato de Cristóbal Colón cuando se encontraba varado en Jamaica, en 1504, ante la carencia de suministros, una parte de su tripulación se amotinó y tras cometer algunos desmanes entre la población nativa, fueron capturados y sometidos. Los indígenas locales se negaron entonces a seguir proporcionando alimentos a la expedición española.
 
Colón encontró una ingeniosa solución al problema consultando el Almanaque Perpetuo, de Johannes Müller von Königsberg, quien empleaba el seudónimo Regiomontanus, pues en sus tablas astronómicas establecía que por esas fechas tendría lugar un eclipse total de luna. Tres días antes de que esto sucediera, solicitó hablar con el cacique de la región y le amenazó asegurando que su dios los castigaría desapareciendo la luna con todas las calamidades que eso implicaba.
 
Según sus propias palabras: “En la tarde anunciada, cientos de indígenas se congregaron. Cuando salió la Luna ya estaba parcialmente oscurecida y el pánico entre los nativos se extendió al verla menguar.” Su hijo, Fernando Colón, describió lo sucedido: “… con grandes gritos y lamentos comenzaron a correr en todas direcciones cargando los barcos con provisiones y rogando al Almirante que intercediera con su dios en su favor.”
 
Esta anécdota, tan difundida, ha servido como pretexto para algunas páginas en varias novelas de aventuras y un conocido cuento.
 
En 1885, apareció en Inglaterra la primera edición de Las minas del rey Salomón, escrita por Henry Rider Haggard, en donde para rescatar a la doncella Foulata, el protagonista Allan Quatermain aplica la idea de Colón, una vez que ha confirmado la fecha en que estaba anunciado un eclipse.
 
Apenas cuatro años más tarde, en su obra Un yanqui en la corte del rey Arturo, el estadonidense Mark Twain acude al mismo recurso para salvar a su protagonista de la hoguera. Sin embargo, jugando con los anacronismos tiene la prudencia de advertir: “¡El eclipse! Recordé, como en un relámpago, que Colón, o Cortés, o algún otro utilizó esto del eclipse para salir de un apuro, una vez, y asustar a los salvajes. Yo, podía también utilizarlo, ahora, sin riesgo de que me acusaran de plagiario, pues lo hacía cerca de mil años antes del que lo hizo por vez primera.”
 
En 1952, el guatemalteco afincado en México, Augusto Monterroso, escribió un relato breve titulado El eclipse, en que el fraile Bartolomé Arrazola intenta engañar a los indígenas nativos con esa artimaña.
 
En su novela El arpa y la sombra, el cubano Alejo Carpentier emprende una acuciosa exploración de los viajes del almirante con la peculiaridad de que concede la voz de la narración al propio Colón. Explicaba el autor lo que le animó a escribir su obra: “En 1937, al realizar una adaptación radiofónica de El libro de Cristóbal Colón, de Claudel, para la emisora Radio Luxemburgo, me sentí irritado por el empeño hagiográfico de un texto que atribuía sobrehumanas virtudes al Descubridor de América. Más tarde me topé con un increíble libro de Léon Bloy, donde el gran escritor católico solicitaba nada menos que la canonización de quien comparaba, llanamente, con Moisés y San Pedro.El arpa y la sombra fue publicada en 1978 y en sus páginas se incluye el citado episodio.
 
En los días subsecuentes me ocuparé en Mitos y reincidencias, de cada uno de los cuatro títulos aquí mencionados.

Jules Etienne

jueves, 22 de junio de 2017

Carnaval: VIAJE A LA SEMILLA, de Alejo Carpentier

"... con el piso por cielo raso, entre muebles firmemente asentados entre las vigas del techo."

(Fragmento)
 
VI
 
Una noche, después de mucho beber y marearse con tufos de tabaco frío, dejados por sus amigos, Marcial tuvo la sensación extraña de que los relojes de la casa daban las cinco, luego las cuatro y media, luego las cuatro, luego las tres y media... Era como la percepción remota de otras posibilidades. Como cuando se piensa, en enervamiento de vigilia, que puede andarse sobre el cielo raso con el piso por cielo raso, entre muebles firmemente asentados entre las vigas del techo. Fue una impresión fugaz, que no dejó la menor huella en su espíritu, poco llevado, ahora, a la meditación.
 
