Vancouver: atardecer en la bahía al final de la primavera. (Fotografía de Jules Etienne).

martes, 28 de febrero de 2023

Conejos: EL HOMBRE QUE RÍE, de Víctor Hugo

"Por dos largas orejas peludas que sobresalían del zurrón he visto ahorcar a un padre de seis hijos."

(
Fragmento de la segunda parte: Por orden del rey. Libro segundo, capítulo XI:
Gwynplaine está en lo justo y Ursus en lo cierto)

¿Sabes que con sólo los conejos de los cotos del conde Lindsey se podría alimentar a toda la gentuza de los Cinco Puertos? ¡Con que rózate con eso! Allí imponen el orden. Ahorcan a todo cazador furtivo. Por dos largas orejas peludas que sobresalían del zurrón he visto ahorcar a un padre de seis hijos. Así es el señorío. El conejo de un lord vale más que un hombre. Los señores existen, ¿comprendes, bribón? Y nosotros debemos considerar que está bien. Además, si consideráramos que está mal, ¿qué les importaría? ¡El pueblo haciendo objeciones! A Plauto mismo no se le habría ocurrido nada tan cómico. Sería gracioso que un filósofo aconsejara a esa pobre diabla de multitud que protestara contra el tamaño y el peso de los lores. Sería como si la oruga protestara contra la pata del elefante. Yo vi un día un hipopótamo que caminaba sobre una topinera; aplastó todo, pero era inocente. Ni siquiera sabía que existían los topos aquel mastodonte bonachón. Querido, los topos que se aplastan son el género humano. El aplastamiento es una ley. ¿Y crees tú que el topo no aplasta nada? Es el mastodonte del insecto arador, que es, a su vez, el mastodonte de otros insectos menores. Pero no razonemos. Hijo mío, las carrozas existen. El lord va en ellas y el pueblo está bajo las ruedas. El sabio se aparta. Hazte a un lado y deja pasar.

Víctor Hugo (Francia, 1802-1885).

(Traducido al español por Luis Echávarri).

lunes, 27 de febrero de 2023

Conejos: LAS LOBAS DE MACHE- COUL, de Alexandre Dumas


(Fragmento del capítulo 
XLIV. Donde se ve que no todos
los judíos son de Jerusalén ni de Túnez todos los turcos)

- ¡Hola! ¡conejos! -gritó maese Jaime al llegar al claro.

Obedientes a la voz de su capitán, salieron presurosos los conejos de los matorrales donde se ocultaran a la primera señal de alarma y apenas se lo permitió la oscuridad, examinaron cuidadosamente a los dos prisioneros.

Pero como la inspección hecha a oscuras no podía satisfacerles, uno de ellos bajó a la cueva, encendió dos teas, y volvió para alumbrar el rostro de Perico y su compa- ñero. Maese Jaime había vuelto a sentarse en el tronco y conversaba tranquilamente con Alain, refiriéndole los pormenores de la presa que acababa de hacer, con la misma llaneza con que hubiera relatado un aldeano a su mujer la adquisición de una compra en el mercado.

Apenado Michel por la aventura y la herida que acababa de recibir, habíase tendido sobre la hierba, mientras Perico, de pie a su lado, examinaba atento y no sin repug- nancia el aspecto de los bandoleros a quienes maese Jaime llamaba conejos, lo cual era tanto más fácil, cuanto que, satisfecha la curiosidad de aquéllos, volvieron a sus interrumpidas tareas, esto es, a sus cantares y juegos, a dormir o limpiar las armas, sin que por eso los despiertos perdieran de vista a los dos prisioneros, a quienes, para mayor seguridad, habían colocado en medio del raso.

(Fragmento del capítulo LXVI. En donde volvemos a encontrar a nuestro antiguo amigo Juan Ouillér)

Y ambos se encaminaron a la zarza.

Oullier comprendió que estaba perdido; pero no queriendo ser agarrado como un conejo en su gazapera, se puso de rodillas y sacó su navaja, la cual, aunque despun- tada, podía serle muy útil en una lucha a brazo partido.

Alexandre Dumas (Francia, 1802-1870).

sábado, 25 de febrero de 2023

Conejos: EL MOVILIZADO, de Honoré de Balzac

"... y, cosa extraña, había adquirido la única liebre que allí había (...) La liebre se convirtió en el punto de partida de infinitas suposiciones."

(
Fragmento)

La existencia, en cierto sentido claustral, que llevan los habitantes de una pequeña ciudad origina en ellos la costumbre de analizar y explicar las acciones de los demás tan naturalmente invencible que, tras haberse compadecido de la señora de Dey, sin saber si estaba realmente feliz o apesadumbrada, cada cual se puso a indagar acerca de las causas de su repentino retiro.

- Si estuviera enferma -dijo el primer curioso- habría mandado llamar al médico; pero el doctor permaneció durante toda la jornada de ayer en mi casa jugando al ajedrez. Me decía riendo que en los tiempos que corren sólo hay una enfermedad… que desgraciadamente es incurable.

