Vancouver: luz de agosto en la bahía. (Fotografía de Jules Etienne).
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jueves, 1 de febrero de 2024

Mirándolas dormir: SUEÑO NUPCIAL, de Dante Gabriel Rossetti

"... hasta que por un prodigio de leños nuevos y corrientes él se despertó...."

Con cálida aflicción, al fin se deshizo el largo beso
y como las últimas gotas repentinas caen
del resplandeciente alero cuando la tormenta ha huido,
a solas vaciló el latir de sus corazones.
Sus pechos se apartaron, con el brotar abierto
de las flores nupciales a su lado, extendidas
desde el tallo unido, más aún sus bocas ardiendo
se acariciaron donde yacían separadas.

El sopor los hundió más profundamente que la marea
de los sueños, y sus sueños los vieron sumergirse
y escapar. Delicadas sus almas flotaron de nuevo
por esplendores acuáticos, y, ahogados, grises
objetos del día; hasta que por un prodigio
de leños nuevos y corrientes él se despertó y más
se maravilló: pues ella estaba a su lado.

(At length their kiss severed, with sweet smart;
And as the last slow sudden drops are shed 
From sparkling leaves when all the storm has fled,
So singly flagged the pulses of each heart.
Their bosoms sundered, with the opening start
Of married flowers to either side outspread 
From the knit stem; yet still their mouths, burnt red 
Fawned on each other where they lay apart.

Sleep sank them lower than the tide of dreams,
And their dreams watched them sink, and slid away.
Slowly their souls swam up again, through gleams
Of watered light and dull drowned waifs of day,
Till from some wonder of new woods and streams
He woke, and wondered more: for there she lay.)
Dante Gabriel Rossetti
(Inglaterra, 1828-1882).

Análisis de Jorge Luis Borges

(Fragmento)

Y ahora vamos a leer algo de la obra de Rossetti. Vamos a empezar por este soneto del cual les hablé, «Nuptial Sleep». No puedo recordar todos los pormenores, pero sí el argumento. Empieza diciendo: «Al fin su largo beso se separó, los dos se apartaron». Y entonces él compara a los dos amantes con las ramas de una rama que se bifurca, y dice: «Their lips» se apartaron después del acto del amor, pero sus labios estaban todavía muy cerca. Y después dice que así como después de la lluvia caen de los tejados las últimas gotas de agua -aquí se alude a otra cosa, desde luego-, así fueron latiendo separadamente cada uno de los corazones. Los dos amantes fatigados se quedan dormidos, pero Rossetti, con una hermosa metáfora, dice: «Sleep sank them lower than the tide of dreams», «El sueño los hundió más abajo de la marea de los sueños». Pasa la noche, y luego el alba los despierta, y entonces despiertan sus almas, que están debajo del sueño. Y del sueño emergen lentamente como si el sueño fuera un agua. Pero él se refiere, no al alma de la mujer, sino al alma del hombre. Y entonces dice que entre ahogadas reliquias del día -ve algunas maravillas de nuevas selvas y de corrientes- él despertó. Es decir, él había tenido un sueño maravilloso, él había soñado con un país desconocido, espléndido, porque su alma estaba llena del esplendor del amor. «El se despertó y se maravilló aún más, porque ahí estaba ella.» Es decir, el hecho de despertarse, de volver de un mundo fantástico, de volver a una realidad y ver que en esa realidad estaba ella, la mujer que él había querido y reverenciado durante tanto tiempo, y verla dormida a su lado, en sus brazos, era más maravilloso que el sueño.

Jorge Luis Borges
(Argentino fallecido en Suiza, 1899-1986).

martes, 20 de septiembre de 2022

Equinoccio: EL SUEÑO DEL APOSENTO ROJO, de Tao Hsue Kin (crónica de Jorge Luis Borges)


Tao Hsue Kin: El sueño del aposento rojo*

(Fragmento

El primer capítulo cuenta la historia de una piedra de  origen celestial, destinada a soldar una avería del firmamento  y que no logra ejecutar su divina misión; el segundo narra  que el héroe de la obra ha nacido con una lámina de jade  bajo la lengua; el tercero nos hace conocer al héroe, «cuyo  rostro era claro como la luna durante el equinoccio de otoño,  cuya tez era fresca como las flores mojadas de rocío, cuyas  cejas parecían el trabajo del pincel y la tinta, cuyos ojos  estaban serios hasta cuando sonreía la boca». Después, la  novela prosigue de una manera un tanto irresponsable o  insípida; los personajes secundarios pululan y no sabemos  bien cuál es cuál. Estamos como perdidos en una casa de  muchos patios. Así llegamos al capítulo quinto,  inesperadamente mágico, y al sexto, «donde el héroe ensaya  por primera vez el juego de las nubes y de la lluvia». Esos  capítulos nos dan la certidumbre de un gran escritor. La  corrobora el décimo capítulo, no indigno de Edgar Allan Poe o de Franz Kafka, «donde Kia Yui mira para su mal el lado  prohibido del Espejo de Viento y Luna».

Crónica de Jorge Luis Borges publicada el 19 de noviembre de 1937.

* También traducido al español como Sueño en el pabellón rojo.

lunes, 23 de agosto de 2021

Venecia: HISTORIA DE LA NOCHE, de Jorge Luis Borges

"Por Venecia de cristal y crepúsculo..."
 
Inscripción
 
Por los mares azules de los atlas y por los grandes mares del mundo.Por el Támesis, por el Ródano y por el Arno. Por las raíces de un lenguaje de hierro. Por una pira sobre un promontorio del Báltico, helmum behongen. Por los noruegos que atraviesan el claro río, en alto los escudos. Por una nave de Noruega, que mis ojos no vieron. Por una vieja piedra del Althing. Por una curiosa isla de cisnes. Por un gato en Manhattan. Por Kim y por su lama escalando las rodillas de la montaña. Por el pecado de soberbia del samurai. Por el Paraíso en un muro. Par el acorde que no hemos oído, por los versos que no nos encontraron (su número es el número de la arena), por el inexplorado universo. Por la memoria de Leonor Acevedo. Por Venecia de cristal y crepúsculo...  Por la que usted será; por la que acaso no entenderé.  Por todas estas cosas dispares, que son tal vez, como presentía Spinoza, meras figuraciones y facetas de una sola cosa infinita, le dedico a usted este libro, María Kodama.