Y hubo un gran sarao, en el salón de música, el día en que alcanzó la minoría de edad. Estaba alegre, al pensar que su firma había dejado de tener un valor legal, y que los registros y escribanías, con sus polillas, se borraban de su mundo. Llegaba al punto en que los tribunales dejan de ser temibles para quienes tienen una carne desestimada por los códigos. Luego de achisparse con vinos generosos, los jóvenes descolgaron de la pared una guitarra incrustada de nácar, un salterio y un serpentón. Alguien dio cuerda al reloj que tocaba la Tirolesa de las Vacas y la Balada de los Lagos de Escocia.
 
Otro embocó un cuerno de caza que dormía, enroscado en su cobre, sobre los fieltros encarnados de la vitrina, al lado de la flauta traversera traída de Aranjuez. Marcial, que estaba requebrando atrevidamente a la de Campoflorido, se sumó al guirigay, buscando en el teclado, sobre bajos falsos, la melodía del Trípili-Trápala. Y subieron todos al desván, de pronto, recordando que allá, bajo vigas que iban recobrando el repello, se guardaban los trajes y libreas de la Casa de Capellanías. En entrepaños escarchados de alcanfor descansaban los vestidos de corte, un espadín de Embajador, varias guerreras emplastronadas, el manto de un Príncipe de la Iglesia, y largas casacas, con botones de damasco y difuminos de humedad en los pliegues. Matizáronse las penumbras con cintas de amaranto, miriñaques amarillos, túnicas marchitas y flores de terciopelo. Un traje de chispero con redecilla de borlas, nacido en una mascarada de carnaval, levantó aplausos. La de Campoflorido redondeó los hombros empolvados bajo un rebozo de color de carne criolla, que sirviera a cierta abuela, en noche de grandes decisiones familiares, para avivar los amansados fuegos de un rico Síndico de Clarisas.
 
Disfrazados regresaron los jóvenes al salón de música. Tocado con un tricornio de regidor, Marcial pegó tres bastonazos en el piso, y se dio comienzo a la danza de la valse, que las madres hallaban terriblemente impropio de señoritas, con eso de dejarse enlazar por la cintura, recibiendo manos de hombre sobre las ballenas del corset que todas se habían hecho según el reciente patrón de "El Jardín de las Modas". Las puertas se obscurecieron de fámulas, cuadrerizos, sirvientes, que venían de sus lejanas dependencias y de los entresuelos sofocantes para admirarse ante fiesta de tanto alboroto. Luego se jugó a la gallina ciega y al escondite. Marcial, oculto con la de Campoflorido detrás de un biombo chino, le estampó un beso en la nuca, recibiendo en respuesta un pañuelo perfumado, cuyos encajes de Bruselas guardaban suaves tibiezas de escote. Y cuando las muchachas se alejaron en las luces del crepúsculo, hacia las atalayas y torreones que se pintaban en grisnegro sobre el mar, los mozos fueron a la Casa de Baile, donde tan sabrosamente se contoneaban las mulatas de grandes ajorcas, sin perder nunca -así fuera de movida una guaracha- sus zapatillas de alto tacón. Y como se estaba en carnavales, los del Cabildo Arará Tres Ojos levantaban un trueno de tambores tras de la pared medianera, en un patio sembrado de granados. Subidos en mesas y taburetes, Marcial y sus amigos alabaron el garbo de una negra de pasas entrecanas, que volvía a ser hermosa, casi deseable, cuando miraba por sobre el hombro, bailando con altivo mohín de reto.
 
 
Alejo Carpentier (Cubano nacido en Suiza y fallecido en Francia; 1904-1980).

martes, 18 de agosto de 2015

Venecia: CONCIERTO BARROCO, de Alejo Carpentier


(Fragmento sobre el envejecimiento de Venecia)