Esta broma fue profusamente difundida. Mujeres, hombres, ancianos y jovencitas se pusieron entonces a recorrer el amplio campo de conjeturas. Cada cual creyó adivinar un secreto, secreto que invadió todas las imaginaciones. Al día siguiente las sospe- chas se enconaron.

Como la vida está al día en una pequeña ciudad, las mujeres fueron las primeras en enterarse de que Brigitte había adquirido en el mercado provisiones más abundantes que de costumbre. Ese hecho no podía ser cuestionado. Habían visto a Brigitte muy temprano en la plaza y, cosa extraña, había adquirido la única liebre que allí había. Toda la ciudad sabía que a la señora de Dey no le gustaba la carne de caza. La liebre se convirtió en el punto de partida de infinitas suposiciones.

Al realizar su paseo habitual, los ancianos observaron en la casa de la condesa un tipo de actividad contenida que se revelaba por las mismas precauciones que toma- ban los empleados para ocultarla. El lacayo sacudía una alfombra en el jardín; la víspera, nadie habría prestado atención a ese gesto, pero aquella alfombra se conver- tía en un elemento en apoyo de las fantasías que todo el mundo creaba. Cada cual tenía la suya.

El segundo día, al tener conocimiento de que la señora de Dey decía encontrarse indispuesta, los principales personajes de Carentan se reunieron por la noche en casa del hermano del alcalde, viejo negociante casado, hombre probo, apreciado por to- dos, y con el que la condesa tenía bastantes consideraciones. Allí, todos los aspiran- tes a la mano de la rica viuda contaron una fábula más o menos verosímil; y cada uno intentaba volver en provecho propio la circunstancia secreta que la forzaba a compro- meterse de ese modo. El acusador público imaginaba todo un drama para conducir por la noche al hijo de la señora de Dey a casa de ésta. El alcalde pensaba que se trataba de un cura refractario llegado de la Vendée, que le habría pedido asilo; pero la adquisición de la liebre en viernes lo confundía mucho. El presidente del distrito apostaba por que se trataba de un jefe de chuanes o de vandeanos ferozmente perseguido. Otros pensaban que se trataba de un noble escapado de las prisiones de París. Es decir, que todos sospechaban que la condesa era culpable de una de esas generosidades que las leyes de entonces consideraban un crimen y que podía llevarla al cadalso.

Honoré de Balzac (Francia, 1799-1850).

La lectura del texto íntegro es posible en Ciudad Seva.

viernes, 24 de febrero de 2023

Conejos: LA RETAMA, o FLOR DEL DESIERTO, de Giacomo Leopardi

"... donde regresa a su cavernosa guarida el conejo."

(
Fragmento de la primera estrofa)

Sobre el árido dorso
del formidable monte
exterminador Vesubio
al cual ningún árbol ni flor alegra,
tus matas solitarias alrededor esparces,
olorosa retama,
contenta del desierto. Te he visto
embellecer con tus tallos las comarcas
que rodean a la ciudad,
la cual un tiempo fue mujer de los mortales
y del imperio perdido
que parece con su grave y taciturno aspecto
darle fe y recuerdo al pasajero.
Ahora te veo en este suelo, de tristes
lugares y amante del mundo abandonado
y de afligidas fortunas compañera.
Estos campos, rociados
de estériles cenizas, y cubiertos
por la petrificada lava
que retumba bajo los pasos del peregrino;
donde anida y se retuerce al sol
la serpiente, y donde
regresa a su cavernosa guarida el conejo;
fueron las felices villas sorprendidas,
y las rubias espigas, y resonaron
los mugidos de los rebaños.
Fueron jardines y palacios,
para la ociosidad de los poderosos
apreciado albergue; y de la ciudad famosa,
el monte altivo con los torrentes
de su ígnea boca fulminante oprime
a sus habitantes juntos. Hoy todo alrededor
una ruina envuelve,
donde tú brotas, oh flor gentil,
y casi el daño de otros compadeces, el cielo
de dulcísimo olor manda un perfume
que al desierto consuela. A estas costas
venga quien exalte con alabanzas
a nuestro estado, y vea cuánto
se preocupan los nuestros
por amar a la naturaleza.

(La ginestra, o Fiore del deserto
Qui su l'arida schiena
Del formidabil monte
Sterminator Vesevo,
La qual null'altro allegra arbor nè fiore,
Tuoi cespi solitari intorno spargi,
Odorata ginestra,
Contenta dei deserti. Anco ti vidi
De' tuoi steli abbellir l'erme contrade
Che cingon la cittade
La qual fu donna de' mortali un tempo,
E del perduto impero
Par che col grave e taciturno aspetto
Faccian fede e ricordo al passeggero.
Or ti riveggo in questo suol, di tristi
Lochi e dal mondo abbandonati amante,
E d'afflitte fortune ognor compagna.
Questi campi cosparsi
Di ceneri infeconde, e ricoperti
Dell'impietrata lava,
Che sotto i passi al peregrin risona;
Dove s'annida e si contorce al sole
La serpe, e dove al noto
Cavernoso covil torna il coniglio;
Fur liete ville e colti,
E biondeggiàr di spiche, e risonaro
Di muggito d'armenti;
Fur giardini e palagi,
Agli ozi de' potenti
Gradito ospizio; e fur città famose
Che coi torrenti suoi l'altero monte
Dall'ignea bocca fulminando oppresse
Con gli abitanti insieme. Or tutto intorno
Una ruina involve,
Dove tu siedi, o fior gentile,
e quasi I danni altrui commiserando, al cielo
Di dolcissimo odor mandi un profumo
che il deserto consola. A queste piagge
Venga colui che d'esaltar con lode
Il nostro stato ha in uso, e vegga quanto
È il gener nostro in cura
All'amante natura.)