 J. L. B. 
 Buenos Aires, 23 de agosto de 1977.
  
Jorge Luis Borges (Argentino rallecido en Suiza, 1899-1986). 

viernes, 30 de julio de 2021

Venecia: CARTAS DE MUSSET Y GEORGE SAND (Prólogo), de Jorge Luis Borges


El amor suele ser un convenio tácito cuyas partes se comprometen a hallarse indispensables y milagrosas. Juzgar que la otra persona es milagrosa es una operación harto fácil, ya que todos vivimos en el anhelo de hallar personas milagrosas; avenirnos a que nos juzguen milagrosos no es mucho más difícil, ya que nadie se juzga por su conducta ni aún por sus palabras y pensamientos, sino por la partícula de inmediata divinidad que lo impulsa a vivir, la que se denomina voluntad en el lenguaje de Schopenhauer… En el convenio celebrado por George Sand y Musset, hay que notar esta circunstancia anormal: las partes eran realmente extraordinarias. No lo eran sólo para Dios; lo eran para los hombres, también. Heine declaró preferir (Ueber die franzoesische Buehme, 1940) el verso de Musset y la prosa de Sand al verso y a la prosa de Hugo; no es tarea difícil multiplicar testimonios análogos. El amor desea una secreta publicidad, desea misterio, simpatías y símbolos; el amor de Aurore Dudevant y de Alfred de Musset fue casi un espectáculo del París de la época romántica y lo es para nosotros aún.
 
Los amores de George Sand fueron numerosos, pero sucesivamente “únicos” e indiscutiblemente sinceros. ¡Mi corazón es una tumba!, le escribía a Sainte-Beuve. Más bien una necrópolis, corrigió después Jules Sandeau… Saint-Beuve, hacia 1833, le propuso varias alianzas. La silenciosa, desdeñosa mujer las rehusó. Opinó que Dumas era “trop commis-voyageur”, Jouffroy “trop vertueux”, Musset “trop dandy”. Sin embargo, accedió a conocer al último e irreparablemente se enamoraron. La historia ha sido comprendida por Swinburne: “Alfred era voluble y George no se condujo como un perfecto caballero”.
 
Naturalmente, ese epigrama no agota la curiosa aventura. Tampoco parecen agotarla los volúmenes suscitados por ella: La confesión d’un enfant du siécle, Elle et lui, Lui et elle, Les lettres d’un voyageur, Le secrétaire intime… Las circunstancias que es posible extraer de esas páginas gárrulas, tumultuosas y por lo general antagónicas, son las que paso a referir: A fines de 1833, George Sand logró el consentimiento de la madre de Musset para emprender con él un viaje a Italia. En enero de 1834 se establecieron en Venecia. Desgraciadamente para Musset, no era el amor la única pasión de George Sand; la dominaba y la abrasaba también la pasión del trabajo. Nueve y diez horas cada día, la pluma fatigaba el papel; las copiosas tareas de redacción usurpaban las noches; los ciento diez volúmenes futuros de sus Obras Completas entenebrecían el presente. Musset, tal vez abochornado de su relativa esterilidad, buscó el socorro del alcohol y de las mujeres. Lo postró una crisis nerviosa, agravada por las alucinaciones y por el frenesí del delirium tremens. Entonces, George Sand se consagró a salvarlo. Renunció a los queridos manuscritos, renunció a los diversos géneros literarios; a casi todo renunció para compartir y amparar sus confusas noches de insomnio. No estaba sola en la tremenda tarea: la secundaba un médico veneciano, Pietro Pagello, de quien –fatalmente- se enamoró. Lo demás está en estas cartas. También en la novela Jacques, cuyo protagonista declara: “Nunca me he impuesto la constancia. Cuando he sentido que el amor había muerto, lo he dicho sin remordimiento o bochorno, y he acatado la Providencia, que me conducía a otra parte.”
 
Tales fueron las circunstancias de la aventura. Pero lo verdadero en toda la aventura no son las circunstancias concretas, es la general y abstracta pasión. Esa pasión que quiere comprender y abrazar todas las relaciones humanas y hace que en el Cantar de los Cantares, el rey le diga a la sulamita hermana mía, esposa mía, y que en estas cartas enamoradas, Alfred de Musset acaricie a George Sand con los nombres de hermana, de hija y de madre. Esa pasión impersonal que hace que toda carta de amor parezca redactada por nosotros, dirigida a nosotros.
 
Prólogo para Cartas de Musset y George Sand, publicada por Editora Inter-Americana. Buenos Aires, Argentina, 1945.
 
 
Jorge Luis Borges (Argentino fallecido en Suiza, 1899-1986).

jueves, 8 de julio de 2021

Venecia: UNA ANÉCDOTA DE JORGE LUIS BORGES (8 de julio de 1975)

"... se inauguró en su honor un laberinto que lleva su nombre en la isla San Giorgio Maggiore."
 
Cuando Borges era apenas un adolescente, su familia se trasladó a Europa para radicar en Suiza. Fue la primera ocasión en que visitó el norte de Italia: Venecia y Verona, durante la época en la que estallaba la primera guerra mundial. María Esther Vázquez es autora de una biografía suya titulada Esplendor y derrota, en la que relata:
 
«En Venecia su madre, Leonor, se compró un vaso de cristal tallado de color rojizo, perteneciente a la cristalería que en Murano se elaboraba para los reyes de Italia. Como el vaso tenía un pequeño defecto fue desechado del servicio del rey y puesto a la venta para aquellos a quienes esa pequeña falla no les haría perder el sueño y para no darle pérdida a los fabricantes. A lo largo de toda su vida Leonor conservó el vaso, la mayoría de las veces con flores frescas. Cuando el 8 de julio de 1975, a los noventa y nueve años murió, el vaso quedó en su mesa de noche pero no por mucho tiempo; unas semanas después, espontáneamente, se partió en dos, solidario con el destino de su dueña.»

Cuenta su viuda, María Kodama, que a Borges le fascinaba Venecia, al grado de que había pensado establecerse a radicar en esa ciudad. El 14 de junio de 2011, cuando se cumplieron 25 años de su muerte, se inauguró en su honor un laberinto que lleva su nombre en la isla San Giorgio Maggiore que requiere caminar más de un kilómetro para salir de él, inspirado en su relato El jardín de los senderos que se bifurcan.

 
Jules Etienne

La ilustración corresponde a una vista aérea de la isla San Giorgio Maggiore,
en cuya parte inferior se aprecia el laberinto inspirado por Borges.

jueves, 14 de enero de 2021

Enero: EMMA ZUNZ, de Jorge Luis Borges


El catorce de enero de 1922, Emma Zunz, al volver de la fábrica de tejidos Tatbuch y Loewenthal, halló en el fondo del zaguán una carta, fechada en el Brasil, por la que supo que su padre había muerto. La engañaron, a primera vista, el sello y el sobre; luego, la inquietó la letra desconocida. Nueve o diez líneas borroneadas querían colmar la hoja; Emma leyó que el señor Maier había ingerido por error una fuerte dosis de veronal y había fallecido el tres del corriente en el hospital de Bagé. Un compañero de pensión de su padre firmaba la noticia, un tal Fein o Fain, de Río Grande, que no podía saber que se dirigía a la hija del muerto.