Se volvió Filomeno hacia las luces, y parecióle, de pronto, que la ciudad había envejecido enormemente. Salíanle arrugas en las caras de sus paredes cansadas, fisuradas, resquebrajadas, manchadas por las herpes y los hongos anteriores al hombre, que empezaron a roer las cosas no bien éstas fueron creadas. Los campaniles, caballos griegos, pilastras siriacas, mosaicos, cúpulas y emblemas, harto mostrados en carteles que andaban por el mundo para atraer a las gentes de “travellers checks”, habían perdido, en esa multiplicación de imágenes, el prestigio de aquellos Santos Lugares que exigen, a quien pueda contemplarlos, la prueba de viajes erizados de obstáculos y de peligros. Parecía que el nivel de las aguas hubiese subido. Acrecía el paso de las lanchas de motor la agresividad de olas mínimas, pero empeñosas y constantes, que se rompían sobre los pilotajes, patas de palo y muletas, que todavía alzaban sus mansiones, efímeramente alegradas, aquí, allá, por maquillajes de albañilería y operaciones plásticas de arquitectos modernos. Venecia parecía hundirse, de hora en hora, en sus aguas turbias y revueltas. Una gran tristeza se cernía, aquella noche, sobre la ciudad enferma y socavada. Pero Filomeno no estaba triste. Nunca estaba triste. Esta noche, dentro de media hora, sería el Concierto -el tan esperado concierto de quien hacía vibrar la trompeta como el Dios de Zacarías, el Señor de Isaías, o como lo reclamaba el coro del más jubiloso salmo de las Escrituras.


Alejo Carpentier (Cubano nacido en Suiza y fallecido en Francia; 1904-1980)

La ilustración corresponde a una fotografía de Punta della Dogana, de Massimiliano Salvato:
http://ilgiornaledellarte.com/articoli/articoli/2013/2/115522.HTML 

viernes, 9 de mayo de 2014

Espejos (8): EL REINO DE ESTE MUNDO, de Alejo Carpentier

"Las llamas estaban en todas partes, sin que se supiera cuáles eran reflejo de las otras. Todos los espejos de Sans Souci ardían a un tiempo."
 
(Fragmento del capitulo 6: Ultima Ratio Regum)
 
Pero, en ese momento, la noche se llenó de tambores. Llamándose unos a otros, respondiéndose de montaña a montaña, subiendo de las playas, saliendo de las cavernas, corriendo debajo de los árboles, descendiendo por las quebradas y cauces, tronaban los tambores radás, los tambores congos, los tambores de Bouckman, los tambores de los Grandes Pactos, los tambores todos del Vodú. Era una vasta percusión en redondo, que danzaba sobre Sans–Souci, apretando el cerco. Un horizonte de truenos que se estrechaba. Una tormenta, cuyo vórtice era, en aquel instante, el trono sin heraldos ni maceros. El rey volvió a su habitación y a su ventana. Ya había comenzado el incendio de sus granjas, de sus alquerías, de sus cañaverales. Ahora, delante de los tambores corría el fuego, saltando de casa a casa, de sembrado a sembrado. Una llamarada se había abierto en el almacén de granos, arrojando tablas rojinegras a la nave del forraje. El viento del norte levantaba la encendida paja de los maizales, trayéndola cada vez más cerca. Sobre las terrazas del palacio caían cenizas ardientes.
 
Henri Christophe volvió a pensar en la Ciudadela. Ultima Ratio Regum. Mas aquella fortaleza, única en el mundo, era demasiado vasta para un hombre solo, y el monarca no había pensado nunca que un día pudiese verse solo. La sangre de toros que habían bebido aquellas paredes tan espesas era de recurso infalible contra las armas de blancos. Pero esa sangre jamás había sido dirigida contra los negros, que al gritar, muy cerca ya, delante de los incendios en marcha, invocaban Poderes a los que se hacían sacrificios de sangre. Christophe, el reformador, había querido ignorar el vodú, formando, a fustazos, una casta de señores católicos. Ahora comprendía que los verdaderos traidores a su causa, aquella noche, eran San Pedro con su llave, los capuchinos de San Francisco y el negro San Benito, con la Virgen de semblante obscuro y manto azul, y los Evangelistas, cuyos libros había hecho besar en cada juramento de fidelidad; los mártires todos, a los que mandaba encender cirios que contenían trece monedas de oro. Después de lanzar una mirada de ira a la cúpula blanca de la capilla, llena de imágenes que le volvían las espaldas, de signos que se habían pasado la enemigo, el rey pidió ropa limpia y perfumes. Hizo salir a las princesas y vistió su más rico traje de ceremonias. Se terció la ancha cinta bicolor, emblema de su investidura, anudándola sobre la empuñadura de la espada. Los tambores estaban tan cerca ya que parecían percutir ahí, detrás de las rejas de la explanada de honor, al pie de la gran escalinata de piedra. En ese momento se incendiaron los espejos del palacio, las lunas, los marcos de cristal, el cristal de las copas, el cristal de las lámparas, lo vidrios, los nácares de las consolas. Las llamas estaban en todas partes, sin que se supiera cuáles eran reflejo de las otras. Todos los espejos de Sans–Souci ardían a un tiempo. El edificio entero había desaparecido en ese fuego frío, que se ahondaba en la noche, haciendo de cada pared una cisterna de hogueras encrespadas.
 