Giacomo Leopardi (Italia, 1798-1837).

(Traducido del italiano por Jules Etienne).

jueves, 23 de febrero de 2023

Conejos: CUENTAS ATRASADAS, de Manuel Bretón de los Herreros

"¿Quién corre dos liebres a un tiempo?"

(
Fragmento del acto tercero)

Escena VII

Eulalia, don Leoncio y Casimira.

Casimira (a Eulalia, sin ver a don Leoncio y enseñándole un ramo): Al fin, al pie de un albaricoque le hallé. ¿Vino...? ¡Ah, que está aquí!

Leoncio (a Casimira): Sí, vida mía... (¿Quién corre dos liebres a un tiempo?)

Casimira (aparte a Eulalia): ¿Ves que buen mozo? Como un roble.

Eulalia: No sé... no he mirado... Adiós. (Aunque mi tía se enoje, no la espero aquí testigo de peligrosos amores).

Sale y entra en la casa.

Manuel Bretón de los Herreros (España, 1796-1873).

miércoles, 22 de febrero de 2023

Conejos: LA MARQUESA DE PRETINTAILLE, de Jean-François Bayard

"Porque a final dde cuentas tú le disparaste (...) ¿A ese conejo, mi señor?... incapaz..."

(
Fragmento del acto único)

Escena II

Los mismos, Jean Grivet, domésticas, el guardabosques.
(El guarda porta un fusil y un conejo; dos domésticas detienen a Jean Grivet por el cuello).

El marqués: ¡Silencio Louison!...
El guarda: ¡Silencio!...
Jean: Yo no fui mi señor... soy incapaz...
El marqués: ¿No fuiste tú?
Jean: ¡De verdad!... Yo amo bastante al buen Dios.
El marqués (con impaciencia): Pero, ¿entonces quién?... ¿entonces quién?
Jean: ¡Maldición!... es el fusil.
Todos (riendo): ¡Ah!... ¡Ah!... ¡Ah!...
El marqués: ¡Pero, ese fusil travieso! ... Fuiste tú quien lo disparó.
Jean: Inocentemente, vamos, mi señor... sin intención ni mala fe.
Louison:¡Oh!, sobre eso, mi señor, yo le juro...
El marqués: ¡Silencio, Louison!
El guarda: ¡Silencio!...
El marqués: ¡Pues claro!... ese es el punto fuerte... y tengo cuiriosidad de saber cómo te vas a justificar... (mostrando al conejo) Porque, a final de cuentas, tú le disparaste.
Jean: ¿A ese conejo, mi señor?... incapaz... y puedo decir que cuando todo sucedió, yo estaba aún más molesto que él.
El marqués: ¿Me vas a demostrar que es su culpa?
Jean: Sí, mi señor, sí, fue su culpa... yo no culpo a este conejo... tengo en cuenta su desgracia... pero fue él quien se equivocó.
El marqués: ¡Estos villanos están actuando de mala fe!...
Louison (mirando a Jean): ¡Vamos!... ¡Vamos!... (lo insta para que se acerque al marqués).
Jean: Esto es lo que pasó... Fui a llevar este rifle a Pierre Chenu, del pueblo vecino... un gran bebedor, que toma, que toma... (el marqués se mueve incómodo) Bueno, da igual... así que estaba atravesando vuestro gran bosque sin pensar en conejos... ¿qué me hacen los conejos?... ¿son asunto mío los conejos?... pensé tan poco en eso que me puse a cantar a todo pulmón (comienza a cantar). Pequeños pájaros en la arboleda...

Jean-François Alfred Bayard (Francia, 1796-1853).

(Traducido del francés por Jules Etienne).

martes, 21 de febrero de 2023

Conejos: LA VÍSPERA DE SANTA INÉS, de John Keats

"... la liebre cojeaba entre la helada hierba..."

(
Fragmento inicial)

I

¡Qué frío tan tremendo hacía aquella víspera
de Santa Inés! El búho, pese a todas sus plumas,
tiritaba; la liebre cojeaba temblando
entre la helada hierba, y el rebaño, silente,
dormía en su redil de lana. El limosnero
desgranaba con dedos embotados las cuentas
de su viejo rosario, mientras su aliento gélido,
como piadoso incienso de un incensario antiguo,
buscaba en vida el cielo, más allá de la imagen
de la Virgen, en tanto que él rezaba sus preces.

John Keats (Inglés fallecido en Italia, 1795-1821).

(Traducción de Luis Alberto de Cuenca y José Fernández Bueno).

lunes, 20 de febrero de 2023

Conejos: DON JUAN DE AUSTRIA o LA VOCACIÓN, de Casimir Delavigne

"... pero el diablo, señor, no quema más que a los muertos, y el gran inquisidor quema a los vivos."