Emma dejó caer el papel. Su primera impresión fue de malestar en el vientre y en las rodillas; luego de ciega culpa, de irrealidad, de frío, de temor; luego, quiso ya estar en el día siguiente. Acto continuo comprendió que esa voluntad era inútil porque la muerte de su padre era lo único que había sucedido en el mundo, y seguiría sucediendo sin fin. Recogió el papel y se fue a su cuarto. Furtivamente lo guardó en un cajón, como si de algún modo ya conociera los hechos ulteriores. Ya había empezado a vislumbrarlos, tal vez; ya era la que sería.

En la creciente oscuridad, Emma lloró hasta el fin de aquel día el suicidio de Manuel Maier, que en los antiguos días felices fue Emanuel Zunz. Recordó veraneos en una chacra, cerca de Gualeguay, recordó (trató de recordar) a su madre, recordó la casita de Lanús que les remataron, recordó los amarillos losanges de una ventana, recordó el auto de prisión, el oprobio, recordó los anónimos con el suelto sobre “el desfalco del cajero”, recordó (pero eso jamás lo olvidaba) que su padre, la última noche, le había jurado que el ladrón era Loewenthal. Loewenthal, Aarón Loewenthal, antes gerente de la fábrica y ahora uno de los dueños. Emma, desde 1916, guardaba el secreto. A nadie se lo había revelado, ni siquiera a su mejor amiga, Elsa Urstein. Quizá rehuía la profana incredulidad; quizá creía que el secreto era un vínculo entre ella y el ausente. Loewenthal no sabía que ella sabía; Emma Zunz derivaba de ese hecho ínfimo un sentimiento de poder.

No durmió aquella noche, y cuando la primera luz definió el rectángulo de la ventana, ya estaba perfecto su plan. Procuró que ese día, que le pareció interminable, fuera como los otros. Había en la fábrica rumores de huelga; Emma se declaró, como siempre, contra toda violencia. A las seis, concluido el trabajo, fue con Elsa a un club de mujeres, que tiene gimnasio y pileta. Se inscribieron; tuvo que repetir y deletrear su nombre y su apellido, tuvo que festejar las bromas vulgares que comentan la revisación. Con Elsa y con la menor de las Kronfuss discutió a qué cinematógrafo irían el domingo a la tarde. Luego, se habló de novios y nadie esperó que Emma hablara. En abril cumpliría diecinueve años, pero los hombres le inspiraban, aún, un temor casi patológico... De vuelta, preparó una sopa de tapioca y unas legumbres, comió temprano, se acostó y se obligó a dormir. Así, laborioso y trivial, pasó el viernes quince, la víspera.

El sábado, la impaciencia la despertó. La impaciencia, no la inquietud, y el singular alivio de estar en aquel día, por fin. Ya no tenía que tramar y que imaginar; dentro de algunas horas alcanzaría la simplicidad de los hechos. Leyó en La Prensa que el Nordstjärnan , de Malmö, zarparía esa noche del dique 3; llamó por teléfono a Loewenthal, insinuó que deseaba comunicar, sin que lo supieran las otras, algo sobre la huelga y prometió pasar por el escritorio, al oscurecer. Le temblaba la voz; el temblor convenía a una delatora. Ningún otro hecho memorable ocurrió esa mañana. Emma trabajó hasta las doce y fijó con Elsa y con Perla Kronfuss los pormenores del paseo del domingo. Se acostó después de almorzar y recapituló, cerrados los ojos, el plan que había tramado. Pensó que la etapa final sería menos horrible que la primera y que le depararía, sin duda, el sabor de la victoria y de la justicia. De pronto, alarmada, se levantó y corrió al cajón de la cómoda. Lo abrió; debajo del retrato de Milton Sills, donde la había dejado la antenoche, estaba la carta de Fain. Nadie podía haberla visto; la empezó a leer y la rompió.

Referir con alguna realidad los hechos de esa tarde sería difícil y quizá improcedente. Un atributo de lo infernal es la irrealidad, un atributo que parece mitigar sus terrores y que los agrava tal vez. ¿Cómo hacer verosímil una acción en la que casi no creyó quien la ejecutaba, cómo recuperar ese breve caos que hoy la memoria de Emma Zunz repudia y confunde? Emma vivía por Almagro, en la calle Liniers; nos consta que esa tarde fue al puerto. Acaso en el infame Paseo de Julio se vio multiplicada en espejos, publicada por luces y desnudada por los ojos hambrientos, pero más razonable es conjeturar que al principio erró, inadvertida, por la indiferente recova... Entró en dos o tres bares, vio la rutina o los manejos de otras mujeres. Dio al fin con hombres del Nordstjärnan . De uno, muy joven, temió que le inspirara alguna ternura y optó por otro, quizá más bajo que ella y grosero, para que la pureza del horror no fuera mitigada. El hombre la condujo a una puerta y después a un turbio zaguán y después a una escalera tortuosa y después a un vestíbulo (en el que había una vidriera con losanges idénticos a los de la casa en Lanús) y después a un pasillo y después a una puerta que se cerró. Los hechos graves están fuera del tiempo, ya porque en ellos el pasado inmediato queda como tronchado del porvenir, ya porque no parecen consecutivas las partes que los forman.

¿En aquel tiempo fuera del tiempo, en aquel desorden perplejo de sensaciones inconexas y atroces, pensó Emma Zunz una sola vez en el muerto que motivaba el sacrificio? Yo tengo para mí que pensó una vez y que en ese momento peligró su desesperado propósito. Pensó (no pudo no pensar) que su padre le había hecho a su madre la cosa horrible que a ella ahora le hacían. Lo pensó con débil asombro y se refugió, en seguida, en el vértigo. El hombre, sueco o finlandés, no hablaba español; fue una herramienta para Emma como ésta lo fue para él, pero ella sirvió para el goce y él para la justicia.


Jorge Luis Borges (Argentino fallecido en Suiza, 1899-1986).

viernes, 18 de enero de 2019

Ultima Thule: A ISLANDIA, de Jorge Luis Borges

"Eres la más remota y la más íntima, Última Thule, Islandia de las naves..."
 
