Vancouver: luz de agosto en la bahía. (Fotografía de Jules Etienne).
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jueves, 6 de julio de 2023

Tampico: CHARLA DE PÁJAROS, de Margit Frenk

"Ya la sirena cantó una preciosa tonada."

El 22 de noviembre de 1993 tuvo lugar la ceremonia de ingreso a la Academia Mexicana de la Lengua, de la traductora de origen alemán nacionalizada mexicana Margit Frenk. Con ese motivo pronunció el discurso Charla de pájaros o las aves en la poesía folklórica, que incluyó,
 entre muchas otras, las siguientes coplas populares:

En la torre de Tampico
cantaba un águila imperial,
y le respondió el perico
con una voz muy especial:
"¿Qué te podrá dar un rico
que yo no te pueda dar?"

Un querreque allá en Tampico
se mantenía de ratero;
se encontró con un viejito
que andaba de carbonero:
le robó su carboncito
y todito su dinero.

Una calandria en Tampico
solita se iba embarcando,
y le gritaba un perico:
"¡Caray, me la vas ganando!
Me la ganarás en pico
pero en lo ganchudo, ¡cuándo!"

Desde Veracruz salió
una ballena arponeada;
cuando a Tampico llegó
le dijo el pez de espadas:
"Ya la sirena cantó
una preciosa tonada".

Margit Frenk Freund 
(Alemana nacionalizada mexicana, 1925).

La lectura del discurso completo es posible en el sitio de la

miércoles, 1 de septiembre de 2021

Venecia: MENTIRAS, de Paul Bourget

"Venecia es siempre la patria de lo inverosímil, la ciudad de las ondinas, que en este extremo del Oriente se llaman sirenas..."

(Fragmento del capítulo XV: Los odios de Colette)

El sello de la carta le reveló que Claudio se hallaba al presente en Venecia. Con singular cuiriosidad rompió el sobre y leyó las páginas que siguen, andando por las tranquilas calles del barrio de San Germán, que le llevaban hacia el Sena, una mañana de primavera tan fresca y luminosa como su propio amor.

Venecia, palacio Dario, Abril 79.

«Escribo a usted, querido Renato, desde su Venecia, desde esta Venecia de donde usted ha evocado la cruel imagen de Celia, el dulce perfil de Beatriz, y como la hechicera Venecia es siempre la patria de lo inverósimil, la ciudad de las ondinas, que en este extremo del Oriente se llaman sirenas, he decubierto aquí un cuartito amueblado en el palacio más mono, sobre el Gran Canal, como lord Byron; un palazzino con medallones de mármol en su fachada, todo historiado, bordado, cincelado e inclinado de un ángulo, como yo en mis días malos. Mientras me ocupo de garrapatear a usted esta carta, siento el agua del Gran Canal debajo de mis ventanas y a mi alrededor la paz de esta ciudad -la Cora Pearl del Adriático, que diría un zarzuelista- en que se disfruta de un soñador silencio. ¡Ay, amigo mío! ¿Por qué no he podido desprenderme, al venir aquí, de mi corazón de escritor enfermo, de este corazón que siento gemir y golpear aún más fuerte en este suave silencio? (...)»

Paul Bourget (Francia, 1852-1935).

(Traducida al español por H. Giner de los Ríos).
La ilustración corresponde a un mosaico del Renacimiento
que figura en el ensayo Las sirenas de Venecia, de Alison Luchs.

sábado, 7 de agosto de 2021

Venecia: Entre Moby Dick y los poemas de Herman Melville

"Cuando Venecia se eleva en arrecifes de palacios."

Es bien sabido que Herman Melville pasó buena parte de su vida, desde muy joven, como marinero. Y ese espíritu errante fascinado por el mar, por supuesto que habría de verse reflejado en su obra. De manera que las menciones a Venecia resultan inevitables, aunque sólo sea como figura literaria, como es el caso de la siguiente analogía que aparece al principio de su novela Benito Cereno:

"Maltrecho y enmohecido, el almenado castillo de proa parecía un antiguo torreón, tomado por asalto en el pasado y más tarde abandonado. Hacia la popa, dos galerías laterales elevadas, las balaustradas cubiertas aquí y allá de musgo marino seco como yesca, abriéndose desde la desocupada cabina de mando, cuyas claraboyas, a causa del clima templado se hallaban herméticamente cerradas y calafateadas; estos balcones sin inquilino colgaban por encima del mar como si fuera el Gran Canal de Venecia."

Sin embargo, las referencias que llaman la atención son aquellas que se relacionan entre sí a pesar de tratarse de dos géneros distintos: poesía y narrativa. En su obra más conocida, Moby Dick, en el capítulo que lleva por título La historia del Town-Ho (según se contó en la Posada de Oro), aparece una referencia a Venecia.

