Vancouver: luz de agosto en la bahía. (Fotografía de Jules Etienne).
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martes, 30 de enero de 2024

Mirándolas dormir: AGUAS PRIMA- VERALES, de Iván Turguéniev

"... permaneció como hechizado; dejando a su alma admirar con todas sus fuerzas el cuadro que ante él se ofrecía."

(
Fragmento del capítulo X)

Por fin dijo Frau Lenore que estaba fatigada. Gemma le aconsejó dormirse un poco en el sofá.

Y yo -dijo-, con el caballero ruso, nos estaremos quietos, muy tranquilos, como raton- citos.

Frau Lenore le dirigió una sonrisa por única respuesta, cerró los ojos, respiró hondo dos o tres veces y se adormeció. Gemma se sentó a escape junto a ella en una banqueta, y sosteniendo la almohada donde descansaba la cabeza de su madre, se quedó inmóvil, llevando solamente de vez en cuando a sus labios un dedo de la otra mano, para recomendar silencio, y mirando a Sanin con el rabillo del ojo cada vez que se permitía el menor movimiento. Concluyó éste por inmovilizarse también y permaneció como hechizado; dejando a su alma admirar con todas sus fuerzas el cuadro que ante él se ofrecía.

Iván Turguéniev (Ruso fallecido en Francia, 1818-1883).

lunes, 20 de marzo de 2023

Conejos: APUNTES DE UN CAZA- DOR, PRIMER AMOR y AGUAS PRIMAVERALES, de Iván Turgéniev

"... entre la maleza corrió una liebre grande. Tras ella se lanzaron los galgos."

(
Fragmento de Chertapkanof y Tredopuskin)

Salimos del matorral. Cerca de nosotros dos perros ladraron, y entre la maleza corrió una liebre grande.

Tras ella se lanzaron los galgos. Luego llegó Chertapkanof. Procuraba en vano dirigir la jauría. De su ancha boca escapaban sonidos inarticulados e ininteligibles; se enfadaba con su cabalgadura y la hartaba de latigazos. Los lebreles buscaban, la liebre torció camino y cruzó como una flecha delante de Jermolai. Los perros salieron para otro lado.

- ¡Guarda: fuego! -gritó Chertapkanof.

Jermolai disparó el arma, la liebre rodó como una bola sobre la gramilla seca; saltó un perro y la atrapó.

Chertapkanof, en un abrir y cerrar de ojos se apeó, y sacando su puñal lo hundió hasta el mango en el cuerpo de la presa. Lanzó un grito de victoria y se llenó de orgullo cuando vio llegar a Tredopuskin.

- Debiéramos privarnos de la caza en esta estación del año -dije a Chertapkanof, señalándole un vecino campo de avena.

- Ese campo me pertenece -respondió con sequedad.

Le cortó las patas a la liebre y se la ató a la silla.

Y dijo a Jermolai:

- Según las leyes de la caza, te debo el tiro. En cuanto a usted, señor -dijo recalcando cada sílaba-, le quedo agradecido.

(...)

Tikone Tredopuskin no podía, como su amigo, enorgullecerse de su nacimiento. Su padre pertenecía al común y no adquirió la nobleza sino al precio de cuarenta años de un servicio asiduo e irreprochable. Pertenecía al número de esos hombres a quienes la mala suerte combate con una pertinacia que parece odio personal.

Durante sesenta años tuvo que luchar contra todas las miserias que son la herencia de la gente ínfima. Se debatía como un pez en el hielo; vivía al día, nunca durmió su borrachera completa.

El pobre hombre pasó así una existencia de mártir y murió en algo como un granero, sin dejar un solo céntimo a sus hijos. Luchó vanamente contra la desgracia, como una liebre caída en la red; todos sus esfuerzos lograban solamente que se enredase más en la malla.

Primer amor

(Fragmento inicial del capítulo XVIII)

Me levanté por la mañana con dolor de cabeza. Las emociones de la víspera estaban lejanas. En su lugar vino una perplejidad penosa y una tristeza que antes no había conocido. Era como si algo muriese en mí.

-¿Por qué parece un conejo al que le han extraído la mitad del cerebro? -me dijo al verme Lushin.