De las regiones de la hermosa tierra
Que mi carne y su sombra han fatigado
Eres la más remota y la más íntima,
Última Thule, Islandia de las naves,
Del terco arado y del constante remo,
De las tendidas redes marineras,
De esa curiosa luz de tarde inmóvil
Que efunde el vago cielo desde el alba
Y del viento que busca los perdidos
Velámenes del viking. Tierra sacra
Que fuiste la memoria de Germania
Y rescataste su mitología
De una selva de hierro y de su lobo
Y de la nave que los dioses temen,
Labrada con las uñas de los muertos.
Islandia, te he soñado largamente
Desde aquella mañana en que mi padre
Le dio al niño que he sido y que no ha muerto
Una versión de la Völsunga Saga
Que ahora está descifrando mi penumbra
Con la ayuda del lento diccionario.
Cuando el cuerpo se cansa de su hombre,
Cuando el fuego declina y ya es ceniza,
Bien está el resignado aprendizaje
De una empresa infinita; yo he elegido
El de tu lengua, ese latín del Norte
Que abarcó las estepas y los mares
De un hemisferio y resonó en Bizancio
Y en las márgenes vírgenes de América.
Sé que no lo sabré, pero me esperan
Los eventuales dones de la busca,
No el fruto sabiamente inalcanzable.
Lo mismo sentirán quienes indagan
Los astros o la serie de los números...
Sólo el amor, el ignorante amor, Islandia.
 
 
Jorge Luis Borges (Argentino fallecido en Suiza, 1899-1986).

jueves, 5 de julio de 2018

Solsticio: LA NOCHE DE SAN JUAN, de Jorge Luis Borges

"... leña sacrificada que se desangra en altas llamaradas..."
 
El poniente impecable en esplendores
quebró a filo de espada las distancias.
Suave como un sauzal está la noche.
Rojos chisporrotean
los remolinos de las bruscas hogueras;
leña sacrificada
que se desangra en altas llamaradas,
bandera viva y ciega travesura.
La sombra es apacible como una lejanía,
hoy las calles recuerdan
que fueron campo un día.
Toda la santa noche la soledad rezando
su rosario de estrellas desparramadas.
 
 
Jorge Luis Borges (Argentino fallecido en Suiza, 1899-1986).

lunes, 15 de mayo de 2017

Carnaval: SEIS PROBLEMAS PARA DON ISIDRO PARODI, de Bustos Domecq

"Yo, con el hocico peludo, sudaba tinta, y vuelta a vuelta me sorprendió la tentación de sacarme la cabeza de oso."

(Fragmento de La víctima de Tadeo Limardo)

»Como dice Anteojito en su columnita de Última Hora, la llegada misma de Tadeo Limardo al Nuevo Imparcial está signada por el misterio. Llegó con Momo, entre pomos y bombitas de mal olor, pero Momo no lo verá el otro carnaval. Le pusieron el sobretodo de madera y se radicó en la Quinta del Ñato: los infantes de Aragón ¿qué se fizieron?
 
»Yo, que palpito al unísono con la urbe, le había sustraído un traje de oso al peón de  cocina, que es un misántropo que no acude a la milonga, que no es danzante. Munido de esa piel enteriza, calculé que iba a pasar desapercibido, y me di el lujo de hacerle una reverencia al patio del fondo y salí como un señor, en busca de oxígeno. Usted no me dejará mentir: esa noche la columna mercurial batió el récord de altura; hacía tanto calor que la gente ya se reía. A la tarde hubo como nueve insolados y víctimas de la ola tórrida. Haga su composición de lugar: yo, con el hocico peludo, sudaba tinta, y vuelta a vuelta me sorprendió la tentación de sacarme la cabeza de oso, aprovechando algunos lugares que son como boca de lobo, que si el Concejo Deliberante los ve se le cae la cara de vergüenza. Pero yo, cuando me prendo a la idea, soy un fanático. Le prometo que no me saqué la cabeza, no fuera de repente a aparecer uno de los feriantes del Abasto, que saben correrse hasta el Once. Ya mis pulmones se alegraban con el aire benéfico de la plaza, que hervía de rotiserías y de parrillas, cuando perdí el conocimiento, frente mismo a un anciano que se había disfrazado de tony, y que desde hace treinta y ocho años no se pierde un carnaval sin mojar al vigilante, que es paisano suyo, porque es de Temperley. Este veterano, a pesar de la nieve de los años, obró con sangre fría: de un envión me sacó la cabeza de oso, y no se llevó mis orejas porque estaban pegadas. Para mí que él o su tata, que se había caracterizado con un bonete, me sustrajeron la cabeza de oso; pero no les guardo canina: me hicieron engullir una sopa seca, que con cuchara de madera me la empujaban, que me despertó con la temperatura. La molestia es que ahora el peón de cocina ya no me quiere hablar porque malicia que la cabeza de oso que yo extravié es la misma con que salió fotografiado en un carro alegórico el doctor Rodolfo Carbone. Hablando de carros, uno con un bromista en el pescante y un avispero de angelotes en la caja, se comedió a depositarme en mi domicilio, en vista de que los carnavales van cediendo terreno y de que yo no podía materialmente con mis piernas a cuestas. Mis nuevos amigos me tiraron al fondo del vehículo, y me despedí con una risotada oportuna. Yo iba como un magnate en el carro y tuve que reírme: orillando el paredón del ferrocarril venía un pobre rústico a pie, un cadáver desnutrido y de mal semblante, que apenas podía con una valijita de fibra y un paquete medio deshecho. Uno de los angelotes quiso meterse donde no lo llamaron y le dijo al pajuerano que subiera. Yo, para que no decayera el nivel de la farra, le grité al del pescante que nuestro carro no era de recoger basura. Una de las señoritas se rió con el chiste y acto continuo le sonsaqué una cita para un terreno de la calle Hamahuaca, donde no pude concurrir por proximidad del Abasto. Yo les hice tragar la bola de que me domiciliaba en el Depósito de Forrajes, cosa que no me tomaran por un patógeno; pero Renovales, que no tiene ni el rudimento, me retó desde la vereda porque Paja Brava carecía de quince centavos que había descuidado en el chaleco mientras pasaba al fondo, y todos calumniaban que yo los había invertido en Laponias. Para peor tengo un ojo clínico, y divisé a menos de media cuadra el cadáver de la valijita que venía dando tumbos con la fatiga. Cortando en seco los adioses, que siempre duelen, me tiré del carro como pude y gané el zaguán para evitar un casus belli con el extenuado. Pero es lo que yo siempre digo: vaya usted a aplicar la razón con estos muertos de hambre. Yo salía de la pieza de los 0,60, donde a cambio de un traje de oso que me sancochaba me obsequiaron con una legumbre fría y una emulsión de vino casero, cuando en el patio me topé con el rústico, que ni me devolvió el saludo.
 
 
Honorio Bustos Domecq: seudónimo de Jorge Luis Borges (Argentina, 1899.1986)
y Adolfo Bioy Casares (Argentina, 1914-1999).

En este mismo blog se puede leer un texto sobre el origen del seudónimo Honorio Bustos Domecq

miércoles, 3 de mayo de 2017

Carnaval: LA MUERTE Y LA BRÚJULA, de Jorge Luis Borges

"... bajaron dos arlequines (...) abrazaron a Gryphius, que pareció reconocerlos..."
 