(
Fragmento del primer acto, escena IV)

Rafael: ¡Mal año! ¿Nos las habremos con el inquisidor general? ¡Mejor quisiera habérmelas con el diablo!

Juan: Porque no crees en él.

Rafael: Sí creo ; pero el diablo, señor, no quema más que a los muertos, y el gran inquisidor quema a los vivos.

Juan: Dices bien; pero, ¿qué te hizo ese papel, que tan mal le tratas?

Rafael: No me acordaba; el pobre pagaba vuestras locuras. Domingo lo echó por debajo de la puerta. Esa al menos no pasará la visita de don Raimundo Tariz, el director de Correos, y el hombre más curioso del reino.

Juan: Con otras se desquitará.

Rafael (Mientras que don Juán lee): Es una manera de confesor nombrado por el rey para toda la monarquía. Bien se puede decir de nuestro soberano que con ese director de Correos sus humildes vasallos no tienen secretos para Su Majestad.

Juan: Convídame don Fernando Rivera a una batida, y en soto de Su Majestad. En mala sazón por cierto.

Rafael. Y en soto de Su Majestad. Reparad, señor, que la última hubo de costamos cara. ¡Pardiez! Mejor quisiera haber muerto diez herejes en sus reinos que una liebre en sus sotos.

Juan: ¡Necio estás! Si no fuera por el riesgo, quién iria por la pieza a correr el monte. ¡El peligro, el peligro! He ahí el placer: en duelo, en batalla, en batida, venga como bien le parezca, para mí será siempre bienvenido. Si hubiese nacido rey, Rafael, estaría estrecho en mis estados; no acertaría á respirar anchamente sino en los de mis vecinos.

Rafael: Asi era yo en matrimonio. ¡Vive Dios! ¡Y que el hijo de un señor tan pacífico abrigue sentimientos tan atrevidos!

Juan: ¿Eso te asombra?

Casimir Delavigne (Francia, 1793-1843).

(Traducido al español por Mariano José de Larra; versión adaptada al castellano actual).

domingo, 19 de febrero de 2023

Conejos: ST. IRVYNE, o EL ROSACRUZ, de Percy Bysshe Shelley; y FRANKENSTEIN, de Mary Shelley

"... o el salto de una liebre en el brezal bastaban para que se estremeciera de miedo."

St. Irvyne, o El rosacruz

(Fragmento del capítulo VIII)

Sin hacer caso de las fervientes súplicas de Megalena, se dejó caer en una silla, donde permaneció sumido en lúgubre y profunda melancolía. Y no le ofreció ninguna respuesta, sino que, inmerso en un aluvión de devastadores pensamientos, se quedó en silencio. Incluso cuando se retiraron a descansar, y pudo en algún momento descabezar un ligero sueño, aquel hombre volvía a presentarse ante él, como si la imponente figura de Ginotti le dominase, y que aquella última mirada que sus aterra- dores ojos le habían dirigido se revolviese en su interior en una indescriptible agonía. Wolfstein tuvo la impresión de que el tiempo transcurría con lentitud. Y Ginotti, aunque ya se había marchado, y muy lejos quizá, le rondaba aún por la cabeza, como si su imagen se le hubiera quedado grabada con terribles e indelebles caracteres. Fueron muchas las ocasiones en que vagó por aquellos solitarios brezos. Y en cada ráfaga de viento que soplaba sobre los dispersos vestigios de lo que una vez fuera un bosque, parecía siempre flotar la voz, el acento terrible de Ginotti. Y en cada oscuro recoveco, junto a las sombras envolventes de una tétrica noche, parecía acechar su silueta, mientras que, con mirada hostil, aquellos ojos parecían traspasar la afligida conciencia de Wolfstein a medida que caminaba. La caída de una hoja o el salto de una liebre en el brezal bastaban para que se estremeciera de miedo. Y hasta en aquella espantosa soledad, se sentía irresistiblemente impelido a permanecer solo. Ni los encantos de Megalena eran ya capaces de ofrecer un poco de tranquilidad a su alma, porque efímera es la amistad entre los malvados, a la que siempre sigue el hastío que produce una atadura anclada en las tumultuosas visiones de la pasión o los intereses: irremediablemente, ha de hundirse en el abismo del tedio, seguido de esas apatía e indiferencia de las que, por su propio origen, es merecedora.

Frankenstein

(Fragmento del capítulo 7)

Muchas veces, extenuado por una caminata agotadora, intentaba convencerme mientras andaba de que estaba soñando y que cuando llegara la noche despertaría a la realidad en brazos de los míos. ¡Qué punzante cariño sentía hacia ellos!; ¡cómo me aferraba a sus queridas siluetas, cuando a veces me visitaban, incluso estando despierto, e intentaba convencerme de que aún estaban con vida! En aquellos momentos, la venganza que me corroía el corazón se aplacaba, y continuaba mi camino hacia la destrucción de aquel demonio más como un deber impuesto por el cielo, como el impulso mecánico de un poder del cual era inconsciente, que como el ardiente deseo de mi espíritu.