Aguas primaverales

(Fragmento del capítulo XXVI)

Después de tomar el café, ambos amigos -naturalmente, a pie- se dirigieron hacia Hausen, aldehuela poco lejana de Frankfurt y rodeada de bosques. Toda la cordillera de Taunus se veía desde allí como so estuviese al alcance de la mano. El tiempo era magnífico: brillaba el sol y difundía su calor, pero sin quemar; un viento fresco rumoreaba alegre entre el verde follaje; las sombras de algunas nubecillas que se cernían en lo alto del cielo corrían sobre la tierra como manchitas redondas, con un movimiento uniforme y rápido. Bien pronto se hallaron los jóvenes fuera de la ciudad, y anduvieron con paso firme y alegre por la carretera esmeradamente barrida. Al entrar en el bosque, dieron mil vueltas por él; después almorzaron fuerte en una posada de aldea. Enseguida subieron por la montaña, admirando el paisaje; echaron a rodar pedruscos por la pendiente, haciendo palmas al verlos rebotar como conejos, con saltos extravagantes y cómicos, hasta que un transeúnte, invisible para ellos, les dirigía desde el camino de abajo denuestos con voz fuerte y sonora. Se tumbaron encima de un musgo corto y seco, de un color amarillo violáceo; bebieron cerveza en otro figón, después, corrieron y saltaron a cual más. Descubrieron un eco y le dieron conversación; cantaron, gritaron, lucharon, rompieron ramas de árboles, adornaron los sombreros con guirnaldas de helecho, y hasta acabaron por bailar.

Iván Turguéniev (Ruso fallecido en Francia, 1818-1883).

miércoles, 7 de septiembre de 2022

Golondrinas en septiembre: FAUSTO, de Iván Turguéniev

"... las golondrinas revoloteaban a nuestro alrededor a muy poca altura."

(Fragmentos)

Vera le pidió que cantara una canción de sus años de estudiante y él le cantó Knaster, den gelben, pero terminó con una nota falsa. Estaba como borracho. Entre tanto, se levantó un fuerte viento, se alzaron olas bastante grandes y la barca dio ligeramente de banda; las golondrinas revoloteaban a nuestro alrededor a muy poca altura. Cambiamos de vela y empezamos a dar bordadas. De pronto sopló una violenta ráfaga de viento. No tuvimos tiempo de enderezar la embarcación: una ola saltó por encima de la borda y la barca se llenó de agua. En ese momento, el alemán dejó constancia de su valor: me arrancó la maroma de las manos y puso la vela en la posición adecuada, al tiempo que decía: “¡Así se hace en Cuxhaven!” (So macht mans in Cuxhaven!).

Vera probablemente se asustó, porque se puso pálida; no obstante, según su costumbre, no pronunció ni una palabra, recogió el bajo del vestido y apoyó los pies en el travesaño de la barca. De pronto me vino a la cabeza un poema de Goethe (desde hace algún tiempo estoy bajo su influjo)… ¿Te acuerdas? “En las olas centellean millares de estrellas oscilantes”, y lo declamé en voz alta. Cuando llegué al verso que dice: “Ojos míos, ¿por qué miráis el suelo?”, ella levantó levemente los suyos (yo estaba sentado a menor altura: su mirada caía sobre mí desde arriba) y contempló largo rato la lejanía, entornando los párpados para protegerse del viento… De pronto se desencadenó una fina llovizna, cuyos impactos en el agua produjeron un sinfín de burbujas. Le ofrecí mi abrigo: ella se lo echó por los hombros. Nos acercamos a la orilla, no al embarcadero, y nos dirigimos a pie hasta la casa. Yo la llevaba del brazo. En todo momento me parecía que tenía algo que decirle; pero callaba. No obstante, recuerdo que le pregunté por qué, cuando estaba en casa, siempre se sentaba debajo del retrato de la señora Yeltsova, como un polluelo bajo el ala de su madre. “Su comparación es muy apropiada -me dijo-. Nunca he deseado salir de debajo de su ala.” “¿No ha deseado nunca salir al aire libre?”, volví a preguntarle. Pero ella no me respondió.

(...)