(Fragmento)

La segunda letra del Nombre ha sido articulada.

El tercer crimen ocurrió la noche del tres de febrero. Poco antes de la una, el teléfono resonó en la oficina del comisario Treviranus. Con ávido sigilo, habló un hombre de voz gutural; dijo que se llamaba Ginzberg (o Ginsburg), y que estaba dispuesto a comunicar, por una remuneración razonable, los hechos de los dos sacrificios de Azevedo y Yarmolinsky. Una discordia de silbidos y de cornetas ahogó la voz del delator. Después, la comunicación se cortó. Sin rechazar la posibilidad de una broma (al fin, estaban en carnaval), Treviranus indagó que le habían hablado desde el Liverpool House, taberna de la Rue de Toulon —esa calle salobre en la que conviven el cosmorama y la lechería, el burdel y los vendedores de biblias. Treviranus habló con el patrón. Este (Black Finnegan, antiguo criminal irlandés, abrumado y casi anulado por la decencia) le dijo que la última persona que había empleado el teléfono de la casa era un inquilino, un tal Gryphius, que acababa de salir con unos amigos. Treviranus fue enseguida al Liverpool House. El patrón le comunicó lo siguiente: Hace ocho días, Gryphius había tomado pieza en los altos del bar. Era un hombre de rasgos afilados, de nebulosa barba gris, trajeado pobremente de negro; Finnegan (que destinaba esa habitación a un empleo que Treviranus adivinó) le pidió un alquiler sin duda excesivo; Gryphius inmediatamente pagó la suma estipulada. No salía casi nunca; cenaba y almorzaba en su cuarto; apenas si le conocían la cara en el bar. Esa noche, bajó a telefonear al despacho de Finnegan. Un cupé cerrado se detuvo ante la taberna. El cochero no se movió del pescante; algunos parroquianos recordaron que tenía máscara de oso. Del cupé bajaron dos arlequines; eran de reducida estatura y nadie pudo no observar que estaban muy borrachos. Entre balidos de cornetas, irrumpieron en el escritorio de Finnegan; abrazaron a Gryphius, que pareció reconocerlos, pero que les respondió con frialdad; cambiaron unas palabras en yiddish —él en voz baja, gutural, ellos con las voces falsas, agudas— y subieron a la pieza del fondo. Al cuarto de hora bajaron los tres, muy felices; Gryphius, tambaleante, parecía tan borracho como los otros. Iba, alto y vertiginoso, en el medio, entre los arlequines enmascarados. (Una de las mujeres del bar recordó los losanges amarillos, rojos y verdes.) Dos veces tropezó; dos veces lo sujetaron los arlequines. Rumbo a la dársena inmediata, de agua rectangular, los tres subieron al cupé y desaparecieron. Ya en el estribo del cupé, el último arlequín garabateó una figura obscena y una sentencia en una de las pizarras de la recova.

Treviranus vio la sentencia. Era casi previsible; decía:

La última de las letras del Nombre ha sido articulada.

 
Jorge Luis Borges (Argentina, 1899-1986)

martes, 1 de marzo de 2016

Marzo: DEUTSCHES REQUIEM, de Jorge Luis Borges


(Fragmento sobre lo acontecido el 1 de marzo de 1939*)

Aseveran los teólogos que si la atención del Señor se desviara un solo segundo de mi derecha mano que escribe, esta recaería en la nada, como si la fulminara un fuego sin luz. Nadie puede ser, digo yo, nadie puede probar una copa de agua o partir un trozo de pan, sin justificación. Para cada hombre, esa justificación es distinta; yo esperaba la guerra inexorable que probaría nuestra fe. Me bastaba saber que yo sería un soldado de sus batallas. Alguna vez temí que nos defraudaran la cobardía de Inglaterra y de Rusia. El azar, o el destino, tejió de otra manera mi porvenir: el primero de marzo de 1939, al oscurecer, hubo disturbios en Tilsit que los diarios no registraron; en la calle detrás de la sinagoga, dos balas me atravesaron la pierna, que fue necesario amputar. Días después, entraban en Bohemia nuestros ejércitos; cuando las sirenas lo proclamaron, yo estaba en el sedentario hospital, tratando de perderme y de olvidarme en los libros de Schopenhauer. Símbolo de mi vano destino, dormía en el reborde de la ventana un gato enorme y fofo.

En el primer volumen de Panerga und Paralipomena releí que todos los hechos que pueden ocurrirle a un hombre, desde el instante de su nacimiento hasta el de su muerte, han sido prefijados por él. Así, toda negligencia es deliberada, todo casual encuentro una cita, toda humillación una penitencia, todo fracaso una misteriosa victoria, toda muerte un suicidio. No hay consuelo más hábil que el pensamiento de que hemos elegido nuestras desdichas; esa teleología individual nos revela un orden secreto y prodigiosamente nos confunde con la divinidad. ¿Qué ignorado propósito (cavilé) me hizo buscar ese atardecer, esas balas y esa mutilación? No el temor de la guerra, yo lo sabía; algo más profundo. Al fin creí entender. Morir por una religión es más simple que vivirla con plenitud; batallar en Éfeso contra las fieras es menos duro (miles de mártires oscuros lo hicieron) que ser Pablo, siervo de Jesucristo; un acto es menos que todas las horas de un hombre. La batalla y la gloria son facilidades.; más ardua que la empresa de Napoleón fue la de Raskolnikov.


Jorge Luis Borges (Argentina, 1899-1986)

* El relato incluye una nota de pie de página, supuestamente del editor, como ingenioso recurso narrativo, que dice: Ni en los archivos ni en la obra de Soergel figura el nombre de Jerusalem. Tampoco lo registran las historias de la literatura alemana. No creo, sin embargo, que se trate de un personaje falso. Por orden de Otto Dietrich fur Linde fueron torturados en Tarnowitz muchos intelectuales judíos, entre ellos la pianista Emma Rosenzweig. “David Jerusalem” es tal vez un símbolo de varios individuos. Nos dicen que murió el primero de marzo de 1943; el primero de marzo de 1939, el narrador fue herido en Tilsit.

No es la única coincidencia respecto a la fecha. También El aleph, del propio Borges, tiene una posdata correspondiente al 1º de marzo de 1943.

El texto íntegro ha sido publicado por Material de lectura de la UNAM:

viernes, 22 de enero de 2016

El unicornio de Confucio que inspiró a Borges

el unicornio herido que regresa para marcar su fin...

En el prólogo de Cuentos breves y extraordinarios, sus autores, Jorge Luis Borges y Adolfo Bioy Casares, explican:
 
Uno de los muchos agrados que puede suministrar la literatura es el agrado de lo narrativo. Este libro quiere proponer al lector algunos ejemplos del género, ya referentes a sucesos imaginarios, ya a sucesos históricos. Hemos interrogado, para ello, textos de diversas naciones y de diversas épocas, sin omitir las antiguas y generosas fuentes orientales. La anécdota, la parábola y el relato hallan aquí hospitalidad, a condición de ser breves.
 