Desconozco los sentimientos de aquel a quien perseguía. A veces dejaba cosas escritas en los troncos de los árboles o talladas en la piedra, que me guiaban o avivaban mi cólera. «Mi reinado aún no ha acabado -estas eran las palabras que se leían en una de las inscripciones–-; sigues viviendo y mi poder es total. Sígueme; voy hacia el norte en busca de las nieves eternas, donde padecerás el tormento del frío y el hielo al que yo soy insensible. Si me sigues de cerca, encontrarás no lejos de aquí una liebre muerta; come y recupérate. ¡Adelante, enemigo!; aún nos queda luchar por nuestra vida; pero hasta entonces te esperan largas horas de sufrimiento.»

Percy Bysshe Shelley (Inglés fallecido en Italia, 1792-1822).
Mary Shelley (Inglaterra, 1797-1851).

sábado, 18 de febrero de 2023

Conejos: LA INFANCIA DEL REY ERIK MENVED, de Bernhard Severin Ingemann

"... y no tocan un conejo en el bosque, ni una pluma en el gallinero..."

(Fragmento de la segunda parte)

- Una cosa más, Tygé. ¿Es seguro el vecindario? ¿No hay cazadores furtivos en Kjælderriis, y no hay gente suelta y sospechosa en las canteras de Daugberg?

- ¿Por qué debería entrar tal idea en sus pensamientos, señor? Los mendigos y los chapuceros pasan por aquí de vez en cuando: les damos carne y pan en el nombre de Dios, y no tocan un conejo en el bosque, ni una pluma en el gallinero. Si el distrito no fuera seguro, habríamos oído hablar de eso. Ningún ladrón o maleante puede aventurarse cerca del castillo de Harrestrup, siempre y cuando su emblema cuelgue sobre la puerta. ¿Ha percibido algo, señor?

- Yo no. Fue solo una fantasía que se apoderó de Skirmen en el camino.


Bernhard Severin Ingermann (Dinamarca, 1789-1962).

(Traducido del danés al inglés por J. Kesson y al español por Jules Etienne).

viernes, 17 de febrero de 2023

Conejos: EL ÚLTIMO DE LOS MOHICANOS, de James Fenimore Cooper


(
Fragmento del capítulo Zorro sutil mantiene su promesa)

- El Gran Espíritu que formó a los hombres les dio colores diferentes -dijo el hurón-. Hizo a los negros, y los destinó a ser esclavos, a otros dio una piel más blanca que el armiño y les ordenó que comerciaran, perros para con sus mujeres, y lobos para con sus esclavos; les dio la lengua como el falso llamado del gato montés, el corazón del conejo y la malicia del jabalí. Dios les dio mucho, y quieren más aún. Tales son los caras pálidas. A algunos les dio el Gran Espíritu piel más brillante y roja que el sol -añadió el magua-. Y éstos fueron sus hijos predilectos. Les dio esta isla con todas sus riquezas. ¿Saben mis hermanos el nombre de este pueblo favorito? Eran los lenni lenapes. Pero ¿seré yo el encargado de referir a un pueblo sabio sus propias tradiciones? ¿No hay entre ellos uno que haya visto todo esto y atestigüe la verdad? He terminado. Mi lengua está quieta porque mi corazón es de plomo, pero mis oídos escuchan. Todos los ojos se volvieron hacia el venerable Tamenund. Cuando el hurón nombró a su pueblo, el anciano abrió los ojos y miró a la multitud. Hizo un esfuerzo para levantarse y, apoyado por sus dos compañeros, se puso en pie, a pesar de su visible debilidad.

- ¿Quién nombra a los hijos de los lenapes? -preguntó con voz gutural- ¿Quién habla de cosas pasadas? Agradezcamos al Manitou los bienes que quedan. Me dicen que es un amigo de Tamenund. ¡Un amigo! ¿Qué es lo que trae aquí a un hurón?

- La justicia. Sus prisioneros están aquí con sus hermanos, y él viene a buscar lo que es suyo -exclamó otro de los ancianos.

James Fenimore Cooper (Estados Unidos, 1789-1851).

jueves, 16 de febrero de 2023

Conejos: UNA ATARDECER EN EL JOPIOR, de Mijáil Zagoskin

"... perseguir entre la humedad de la lluvia desde la mañana hasta el ocaso a una pobre liebre blanca..."

(
Fragmento)

No había nada que hacer; era imposible salir con un rifle o navegar en el Jopior en un bote. Por supuesto, uno podría rastrear liebres a ras de tierra, pero sería necesario tener un amor apasionado por la caza con perros; y de toda nuestra sociedad, Zarutsky era el único hombre que a veces cabalgaba detrás de los perros, y prefería hacerlo en un clima brillante de otoño o después de la primera nieve en invierno; pero perseguir entre la humedad de la lluvia desde la mañana hasta el ocaso a una pobre liebre blanca, no le pareció en absoluto entretenido.

Mijáil Nikolayevich Zagoskin (Rusia, 1789-1852).