Así es como me enteré de que Vera me amaba. Antes de nada debo decirte (y tienes que creerme) que hasta ese día no sospechaba absolutamente nada. Cierto que a veces se quedaba pensativa, algo que antes no le sucedía; pero yo no comprendía por qué caía en esos estados. Por fin, un día, el 7 de septiembre -un día inolvidable para mí-, sucedió lo siguiente. Ya sabes cuánto la amaba y cómo sufría. Vagaba como una sombra, no me encontraba bien en ningún sitio. Tenía intención de quedarme en casa, pero no fui capaz de contenerme y fui a verla. La encontré sola en su despacho. Primkov no estaba: se había ido de caza. Cuando entré en la habitación, Vera me miró fijamente y no respondió a mi saludo. Estaba sentada al pie de la ventana; en sus rodillas descansaba un libro que reconocí al instante: era mi ejemplar de Fausto. Su rostro expresaba cansancio. Me senté enfrente de ella. Me pidió que le leyera en voz alta esa escena entre Fausto y Gretchen en que ella le pregunta si cree en Dios. Cogí el libro y me puse a leer. Cuando terminé, me la quedé mirando. Con la cabeza reclinada en el respaldo del sillón y los brazos cruzados sobe el pecho, tenía los ojos clavados en mí.

Iván Turguéniev (Rusia, 1818-1883).

viernes, 6 de agosto de 2021

Venecia: EN VÍSPERAS, de Iván Turguéniev

"Todo en ella es luminoso y claro, sin embargo, también se percibe una (...) tranquila sensualidad."

(Fragmento del capítulo XXXIII: Una visita a Venecia)

Para quien no haya visto Venecia en el mes de abril será difícil elaborar un retrato del indescriptible encanto de esta ciudad hechicera. La apacible serenidad de la prima- vera es para Venecia lo que el brillante sol estival a la gloriosa Génova o lo que el dorado púrpura otoñal es para Roma, ese gran anciano entre las ciudades. Y apenas la primavera nos agita y llena de deseo, también Venecia con su hermosura. Atormenta y provoca al inocente corazón con una sensación de alegría inminente, una alegría que es al mismo tiempo simple pero misteriosa. Todo en ella es luminoso y claro, sin embargo, también se percibe una calina somnolienta de tranquila sensualidad; todo es silencioso, aunque siempre está dando la bienvenida; todo sobre esta ciudad es femenino, incluso hasta su nombre; no por nada se le conoce como “Venecia la hermosa”.

Iván Turguéniev (Rusia, 1818-1883).

(Traducido al español por Jules Etienne).

jueves, 28 de enero de 2021

Enero: PADRES E HIJOS, de Iván Turguéniev

"Aquel día de enero tocaba ya a su fin; el frío vespertino comprimia más aún el aire inmóvil..."

(Fragmento del capítulo 28)

Pasaron seis meses. Vino el blanco invierno, con sus crueles y silenciosas heladas sin nubes, sus densas y crujientes nevadas, sus rosadas escarchas en los árboles, su cielo de pálida esmeralda, sus gorros de humo sobre la chimenea, sus tufaradas de vapor saliendo de las puertas un momento entornadas, los frescos rostros literalmente mordidos de la gente y el desalado correr de los entumecidos caballos. Aquel día de enero tocaba ya a su fin; el frío vespertino comprimía más aún el aire inmóvil y rápidamente apagaba el crepúsculo color de sangre. En las ventanas de la casa de Marino se encendieron las luces. Prokofich, de frac negro y guantes blancos, con particular solemnidad, puso la mesa con ocho cubiertos. Una semana antes, en la reducida iglesia parroquial, sin ostentación y casi sin testigos, se habían celebrado dos bodas: la de Arkadii con Katia y la de Nicolai Petrovich con Zenichka; y aquel mismo día dio Nikolai Petrovich una comida de despedida a su hermano que marchaba a Moscú a resolver unos asuntos. Anna Serguieyevna partió inmediata- mente después de la boda, colmando de regalos a los novios.


Iván Turguéniev (Ruso fallecido en Francia, 1818-1883).

viernes, 3 de mayo de 2019

Tu boca: PADRES E HIJOS, de Iván Turguéniev

"... y aporreando con sus romas uñas las teclas del derrengado piano, se dispuso a cantar con voz recia..."

(Fragmento del capítulo 13)

- No puedo escuchar con paciencia que ataquen a la mujer -prosiguió Evdoksia-. Es espantoso, espantoso. En vez de atacar a las mujeres, lean ustedes el libro de Michelet De l'amour. ¡Qué maravilla! ¡Señores, hablemos del amor! -añadió Evdoksia, hundiendo su mano lánguidamente en el blando almohadón del diván.