Entre dichos textos se incluye uno del misionero francés Évariste Régis Huc, quien pasó la mayor parte de su vida viajando por Asia, donde aprendió a hablar el idioma chino, fue escrito en 1850 y lleva por título Vidas paralelas:
 
"Cuando nació Confucio, un unicornio recorrió la comarca. Por la forma y el tamaño parecía un buey. La madre del Maestro ató en el cuerno del animal una cinta. Setenta y siete años después el unicornio reapareció y lo mataron; la cinta estaba rota. Confucio dijo:
 
- El unicornio ha vuelto; han pasado los años; el día de mi muerte está próximo."
 
En su poema El guardián de los libros, que publicó en el volumen Elogio de la sombra, en 1969, Borges escribe en su primera estrofa:
 
Ahí están los jardines, los templos, y la justificación de los templos,
la recta música y las rectas palabras,
los sesenta y cuatro hexagramas,
los ritos que son la única sabiduría
que otorga el Firmamento a los hombres,
el decoro de aquel emperador
cuya serenidad fue reflejada por el mundo, su espejo,
de suerte que los campos daban sus frutos
y los torrentes respetaban sus márgenes,
el unicornio herido que regresa para marcar su fin,
las secretas leyes eternas,
el concierto de orbe;
esas cosas o su memoria están en los libros
que custodio en la torre.

No hay duda que la referencia “el unicornio herido que regresa para marcar su fin”, debió inspirarse en el relato de Huc sobre Confucio.

 
Jules Etienne

jueves, 3 de diciembre de 2015

Unicornios: EL LIBRO DE LOS SERES IMAGINARIOS, de Jorge Luis Borges

"En la Edad Media, los bestiarios enseñan que el unicornio puede ser apresado por una niña."

El unicornio
 
La primera versión del unicornio casi coincide con las últimas. Cuatrocientos años antes de la era cristiana, el griego Ctesias, médico de Artajerjes, Mnemón, refiere que en los reinos del Indostán hay muy veloces asnos silvestres, de pelaje blanco, de cabeza purpúrea, de ojos azules, provistos de un agudo cuerno en la frente, que en la base es blanco, en la punta es rojo y en el medio es plenamente negro. Plinio agrega otras precisiones (VIII, 31): «Dan caza en la India a otra fiera: el unicornio, semejante por el cuerpo al caballo, por la cabeza al ciervo, por las patas al elefante, por la cola al jabalí. Su mugido es grave; un largo y negro cuerno se eleva en medio de su frente. Se niega que pueda ser apresado vivo». El orientalista Schrader, hacia 1892, pensó que el unicornio pudo haber sido sugerido a los griegos por ciertos bajorrelieves persas, que representan toros de perfil, con un sólo cuerno.
 
En la enciclopedia de Isidoro de Sevilla, redactada a principios del siglo VII, se lee que una cornada del unicornio suele matar al elefante; ello recuerda la análoga victoria del karkadán (rinoceronte), en el segundo viaje de Simbad.1 Otro adversario del unicornio era el león, y una octava real del segundo libro de la inextricable epopeya The Faerie Queene conserva la manera de su combate. El león se arrima a un árbol; el unicornio, con la frente baja, lo embiste; el león se hace a un lado, y el unicornio queda clavado al tronco. La octava data del siglo XVI; a principios del XVIII, la unión del reino de Inglaterra con el reino de Escocia confrontaría en las armas de Gran Bretaña el leopardo (león) inglés con el unicornio escocés.
 
En la Edad Media, los bestiarios enseñan que el unicornio puede ser apresado por una niña; en el Physiologus Graecus se lee: «Cómo lo apresan. Le ponen por delante una virgen y salta al regazo de la virgen y la virgen lo abriga con amor y lo arrebata al palacio de los reyes». Una medalla de Pisanello y muchas y famosas tapicerías ilustran este triunfo, cuyas aplicaciones alegóricas son notorias. El Espíritu Santo, Jesucristo, el mercurio y el mal han sido figurados por el unicornio. La obra Psychologie und Alchemie (Zürich, 1944) de Jung, historia y analiza estos simbolismos.
 
Un caballito blanco con patas traseras de antílope, barba de chivo y un largo y retorcido cuerno en la frente, es la representación habitual de este animal fantástico.
 
Leonardo da Vinci atribuye la captura del unicornio a su sensualidad; ésta le hace olvidar su fiereza y recostarse en el regazo de la doncella, y así lo apresan los cazadores.

1. Éste nos dice que el cuerno del rinoceronte, partido en dos, muestra la figura de un hombre; Al-Qazwiní dice que la de un hombre a caballo, y otros hablan de pájaros y de peces.
 
 
Jorge Luis Borges (Argentina, 1899-1986)

La ilustración corresponde a La niña y el unicornio (The Girl and the Unicorn), de Raven Slane. 

jueves, 7 de agosto de 2014

Espejos (98): LOS ESPEJOS, de Jorge Luis Borges


"Que a veces raya el ilusorio vuelo del ave inversa o que un temblor agita."
 
Yo que sentí el horror de los espejos
No sólo ante el cristal impenetrable
Donde acaba y empieza, inhabitable,
un imposible espacio de reflejos

Sino ante el agua especular que imita
El otro azul en su profundo cielo
Que a veces raya el ilusorio vuelo
Del ave inversa o que un temblor agita

Y ante la superficie silenciosa
Del ébano sutil cuya tersura
Repite como un sueño la blancura
De un vago mármol o una vaga rosa,

Hoy, al cabo de tantos y perplejos
Años de errar bajo la varia luna,
Me pregunto qué azar de la fortuna
Hizo que yo temiera los espejos.

Espejos de metal, enmascarado
Espejo de caoba que en la bruma
De su rojo crepúsculo disfuma
Ese rostro que mira y es mirado,

Infinitos los veo, elementales
Ejecutores de un antiguo pacto,
Multiplicar el mundo como el acto
Generativo, insomnes y fatales.

Prolongan este vano mundo incierto
En su vertiginosa telaraña;
A veces en la tarde los empaña
El hálito de un hombre que no ha muerto.

Nos acecha el cristal. Si entre las cuatro
Paredes de la alcoba hay un espejo,
Ya no estoy solo. Hay otro. Hay el reflejo
Que arma en el alba un sigiloso teatro.

Todo acontece y nada se recuerda
En esos gabinetes cristalinos
Donde, como fantásticos rabinos,
Leemos los libros de derecha a izquierda.

Claudio, rey de una tarde, rey soñado,
No sintió que era un sueño hasta aquel día
En que un actor mimó su felonía
Con arte silencioso, en un tablado.