"- Un momento, ¡perdón! -dijo otro del grupo-. En nombre de todos nosotros los limeños, deseo expresarle, señor marinero, que no hemos pasado por alto de ningún modo su delicadeza al no haber puesto la presente Lima en lugar de la lejana Venecia en vuestra corrupta comparación. ¡Ah! No se incline ni parezca sorprendido: ya conoce el proverbio que se repite por toda esta costa: "corrompidos como Lima". No hace sino confirmar lo que usted dice, también: la iglesias son más abundantes que las mesas de billar, y siempre abiertas... y "corrompido como Lima". Así también Venecia; yo he estado allí; ¡la sagrada ciudad del santo Evangelio, San Marcos!... ¡Santo Domingo, púrgala! ¡Deme su vaso! Gracias; lo volvemos a llenar; ahora, que nos escancien otra vez."

Lo que sin duda resulta familiar con algunas estrofas del segundo poema de Fruto del viaje hace largo tiempo, que da principio estableciendo:

Un desmayo del mediodía, un trance de marea,
La silenciosa siesta meditabunda
Como calma lejos del Perú (...)

Prosigue poco más adelante:

Un impulso lánguido del remo
Plegado por mi indolente gondolero
Tintineos contra un castillo de palacio (...)

Para insistir después con el mismo personaje:

"¡Hey! Gondolero, estás dormido, hombre;
¡Despierta!" Y, disparando, corrimos; (...)

Casi de inmediato concluye esa estrofa:

Sirenas, verdaderas sirenas,
Sirenas asaltantes en el mar.

El poema previo, es decir, el primero de esta segunda parte denominada Fruto del viaje hace largo tiempo, en el poemario Timoleón y otras empresas en versículo menor, se llama precisamente Venecia.


Con una fuerza de voluntad panteísta
El pequeño artesano del Mar de Coral
Extenuado en el abismo azul
Edifica su maravillosa galería
Y una larga arcada,
Construcciones insólitas al margen
De marmóreas galerías,
Evidencia lo que un gusano es capaz de hacer.

Laborioso en olas menos profundas,
Avanzado en arte afín
Un orgulloso agente ha demostrado el poder del dios Pan
Cuando Venecia se eleva en arrecifes de palacios.

Cabe la acotación de que este volumen de poesía fue la última obra publicada en vida del autor. Apareció en mayo de 1891.

Jules Etienne

Herman Melville (Estados Unidos, 1819-1891).
Es posible leer aquí el poema original en inglés Venecia (Venice).

jueves, 14 de junio de 2018

Rusalka: MITOS RUSOS, de Elizabeth Warner

"... mujeres jóvenes y atractivas, bellezas etéreas de rostro pálido y delicado y piel translúcida..."
 
(Fragmento del capítulo Rusalka)

En el siglo XIX, los eruditos ya habían establecido que las rusalki eran esencialmente criaturas fantasmales, espíritus de los muertos, más que divinidades de las aguas. Sin embargo, la naturaleza de estas almas de los muertos fue motivo de debate durante mucho tiempo. Muchos etnógrafos del siglo XIX y de principios del XX eran de la opinión de que en los tiempos precristianos cualquier persona muerta podía llegar a convertirse en una rusalka. D. K. Zelenin finalmente estableció que, tal como indicaban claramente las pruebas procedentes de las fuentes populares, las rusalki debían considerarse únicamente como muertos impuros y, específicamente, como espectros de las mujeres ahogadas.
 
Muchas de las creencias y anécdotas relativas a la rusalka aluden a una muerte accidental o violenta, ya fuera suicidio o asesinato, y pueden tener una naturaleza sentimental. La infortunada fantasma a la que se le han negado los ritos funerarios adecuados, permanece en el lugar de su muerte, gimiendo lastimeramente y aterrorizando a quienes pasan cerca de allí, o vuelve para perseguir al amante que perdió o que la engañó.
 
Las descripciones de las rusalki procedentes de toda Rusia las presentan como mujeres jóvenes y atractivas, bellezas etéreas de rostro pálido y delicado y piel translúcida, que denotan tanto su naturaleza fantasmal como su larga residencia en las profundidades de las aguas del río o lago, lejos de la luz del sol. Con frecuencia las rusalki tenían el cabello verde, como las algas y las hierbas de las orillas del río donde retozaban en las noches de luna. También era corriente el cabello rubio pálido e incluso negro. Algo muy significativo, la rusalka llevaba el cabello descubierto y sin trenzar, una situación que los rusos asociaban con lo sobrenatural -las brujas tampoco se cubrían el cabello- o con la liminaridad, porque se destrenzaba el cabello de la novia la víspera de su matrimonio al igual que el de una mujer muerta en su ataúd. Las rusalki también podían convertirse en aves acuáticas y a veces taenían los pies palmeados. Hay poca información sobre la forma de vestir de las rusalki. La mayoría iban desnudas y descalzas, o llevaban únicamente una sencilla túnica blanca sin cinturón, un detalle que, al igual que el pelo suelto, apoya el concepto de las rusalki como seres impuros. Para el campesinado ruso, ir sin cinturón constituía una violación de la conducta civilizada cristiana.
 