Casi no se oyó el disparo, porque los tambores estaban ya demasiado cerca. La mano de Christophe soltó el arma, yendo a la sien abierta. Así, el cuerpo se levantó todavía, quedando como suspendido en el intento de un paso, antes de desplomarse, de cara adelante, con todas sus condecoraciones. Los pajes aparecieron en el umbral de la sala. El rey moría, de bruces en su propia sangre.

 
Alejo Carpentier (Escritor cubano nacido en Suiza y muerto en París, Francia; 1904-1980)

domingo, 12 de enero de 2014

Carnaval: CONCIERTO BARROCO, de Alejo Carpentier

"... que les hicieron dormir en las posadas blancas -cada vez más blancas- de Tarancón..."

(Fragmento del capítulo III)

Pasaban los días y el Amo, con tanto dinero como traía, empezaba a aburrirse tremendamente. Y tan aburrido se sintió una mañana que resolvió acortar su estancia en Madrid para llegar cuanto antes a Italia, donde las fiestas de carnaval, que empezaban en Navidades, atraían gente de toda Europa. Como Filomeno estaba como embrujado por los retozos de la Filis y la Lucinda que, en casa de la enana gigante, fantaseaban con él en una ancha cama rodeada de espejos,  acogió con disgusto la idea del viaje. Pero tanto le dijo el Amo que estas hembras de acá eran de deshecho y miseria al lado de cuanto encontraría en el ámbito de la Ciudad Pontificia, que el negro, convencido, cerró las cajas y se envolvió en la capa de cochero que acababa de comprarse. Bajando hacia el mar, en jornadas cortas que les hicieron dormir en las posadas blancas -cada vez más blancas- de Tarancón o de Minglanilla, trató el mexicano de entretener a su criado con el cuento de un hidalgo loco que había andando por estas regiones, y que, en una ocasión, había creído que unos molinos (“como aquel que ves allá”...) eran gigantes. Filomeno afirmó que tales molinos en nada parecían gigantes, y que para gigantes de verdad había unos, en África, tan grandes y poderosos, que jugaban a su antojo con rayos y terremotos...


Alejo Carpentier (Escritor cubano nacido en Suiza y muerto en París, Francia; 1904-1980)

sábado, 4 de enero de 2014

EPIFANÍA: Los tres reyes ¿sabios o magos?


A propósito de la diversidad de costumbres para celebrar los mismos eventos, una vecina ucraniana, Iryna Prudnikova -rubia, muy atractiva, aunque de acuerdo con mi amigo Raúl, respecto a las mujeres de origen eslavo resulta más original señalar una fea-, cuando le obsequié una rosca de reyes con motivo de la fecha, me decía que para ellos, de religión ortodoxa, la epifanía equivale a la navidad. Es decir, que mientras en los países hispanos se celebra el día de reyes, en Europa del este apenas están celebrando el nacimiento de Jesucristo. Y me pareció un detalle simpático que al explicarle el motivo de los muñequitos ocultos en la rosca, ella me decía que en esa fecha a lo que aquí en Canadá llamamos perogy (aunque es más correcto decir pierogi, porque la raíz etimológica del eslavo antiguo es pir, que significa celebración), una especie de empanadas que en lugar de harina de trigo se elaboran con papa, y que son típicas de aquella región: no sólo rusos, ucranianos y bielorrusos las acostumbran, sino también los eslovacos, estonios, lituanos, checos y polacos; aquí son de uso común, se consiguen fácilmente en cualquier supermercado y las acostumbran mucho en sus celebraciones -me imagino que al igual que en México se hace con los tamales-, durante la nochebuena a unos cuantos les agregan bastante pimienta y los ofrecen junto a los demás, de tal manera que tampoco faltará el desafortunado a quien le toque comerse el picante, sorpresa que equivaldría, en cierto modo, a la de encontrarse con el muñeco escondido dentro de la rosca, tal y como le sucede al personaje de José Saramago en El año de la muerte de Ricardo Reis:

"No esperaba Ricardo Reis que a la hora del postre le pusieran en la mesa una bandeja con un roscón de reyes, atenciones como ésta son las que hacen de cada cliente un amigo, aunque en el trozo que tomó salió la sorpresa, pero no fue a propósito, el camarero sonrió finalmente y dijo, El día de Reyes paga usted..."
 