Que haya sueños es raro, que haya espejos,
Que el usual y gastado repertorio
De cada día incluya el ilusorio
Orbe profundo que urden los reflejos.

Dios (he dado en pensar) pone un empeño
En toda esa inasible arquitectura
Que edifica la luz con la tersura
Del cristal y la sombra con el sueño.

Dios ha creado las noches que se arman
De sueños y las formas del espejo
Para que el hombre sienta que es reflejo
Y vanidad. Por eso nos alarman.
 
 
Jorge Luis Borges (Argentina, 1899-1986)

miércoles, 21 de mayo de 2014

Espejos (20): Especulando con las obsesiones de Jorge Luis Borges

"En su infancia, a Borges le asustaban las máscaras y los espejos."
 
"No sé cual es la cara que me mira cuando miro la cara del espejo."
Jorge Luis Borges
 
Dos pesadillas acosaron siempre a Borges, los laberintos y los espejos: “Siempre sueño con laberintos o con espejos. En el sueño del espejo aparece otra visión, otro terror de mis noches, que es la idea de las máscaras. Siempre las máscaras me dieron miedo. Sin duda sentí en la infancia que si alguien usaba una máscara estaba ocultando algo horrible. A veces (estas son mis pesadillas más terribles) me veo reflejado en un espejo, pero me veo reflejado con una máscara. Tengo miedo de arrancar la máscara porque tengo miedo de ver mi verdadero rostro, que imagino atroz. Ahí puede estar la lepra o el mal o algo más terrible que cualquier imaginación mía.” No en vano Harold Bloom en su ensayo El canon occidental, lo define como "Maestro de laberintos y de espejos."

"En su infancia -asegura Luis Harss-, a Borges le asustaban las máscaras y los espejos. Había al pie de su cama un gran espejo en cuyas imágenes múltiples veía los espectros de fabulosos animales prehistóricos. Por lo menos uno de sus poemas registra ese temor." Ese poema al que se refiere lleva por título precisamente Los espejos, y desde su primera línea establece con una determinación que no permite dudas: "Yo que sentí el horror de los espejos".

Como explica Carmen Perilli en su análisis El símbolo del espejo en Borges: "El espejo es el símbolo por excelencia de la representación de la realidad. Esta representación es fiel sólo en apariencia pues ofrece una imagen idéntica pero invertida, mostrando una suerte de revés de la vida." De ahí que: "Para Borges -afirma, por su parte, Néstor Otero- el sujeto no alcanza identidad estable porque la vida es una cronología de facetas que se alteran con cada nueva interrogación ante el espejo." El propio Borges, entonces, se responderá a sí mismo: "Llego (...) a mi espejo. Pronto sabré quien soy."

Emprender una recopilación o intentar siquiera una sucinta antología de las abundantes alusiones y referencias especulares en la obra borgiana, podría acabar por convertirse en una tarea inagotable. Su poesía y su narrativa son un constante reflejo en el azogue, como sucede en su soneto Al espejo, cuando se pregunta: "¿Por qué persistes, incesante espejo?", o en Los espejos abominables, que forma parte de su Historia universal de la infamia, en que escribe: "La tierra que habitamos es un error, una incompetente parodia. Los espejos y la paternidad son abominables porque la multiplican y afirman." A ese mismo volumen corresponde el relato El espejo de tinta, que culmina así: "Los espantados ojos de Yakub pudieron ver por fin esa cara -que era la suya propia-. Se cubrió de miedo y locura. Le sujeté la diestra temblorosa con la mía que estaba firme y le ordené que continuara mirando la ceremonia de su muerte. Estaba poseído por el espejo: ni siquiera trató de alzar los ojos o de volcar la tinta. Cuando la espada se abatió en la visión sobre la cabeza culpable, gimió con una voz que no me apiadó, y rodó al suelo, muerto." Por último, en Los espejos velados, Borges registra de nuevo el citado temor a los espejos:
 
"El Islam asevera que el día inapelable del Juicio, todo perpetrador de la imagen de una cosa viviente resucitará con sus obras, y les será ordenado que las anime, y fracasará, y será entregado con ellas al fuego del castigo. Yo conocí de chico ese horror de una duplicación o multiplicación espectral de la realidad. pero ante los grandes espejos. Su infalible y continuo funcionamiento, su persecución de mis actos, su pantomima cósmica, eran sobrenaturales entonces, desde que anochecía. Uno de mis insistidos ruegos a Dios y al ángel de mi guarda era el de no soñar con espejos. Yo sé quien los vigilaba con inquietud. Temí, unas veces que empezaran a divergir de la realidad; otras, ver desfigurado en ellos mi rostro por adversidades extrañas. He sabido que ese temor está, otra vez, prodigiosamente en el mundo. La historia es harto simple, y desagradable.

Hacia 1927, conocí una chica sombría: primero por teléfono (porque Julia empezó siendo una voz sin nombre y sin cara); después, en una esquina al atardecer. Tenía los ojos alarmantes de grandes, el pelo renegrido y lacio, el cuerpo estricto. Era nieta y bisnieta de federales, como yo de unitarios, y esa antigua discordia de nuestras sangres era para nosotros un vínculo, una posesión mejor de la patria. Vivía con los suyos en un desmantelado caserón de cielo raso altísimo, en el resentimiento y la insipidez de la decencia pobre. De tarde -algunas contadas veces de noche- salíamos a caminar por su barrio, que era el de Balvanera. Orillábamos el paredón del ferrocarril; por Sarmiento llegamos una vez hasta los desmontes del Parque Centenario. Entre nosotros no hubo amor ni ficción de amor: yo adivinaba en ella una intensidad que era del todo extraña a la erótica, y le temía. Es común referir a las mujeres, para intimar con ellas, rasgos verdaderos o apócrifos del pasado pueril; yo debí contarle una vez de los espejos y dicté así, el 1928, una alucinación que iba a florecer en 1931. Ahora, acabo de saber que ha enloquecido y que en su dormitorio los espejos están velados pues en ellos ve mi reflejo, usurpando el suyo, y tiembla y calla y dice que la persigo mágicamente.

Aciaga servidumbre la de mi cara, la de una de mis caras antiguas. Ese odioso destino de mis facciones tiene que hacerme odioso también, pero ya no me importa."
 
Jules Etienne

jueves, 1 de mayo de 2014

Escribiendo sobre el espejo: la literatura especular

 
Ya en la antigua Roma, el poeta Marcial, protegido de Séneca, en uno de sus versos se refirió al espejo como un "consejero de la hermosura". José Saramago emprende una reflexión de raíces borgianas en su novela El evangelio según Jesucristo, cuando propone: "El espejo y sus sueños son cosas semejantes, son como la imagen del hombre ante sí mismo". Por su parte, Octavio Paz en el Laberinto de la soledad establece que "La muerte es un espejo que refleja las vanas gesticulaciones de la vida".
 