Mientras que el domovoi, el leshii y el vodyanoi eran seres esencialmente masculinos, que ocasionalmente adoptaban formas femeninas o tenían «esposas», las rusalki se imaginaban, incuestionablemente, como criaturas femeninas. Sus ocupaciones e intereses eran similares a los de las jóvenes campesinas. Disfrutaban dando pasos de baile, cantando, riéndose, haciendo ruido y parloteando. Construían columpios atando las ramas de los árboles que colgaban sobre el agua. Lavaban su ropa a la orilla del río e incluso intentaban hilar para hacer prendas con las cuales cubrir su desnudez.


Elizabeth Ann Warner (Inglaterra, 1940).

jueves, 21 de julio de 2016

Canícula: SOBRE UN VERSO EXTRANJERO, de Giorgos Seferis

"... una mano encallecida por las jarcias y el timón, con la piel curtida por el cierzo, la canícula y las nieves."

Dichoso quien hizo el viaje de Odiseo.
Dichoso si al marchar sintió firme la coraza de un amor
extendida por su cuerpo, como las venas donde
bulle la sangre.


De un amor con cadencia sin fin, invencible como la
música y eterno
porque nació cuando nacimos y cuando nos muramos, si es
que muere, ni nosotros ni nadie lo sabe.


Pido a Dios que me ayude a decir, en un momento de gran
felicidad, cuál es este amor:
me siento a veces rodeado del exilio y escucho su lejano
bramido como el fragor del mar mezclado con la
borrasca inexplicable.


Una y otra vez surge ante mí el fantasma de Odiseo, con
los ojos arrasados por la sal de las olas
y por el deseo maduro de ver de nuevo el humo que brota
del hogar de su morada y su perro ya viejo
aguardándole a la puerta.


Inmenso él, se detiene musitando tras sus barbas encanecidas
palabras en nuestra lengua, como la hablaban
hace tres mil años.
Extiende una mano encallecida por las jarcias y el timón,
con la piel curtida por el cierzo, la canícula
y las nieves.


Parece querer arrojar de nosotros mismos al Cíclope
sobrehumano que mira por un único ojo, a las Sirenas
que te imponen el olvido, si las escuchas,
a Escila y Caribdis:
a tantos monstruos extraños que nos impiden pensar que
también él fue un hombre que luchó en el mundo
con cuerpo y alma.


Es el gran Odiseo: aquel que sugirió construir el caballo
de madera con el que los aqueos conquistaron
Troya.


Sueño que viene a enseñarme cómo construir yo un caballo
de madera con el que conquistar mi propia Troya.
Habla quedo y tranquilo, sin esfuerzo, parece conocerme
como un padre
o como uno de esos viejos marineros que apoyados en sus
redes -cuando había tormenta y bramaba el viento-

me decían, en mis años infantiles, la canción de Erotócrito
con lágrimas en los ojos
-temblaba yo en medio de mi sueño al escuchar la triste
suerte de Areti al bajar los peldaños de mármol.


Me dice el penoso esfuerzo de sentir las velas de tu
nave henchidas de nostalgia y de tu alma
convertida en timón.
Y también que estás solo, inmerso en la tiniebla de la
noche y a la deriva como la parva en la era.


La amargura de ver naufragar a tus amigos entre los
elementos dispersos: uno a uno.
Y qué vigor extraño sientes al hablar con los muertos
cuando los vivos que quedaron ya no bastan.


Habla… Aún veo sus manos que sabían comprobar si estaba
bien tallado, a proa el mascarón
que me den un sereno mar azul en el corazón del invierno.




Giorgos Seferis: Giorgios Stylianou Seferiadis
(Griego nacido en la actual Turquía, en 1900, murió en 1971). Obtuvo el premio Nobel en 1963. 

(Traducido del griego por Pedro Bádenas de la Peña)

martes, 3 de agosto de 2010

Páginas ajenas: RECUÉRDAME EN ALTA MAR, de Rafael Alberti


Recuérdame en alta mar,
amiga, cuando te vayas
y no vuelvas.

Cuando la tormenta, amiga,
clave un rejón en la vela.

Cuando alerta el capitán
ni se mueva.

Cuando la telegrafía sin hilos
ya no se entienda.

Cuando ya el palo-trinquete
se lo trague la marea.

Cuando en el fondo del mar
seas sirena.
 
 
Rafael Alberti (España, 1902-1999)