(Traducido del ruso al inglés por Jeremiah Curtin y al español por Jules Etienne).

miércoles, 15 de febrero de 2023

Conejos: DON JUAN, de Lord Byron

"Que hay mese en los que la naturaleza se alegra más: marzo tiene sus liebres..."

(
Fragmento del Canto I)

CII
Era un día, un día de verano.
El verano es, en verdad, una estación muy peligrosa,
y también lo es la primavera a fines de mayo;
El sol, sin duda, es la razón imperante;
Pero cualquiera que sea la causa, uno puede decir,
y ser condenado por más verdad que traición,
Que hay meses en los que la naturaleza se alegra más:
marzo tiene sus liebres y mayo debe tener su heroína.

CIII
Fue en un día de verano, el seis de junio:
Me gusta ser cuidadoso con las fechas,
no solo de la edad y el año, sino también de la luna;
Son una especie de casa de correos, donde los Destinos
Cambian de caballo, haciendo que la historia cambie de tono,
 Luego espolean imperios y estados,
Dejando al final poco más que cronología,
Excepto los obituarios posteriores de la teología.

Lord Byron:
George Gordon Byron (Inglés fallecido en Grecia, 1788-1824).

(Traducido al español por F. Villalva).

martes, 14 de febrero de 2023

Conejos: LOS NOVIOS, de Alessandro Manzoni

"... haga de cuenta vuestra señoría de que no he dicho nada: corazón de león, piernas de liebre y a la orden..."

(
Fragmento del capítulo VIII)

Saca yesca, pedernal, eslabón y mecha, enciende un farolito suyo, entra en la otra habitación interior, para asegurarse de que no hay nadie: no hay nadie. Retrocede, va a la puerta de la escalera, mira, pega a ella la oreja: soledad y silencio. Deja a los otros dos centinelas en la planta baja, se hace acompañar por Grignapoco, que era un bravo de la comarca de Bérgamo, el cual sólo debía amenazar, hacer callar, ordenar, ser en suma el portavoz, a fin de que su habla pudiera hacer creer a Agnese que la expedición provenía de aquella parte. Con éste a su lado, y los demás detrás, el Griso sube despacio, despacito, maldiciendo en su fuero interno cada escalón que crujía, cada paso de aquellos granujas que hacía ruido. Por fin llega arriba. Aquí yace la liebre. Empuja suavemente la puerta que da a la primera habitación; la puerta cede, se abre una rendija: introduce por ella el ojo; está oscuro: introduce la oreja, para oír si alguien ronca, respira, rebulle allí dentro; nada. Adelante, pues: se pone el farol ante la cara para ver, sin ser visto, abre de par en par la puerta, ve una cama; ¡a ella!: la cama está hecha y lisa, con el embozo vuelto, y bien arremetido en la cabecera. Se encoge de hombros, se vuelve a sus hombres, les hace señas de que va a mirar a la otra habitación, y que lo sigan muy, muy despacio; entra, hace las mismas ceremo- nias, encuentra lo mismo.

- ¿Qué diablos es esto? -dice entonces-: ¿Algún perro traidor nos habrá delatado?

Empiezan todos, con menos cautela, a mirar, a tantear por todos los rincones, ponen la casa patas arriba.

(Fragmentos del capítulo XI)

Como una jauría de sabuesos, tras haber perseguido en vano una liebre, regresa humillada a su amo, con el hocico gacho y el rabo entre las piernas, así, en aquella desbarajustada noche, regresaban los bravos al castillejo de don Rodrigo. El caminaba de un lado para otro, en la oscuridad, por un camaranchón deshabitado del último piso, que daba a la explanada. De vez en cuando se detenía, aguzaba el oído, miraba por las rendijas de los postigos carcomidos, lleno de impaciencia y no libre de inquietud, no sólo por lo incierto del resultado, sino también por sus posibles consecuencias; pues era la empresa más grave y arriesgada en que el buen hombre había puesto mano hasta entonces. Se tranquilizaba, sin embargo, con la idea de las precauciones tomadas para destruir los indicios, si no las sospechas.

(...)

- Creo, mi señor, haber dado pruebas...

- ¡Entonces!

- Entonces -replicó resueltamente el Griso, acorralado de este modo-, entonces haga cuenta vuestra señoría de que no he dicho nada: corazón de león, piernas de liebre, y a la orden para partir.

Alessandro Manzoni (Italia, 1785-1873).

La ilustración corresponde al diálogo entre Rodrigo y El Griso en el capítulo XI, por Francesco Gonin.

lunes, 13 de febrero de 2023

Conejos: LA CARTUJA DE PARMA, de Stendhal


(
Fragmento del capítulo XXIV)

- Suplico a Vuestras Altezas que me dispensen, señora. Mas Vuestra Alteza -añadió la duquesa dirigiéndose al príncipe- lee perfectamente el francés. Para calmar nuestros agitados espíritus ¿querría Vuestra Alteza leernos una fábula de La Fontaine?

La princesa encontró ese nos muy insolente, pero pareció a la vez extrañada y divertida, cuando la mayordoma mayor, que se había dirigido con gran tranquilidad a la biblioteca, volvió trayendo un volumen de las Fábulas de La Fontaine, lo hojeó un instante y dijo al príncipe, ofreciéndoselo:

- Suplico a Vuestra Alteza que lea toda la fábula.