Para Xavier Villaurrutia el mar es el espejo del cielo, mientras que Paul Éluard se refería al espejo de un instante y James Joyce recordaba a los que a medianoche se hablan ante el espejo. Allen Ginsberg, símbolo de la denominada generación beat, con su marcada óptica existencialista hablaba de un "espejo vacío". Más sencillo era Luis Alcaraz, quien en su canción Bonita le pedía a la bella que hiciera pedazos su espejo para ver si así él dejaba de sufrir, a la manera de Pierre de Ronsard en su Madrigal: "¡Que se rompa el espejo en que se mira llenándose de orgullo tu hermosura!". Y Manuel Machado inicia el poema Chouette dando por hecho que: "En cualquier parte hay un espejo..."

Stéphane Mallarmé, en Herodías lo describía así: "¡Oh espejo! Agua fría que el tedio logró ver congelada..." Lo cual me remite a una frase de Yasunari Kawabata que proviene de su espléndida novela País de nieve, en la que el espejo adquiere un papel preponderante a lo largo de la misma: "Aquella blancura que habitaba en las profundidades del espejo era la nieve".

Ambrose Bierce, en su Diccionario del Diablo, definía de esta manera a los espejos: “Cristal plano sobre el que aparece un espectáculo efímero que produce desilusión al hombre”. Jorge Luis Borges, en un poema que le dedicó a María Kodama, decía que la luna, colmada por el llanto de largos siglos de vigilia humana, es nuestro espejo.

El primer espejo fue un obsequio de la naturaleza, en el momento en que el ser humano pudo ver el reflejo de su propia imagen sobre la superficie del agua. Los primeros espejos eran de metal brillante como la plata y el bronce. La historia ubica la invención del espejo en Sidón. Se cuenta que el sabio Arquímedes, cuando tenía 73 años de edad, utilizando unos espejos ustorios para provocar el fuego en las naves romanas, logró evitar la invasión de Siracusa. Antes de que eso ocurriera, la mitología griega le asignaba a Perseo la leyenda de haber vencido a la Medusa utilizando su escudo como un espejo en el que ella vio reflejado su rostro, lo que ocasionó su destrucción.

En Mesoamérica, los espejos se hacían con pirita -un mineral metálico de color amarillo- y se les concedían cualidades adivinatorias ya que les permitían comunicarse con los dioses y sus ancestros, por lo que poseían un valor de oráculos llenos de presagios y conocimientos ocultos, además de que se les consideraba una puerta de acceso a otro mundo.

Los espejos fueron objeto del primer caso de espionaje industrial de que se tenga memoria y de ese modo el rey Luis XIV, de Francia, pudo llenar con espejos el Palacio de Versalles, robando a unos venecianos de la isla de Murano la fórmula que amalgama el metal con mercurio. El proceso de fabricar espejos con plata fue descubierta en el siglo XIX y se le atribuye su invención al alemán Justus von Liebig, en 1835.

Según Bertolt Brecht, el arte refleja la vida con espejos especiales, y Karl Marx afirmaba: "El espejo era defectuoso porque el hombre es una parte interesada de la realidad que observa. No existe ojo ideal posible en una sociedad dividida por la lucha de clases."

Imposible pasar por alto que don Quijote venció al caballero de los espejos, ni tampoco que después de visitar el país de las maravillas la nueva aventura de Alicia era: "Juguemos a que existe alguna manera de atravesar el espejo; juguemos a que el cristal se hace blando como si fuera una gasa, de manera que pudiéramos pasar a través de él", en A través del espejo, de Lewis Carroll. "Los héroes clásicos reflejados en los espejos cóncavos dan el Esperpento... Las imágenes más bellas en un espejo cóncavo son absurdas", diría Max Estrella, el personaje teatral de la obra Luces de Bohemia, de Ramón del Valle Inclán, y que después refiere José Hierro en su poema Lear King en los claustros: "... reflejo mío en los espejos cóncavos y convexos que inventó Valle-Inclán."

Julio Cortázar describe en un texto titulado El otro Narciso, la manera como una minúscula ave tropical, más pequeña que un gorrión, se encuentra con su propia imagen en el espejo retrovisor de un automóvil estacionado "enfrentando el espejo y viéndose, reconociendo al otro pájaro idéntico a él, y entonces salta agitado en el aire frente a su imagen, se precipita contra el espejo, y otra vez rechazado tiene que subir hasta posarse perplejo en el borde". Continúa observándolo y reflexiona: "Bruscamente vuela hacia los árboles y se pierde en el follaje; es nuestro turno de comentar enternecidos esa ilusión, ese diminuto teatro del artificio donde hemos visto representarse una vez más el drama de Narciso." En contraste con "el adolescente enamorado que se buscará hasta la muerte en el cruel espejo engañoso del estanque, el pajarito habrá olvidado ya su ansiedad y su deseo, sin duda porque en el no hay ansiedad ni deseo y mucho menos memoria."
 
El párrafo con el que concluye su reflexión, tras enumerar una serie de personajes míticos y la respectiva metamorfosis del deseo que se procuran a través de los espejos del sueño y del inconsciente, advierte que el pájaro ha regresado para insistir en un encuentro imposible:
 
"Sólo entonces sentimos, sólo entonces sabemos que eso no era un simulacro en el que buscábamos una analogía con nuestra condición solitaria de humanos, de narcisos aislados y excepcionales; ahora comprendemos que eso que estamos viviendo puede decirse con las palabras que nos han parecido solamente las de nuestro lado, y que Narciso puede tener alas o escamas o élitros o ramas y también memoria y deseo y amor. De pronto estamos menos separados del latir del día; nuestros espejos  llaman y devuelven otras imágenes; juegan con otros deseos, sostienen otras esperanzas; no somos la excepción. Narciso pajarito repite el mismo juego interminable en su pequeño estanque de azogue, en su engaño de amor que abraza la totalidad del mundo y sus criaturas."
 
De las obsesiones metafísicas a la expresión romántica o el delirio surrealista, incluidas las fobias de la fantasía vampírica, del lejano Oriente al sur del continente americano, el espejo ha sido un tema recurrente para los poetas desde antes de que Narciso -tema que aborda Lezama Lima en su poema La muerte de Narciso- se enamorara de su propia imagen y de quien también se ocupa Sor Juana Inés de la Cruz en la pieza teatral El divino Narciso, "Serpiente ponzoñosa no llega a tus espejos: lejos, lejos", establece la Naturaleza Humana para culminar luego:
 
Mi imagen representa
si Narciso repara,
clara, clara,
porque al mirarla sienta
del amor los efectos,
ansias, deseos, lágrimas y afectos.

Jules Etienne