Se percibió un súbito silencio.

- No; ¿a qué hablar del amor? -refunfuñó Basarov-. Hace un momento mencionó usted a Odintsova... Creo recordar que la llamó así, ¿no? ¿Quién es esa señora?

- ¡Un encanto, un encanto de mujer! -ponderó Sitnikov-. Yo se la presentaré. Inteligente, rica, viuda. ¡Lástima que aún no esté lo bastante evolucionada! Hay que hacer que trate más a fondo a nuestra Evdoksia. A su salud, Eudoxie! ¡Choquemos! Et toc, et toc, et tin-tin-tin. Et toc, et toc, et tin- tin-ton...

- Víctor, está usted borracho.

El almuerzo se prolongó por un largo rato. A la primera botella de champaña siguió otra segunda, la tercera, y luego una cuarta... Evdoksia charlaba sin parar; Sitnikov repetía sus palabras. Hablaron hasta por los codos sobre si el matrimonio era un prejuicio o un crimen, y lo mismo el traer criaturas al mundo..., y en qué consiste propiamente la individualidad. Llegó la situación al extremo de que Evdoksia, colorada por el efecto del vino y aporreando con sus romas uñas las teclas del derrengado piano, se dispuso a cantar con voz recia, primero canciones gitanas; luego, una romanza de Seymour-Schif (Soñemos con la soleada Granada), mientras Sitnikov se liaba una cinta en la frente y representaba el papel del amante reconciliado, cantando estos versos:
Y tu boca con la mía
Fundir en ardientes besos.


Iván Turguéniev (Rusia, 1818-1883).

sábado, 30 de julio de 2016

Canícula: EL PRADO DE BEZHIN, de Iván Turguéniev

"El sol, ni abrasador como en la época de la canícula, ni turbiamente rojo como es vísperas de la tormenta..."
 
(Fragmento inicial)

Era un glorioso día de julio, uno de esos días que sólo llegan después de muchas jornadas de buen tiempo. Desde el amanecer, el cielo está claro; la aurora no se inflama en fuegos, sino que se tiñe de suaves arreboles. El sol, ni abrasador como en la época de la canícula, ni turbiamente rojo como es vísperas de la tormenta, sino radiante y benigno, discurre plácido detrás de una larga y estrecha nube, brilla suavemente y se sumerge en su bruma de color lila. El alto borde sutil de la nubecilla reluce, serpeando, y su lustre parece el de la plata labrada. Pero he aquí que de nuevo se filtran los juguetones rayos del sol y, jovialmente, como si levantara el vuelo, vuelve a remontarse, más intenso que nunca, su fulgor. Alrededor del mediodía suelen presentarse muchedumbres de altas y redondas nubes color de oro oscuro, con tenues bordes blancos. Semejantes a islas diseminadas a lo largo de un interminable río, envueltas en sus diáfanas y transparentes mangas de uniforme azul, apenas parecen moverse de lugar; más allá, hacia el confín del horizonte, se agitan, se apelmazan hasta el punto de tapar casi por entero el cielo, traspasadas de luz y tibieza. El color del horizonte, leve, de un lila pálido, permanece inmutable todo el día, sin que en lugar alguno se oscurezca ni asomen barruntos de tormenta. Acá y allá se extienden de arriba abajo faldas cerúleas y caen algunas gotas de lluvia apenas perceptibles. Al atardecer desaparecen esas nubes, y las últimas, negruzcas y vagas cual neblina, se corren en rosados círculos frente al sol que se pone; en el lugar por donde se oculta con la misma placidez con que despuntara en el cielo, un débil fulgor perdura breve rato sobre la tierra, cada vez más oscura y centelleando débilmente como una lucecita, asoma en él la estrella de la tarde. En tales días se suavizan todos los colores, luminosos pero no brillantes, todo lleva el sello de cierta inquietante dulzura. Esos días aprieta a veces el calor, y hasta vahea en los declives de los campos; pero el aire ahuyenta, disipa el bochorno iniciado, y remolinos circulares de polvo -indicio seguro de tiempo estable- corren por los caminos y a través de los campos de labor en altas y blancas columnas. El aire, seco y puro, huele a trémula y a milhojas; y una hora antes de la anochecida no hay la menor humedad en el aire.
 
 
Iván Turguéniev (Rusia, 1818-1883)