Respecto a los reyes sabios, Carlos Fuentes en su reciente obra Adán en Edén, publicada en 2009, todavía se refiere a ellos como magos, al principio del cuarto capítulo. "Como de costumbre, me reuní con mis colaboradores el día después de la Fiesta de Reyes. En pocos países se celebra hoy la Epifanía: el arribo de Gaspar, Melchor y Baltasar repartiendo regalos para el niño Dios acabado de nacer. Supongo que en México recordamos a los magos para cerrar con ceremonia nuestra verdadera, única vacación, que va de las posadas a mediados de diciembre a la Navidad y Año Nuevo y los Reyes Magos."

Lope de Vega lo explica con estas palabras en el párrafo final de su relato Los pastores de Belén, que terminó de escribir en el otoño de 1611:

"La Magia natural no has de entender que es aquella en que se consultan los infernales espíritus, con tan infame nombre como le han dado en las divinas y humanas letras, y el mismo Dios prohibido tantas veces el consultarla, sino aquella natural filosofía que los griegos llamaron Goecia, y no Magia, o una especulación de las cosas celestiales: ciencia y instrución, finalmente, sin la cual es imposible que los Reyes de Persia lo sean, los cuales se llamaban Magos de su nombre, como los sabios de los indios Gimnosofistas. Los Maléficos son aquellos que usan de sangre, víctimas y cuerpos muertos, como la Fitonisa que a Saúl le trujo el cuerpo de Samuel que le respondiese. Verdad es que ya el nombre de Magos se va introduciendo por los que ejercitan lo que digo, como la Astrología por abuso ha venido a ser vituperada, siendo lo mismo que la Astronomía; y ansí, dicen algunos que Pitágoras, Empedocles, Demócrito y Platón fueron llamados Magos a la manera que Zamolsis y Zoroastres, el hijo de Oromasco. Déstos, pues, son los Reyes llamados Magos que has visto adorar a este Niño gloria y esperanza de las gentes. La razón que les movió fue el haber leído y visto en la antigua Teología que el Hijo verdadero de Dios había de venir al mundo y mostrarse en carne mortal a estos Magos, o sabios Reyes, por una señal que habían de ver en el cielo."

En El mono epigramático donde, como su propio nombre lo advierte, he elaborado una breve colección de epigramas rimados de mi autoría, es posible encontrar éste, al que he titulado precisamente Epifanía:

Eran tres reyes magos según la tradición
ahora les llaman sabios para evitar confusión
y es que en tiempos de la Inquisición
a los magos se les quemaba, esa es la cuestión.
 
 En cuanto a esta fecha en Cuba, se registra la tradición más original de todos los países hispanoamericanos. Fue el 6 de enero de 1683 cuando se celebró por primera ocasión la llamada Fiesta del Día de Reyes, exclusiva para la población negra, que en esa época todavía eran esclavos. Se trataba de una especie de procesión o desfile de comparsas en que los participantes iban disfrazados, y durante el siglo XIX se incorporaron los típicos diablitos, que forman parte de la liturgia de los negros gangá, yoruba y conga. Los blancos la consideraban una saturnal, un pandemónium, ya que en dichos festejos los diablitos bailaban sus ritos de purificación y los hechiceros ejecutaban sus danzas con el fin de expulsar a los malos espíritus. Una típica manifestación del sincretismo que aprovecha las conmemoraciones cristianas para expresar tradiciones todavía latentes bajo la superficie evangelizada.
 
De donde se desprende la insistencia para describirla de un autor cubano, como lo era Alejo Carpentier, tanto en su Concierto barroco como en El siglo de las luces. Mañana me ocuparé de referir algunos párrafos correspondientes a las obras citadas.
 
 
 Jules Etienne
 
La ilustración corresponde a la Adoración de los Magos (1475), de Sandro Botticelli.