El hortelano y su señor

Cierto hombre a la horticultura aficionado,
Un jardín en su pueblo tenía.
Adquirió la huerta de al lado
Y la cercó de penca y de zarza bravía
La col y la lechuga en la huerta se daban,
En el jardín las flores no sobraban,
Pero había para regalar
Un ramo de clavel, de jazmín y de rosa
A Teresa, la moza más hermosa
De aquel lugar.
Mas habiendo esta dicha una liebre turbado,
Al señor de la aldea nuestro hombre se quejó.
"- El maldito animal, dijo, está en el cercado
Y se harta de comer de lo que Dios creó.
Ni trampa, ni palo, ni piedra
Valen con él; nada le arredra.
Es brujo. -¿Brujo? Vamos, que yo le desafío,
le replicó el señor. Aunque fuera Merlín,
Ten por seguro, amigo mío,
Que mis perros sabrán echar de tu jardín
Al voraz animal. -¿Y cuándo? - Sin demora,
Mañana, a la primera hora."
Llegó el señor con todos sus criados.
“- Almorcemos. ¿Están tus pollos bien cebados?”

Tras del almuerzo, alegres empezaron
A preparar la caza, con un tumulto ingente
De tropas y de perros y de gente,
Que a nuestro buen villano atónito dejaron.
Pero fue lo peor; que el barón y sus perros
En lamentable estado pusieron el jardín.
¡Adiós flores, rosa, jazmín!
¡Adiós coles, lechuga, puerros!
“- Juegos son de señor, suspiraba contrito
El buen hombre, pero la turba cazadora
Destrozó, sin oírle, en menos de una hora
Más que en cien años todas las liebres del distrito."

Resolved, principillos, a solas vuestras guerras.
Fuera locura insigne acudir a los reyes,
No permitáis jamás que os impongan sus leyes
Ni le hagáis entrar en vuestras tierras.

A esta lectura siguió un profundo silencio. El príncipe se paseaba por el gabinete, después de haber ido él mismo a dejar el volumen en su sitio.

Stendhal:
Henri Beyle (Francia, 1743-1842).

La ilustración corresponde a un grabado de Martin Marvie para la edición de las Fábulas de La Fontaine en 1668.

domingo, 12 de febrero de 2023

Conejos: EL PERIQUILLO SARNIEN- TO, de José Joaquín Fernández de Lizardi

"... una de las tardes que andábamos a caza de conejos, vimos venir hacia nosotros un caballo desbocado..."

(
Fragmento del capítulo II)

¿Pues qué ha sido de tu vida, hijo de mi alma?, me preguntó; ¿qué suerte has corrido?, ¿qué malas aventuras has pasado que te veo tan otro y tan desfigurado de ropa?

- Qué ha de ser, le contesté, sino que soy el más desgraciado que ha nacido de madre […] me dijo el mulatillo interrumpiéndome; sube a las ancas de mi caballo, nos encaramaremos sobre aquella loma, y allí […] en los caminos reales espantamos la caza.

- No entiendo eso de espantar la caza, le dije, pues yo jamás he visto cazar en caminos reales, sino en los bosques y lugares no transitados por los hombres.

- Tanto así tienes de guaje, me dijo el Aguilucho; pero cuando sepas que nosotros no andamos a caza de conejos ni de tigres, sino de hombres…

(Fragmento del capítulo IV)

… Éste fue el fin glorioso que tuvo mi aventura de médico. Corrí como una liebre; y con tanta carrera y el mal pasaje que tuvo la mula, en el pueblo de Tlalnepantla se me cayó muerta a los dos días. Era fuerza que lo mal habido tuviera un fin siniestro.

Finalmente, yo vendí allí la silla y la guarlapa en lo primero que me dieron, tiré la peluca y la golilla en una zanja para no parecer tan ridículo, y a pie y andando con mi capa al hombro y un palo en la mano, llegué a México.

(Fragmento del capítulo VI)

… En una de las tardes que andábamos a caza de conejos, vimos venir hacia nosotros un caballo desbocado, pero en tan precipitada carrera, que por más que hicimos no fue posible detenerlo; antes si no nos hacemos a un lado, nos arroja al suelo contra nuestra voluntad […] el pobre jinete […] no valían nada las diligencias que hacía con las riendas para contenerlo. Creímos su muerte próxima por la furia de aquel ciego bruto, y más cuando vimos que, desviándose del camino real, corrió derecho por una vereda, y encontrándose con una cerca de piedras de la huerta de un indio, quiso saltarla, y no pudiendo, cayó en tierra cogiendo debajo la pierna del jinete.

José Joaquín Fernández de Lizardi (México, 1776-1827).

sábado, 11 de febrero de 2023

Conejos: FRAGMENTOS, de Novalis

"... una liebre que pasa por el camino anuncia desgracia."

(
Fragmento recogido por Ludwig Tieck y Ed. von Bulow)

IV

Una peculiaridad notable de Goethe es su habilidad para relacionar accidentes insignificantes con eventos serios. Parece que no tiene otro propósito en esto que ocupar poéticamente nuestra imaginación con un juego misterioso. Aquí también el hombre extraordinario ha seguido los pasos de la naturaleza y le ha robado un gracioso artificio. La vida ordinaria está llena de esas cosas. Las cosas forman un juego que, como todos los juegos, resulta en sorpresa y decepción. Varias creencias de la vida ordinaria se basan en la observación de esta conexión invertida. Así es como, por ejemplo, los malos sueños presagiar felicidad; que el encuentro con los muertos presagia una larga vida; que una liebre que pasa por el camino anuncia desgracia. Casi todas las supersticiones populares se basan en interpretaciones de este juego.

Novalis:
Georg Philipp Friedrich von Hardenberg (Alermania, 1772-1801).

viernes, 10 de febrero de 2023

Conejos: ROB ROY, de Walter Scott

"Estás loco, Rob -replicó el bayle-, tan loco como una liebre en marzo."

(Fragmentos)

Del capítulo quinto

Llamé, pero nadie acudió, irritándome más y más el servir de objetivo a la curiosidad de la servidumbre. Cabezas de hombres y de mujeres asomaban, alargándose, en muchas ventanas y se retiraban súbito, como conejos en sus madrigueras, no bien volvía yo la vista hacia ellas.

El regreso de los cazadores y de la jauría me sacó de apuros; pero no sin algún trabajo conseguí que un majadero criado se encargara de los caballos, y que otro me acompañara a la presencia del dueño de la casa. El palurdo desempeñó su cometido con la galantería de un rústico obligado a guiar una patrulla enemiga, siéndome indispensable no perderle de vista para impedirle que me abandonara en aquel dédalo de corredores bajos y abovedados que desembocaban en lo que él llamó salón de piedra, donde debía yo ser conducido a la graciosa presencia de mi tío.

Del capítulo vigésimo tercero

Estás loco, Rob -replicó el bayle-, tan loco como una liebre en marzo. Y ¿por qué una liebre anda más loca en marzo que en la época de San Martín? La respuesta es superior a mi inteligencia...

Del capítulo trigésimo

A la izquierda y a través de un valle, serpenteaba el río Forth, cuyo curso hacia el Oriente, alrededor de una preciosa colina enteramente aislada, se dibujaba una guirnalda de bosques. A la derecha, y en medio de una porción de desnudas peñas, espesos jarales y montículos, se extendía un vasto lago; el soplo de la brisa matinal movía, a trechos, leves ondas, en las cuales brillaban facetas de luz en chispeantes reflejos. Ribazos, rocas y empinadas montañas, profusamente cubiertas de abedules y de encinas, formaba un cuadro encantador en aquella loma. El murmullo de las hojas, unido a las combinaciones del reverberar del sol, daban a la profunda soledad un aspecto de movimiento y de vida. El hombre solitario se advertía en un estado de inferioridad, en un escenario que se magnificaba exaltando las formas ordinarias de la naturaleza. Dejamos tras de nosotros el llamado clachan de Aberfoil: miserable caserío, compuesto de una docena de chozas, o, según expresión del bayle, de madrigueras de conejos, construidas con pedruscos y sucia argamasa y grosera- mente revestida de turba y de ramas de árboles entrelazadas. Los informes techos eran tan rayanos de tierra que, según observación de Andrés, hubiéramos podido, la anterior noche, trotar por encima de ellos, sin notarlo, a no andar nuestras cabalga- duras a través de los mismos.

Sir Walter Scott (Escocia, 1771-1832).

La ilustración corresponde a For better, for worse: Rob Roy and the Bailie (1886), de John Watson Nicol.

jueves, 9 de febrero de 2023

Conejos: OBERMANN, de Étienne Pivert de Senancour

"... superficie surcada por las huellas inquietas de la cierva o de una liebre en fuga."

(
Fragmento de la carta XI)

París, junio 27.

Muchas veces he estado en el bosque antes de que salga el sol. He ascendido a las cumbres todavía entre sombras. Me he humedecido con el brezo lleno de rocío; y cuando aparece el sol, he lamentado la claridad incierta que precede a la aurora. Amo los charcos, los valles oscuros, los bosques espesos; me encanta la piedra arenisca volcada y las rocas ruinosas; amo mucho más estas vastas y móviles arenas, donde ningún hombre ha marcado aún su árida superficie surcada por las huellas inquietas de la cierva o de una liebre en fuga.

(Plusieurs fois j'étais dans les bois avant que le soleil parût. Je gravissais les sommets encore dans l'ombre; je me mouillais dans la bruyère pleine de rosée; et quand le soleil paraissait, je regrettais la clarté incertaine qui précède l'aurore. J'aimais les fondrières, les vallons obscurs, les bois épais; j'aimais les collines couvertes de bruyère; j'aimais beaucoup les grès renversés et les rocs ruineux; j'aimais bien plus ces sables vastes et mobiles, dont nul pas d'homme ne marquait l'aride surface sillonnée çà et là par la trace inquiète de la biche ou du lièvre en fuite.)

Étienne Pivert de Senancour (Francia, 1770-1846).

(Traducido del francés por Jules Etienne).